Pilato
T. Bunch
Cap. 15


Las autoridades romanas habían retirado al sanedrín la potestad para ejecutar la pena capital. Esa era la razón por la que hacía falta que el gobernador romano confirmara y ejecutara la sentencia de muerte pronunciada contra Jesús. Tan pronto como los jueces hebreos declararon a Jesús digno de muerte, "lo entregaron a Poncio Pilato presidente". "Y Jesús estuvo delante del presidente" (Mat. 27:2 y 11). Juan añade: "Y era por la mañana" (Juan 18:28 y 29). Era todavía la cuarta vigilia, que iba de las tres a las seis de la madrugada. Probablemente debía ser entre las cinco y las seis de la mañana del catorce de Nisan según el cómputo hebreo, cuando aquella turba dirigida por los principales dignatarios judíos condujo a Jesús al palacio de Pilato, quien era el gobernador romano de la provincia de Judea. Fue allí donde iba a tener lugar el acto final del espantoso drama que fue aquel juicio injusto. La ley hebrea no permitía la ejecución de una sentencia de muerte el mismo día en que se la pronunciaba; ahora bien, si eran las autoridades romanas las que la ejecutaban, los judíos se sentirían sin duda libres de responsabilidad al respecto.

La capital de la provincia de Judea estaba en Cesárea, que por entonces era la residencia oficial del gobernador. Este pasaba sólo unos pocos días al año en Jerusalem, a menudo coincidiendo con las grandes fiestas nacionales de los judíos, por ser entonces mayor el peligro de insurrección. Los judíos eran en aquel tiempo un pueblo turbulento, amargado por la pérdida de su autoridad real y judicial, y en su interior se revolvían contra el duro yugo impuesto por un despotismo foráneo. Durante las fiestas nacionales se reunían vastas multitudes procedentes de todas las regiones de Judea, así como de tierras más lejanas, y se reavivaban las aspiraciones nacionales de los judíos. Josefo estimó en 2.700.000 el número de los reunidos –incluyendo la población de Jerusalem-. El gobernador juzgaba prudente estar presente en tales ocasiones, junto a una dotación de soldados romanos con los que poder hacer frente a una eventual emergencia.

 

El palacio

Durante sus visitas a Jerusalem Pilato ocupaba el palacio de Herodes en el monte Sión, pues como señaló Josefo, esa era la residencia oficial de los procuradores de la provincia mientras estaban en la ciudad. Otro escritor afirmó: "Se alojaban en el palacio de Herodes, que a partir de entonces vino a conocerse como el pretorio, y se convirtió en residencia de los procuradores cuando estaban en Jerusalem con ocasión de las fiestas, pues fuera de esas fechas vivían en Cesárea" ("The Life and Words of Christ", Geikie, p. 194). Dicho palacio había sido construido por Herodes el Grande, uno de los afamados constructores de aquel tiempo. Estaba situado en la zona noreste de la ciudad, en los altos de Sión, por lo tanto debió disfrutar de una bella visión panorámica de la ciudad y sus alrededores. También se conocía al palacio como el castillo real o pretorio. Theodor Keim lo describe como "el fuerte de un tirano y en parte una casa de hadas". Por ser la residencia más soberbia de la ciudad, se la consideraba el orgullo de Jerusalem.

Geikie afirma que el palacio de Herodes estaba situado "aproximadamente en el centro de la mitad norte del Monte Sión, gran parte del cual estaba rodeado de anchas murallas de 14 metros de altura con sus torres fortificadas a intervalos regulares, constituyendo de por sí una segunda línea de defensa. El palacio propiamente dicho era espléndido más allá de toda posible descripción. Habitaciones espaciosas con paredes y techos esmeradamente esculpidos, muchos de ellos con piedras preciosas engastadas, exhibían el esplendor oriental ante cientos de invitados. El oro y la plata brillaban desde todos los ángulos. Aquí y allá, en aquella suntuosa morada, pórticos con pilares de costosa piedra ofrecían retiros abrigados. Había bosquecillos y jardines por doquiera, alternándose con estanques y ríos artificiales bordeados por paseos deliciosos, frecuentados durante el día por todos los que podían resistir la profanación de Jerusalem por el sinnúmero de estatuas que la adornaban" ("The Life and Words of Christ", p. 146).

 

Descripción de Josefo

Josefo escribió en referencia a ese bello lugar: "Eran incontables las diferentes clases de piedra empleadas en su construcción. Abundaba en él todo aquello que escaseaba fuera del palacio. Los techados sorprendían a todos por la longitud de sus nervaduras y por la belleza de su ornamento. Vasos ricamente fileteados, la mayoría de oro y plata, brillaban por doquier. El gran salón comedor se había construido para dar cabida a trescientos comensales. Otros comedores se abrían en todas direcciones, cada uno de ellos con pilares de estilo diferente. El espacio abierto ante el palacio estaba surcado por anchas veredas y largas avenidas bordeadas por árboles de todas las variedades, junto a canales profundos y grandes estanques por los que fluían aguas frescas y claras. Incontables obras de arte embellecían sus riberas" (Citado en "The Life and Words of Christ", Geikie, p. 735). Fue a la puerta de ese magnífico palacio a la que fue llevado Jesús, a fin de que el gobernador confirmara su sentencia de muerte y ordenara su ejecución.

Palestina había sido conquistada por Pompeyo en el año 63 antes de Cristo, y fue sometida al dominio de Roma. El año 6 de la era cristiana, Judea fue convertida en provincia romana bajo el mandato de procuradores o gobernantes, entre los que Pilato ocupó el sexto lugar en el orden sucesorio. El emperador nombraba a los procuradores, quienes eran enviados desde Roma como sus representantes personales. Ninguna provincia del imperio era tan difícil de gobernar como Judea, y requería un hombre atento, lleno de tacto y con gran firmeza de propósito. La propia creencia de los judíos de que su reino y trono durarían por siempre, y de que el Mesías haría pronto su aparición quebrantando el yugo romano y permitiendo que rigieran el mundo, convertía a Judea en la cuna de toda sedición y en el caldo de cultivo de pretendientes al poder real. Se habían producido ya algunas insurrecciones, y se temía que surgieran más en cualquier momento.

Pilato era español de nacimiento. Provenía de Sevilla, una de las ciudades de España que confería a sus habitantes el derecho de ciudadanía romana. Lo mismo que Saulo de Tarso, Pilato había "nacido libre", por haber nacido en una "ciudad libre". Su padre era Marcus Pontius. Había destacado como general bajo Agripa, liderando una tropa de renegados en contra de sus propios camaradas. Como recompensa se le concedió el "pilum" –o jabalina-, una condecoración honorífica romana que se reservaba a los protagonistas de algún logro militar heroico. En memoria de su valiosa medalla, la familia adoptó el nombre de Pilati, Pilatus o Pilato. El hijo, Lucius Pontius Pilate, se destacó como soldado en las campañas alemanas de Germanicus. Al terminar la guerra, el joven Pilato fue a Roma para satisfacer más plenamente sus ambiciones de aventura y romance, y de ser posible, asegurarse un puesto en la política, con sus recompensas en honor y fortuna.

Pilato, el hombre-jabalina, al poco de llegar a la metrópolis del mundo, conoció a Claudia, la hija menor de Julia, hija de Augusto César. Julia, tras casarse con Tiberio -su tercer marido-, fue expulsada de Roma por su propio padre –el emperador Augusto-, quien la envió al exilio en razón de su vida disoluta y malvada. Era una de las mujeres más lascivas e inmorales de Roma, y según Suetonio nada causaba mayores quebraderos de cabeza a Augusto que la vergonzante conducta de su propia hija. Allá donde se la nombraran a Augusto, durante el tiempo de su exilio, éste exclamaba: "Ojalá no tuviera esposa, o hubiera muerto sin procrear". Claudia nació como hija ilegítima mientras Julia estaba en el exilio, siendo su padre un caballero (?) romano. Cuando tenía unos trece años de edad, su madre la envió a Roma para que fuera criada en la corte de Tiberio, quien mediante intrigas y maquinaciones había llegado a ser emperador al morir Augusto. Claudia tenía unos dieciséis años cuando Poncio Pilato llegó a Roma. No sabemos si fue el amor, o bien su ambición por medrar, lo que hizo que se interesara en ella. A la luz del carácter codicioso y egoísta que evidenció posteriormente, cabe la razonable sospecha de una motivación innoble. Su matrimonio con un miembro de la familia real fue probablemente el medio para conseguir un fin: asegurarse un cargo político.

Sea como fuere, el ingreso de Pilato en la familia real le supuso el nombramiento de procurador de Judea. Según narra la historia, cuando el festejo matrimonial salió del templo en el que se había oficiado el enlace y Lucius Pontius comenzó a seguir a su esposa hacia el lecho imperial, Tiberio, quien era uno de los doce testigos que se requerían para la ceremonia, lo retuvo y le entregó un documento que acababa de sacarse del pecho. Se trataba del regalo nupcial, y consistía en su nombramiento como gobernador de Judea, que incluía disposiciones para la toma inmediata de posesión, ante la vacante producida en Cesárea al destituir a Valerio Grato. Eso sucedió en el año 26 de nuestra era. Se notificó a Pilato que le estaba esperando el barco que lo llevaría a su provincia, y que debía partir sin volver a ver a su esposa hasta que ésta se reuniera de nuevo con él en Cesárea. Fue por un permiso especial de Tiberio por lo que se permitió a Claudia reunirse con su esposo, ya que según el decreto imperial, a las esposas de los gobernadores no les era permitido acompañar a sus maridos en las provincias de destino. Esa restricción fue posteriormente abolida debido a que cayó gradualmente en desuso. El intento del senado por recuperar esa disposición resultó infructuoso.

Pilato era inexperto en política, y el comienzo de su gobierno estuvo caracterizado por torpezas que le ganaron el profundo odio de los judíos. En relación con esos errores, la Biblia de Cambridge dice, comentando Lucas 23:1: "Su primer acto, que fue traer las águilas de plata y otras insignias de las Legiones desde Cesárea a Jerusalem, un paso del que estuvo obligado a retractarse, lo enemistó amargamente con los judíos. La exasperación se agravó cuando echó mano a los fondos del "corban", o tesoro sagrado, para el propósito secular de traer agua a Jerusalem desde el estanque de Salomón (ver viii, 4). En relación con esa disputa, Pilato envió entre la multitud a sus soldados, pertrechados con puñales escondidos –un fatal precedente para los sicarios-, y se produjo una gran masacre. Tuvo lugar un tercer tumulto cuando colocó en su residencia de Jerusalem los escudos dorados dedicados al emperador Tiberio. Los judíos los consideraban idolátricos, y los tuvo que retirar por orden del emperador. Había mantenido asimismo disputas a muerte con los samaritanos, a quienes había atacado en el monte Gerizim en una revuelta suscitada por un impostor mesiánico; y también contra los galileos, ‘cuya sangre mezcló con la de sus sacrificios’ (xiii, 1). Reflejaba fielmente el odio que su patrón, Sejano, sentía hacia los judíos, y se había ganado a pulso la reputación de gobernante despiadado, inflexible y arbitrario".

Los gobernantes que precedieron a Pilato habían sido muy cuidadosos en evitar toda ofensa a los judíos, a propósito de sus ideas religiosas; pero el orgulloso e insensible Pilato desafió los sentimientos sagrados de aquellos a quienes había venido a gobernar. Para su disgusto y deshonra, fue obligado a retractarse y enmendar sus errores, debido a la actitud amenazadora del populacho, y a la orden de Tiberio, a quien apelaron los judíos. Esas experiencias no hicieron más que ahondar el odio que Pilato sentía hacia los judíos, y el de estos hacia Pilato. Tanto Josefo como Philo describieron muy negativamente el carácter de Pilato. Philo Judeus, filósofo judío contemporáneo de Pilato, le atribuye "corrupción, violencia, robos, maltrato del pueblo, afrentas, continuas ejecuciones extrajudiciales [y] un sinnúmero de crueldades intolerables". Describió a Pilato como a un hombre "obstinado y rudo", "incapaz de hacer cualquier cosa que resultara agradable a los judíos" ("De Legatione ad Cajum", ed. Hoesch, p. 1034. El Dr. Charles J. Ellicott afirmó que Pilato era "egoísta y cobarde, capaz de percibir lo correcto, pero sin fuerza moral para procurarlo" ("Historical Lectures on the Life of Our Lord Jesus Christ", 6ª ed., p. 350).

Geikie declaró que Pilato era "corrupto, codicioso, cruel hasta el punto de hallar deleite en el derramamiento de sangre, sin principios ni remordimientos, y sin embargo indeciso en los momentos críticos" ("The Life and Words of Christ", p. 205). Rosadi dijo a propósito del carácter de aquel gobernador romano que envió a Jesús a la cruz: "Lucius Pontius era el hijo de un soldado renegado; él mismo era un marido renegado. Heredó el servilismo de su padre, quien tenía grandes ambiciones en la corte romana. Estaba personalmente afectado por las intrigas más tenebrosas... Cada acto de su vida oficial estuvo inspirado por los dictados de la conveniencia, más que por las inclinaciones espontáneas de su propia naturaleza. Si es que podemos juzgarlo por sus hechos, su carácter estaba ciertamente desprovisto de todo sentido moral, y estaba siempre dispuesto a cualquier grado de bajeza" ("The Trial of Jesus", p. 217).

Otro escritor describe a Pilato como a un típico político: "Si queremos formarnos ahora un juicio sobre el carácter de Pilato, podemos fácilmente apreciar que fue uno de entre esa amplia clase de personas que aspiran a los puestos públicos, no por el puro y sano deseo de beneficiar a la comunidad y contribuir al bienestar en el mundo, sino por consideraciones egoístas de carácter personal, por el apego a la distinción, por el afán de poder, por la inclinación a la auto-indulgencia. Destituidos de cualquier principio estable, y no teniendo otra meta que el puesto y la influencia, sólo por casualidad actúan con rectitud, y eso cuando les conviene, y son totalmente incapaces de seguir un curso de acción consistente, o de manifestar firmeza y negación de los propios intereses personales, en casos en los que preservar la integridad requiere el ejercicio de esas cualidades. Pilato era evidentemente un hombre caracterizado por la debilidad; por lo tanto, ante las tentaciones, evidenciaba un carácter corrupto" ("The Popular and Critical Bible Encyclopedia and Scriptural Dictionary", vol. 3, publicado el reverendo Samuel Fallows, A.M., D.D., Ll.D., art. "Pilate").

Chandler presentó el carácter y experiencia de Pilato como una advertencia a la juventud de su generación: "Y ahora, en el momento supremo de su vida e historia, escapaban de su enervado puño las riendas de la suerte y fortuna que el destino puso en sus manos. Llamado a desempeñar un papel destacado en el gran drama del universo, su pusilánime cobardía hizo de él alguien digno de lástima y desprecio. Espléndido ejemplo, el de Pilato, para la juventud del mundo; ¡un ejemplo a rehuir, y no a imitar! Recuerden los jóvenes de América y de todo el mundo que a cada vida le corresponde su crisis. Puede ser grande o pequeña, pero habrá que hacerle frente cuando llegue, se la invite o no... Que el joven aspirante a las glorias terrenales y a las recompensas celestiales recuerde que la juventud es el período asignado para el logro de ese valor, y para el acopio de esa fortaleza de las que nace la victoria. Recuerde que si degrada su hombría en la vida temprana, ya sea física o espiritualmente, al llegar el gran día de su existencia lo convertirá en otro Pilato, arrastrado, rebajado y despreciable" ("The Trial of Jesus", vol. 2, p. 90 y 91).

Así era el juez al que los judíos entregaron a Jesús, para que ratificara y ejecutara su sentencia de muerte. Después de haber despreciado groseramente todo principio de la ley hebrea en su propio proceso judicial, entregaron a Jesús a un juez al que detestaban, pero cuya reputación de crueldad e injusticia les proporcionaba la confianza de que accedería a sus demandas, aunque fuera necesario presionar amenazando con apelar a Tiberio.

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