Salvador perfecto: restauración perfecta
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LB, 17 julio 2017

 

El adventismo tiene algo especial que lo diferencia de cualquier otra denominación, y es su comprensión del conflicto de los siglos, tal como ilustra la lección del santuario.

El plan de la redención es mucho más que el intento de Dios por salvar al ser humano: es su plan para erradicar el pecado —la rebelión—, no sólo del corazón del pecador, sino del universo.

El pecado no es un problema exclusivo de esta tierra. Es un problema del universo. Empezó en el cielo y afecta a toda la creación de Dios. No sólo afecta a nuestro mundo, y aun menos sólo a nuestra alma.

El universo está esperando que se resuelva el conflicto de los siglos, y esa resolución no depende de que se conviertan más almas, de que crezca la iglesia numéricamente; tampoco depende primariamente de nuestra salvación (aunque está relacionada con ella), sino que depende de la demostración de la justicia, misericordia y poder de Dios para restaurar su imagen en sus seguidores, recuperando así un universo que responda a su ideal de perfección y armonía al crearlo.

El conflicto de los siglos es la cosmovisión bajo la cual comprendemos todo lo que Dios nos ha revelado en su libro sagrado y en la naturaleza. Es la gran marca distintiva del adventismo. Es la filosofía básica, fundamental, que recorre toda la Biblia, y que deriva de la correcta comprensión del carácter de Dios. Es la gran lección del santuario: el poder de Dios para la creación, que al ser puesto en acción para la restauración, demuestra ante todo el universo la verdad del amor de Dios y la mentira de las acusaciones de Lucifer convertido en Satanás.

El mundo protestante nunca ha captado esa cosmovisión. La rechazó alrededor de 1844, lo que ocasionó que cayera en las tinieblas, y en consecuencia hay muchos conceptos bíblicos que le resulta imposible comprender, junto a otros que ve de forma distorsionada o empequeñecida. Entre los últimos está su concepto de la justificación por la fe, que lógicamente es incapaz de relacionar con la obra de Cristo en el lugar santísimo, con la vindicación de su carácter (su ley), ya que la ideología post-protestante (lo que llaman “el pacto”) contiene un elemento de desprecio hacia la ley de Dios. Esa ley de Dios fue precisamente el centro de la acusación de Lucifer hacia Dios ante el universo expectante, y estará en el centro de la resolución del conflicto. De hecho, en cierto momento, el cielo, el universo, se dividió en dos grupos: uno creía que la ley de Dios no se puede obedecer, y el otro se mantuvo fiel a Dios y a su ley. Idéntica división existe hoy en el mundo y en la iglesia, y la resolución del conflicto de los siglos tendrá que ver con esa misma cuestión.

Entre los conceptos que el evangelicalismo no puede entender está la demora en la segunda venida de Cristo, la perfección de la iglesia de Cristo y el juicio. Tiene una visión restringida de los grandes problemas causados por el pecado en el universo, y de las grandes soluciones aportadas por Dios. Todo lo ve exclusivamente a través del túnel de la salvación de mi pobre alma, y no ve más allá. Si la única condición para mi salvación es la entrega —como demuestra el caso del ladrón arrepentido— ¿para qué preocuparse de más? En la gran ilustración del plan de la salvación en su plenitud abarcante tal como provee el santuario terrenal, el protestantismo sólo es capaz de ver lo relativo al sacrificio del Cordero y la fe del pecador en ese sacrificio. Este es un ejemplo de lo dicho: en el segundo macho cabrío de Levítico 16:21-22, el macho cabrío por Azazel (un nombre de Satanás según la tradición rabínica), que sabemos que representa a Satanás llevando finalmente la responsabilidad de los pecados que ha hecho cometer a otros, el mundo protestante ve… nuevamente una representación de Cristo. Tomar como un símbolo de Cristo lo que es un símbolo de Satanás, es el resultado de esa visión de túnel centrada en el yo y no en Dios.

¿Por qué esa gran limitación? Por su defecto en comprender el contexto amplio del conflicto de los siglos.

¿Por qué el cristianismo popular no puede comprender adecuadamente el conflicto de los siglos? En gran parte, porque el conflicto de los siglos sólo se puede entender al comprender el carácter de Dios, pero el cristianismo popular está mayoritariamente afectado por una comprensión defectuosa del carácter de Dios, y eso no sólo es cierto ahora, sino al menos desde los tiempos de Lutero y Calvino.

Lo anterior no equivale a impugnar la obra de los reformadores. Lo que Dios les dio fue auténtica verdad, y la aceptaron y defendieron de forma encomiable, pero sólo pudieron ver una parte de la verdad: la que brilló en su tiempo. No sólo eso: en una sola generación se produjo una rápida degradación de la verdad que habían comprendido. Una parte sustancial de lo que se suele considerar “teología de la Reforma” no corresponde a enseñanzas de Lutero y los primeros reformadores, sino a la perversión de las enseñanzas de ellos que hicieron sus seguidores. Por ejemplo, Lutero no presentó la justificación como un intercambio puramente forense, sin relación con el nuevo nacimiento ni la regeneración, tal como es actualmente el “dogma” protestante. Esa visión parcial, restringida, junto a esa degradación (véase el agudo reproche dirigido a la iglesia de Sardis, que representa la iglesia de la Reforma), es la razón por la que Dios suscitó la Iglesia adventista del séptimo día, a quien encomendó avanzar hasta la comprensión plena de la verdad, de forma que pudiera predicar un mensaje de traslación, de resolución del conflicto de los siglos; no sólo de salvación del pecador.

Debemos en gran parte al don profético manifestado en Ellen White nuestra comprensión bíblica del conflicto de los siglos. En la serie de ese mismo nombre que ella escribió, en la primera página del primer libro —Patriarcas y profetas—, se destaca la frase escrita en referencia a la perfección de la tierra recién creada: “Dios es amor”. Pero el pecado malogra la creación. En la resolución del conflicto de los siglos debe quedar demostrado que Dios es amor a pesar de todo, y efectivamente, va a quedar demostrado con mayor claridad que si nunca hubiera existido el pecado. En la última página del último libro de la serie El conflicto de los siglos, resuelto ya el problema, destruido el pecado y los pecadores, se vuelve a destacar la frase: “Dios es amor”, pronunciada por todo ser creado en la nueva y perfecta armonía del universo no caído junto con el redimido. El carácter de amor de Dios es lo que había quedado en entredicho por la rebelión y acusación de Satanás. Es lo que ha de quedar vindicado en la resolución del conflicto de los siglos.

Para la mayor parte del mundo protestante (exprotestante en propia confesión de ellos), el amor no es la principal característica de Dios, sino su soberanía, su voluntad irresistible. Es la visión calvinista que preside la corriente mayoritaria del pensar protestante.

Lo anterior origina un problema de dimensiones colosales, ya que el conflicto de los siglos sólo se puede comprender en el contexto de un Dios que es amor; no en el contexto de un Dios cuya característica principal es su voluntad soberana e irresistible. ¿Por qué esa imposibilidad?

Pensemos en el amor. ¿Puede existir amor sin libertad? ¿Puede amar una máquina? ¿Lograrás que te amen a base de imposiciones, de coerciones, de órdenes o de amenazas? ¿Se puede conseguir a base de una voluntad irresistible, a base de actuar como un soberano militar cuyos dictados no hay más remedio que obedecer? Imposible. Por eso, en un universo creado por el Dios que es amor, él concedió libre albedrío a todos los seres inteligentes sujetos a responsabilidad moral. Significativamente, en el plan de redención, una de las cosas que Cristo restaura en cada ser humano es la capacidad de elegir: esa facultad que el pecado amenazó y que sólo por la gracia podemos volver a disfrutar. Dios la da incondicionalmente a todo ser humano en virtud del plan de salvación —junto con la vida y la capacidad de creer— en el don de su Hijo al mundo, a todo ser humano. Eso forma parte de la “atmósfera de gracia” con la que Dios ha rodeado nuestro planeta.

El amor sólo puede existir en el contexto de la libertad de elección. No puede existir amor si no hay libertad o libre albedrío. Pero el predeterminismo calvinista, el concepto de un Dios cuyo rasgo principal es su soberanía, su voluntad irresistible, es lo opuesto a la libertad. En un universo en el que lo único que pueden hacer los seres creados es cumplir inexorablemente el destino que Dios les ha marcado, es mejor no pensar demasiado en los grandes temas de la Biblia, particularmente en el origen del pecado, porque según esa “luz”, la rebelión de Lucifer es inevitablemente culpa de Dios; lo es también que lo hayan seguido la tercera parte de los ángeles; que se rebelaran Adán y Eva, etc. Así pues, es hasta cierto punto lógico que el mundo protestante en general no sepa nada y no quiera saber nada o muy poco del conflicto de los siglos.

Esa visión restringida no implica necesariamente que la salvación haya quedado impedida. Esperamos ver a Lutero en el cielo, y a miles de otros creyentes que tuvieron un conocimiento imperfecto de la verdad. Se entregaron a Cristo de todo corazón según la luz que brilló en su día o la que fueron capaces de comprender y asimilar. Fueron perfectos en su entrega a Cristo hasta donde conocieron. No hay un problema con la salvación. El problema es otro, y tiene que ver con la vindicación de Dios.

El conflicto de los siglos sólo se puede resolver cuando el carácter de Dios (de amor, 1 Juan 4:8) queda vindicado.

¿Puede vindicar su carácter una comprensión defectuosa de Dios y del evangelio? Veamos la respuesta en un ejemplo: en los días de Lutero y Calvino, la comprensión habitual consistía en que Dios predestina a algunos para la perdición y a otros para la salvación (a estos últimos les daría fe, según la idea predominante). No sólo eso: a los que Dios predestina para la perdición, los atormenta quemándolos durante toda la eternidad; por siempre, según la enseñanza anti-bíblica de la inmortalidad natural del alma.

A pesar de esa comprensión aberrante, Dios pudo salvar a muchos, pero salvar a muchos no es lo mismo que resolver el conflicto de los siglos. ¿Podía esa comprensión sostenida por los primeros reformadores vindicar el carácter de amor de Dios ante el mundo o el universo? Es evidente que no podía: la idea de un Dios que decreta irrenunciablemente la perdición y el tormento eterno de parte de sus criaturas, ¿acaso no vindica a Satanás?

La verdad y la gloria de Dios son inseparables, y nos es imposible honrar a Dios con opiniones erróneas cuando tenemos la Biblia a nuestro alcance” (CS 655).

Veamos cómo afecta a la doctrina bíblica del juicio esa comprensión limitada, empequeñecida, propia del mundo evangélico que se mueve en el entorno predeterminista. Habiéndose alejado del concepto de amor / libertad de elección en favor de la soberanía de Dios, para ellos el pecado no se puede definir como una elección, como apartamiento de la voluntad de Dios, como transgresión de la ley. En su esquema no puede encajar: ¿cómo se podría definir el pecado en términos de una ley que creen abolida? Para ellos, el pecado es una fatalidad: una naturaleza “depravada” recibida desde el nacimiento. Así, lo determinante no es la elección moral de la persona; lo determinante —predeterminante— es cómo nace. ‘Si nació con naturaleza depravada, será pecador y estará pecando continuamente. Si nació con naturaleza impecable, no pecará’. Evidentemente, en ese esquema Jesús no pudo nacer tomando una naturaleza como la nuestra, pero ese no es ahora el punto que quiero destacar. Lo importante es comprender que en el esquema verdadero del conflicto de los siglos, según el cual un Dios de amor concede libertad para hacer elecciones a todas sus criaturas con inteligencia moral, necesariamente aparece otro concepto, que es el de la responsabilidad.

El amor requiere libertad, y la libertad conlleva responsabilidad. No sólo es bíblico, sino también lógico que dicha responsabilidad se dilucide en un examen o juicio.

Así, el amor requiere libertad, la libertad implica responsabilidad, y la responsabilidad se evalúa en un proceso de juicio. Lógicamente, lo que se juzga son las elecciones libres. Cámbiese la libertad humana por la soberanía absoluta de Dios, e inevitablemente desaparece la responsabilidad (humana) y carece de sentido el juicio. Pecar es entonces todo cuanto el ser humano puede hacer, y no hay vindicación posible por parte del creyente, ni consideración alguna hacia el conflicto de los siglos. En ese paradigma, el ser humano se salvaría en el pecado, y eso es todo cuanto importa a esa teología que contradice llanamente la enseñanza bíblica (ver, por ejemplo, Mat 1:21).

Vayamos al esquema predeterminista: ahí no es la elección humana el factor determinante, pues la voluntad de Dios se considera soberana e irresistible. Lo que el hombre haga no dependerá de su elección, sino que vendrá predeterminado por el tipo de naturaleza que recibió al nacer: si es depravada, pecará continuamente, y en caso contrario no lo hará. El problema es que todos hemos nacido con esa naturaleza “depravada”. Está claro que ahí no cabe la responsabilidad humana y menos aún el juicio. ¿Cómo se puede juzgar a alguien por llevar una vida de pecado, cuando pecar es lo único que puede hacer por predestinación divina o por la fatalidad de haber nacido en este mundo tras la caída? En esa mentalidad, el texto: “como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Rom 5:12) se reinterpreta así: “así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos NACIERON”.

Es evidente que ese esquema colisiona frontalmente con la enseñanza bíblica. Ya hemos visto que no encaja en la ilustración del santuario. Citaré sólo un texto, y serán palabras del propio Jesús: “Vendrá hora, cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; Y los que hicieron bien, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron mal, a resurrección de condenación” (Juan 5:28-29; Ver también Ecl 12:13-14; Rom 2:5-6 y 16, y un larguísimo etc). El juicio, una clara enseñanza bíblica, es un elemento extraño e incompatible con esa teología. ¿Cómo pueden comprender Apoc 14:7:“Temed a Dios, y dadle honra; porque la hora de su juicio es venida”? No pueden asimilar la idea de honrar a Dios en la hora de su juicio, y en consecuencia la ignoran junto a todo el resto de escrituras que se refieren al juicio, ¡y son muchas! Esa gran pieza tampoco encaja en su puzzle. Por esa razón Desmond Ford abandonó la comprensión del santuario y del juicio investigador, una vez que hubo aceptado las falsas premisas en las que se basa ese falso evangelio.

De forma evidente, en su versión de la justificación por la fe que no salva del pecado sino en el pecado, no cabe la victoria sobre el mismo: pecar hasta que venga Cristo es todo lo que uno puede esperar. Es preciso comprender esto claramente: para quien piensa que estaremos pecando hasta que regrese Cristo, no cabe el sellamiento —que fija el carácter por la eternidad—, pues sellarnos mientras seguimos pecando nos convertiría en eternamente pecadores, y eso vindicaría a Satanás y no a Dios. Tampoco cabe en esa teología que Jesús deje de interceder en el santuario para vestirse de Rey y volver a esta tierra en su segunda venida; eso significa también que no cabe el fin del tiempo de prueba. Y no cabe la purificación del santuario: no cabe el borramiento de los pecados en el juicio investigador.

Es decir: el tipo de evangelio que ignora el conflicto de los siglos y el verdadero carácter de Dios —el tipo de “evangelio” que se basa en premisas calvinistas— es incompatible con el corazón y la razón de ser del adventismo, que es la justificación por la fe según la luz abarcante del santuario en el contexto de la hora de su juicio, para restauración de la imagen de Dios en el hombre y resolución del conflicto de los siglos. La perfección del creyente, que es el objetivo del verdadero evangelio, es una abominación para el falso evangelio. No sólo eso: es percibida por quienes creen de otra forma como una agresión.

Se suscitan dos cuestiones aquí: (a) ¿Cuál es la comprensión mayoritaria del evangelio en el seno del adventismo del séptimo día actualmente? Esa no es fácil de responder, puesto que el significado de “mayoritario” puede ser muy distinto de un lugar a otro. Tampoco es la pregunta más importante, puesto que la comprensión mayoritaria, suponiendo que exista, NO es la medida de la verdad NI será la norma del juicio. Esta es la pregunta importante: (b) ¿Cuál es TU comprensión del evangelio? Leemos en la Biblia: “Examinaos a vosotros mismos” (2 Cor 13:5).

1.     ¿Sigues el esquema: libertad -> amor -> responsabilidad -> juicio, que tiene por objeto la restauración del hombre junto con la vindicación del carácter de Dios?

2.     ¿Sigues el evangelio de ser salvo mientras sigues pecando, que es incompatible con el juicio investigador, borramiento del pecado, ministerio de Cristo en el lugar santísimo, sellamiento y fin del tiempo de prueba, y que ignora o abomina la vindicación de Dios en sus redimidos?    

El primer evangelio (1) es el que el Señor, en su misericordia, nos envió en 1888 “por medio de los pastores Waggoner y Jones”. Está en la Biblia y en el Espíritu de profecía, si bien los mensajeros de 1888 lo aclararon de una forma especial y lo articularon en su belleza y poder. A diferencia del evangelio popular, ese verdadero evangelio “se manifiesta en la obediencia a todos los mandamientos de Dios”, “es el mensaje que Dios ordenó que fuera dado al mundo. Es el mensaje del tercer ángel, que ha de ser proclamado en alta voz y acompañado por el abundante derramamiento de su Espíritu”. Es un evangelio centrado en “el sublime Salvador” (TM 91-92), y es un evangelio paralelo y consistente con la obra actual del Salvador en el santuario en la preparación de su pueblo para dar el fuerte pregón y para el momento en el que hayamos de prevalecer sin intercesor. El segundo (2) es la versión del evangelio popular propio de las iglesias caídas. Está centrado en mi salvación, no en mi salvación del pecado, sino en mi salvación del “infierno”, y en él no hay mayor preocupación por la vindicación del carácter de Dios ni por la resolución del conflicto de los siglos. No es Cristocéntrico sino antropocéntrico, y tiene en la autoestima su auténtico dios (ajeno).

Quizá esta pregunta ayude a responder cuál es el tipo de adventismo “mayoritario” en tu ámbito:

En los últimos años, ¿cuántas predicaciones has oído a propósito de la lluvia tardía, de la obra de Cristo en el lugar santísimo del santuario celestial para borramiento del pecado, del sellamiento y fin del tiempo de prueba en preparación para que el Señor regrese, teniendo una “esposa” que por fin esté preparada para las bodas del Cordero? ¿Cuántas predicaciones has oído acerca del mensaje del segundo ángel, que se repite y amplía en el cuarto: “Salid de Babilonia”? (incluyendo una definición clara y concreta de en qué consiste “Babilonia” en la Biblia y en la actualidad).

Esta otra pregunta podría ayudar también a analizar cuál es tu fe: ¿Dónde está tu mente? ¿Está en el santuario? ¿Estás siguiendo por la fe a tu Sumo Sacerdote en el lugar santísimo en el que ahora ministra?, ¿o estás regresando al lugar santo en el que están instaladas las iglesias caídas, donde no hay purificación del pecado ni victoria sobre él, sino sólo un tipo de perdón que te permite acomodar el pecado?

Permíteme aun una tercera y última pregunta respecto a cuál es el tipo de evangelio en el que estás militando. En Judas 1:24 leemos acerca de

Aquel que es poderoso para guardaros sin caída y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría”.

“Con gran alegría” es ahora el objeto de mi consideración. La idea de que haya Uno capaz de guardarnos de pecar, de presentarnos perfectos —sin mancha— no ya delante de la visión imperfecta de los demás, sino delante de su gloria, ¿te produce gran alegría?, ¿o, por el contrario, es un elemento perturbador, ante el cual te sientes inmediatamente atraído hacia la explicación de algún teólogo cuyo fin es acomodar la “caída” y la “mancha”, anulando así el mensaje inspirado?

El mundo protestante en general nunca ha atravesado esa capa de tinieblas, por haber rechazado la luz del mensaje de los tres ángeles cuando esta comenzó a brillar alrededor de 1844. Eso se manifiesta en una incapacidad permanente para comprender los grandes conceptos bíblicos. En lo relativo al conflicto de los siglos, según el cristianismo genérico popular, nosotros no podemos hacer nada —ni se espera o necesita que lo hagamos— respecto a vindicar el carácter de Dios. De hecho, no se presta atención a ese tema. Según los pocos que tienen alguna comprensión al respecto, Cristo —Dios hecho hombre— hizo la demostración perfecta y última de la bondad y justicia de Dios.

Pero entonces no tienen ninguna explicación para la inevitable cuestión: si la demostración culminante y final la hizo Cristo, y posteriormente ascendió al cielo, ¿por qué no se ha solucionado todavía el problema del pecado y los pecadores?, ¿por qué sigue habiendo dolor, muerte, miseria, opresión, guerras, hambre, etc? En vocabulario adventista, ¿por qué no ha regresado ya Jesús y se ha resuelto el conflicto? No teniendo ninguna explicación plausible para esa GRAN pregunta, aplican su “gran” remedio, el único que conocen: el predeterminismo calvinista: ‘Dios es soberano, tiene una fecha para su regreso, y cuando llegue esa hora, vendrá’. Por cierto, todos los intentos por averiguar o determinar la fecha de su venida no son más que un simple paso más de esa teología aberrante, un tributo (involuntario) a ella.

En el contexto de la cosmovisión bíblica hay una respuesta a la pregunta de por qué no ha regresado Cristo todavía ni se ha resuelto aún el conflicto de los siglos. Tanto la pregunta como la respuesta están magistralmente planteadas en el libro de Hebreos. Es significativo que uno de los temas principales y recurrentes en ese libro sea la perfección. Aparece en once versículos (en la RV 1909). Hebreos es el libro del Nuevo Testamento en el que más veces aparece “perfección” o alguno de sus derivados. En toda la Biblia sólo está superado por el libro de Job (doce versículos), lo que no es sorprendente, pues Job es uno de los libros que más luz arroja sobre el conflicto de los siglos. Reuniendo las veces que se ha traducido “perfección”, “perfecto” o alguna de sus variaciones en la RV 1960, supera las 75 ocurrencias, lo que hace inevitable preguntarse por qué a tantos cristianos que se llenan la boca de sola scriptura les choca que un cristiano hable de perfección. Menos aun debiera chocar a un adventista del séptimo día:

Cuando el carácter de Cristo sea perfectamente reproducido en su pueblo, entonces vendrá él para reclamarlos como suyos” (PVGM 47).

¿Qué es lo que falta para que se resuelva el conflicto de los siglos y regrese Cristo? ¿Tiene la Biblia una respuesta a esa pregunta?

Este [Cristo], habiendo ofrecido por los pecados un solo sacrificio para siempre, está sentado a la diestra de Dios, esperando lo que resta” (Heb 10:12-13).

Ahí está planteado el problema: “Esperando lo que resta”. ¿Qué es lo que resta?

En el propio enunciado de la cuestión encontramos una clave: está sentado a la diestra de Dios. Los adventistas sabemos (al menos, sabíamos) lo que significa la intercesión de Cristo en el santuario celestial, primeramente en el lugar santo, y desde 1844 en el santísimo para borramiento —no sólo perdón— de los pecados, en su obra de purificar el registro del pecado en los libros del cielo, que no puede avanzar más deprisa que la obra de purificación del pecado en los corazones de sus seguidores en esta tierra. Pero dejemos ahí el asunto: es sólo una clave. Volvamos a la pregunta planteada: ¿qué es “lo que resta”, lo que falta para que se resuelva el gran conflicto?

Esperando lo que resta, hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies” (Heb 10:13).

¿Cuáles son sus enemigos? —Ha de ser Satanás y sus huestes. Sus enemigos son ciertamente nuestros enemigos. ¿Cómo va a ser Satanás aplastado?, ¿cómo va a ser puesto por estrado de sus pies?

El Dios de paz quebrantará presto a Satanás debajo de vuestros pies” (Rom 16:20).

Interesante: Cristo, tras haber ascendido al cielo, está a la diestra de Dios ministrando en el santuario celestial. Está “esperando lo que resta”. Lo que resta es que Satanás (el enemigo, el mal, el pecado, la rebelión) sea puesto por estrado de sus pies. Y Satanás es puesto por estrado de sus pies al ser quebrantado debajo de nuestros pies. Es decir, Satanás es aplastado al ser puesto por estrado de sus pies, con la concurrencia de los nuestros.

Desechad el pecado; aplastad a Satanás bajo vuestros pies. Dejad atrás vuestra debilidad, y en la fortaleza de la gracia de Cristo disponeos a vencer” (RH 27 mayo 1884, par 11).

Así pues, no somos sólo espectadores, sino actores en el conflicto de los siglos. Es evidente que Dios nos ha concedido un papel en la resolución del problema de la rebelión, del pecado. Y eso es precisamente “lo que resta”.

¿Dice algo más la Biblia al respecto de esa demostración no sólo hecha en Cristo, sino en los que se han entregado a Cristo y constituyen su pueblo remanente? —Muchísimo más, aunque hemos de resumirlo.

Para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora notificada por la iglesia a los principados y potestades en los cielos” (Efe 3:10).

Así pues, si bien la plena y máxima revelación de Dios al universo y al mundo tuvo lugar en los días de Dios Hijo en esta tierra, el universo, “los principados y potestades en los cielos”, está esperando otra demostración subsidiaria y posterior que tendrá lugar en los seguidores de Cristo, quienes vindicarán así a Dios. Y eso ocurrirá “conforme a la determinación eterna que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor” (vers. 11). Es decir: forma parte del plan de Dios desde la eternidad. Siendo así, sería lógico que encontráramos también ese concepto en el Antiguo Testamento. Y lo encontramos, pero antes de ir a él, leamos el último versículo de Efesios 3:

A él sea gloria en la iglesia por Cristo Jesús, por todas las edades del siglo de los siglos. Amén” (RV 1909).

 A él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén” (RV 1995).

Según lo leído, la gloria que el mundo y el universo esperan que se dé a Dios para vindicación de su carácter y resolución del conflicto de los siglos, se produce en Cristo (la Cabeza) cuando se reproduce en su iglesia (en su cuerpo).

Es inevitable preguntar al propio Pablo —y si es posible en la misma carta a los Efesios— cómo puede la iglesia darle esa gloria.

Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla limpiándola en el lavacro del agua por la palabra, para presentársela gloriosa para sí, una iglesia que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha” (Efe 5:25-27).

A algunos les parece pretencioso que podamos jugar un papel en la resolución del conflicto, pero es Dios quien lo ha dispuesto así en su perfecto plan desde los días de la eternidad. También ha dispuesto que reinemos con él, que participemos en el juicio de los seres humanos que fueron rebeldes, e incluso hasta en el juicio a los ángeles rebeldes. Nos ha hecho embajadores suyos, nos ha concedido el sacerdocio. No podemos comprender ninguna de esas cosas, y nos sabemos rematadamente indignos de tales honores, pero lo cierto es que Dios no sólo nos pide que confiemos en él, sino que increíblemente, él mismo ha confiado en nosotros. Todo eso que nos parece increíble, forma parte de su carácter y sabiduría, de su plan de la redención, y demuestra su poder para salvar y para restaurar. No creerlo es deshonrarlo.

Según 1 Cor 12:21, “la cabeza” no puede decir a los pies “no tengo necesidad de vosotros”. Eso está escrito en el contexto de la función necesaria y complementaria de cada uno de los miembros del cuerpo que compone la iglesia. Ahora bien, ¿quién es la Cabeza de la iglesia?, ¿acaso no es Cristo? Aquí tenemos una indicación de que Cristo ha dispuesto no hacer nada sin la cooperación de “los pies”, y de cada miembro de su cuerpo: su iglesia. Es por eso que es “el Espíritu y la esposa” quienes dicen: “Ven”.

Luego veremos la evidencia en el Antiguo Testamento, pero antes quiero llamar la atención a un hecho de importancia capital:

Pablo habla de una iglesia sin mancha ni arruga, de una iglesia santa: está claramente hablando de perfección. Espero que hayas observado algo muy importante: no se trata de que uno haya de hacerse perfecto para salvarse. De hecho, al hablar de perfección no tenemos puesto nuestro foco en la salvación. Estamos hablando del conflicto de los siglos, estamos hablando de dar gloria a Dios, de que su carácter sea vindicado en sus seguidores ante el universo, eso que ocurre cuando en nosotros es restaurada la imagen de Dios.

Cuando estamos en armonía con Dios, el pensamiento de su honor y gloria viene antes que todo lo demás (6 TI 108.3).

La enseñanza sobre la perfección no es la enseñanza sobre la salvación de mi pobre alma, sino la enseñanza sobre lo que está implicado en la victoria de Dios en el conflicto de los siglos. Nos hemos elevado por encima de ese círculo restringido de mi salvación, y te pido que sigas pensando en el contexto amplio de la vindicación de Dios, de darle gloria. ¿Por qué insistir en eso? Al menos, por dos razones:

1.     La misión de nuestra iglesia está definida en el mensaje de los tres ángeles, y el primero de ellos, el que lleva realmente el peso del mensaje, que es el evangelio en el contexto de la hora de su juicio (otra referencia al ministerio de Jesús en el lugar santísimo), nos amonesta precisamente a dar honra a Dios, a darle gloria. Ver también Rom 3:4.           

2.     Leemos en Fil 2:5: “Haya pues en vosotros la mente de Cristo”. ‘¡Quiero salvarme!’ ‘El cristiano ha de tener la seguridad de ser salvo’, etc, son expresiones que reflejan lo que suele ocupar la mente centrada en el yo, en el interés propio. En todo caso, es la mente típica del “protestante” actual. Ahora, ¿fue esa “la mente de Cristo”? ¿Puedes imaginar a Cristo obsesionado con su salvación?, ¿lo puedes imaginar procurando estar seguro de que estaba salvo? ¿Cuál fue su mente? —La vindicación del carácter de su Padre, el cumplimiento de su misión. Moisés tuvo la mente de Cristo cuando estuvo dispuesto a perder su salvación eterna si Dios no podía perdonar a su pueblo, pues él sabía que el honor de Dios, su gloria, dependía de su pueblo. Aparentemente, salvarse o sentir la seguridad de ser salvo no fue tampoco lo que ocupó la mente de Moisés; eso no fue lo más importante para él. Es significativo que en Apoc 15:3 se describe a los que han “alcanzado la victoria sobre la bestia y su imagen, sobre su marca y el número de su nombre” (sin duda una alusión a los 144.000) entonando el cántico del Cordero y el cántico de Moisés.

En este punto es inevitable preguntarse: ¿Qué demostración podemos hacer nosotros, que no fue posible que Cristo hiciera cuando estuvo en esta tierra?

En primer lugar se debe reconocer que Cristo no vino solamente para demostrar cuál es el carácter de Dios. También vino para ser nuestro sustituto, para morir en nuestro lugar y darnos a cambio su vida eterna. Vino asimismo para darnos ejemplo, una vez salvos, de cuál es el perfecto modelo de vida cristiana en la naturaleza caída que aún tenemos en esta tierra. En nuestra carne de pecado, luchando contra las mismas tendencias con las que hemos de contender nosotros —con un equipamiento humano como el que recibimos nosotros por nacimiento— Cristo venció.

Siendo que Cristo nunca pecó a pesar de haber nacido con una herencia humana como la nuestra, pudo demostrar que el ser humano, nacido como todos los hijos de Adán, como todos los hijos de Abraham, cuando es guiado por el Espíritu Santo, puede vencer al pecado y dar gloria a Dios. Ahora, ¿qué sucede si ese ser humano cae en el pecado? ¿Se podrá sobreponer después de haber caído?

¿Podrá vencer “así como yo [Cristo] he vencido” y dar gloria a Dios, un ser humano que ya ha pecado, que ya ha contraído hábitos de pecado? ¿Será capaz el Señor de reivindicarse en sus seguidores? Esa es la gran pregunta cuya respuesta resolverá finalmente el último interrogante del conflicto de los siglos. Cuando eso quede demostrado, Dios habrá demostrado en ello que el amor es más poderoso que el pecado, que el Espíritu Santo es más poderoso que Satanás y que Dios vence al diablo incluso en el terreno de la debilidad en donde él se había hecho fuerte.

La acusación de Satanás contra Dios incluía la pretensión de que el ser humano, tras la caída, NI SIQUIERA MEDIANTE LA GRACIA era capaz de obedecer la ley de Dios, y esa acusación requería una respuesta.

“Satanás declaró que para los hijos e hijas de Adán era imposible guardar la ley de Dios, y acusó así a Dios de falta de sabiduría y amor. Si no podían guardar la ley, entonces había un defecto en el Dador de la ley. Los hombres que están bajo el control de Satanás repiten esas acusaciones contra Dios al aseverar que el hombre no puede guardar la ley de Dios” (EGW, ST 16 enero 1896).

Nuestra naturaleza y la naturaleza humana de Cristo en la encarnación, son una misma (Heb 2:11, 14 y 16-17), pues Dios, al disponer que Jesús naciera de mujer, no hizo ninguna trampa, no transgredió las leyes de la herencia. Pero si bien su naturaleza humana fue la nuestra, no sucede así con su experiencia. Él nunca pecó; en contraste, nuestra vida de pecado, los hábitos pecaminosos que hemos contraído, debilitan personalmente a quienes hemos caído en ellos.

¿Podía Cristo hacer esa otra demostración? ¿Podía demostrar en él mismo que alguien que cayó en el pecado, que contrajo hábitos de pecado, en virtud de la gracia de Dios es capaz de arrepentirse y de dar gloria a Dios mediante una vida que lo honre? ¿Qué sentido podría tener Juan 14:12?

El que en mí cree, las obras que yo hago, también él las hará; y mayores que estas hará; porque yo voy al Padre”.

¿Qué hace Jesús a la diestra del Padre, que hace posible que el creyente en Cristo haga las obras de Cristo, y mayores que estas? ¿Qué cosa podemos demostrar, que Cristo no pudo demostrar en él mismo?

La resolución del conflicto de los siglos tiene lugar cuando el universo conoce a Dios de forma que se haya resuelto el último interrogante. En el conflicto de los siglos, Dios no va a vencer sin convencer. ¿Qué demostración está aún pendiente de ver el universo?

En Eze 36:23 leemos:

Santificaré mi gran nombre profanado entre las gentes…

Dios va a santificar su gran nombre ante el universo. El nombre —el carácter— de Dios ha sido “profanado entre las gentes”. No sólo por parte de Lucifer y de sus seguidores declarados, sino tristemente y de forma muy especial por parte de su pueblo:

Santificaré mi gran nombre profanado entre las gentes, el cual profanasteis vosotros en medio de ellas”.

Ahora no estamos hablando de Babilonia; “vosotros” significa nosotros: tú y yo, el pueblo de Dios, su pueblo remanente. Los que teníamos que ser sus embajadores, hemos profanado su nombre al representarlo indignamente mediante un carácter defectuoso que lo deshonra, que no lo glorifica. En ese punto no hay paliativos. Sin embargo, no es para desesperarse en vista de lo que sigue:

Sabrán las gentes que yo soy Jehová, dice Jehová…

Jehová lo dice: ha dispuesto que sea así, y VA A SER ASÍ. ¿Cuándo? ¿Cómo?

Sabrán las gentes que yo soy Jehová, dice Jehová, cuando fuere santificado en vosotros delante de sus ojos”.

Parece increíble, pero en su infinita sabiduría, poder y misericordia, el Señor no sólo nos ha dado la salvación, sino que ha dispuesto que su carácter sea conocido (“sabrán las gentes”), vindicado más allá de toda posible discusión ante el mundo y el universo, cuando él sea santificado en nosotros: nosotros que antes lo habíamos “profanado”.

Observa cuál fue la razón especial por la que ciertos creyentes pudieron glorificar a Dios:

Aquel que en otro tiempo nos perseguía [Saulo], ahora anuncia la fe que en otro tiempo destruía. Y glorificaban a Dios en mí” (Gál 1:23-24).

Después de haber afirmado que lo hará, especifica cómo va a lograrlo. Es muy importante saber cómo va a hacer Dios para lograr lo que ha prometido, y la Biblia lo especifica: es mediante el nuevo pacto. El nuevo pacto no es una orden ni es un consejo; es una gran promesa. Observa bien quién lo va a hacer, quién es el que promete. Ve que la obediencia NO es lo que Dios demanda, sino precisamente —junto al perdón—, lo que él promete:

Esparciré sobre vosotros agua limpia y seréis purificados de todas vuestras impurezas, y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros. Quitaré de vosotros el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos y que guardéis mis preceptos y los pongáis por obra. Habitaréis en la tierra que di a vuestros padres, y vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios. Yo os guardaré de todas vuestras impurezas” (Eze 36:25-29).

Tristemente, quien es incapaz de ver con claridad la diferencia entre el viejo pacto y el nuevo pacto, en cuanto oye ‘limpiar la impureza’, ‘guardar los preceptos y ponerlos por obra’, incluye eso automáticamente en la categoría de “lo que hemos de hacer para ser salvos”. Es el caso del mundo protestante, con su concepto erróneo dispensacionalista sobre los pactos. Ellos, y los que tienen una mente como ellos, ven ahí obras, legalismo; pero no es eso lo que dice el nuevo pacto. La obediencia, la purificación, la victoria, la perfección, no es lo que Dios nos pide / exige, sino lo que nos promete. Dios promete hacerlo, y espera que nosotros creamos sus promesas, espera que creamos que él es poderoso para hacer lo que ha prometido: precisamente eso que nos parece imposible, y que sin Cristo —o sin fe en Cristo— es realmente imposible.

[Abraham] “Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció por la fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que [Dios] era también poderoso para hacer todo lo que había prometido. Por eso, también su fe le fue contada por justicia” (Rom 4:20-22).

Dios va a cumplir en el Israel espiritual, aquello que el Israel literal no pudo cumplir debido a que en su incredulidad dio la espalda a Dios y prefirió el tipo de religión de los pueblos que lo rodeaban (“Baal”). En lugar de responder a Dios: ‘Todo lo que has prometido, creemos que eres poderoso y lo vas a efectuar en nosotros’, le respondieron: ‘Puedes estar tranquilo, que todo lo que nos has ordenado, nosotros lo haremos’ (Éxodo 19:8). Y no pudieron entrar en el reposo de la fe a causa de incredulidad (Heb 3:19 y 4:2), que como sucede siempre, se manifestó en desobediencia (Heb 3:18 y 4:6).

Cuando suceda lo anunciado en el nuevo pacto, no nos jactaremos de ser un pueblo rico, enriquecido —en conocimiento teológico, en logros académicos, en conocimiento de los lenguajes originales de la Biblia, en nuestros progresos denominacionales, etc—; no nos sentiremos en necesidad de nada, sino que nos veremos en nuestra desnudez, miseria, pobreza y ceguera:

Os acordaréis de vuestra mala conducta y de vuestras obras que no fueron buenas, y os avergonzaréis de vosotros mismos por vuestras iniquidades y por vuestras abominaciones” (Eze 36:31).

Es el arrepentimiento al que el Testigo fiel —no nosotros— llama a su iglesia. Esa es la perfección que Dios espera, necesita y afirma que habrá en su pueblo: la perfección en el arrepentimiento, y en este punto es bueno recordar una definición bíblica de arrepentimiento:

El que oculta sus pecados no prosperará, pero el que los confiesa y se aparta de ellos alcanzará misericordia” (Prov 28:13).

El arrepentimiento comprende tristeza por el pecado y abandono del mismo” (CC 23).

Al referirme a la imposibilidad de que Cristo demostrara que alguien que ya ha pecado (que contrajo hábitos de pecado) pueda sobreponerse y vencer por la gracia de Dios, he destacado la palabra “demostrar”. El motivo de hacerlo así es porque creo que Cristo, aun sin haber pecado jamás, en Getsemaní y en Calvario llevó mis “pecados en su cuerpo sobre el madero”, lo que significa que en realidad me llevó a mí y tuvo que sobreponerse a las tentaciones que yo siento como consecuencia de haber cedido al pecado, de haber desarrollado hábitos de pecado. Aun sin haber participado personalmente en esos pecados, Jesús tuvo que sentir la condenación, la depresión, la tentación a seguir cometiendo los pecados que yo he cometido, junto a los de todos y cada uno de los seres humanos en todos los tiempos. Su angustia al sentirse abandonado por el Padre en razón de llevar tus pecados y los míos, los hábitos de pecado de todos, fue la causa del quebrantamiento de su corazón y de su muerte, y es la causa de nuestra salvación. (* ver nota al final)

Así pues, creo firmemente que Cristo demostró en él mismo que los que hemos contraído hábitos de pecado —todos nosotros— podemos vencer al pecado por su gracia, PERO no pudo hacerlo de una forma que resulte evidente para el mundo, que en general es incapaz de ver en la crucifixión de Cristo más allá del mero sufrimiento físico que es común a millones de mártires en la historia de la humanidad. Ahora bien, cuando el mundo y el universo vean esa victoria reproducida en su pueblo; cuando vean que su pueblo —el que profanó su nombre— es purificado y perfeccionado hasta el punto de reflejar la gloria de Cristo, habrá quedado demostrado para todos de una forma fehaciente e indiscutible la perfección del poder, la justicia y el amor de Dios, y se habrá respondido al último interrogante en el conflicto de los siglos. Es por eso que las bodas del Cordero no pueden tener lugar antes de que su “esposa” se haya “preparado” (Apoc 19:7-8). El calendario del conflicto no lo marca el reloj inexorable de la supuesta soberanía predeterminista de Dios; tampoco lo marcan los avances del papado o de la formación de la imagen de la bestia, la desintegración del protestantismo, las guerras, las catástrofes naturales o la degradación del mundo. Lo marca la disposición de su “esposa” a creer por fin que Dios va a cumplir lo que ha prometido; lo marca la perfección en la entrega a Cristo y el arrepentimiento de su iglesia.

Así pues, en Juan 14:12 no se debe entender que haya nadie capaz de hacer proezas mayores que las del Salvador, lo que sería un sinsentido, sino que el arrepentimiento y purificación de la iglesia de Cristo tendrá para el mundo un impacto mayor que el que habría tenido la historia de la vida de Cristo según el relato bíblico, de no haber sido validada por la manifestación de su poder en sus seguidores, que representan un testimonio viviente para el mundo de la victoria lograda por Cristo.

En medio de una generación impía, impura e idólatra, debemos ser puros y santos, poniendo de manifiesto que la gracia de Cristo es poderosa para restaurar en el hombre la semejanza divina… Se le otorga al hombre la bendición de la gracia para que el universo celestial y los mundos no caídos puedan ver como no podrían hacerlo de otro modo la perfección del carácter de Cristo” (MGD 97).

‘Y mayores que estas hará, porque yo voy al Padre’. Con esto no quiso decir Cristo que la obra de los discípulos sería de un carácter más elevado que la propia, sino que tendría mayor extensión” (DTG 620).

Mi intención hasta aquí ha sido destacar cómo impacta la comprensión del conflicto de los siglos en todas las áreas; cómo eleva el pensamiento por encima del círculo restringido de mi salvación personal y pone el foco de atención en la necesidad de que sea vindicado el carácter de amor y justicia de Dios, junto con su poder para cumplir lo que ha prometido.

Descubrir los encantos incomparables de Cristo, descubrir al que es señalado entre diez mil, todo él deseable, descubrir personalmente al Deseado de todas las gentes, tiene el efecto de elevarnos desde una motivación egocéntrica, hasta el profundo deseo de que el Cordero y Aquel que está sentado en el trono puedan ver el fruto de la aflicción de su alma, el fruto del que son dignos, y ser saciados. He intentado también hacer ver que el amor sólo puede existir en el contexto de la libertad de elección, que guarda antagonismo con la versión popular de la justificación por la fe mayoritaria en el protestantismo, con sus conceptos asociados de pecado original y predeterminación.

Ahora quisiera señalar un problema práctico, típico y cotidiano al que se enfrenta el adventista que comprende la verdad del conflicto de los siglos, la vindicación del carácter de Dios y la necesidad de perfección, no sólo en el creyente, sino de hecho en la iglesia, a fin de que el carácter de Dios quede vindicado definitivamente.

El problema al que voy a aludir es real y práctico, y creo que es importante comprenderlo. Imagina que has descubierto recientemente esos grandes conceptos y has puesto tu confianza en que por difícil o imposible que parezca, Dios va a dar esa perfección a su iglesia, te la va a dar a ti y a cada creyente que haya prestado oído al mensaje que el Testigo fiel dirige a Laodicea, una vez se haya arrepentido celosamente. Eso suena “perfecto”, y en consecuencia vas entusiasmado a presentarlo, digamos, a un amigo evangélico que no sabe nada del conflicto de los siglos y de la vindicación del carácter de Dios —en sus seguidores— ante el mundo y el universo.

Tu amigo evangélico lo ve todo a través de su óptica restringida: la de su salvación personal. Ha creído en Cristo, lo ha aceptado como su Salvador, y se sabe salvo “sin las obras de la ley”. Se cree y se siente salvo, mientras tú vas con la mejor intención y le hablas de la perfección, de la obediencia y del cumplimiento de la ley. ¿Cuál va a ser indefectiblemente su reacción? Ajeno a la comprensión del conflicto de los siglos, incluirá tu concepto de “perfección” y obediencia en su idea sobre la salvación. No puede incluirla en la vindicación del carácter de Dios para resolución del conflicto de los siglos, porque eso es un lenguaje desconocido para él. Y seguirá siendo desconocido por más que se lo expliques, a menos que abandone su preconcepto calvinista y comprenda el verdadero paradigma del libre albedrío.

Al hablarle de esas cosas, inmediatamente se sorprenderá pensando que te crees perfecto. No sólo eso: pensará que crees en la salvación por la perfección, por la obediencia, por la ley. No conociendo otro ámbito más amplio que el de la salvación de su alma, referirá a la salvación todo cuanto le expliques sobre la perfección, y te aplicará su comprensión de Gálatas, según la cual, amigo, ‘te caíste de la gracia’… Si insistieras, con toda probabilidad tendrás derecho a recibir su desaprobación primero, y después, dependiendo de la autenticidad del cristianismo de tu interlocutor, podrías incluso recibir una buena dosis de ironía, sarcasmo, o hasta incluso burla.

Creo que en ninguna serie de estudios bíblicos debiera faltar el gran tema del conflicto de los siglos.

Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien has enviado” (Juan 17:3).

Ese es uno de los textos clave, y no sólo para la “vida eterna” de mi alma, sino para la vida eterna del universo.

Evidentemente, si esa misma fricción apareciera en un diálogo entre adventistas, ha de ser por uno de estos dos motivos:

1.     De tu parte, por haber presentado incorrectamente la perfección en términos de salvación, de aquello que has de aportar para la salvación, etc; también por haber presentado el concepto erróneo de perfección: por haber presentado la perfección absoluta, que sólo a Dios corresponde, o la perfección de la naturaleza (el perfeccionismo de la carne santa), que no se aplica sino hasta la segunda venida de Jesús, o bien      

2.     De parte de tu interlocutor, porque carezca de la visión sobre el conflicto de los siglos y la vindicación del carácter de Dios, lo que podría suceder en quienes abandonaron la cosmovisión adventista y la esencia del adventismo, que es la comprensión del plan de salvación a la luz del santuario y el evangelio comprendido como restauración, no sólo como perdón. Lo anterior no es infrecuente entre quienes asumen que el mundo protestante posee la verdad sobre la salvación por la fe, y en consecuencia olvidaron las fuentes puras y regresaron a visiones limitadas y parciales —posteriormente degradadas— que no pueden hacer más que empequeñecer la comprensión de lo que Ellen White llamó “las grandes ideas de la Biblia”.

¿Significa lo anterior que Lutero y sus contemporáneos en la Reforma estuvieran equivocados? —No necesariamente, y tampoco nosotros estaríamos equivocados aceptando sus enseñanzas si viviéramos en el siglo XV. Ellos siguieron la luz que brilló en su día, pero observa bien esto, porque es de importancia capital si eres adventista del séptimo día: Lutero y sus contemporáneos no podían tener la luz sobre el ministerio de Cristo en el lugar santísimo por una razón muy simple: Cristo no estaba entonces en el lugar santísimo. El mensaje no era entonces de traslación ni de vindicación final de Dios ante el universo. No era entonces “la hora de su juicio”. Eso es la verdad presente hoy, y para esos menesteres Dios suscitó a la Iglesia adventista del séptimo día con su don profético manifestado en Ellen White. La pretensión de que podemos ignorar el mensaje de justicia por la fe que el Señor, en su misericordia, nos envió mediante los pastores Jones y Waggoner, por ser ‘una mera reedición del mensaje de Lutero y los reformadores’, y que a cambio se espera que obtengamos el conocimiento de la auténtica justicia por la fe a partir de dichos reformadores o de la versión degradada de su teología que es mayoritaria en el mundo evangélico actual, significa renunciar a la fe en el ministerio sumo-sacerdotal de Cristo en el lugar santísimo en preparación para su venida; significa abandonar nuestra misión como pueblo remanente profético, y revela nuestro deseo pecaminoso de ser una más entre las iglesias caídas que rechazaron alrededor de 1844 el mensaje de la hora de su juicio en el que se enmarca el evangelio del que habla Apocalipsis 14, y que expresa nuestra misión.

Teniendo en cuenta que el mensaje de los tres ángeles de Apocalipsis 14 —amplificado en Apocalipsis 18 por un cuarto ángel— advierte sobre la necesidad de

a)     Salir de Babilonia por un motivo concreto:

b)     Por haberse “convertido en habitación de demonios, en guarida de todo espíritu inmundo y en albergue de toda ave inmunda y aborrecible”, de forma previsible, el tipo de adventismo que abandonó la visión del conflicto de los siglos y el mensaje de los tres ángeles, presentará dos grandes problemas:

 

1.     Las alianzas ilícitas con Babilonia, que incluyen la formación de pastores en instituciones babilónicas y la participación en actos ecuménicos, como por ejemplo la celebración del V centenario de la Reforma, que fue organizado por el Vaticano conjuntamente con la Iglesia luterana —Babilonia la madre, y Babilonia las hijas— como un acto de “reconciliación”, y

2.     Su incapacidad para reconocer y repudiar las formas refinadas de espiritismo en la filosofía y prácticas de la “formación espiritual” propias de la iglesia emergente, que es la iglesia culturizada y psicologizada del ‘ámate a ti mismo’.

Ese tipo de adventismo se presenta frecuentemente bajo la engañosa etiqueta de adventismo “tradicional”, “clásico”, “mayoritario” o incluso “oficial”, pero se trata de lo que en la época de Desmond Ford —uno de sus principales promotores— se conoció como “nueva teología”, y últimamente como “adventismo progresivo”, que no es más que un eufemismo para referirse al abandono del mensaje de los tres ángeles y la verdad del ministerio de Cristo en el lugar santísimo, para regresar al tipo de evangelio en el que están instaladas las iglesias populares que la Biblia describe como caídas. Su evangelio está basado en un Cristo falso, que sólo pudo vencer el pecado por haber nacido con una naturaleza humana distinta y superior a la nuestra (sea por inmaculada concepción católico-romana, o por inmaculada exención protestante de Melvill), un Cristo que no fue “de la simiente de David según la carne” y que no “fue tentado en todo según nuestra semejanza”.

Lo anterior equivale a una confesión de incapacidad de que podamos vencer tal como Cristo venció (Apoc 3:21), lo que invalida el mensaje del santuario y la misión de nuestra iglesia.

Últimamente se oye de forma repetida, de labios de predicadores sorprendidos / alarmados por lo que perciben como perfeccionismo, esta frase tranquilizadora para audiencias inquietas: ‘No estéis preocupados: todos seguiremos pecando hasta que Cristo venga’, que les parece que establece la verdad y pone fin a toda discusión al respecto.

¿Qué significa la frase: “Todos seguiremos pecando hasta que Cristo venga”? Significa esto:

1. Significa que todos recibiremos la marca de la bestia. ¿Alguien puede creer con sinceridad que venceremos en esa tentación de la imposición de la marca de la bestia, que será la más abrumadora y seductora de todas las que han existido, especialmente para el pueblo remanente, mientras seguiremos pecando en todas las demás cosas “hasta que Cristo venga”?

2. Significa haber perdido la fe en el mensaje del libro ‘El conflicto de los siglos’. Eso, evidentemente, significa a su vez haber perdido la fe en la manifestación profética del Espíritu de profecía en Ellen White.

3. Significa que no puede haber sellamiento, borramiento de los pecados ni purificación del santuario, y tampoco fin del tiempo de prueba.

4. Por lo tanto, es la afirmación de haber abandonado la fe en el ministerio sumosacerdotal de Cristo en el lugar santísimo del santuario, en su juicio investigador preparatorio para la venida de Cristo. Significa una confesión de haber perdido la fe en el mensaje del santuario. Para los que profesaban pertenecer a la fe del cristianismo alrededor de 1844, no aceptar la verdad del santuario significó la caída espiritual y la constitución de “Babilonia”.

5. Para los que hacen profesión de pertenecer al pueblo remanente, abandonar la fe en el mensaje del santuario significa apostasía.

Es evidente que quien alberga el concepto de que pecaremos hasta que Cristo regrese, no puede tener su mente en el santuario; especialmente, no en el segundo departamento del mismo. La diferencia entre el lugar santo y el lugar santísimo del santuario, en el tiempo en que vivimos, es la diferencia entre el perdón y el borramiento del pecado; entre la ideología de ser salvo del pecado, o la quimera de ser salvo pecando, que es donde está instalada Babilonia y todo el que comparta su ideología. No sólo eso: orar con la mentalidad del lugar santo, o bien con la mentalidad del lugar santísimo, hace la diferencia entre recibir la respuesta de Dios, o la de Satanás:

Como los judíos, que ofrecieron sus sacrificios inútiles, ofrecen ellos sus oraciones inútiles al departamento [lugar santo] que Jesús abandonó; y Satanás, a quien agrada el engaño, asume un carácter religioso y atrae hacia sí la atención de esos cristianos profesos” (PE 260-261).

Me di vuelta para mirar la compañía que seguía postrada delante del trono y no sabía que Jesús la había dejado [por haber pasado al lugar santísimo]. Satanás parecía estar al lado del trono, procurando llevar adelante la obra de Dios. Vi a la compañía alzar las miradas hacia el trono, y orar: ‘Padre, danos tu Espíritu’. Satanás soplaba entonces sobre ella una influencia impía” (PE 55).

Vi a uno tras otro abandonar la compañía de los que estaban orando a Jesús en el lugar santísimo, para juntarse con los que estaban delante del trono [lugar santo], y recibieron al punto la influencia impía de Satanás” (The Present Truth, marzo 1850).

En nuestra historia denominacional, cuando alguna personalidad influyente en el adventismo perdía la fe en el mensaje del santuario —en el mensaje adventista— tal como fue el caso con A.F. Ballenger o D. Canright, se producía una amenaza contra esa verdad central, pero pasaba enseguida a ser una amenaza externa debido a que quienes habían perdido la fe en ese pilar central del adventismo, lo abandonaban. Desde la época de Desmond Ford, ese no ha venido siendo el caso típico, de forma que ahora la amenaza se ha convertido en interna. Al alcanzar una cierta dimensión esa pérdida de fe en el santuario, bien sea por su extensión o por ser defendida por personalidades o grupos influyentes, se acompaña frecuentemente de otro fenómeno que era totalmente previsible: el empeño en hacer que se perciba como una peligrosa amenaza la presencia de quienes continuamos creyendo y defendiendo la verdad del santuario. No debiera sorprender a quien conoce la historia sagrada, que provee tantos ejemplos de fieles seguidores de la verdad siendo acusados de rebeldía, sedición e infidelidad contra el pueblo de Dios comenzando por el caso más paradigmático: el de Jesús.

Ese es el ambiente menos que ideal en el que se escribe este documento, y en el que habrán de desenvolverse quienes sigan “al Cordero por dondequiera que va”, y en nuestro día el Cordero va precisamente por el lugar santísimo del santuario celestial en su obra de purificación —borramiento— del pecado en su pueblo: la expiación final preparatoria para su segunda venida que da sentido a nuestra iglesia.

Anteriormente me he referido al rechazo que causa la idea de perfección entre quienes carecen de la perspectiva del conflicto de los siglos fuera del adventismo. Cuando el rechazo tiene lugar por parte de hermanos adventistas es doblemente doloroso, ya que junto a la ironía y el sarcasmo —incluso la burla—, si tu interlocutor es un hermano en puestos de responsabilidad podría añadirse la censura e incluso la persecución. No digo eso porque esté sucediendo, sino porque la historia del pueblo de Dios está plagada de situaciones de persecución como la citada, y conviene aprender de la historia para no repetirla. A Caleb y Josué quisieron apedrearlos por confiar en la Palabra de Dios y creer que podrían vencer a los gigantes, dando pública expresión a su fe. La experiencia de Caleb y Josué nos enseña algo: para hacerse objeto de persecución no es necesario exponer la historia —como hizo el mártir Esteban— o reprender pecados —como hizo el fiel Jeremías—; es suficiente con animar a creer las promesas de Dios, cuando muy pocos las creen.

En el tiempo en que vivimos es de extrema importancia que no olvidemos ni perdamos la perspectiva del conflicto de los siglos y de nuestra misión como iglesia, que no consiste en colaborar con las iglesias caídas en la predicación de su mismo mensaje, y tampoco en hacer crecer la iglesia numéricamente, sino en responder al llamado profético para el que Dios nos constituyó como pueblo remanente, que está resumido en el mensaje de los tres ángeles.

El tema central de la Biblia, el tema alrededor del cual giran todos los demás, es el plan de la redención, la restauración de la imagen de Dios en todo ser humano… el propósito de cada libro y de cada pasaje de la Biblia es el desarrollo de este maravilloso tema: la restauración del ser humano, el poder de Dios, ‘que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo’ (1 Cor 15:57).

El que capta este pensamiento, tiene delante de sí un campo infinito de estudio. Tiene la llave que le abrirá todos los tesoros de la Palabra de Dios (EGW, De vuelta al hogar, 24 —matutina para adultos para el año 2017; original sin cursivas).

La mayor parte de objeciones que oigo por parte de críticos hacia el concepto bíblico de perfección, incluyen una cantidad considerable de algo que no sé definir en una sola palabra, y que intentaré explicar en una ilustración basada en un hecho real (pongo el relato en primera persona para simplificarlo):

Cierto día, un colega de trabajo que había llegado a ser alcalde de una población cercana me invitó a un mitin enfocado a su reelección. Entre otras cosas, decía (gritaba): “Estos que vienen diciendo que van a quitar las fiestas del pueblo, NO LO LOGRARÁN. ¡No lo consentiremos!” Pasada la fiebre de aquel instante álgido le pregunté privadamente: ‘¿Quién es el insensato que quiere quitar las fiestas del pueblo?’ Me sonrió y me dijo: “Nadie, ¡pero mira cómo me aplauden cada vez que repito eso!” A eso, los ingleses le llaman “straw man” (literalmente, ‘hombre de paja’, que en español es poco explicativo). Quizá se lo pueda incluir dentro del término demagogia, pero ‘demagogia’ es un concepto más abarcante y político. Lo que hacía el alcalde consiste en exagerar y distorsionar lo que alguien ha dicho, poner en su boca palabras que no ha pronunciado, para presentar al mensaje y mensajero como esperpéntico y repulsivo: crear un “espantapájaros”, y rebatirlo a continuación, lo que en esas circunstancias suele resultar inusitadamente fácil y efectivo, al menos ante los que están irracionalmente enfervorizados en contra o a favor de alguien o de algo. Naturalmente, eso es una forma de mentira, y ningún cristiano debiera tener nada que ver con ella. No es posible imaginar a Cristo recurriendo a ese invento acuñado por su enemigo —el padre de la mentira— en el conflicto de los siglos.

‘Esos que se creen perfectos’, ‘esos que creen en la salvación por la perfección’, ‘esos que creen que no nos equivocaremos nunca’, ‘esos que están en el perfeccionismo’ y tantas otras expresiones similares, son ejemplos de “hombre de paja”, de “espantapájaros”, y no debieran formar parte del argumentario de quien se dice discípulo de Cristo, y que se inspira en la verdad de la Biblia y no en los métodos engañosos del padre de mentira.

Cuando anteriormente me he referido a las muchas veces que aparece la idea o el término “perfección” —o sus derivados— en la Biblia, no he descontado las ocasiones en las que aparece aplicado a Dios. Eso, lejos de disminuir la fuerza del argumento, lo “perfecciona”. Es precisamente la perfección de Dios, la perfección de Cristo, lo que permitirá que se cumpla en nosotros, en su iglesia, TODO lo que él ha prometido. No puedo imaginar a Jesús, en su venida, dirigiéndose al Padre y diciéndole: ‘Lo siento Padre: esto es lo mejor que he podido conseguir con ellos… Habrá que hacer un milagro y quitarles el pecado que no pudimos quitarles durante su vida en esta tierra’. Eso significaría la victoria de Satanás en el conflicto de los siglos: ‘Dios tiene que violentar la libertad de los humanos para poder salvarlos, ¡entonces, también tiene que salvarme a mí!’, sería el inmediato clamor de Satanás. Sin embargo, sabemos que no será así. Al final del conflicto, el propio “Satanás se inclina y reconoce la justicia de su sentencia” (CS 728). Reconoce la victoria moral absoluta de Dios en su perfecto amor, poder y respeto a la libertad de elección moral de la que dotó a sus criaturas. No es entonces, sino ahora, cuando Dios va a quitar nuestro pecado; y es él quien lo va a hacer, aunque no sin nuestro consentimiento y cooperación.

Tenemos un Salvador perfecto, y va a lograr una restauración perfecta del universo y de nosotros, si nos confiamos a él.

Esa obediencia por amor a una ley perfecta que Lucifer puso en duda en su rebelión estando en un universo perfecto, Dios la demostrará posible en su pueblo, en un mundo imperfecto, con una naturaleza imperfecta, como fruto de su gracia perfecta y sobreabundante: gracia para el perdón de los pecados y para el poder de vencerlos:

La gracia de Dios se ha manifestado para salvación a toda la humanidad, y nos enseña que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, mientras aguardamos la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tito 2:11-13).

Creo importante esta matización: al considerar la perfección, nuestro foco no ha de estar en nosotros, sino en la iglesia de Cristo, de hecho, en Cristo, cabeza de la iglesia. “Nosotros” es el plural de “yo”, y fue por ahí por donde comenzó la rebelión de Lucifer: por el principio del “yo”. Creo que no es afortunado considerar la perfección circunscribiéndola a la esfera individual, pues el Espíritu Santo concede sus dones “para perfección de los santos, para la obra del ministerio, para edificación del cuerpo de Cristo” (Efe 4:12). Se trata de la perfección que Dios va a dar a su iglesia, y no es para nuestra complacencia, sino para la obra del ministerio, para manifestar su gloria en su iglesia. Esa, su gloria, la edificación de su iglesia, será nuestro foco de atención cuando conozcamos realmente el carácter de Dios tal como es nuestro privilegio conocerlo a la luz del conflicto de los siglos.

No sabemos exactamente cómo van a producirse los acontecimientos finales mediante los cuales la iglesia de Cristo va a darle la gloria de la que “es digno”, pero el foco no será “yo”, “tú” ni siquiera “nosotros”. No será nuestra justicia, nuestra obediencia, nuestra perfección o nada nuestro, sino:

En sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado; y este será su nombre con el cual lo llamarán: “Jehová, justicia nuestra” (Jer 23:6).

Podemos dar muchas gracias porque sea así. Mientras tanto,

Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y un mismo parecer” (1 Cor 1:10)

Así que, todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos; y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios” (Fil 3:15).

Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió” (Heb 10:23).

 

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(*) Nota:

“Mis pecados” no es algo que exista separadamente de mí. Los pecados no tienen existencia propia. No es posible tomar mis pecados sin tomarme a mí, puesto que el pecado afecta a mi mente, a mi corazón; es algo que afecta al carácter, a la identidad de un ser libre y responsable que tomó la mala decisión. “Pecado” es la acción (transgresora de la ley), con el estado subsecuente del ser sujeto a juicio moral. Por lo tanto, cuando Cristo llevó nuestros pecados y venció sobre ellos en Getsemaní y Calvario, tuvo que pasar por la experiencia de sentir todo lo que siente el que ha cometido los pecados, aun sin haberlos cometido nunca de forma personal. Es decir: aunque jamás cometió pecado, debió enfrentar la misma pulsión a repetirlo y ampliarlo que siente el que ha vivido encadenado a él; tuvo que sentir el mismo remordimiento, la misma desesperación, la misma tentación a pensar que seguir pecando es todo lo que puedo hacer, tal como siente el que cede al pecado; tuvo que sentir la vergüenza de la desnudez moral, de la que su desnudez literal era un reflejo (“sufrió la cruz, menospreciando la vergüenza”, Heb 12:2); aunque no era culpable, tuvo que sentir la suciedad, la culpa y la condenación del pecado, y la llevó tan pesadamente que se sintió abandonado por su Padre (Sal 22:1-2) y en la condenación eterna. Fue eso lo que quebrantó su corazón. Sólo la fe —no sus sentimientos— le permitía vislumbrar el éxito de su misión. Por lo tanto, en su experiencia en Getsemaní y Calvario venció sobre el pasivo de pecados que, aunque no cometidos por él, llevó y sintió como si los hubiera cometido. Eso puede explicar el versículo 5 del salmo 69, que es claramente un salmo mesiánico y un salmo “de la cruz”. Y eso significa que el Salvador tiene la compasión y el poder para dar la victoria a todos y cada uno, no importando el tipo de esclavitud al pecado que los haya aprisionado, su reincidencia ni el tiempo que hayan pasado en esa condición de muerte espiritual.

 

Cuando el pecado contiende por dominar vuestra alma y agobia vuestra conciencia, mirad al Salvador. Su gracia basta para vencer el pecado. Vuélvase hacia él vuestro agradecido corazón que tiembla de incertidumbre. Echad mano de la esperanza que os es propuesta” (MC 56-57).

Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás” (Sal 50:15).

 

 

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Algunas declaraciones de Ellen White relativas a la victoria sobre el pecado y el perfeccionamiento de un carácter cristiano:

 

Así como el sacrificio en beneficio nuestro fue completo, también debe ser completa nuestra restauración de la corrupción del pecado. La ley de Dios no disculpará ningún acto de perversidad; ninguna injusticia escapará a su condenación. El sistema moral del evangelio no reconoce otro ideal que el de la perfección del carácter divino (MC 357).

Oímos muchas excusas: “No puedo vivir de tal manera que alcance esto o lo otro”. ¿Qué queréis decir con esto o lo otro? ¿Queréis decir que fue un sacrificio imperfecto el que fue hecho en el Calvario por la raza caída, que no se nos concede suficiente gracia y poder para sobreponernos a nuestros defectos y tendencias naturales, y que no fue un Salvador completo el que nos fue dado? ¿O queréis reprochar a Dios? Bien, decís: “Fue el pecado de Adán”. Decís: “Yo no soy culpable de eso”; y además: “Yo no soy responsable por su culpa y su caída. Tengo todas estas tendencias naturales en mí, y no debe culpárseme si las revelo”. Entonces ¿a quién hay que culpar?, ¿a Dios? (3 MS 203: predicación de Ellen White en Minneapolis, sábado 20 octubre 1888).

Él los ama [a los niños] y os llama para que cooperéis con él al enseñarles a formar caracteres perfectos. El Señor requiere la perfección de su familia redimida. Espera de nosotros la perfección que Cristo reveló en su humanidad (CN 450).

Sólo venciendo como Cristo venció obtendremos la vida eterna (MH 445.2).

La iglesia dotada de la justicia de Cristo es su depositaria, en la cual las riquezas de su misericordia y su gracia y su amor han de aparecer en plena y final manifestación. Cristo mira a su pueblo en su pureza y perfección como la recompensa de su humillación y el suplemento de su gloria, siendo él mismo el gran centro del cual irradia toda la gloria (DTG 634).

Por su perfecta obediencia ha hecho posible que cada ser humano obedezca los mandamientos de Dios. Cuando nos sometemos a Cristo, el corazón se une con su corazón, la voluntad se fusiona con su voluntad, la mente llega a ser una con su mente, los pensamientos se sujetan a él; vivimos su vida. Esto es lo que significa estar vestidos con el manto de su justicia. Entonces, cuando el Señor nos contempla, él ve no el vestido de hojas de higuera, no la desnudez y deformidad del pecado, sino su propia ropa de justicia, que es la perfecta obediencia a la ley de Jehová (PVGM 253).

El Señor nos asegura que cuando pedimos las bendiciones que necesitamos con el fin de perfeccionar un carácter semejante al de Cristo, solicitamos de acuerdo con una promesa que se cumplirá (DMJ 111).

Ahora, mientras que nuestro gran Sumo Sacerdote está haciendo propiciación por nosotros, debemos tratar de llegar a la perfección en Cristo. Cristo no pudo ser inducido a ceder a la tentación ni siquiera en pensamiento… Cristo guardó los mandamientos de su Padre y no hubo en él ningún pecado de que Satanás pudiese sacar ventaja. Esta es la condición en que deben encontrarse los que han de poder subsistir en el tiempo de angustia. En esta vida es donde debemos separarnos del pecado por la fe en la sangre expiatoria de Cristo (CS 680-681).

No hay excusa para el pecado. Un temperamento santo, una vida semejante a la de Cristo, es accesible para todo hijo de Dios arrepentido y creyente (DTG 278).

“Al que venciere, yo le daré que se siente conmigo en mi trono; así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono” (Apoc 3:21). Podemos vencer plena y enteramente. Jesús murió para hacernos un camino de salida, a fin de que pudiésemos vencer todo mal genio, todo pecado, toda tentación y sentarnos al fin con él (1 JT 43).

Los que resisten en cada punto, que soportan cada prueba y vencen, a cualquier precio que sea, han escuchado el consejo del Testigo fiel y recibirán la lluvia tardía, y estarán preparados para la traslación… ¡Ojalá que toda persona que profesa tibiamente su creencia pudiese comprender la obra de limpieza que Dios está por realizar entre su pueblo profeso! (1 JT 66).

Ni siquiera por un pensamiento cedió a la tentación. Así también podemos hacer nosotros. La humanidad de Cristo estaba unida con la divinidad. Fue hecho idóneo para el conflicto mediante la permanencia del Espíritu Santo en él. Y él vino para hacernos participantes de la naturaleza divina. Mientras estemos unidos con él por la fe, el pecado no tendrá dominio sobre nosotros. Dios extiende su mano para alcanzar la mano de nuestra fe y dirigirla a asirse de la divinidad de Cristo, a fin de que nuestro carácter pueda alcanzar la perfección (DTG 98-99).

Ninguno de nosotros recibirá jamás el sello de Dios mientras nuestro carácter tenga una tacha o mancha. Nos incumbe a nosotros mismos remediar los defectos de nuestros caracteres y purificar el templo del alma de toda impureza. Entonces caerá sobre nosotros la lluvia tardía como cayó la lluvia temprana sobre los apóstoles en el día del Pentecostés (Christian Experience and Teaching of Mrs. Ellen G. White, 189).

El Salvador llevó sobre sí los achaques de la humanidad y vivió una vida sin pecado para que los hombres no teman que la flaqueza de la naturaleza humana les impida vencer. Cristo vino para hacernos “participantes de la naturaleza divina”, y su vida es una afirmación de que la humanidad en combinación con la divinidad, no peca. El Salvador venció para enseñar al hombre cómo puede él también vencer (MC 136).

En sus conflictos con Satanás, la familia humana dispone de toda la ayuda que tuvo Cristo… En su humanidad, el Hijo de Dios luchó con las mismísimas terribles y aparentemente abrumadoras tentaciones que asaltan al hombre: tentaciones a complacer el apetito, a aventurarse atrevidamente donde Dios no nos conduce, y a adorar al dios de este mundo, a sacrificar una eternidad de bienaventuranza por los placeres fascinadores de esta vida. Cada uno será tentado, pero declara la Palabra que no seremos tentados más allá de lo que podamos soportar. Podemos resistir y vencer al astuto enemigo (1 MS 111-112).

Mediante el plan de redención, Dios ha provisto medios para vencer cada rasgo pecaminoso y resistir cada tentación, no importa cuán poderosa sea (1 MS 94).

No os sentéis en la cómoda silla de Satanás, y no digáis que de nada vale que os esforcéis, porque no podéis dejar de pecar, y que no hay poder en vosotros para vencer. No hay poder en vosotros cuando estáis alejados de Cristo, pero tenéis el privilegio de tener a Cristo morando en vuestro corazón por fe, y él puede vencer el pecado en vosotros cuando cooperáis con sus esfuerzos (NEV 11 marzo, 78).

Cristo murió para hacer posible que dejéis de pecar, y pecado es transgresión de la ley (RH, 28 agosto 1894).

A todo el que se entregue completamente a Dios se le da el privilegio de vivir sin pecado, en obediencia a la ley del cielo (RH 27 septiembre 1906).

Antes de que venga ese tiempo [la segunda venida], todo lo que sea imperfecto en nosotros será quitado. Toda envidia, y celos, y malas sospechas, y todo plan egoísta habrán sido eliminados de la vida… ¿Estamos procurando su plenitud, conquistando una altura cada vez mayor, en procura de la perfección de su carácter? Cuando los siervos de Dios alcancen este punto, serán sellados en sus frentes (3 MS 488).

La misma imagen de Dios se ha de reproducir en la humanidad. El honor de Dios, el honor de Cristo, están comprometidos en la perfección del carácter de su pueblo (DTG 625).

Nuestra santificación es propósito de Dios en todo su trato con nosotros. Nos escogió desde la eternidad para que pudiésemos ser santos… Dios ha declarado llanamente que espera que seamos perfectos, y debido a que espera esto, él ha hecho provisión para que seamos participantes de la naturaleza divina (NEV 26 julio, 215).

Cristo ha hecho toda provisión para la santificación de su iglesia. Ha hecho abundante provisión para que cada alma posea tal gracia y fortaleza que será más que vencedora en la batalla contra el pecado… [el Salvador] Vino a este mundo y vivió una vida sin pecado, para que en su poder su pueblo también pueda vivir vidas sin pecado. Desea que al practicar los principios de la verdad muestren al mundo que la gracia de Dios tiene poder para santificar el corazón (RH, 1 abril 1902).

Dios nos invita a que alcancemos la norma de perfección y pone como ejemplo delante de nosotros el carácter de Cristo. En su humanidad, perfeccionada por una vida de constante resistencia al mal, el Salvador mostró que cooperando con la Divinidad los seres humanos pueden alcanzar la perfección de carácter en esta vida. Esa es la seguridad que nos da Dios de que nosotros también podemos obtener una victoria completa (HAp 424).

En el día del juicio, la conducta de aquel que haya conservado la fragilidad y la imperfección de la humanidad, no será defendida. Para el tal no habrá lugar en el cielo. No podría disfrutar de la perfección de los santos en luz. El que no tiene suficiente fe en Cristo para creer que Él puede guardarlo del pecado, no tiene la fe que le dará entrada en el reino de Dios (3 MS 411).

El piadoso carácter de este profeta [Enoc] representa el estado de santidad que deben alcanzar todos los que serán “comprados de entre los de la tierra” (Apoc 14:3) en el tiempo de la segunda venida de Cristo (PP 77).

También vi que muchos ignoran lo que deben ser a fin de vivir a la vista del Señor durante el tiempo de angustia, cuando no haya sumo sacerdote en el santuario. Los que reciban el sello del Dios vivo y sean protegidos en el tiempo de angustia deben reflejar plenamente la imagen de Jesús… Vi que nadie podrá participar del “refrigerio” a menos que haya vencido todas las tentaciones y triunfado del orgullo, el egoísmo, el amor al mundo y toda palabra y obra malas (PE 70-71).

Los que vivan en la tierra cuando cese la intercesión de Cristo en el santuario celestial deberán estar en pie en la presencia del Dios santo sin mediador. Sus vestiduras deberán estar sin mácula; sus caracteres, purificados de todo pecado por la sangre de la aspersión. Por la gracia de Dios y sus propios y diligentes esfuerzos deberán ser vencedores en la lucha con el mal. Mientras se prosigue el juicio investigador en el cielo, mientras que los pecados de los creyentes arrepentidos son quitados del santuario, debe llevarse a cabo una obra especial de purificación, de liberación del pecado, entre el pueblo de Dios en la tierra. Esta obra está presentada con mayor claridad en los mensajes del capítulo 14 del Apocalipsis (CS 478).

La intercesión de Cristo por el hombre en el santuario celestial es tan esencial para el plan de la salvación como lo fue su muerte en la cruz…     
De los defectos de carácter se vale Satanás para intentar dominar toda la mente, y sabe muy bien que si se conservan estos defectos, lo logrará. De ahí que trate constantemente de engañar a los discípulos de Cristo con su fatal sofisma de que les es imposible vencer
(CS 543).

En la fortaleza de la divinidad venceremos toda tendencia al mal… Cristo tomó la humanidad y cargó con el odio del mundo para poder mostrar a los hombres y las mujeres que podían vivir sin pecado, que sus palabras, sus acciones y su espíritu podían ser consagrados a Dios. Podemos ser perfectos cristianos si manifestamos este poder en nuestras vidas (Alza tus ojos 16 octubre, 301).

Cuando él venga, no lo hará para limpiarnos de nuestros pecados, quitarnos los defectos de carácter o curarnos de las flaquezas de nuestro temperamento y disposición. Si es que se ha de realizar en nosotros esta obra, se hará antes de aquel tiempo. Cuando venga el Señor, los que son santos seguirán siendo santos. Los que hayan conservado su cuerpo y espíritu en pureza, santificación y honra, recibirán el toque final de la inmortalidad. Pero los que son injustos, inmundos y no santificados permanecerán así para siempre. No se hará en su favor ninguna obra que elimine sus defectos y les dé un carácter santo. El Refinador no se sentará entonces para proseguir su obra de refinación y quitar sus pecados y su corrupción. Todo esto debe hacerse en las horas del tiempo de gracia. Ahora es cuando debe realizarse esta obra en nosotros (2 T 318).

El enemigo siempre quiere llevar a las almas a la incredulidad y al escepticismo. Quiere anular a Dios y a Cristo, que fue hecho carne y habitó entre nosotros para enseñarnos que en obediencia a la voluntad de Dios podemos ser victoriosos sobre el pecado (1 MS 227).

Nadie diga: No puedo remediar mis defectos de carácter. Si llegáis a esta conclusión, dejaréis ciertamente de obtener la vida eterna (PVGM 266).

Hay muchos que pretenden servir a Dios, pero que no lo conocen por experiencia. Su deseo de aceptar la voluntad divina se basa en su propia inclinación, y no en la profunda convicción impartida por el Espíritu Santo. Su conducta no armoniza con la ley de Dios. Profesan aceptar a Cristo como su Salvador, pero no creen que él quiere darles poder para vencer sus pecados. No tienen una relación personal con un Salvador viviente, y su carácter revela defectos así heredados como cultivados (PVGM 29).

Como hijos e hijas de Dios hemos de esforzarnos por alcanzar el elevado ideal que el evangelio supone. No debemos conformarnos con nada que esté por debajo de la perfección… Habrá una seria lucha por vencer todo lo que se opone a la perfección cristiana (YI, 26 sept 1901).

Podéis decir que creéis en Jesús cuando valoráis el precio de vuestra salvación. Podéis hacer esa alegación cuando sentís que Jesús murió por vosotros en la cruel cruz del Calvario; cuando tenéis una fe inteligente, una fe que comprende que su muerte hace posible que dejéis de pecar y perfeccionéis un carácter justo mediante la gracia de Dios que os es otorgado como compra de la sangre de Cristo… “Toda injusticia es pecado”, y “pecado es transgresión de la ley”, por lo tanto, quienes quebrantan la ley de Dios y enseñan a otros a quebrantarla no serán cubiertos con las vestiduras de la justicia de Cristo. Él no vino para salvar al hombre en sus pecados, sino de sus pecados (RH, 24 julio 1888).

El verdadero cristiano … la ley de Dios es su delicia. En lugar de procurar rebajar la norma de los mandamientos divinos para acomodarla a sus propias deficiencias, se esfuerza constantemente por elevar su nivel de perfección. Esta debe ser nuestra experiencia si queremos estar preparados para el día de Dios. Ahora, mientras dura el tiempo de prueba y aún se oye la voz de la misericordia, debemos abandonar nuestros pecados (Maranatha, el Señor viene, 77).

Satanás puede tentaros, pero de vosotros depende si vais a ceder o no. Toda la hueste de Satanás carece de poder para obligar al tentado a desobedecer. No hay excusa para el pecado (Maranatha, el Señor viene, 80).

La calumnia y el reproche serán la recompensa de los que defiendan la verdad como es en Jesús. “Todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús, padecerán persecución” (2 Tim 3:12). Los que dan un franco testimonio contra el pecado, tan ciertamente serán aborrecidos como lo fue el Maestro que les dio esa obra para hacerla en su nombre. Al igual que Cristo, serán llamados enemigos de la iglesia y de la religión, y mientras más fervientes y leales sean sus esfuerzos para honrar a Dios, más amarga será la enemistad de los impíos e hipócritas. Pero no nos debemos desanimar cuando seamos tratados así. Quizá seamos llamados “faltos de juicio y necios”, fanáticos y aun locos. Quizá se diga de nosotros como se dijo de Cristo: “Demonio tiene” (Juan 10:20). Pero la obra que el Maestro nos ha dado para realizar, es todavía nuestra obra. Debemos dirigir la mente a Jesús sin buscar alabanza u honor de los hombres sino entregándonos a Aquel que juzga rectamente. Él sabe cómo ayudar a los que, mientras siguen en las pisadas de Jesús, sufren en cierto grado el reproche que él soportó. Fue tentado en todo como nosotros lo somos, para que supiera socorrer a los que son tentados (1 MS 83).

 

 

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