La Cruz de Cristo

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Jack Sequeira

 

 

 

Índice

 

 

Prólogo   
¡Crucifícale!
Abandonado de Dios  
Crucificado desde su nacimiento
Resucitado

 

 

Traducción: www.libros1888.com

 

Prólogo


(índice)

Esta es la versión en castellano de The Cross of Christ, cuyo autor es el pastor Jack Sequeira.

Al recorrer estas páginas uno cree encontrarse, más que ante un libro, ante una vibrante predicación que sale del corazón y va al corazón.

El primer capítulo nos sitúa en el escenario del Gran Conflicto. Al avanzar en la lectura, uno se encuentra casi sin darse cuenta con el aliento contenido y la cabeza inclinada en reverencia y humildad, perdiéndose de vista ante la inmensidad de ese amor, de la revelación de la grandeza de la gracia, brotando a raudales en la Cruz. Sólo hacia el capítulo cuarto comienza uno a levantar la cabeza. Los restos de Confucio, de Buda y de Mahoma yacen en sus tumbas respectivas, pero la de Cristo está vacía. ¡Resucitó! Venció a la muerte y ascendió a la diestra del Padre, donde vive siempre para interceder por ti y por mí. ¡Qué poderoso y amante Salvador tenemos!

Es nuestro deseo que La Cruz de Cristo una nuestras mentes y corazones en la alabanza y gloria de su Nombre, “porque ha llegado la hora de su juicio”.

LB, 10 abril 1999        


 

 Capítulo 1

¡Crucifícale!

(índice)


El mayor evento que jamás haya tenido lugar en la historia de la raza humana es la muerte, entierro y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Como bien dijo una conocida escritora:

El sacrificio de Cristo como expiación del pecado es la gran verdad en derredor de la cual se agrupan todas las otras verdades. A fin de ser comprendida y apreciada debidamente, cada verdad de la Palabra de Dios, desde el Génesis al Apocalipsis, debe ser estudiada a la luz que fluye de la Cruz del Calvario (Ellen White, Obreros evangélicos, 315).

Encontramos el relato de la cruz de Cristo y los acontecimientos con ella relacionados en los primeros cuatro libros del Nuevo Testamento, conocidos como los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Aproximadamente una tercera parte de ellos está dedicada a lo que conocemos como la semana de la pasión.

La predicación de la cruz fue el mensaje central del Nuevo Testamento. Observa lo que el gran apóstol Pablo dijo acerca de la cruz de Cristo:

No me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio; no con sabiduría de palabras, para no anular la eficacia de la cruz de Cristo. Porque el mensaje de la cruz es locura para los que se están perdiendo; pero para los que estamos siendo salvos, es poder de Dios (1 Cor 1:17-18; ver también 2:2).

Para Pablo, predicar el evangelio era sinónimo de predicar la cruz; y es la cruz de Cristo la que es poder de Dios para salvación. Nada tiene de extraño que Pablo se negara a gloriarse o enorgullecerse de algo que no fuera la cruz de Cristo (Gál 6:14). Para nosotros ha de ocupar el mismo lugar central que tuvo para él.

Desde los mismos orígenes de la iglesia cristiana se han propuesto diferentes posiciones o teorías en relación con la expiación, o la cruz de Cristo. Sabemos de la existencia de la teoría de la sustitución, de la satisfacción, del rescate, de la influencia moral, etc. Cada una de ellas pretende enseñar “la verdad” sobre la cruz de Cristo. Pero el tema es demasiado grandioso como para poder limitarlo a una o alguna de esas teorías. Hay elementos de verdad en cada una de ellas. No obstante, algunas teorías resultan ser heréticas, no por lo que enseñan sino por lo que niegan. Un buen ejemplo lo constituye la teoría de la influencia moral, cuando niega la necesidad de expiación legal o judicial.

A fin de apreciar el significado pleno de la cruz de Cristo, dividiremos en cuatro capítulos este tema tan vital, contemplándolo desde diferentes puntos de vista, cada uno de ellos de importancia crucial para todo cristiano. En este primer capítulo veremos cómo la crucifixión de Cristo expuso a Satanás como a un asesino y cómo nos revela el verdadero carácter del pecado. Veremos cómo hasta el más insignificante de los pecados lleva implícita la crucifixión de Cristo.

En el segundo capítulo consideraremos la cruz en términos de lo escrito por Pablo en Romanos 5:8, demostrando el amor incondicional y exento de egoísmo que es propio de Dios. El tercer capítulo está dedicado a la cruz de Cristo como el poder de Dios para salvación: cómo redimió la humanidad, no sólo de nuestros pecados (nuestros actos, lo que nos condena), sino también de ceder a la ley o principio del pecado que actúa en nuestros miembros.

Por último, consideraremos la resurrección. No sólo juega un papel importante en nuestra redención, sino que es también la razón de nuestra gloriosa esperanza como cristianos. Es la prueba de las pruebas de que Cristo venció el pecado y la muerte, algo esencial para nuestra salvación.

En este primer capítulo consideraremos cómo la cruz de Cristo demuestra, revela y expone a Satanás como al asesino que es, a la vez que nos revela la naturaleza del pecado. En Juan 8:40-44, Jesús dijo a los judíos:

Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis cumplir

Con ello quería decirles: ‘Estáis controlados por el diablo y ejecutáis sus deseos’. Entonces añadió Jesús:

Él ha sido homicida desde el principio.

¿Qué quiso decir Jesús? A fin de comprender mejor la implicación de esa última frase, hemos de responder primeramente a dos preguntas:

1.     ¿A quién asesinó Satanás?

2.     ¿Qué quiso decir Jesús en la expresión “el principio”? ¿Se refirió al tiempo en el que Lucifer fue creado, o bien al tiempo en el que Lucifer se convirtió en Satanás?

Antes de responder a esas dos preguntas, hemos de definir qué es asesinar. Para los seres humanos, asesinar es el acto de matar a alguien. Pero a los ojos de Dios el asesinato comienza al acariciar el sentimiento de odio, como es fácil ver en el sermón del monte. Jesús dejó claro que si nos enojamos locamente con alguien, si odiamos a alguien, hemos cometido ya el asesinato en nuestro corazón (Mat 5:21-22). Por lo tanto, según la ley de Dios, el asesinato no tiene por qué ser un acto externo. Consiste en acariciar el sentimiento de odio contra algún otro.

Teniendo eso in mente, vayamos a Ezequiel 28:15. En el versículo 14 se describe a Lucifer como al “querubín ungido”. En ese capítulo se relaciona la caída de Satanás con la de Babilonia, puesto que esta última representa a su reino. En el versículo 15 se dice de Lucifer:

Perfecto eras en todos tus caminos desde el día en que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad

El término hebreo del que se ha traducido “maldad”, significa ‘torcido’ o ‘curvado’. Al aplicarlo espiritualmente, significa ‘torcido o incurvado hacia el yo’. En algún momento de la existencia de Lucifer su mente se pervirtió. En lugar de dirigir su amor hacia Dios y hacia sus compañeros los ángeles, le dio un giro de 180 grados y lo dirigió hacia sí mismo.

En Isaías 14:12-14, el profeta describe la esencia de esa maldad. Resumiendo esos versículos, esto es lo que vino a decir Lucifer en su corazón: ‘Voy a deshacerme de Dios y voy a tomar su lugar’.

Es imposible ocupar el lugar de Dios sin deshacerse primero de él. Es en ese sentido como Lucifer —convertido en Satanás— fue un asesino desde el principio. Aún recuerdo la increíble experiencia que representaba ir en taxi, cuando estaba en el campo misionero. En el mundo desarrollado concebimos siempre un taxi como un servicio individual, pero en algunos países se aproxima más al concepto de minibús, y uno de esos vehículos puede “acomodar” una ingente cantidad de personas.

Por ejemplo, si un asiento puede acomodar a tres personas, se hace que quepan nueve. El método consiste en hacer sentar a tres personas en el asiento, a otras tres encima de ellas, y aun otras tres más encima de las últimas. Sólo entonces se considera por fin que aquel asiento está “completo”. Recuerdo uno de mis viajes, empaquetado en un taxi como los descritos. Dado que ocupaba uno de los puestos en la “fila superior”, no podía quejarme en lo que se refiere a carga soportada, pero no encontraba una forma de sentarme que me resultara medianamente cómoda debido al acúmulo de gente, y a que la cabeza me golpeaba sin remedio contra el techo cada vez que pasábamos sobre un bache. En el trayecto alguien solicitó los servicios del taxi, y el conductor se paró. Dije al taxista: ‘No hay más sitio’. Él respondió: ‘Vamos a caber: ¡Apriétense!’

Satanás no le dijo a Dios: ‘Apriétate. Quiero un sitio a tu lado’. Ese no era el deseo de Satanás. Quería deshacerse de Dios a fin de ocupar su lugar. Lucifer convertido en Satanás codició el lugar de Dios, y es por eso que deseaba asesinarlo.

Dirigiéndose a los judíos, quienes eran víctimas de Satanás, Jesús relató un día una parábola que encontramos en Mateo 21. Un hombre que poseía una viña se fue de viaje a un país lejano. Dejó el viñedo bajo el cuidado de sus siervos. Cada año enviaría a alguien para recoger los beneficios. Pero una vez tras otra el mensajero resultaba apedreado o despachado, de forma que el patrón no obtenía nada.

El dueño se dijo finalmente: ‘Enviaré a mi hijo. Seguramente a él lo respetarán’. Sin embargo, hicieron precisamente lo contrario. Dijeron:

Este es el heredero; venid, matémoslo y apoderémonos de su heredad (vers. 38).

De forma que decidieron matar al hijo. Jesús se estaba refiriendo a él mismo y a los judíos. Recuerda que los judíos querían cumplir los deseos de Satanás. Este codiciaba el lugar de Dios. Nunca se lo había dicho a nadie, ¡confesarlo habría sido una locura! Esto fue probablemente lo que dijo a los ángeles: ‘Si yo estuviese en el lugar de Dios, vuestra vida sería maravillosa. Podríais tener todo lo que quisierais, disfrutar de todo cuanto deseáis sin restricciones. Podríais comer, beber y divertiros’.

Desafortunadamente, una tercera parte de los ángeles creyó sus mentiras. Satanás lo consideró suficiente como para iniciar una revolución. La primera guerra tuvo lugar en el cielo, y está descrita en Apocalipsis 12:7-9. Lee el capítulo 12 y comprobarás que Lucifer —Satanás— fue derrotado. Pero Dios no lo destruyó en ese momento, por la sencilla razón de que nadie sabía lo que había en el corazón de Satanás. La única manera en la que Dios podía revelar a Satanás era permitiéndole seguir su propio camino.

Lo que hizo fue arrojarlo del cielo. Después de ese incidente, Satanás vino a este mundo y engañó a la mujer, y mediante ella logró la caída de Adán. Puesto que Dios dio a nuestros primeros padres el dominio del mundo (Sal 8:4-8), al derrotar a Adán y Eva, Satanás obtuvo el control del mundo. Estableció entonces su reino aquí, en la tierra, bajo su propio sistema: el sistema del yo.

Desde entonces todo en este mundo caído pivota sobre los tres pilares fundamentales que describe 1 Juan 2: 15-16:

1.     Los malos deseos de la carne

2.     La codicia de los ojos

3.     La soberbia de la vida

En la base de esos tres motores del hombre pecaminoso está el principio del yo: la esencia misma del reino de Satanás.

Cierto día, muchos siglos después, Satanás oyó un cántico arrobador:

Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, entre los hombres de buena voluntad (Luc 2:14).

El Hijo de Dios, su peor enemigo, había venido a este mundo a redimir de sus manos a la raza humana. En respuesta, Satanás se dijo: ‘No esperaré hasta que crezcas’. Satanás nada sabe de jugar limpio. ‘Te voy a dar muerte en la primera ocasión que tenga’.

El Nuevo Testamento nos da cumplida información de cuántas veces Satanás fracasó en sus atentados contra la vida de Cristo. La primera ocasión de que tengamos constancia fue la matanza de los bebés en Belén, perpetrada por el ejército de Herodes “el grande”. Este no era más que una víctima de Satanás, una herramienta en sus manos. Como es bien conocido, en ese triste suceso el propósito de Satanás resultó frustrado por lo que respecta a deshacerse de Cristo. Incidentalmente, todos los agentes de Satanás son “grandes”. Esto es lo que promete: ‘Si me sigues, haré de ti alguien grande’. Pero recuerda: es mentiroso. Lo que realmente busca es que siguiéndole a él te encuentres algún día a su lado en el lago de fuego.

Lo leemos en Mateo 25:41. Cristo dirá a los que eligieron el bando de Satanás, a los incrédulos:

Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles.

El fuego eterno no fue preparado para los hombres, pero Satanás ha engañado a muchos de ellos. Lo creyeron, escogieron su camino y ahora tienen que compartir su suerte. Deseo que ningún lector se encuentre en esa condición.

En Lucas 4:9-17 tenemos el relato de otro intento de Satanás por asesinar a Cristo. Fue en ocasión de las tentaciones en el desierto. En una de ellas Satanás llevó a Cristo a la zona más elevada de la torre del templo y lo desafió a que se arrojara. Era una forma de deshacerse de él. Así lo había planeado Satanás, pero volvió a fracasar.

Leemos en Juan 10:31-39 cómo el diablo empleó a los judíos para apedrear a Jesús hasta la muerte. La expresión “volvieron a tomar piedras para apedrearlo” indica que no se trataba de la primera vez que lo intentaban, pero una vez más Satanás fracasó. No podemos por menos que preguntarnos por qué fracasó. Dos textos nos ayudarán a comprender el porqué del fracaso de Satanás. El primero se encuentra en Juan 7:30, que recoge una de las ocasiones en que Satanás intentó destruir a Jesús mediante seres humanos:

Entonces procuraron prenderlo. Pero ninguno le echó mano, porque aún no había llegado su hora.

Recuerda bien eso, porque Dios es soberano y nadie puede tocarnos hasta que no haya llegado nuestra hora. El segundo texto lo encontramos en Juan 8:20:

Estas palabras habló Jesús en el lugar de las ofrendas, enseñando en el templo. Y nadie lo prendió, porque aún no había llegado su hora.

En otras palabras: Dios no permitiría que nadie lo tocara hasta que no hubiese llegado su hora. Esa hora llegó por fin en Getsemaní.

En Lucas 22:53, estando Jesús en Getsemaní, los sacerdotes enviaron a los soldados y tomaron cautivo a Jesús como si fuera un criminal. Observa lo que él les dijo:

Cada día estuve con vosotros en el templo, y no extendisteis la mano contra mí [ya sabemos por qué: porque su hora todavía no había llegado]. Pero esta es vuestra hora, en que reinan las tinieblas.

Ese reino de “tinieblas” se refiere a Satanás. En otras palabras, esto es lo que Dios dijo a su Hijo en Getsemaní: ‘Hijo mío, voy a retirar de ti mi protección y a permitir que Satanás te haga lo que nos ha querido hacer desde el principio’. Sólo de esa forma podía Dios exponer ante el universo los secretos que escondía el corazón de Satanás.

En cierta ocasión tuvimos un problema en la misión, que ilustra la forma en la que quedó expuesto el corazón de Satanás. Unos pocos de nuestros obreros se habían vuelto contra la denominación. Nos habían acusado judicialmente, causándonos grave quebranto. Dos de ellos eran pastores, y les fueron retiradas sus credenciales. Naturalmente, perdieron sus trabajos. Regresaron a su tierra natal, y uno de ellos dijo a los miembros de su iglesia local que los hermanos en la obra lo habían maltratado.

Esparció toda clase de terribles mentiras con respecto a los hermanos. Habiendo convencido a los miembros de la iglesia, los indispuso contra los dirigentes, de forma que dejaron de enviar sus diezmos y ofrendas. Dijeron: ‘Ahora vamos a ser una iglesia independiente’.

Pero algunos de los ancianos y dirigentes de esa iglesia insistieron: ‘Antes de tomar esa determinación, seamos justos y demos una oportunidad a los hermanos’, de forma que escribieron a la oficina de la Unión y dijeron: ‘Queremos que el presidente nos explique la razón por la que se privó de sus credenciales a este hermano’.

El presidente vino a verme y me dijo: ‘Usted conoce a este pueblo y conoce su lengua. ¿Puede acompañarme?’. —‘Sí’, le dije. Lo que no sabíamos es que algunos de los miembros cuyas simpatías estaban de parte del mencionado ex-pastor, habían hecho provisión de piedras para lapidarnos, tras incitar al resto de los miembros. Sin embargo, nuestro presidente había determinado exponer con claridad y franqueza todo lo sucedido. Algunos agitadores situados en las filas traseras intentaron inquietar los ánimos de los miembros, pero el modo desapasionado y sincero de la exposición del presidente hizo que quedara frustrado su plan de incitarlos a que nos apedreasen. En lugar de eso, dijeron: ‘Evaluaremos lo que nos ha dicho y tomaremos una decisión’.

Así, regresamos vivos a casa. Pronto se reunió la junta de aquella iglesia y decidió que nos debía como mínimo una carta de agradecimiento por haberles visitado. Efectivamente, nos escribieron una maravillosa carta de reconocimiento y aprecio por nuestra visita. Se la entregaron al pastor local y le dijeron: ‘Por favor, lleve esta carta al presidente de la Unión’. Estaban situados a unos 240 kilómetros de la sede de la Unión, y por entonces el sistema postal no era digno de confianza.

Dicho pastor era amigo de aquel a quien le fueron retiradas las credenciales, y le habló acerca de la carta. Este le preguntó: ‘¿Qué dice la carta?’ Pero él, no habiendo asistido a aquella reunión de la junta de iglesia, desconocía cuál era el contenido de la carta. Ayudándose del vapor desprendido por una olla hirviendo, abrieron la carta para ver su contenido. Se sintieron contrariados al descubrir el carácter de la carta. Escribieron entonces otra carta en lugar de la original, en la que expresaron sentimientos terribles acerca de los hermanos, y falsificaron las seis firmas de los responsables de aquella iglesia. La sellaron, y el pastor la llevó al presidente.

El presidente se sintió consternado al leer aquella injuriosa misiva, como respuesta a sus esfuerzos por explicarles el problema. Mostró la carta a uno de los empleados de la Unión que pertenecía al área de aquella iglesia, quien se sorprendió de que su gente fuera capaz de escribir una carta como aquella, hasta el punto de que tomó su vehículo y recorrió los 240 kilómetros que lo separaban de la casa del primer anciano de la iglesia que se suponía autor de la carta. Tras ser recibido puso la carta sobre la mesa y le preguntó qué significaba aquel escrito.

La pregunta dejó perplejo al anciano. ‘Creemos haber escrito una carta amable’, dijo. El delegado de la unión replicó: ‘¿A esto le llama usted amable?’ El anciano leyó la carta, con el horror que cabe imaginar. Exclamó: ‘Esos hombres son del diablo. Son mentirosos. Han re-escrito la carta y falsificado nuestras firmas’. Por fin habían quedado expuestos aquel pastor y el ex-pastor. El presidente de la Unión no necesitó hacer nada más para convencer a la asamblea del porqué de la destitución de aquel pastor.

De igual manera, la cruz expuso a Satanás. Nunca más nadie en el universo, ángeles celestiales o moradores de los mundos no caídos, albergaría la menor simpatía hacia Satanás. La cruz reveló la realidad de su corazón como asesino de Dios. Satanás había guardado ese odio hacia Dios escondido en su corazón por tanto tiempo, que cuando se le dio la oportunidad no pudo hacer otra cosa excepto llevar a cabo —mediante los judíos— aquello que realmente deseaba desde que su mente se entregó a la iniquidad. Lo que había estado oculto en su corazón, quedó ahora abiertamente expuesto.

1 Juan 5:19 expresa una importante verdad digna de ser recordada a propósito del uso que hizo Satanás de los judíos. Juan presenta a la humanidad dividida en dos grupos. Los creyentes pertenecen a Dios, pero el resto del mundo, de la raza humana, “está bajo el poder del maligno”. De acuerdo con ello no existe ningún ser humano que sea auténticamente independiente. O estamos bajo el control de Dios, o bien bajo el de Satanás. Son las dos fuerzas que podemos encontrar en nuestro mundo.

Al rechazar a Cristo, los judíos cayeron bajo el poder de Satanás. Dieron oído a los engaños y mentiras del maligno, y rechazaron al Mesías. Satanás podía ahora utilizarlos.

Cuando descubrió que el Padre había retirado la protección a su Hijo (tras oír el clamor de Cristo registrado en Lucas 22:53), se dijo: ‘No sólo voy a matarte, sino que te voy a infligir el más cruel martirio que jamás haya conocido este mundo: la crucifixión’.

Vale la pena conocer alguna de las descripciones de la cruz que hicieron los historiadores romanos. Se trata del peor tipo de muerte que el hombre haya podido inventar. No es sólo vergonzosa en extremo, sino por demás lenta y agonizantemente dolorosa. Hace algunos años, un comentarista de la BBC escribió un libro sobre la cruz de Cristo desde el punto de vista romano. El libro, titulado Watch With Me, describía gráficamente la crucifixión romana. Se hace difícil creer que el hombre haya podido caer tan bajo en su inhumanidad hacia semejantes suyos.

Libros históricos escritos por Cicerón y Celso describen también la cruz. Sus relatos lo dejan a uno sin aliento. Se tarda entre tres y siete días en morir sobre la cruz. Ese período permite que se desarrolle la gangrena en las manos y pies que los clavos oxidados han atravesado. Se producen agudos dolores de tipo migrañoso, que parecen partir en dos la cabeza. Las principales articulaciones parecen dislocarse en medio de un dolor lancinante. Se presentan contracturas dolorosas por doquier. El crucificado queda expuesto al frío de la larga noche y a la insolación sofocadora del día. Los crucificados siempre pendían de la cruz desnudos. Cuando los artistas colocan un lienzo cubriendo la desnudez del Crucificado, manifiestan un loable sentimiento de reverencia que sin embargo no se corresponde con la realidad de la cruz. Pues bien, detrás de todo ello estaba Satanás.

Como cristianos hemos de recordar que pertenecemos a Cristo.

Somos ciudadanos del cielo, pero vivimos aún en territorio enemigo, un territorio en el que Satanás tiene notable control a pesar de ser ya un enemigo derrotado. Hay cinco importantes lecciones que como cristianos podemos aprender de esta verdad que expuso a Satanás y al pecado:

(1) El odio que Satanás y el mundo demostró contra Cristo en la cruz volverá a repetirse cuando el mundo vea a Cristo manifestado en nosotros. Ese odio, instigado por Satanás, será dirigido contra el creyente que viva para Cristo. En Juan 15:18-19, Jesús dijo a sus discípulos:

Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me aborreció antes que a vosotros

Los cristianos forman parte de Cristo. Si el mundo aborrece a Cristo, nos aborrecerá a nosotros. El versículo 19 continúa diciendo:

Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo. Pero como no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece.

Recuerda que Cristo anduvo haciendo bienes. No había razón alguna por la que hubieran de aborrecerlo. Sin embargo, el odio que manifestaron hacia él en la cruz fue increíble. Lo mismo sucederá a todo cristiano genuino.

Quizá te estés diciendo: ‘Pero por ahora el mundo no nos aborrece’. Es cierto. En América y gran parte de Europa no sufrimos persecución. El mundo que nos rodea —los incrédulos—, no nos odia. ¿Te has preguntado alguna vez por qué? ¿Es porque Satanás o el mundo se han hecho buenos? —No. Permite que la Biblia te diga por qué. El mundo nos aborrecerá sólo si ve a Cristo en nosotros. Mientras no vea tal cosa, seguimos aún siendo uno de ellos.

Todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús, serán perseguidos [no puede que sean, sino que serán] (2 Tim 3:12).

En Juan 7:7 Jesús explicó a los judíos la razón de su odio hacia él. Sus obras demostraban que las de ellos eran inicuas. Cuando permites que Cristo viva en ti, él hará en ti algo que el mundo jamás puede hacer. Ahí radica el problema. Por tanto tiempo como hagas cosas buenas que el mundo puede realizar, no va a haber problema. Pero en el momento en que ames a tus enemigos y reveles en tu vida el amor incondicional de Cristo, algo que el mundo es absolutamente incapaz de generar, te habrás ganado su furia, pues eso lo avergüenza, lo pone en evidencia. De ahí que Pablo diga: ‘El costo de vivir piadosamente en Cristo es ser perseguido’.

No te sorprenda tener que sufrir la persecución. No te lamentes así: ‘¿Por qué me persiguen? ¡He actuado con bondad!’. Te persiguen porque eres cristiano.

No os extrañéis, hermanos, si el mundo os aborrece (1 Juan 3:13).

Resulta terrible comprender la realidad de esto. Cuando ves a padres y madres denunciar a sus propios hijos y entregarlos a gobiernos marxistas porque se han hecho cristianos o viceversa, constatas que al diablo le resulta posible dividir una familia entre creyentes y no creyentes hasta el punto de hacer que unos lleven a otros a la cruz de Cristo.

Pablo lo llama “el escándalo de la cruz” (Gál 5:11). Lo que Satanás y el mundo hicieron a Cristo, te lo harán a ti; y a eso se lo llama el escándalo (u ofensa) de la cruz. En otras palabras: si predicas a Cristo, si lo sigues, si le permites que viva en ti, disponte a enfrentar el escándalo de la cruz. Los discípulos consideraron un privilegio sufrir por Cristo (Hechos 5:41). Que eso mismo pueda ser cierto de nosotros.

(2) Como hijos de Dios, ni Satanás ni el mundo pueden tocarnos sin que Dios lo permita. A Cristo le ha sido dado todo el poder:

El que está en vosotros es mayor que el que está en el mundo (1 Juan 4:4).

Si Dios dice ‘No’, nadie puede tocarte. Nadie lo consiguió con Cristo hasta que llegó su hora.

Digo esto porque Dios ha dispuesto una obra para cada uno de nosotros. Esa obra puede llevarte a lugares peligrosos. Recuerda esto: si no es la voluntad de Dios que perezcas, nadie puede tocarte. Si es su voluntad que perezcas, dale gracias porque así sea, pues cesarán todas tus fatigas. Descansarás hasta que él venga. Por lo tanto, podemos decir con Pablo:

Para mí, el vivir es Cristo, y el morir es ganancia (Fil 1:21).

Estando en Etiopía durante la revolución marxista, uno de los oficiales revolucionarios me dijo: ‘Saldrá de este país antes de cuatro días, despojado de sus hijos’.

¿No era para asustar a cualquiera? Me estaba anunciando que iba a dar muerte a mis hijos. Por aquel entonces no eran más que criaturas indefensas.

Le dije: ‘Guarde sus amenazas para otro. Si no es la voluntad de Dios que yo o mis hijos perezcamos, ni usted ni su gobierno podrá tocarnos’.

Me respondió: ‘Pronto lo va a ver’.

Efectivamente, lo vi. Abandoné el país cinco años más tarde junto a todos mis hijos. Parece evidente que no fue la voluntad de Dios que ninguno de nosotros pereciera entonces. Nunca olvides esto: nadie podrá tocarte hasta que haya llegado tu hora. Esa es nuestra victoria: nuestra fe, pues Jesús dice:

En el mundo tendréis aflicción. Pero tened buen ánimo, yo he vencido al mundo (Juan 16:33).

Habéis vencido al maligno (1 Juan 2:13).

(3) La cruz reveló algo que hablando en términos humanos parecía imposible: Satanás fue capaz de unir a los judíos que estaban hasta entonces profundamente divididos en dos facciones: fariseos y saduceos. Reunió entonces a los judíos con sus encarnizados enemigos, los romanos, para dirigirlos contra Cristo. Si hubiésemos vivido en aquellos días, jamás habríamos soñado con ver en un frente común a judíos y romanos, o con oír decir a los judíos:

No tenemos más rey que César (Juan 19:15).

La ONU se ha demostrado incapaz de unir este mundo nuestro, y ningún esfuerzo humano lo logrará. El mundo que conocemos hoy está dividido en todo aspecto imaginable, mediante toda clase de barreras raciales y políticas. Pero Satanás tiene el poder necesario para unir este mundo contra los escogidos de Dios cuando así lo decida y Dios se lo permita. Apocalipsis 13:2-3 nos informa de que todo el mundo se unirá en pos de la bestia que recibió su poder del dragón, que es Satanás. La cruz demuestra que Satanás es capaz de ello. ¿Qué vas a hacer cuando todo el mundo se una contra ti? Apréndelo ahora, y recuerda en ese día que eres de Cristo, que le perteneces y que él ha vencido a Satanás.

(4) Si ha de elegir entre el peor criminal y el más insignificante cristiano, el mundo preferirá siempre al criminal. Recuerda lo relatado en Mateo 27:21. Pilato echó mano del peor criminal que albergaban sus cárceles: Barrabás, y dijo a los judíos: ‘Es nuestra costumbre dejar libre un preso. Aquí tenéis a Barrabás, el peor de los criminales encarcelados, y a Cristo, el Rey de los judíos, que no es culpable de ningún crimen. ¿A quién queréis que deje libre?’

Los judíos no necesitaron convocar ninguna junta. No dijeron: ‘Tenemos que considerar la decisión’. El pueblo que hacía profesión de ser hijos de Dios estaba entonces bajo el control de Satanás, y su decisión fue inmediata: ‘Suéltanos a Barrabás. Es uno de nosotros. Es cierto que es un terrible criminal, pero es de los nuestros. Por el contrario, este hombre [Cristo] no es de los nuestros’.

Eso es exactamente lo que ha de suceder en los últimos días. No es porque hayas hecho alguna cosa mal, sino por ser cristiano, que el mundo soltará a los criminales y te pondrá a ti en su lugar. ¿Estás dispuesto a morir por Cristo? Ese es el escándalo de la cruz. Lee Marcos 15:6-15 y analiza la elección que hizo el pueblo. Pedro, predicando en el nombre de Cristo, dijo de su propia nación:

El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Siervo Jesús. Pero vosotros lo entregasteis y negasteis ante Pilato, aun cuando este había decidido soltarlo. Vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que se os diera un asesino. Matasteis al Autor de la vida, a quien Dios resucitó de los muertos, de lo cual nosotros somos testigos (Hechos 3:13-15).

Eso volverá a suceder en la gran tribulación que está por venir, pero Jesús dice:

Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mat 28:20).

(5) La conclusión es que el pecado inconsciente que encierra todo pecado, es crucificar a Cristo. Hay que aclarar esto. 1 Juan 3:4 define así el pecado:

El pecado es la transgresión de la Ley.

Pero podemos quedarnos en la letra y cometer el mismo error de los judíos. Podemos ver en la ley sólo un código o conjunto de reglas, de forma que al quebrantar una de ellas, a eso le llamamos pecado. Pero hemos de ir más allá y comprender el espíritu de ese texto, porque Jesús no definió la ley en términos de reglas o estatutos. Definió la ley en términos de actitud o principio; se refirió al espíritu de la ley. Dijo: ‘Amarás a tu Dios sobre todas las cosas, y a tu prójimo como a ti mismo. En eso consiste la ley’. El principio fundamental de la ley de Dios es el amor.

1 Juan 4:8 y 16 nos dice que Dios es amor. Por lo tanto, el pecado es la transgresión contra Dios, quien es amor. Así, el pecado implica crucificar a Cristo. En Romanos 8:7 Pablo declara que la mente carnal, la mente controlada por nuestra naturaleza pecaminosa, por la carne, es enemistad contra Dios; por lo tanto, no se sujeta a la ley de Dios, que es amor. ¿Cuál es tu actitud hacia tu enemigo? Si aborreces a alguien, ¿qué le estás haciendo? Lo estás matando (N. de T. 1 Juan 2:9-11 y 3:15).

Entonces, ¿cómo es que cada pecado viene a ser una crucifixión de Cristo? ¿Cuántos pecados has de cometer para que la ley te condene? —Basta uno sólo. Y no hace falta que sea un gran pecado. Para que Cristo pueda salvarnos, ha de llevar cada uno de los pecados que hayamos cometido o vayamos a cometer, por pequeños que puedan parecer. De no ser por la cruz, hasta el más insignificante pecado nos condenaría. En otras palabras, estando bajo la ley, la ley condena al pecador. Pero los cristianos no vivimos bajo la ley sino bajo la gracia. La gracia tomó sobre sí el castigo de nuestros pecados. No nos paremos ante un pecado pequeño, y digamos: ‘¿Qué tiene de malo?’ Si se permite a ese pecado desarrollarse hasta su plenitud, resultará en crucificar a Cristo. En el centro de todo pecado está el yo. ¿Cuándo queda el yo satisfecho? Es insaciable; no se detiene hasta haber llegado a lo más alto, precisamente el lugar que Dios ocupa.

Antes de entrar en el ministerio, trabajé en la construcción para un profesional italiano, en una de las plantas de un gran edificio público en Nairobi, capital de Kenia. En la entrada de la construcción había siempre un leproso. Vestido de harapos, pedía limosna día y noche. Su familia lo traía temprano en la mañana, y se lo llevaba al atardecer. Su trabajo consistía en pedir.

El mío, en estrenarme como arquitecto. Uno no recibe un gran salario al principio. Ganaba unos doscientos dólares al mes cuando comencé, que en aquel tiempo no estaba mal. Me dije: ‘Cuando sea rico, le compraré un traje’. Como cabe suponer, mi idea de ser rico consistía en ganar unos, digamos... quinientos dólares al mes. Sólo tres meses después, estaba ganando quinientos dólares al mes. ¿Le compré el traje? —No.

No es que hubiese quebrantado mi promesa. Es que mi concepción de la riqueza consistía ahora en ganar mil dólares al mes. Pero unos pocos meses después estaba cobrando ya esos mil dólares al mes. ¿Le compré entonces el traje? —Tampoco. Dos meses después estaba ganando dos mil dólares mensuales. Ahora sí que era rico por fin. ¿Le compré el traje? —No. No es que quebrantase voluntariamente mi promesa, sino que aún entonces había vuelto a cambiar mi definición de la riqueza. Pregúntale a Rockefeller si está satisfecho con todo el dinero que posee, o si sigue en procura de más.

El hombre nunca tiene bastante. Siempre quiere más, siempre quiere trepar a lo más alto. Si Dios no hubiese puesto restricciones al pecado, el hombre le habría disputado su lugar a Dios, pues sólo ahí se encuentra lo más alto. Para llegar allí te has de deshacer de todo lo que se interponga en tu camino. Hasta el más insignificante de los pecados, si se le da la ocasión de desarrollarse, termina en la crucifixión de Cristo. Eso es lo que Dios reveló en la cruz. Si caes, no cedas a la desesperación, pero recuerda que ese pecado clavó a Cristo en la cruz. Por lo tanto, hemos de odiar el pecado, no por lo que nos hace a nosotros, sino por lo que hizo a nuestro Salvador.

Si te digo que el pecado es incumplir una regla, eso no parece tan malo. Pero observa lo que el santuario enseñaba a los judíos en el Antiguo Testamento: que el pecado es degollar a Cristo, el Cordero. Significa asesinar a Dios. En el Antiguo Testamento, cada vez que el pecador llevaba el cordero al santuario, el sacerdote le proporcionaba un cuchillo. ¡Era el pecador el que tenía que degollar al cordero! Cada vez que tú y yo pecamos, tiene una implicación en la cruz de Cristo. Por lo tanto, debemos odiar el pecado por lo que hizo y hace a nuestro Salvador.

El pecado clama: “¡Crucifícale!”. Así lo reveló la cruz. Por eso odio al pecado. No porque Dios me abandone si peco. La Biblia no enseña tal cosa. Odio al pecado porque crucificó a mi Salvador. Y si peco deliberadamente, hago lo que Hebreos 6:4-6 dice: ‘Si tú, cristiano, dejas a Cristo y te vuelves al mundo, estás haciendo dos cosas: estás crucificando de nuevo a Cristo de forma deliberada, y lo estás exponiendo voluntariamente a la pública vergüenza’. Dios nos libre por siempre de algo así.

Mi oración es que conozcas la cruz en lo que respecta a Satanás y al pecado, y que eso te lleve a dos cosas:

(1) A que comprendas que Satanás es un homicida desde el principio. No sólo asesinó a Cristo en la cruz, sino que quiere que acabes junto a él en el lago de fuego. La miseria siempre procura compañía. Nunca creas sus mentiras cuando te ofrece la quincalla de este mundo.

(2) A que nunca consideres el pecado con ligereza. Nunca creas que existe tal cosa como un pecado menor. No los hay grandes y pequeños. La quimera de los pecados veniales y mortales es teología católico romana. Todo pecado, hasta el más “pequeño” de ellos, está esperando solamente la ocasión para desarrollarse hasta la crucifixión de Cristo.

Ojalá que Dios nos bendiga con una clarificación de lo que significa Satanás y el pecado a la luz de la cruz, y que eso nos lleve a ser fieles a Jesucristo, quien nos amó y sufrió la cruz por nosotros (Heb 12:2-3).      

 


 

Capítulo 2

Abandonado de Dios

(índice)


¿Qué es lo que hace de la muerte de Cristo el sacrificio supremo? ¿Qué lo hace superior a la muerte de cualquier otro ser humano? Incontables mártires han sufrido muertes espantosas, algunos de ellos mediante tormentos que externamente parecen tanto o más crueles que la muerte de cruz. ¿Te has preguntado por qué significó la cruz un impacto tan tremendo en los discípulos y los primeros cristianos? Los discípulos habían pasado al menos tres años junto a Cristo. Viajaron con él, durmieron donde él dormía y le oyeron predicar. Él mismo los instruyó, y presenciaron sus impresionantes milagros. A pesar de todo ello, tres años después, en la cena del Señor, eran todavía un grupo de hombres entregados a la codicia y el egoísmo.

Vino entonces la cruz y los transformó completamente. Depusieron todo interés egoísta. Estaban dispuestos a consumirse y morir por Jesucristo. ¿Por qué? Observa la iglesia primitiva. Revolucionó el mundo por lo que la cruz significaba para ella. ¿Por qué hizo Pablo declaraciones como las que siguen?

Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro señor Jesucristo (Gál 6:14)

Me propuse no saber nada entre vosotros, sino a Jesucristo, y a este crucificado (1 Cor 2:2)

¿Qué es lo que hizo de la cruz el tema central de la predicación en el Nuevo Testamento?

Es mi convicción que si encontramos la respuesta a esa cuestión, la iglesia ya no volverá nunca a ser la misma. El problema es que el diablo lo sabe también, y ha hecho todo lo posible por envolver en tinieblas la verdad de la cruz. Se siente satisfecho al ver nuestras iglesias, nuestros libros, incluso nuestros cuerpos, decorados con cruces. Hasta le complace que pasemos horas discutiendo qué día murió Cristo, si fue un miércoles o un viernes. En nada le preocupa que discutamos si se trataba de una cruz formada por dos travesaños, o de un mástil o estaca. Tampoco le inquieta que prediquemos sobre la cruz, con tal que nuestros ojos permanezcan cerrados a la verdad que encierra. Si es que hemos de experimentar un reavivamiento como el de Pentecostés, es imperativo eliminar las tinieblas que envuelven a la cruz de Cristo desde la Edad Media. Hemos de mirar a la cruz tal como lo hicieron los discípulos, como lo hicieron los cristianos primitivos, y también los escritores del Nuevo Testamento. ¿Cómo la vieron ellos? —No con ojos romanos, sino desde la óptica judía. La cruz significaba algo muy diferente para unos y otros. El diablo ha hecho que la iglesia cristiana gentil observe la cruz desde la perspectiva romana, privándo así a la cruz de Cristo de su verdadera gloria.

Pongámonos en la piel de los discípulos y contemplemos la cruz, no como hoy la vemos, sino como ellos la vieron en su día. Eso implica que hemos de pensar como ellos. En nosotros no es algo natural, pues no somos judíos. Consideremos primeramente algunos hechos acerca de la cruz romana.

Los fenicios (precursores de los habitantes del actual Líbano) inventaron la cruz hacia el año 600 AC. Ellos creían en una multitud de divinidades, y uno de sus dioses era la tierra. Cuando ejecutaban a un criminal no querían que su cuerpo profanase la tierra entrando en contacto con ella al morir. Inventaron la cruz a fin de que el criminal muriese elevado de la tierra.

Los egipcios tomaron de los fenicios la idea de la cruz, y los romanos de los egipcios. Los romanos la refinaron y la emplearon para ejecutar a los esclavos que se daban a la fuga, que en los días de Jesús abundaban. La empleaban también para ejecutar a sus peores criminales. Se trataba de una muerte muy lenta, penosa y agonizante. Como ya se ha mencionado, los historiadores romanos Cicerón y Celso describen frecuentemente la muerte de cruz.

Cierto día, de regreso del ministerio en la prisión, oí a un bien conocido teólogo dar un sermón radiado sobre la cruz. Hacía una descripción precisa y vívida del terrible padecimiento físico que implicaba, y recordaba cómo el crucificado tardaba entre tres y siete días en morir. La asfixia es la que finalmente ocasiona la muerte. Termina por resultar imposible expulsar el aire sin levantar el cuerpo, debido a que los brazos tiran e impiden el vaciado del tórax. Era una narración verdadera y conmovedora de la cruz, sin embargo, no era diferente de lo que estaba sucediendo a los dos ladrones crucificados junto a Cristo. ¿Qué fue lo que hizo de la muerte de Cristo sobre la cruz —que no duró más de seis horas— el sacrificio supremo?

¿Por qué estamos dando tanta importancia a esto? Porque el diablo ha envuelto en tinieblas la verdad de la cruz, de forma que nos quedemos sólo con la agonía física que no es exclusiva de Cristo. De hecho, los ladrones sufrieron en la cruz por más tiempo que Cristo, con el dolor añadido de serles rotas las piernas por métodos violentos mientras estaban aún en vida. Durante la revuelta judía del año 70 DC, los romanos crucificaban de cincuenta a setenta judíos por día. Así pues, ¿qué hace de la crucifixión de Cristo algo único?

Vayamos a la Biblia y observemos cómo veían la cruz los judíos. Ello nos ayudará a comprender por qué fue diferente la muerte que Cristo sufrió en la cruz. Regresando al relato que hace Juan de la crucifixión en el capítulo 19 de su evangelio, descubrimos que Pilato, quien representaba a Roma, se dio cuenta de que por lo referente a la ley romana, Cristo no era reo de crucifixión. No era un esclavo fugado ni tampoco un criminal.

No obstante, para complacer a los judíos, lo mandó azotar.

Jesús salió fuera, llevando la corona de espinas [que le pusieron los soldados romanos en son de burla] y la ropa de grana.

Pilato dijo entonces a los judíos: “¡Aquí está el hombre!” que equivale a decir: ‘Eso es todo cuanto merece’.

Cuando los principales sacerdotes y los servidores lo vieron, gritaron: “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!” Pilato respondió: “Tomadlo vosotros, y crucificadlo, porque yo no hallo delito en él” (Juan 19:5-6).

Es decir: de acuerdo con la ley romana no merecía la crucifixión. Pero los judíos tenían que aportar una razón, así que respondieron:

Nosotros tenemos Ley. Según nuestra Ley debe morir, porque se hizo Hijo de Dios (vers. 7).

Se referían a la ley sobre la blasfemia. Dios se la había dado mediante Moisés. Si Pilato hubiese conocido esa ley, Cristo no habría podido ser crucificado. La ley no sólo condenaba a muerte al blasfemo, sino que estipulaba también cómo debía morir. Veámosla en Levítico, tal cual le fue dada a Moisés. Recordemos que Jesús se había declarado Hijo de Dios. Los judíos lo rechazaban como Mesías. Por lo tanto, cuando se dijo Hijo de Dios, para ellos era blasfemia. Esto es lo que dice la ley referente a la blasfemia:

El que blasfeme el nombre de Jehová, ha de ser muerto; toda la congregación lo apedreará (Lev 24:16).

La crucifixión no era un método judío de ejecución. Los judíos no la practicaban. Al contrario, la detestaban. El libro de la ley estipulaba que la congregación tenía que apedrear al blasfemo hasta su muerte. ¿Conocían los judíos esa parte de la ley? —La conocían muy bien. Siendo así, ¿por qué insistieron en crucificarlo? ¿Temerían acaso que Pilato les dijese: ‘Podéis crucificarlo, pero no apedrearlo’? No fue esa la razón, puesto que la crucifixión es una forma mucho peor de muerte. De hecho, es la forma más cruel, más indigna y vergonzosa que el hombre haya podido jamás inventar y practicar. Pilato se habría sentido aliviado de poderles decir: ‘Podéis tomarlo y apedrearlo’. ¿Por qué pues, insistieron los judíos en la crucifixión?

Es preciso aclarar que los judíos conocían perfectamente la ley en lo referente a la forma en la que debía darse muerte al blasfemo. En Juan 10:30 Jesús hizo una declaración que para los judíos incrédulos era blasfema:

Yo y el Padre somos uno.

Observa cómo reaccionaron:

Entonces los judíos volvieron a tomar piedras para apedrearlo (vers. 31).

No era la primera vez que intentaban apedrearlo. ¿Por qué? Porque según ellos, al apedrearlo estarían obedeciendo la ley dada por Dios. Creían que lo dicho por Jesús era una blasfemia. ¿Por qué, entonces, exigieron a Pilato la crucifixión? ¿Por qué precisamente la cruz, en vista de que no era un método judío de ejecución? Había una razón, y es importante que la conozcamos.

La encontramos en Deuteronomio. Los judíos no querían simplemente la muerte de Jesús. Le tenían reservado algo peor que la simple muerte en una cruz romana. Cuando gritaron: “¡Crucifícale!”, lo hicieron teniendo presente Deuteronomio 21:22-23. ¿Qué dice ese texto?

Si alguno comete algún pecado digno de muerte y es muerto colgado de un madero, no se dejará su cuerpo por la noche en el madero. Sin falta lo enterrarás el mismo día, porque un hombre colgado es maldición de Dios.

¿Sabes lo que significaba para el judío la última frase del versículo? Si un judío había cometido un crimen digno de muerte y el juez lo sentenciaba a la pena capital, podía todavía postrarse de rodillas antes de morir y orar: ‘Señor, perdóname por lo que he hecho’. Había para él perdón y esperanza. Pero si el juez decía: ‘Que sea colgado en un madero’, eso significaba para el judío la maldición irrevocable de Dios, a lo que ahora nos referimos como el pecado imperdonable, a la muerte segunda. Significaba adiós a la vida para siempre.

Recuerda: los judíos sabían que el alma no es inmortal. La inmortalidad natural del alma es un concepto griego que se introdujo en la iglesia cristiana, y que desgraciadamente ha despojado a la cruz de su gloria. Para el que cree en el alma inmortal, la muerte significa simplemente la separación del cuerpo y el alma. Eso es todo. Pero para los judíos la muerte era el fin de la vida. El pecado imperdonable, o la maldición de Dios, era una despedida eterna de la vida, porque en la maldición uno es abandonado de Dios, y cuando te abandona Dios desaparece la Fuente de la vida, de la esperanza y de la seguridad. En eso consiste la maldición, y los judíos lo sabían.

Cuando clamaron “¡Crucifícale!”, no sólo estaban pidiendo la muerte de Cristo, sino también traer sobre él la maldición irrevocable de Dios. Podemos pensar en un texto de Isaías 53, el capítulo de la cruz en el Antiguo Testamento:

Él llevó nuestras enfermedades, y soportó nuestros dolores. Y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido (vers. 4).

Sí, Dios quebrantó a Cristo en la cruz. El versículo 10 del mismo capítulo, dice:

Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento.

Eso no tiene nada que ver con lo que le hicieron los romanos ni tampoco con lo que le hicieron los judíos. Ni siquiera tiene que ver con lo que el diablo le hizo. Ya vimos la forma en que la cruz expuso a Satanás como asesino. Expuso que el pecado, en su misma esencia, es crucificar a Cristo.

Miremos ahora la cruz desde un ángulo diferente. En Romanos 5:8 leemos:

Dios demuestra su amor hacia nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.

Muchos textos bíblicos nos proporcionan ejemplos de la maldición de Dios mencionada en Deuteronomio. Uno de ellos está en Josué 10. Lee todo el capítulo para tener una idea de conjunto. Es necesario leer ese capítulo en el contexto de Génesis 15:13-16, ya que es así como descubrimos la auténtica razón de Dios para destruir a los cananeos. De ignorar el contexto, se cae fácilmente en la falsa impresión de un Dios vengador e inmisericorde.

Dios llamó a Abraham de Ur de los Caldeos, y le dijo: ‘Quiero que dejes a tu país y a tu gente; y quiero llevarte a la tierra que te doy como posesión, a ti y a tu familia, a tus hijos después de ti’. Consistía en Canaán, la tierra del Israel moderno.

Pero no hay que olvidar que Canaán estaba ya ocupada por los cananeos. Por aquellos días se los conocía como amorreos (la forma arcaica de denominarlos). ¿Qué iba a hacer Dios con los amorreos? ¿Los iba a destruir a fin de poder dar aquella tierra a los judíos? —No. No era ese el plan de Dios. La voluntad de Dios era que Abraham pudiese dar testimonio a los amorreos, de manera que también estos formasen parte del reino de Dios.

En Génesis 15, Dios dijo a Abrahán: ‘Abrahán, sacaré a tus hijos de Canaán después que hayas testificado de mí —el verdadero Creador y Dios de toda la tierra— a los amorreos, y llevaré a tus hijos a Egipto, donde serán esclavos. Voy a dar a los amorreos cuatrocientos años de tiempo de gracia. Durante ese tiempo tendrán la ocasión de aceptarme o rechazarme’.

En Génesis 15:16 leemos:

En la cuarta generación [al final de los 400 años] volverán acá [regresarán a Canaán], porque la maldad del amorreo aún no ha llegado al colmo.

Dicho de otro modo: ‘Cuando regreses y suceda que todas las tribus cananeas me rechacen voluntaria y deliberadamente, entonces se habrá terminado para ellas el tiempo de prueba. Habrán alcanzado el punto sin retorno’.

Cuando los judíos regresaron dirigidos por Josué (dado que Moisés había muerto justo antes de entrar en la tierra prometida), toda tribu de amorreos que atacase a Israel, combatiendo en el nombre de sus dioses, estaba de hecho diciendo: ‘Rechazamos a vuestro Dios’. Recuerda que la nación más grande por entonces era Egipto. Dios había liberado a los israelitas de Egipto. La victoria de ellos sobre Faraón y su ejército constituía la mayor evidencia que cupiera dar al resto de las naciones de que Dios estaba por encima de los dioses de cualquier otra nación.

En Josué 10 se nos informa que cuando Israel entró en la tierra prometida, el rey de los gabaonitas reconoció que el Dios de Israel es el verdadero Dios, y dio su mano a Josué y a los judíos. Pero otros cinco reyes se resistieron y se dijeron: ‘Si nos unimos, somos más fuertes que esas dos naciones, los gabaonitas y los israelitas’. En consecuencia, atacaron a Israel y a Gabaón. Dado que Dios estaba con ellos, los judíos ganaron esa guerra.

Observa lo que hizo Josué a los cinco reyes a quienes capturó. Los tomó y los presentó ante la congregación, ante los judíos y los gabaonitas. Lo que hizo está en plena armonía con lo que Dios había dicho a Abraham, en el sentido de que el tiempo de prueba de los amorreos habría terminado cuando sus descendientes volviesen, como en efecto sucedió. Esos cinco reyes habían sobrepasado el punto sin retorno. Habían vuelto la espalda a Dios de forma voluntaria y persistente, y Josué dijo a la congregación:

No temáis ni os atemoricéis. Sed fuertes y valientes, que así hará el Eterno a todos vuestros enemigos contra los cuales peleáis (Josué 10:25).

Los que atacaron a Israel estaban luchando contra Jehová. Eso es lo que Jehová les haría.

En seguida Josué los mató, y los hizo colgar en cinco árboles, donde quedaron hasta la tarde (vers. 26).

Se trata de la maldición irrevocable de Dios referida en Deuteronomio 21:23.

¿Qué estaba diciendo Josué al pueblo? ‘Todo aquel que ataque ahora a Israel manifiesta un rechazo voluntario y final hacia el Dios del cielo, habiendo sobrepasado por su impenitencia el punto sin retorno. La maldición de Dios pesa sobre el que así procede’.

Los judíos querían ahora que esa misma maldición cayera sobre Cristo. Esta es la razón por la que clamaron: “¡Crucifícale!” En los días de Cristo la crucifixión era sinónimo de colgar de un madero, el equivalente a la muerte segunda, eterna o definitiva.

La cuestión importante es: ¿Accedió Dios? ¿Satisfizo el deseo de ellos? ¿Puso su maldición sobre su Hijo? La respuesta es: —Sí. En Romanos 8:32 leemos que Dios “no eximió ni a su propio Hijo”. Ahora bien, Dios no puso su “ira” o maldición sobre Cristo por ninguna blasfemia, sino por otra razón bien distinta.

En Gálatas 3 encontramos la interpretación neotestamentaria de la cruz. Recuerda que con excepción de Lucas, los escritores del Nuevo Testamento eran judíos. Observa cómo define Pablo la cruz: no bajo una óptica romana —a pesar de tener él mismo ciudadanía romana—, sino desde una perspectiva judía.

Todos los que dependen de las obras de la Ley están bajo maldición (Gál 3:10).

La expresión “las obras de la ley” equivale a lo que hoy conocemos por “legalismo”. No hay ningún término griego específico para referirse a lo que entendemos por legalismo, salvo precisamente esa expresión, “las obras de la ley”: pretender guardar la ley con el fin de ser salvo; no como evidencia de la salvación o como los frutos de la salvación, sino como el medio para conseguirla. Es importante recordar este punto.

Por lo tanto, Pablo estaba virtualmente diciendo a los gálatas: ‘Todo el que intenta llegar al cielo a base de guardar la ley, está bajo maldición’. ¿Por qué? Porque la ley dice:

Maldito todo el que no permanece en todo lo que está escrito en el libro de la Ley (Gál 3:10).

Dicho de otro modo: si pretendes llegar al cielo mediante la ley, estás obligado a guardarla hasta en su más mínimo detalle, y además sin interrupción o pausa alguna. En el momento en que ofendas en un punto, quedaste bajo la maldición.

Ahora bien, el hecho es que “todos pecaron” (Rom 3:23). Ni una sola persona ha guardado perfectamente la ley. Absolutamente nadie, con la excepción de Cristo. Todos los cristianos son pecadores, siendo salvos por la gracia. ¿Cómo es que pueden ser salvos? Porque

Cristo nos redimió de la maldición de la Ley al hacerse maldición por nosotros (Gál 3:13).

¿Quién lo hizo maldición por nosotros? El diablo no fue, puesto que él no puede castigar los pecados, siendo que él mismo es el pecador de los pecadores. No fueron los judíos, a pesar de que pretendieron que Dios lo maldijera. ¿Quién, pues, lo hizo maldición por nosotros? —Fue el Padre.

No eximió ni a su propio Hijo (Rom 8:32).

Jesús rogó al Padre tres veces:

Padre, si quieres, pasa de mí esta copa (Luc 22:42).

¿A qué copa se estaba Jesús refiriendo? Ciertamente no se trataba de la cruz romana: a duras penas notaba ese dolor. No porque no fuese real, sino porque había otro dolor mucho más profundo que el producido por la cruz. Era la maldición de Dios por tus pecados y los míos. Por eso es por lo que Jesús clamó a su Padre. Sabía lo que significaba ser maldito por Dios.

Y el Padre dijo: ‘No. No te puedo retirar mi maldición’.

¿Sabes por qué? —Porque nos amó.

No eximió ni aun a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros (Rom 8:32).

Cristo nos redimió de la maldición de la Ley, al hacerse maldición por nosotros, porque escrito está [cita ahora Deut 21:23]: “Maldito todo el que es colgado de un madero” (Gál 3:13).

Cuando leas en el Nuevo Testamento sobre la cruz siendo equivalente a ser colgado de un madero, recuerda que los judíos no pensaban en una estaca. Poco se les daba que fuese una estaca, o dos tablones de madera. No era esa su preocupación. Una sola cosa ocupaba su mente: la maldición eterna de Deuteronomio 21:23. Para ellos, colgar de una cruz era equivalente a colgar de un árbol o un madero: significaba la maldición de Dios.

Hechos 5 relata que los discípulos fueron llevados ante el sanedrín. Se los castigó, azotó, y se los intimidó a que cesaran de predicar en nombre de Cristo. Observa su respuesta:

Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres (vers. 29).

Encontramos aquí a los discípulos dispuestos a morir por Cristo. El mismo Pedro que negara a Jesús ante la cruz, estaba ahora presto a morir por él si fuera necesario. Hasta ese punto llegó a transformarlo la cruz. Leemos ahora el versículo 30:

El Dios de vuestros padres levantó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándolo en un madero.

¿Qué quiso decir Pedro con esa frase? Se estaba refiriendo a Deuteronomio 21:23. Estaba virtualmente diciendo: ‘Trajisteis la maldición de Dios sobre él, pero Dios lo resucitó, puesto que ninguna blasfemia había dicho; experimentó la maldición por nuestros pecados. Cristo murió a fin de poder salvarnos de nuestros pecados. Resucitó para poder justificarnos’. Encontramos un buen ejemplo en Romanos 4:25:

Fue entregado por nuestros pecados, y resucitado para nuestra justificación.

El propio Pedro nos explica en su epístola lo que encerraban sus palabras “colgándolo en un madero”:

Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero (1 Ped 2:24).

¿Por qué empleó el término “madero” (xilon) en lugar de “cruz” (stauros)? Porque estaba pensando en la maldición de nuestros pecados, y no simplemente en el sueño de la muerte primera que afecta a todos por igual.

Pero algunos dirán: ‘¿Cómo pudo Cristo morir la segunda muerte? Predijo su resurrección, y efectivamente, resucitó al tercer día. ¿Cómo pudo experimentarla?’ La Biblia lo afirma. Hebreos 2:9:

Para que por gracia de Dios gustase la muerte por todos.

No pudo tratarse de la muerte primera, ya que los creyentes que aceptan a Cristo tienen que seguir muriendo la primera muerte. En 2 Timoteo 1:7-10 Pablo declara que Cristo, mediante la cruz, “abolió la muerte”. Si abolió la muerte, ¿por qué siguen muriendo los cristianos? Porque abolió la segunda muerte, no la primera. Apocalipsis 20:6 afirma de los que participen de la primera resurrección —la de los creyentes—, que la segunda muerte no tiene potestad sobre ellos. ¿Por qué? Porque hubo Uno que estuvo dispuesto a experimentarla, Uno que la “gustó” en su lugar.

Necesitamos comprender lo que en términos teológicos se conoce como ‘la doctrina de la kenosis’, expuesta en Filipenses 2:6-8. Cuando Cristo se hizo hombre en su encarnación, hubo de despojarse, no de su divinidad, sino de sus prerrogativas divinas. En otras palabras, del empleo independiente de su divinidad. Hasta incluso hubo de despojarse de su conciencia de Dios. Sólo por revelación descubrió Jesús que era Dios. No tenía conciencia de Dios mientras era un bebé. Tuvo que crecer en conocimiento y sabiduría. Tuvo que crecer en todo, pues había depuesto el uso independiente de su divinidad y fue hecho en todas las cosas tal como nosotros (Heb 2:17).

Las mismas palabras que él había hablado a Israel por medio de Moisés, le fueron enseñadas sobre las rodillas de su madre (Ellen White, El Deseado de todas las gentes, 50; N. T.).

Durante todo su ministerio terrenal, Jesús se hizo totalmente dependiente de Dios Padre. Juan 5:30 dice:

De mí mismo nada puedo hacer.

Leemos en Juan 6:57:

Yo vivo por el Padre.

También en Juan 8:28:

Nada hago por mí mismo.

Y en Juan 14:10:

Las palabras que os hablo, no las hablo de mí mismo; sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras.

La Escritura no deja dudas en cuanto a la total dependencia de Cristo hacia Dios Padre. Si lees Romanos 6:4, Hechos 2:24 y 32 y Efesios 1:20 comprobarás que fue el Padre quien resucitó de la muerte al Hijo. Graba estas dos cosas en la memoria:

(1) Cristo dependía de Dios el Padre [en su vida en esta tierra].

(2) Dependía de Dios el Padre para resucitar.

No me preguntes qué sucedió con su divina conciencia mientras estuvo en la tumba. ¿Dónde quedó su vida divina? —No lo sé. Es un misterio. Pasaremos la eternidad estudiando esos temas, pero una cosa podemos saber: es del Padre de quién dependía para su resurrección, lo mismo que todos los demás que hayan de resucitar.

¿Sabes qué hizo el Padre en la cruz? Cristo clamó

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

No le estaba preguntando: ‘¿Por qué me abandonas por tres días?’, sino “¿Por qué me has abandonado?” ¿Sabes lo que eso significaba para Cristo? Significaba la renuncia a la esperanza de resucitar. En términos de lo que percibía Cristo, cuando el Padre lo abandonó, la esperanza de la resurrección lo abandonó igualmente. Jesús estaba ahora ‘pisando sólo el lagar’. No podía ya mirar al Padre con sentimientos de esperanza y seguridad. Sintió la agonía del abandono de Dios, sintió tal como sentirán los malvados cuando la misericordia no interceda más por la raza culpable.

En El Deseado de todas las gentes, de Ellen White, 701, encontramos un pasaje clave al respecto:

El Salvador no podía ver a través de los portales de la tumba. La esperanza no le presentaba su salida del sepulcro como vencedor ni le hablaba de la aceptación de su sacrificio por el Padre. Temía que el pecado fuese tan ofensivo para Dios que su separación resultase eterna.

¿Comprendes a lo que fue tentado Cristo cuando colgaba de la cruz? Sentía que el Padre lo había abandonado. Pero recuerda: SEGUÍA SIENDO DIOS. Podía haberse aferrado a su divinidad con independencia del Padre, contra la voluntad del Padre, y haber descendido de la cruz para salvarse y regresar al cielo.

Eso es exactamente lo que el diablo intentaba empujarlo a que hiciera. Según el relato de Lucas (23:35-39), al menos en tres ocasiones el diablo incitó así a Cristo: una vez mediante los soldados romanos, otra mediante los sacerdotes, y aun otra a través del ladrón crucificado a su izquierda. Según Mateo 27:35-46, también el pueblo participó en esa tentación, que fue insistentemente la misma: ‘Desciende de la cruz y sálvate a ti mismo’. ¿Puedes comprender la magnitud de esa tentación? Ninguno de nosotros puede. El Deseado de todas las gentes explica que la tentación que Cristo experimentó no la puede comprender plenamente el hombre.

Al sentir el Salvador que de él se retraía el semblante divino en esta hora de suprema angustia, atravesó su corazón un pesar que nunca podrá comprender plenamente el hombre (Id.)

¿Sabes por qué? Porque ningún otro ser humano en este mundo ha experimentado la “ira” de Dios en su plenitud, tal como sucedió con Cristo. Él es el único que ha experimentado la plenitud del abandono de Dios, que es el equivalente a la muerte segunda. Cristo fue tentado a descender de la cruz y salvarse a sí mismo. ¿Puedes comprender esa tentación? No se trataba de armarse de valor y decir: ‘Resistiré durante unas horas, o durante tres días’. Eso no hubiese sido ningún sacrificio para el Dios que vive en la eternidad. Se trataba de un adiós a la vida para siempre: no ver nunca más al Padre, no volver jamás al cielo. Significaba entregar su gloria, entregar su vida. En eso consistía la maldición de Dios.

Mientras colgaba de la cruz, experimentando la maldición de Dios por nuestros pecados, Jesús tuvo que tomar una decisión. No podía salvarse a sí mismo y a la vez salvarte a ti, salvar al mundo. Él hizo la suprema elección. Escogió morir por la eternidad a fin de que tú y yo pudiéramos vivir en su lugar. Eso fue lo que transformó a los discípulos. Significó en ellos una revolución. Jamás habían concebido un amor de esa magnitud. Es ese concepto del amor ágape lo que hizo que conmovieran el mundo: el que Dios no sólo vino a hacerse carne por treinta y tres años y medio, sino que Jesús, su Salvador, estuvo dispuesto a decir adiós a la vida para siempre, a fin de que ellos pudieran vivir en su lugar.

Dios demuestra su amor hacia nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros (Rom 5:8).

Expresado de otra manera: el sacrificio supremo consistió en que Jesús estuvo dispuesto a aceptar nuestra maldición, y a darnos su vida a cambio. No consistió en un acto heroico por el que se salvó a sí mismo y al mundo. No podía hacer ambas cosas. Tenía que decidirse por el mundo, o por sí mismo. ¿Comprendes el clamor de Cristo en la cruz?

Contémplalo muriendo en la cruz, en medio de las más profundas tinieblas. Los cielos fueron entenebrecidos y la tierra sacudida. Las rocas hendidas no eran más que una débil representación del estado de su mente cuando exclamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Ellen White, Review and Herald, 23 junio 1896; N.T.).

Espero que nunca olvides esto: la cruz te dice que Dios te ama más que a sí mismo. Ese es el ágape de Dios.

Cuando comprendes hasta qué punto te ama Dios, ¿puedes seguir siendo el mismo?

Hablamos de dar alguna exigua cantidad para las necesidades de los otros, ¡pero Dios vació el Cielo en beneficio nuestro! ¿Cómo podemos detenernos? Observa la iglesia cristiana primitiva: no retuvo nada, ni tierras, ni casas. Todo lo dio al cuerpo de Cristo, a la iglesia. Eso es lo que sucederá en esta iglesia cuando veamos a Cristo crucificado de la forma en que lo vieron los primeros cristianos; entonces no necesitaremos ningún otro plan de promoción. Personalmente me cansan los programas promocionales. Lamento que los hayamos de tener, debido a que nada parece funcionar, excepto si es objeto de alguna promoción. Es terrible que tengamos que continuar en esa línea de orientación egocéntrica a fin de recaudar fondos. ¿Por qué no nos constriñe el amor de Dios? En 2 Corintios 5:14 Pablo expone lo que la cruz hizo por él y por la iglesia cristiana, y lo que debería hacer por nosotros. Cuando lleguemos a esa condición, cuando la iglesia manifieste el amor de Cristo debido a lo que la cruz signifique para ella, entonces conmoveremos igualmente al “mundo entero” (Hechos 17:6).

En 2 Corintios 5:14-15 leemos:

El amor de Cristo nos apremia, al pensar que si uno murió por todos, luego todos han muerto. Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió, y resucitó por ellos.

En Hebreos 2:9 leemos que Jesús, por gracia de Dios, gustó “la muerte por todos”. El original griego no dice exactamente “por todos” (antropos). Va más allá de eso. En realidad, dice “por todo” (pantos). Jesús gustó la muerte por todo. Cuando Adán pecó, la maldición vino, no sólo sobre la raza humana, sino sobre las plantas, los animales, sobre todo.

Al hombre le dijo [Dios]: ...”Maldita será la tierra por tu causa... espinos y cardos te producirá” (Gén 3:17-18).

Cuando los soldados romanos pusieron esa corona de espinas en la cabeza de Cristo, lo hicieron en son de burla. Pero Dios transforma la locura de los hombres en verdad. Dios dijo a Adán, tras la caída, “maldita será la tierra”. Aquellos cardos y espinos de la corona que llevaba nuestro Salvador simbolizaban la maldición del pecado sobre el mundo.

Y por todos murió [dice Pablo], para que los que viven [gracias a la cruz], ya no vivan para sí, sino para aquel que murió, y resucitó por ellos”.

En 1961 visité Scotland, lugar donde nació David Livigstone, el misionero más emblemático que ha conocido África. Allí le habían construido a modo de memorial una capilla en forma de choza africana. En su interior llamaban inmediatamente la atención dos inscripciones destacadas sobre las paredes lisas. En una se leían las palabras de Pablo: “El amor de Cristo nos constriñe”. En la otra, las propias palabras del misionero: “El amor de Cristo me constriñó”.

Habiendo captado un destello del amor divino que se vacía de sí mismo (kenosis), Livingstone renunció a su lucrativa profesión como doctor, en Blantyre, Scotland. Lo dio todo a cambio de ser misionero en África. Y en sus días no había facilidad para el transporte, no existían organizaciones misioneras, tampoco licencias ni permisos. Fue allí como misionero dispuesto a morir por su Salvador. Y allí murió. El gobierno inglés lo trató con dureza mientras estuvo vivo, pero al descubrir que había muerto, dijo: ‘Merece un funeral digno’ (casi siempre alabamos a las personas después de su muerte). Decidieron enterrarlo en la catedral de Westminster junto a otros ingleses ilustres.

Pero había muerto a 250 km en el interior de África. El problema era cómo llevar su cuerpo hasta la costa a través de esa distancia. Por supuesto no existían aviones, trenes ni automóviles. El único medio de transporte era la camilla de vigas y travesaños. No la podían transportar los británicos, así que pidieron a los africanos si lo podían hacer ellos. Estos respondieron: ‘Sí. Merece un gran funeral. Ahora bien: no podrán tener su corazón’. Efectivamente, lo abrieron, le extrajeron el corazón y lo enterraron en África a quien lo había dado. A continuación, tras haberlo embalsamado, lo transportaron en la camilla los doscientos cincuenta kilómetros a través de pantanos, entre animales salvajes, peligros de enfermedades y tribus hostiles. Lo llevaron hasta la costa, donde pudo ser embarcado hacia Inglaterra para recibir allí los honores póstumos. Hasta ese punto apreciaban al mayor misionero que África ha conocido. Mi oración es que tú y yo apreciemos a Jesucristo hasta el punto de darlo todo por él. Dios nos empleará entonces para conmover este mundo con la gloria de la cruz de Cristo.


 

 

 

Capítulo 3

Crucificado desde su nacimiento

(índice)


Como ya se ha comentado, la cruz era el centro de la predicación en el Nuevo Testamento. Eso es especialmente cierto con el más destacado predicador, evangelista y teólogo: el apóstol Pablo. Como introducción a este capítulo, analicemos una de esas sublimes declaraciones sobre la cruz:

No me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio; no con sabiduría de palabras, para no anular la eficacia de la cruz de Cristo. Porque el mensaje de la cruz es locura para los que se están perdiendo; pero para los que estamos siendo salvos es poder de Dios (1 Cor 1:17-18).

Permite que destaque dos hechos que Pablo afirma en el pasaje:

(1) Predicar la cruz y predicar el evangelio son sinónimos. Es preciso recordarlo, puesto que solemos predicar muchas cosas en el nombre del evangelio, que son en realidad los frutos, o bien la esperanza del evangelio, pero no el evangelio mismo. Por importantes que sean esas cosas, el evangelio es Jesucristo y este crucificado.

Cristo colgando de la cruz, era el evangelio (Ellen White, Comentario bíblico adventista vol. 7, 1113; N. del T.)

(2) El poder de Dios está en la cruz. Leemos en Romanos 1:16:

No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo el que cree.

El poder está en la cruz:

Predicamos a Cristo crucificado, para los judíos tropiezo, y para los gentiles necedad, pero para los llamados [los que han aceptado a Cristo, los que están siendo salvos por él], así judíos como griegos, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios (1 Cor 1:23-24).

Me propuse no saber nada entre vosotros, sino a Jesucristo y a este crucificado (1 Cor 2:2).

Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo (Gál 6:14).

Hasta aquí hemos prestado atención a dos verdades vitales relativas a la cruz de Cristo. En el primer capítulo hemos visto cómo la cruz expuso a Satanás como asesino. Es imprescindible que todo cristiano lo comprenda a fin de no resultar engañado por él, pues es mentiroso y asesino. Hemos visto también que el pecado, todo pecado —hasta el que parece más pequeño— conlleva en esencia la crucifixión de Cristo. Eso significa que hemos de odiar al pecado por lo que es: crucificar a Cristo.

En el segundo capítulo hemos contemplado la cruz como demostración del amor abnegado de Dios, un amor que se da en sacrificio.

Dios demuestra su amor hacia nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros (Rom 5:8).

Nunca olvides eso. Antes o después llegarán momentos en los que te sientas desanimado, especialmente cuanto Satanás haya podido golpearte y te diga que Dios no te ama debido a que eres un pecador, y tu vida un aparente fracaso. Recuerda entonces lo que tuvo lugar en la cruz “siendo aún pecadores”. Respóndele con las palabras de Pablo en Romanos 8:35 y siguientes versículos: ‘Estoy seguro de que nada en el cielo, en el mundo, ni en el reino del diablo podrá jamás separarme del amor de Dios que se demostró en Cristo Jesús y en este crucificado’.

Dirigiremos ahora la atención a la tercera verdad importante en torno a la cruz. Hemos leído en Corintios que la cruz de Cristo es el poder de Dios para salvarnos del pecado. El Nuevo Testamento enseña que es en la cruz donde Dios nos salva del pecado. Es en ella donde tenemos redención del pecado. Pero a fin de apreciar esa verdad debemos analizar el problema del pecado.

Para muchos, el pecado es “transgresión de la ley” entendida como un código o conjunto de reglas. Sin embargo, en la Escritura el pecado es más que eso. De hecho, se presenta como un problema dual.

(1) El sentido primario de pecado es que se trata de un acto. Se puede asimilar a “errar el tiro” (hamartia), que es el significado del término que en el Nuevo Testamento se traduce por pecado. Cabe definirlo en términos de violación de la ley de Dios, o transgresión, como dice la Biblia: la violación deliberada y voluntaria de una ley. El pecado comienza con el consentimiento mental a un deseo pecaminoso, que puede seguirse del acto externo. El diablo o la carne te asaltan en términos de tentación, y si tu mente consiente, si dice ‘sí’, ese es el pecado “concebido” en la mente. Luego será “cumplido” en el acto visible (Sant 1:14-15). El pecado como acto, a la luz de la ley de Dios, resulta en culpa y condenación.

(2) El Nuevo Testamento presenta también un poder, una fuerza o principio que mora en tu naturaleza y la mía. Nacimos con él y lo arrastramos hasta la muerte. En Romanos 7, Pablo lo llama “la ley del pecado” [N. del T.: “Ley” no debe aquí entenderse tampoco como un código a conjunto de reglas, sino como entendemos la “ley” de la gravedad: como un principio o fuerza. Hay que observar que “la ley del pecado” no es “pecado”, sino “ley” o tendencia al pecado]. Eso es lo que muchos cristianos ignoran. Debido a ello, al sentir la presión de esa ley, se desaniman, exclamando: ‘Quizá sea porque al fin y al cabo no soy cristiano’.

Veamos dos declaraciones que nos ayudarán a comprender ese problema. Una fue pronunciada por el Señor Jesús, y la otra por el apóstol Pablo. En Juan 8:32 Jesús hablaba a los judíos, quienes no habían comprendido la realidad de ese poder, de esa fuerza que los tenía esclavizados. Así es como Jesús lo explicó a los judíos:

Conoceréis la verdad, y la verdad os libertará (Juan 8:32).

Si tienes dudas en cuanto al significado de la palabra “verdad”, continúa hasta el versículo 36. Por “verdad” quería decir Cristo mismo, puesto que afirmó:

Si el Hijo os liberta, seréis realmente libres.

¿De qué clase de libertad estaba hablando Cristo? Los judíos no lo comprendieron. En el versículo 33 le respondieron ofendidos:

Descendientes de Abrahán somos, y jamás hemos sido esclavos.

Interpretaron que Cristo se estaba refiriendo a libertad política, pero aun en ese caso mentían, pues sabían bien que estaban bajo el yugo de Roma. Dijeron:

Descendientes de Abrahán somos y jamás hemos sido esclavos. ¿Cómo dices: “Seréis libres”?

Jesús respondió:

Os aseguro que todo el que comete pecado [acto, transgresión], es esclavo del pecado.

Un esclavo está totalmente privado de libertad. Tal es la situación que Pablo expone en Romanos 7.

El objeto de la discusión en Romanos 7 es la incompatibilidad entre la carne, o naturaleza pecaminosa, y la ley de Dios. Por supuesto, la naturaleza del creyente y del incrédulo son idénticas, de forma que la cuestión clave no es si Pablo está refiriéndose aquí al convertido o al inconverso. Al aceptar a Cristo no cambia tu naturaleza. Sigue siendo pecaminosa y sujeta al pecado. En Romanos 7:14, afirma:

Sabemos que la Ley es espiritual, pero yo soy carnal, vendido al poder del pecado.

En los versículos 15-23 lo explica así:

Si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí... veo en mis miembros otra ley [se refiere aquí a la ley del pecado, o tendencia a pecar], que lucha contra la ley de mi mente, y me somete a la ley del pecado que está en mis miembros.

[N. del T.: En ninguno de esos dos textos Pablo se está refiriendo primariamente a la naturaleza caída, a la “carne”, sino a la experiencia, a las decisiones de quien cedió a los clamores de la carne, tal como había sido su caso y el de todos antes de la entrega a Cristo].

Cada uno de nosotros, creyente o incrédulo, tiene en sus miembros la ley del pecado. Eso es lo que hace imposible que vivamos por nosotros mismos la vida que quisiéramos. Pablo dice:

No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero.

En la primera parte del versículo 25, Pablo emplea una expresión clave —en el original griego autos ego—, que por desgracia pocas traducciones vierten fielmente al castellano:

Así, dejado a mí mismo, con la mente sirvo a la ley de Dios, pero con la carne a la ley del pecado (NRV 90).

Equivale a decir: ‘Abandonado a mí mismo —sin Cristo, sin la gracia, sin Dios, sin el Espíritu Santo, yo sólo—, lo mejor que puedo hacer es servir a Dios y a su ley con la mente [desear hacerlo], pero con mi naturaleza me resulta imposible. Tratando de obedecer sin Cristo, no logro salir de la más abyecta esclavitud al pecado’.

En esa situación, bien cabe clamar:

¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?

Y la respuesta es:

¡Gracias doy a Dios por nuestro Señor Jesucristo!

Dios no te culpabiliza por la ley del pecado que está en tus miembros. Naciste con ella. No eres culpable por ella. Por lo tanto, la ley —fuerza o principio— del pecado no conlleva culpabilidad, si bien nos descalifica para el cielo. En 1 Corintios 15:50 leemos

que la carne y la sangre [la naturaleza humana pecaminosa] no pueden heredar el reino de Dios.

¿Por qué? Porque la corrupción no “hereda la incorrupción”.

¿Cuál es, pues, la doble solución que Dios da al problema dual del pecado: el pecado cometido, y la tendencia a cometer el pecado? ¿Soluciona acaso sólo una de las partes? —No, ciertamente. ¿Cuál es la solución para nuestro pecado, para nuestras decisiones voluntarias pecaminosas que implican culpabilidad y castigo? —La sangre de Cristo. Leemos en Hebreos 9:22 que

sin derramamiento de sangre no hay perdón de pecados.

En Mateo 26:28 vemos a Jesús en el aposento alto, donde instituyó la cena del Señor. Tomó allí la copa y dijo a los discípulos:

Esto es mi sangre del nuevo pacto, que va a ser vertida a favor de muchos para el perdón de los pecados.

En otras palabras: ‘Mi muerte en la cruz va a pagar el precio por vuestros pecados, y se constituye en el fundamento del perdón que la ley aceptará’.

¿Qué implica el término “sangre” en el Nuevo Testamento? Recuerda que con la excepción de Lucas todos los escritores del Nuevo Testamento fueron judíos. Ellos comprendían la sangre como simbolizando la vida. La sangre derramada es la vida entregada hasta la muerte por nuestros pecados, ya que la sangre de Cristo representa la justicia de la ley establecida en la cruz, en la muerte de Cristo. En 1 Juan 1:7-9 leemos:

Si andamos en la luz... la sangre de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado.

¡Buenas nuevas, en verdad! Pero si bien Dios puede perdonarnos por nuestros actos, transgresiones o pecados, en virtud de la sangre de Cristo, la naturaleza pecaminosa, el principio o ley del pecado, la tendencia a pecar que tiene nuestra naturaleza caída, no puede ser perdonada. No es posible perdonar la pecaminosidad. Dios puede perdonarnos por lo que hemos hecho, no por lo que cargamos desde el nacimiento. Para ello hay otro remedio, que es la cruz de Cristo.

Permíteme explicar la diferencia mediante una ilustración. En el patio de mi jardín hay un manzano. Ya estaba allí cuando llegué. Al dar las primeras manzanas probé una de ellas. Era agria e incomestible, así que las recogí todas ellas y las arrojé a un arroyo cercano. ¿Había solucionado con ello el problema? —Sí… por el momento. Pero ¿qué clase de manzanas volvería a dar el año siguiente? Mientras no se interviene en el manzano mismo, persiste el problema de la insalubridad del fruto. Si anticipándome a la próxima estación de producción cavo zanjas alrededor del árbol y deposito allí varios kilos de azúcar, ¿habré logrado que en lo sucesivo la cosecha sean manzanas comestibles? Bien sabemos que no. ¿Por qué no? ¿Dónde radica el problema? ¿En el suelo? —No. No está en la calidad de los nutrientes, sino en la calidad del árbol mismo.

Necesitamos comprender el auténtico problema del pecado en el hombre. El crimen y el pecado van en aumento en nuestro mundo. ¿Cuál es la solución a los problemas? Si el evangelio sólo puede solucionar los frutos de nuestro problema del pecado, en el sentido de perdonar nuestras transgresiones, se trata de una solución meramente temporal. Mi naturaleza pecaminosa producirá con seguridad nuevamente frutos amargos: pecados. El perdón de los pecados pasados, por maravilloso que sea, no constituye la solución completa al problema de mi pecado. El perdón de los pecados pasados es maravilloso. Agradezco a Dios por él, pues me da paz. Pero no me siento para nada feliz con el círculo vicioso de pecar y ser perdonado, volver a pecar y volver a ser perdonado... ¿Es ese tipo de perdón la única esperanza del evangelio? ¿Está ahí el límite del poder del evangelio?

El hombre moderno ha ensayado toda clase de remedios para nuestro problema del pecado. La educación, las leyes restrictivas, los incentivos. Ninguno de ellos ha logrado contener el pecado y el crimen. No hay solución en las ideas humanísticas. Consideremos, por ejemplo, el marxismo. Pretendía ser una solución científica al problema del pecado del hombre. Parecía bueno y maravilloso, pero aquella hipótesis necesitaba confirmación. Rusia lo intentó durante unos 75 años y fracasó estrepitosamente lo mismo que China. No hay ninguna solución humana capaz de resolver nuestro problema de la pecaminosidad.

Así pues, permanece la cuestión: ¿Cuál es la solución a nuestro problema de la tendencia al pecado? ¿Es cambiar el entorno político y económico? Si arranco el manzano y lo sitúo en un campo de naranjos, ¿comenzará entonces a producir naranjas? —No. Hace algunos años cierto movimiento pretendió hacer eso mismo. Se denominaba “The Moral Re-armament” (el rearme moral), pretendiendo que si uno se “arma” con amor, pureza y honestidad, el mundo cambiará a mejor. Prometía evitar cualquier otra guerra. Ese movimiento agoniza hoy, sin haber conseguido para nada su objeto.

La razón por la que la iglesia cristiana languidece, es por no haber reconocido la respuesta dual del evangelio al problema del pecado. El poder del evangelio no está sólo en la sangre de Cristo, sino también en la cruz de Cristo. En virtud de la sangre de Cristo derramada Dios puede perdonar los pecados, pero la pecaminosidad no puede ser perdonada. Es necesario que continúe. Uno de los errores que solemos cometer al hacernos cristianos es que pensamos que, con la ayuda de Dios, podemos cambiar nuestras naturalezas pecaminosas. Pero no hay tal. En Juan 3:6, Jesús dijo a Nicodemo:

Lo que nace de la carne, es [siempre] carne; y lo que nace del Espíritu, es espíritu.

La solución divina al problema de la “carne” [o naturaleza] pecaminosa no es el mejoramiento o conversión de esta.

¿Sabes cuál es la respuesta de Dios, en lo referente a la carne? ¿Sabes cuál es su veredicto?

¡Crucifixión! La carne ha de morir. Esa es la receta.

[N. del T.: La carne ha de morir “cada día” (1 Cor 15:31): no se trata de una desaparición o un cambio de la naturaleza pecaminosa, sino de la necesidad y posibilidad de someterla, de crucificarla]. Dios te perdona los pecados mediante la sangre de Cristo, pero no te perdona por la pecaminosidad. Lo que hace es poner el hacha al árbol. El manzano que da manzanas amargas debe ser arrancado, y hay que plantar uno nuevo en su lugar. 2 Corintios 5:17 nos dice lo que hace la cruz:

Si alguno está en Cristo, es una nueva creación. Las cosas viejas pasaron, todo es nuevo.

La fórmula del evangelio no consiste en cambiar el entorno. Tampoco consiste en mejorar tu yo. Esta es la fórmula: ‘NO YO, SINO CRISTO’.

Eso es lo que llevó a un sabio francés del siglo XIX a hacer la declaración: “Todo cristiano nace crucificado”. Dietrich Bonhoeffer, el mártir moderno que murió en Alemania a la edad de 39 años, dijo: “Cuando Dios te llama, te llama a morir”. Si no has muerto, si fuiste enterrado vivo cuando tu pastor te bautizó, no eres aún cristiano, ya que el evangelio requiere la entrega de tu vida a cambio de la vida de Cristo. Tal es el remedio divino al problema de la tendencia al pecado que hay en nuestra naturaleza.

La muerte de Cristo no significa que un hombre murió en lugar de todos los hombres. La Biblia no enseña tal cosa. Cierto, Cristo murió por nosotros en el sentido de que gustó la muerte en lugar de todos los hombres. Tú y yo, como cristianos, nunca habremos de experimentar la segunda muerte que Cristo “gustó” en la cruz. Gracias a Dios porque así sea. Pero cuando murió no se trataba simplemente de que un Hombre muriera en lugar de todos los hombres. Eso no sería legalmente aceptable. Ninguna ley, divina o humana, permite tal cosa. De acuerdo con la enseñanza del Nuevo Testamento, fueron todos los hombres los que murieron en un Hombre. La muerte de Cristo fue una muerte corporativa.

¿Quién se alegra cuando un equipo americano gana un trofeo mundial? No sólo el equipo ganador, sino toda la nación, pues se siente representada en él. Cuando Cristo murió, lo hizo como “NOSOTROS”.

Si uno murió por todos, luego todos han muerto (2 Cor 5:14).

De igual forma en que la humanidad pecó en Adán, también la humanidad murió en Cristo, el postrer Adán.

¿Qué declaró Cristo en relación con la cruz, en Juan 12:31?

Ahora es el juicio de este mundo.

Cuando Adán pecó, su condenación se extendió a todos los hombres (Rom 5:12 y 18). Puesto que la raza humana es la multiplicación de la vida de Adán, todos estábamos en él cuando pecó. De igual manera, esa misma raza humana fue incorporada en Cristo en su encarnación, de forma que cuando él murió, nosotros morimos en él. Esa es la verdad de la cruz según la cual, todo el mundo fue juzgado en Cristo.

Por lo tanto, cuando aceptas esa verdad por la fe, la cruz de Cristo resulta ser tu cruz. Jesús dijo: ‘Si decides seguirme, has de negar el yo y tomar diariamente tu cruz’ (Luc 9:23). Puesto que Jesús habló de llevar nuestra cruz, muchos suponen que la cruz del cristiano debe consistir en una cruz individual, distinta de la cruz de Cristo. Así, es común oír que Dios ha dado a cada uno su propia e intransferible cruz.

Y dado que solemos identificar la cruz del creyente con las penurias de la vida, se concluye que cada uno tiene una cruz distinta a la del resto. Algunos tienen cruces pesadas, y otros livianas. Algunos las tienen grandes, y otros pequeñas. Las dificultades nos hacen a menudo exclamar: ‘El Señor me ha asignado una cruz muy pesada’.

La Biblia no enseña eso en ninguna parte. Dios no da a las personas cruces individuales. Sólo una cruz puede salvar, que es la cruz de Cristo, y se trata de una cruz corporativa. Al hacerte cristiano, la cruz de Cristo se convierte en tu cruz. Las congojas de la vida no constituyen la cruz, puesto que afligen igualmente a los incrédulos. Los cristianos no son los únicos que deben enfrentarse a problemas en esta vida. La cruz de Cristo es la que recibes como tu cruz, cuando aceptas a Cristo y a este crucificado. La cruz de Cristo viene a ser tu cruz y la mía, desde el momento en que nos unimos a él por la fe.

Aquel ladrón en la cruz que estará con Cristo en el paraíso llevaba literalmente una cruz propia, pero no es esa cruz la que lo salvó, sino la cruz de Cristo. Recuerda que la cruz del creyente es la cruz de Cristo, que significa que su muerte es tu muerte, y él murió al pecado (Rom 6:10 y 11).

Después de ilustrar el problema ocasionado por la ley del pecado, en Romanos 7:24 el apóstol exclama: ‘¿Quién me librará de esta ley de pecado y muerte, de este cuerpo que me arrastra a la tumba, debido a la ley del pecado que mora en mí?’ Su respuesta triunfal es:

¡Gracias doy a Dios, por nuestro Señor Jesucristo!

Dos versículos más adelante, dice:

Mediante Cristo Jesús, la ley del Espíritu que da vida, me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.

En Cristo tengo libertad, no sólo de la condenación del pecado, sino también del poder del pecado. Así lo afirma Pablo en Romanos 8:2. En el versículo siguiente explica cómo se cumple lo anterior:

Lo que era imposible a la Ley, por cuanto era débil por la carne; Dios, al enviar a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y como sacrificio por el pecado, condenó al pecado en la carne.

Observa dos cosas en el versículo. Primero, Cristo se identificó a sí mismo con nuestro problema del pecado haciéndose en todo como nosotros (ver también Hebreos 2:14-18). Segundo, resolvió el problema del pecado condenándolo: venciendo al poder de la carne. Venció el principio o ley del pecado que mora en nuestros miembros, en nuestra carne. En Juan 1:29 vemos a Juan Bautista presentando a Jesús en estos términos:

¡Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!

Jesús no vino solamente a perdonarte, sino a quitar el pecado del mundo. En la cruz, según Romanos 8:3, Cristo “condenó al pecado en la carne”. Condenó la ley del pecado. No disculpó, consintió ni excusó, sino que condenó, venció la ley del pecado, a fin de que la justicia de la ley pudiera cumplirse en ti y en mí, que no andamos según los deseos de la carne, sino del Espíritu (Rom 8:4).

Dicho de otro modo: la solución que Dios tiene para nosotros en el doble problema del pecado se encuentra en Cristo, y en este crucificado. Dado que aceptó la paga del pecado, de cada uno de nuestros pecados, su sangre nos limpia de todo pecado. Pero nosotros fuimos muertos con él: Dios aplicó el bisturí a la raíz misma, al origen del problema del pecado, que es el poder o tendencia al pecado. De acuerdo con 1 Pedro 2:24, Cristo

llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros podamos morir a los pecados y vivir a la justicia.

Repitamos esta gloriosa verdad de la cruz: nuestra muerte en Cristo es esencial por dos motivos, si analizamos el pecado en sus dos aspectos. En primer lugar, nuestra muerte en Cristo es imprescindible para que la justificación sea aceptable desde el punto de vista legal. Ciertamente todos los hombres murieron objetivamente en Cristo, pero si rechazas esa muerte como la tuya propia, si rehúsas identificarte con la cruz de Cristo, estás rechazando tu muerte en Cristo, lo que impide que su sangre pueda perdonarte legítimamente. Es por ello que 1 Juan 1:7-9 dice:

Si andamos en la luz [que es la luz de la verdad de la cruz]... la sangre de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado.

En segundo lugar, nuestra muerte en Cristo se dirige a la raíz misma de nuestro problema con la naturaleza pecaminosa. Pone coto a la ley de pecado que está en mis miembros.

Si algún día tienes que asistir al funeral de un alcohólico, nunca se te ocurra llevar una botella de licor y ofrecérsela al difunto. ¡No te la aceptará! Terminó con la bebida. Se acabó para él el problema del alcohol. La solución de Dios al problema del pecado no es mejorarte. Su antídoto contra el poder del pecado es atacar a sus mismas raíces mediante la cruz de Cristo [mediante la muerte al pecado]. La cruz de Cristo viene a ser entonces el poder de Dios para salvación.

En Gálatas 5:24 leemos:

Los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y sus malos deseos.

Crucificada: así es como debe estar la carne con todos sus deseos. Dice Romanos 13:14:

Vestíos del Señor Jesucristo, y no fomentéis los malos deseos de la carne.

Vivid según el Espíritu, y no satisfaréis los deseos malos de la carne (Gál 5:16).

¿Quieres obtener la victoria sobre el poder de la carne? La encontrarás en la cruz de Cristo, no en tus promesas y resoluciones. Estas son como cuerdas de arena. En Juan 12:24, Cristo dijo:

Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo. Pero al morir, lleva mucho fruto.

El versículo expresa el mensaje de la cruz en terminología agrícola. Me encanta la jardinería, pero sé que guardando el paquete de semillas en la estantería no puedo obtener ningún resultado. La semilla ha de llegar al suelo y morir. Cuando germina, no lo hace como semilla sino como brote que crece y produce vida. Al arrancar el manzano silvestre y plantar otro provechoso en su lugar, he de esperar unos cinco años hasta ver manzanas, pero cuando las vea, si el árbol es el bueno, podré deleitarme comiendo sus frutos.

Cuando tú y yo morimos en Cristo y aceptamos su vida de justicia en lugar de la nuestra de pecado, llevamos buen fruto. Como dice la parábola, unos granos dan cien, otros sesenta, y otros treinta. Lo importante no es la cantidad. Tal es el mensaje de la cruz para hoy. Es el poder de Dios para la salvación del pecado.

Terminamos este capítulo citando Juan 12:25:

El que ama su vida [de pecado], la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo [la vida de la carne], para vida eterna la guardará.

Si te aferras a tu vida en Adán, un día la perderás para siempre sin obtener nada a cambio.

La gran verdad que el mundo necesita conocer es que Cristo derramó su sangre por sus pecados. Eso es lo que el incrédulo está en necesidad de saber. La gran necesidad del cristiano que ha sido ya perdonado, justificado y obtuvo la paz, que aparece ante Dios como si nunca hubiera pecado, no es especialmente que Cristo derramó su sangre por él, puesto que eso lo sabe ya. Lo que necesita saber es que él murió en Cristo a fin de poder llevar fruto. El método divino para que llevemos fruto no es el hacernos mejores, sino el entregar nuestra vida para obtener a cambio la vida de su Hijo, una vida que complace a Dios.

Mi oración sincera es que aceptes la cruz de Cristo ahora. La cruz de Cristo te habla así: ‘Estoy crucificado juntamente con Cristo, sin embargo, vivo. Pero no soy yo quien vive, sino que Cristo vive en mí’ (Gál 2:20). Cristo siempre estuvo dispuesto a ir allí donde el Padre lo envió, a obedecer a su palabra; estuvo dispuesto a ir hasta la misma cruz para salvarnos. Que su amor pueda motivarnos, de forma que estemos prestos a morir a nosotros mismos, a fin de que sea él quien viva, y el mundo no nos vea a nosotros, sino a “Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” (Col 1:27).     


 


 

 Capítulo 4

Resucitado

(índice)


Ningún estudio sobre la cruz de Cristo puede considerarse completo a menos que incluya la resurrección. Para los discípulos lo significaba todo, y juega un papel vital en nuestra redención. En este último capítulo sobre la cruz de Cristo analizaremos cuatro razones importantes por las que la resurrección de nuestro Señor Jesús es esencial para el cristiano en términos de su salvación.

Veamos primero la resurrección tal como la vieron los discípulos. Recordemos que todos ellos eran judíos. Eran víctimas del judaísmo. Se los había educado en la convicción de que el Mesías no había de ser un siervo sufriente, sino un rey conquistador que destruiría el imperio romano y establecería su propio reino. Esa era la esperanza que animaba a los discípulos cuando aceptaron a Jesucristo como a su Salvador.

A pesar de que más de una vez Jesucristo mismo les había anticipado su muerte y resurrección, sus ideas preconcebidas sobre el Mesías tenían tal arraigo, que dejaron de apreciar el significado de su muerte y resurrección cuando estas ocurrieron.

Después que Cristo resucitó, los primeros discípulos en verle —con excepción de María— fueron aquellos dos varones referidos en Lucas 24. A partir del versículo 13 leemos cómo los dos discípulos camino de Emaús —a unos diez kilómetros de Jerusalem— estaban francamente desanimados. Su estado era tal, que cuando Jesús se juntó a ellos no lo reconocieron. Cuando Jesús les preguntó: “¿Qué conversáis entre vosotros mientras andáis?” (‘¿qué significan esas palabras de desaliento que oigo?’). Le respondieron en estos términos: ‘¿Quieres decirnos que no sabes realmente lo que ha sucedido? Ese hombre, Jesús de Nazaret, creíamos que era el Mesías de quien los profetas habían hablado. Pero nuestros dirigentes lo crucificaron y nuestras esperanzas se han desvanecido, y de eso hace ya tres días’.

Entonces Jesús, mientras caminaban hacia el pueblo, les dijo:

¡Oh simples y lentos de corazón para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas para entrar en su gloria? Y empezando desde Moisés y todos los profetas, les declaró lo que toda la Escritura decía de él (vers. 25-27).

Les dijo: ‘¡Estaba todo escrito! ¿Por qué no lo visteis?’ No lo vieron porque sus ideas preconcebidas los habían cegado: un problema que aún nos aflige hoy en lo referente a comprender la verdad. Más tarde, en ocasión de la cena, cuando Jesús levantó las manos para bendecir el pan, se dieron cuenta de quién estaba hablando con ellos, y la emoción que les embargó fue indescriptible.

En los versículos 23-33 se nos informa de que en aquella misma hora regresaron a Jerusalem. Recorrieron de nuevo aquellos diez kilómetros y encontraron a los once apóstoles y a los que estaban reunidos con ellos, que aseveraban:

El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón.

Entonces les relataron lo sucedido en el camino y cómo lo reconocieron al partir el pan. Imagina a aquellos desanimados y chasqueados discípulos, con sus esperanzas destruidas por la cruz, cuando de repente la resurrección cambió radicalmente su estado. Comprendieron que era el Mesías, que Jesús había venido, no a conquistar a los romanos sino a conquistar el pecado y a librarlos de las garras de la muerte.

Teniendo presente lo anterior, veamos las cuatro razones por las que la resurrección tiene una importancia vital para el cristiano.

I. La primera de ellas es que la resurrección vindicó la justicia que Jesús obtuvo en nuestro beneficio, de forma que pudiésemos ser cualificados para el cielo. Pablo, tras haberse presentado en Romanos 1 como apóstol llamado por Dios, separado para predicar el evangelio a los gentiles, en el versículo 2 afirma que el evangelio había sido prometido mediante los profetas del Antiguo Testamento, pero ahora ya no era más una promesa, sino una realidad. Y la realidad consiste en Jesucristo, el Hijo del hombre según la simiente de David, y el Hijo de Dios según la vida de santidad que vivió. Es decir, Jesucristo era tanto hombre como Dios, a fin de poder ser el Salvador del mundo. Mediante su humanidad su unió a nosotros: la raza humana necesitada de redención, y mediante su divinidad nos unió al Padre celestial.

Habiendo declarado la justicia de Cristo, aporta ahora la prueba de esa justicia:

Declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de los muertos (Rom 1:4).

¿Qué quiso decir Pablo? ¿Qué relación tiene la resurrección de Cristo con el Espíritu de santidad o la justicia que se manifestó en su vida? Si Jesús hubiese pecado en algún pensamiento, palabra o hecho, el Padre no habría tenido derecho a resucitarlo de los muertos. El poder último del pecado es la muerte. En Romanos 6:23, Pablo dice:

La paga del pecado es la muerte.

La ley dice que el alma que peca ha de morir. Cristo llevó los pecados del mundo, pero él mismo jamás pecó.

Cuando murió, cuando nuestros pecados lo llevaron hasta el sepulcro y pagó el precio de nuestros pecados en la cruz, el pecado no pudo mantenerlo prisionero en la tumba, dado que su vida había estado perfectamente libre de pecado. Resucitó para demostrar que en su misión terrenal había manifestado una perfecta justicia. Si hubiera pecado en cualquier manera que fuese, Dios no habría tenido el derecho legal para resucitarlo. Pero el hecho de que así lo hiciera prueba que la justicia que Cristo manifestó en esta tierra, en su humanidad, durante los 33 años anteriores a la cruz, era perfecta.

Como ejemplo, Pablo, refiriéndose a Cristo, escribió en Romanos 4:25, que

fue entregado por nuestros pecados, y resucitado para nuestra justificación.

En la cruz llevó la culpabilidad y el castigo de nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación. Es decir, Dios entregó a Cristo para que llevase la paga de nuestros pecados, de forma que podamos ser justificados de ellos. Entonces resucitó a Cristo como evidencia de que esa justificación fue perfecta. Fue resucitado “a causa de” nuestra justificación (F. Lacueva, Nuevo Testamento Interlineal). El precio del pecado se pagó enteramente en la cruz, por lo tanto, Dios tenía el perfecto derecho a resucitarlo de los muertos, siendo que él mismo no tenía pecado.

Resumiendo el primer punto: la resurrección de Cristo vindica su justicia obtenida a favor de la raza humana pecaminosa.

II. En segundo lugar, la resurrección de Cristo asegura la nuestra. Es importante que nos quede muy claro que todo cuanto hayamos de experimentar los cristianos en este mundo y en el venidero, está basado en la obra perfecta y acabada en Jesucristo. Es decir, nada hay que tú o yo podamos experimentar como cristianos, bien sea en términos del nuevo nacimiento, o bien de nuestra situación ante Dios como justificados —que nos trae paz y gozo, esperanza y seguridad—, que no haya sido ganado ya por Cristo en nuestro favor. Igualmente sucede si pensamos en términos de vida santa, de la esperanza de la resurrección y ascensión a los cielos junto a Cristo; todo lo recibimos en virtud de haber sido ya ganado en la historia sagrada de nuestro Señor Jesucristo.

Dicho de otro modo: en Jesucristo Dios redimió a la totalidad de la raza humana. Estuvimos en él en la encarnación. En 1 Corintios 1:30 Pablo afirma que fue por la voluntad de Dios por la que fuimos puestos en Cristo, y él nos fue hecho sabiduría, justicia, redención, santificación, y todas las cosas. Por lo tanto, puesto que Cristo es el origen de nuestra experiencia cristiana, su resurrección garantiza nuestra resurrección. En otras palabras: resucitaremos debido a que en Cristo hemos sido ya resucitados de entre los muertos. De hecho, en Efesios 2:6 Pablo declara que “con él nos resucitó, y nos sentó en el cielo con Cristo Jesús”.

Volvamos ahora a 1 Corintios 15:12 y notemos el argumento de Pablo en ese pasaje. El contexto es un problema doctrinal que afectaba a miembros de la iglesia en Corinto. Algunos de ellos ponían en cuestión la resurrección de los creyentes. Así protestó Pablo:

Si se predica que Cristo resucitó de los muertos, ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos?

¿Puede alguien imaginar a creyentes sin esperanza de resurrección? Es muy significativo que Pablo no defiende la resurrección del creyente recurriendo al método del texto probatorio. Su prueba de que el cristiano tiene la esperanza de la resurrección es la propia resurrección de Cristo.

Leemos a partir del versículo 13:

Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, nuestra predicación es vana, y vuestra fe también es vana.

Es decir, si el origen de la resurrección, que es Cristo, no resucitó de los muertos, entonces no hay esperanza alguna para nosotros. Pero si Cristo resucitó, entonces tenemos esperanza. Pablo da entonces un paso más, viniendo a decir: ‘Si Cristo no resucitó, nuestra predicación es una mentira, pero si Cristo resucitó de los muertos, entonces nuestra predicación es verdadera, y el cristiano tiene esperanza’.

De hecho, en el versículo 19, Pablo declaró que si nuestra esperanza en Cristo se refiere sólo a esta vida, somos los más miserables de todos los hombres. ¿Por qué? Porque la esperanza del cristiano no está en este mundo, sino en el venidero. Y el comienzo del mundo venidero coincide con la resurrección de los creyentes.

Pero lo cierto”, continúa diciendo Pablo en el siguiente versículo,

es que Cristo resucitó de los muertos, y fue hecho primicia de los que durmieron.

Y en los versículos 21-22 hace esa magistral afirmación en relación a los conceptos de en Adán, y en Cristo:

Así como la muerte vino por un hombre, también por un Hombre vino la resurrección de los muertos.

Hay que notar que “hombre” figura ambas veces en singular. ¿Quiénes son esos dos hombres, uno de los cuales te trae la muerte, y el otro la vida?

Porque así como en Adán todos mueren, así en Cristo todos serán vueltos a la vida (vers. 22).

Recuerda bien el contexto. Pablo no está aquí considerando simplemente a toda la raza humana en Cristo. Es decir, no está tratando aquí sólo de la verdad del evangelio en su aspecto objetivo, sino que va hasta la experiencia subjetiva del creyente. ¿Tienen esperanza de resurrección los cristianos que han aceptado la verdad tal cual es en Cristo? La respuesta es: ‘Sí’. ¿Por qué? ¿Cuál es la garantía de nuestra resurrección? La resurrección de Cristo.

Pero cada uno en su orden: Cristo la primicia, después los que son de Cristo, en su venida (vers. 23).

La resurrección de Cristo es la garantía de la resurrección de todo creyente. Pablo dirigió a los creyentes en Tesalónica estas palabras:

Creemos que Jesús murió y resucitó, y que Dios traerá con Jesús a los que durmieron en él (1 Tes 4:14).

El versículo 15 y sucesivos explica cómo el Señor mismo descenderá del cielo con aclamación, con voz de arcángel, y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros, los que vivamos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados junto con ellos en las nubes, tras haber sido transformados “en un abrir de ojo” de la corrupción a la incorrupción, para recibir al Señor en el aire.

El asunto es, no obstante, que debido a que Jesús conquistó la tumba, nosotros —los creyentes— tenemos la esperanza de la resurrección. Un último texto al respecto:

Bendito el Padre y Dios de nuestro Señor Jesucristo, que según su gran misericordia nos regeneró en esperanza viva por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos (1 Ped 1:3).

Dicho de otro modo: nuestra esperanza es la resurrección de Cristo. Dicha esperanza no está en este mundo, sino en el venidero. Aparecemos ante él perfectos en Cristo, pero por tener un cuerpo mortal, todos estamos sujetos a la muerte: la que la Biblia llama primera muerte. Pero para el cristiano esa muerte no es el segador implacable, sino simplemente sueño, y sueño significa reposo.

El cristiano que muere está reposando en Cristo, y cuando Cristo venga y clame poderosamente con trompeta de Dios y diga ‘¡Resucitad, los que dormís en Cristo!’, todos los creyentes que murieron en Cristo saldrán vencedores de la tumba, siendo su victoria el resultado de la victoria por la que Jesucristo salió vencedor de su tumba.

Y así, Pedro añade:

Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su gran misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva por la resurrección de Jesucristo de los muertos (1 Ped 1:3).

III. Eso nos lleva a la tercera razón por la que eso es importante: la resurrección de Cristo hace posible su ministerio intercesor en el santuario celestial. Cuando tú y yo aceptamos a Cristo, seguimos siendo pecadores siendo salvados por la gracia. El aceptar a Cristo, la experiencia del nuevo nacimiento, no cambia la naturaleza de nuestra “carne”. Seguimos siendo potencialmente pecadores al ciento por cien; por consiguiente, necesitamos un mediador, un Abogado, “a Jesucristo el Justo” (1 Juan 2:1). Mientras seamos pecadores tenemos un Mediador, puesto que Jesús venció a la muerte, ascendió al cielo y está ahora sentado a la diestra de Dios, “viviendo siempre para interceder” por nosotros (Heb 7:25).

Observa lo que Pablo tiene que decir al respecto en Romanos 8. En los capítulos precedentes ha venido presentando el evangelio desde todo punto de vista imaginable. Comienza en 3:21 y prosigue hasta el 8:30, para concluir su exposición con la siguiente pregunta:

¿Qué diremos? Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? (vers. 31).

¡Maravillosa conclusión! Si Dios está de nuestra parte, poco importa quién pueda estar contra nosotros.

Cierto, el diablo nos puede acusar día y noche, tal como indica Apoc 12:10, pero tenemos un Abogado: el Justo. Leemos en Rom 8:34:

¿Quién condenará?

Es el diablo quien condena, pero presta oído a las buenas nuevas:

Cristo es el que murió.

Recuerda: murió para quitar nuestra condenación, y

además está a la diestra de Dios, e intercede por nosotros.

Jesús resucitó para nuestra justificación (Rom 5:25). Rom 8:34 dice virtualmente: ‘Cristo, quien venció a la muerte, está ahora sentado a la diestra de Dios intercediendo por nosotros’.

1 Juan 2:1 afirma que el evangelio son buenas nuevas, pero nunca permitas que las buenas nuevas de salvación: un don gratuito en favor de los pecadores, se convierta en gracia barata para favorecer el pecado. El evangelio no nos concede jamás licencia para pecar. Ahora bien, Juan reconoce que vivimos todavía en un mundo de pecado, poseemos aún una naturaleza pecaminosa.

Caemos en el pecado porque fallamos en aprender bien la lección de andar en el Espíritu, y así, en 1 Juan 2:1 leemos:

Hijitos míos, esto os escribo para que no pequéis [aquí emplea el tiempo verbal presente]. Pero si alguno hubiera pecado [esta vez emplea el aoristo, o pasado histórico], Abogado tenemos ante el Padre, a Jesucristo el Justo.

La resurrección de Cristo hace posible que tengamos a la diestra de Dios un Intercesor en representación de los creyentes: a Jesucristo.

Veamos un texto más en relación con esto. El libro de Hebreos se dirigía primariamente a los cristianos judíos que estaban en peligro de dar la espalda a Cristo y volver al judaísmo. El autor de Hebreos, que en mi opinión es Pablo, aclara en su epístola que Cristo es la realidad de todo cuanto había sido bosquejado en el Antiguo Testamento. Y por ser la sustancia y realidad de todo lo prefigurado, es superior a todo cuanto pudiera haberse dado a los judíos en el Antiguo Testamento [N. del T.: que Pablo identifica en Hebreos con el viejo pacto debido a la distorsión legalista que hicieron los judíos de aquella ilustración del evangelio de Cristo].

Leamos ahora Hebreos 7:25 en su contexto:

Como Jesús permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable. Por eso puede también salvar eternamente a los que por medio de él se acercan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder por ellos.

Los sacerdotes levíticos del Antiguo Testamento no podían interceder por los judíos en el auténtico sentido de la palabra. ¿Por qué? Primeramente, porque ellos mismos eran pecadores. Sin duda recordarás cómo en el día de las expiaciones no podían entrar al lugar santísimo sin haber ofrecido antes un sacrificio por sus propios pecados y por los de sus familias. Jesús no tuvo que ofrecer sacrificio alguno por sí mismo, pues nunca cedió al pecado. Ni siquiera en un pensamiento consintió en pecar, y como ya se ha comentado anteriormente, es por ello que Dios tuvo el derecho legal de resucitarlo. Jesucristo es un sacerdote que jamás ha pecado, que ha vencido al pecado y la muerte.

La segunda diferencia es que los sacerdotes levíticos estaban limitados en su intercesión por ser seres humanos no sólo pecadores, sino también mortales. Eso significa que su longevidad era comparable a la de cualquier otro contemporáneo. Pero Cristo, cuando resucitó de los muertos, lo hizo para no morir ya nunca más. Y por ser Salvador eterno puede interceder por nosotros desde el momento de su ascensión. Tenemos un Abogado, un Sacerdote que es capaz de salvarnos plenamente, no porque seamos buenos, sino porque él es nuestra justicia y está a la diestra de Dios vindicando y defendiendo a sus creyentes.

Jesucristo es nuestro Abogado, nuestro Salvador, y es poderoso para salvar plenamente a todo aquel que se allega a Dios mediante él, puesto que no hay condenación para los que están en Cristo. Como dijo el mismo Jesús (Juan 5:24), el que está en Cristopasó [ya] de muerte a vida”.

IV. Eso lleva finalmente a la cuarta razón importante por la que la resurrección es importante para el creyente. La resurrección de Cristo demostró de una vez y para siempre que el poder de Dios manifestado en Jesucristo es superior a todo el poder del pecado que Satanás puede alistar mediante la carne pecaminosa. En Romanos 7:14 encontramos una declaración notable del apóstol a propósito de nuestro problema con el pecado. Dice allí que la ley es espiritual, pero que nosotros, en contraste, somos carnales, vendidos como esclavos al pecado. Debido a ello, al ser humano, abandonado a sí mismo, le resulta imposible vivir una vida de santidad y rectitud. Cierto, puede desear la práctica del bien; puede escoger hacer la voluntad de Dios, se puede deleitar en la ley de Dios, pero ¿cómo cumplir ese deseo?, ¿cómo realizar aquello que decidió? ‘Dejado a mí mismo’ resulta imposible.

Recuerda que en Romanos 7:14-25, Pablo no está refiriéndose al cristiano controlado por el Espíritu Santo. Se refiere a quien está intentando vivir una vida santa en y por sí mismo. ¿Cómo podemos saberlo? Porque en Romanos 7:25, Pablo aclara: “Dejado a mí mismo” (autos ego). Significa sin Cristo. ‘Abandonado a mí mismo, aparte del Espíritu de Dios, puedo servir a la ley de Dios sólo con mi mente. Puedo escoger obedecer su ley, puedo hacer resoluciones, puedo hacer promesas, pero mi carne o naturaleza no me permitirá efectuar lo que he escogido hacer’. Esa es la razón por la cual cada promesa que hacemos a Dios tiene la fuerza de una cuerda de arena, tal como dice el original de El Camino a Cristo (p. 47). ¿Por qué? Porque en mis miembros opera la ley del pecado, y yo —por mí mismo— soy un esclavo de ella.

¿No hay, entonces, esperanza de vencer la carne? Tras haber clamado lamentando su condición desgraciada, el apóstol dice en la primera parte del versículo 25:

¡Gracias doy a Dios, por nuestro Señor Jesucristo!

Alabemos a Dios por el magnífico Salvador que nos ha dado. Tenemos un Salvador que no sólo nos ha salvado de nuestros pecados, sino también de la ley del pecado, del poder o la fuerza que nos lleva a pecar. Jesucristo no sólo llevó los pecados del mundo, sino que además, como dice Pablo en Romanos 8:3, condenó el pecado en la carne. No lo excusó ni lo disculpó, sino que lo venció, lo condenó.

¿Qué prueba que condenó al pecado en la carne? —La resurrección. Cristo demostró al resucitar que su poder sobre el pecado es mayor que el poder del pecado en nosotros. Intentaré explicarlo en 1 Cor 15. Ya hemos considerado ese capítulo, pero ahora vamos a dirigir la atención a los versículos 55 y siguientes.

¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la Ley. Pero gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.

Pablo afirma aquí que el poder último del pecado consiste en llevarnos al sepulcro. Si podemos vencer al sepulcro, eso demuestra que podemos vencer el pecado. Y nadie excepto Cristo ha vencido de por sí al sepulcro. Moisés resucitó de su tumba, y muchos resucitaron de los muertos al resucitar Cristo. Pero ninguno de ellos lo fue por su propia justicia. Resucitaron porque eran creyentes en Cristo. Resucitaron por el poder de Cristo, quien venció al sepulcro. Veámoslo así: el pecado, tus pecados y los míos, hicieron que Jesús descendiera a la tumba. No fue su pecado el que lo causó, pues jamás cometió pecado. Fue nuestro pecado el que lo llevó al sepulcro. Pero nuestros pecados no pudieron retenerlo allí. Y en ello manifestó Jesús su poder sobre el pecado.

Así, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, abundando en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano (vers. 58).

La siguiente ilustración puede ayudar a comprender lo dicho.

Cuando estábamos en el campo misionero hubo ocasiones en las que mi familia se veía obligada a permanecer aislada de la sociedad. Tenía entonces que dedicar algún tiempo a mis hijos a fin de que no se sintieran abandonados. En ocasiones jugábamos de esta manera: me estiraba en el suelo y hacía que mi hijo me sujetara los pies y mi hija las manos. Entonces los desafiaba así: ‘A ver quién puede más. Si prevalecéis vosotros, no podré levantarme de aquí. Si soy yo quien vence, me levantaré’. ‘¿Estáis preparados?’ –¡Sí!, me contestaban. Hacían toda la fuerza que les era posible, pero siempre acababa levantándome.

De eso hace muchos años. Recientemente mi hijo me dijo: ‘Papá, ¿por qué no repetimos ahora aquel juego?’ Ahora no tendría modo de librarme de mis hijos. Los dos me han dejado pequeño, así que les respondí: ‘Eso era un juego para niños. Ahora habéis crecido, y recordad, “cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Pero cuando llegué a ser hombre, dejé lo que era de niño”. Naturalmente, se echaron a reír, sabedores de que esta vez nada podría impedirles retenerme en el suelo.

Pues bien, nuestros pecados clavaron a Cristo en la tumba, pero no pudieron retenerlo allí. Mediante el Espíritu fue resucitado de los muertos. Así, por el Espíritu que mora en Cristo se revela el poder de Dios contra el poder del pecado. En Romanos 8:2 Pablo nos dice que ‘el Espíritu de vida en Cristo me ha librado del poder (“la ley”) del pecado y de la muerte’. En otras palabras: en Cristo confluyeron esas dos fuerzas: el Espíritu de vida, y el espíritu (“la ley”) del pecado que residía en nuestra humanidad que él tomó. Cristo conoció ambas fuerzas, y Dios permitió que nuestros pecados lo llevaran al sepulcro, pero no pudieron retenerlo allí. El Espíritu de vida lo resucitó de los muertos.

En vista de lo anterior, Pablo hizo una sorprendente y magnífica declaración que debemos aplicar a nuestra vida cristiana:

Y si el Espíritu de Aquel que levantó de los muertos a Jesús habita en vosotros, el que levantó a Cristo Jesús de entre los muertos, vivificará también vuestro cuerpo mortal por medio de su Espíritu que habita en vosotros (Rom 8:11).

Esa es precisamente la razón por la que Pablo dice en el versículo 4 del mismo capítulo que cuando andamos conforme al Espíritu se cumple en nosotros la justicia de la ley, no porque seamos capaces por nosotros mismos de cumplirla, sino porque mora en nosotros el Espíritu de vida que demostró su poder contra el pecado al resucitar a Cristo. El Espíritu de Cristo habitando en ti, es poderoso para mantener en sujeción tu carne pecaminosa y para reproducir en ti el carácter justo de Cristo.

Siendo así, el cristiano no tiene simplemente la esperanza de la resurrección junto con una entrada para el cielo, sino que, mediante el Espíritu que mora en él, tiene la firme esperanza de reproducir en su vida el carácter justo de nuestro Señor Jesucristo. Ahora bien, eso sólo sucede cuando aprendemos a caminar conforme al Espíritu.

Una de las últimas cartas que Pablo escribió fue la destinada a los Filipenses, y en ella encontramos una importante afirmación concerniente a sí mismo, que debiera ser la meta de todo creyente que contienda con la carne y la naturaleza pecaminosa. En Filipenses 3:9 Pablo expone con rotundidad que su salvación reposa enteramente en la justicia de Cristo, y así debiera ser para todo creyente. Dice entonces en el versículo 10:

A fin de conocer a Cristo, conocer la virtud de su resurrección, y participar de sus padecimientos, hasta llegar a ser semejante a él en su muerte, para llegar de algún modo a la resurrección de los muertos.

Luego continúa así:

No que lo haya alcanzado ya, ni que sea perfecto [no pretende haber vencido totalmente a la carne], sino que prosigo por ver si alcanzo aquello para lo cual fui también alcanzado por Cristo Jesús.

Es decir, ‘en Cristo soy victorioso. En él he vencido ya el pecado’. ‘Ese es mi blanco’.

No considero haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago, olvido lo que queda atrás, me extiendo a lo que está delante, y prosigo a la meta, al premio al que Dios me ha llamado desde el cielo en Cristo Jesús.

Uno de esos premios, uno de esos llamados, es la victoria sobre la carne.

Habiendo dicho lo anterior, es necesario hacer ciertas aclaraciones. La primera es que la victoria sobre el pecado o sobre la naturaleza pecaminosa no es lo mismo que perfección impecable. Dios nos concede la victoria sobre el pecado estando aún en naturaleza pecaminosa. Pero no es hasta la segunda venida de Cristo cuando experimentaremos la perfección impecable, cuando esto corruptible sea transformado en incorruptible. En otras palabras: de este lado de la eternidad continuamos siendo indignos pecadores (1 Tim 1:15). Por lo tanto, nuestra paz y seguridad jamás se basarán en nuestros sentimientos, en la percepción de nuestra experiencia subjetiva. La justificación es sólo por la fe en la vida y muerte de Cristo.

El propósito de la victoria sobre la carne es testificar al mundo del poder del evangelio en nuestras vidas. Cuando el mundo vea en nosotros el carácter de amor que Jesús manifestó en esta tierra, ese amor que se entrega, desprovisto de egoísmo, ese amor incondicional; entonces se dará cuenta de que el evangelio no es sólo una teoría, sino poder de Dios para salvación. El mismo Jesús dijo en Juan 13:35:

En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros

En el versículo que lo precede especifica que se trata del mismo tipo de amor que él manifestó hacia los hombres.

En segundo lugar, es preciso aclarar que la victoria sobre el pecado, o la santidad de la vida, no contribuyen en lo más mínimo a nuestra justificación o a nuestro derecho al cielo. Es sólo y exclusivamente en Cristo que los poseemos. Esa es la única base de la seguridad para nuestra salvación. Nuestro derecho al cielo o nuestra justicia jamás proceden de nosotros mismos, de nuestra experiencia, ni siquiera de nuestra victoria mediante el poder del Espíritu Santo. No es esa la base de nuestra seguridad y nuestra paz, dado que aun siendo cierto que el Espíritu Santo nos da la victoria, en esta tierra nunca tendremos plena conciencia de ello.

Eso nos lleva a la tercera aclaración: la victoria sobre el pecado es tarea propia de Dios, puesto que tú y yo seguimos teniendo naturalezas pecaminosas, y abandonados a nosotros mismos, como Pablo explica en Romanos 7, no podemos vencer a la carne. Cuando Dios nos da la victoria, podemos no saberlo. Nuestra parte, desde el principio hasta el final, es la fe. Esa es nuestra batalla. Dijo Pablo a Timoteo hacia el final de sus días:

He peleado la buena batalla de la fe.

Esa es la lucha que tú y yo hemos de pelear.

En Lucas 18:1-8 leemos sobre una parábola en la que Jesús describió a los que son débiles en la fe. En su introducción les habló sobre la necesidad “de orar siempre y no desmayar”. Les refirió entonces la parábola del juez injusto y la viuda importuna. Y en la conclusión (vers. 8), planteó la pregunta:

Cuando el Hijo del hombre venga, ¿hallará fe en la tierra?

¿Es Dios poderoso para hacer que su pueblo desarrolle una fe inquebrantable, un pueblo cuya fe en la Palabra de Dios sea inamovible, que no sea posible hacerlo dudar de Jesucristo aunque el cielo se derrumbe? Cuando Dios tenga un pueblo que camine sólo por fe, entonces tendrá libre el camino para hacer que las vidas de ellos reflejen perfectamente el carácter de Cristo.

Por consiguiente, nos gloriamos en la resurrección de Cristo por el motivo de que reivindica su justicia, la cual nos justifica, garantiza nuestra resurrección y hace posible que Cristo sea nuestro intercesor, de forma que, si bien somos pecadores, podemos mirar a los demás y a nosotros mismos sin vergüenza, sabiendo en Quién hemos creído, sabiendo que es capaz de salvarnos plenamente.

Por último, la resurrección de Cristo nos da la esperanza de vencer a la carne y vivir una vida que Dios aprueba. Esa es mi oración para ti. Amén.          


 

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