Lecciones de Jeremías

LB

 

He aquí que vienen días, dice Jehová, en que levantaré a David renuevo justo, y reinará como Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra (Jeremías 23:5).

 

Para comprender lo que dice el versículo se debe prestar atención al texto paralelo en Ezequiel, profeta contemporáneo de Jeremías. Dios había suscitado al profeta Ezequiel para que estuviera entre los cautivos en Babilonia, mientras que Jeremías profetizaba desde Judá. Dios estaba a punto de castigar severamente a su pueblo, pero sólo para llevarlo a la restauración y arrepentimiento. No lo había abandonado: lo seguiría acompañando mediante su profeta Jeremías en Judá, y mediante Ezequiel y Daniel en el exilio.

 

Ezequiel 21:25-27:

 

Y tú, profano e impío príncipe de Israel, cuyo día vino en el tiempo de la consumación de la maldad; Así ha dicho el Señor Jehová: Depón la tiara, quita la corona: ésta no será más ésta: al bajo alzaré, y al alto abatiré. Del revés, del revés, del revés la tornaré; y no será ésta más, hasta que venga aquel cuyo es el derecho, y se la entregaré.

 

El “profano e impío príncipe de Israel” era Sedequías, el último rey de Judá. Estos versículos, junto al de Jeremías 23:5, son el anuncio de que el pueblo de Dios no tendría, y no tendrá nunca más un rey terrenal: es decir, no habrá nunca más una teocracia, hasta que venga “Aquel cuyo es el derecho”, que es el “renuevo justo” que Dios levanta a David. Se trata de Jesús en su segunda venida, cuando venga a hacer “juicio y justicia en la tierra”.

 

En Lucas 1:32 leemos:

 

Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre.

 

Y en Apocalipsis 22:16:

 

Yo Jesús he enviado mi ángel para daros testimonio de estas cosas en las iglesias. Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella resplandeciente, y de la mañana.

 

Eso significa que son totalmente errados los planes ecuménicos del catolicismo y del protestantismo, consistentes en instaurar un reino de Dios en la tierra, una teocracia comanda por el Obispo de Roma a modo de rey con la pretensión de representar a Cristo, e implementando legislación religiosa, particularmente relativa al día de reposo semanal.

 

Leemos en la página 332.1 de Profetas y Reyes (E. White):

 

Entre los que estaban llevando la nación aceleradamente a la ruina, se destacaba el rey Sedequías…

Para el “profano e impío príncipe” había llegado el día del ajuste final de cuentas. El Señor decretó: “Depón la tiara, quita la corona”. Hasta que Cristo mismo estableciese su reino, no se iba a permitir a Judá que tuviese rey. El decreto divino acerca de la corona de la casa de David era: “Del revés, del revés, del revés la tornaré; y no será esta más, hasta que venga Aquel cuyo es el derecho, y se la entregaré (Ezequiel 21:25-27).

 

Así que Cristo, el gran Rey, está a punto de tomar su reino. ¿Estamos preparados para entrar con él?

 

El gran conflicto de los siglos es el tema central de la Biblia. Representa la cosmovisión en la que se encuadra toda verdad. Fuera del adventismo no se conoce o comprende adecuadamente esa cosmovisión, y no conocerla significa que la comprensión de los grandes temas de la Biblia ha de estar limitada o desviada.

 

Eso no es así porque los adventistas sean mejores que los demás: son de carne y hueso, son inclinados a errar, tienen incertidumbres, equivocaciones y aciertos en común con el resto de los mortales; pero lo mismo que sucedió con el pueblo judío —imperfecto como era—, el Señor ha encomendado al adventismo el tesoro de la verdad.

 

Romanos 3:1 dice:

 

¿Qué, pues, tiene más el Judío? ¿ó qué aprovecha la circuncisión?, Mucho en todas maneras. Lo primero ciertamente, que la palabra de Dios les ha sido confiada.

 

El texto no dice que creyeron/obedecieron de forma ejemplar esa Palabra, pero reconoce que LES FUE CONFIADA.

 

La cosmovisión del conflicto de los siglos nos enseña que el plan de la salvación no tiene al hombre y su necesidad de salvación como centro, sino a Dios y su vindicación ante el universo. El hombre, la humanidad caída, es el campo de batalla; pero el protagonista es Dios.

 

En consecuencia, nuestra adoración y nuestro foco no se centra en el humanismo y la “espiritualidad” desprovista de verdad, sino en Dios, en Cristo.

 

Jeremías 23:6 no da una clave importante:

 

En sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado: y este será su nombre que le llamarán: JEHOVÁ, JUSTICIA NUESTRA.

 

El foco no estará en la necesidad de ‘salvación nuestra’, tampoco en la necesidad de ‘autoestima nuestra’, o en nuestra necesidad de ser reconocidos. ¡Ni siquiera en la ‘obediencia nuestra’!, sino en “Jehová, justicia nuestra”.

 

Saber cuál es el centro del problema nos permite también guardarnos de ver a nuestro enemigo en el hombre: el enemigo es Satanás, el enemigo de Dios y del hombre. Nos sabemos tan necesitados de la justicia de Dios como el peor de los pecadores, o como el que nos depara un trato más enemistoso.

La cruz está en el centro del conflicto de los siglos a modo de respuesta contundente a los interrogantes del universo acerca del carácter de Dios, puesto en entredicho por Satanás.

 

La cruz de Cristo es la mayor revelación del carácter de justicia y misericordia de Dios. De no ser por la aparición del pecado, el universo nunca habría tenido una revelación tan profunda, exaltada y dramática de la incomparable sabiduría, justicia y misericordia de Dios. Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia.

 

Esa cruz de Cristo no sólo significa nuestra salvación, sino que significa para el universo la salvación de contaminarse del espíritu de Satanás y unírsele nuevamente en su rebelión. Es la gran vacuna para cualquier irrupción del germen de la rebeldía por la eternidad.

 

E. White escribió en la revista misionera Signs of the Times (30/12/1889):

 

Los santos y los ángeles verán el significado de la muerte de Cristo… Los ángeles atribuyen honor y gloria a Cristo, pues aun ellos no están seguros a menos que contemplen los sufrimientos del Hijo de Dios. Los ángeles del cielo están protegidos contra la apostasía por medio de la eficacia de la cruz. Sin la cruz no estarían más seguros contra el mal de lo que estuvieron los ángeles antes de la caída de Satanás… La muerte de Cristo en la cruz aseguró la destrucción del que tenía el imperio de la muerte, del que era el originador del pecado… Sin la cruz el hombre no podría relacionarse con el Padre. De ella pende toda nuestra esperanza… La muerte de Cristo en la cruz del Calvario es nuestra única esperanza en este mundo, y será nuestro tema en el mundo venidero.

 

El amor de Dios, cuando se enfrenta al pecado, se manifiesta en dos aspectos: la justicia, y la misericordia. Ambos son facetas del carácter de Dios (quien es amor). Es en la cruz de Cristo donde “la misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron” (Salmo 85:10).

 

Leemos en Jeremías 31:3:

 

Jehová se manifestó a mí ya mucho tiempo ha, diciendo: Con amor eterno te he amado; por tanto, te soporté con misericordia.

 

Aun sin tener la revelación suprema de la cruz tal como está hoy a nuestro alcance, Jeremías comprendió que el Señor hiere sólo para sanar, y que su amor y misericordia son eternos; nos precedieron, y son anteriores y mayores que nosotros.

 

¿Lo hemos comprendido también nosotros? ¿Cuál es nuestra respuesta ante el único Dios verdadero que nos da su amor en su justicia y su misericordia al darse él mismo por, y a nosotros en su Hijo amado?

 

Una de las lecciones que hemos de aprender de los judíos de antaño, es que el hecho de que Dios nos haya confiado la “Escritura” y la manifestación contemporánea del don del Espíritu de profecía, no es garantía o señal de nuestra aceptación por parte de Dios, y aun menos de que merezcamos de alguna forma tal bendición.

 

En la Biblia encontramos dos elecciones, y es de la mayor importancia distinguir entre ambas: (1) Dios ha elegido a todos y cada uno de los seres humanos para salvación. Sólo la elección contraria por parte de ellos puede frustrar esa elección divina, y (2) Dios ha elegido a algunos seres humanos para un servicio particular (no para ser salvos). Así, Dios eligió a determinados profetas, Dios eligió al pueblo de Israel / Judá, Dios nos ha elegido a nuestro pueblo, no para salvarnos, sino para que sirvamos, para que ministremos a los demás la salvación en Cristo de la que Dios nos ha hecho embajadores. A todos los que sirven a Dios, él les ha concedido dones que los capacitan.

 

Pero jamás debemos confundir los dones concedidos por Dios, con el uso que hemos hecho de esos dones. Es decir: no debemos confundir los dones con los frutos.

 

Jesús no dijo: ‘Por sus dones los conoceréis’, sino por sus frutos.

 

En Mateo 7, al advertirnos contra los falsos profetas, en dos ocasiones (versículos 16 y 20) Jesús repite: “Por sus frutos los conoceréis”. Eso significa que un falso profeta no es necesariamente el que proclama un mensaje equivocado. Puede ser alguien que, habiendo recibido y quizá proclamado el mensaje correcto (en sus palabras), no manifiesta los frutos correspondientes (en su vida).

 

En el versículo 22 de ese mismo capítulo, los que son reprendidos cuando es ya demasiado tarde para arrepentirse, protestan señalando su supuesta posesión de los dones del Espíritu. Interpelan así al Juez: ‘Profetizamos, lanzamos demonios, e hicimos “muchos milagros” en tu “nombre”’. Pero en ocasiones un nombre puede no superar la esfera de lo meramente nominal.

 

Esa era la mentalidad judía pre-exilio que debió confrontar Jeremías. Exclamaban confiados: “Templo de Jehová, templo de Jehová es este” (Jeremías 7:4 y 10). ¡Y lo era!

 

A pesar de estar convirtiéndolo en cueva de ladrones, sabiendo que se les había confiado la Escritura y que aquel templo llevaba el nombre del Eterno, llegaron a pensar que no podían estar equivocados.

 

Lo mismo que hoy, probablemente no estaba bien visto hacer manifestaciones de orgullo personal; pero era, no sólo saludable, sino hasta obligado albergar un sentimiento de orgullo como pueblo. Lo contrario se interpretaba como traición e infidelidad. De eso fue precisamente acusado Jeremías, y por eso fue asesinado Gedalías. Se había desarrollado un orgullo corporativo por representar el Nombre, pero se había perdido el aprecio y el respeto por Aquel a quien hacía referencia el nombre.

 

Desgraciadamente, Laodicea sabe algo de ese orgullo corporativo; es por eso que el Señor la llama misericordiosamente al arrepentimiento corporativo (como pueblo).

 

Escribió E. White:

 

El mensaje para la iglesia laodicense revela nuestra condición como pueblo (Review and Herald 15 diciembre 1904).

 

El mensaje para la iglesia de Laodicea es sumamente aplicable para nosotros como pueblo (MS 33, 1894).

 

El mensaje a Laodicea se aplica a la iglesia de este tiempo (MS 51, 1901).

 

En Mateo 7:26 seguimos leyendo: “Cualquiera que oye estas palabras y no las hace...”

 

Si nuestra vocación no está validada por los frutos —como individuos y como iglesia—, se nos aplican las palabras más tristes jamás pronunciadas: “Nunca os conocí. Apartaos de mí, obradores de maldad” (versículo 23).

 

El haber recibido dones exaltados, el formar parte del pueblo remanente de Dios, lejos de tranquilizarnos, debiera despertar en nosotros un gran sentido de humildad y de responsabilidad, pues Dios ciertamente nos juzgará como individuos y como iglesia proporcionalmente a los dones y privilegios concedidos.

 

E. White escribió muchísimo al propósito. Leeremos sólo tres fragmentos referidos a (1) cada uno personalmente, (2) a las instituciones, y (3) a la propia iglesia:

 

Cada uno va a ser pesado en las balanzas del santuario; si el carácter moral y el progreso espiritual no se corresponden con las oportunidades y bendiciones, se escribirá junto a su nombre: “Hallado falto” (In Heavenly Places, 130).

 

Sobre esas instituciones que no se conducen de acuerdo con su ley, [Dios] pronuncia la sentencia: “Rechazada. Pesada en las balanzas del santuario y hallada falta” (Medical Ministry, 162).

 

Aquí se refería a instituciones sanitarias adventistas, pero cabe aplicar lo mismo a seminarios, escuelas, etc.

 

La iglesia será pesada en las balanzas del santuario. Si su carácter moral y su estado espiritual no se corresponden con los beneficios y bendiciones que Dios le ha conferido, será hallada falta (Testimonies volumen 5, 83).

 

No hay ninguna cantidad de formalismo, ninguna excelencia, corrección o pulcritud en los procedimientos y rituales, capaz de compensar una deficiencia en la entrega y sometimiento de nuestro corazón a Dios. Aquel que se dio enteramente por nosotros, no puede quedar satisfecho con menos que esto: “Dame, hijo mío, tu corazón, y miren tus ojos por mis caminos” (Proverbios 23:26).

 

Puesto que hemos citado los frutos del Espíritu, será bueno enumerarlos: “amor, gozo, paz, tolerancia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza” (Gálatas 5:22-23).

 

Solamente los frutos del Espíritu dan el peso exacto en las balanzas del santuario. Y observa: esos frutos no pueden ser algo imposible ni siquiera difícil, ya que no se trata de nuestros frutos, sino de los frutos del Espíritu. Según el nuevo pacto, Dios no nos exige esos frutos, sino que nos los promete.

El Dios de paz que sacó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del testamento eterno, os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo: al cual sea gloria por los siglos de los siglos. Amén (Hebreos 13:20-21).

 

La Biblia nos habla consistentemente de Cristo como cabeza, y de la iglesia como cuerpo (Efesios 4:15-16; Colosenses 1:18 y 24). Eso justifica el carácter corporativo de las amonestaciones, llamamientos y mensajes de ánimo que Dios dirige a su iglesia. Al mismo tiempo recuerda que la salvación, si bien efectuada gracias a un sacrificio corporativo (“si Uno murió por todos, luego todos son muertos; y por todos murió…”), sólo puede resultar en vida eterna en función de la respuesta individual.

 

¿Cuál debiera ser nuestro principal foco de atención en el gran Día antitípico de expiaciones en que estamos viviendo? ¿La obra de Dios por su pueblo?, ¿o la salvación individual de cada uno? ¿Era el ministerio en el lugar santísimo primariamente una obra individual por el pecador?, ¿o era una obra corporativa en favor del pueblo de Dios? ¿Quién ocupaba el centro en aquel día?: ¿el pecador, o el sumo sacerdote? Leemos en Filipenses 2:5 y siguientes versículos:

 

Haya, pues, en vosotros este sentir [la mente] que hubo también en Cristo Jesús.

 

¿Cuál fue el “sentir” de Cristo Jesús? ¿Vivió preocupado por su salvación individual? El propio texto responde: Se anonadó, se vació de sí mismo con un objetivo. Este fue “el sentir” de Cristo. Ese es el foco de atención:

 

Para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y de los que en la tierra, y de los que debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, a la gloria de Dios Padre (versículos 10-11).

 

La mente de Cristo, la que debiera ser también nuestra mente, se centra en la vindicación del carácter de Dios, revelado en la salvación de la raza perdida mediante la entrega de su Hijo.

 

Leyendo Jeremías salta a la vista la continua consideración corporativa que Dios hace de su pueblo. Al leerlo a la luz de la situación del moderno Israel, cobra nueva vida.

 

Piensa en lo sucedido en Minneapolis en 1888: la estéril predicación de la ley y la ausencia de Cristo como el gran centro habían llevado a nuestro pueblo a una situación de sequía que E. White comparó al desierto de Gilboa, donde no cae rocío ni lluvia (2 Samuel 1:21). El Señor, en su misericordia, derramó entonces la bendición del Espíritu Santo en el mensaje de la justicia de Cristo dado mediante los pastores Jones y Waggoner. De haber sido aceptado, habría significado la anhelada lluvia tardía. Pero dicho mensaje fue resistido en gran medida debido a que la mayoría en el cuerpo pastoral, en lugar de mirar a Dios, miraba cuál era la reacción de los pastores de más experiencia en la dirección de la obra. Es decir: en lugar de confiar en Dios, habían puesto su confianza en el hombre, y de esa forma dejaron de apreciar y recibir la bendición. Lee ahora Jeremías 17, comenzando en el versículo 5:

 

Maldito el varón que confía en el hombre y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová. Pues será como la retama en el desierto y no verá cuando viniere el bien, sino que morará en las securas en el desierto, en tierra despoblada y deshabitada. Bendito el varón que se fía en Jehová, y cuya confianza es Jehová.

 

El varón” no fue en Minneapolis uno o varios individuos, sino el pueblo de Dios. Lo mismo podemos ver en la promesa de la lluvia de Jeremías 3:1 y 3; 14:1 y 20-22. Es dudoso que una persona pueda detener la “lluvia”, pero un pueblo puede ciertamente lograrlo. E. White escribió:

 

El mensaje que nos han dado A.T. Jones y E.J. Waggoner es el mensaje de Dios a la iglesia Laodicense, y ay de aquel que profese creer la verdad y sin embargo no refleje a otros los rayos que Dios ha dado (EGW 188 Materials, 1052).

 

Siendo cierto que la salvación es un asunto individual, necesitamos ver que para que el plan de Dios resulte vindicado, Cristo —la cabeza— necesita tener un cuerpo, una “esposa”, que esté debidamente preparada. Ninguno de nosotros, ningún creyente, por más salvo y santo que sea, califica para ser la esposa de Cristo. Es su iglesia, su cuerpo, la única que puede responder los interrogantes planteados en el gran conflicto secular entre Cristo y Satanás. Hoy nos parece difícil, puesto que nunca antes ha ocurrido, pero eso va a suceder:

 

Aleluya: porque reinó el Señor nuestro Dios Todopoderoso. Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque son venidas las bodas del Cordero, y su esposa se ha aparejado. Y le fué dado que se vista de lino fino, limpio y brillante: porque el lino fino son las justificaciones de los santos (Apocalipsis 19:7-8).

 

La motivación subyacente en ese clamor, en ese Aleluya triunfal que da gloria a Dios; el motivo para gozarnos y alegrarnos no es que por fin se terminaron nuestras enfermedades y hemos resultado individualmente salvos, sino que Cristo retoma el cetro de David para reinar supremo. Puede tener por fin lugar su “investidura”, y eso sucede cuando su esposa “se ha aparejado”.

 

No en vano, el Padrenuestro comienza así: “Santificado sea tu nombre” (y no: “Sálvanos”). Comprendemos débilmente el inmenso privilegio y responsabilidad que el Señor ha puesto en nosotros como iglesia, ante el escrutinio de todo el universo inteligente. Dios va a ser juzgado en su pueblo:

 

Así ha dicho el Señor Jehová: No lo hago por vosotros, oh casa de Israel, sino por causa de mi santo nombre, el cual profanasteis vosotros entre las gentes a donde habéis llegado. Y santificaré mi grande nombre profanado entre las gentes, el cual profanasteis vosotros en medio de ellas; y sabrán las gentes que yo soy Jehová, dice el Señor Jehová, cuando fuere santificado en vosotros delante de sus ojos (Ezequiel 36:22-23).

 

Para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora notificada por la iglesia a los principados y potestades en los cielos, conforme a la determinación eterna que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor (Efesios 3:10-11).

 

En la parábola de Mateo 25:22, quien hozo un uso responsable de sus talentos escucha estas palabras: “Entra en el gozo de tu Señor”.

 

El gozo del cristiano no es egocéntrico; no consiste en entrar en su propio gozo, sino en el gozo de su Señor. Consiste en presenciar la alegría de Cristo por haber purificado de pecado a su iglesia, y posteriormente al universo. Sofonías describe algo de esa alegría de Cristo, que será plena cuando vea el fruto de la aflicción de su alma y sea saciado. Es nuestro privilegio comenzar a saborear ya ese gozo que parece imposible expresar con palabras, incluso para el propio Jesús:

 

En aquel día no serás avergonzada por ninguna de tus obras con que te rebelaste contra mí; porque entonces quitaré de en medio de ti los que se alegran en tu soberbia, y nunca más te ensoberbecerás del monte de mi santidad. Y dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, los cuales esperarán en el nombre de Jehová. El resto de Israel no hará iniquidad, ni dirá mentira, ni en boca de ellos se hallará lengua engañosa: porque ellos serán apacentados y dormirán, y no habrá quien los espante…

En aquel tiempo se dirá a Jerusalem: No temas. Sión, no se debiliten tus manos. Jehová en medio de ti, poderoso, él salvará; gozaráse sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cantar (Sofonías 3:11-13; 16-17).

 

¡Cuánto deseo escuchar ese canto sublime de Jesús! ¿Es también tu deseo?

 

Toda idolatría es adoración al yo disfrazada de adoración a Dios. Solemos sentirnos seguros por no adorar “a la madera y a la piedra”, como era el caso con Judá. Pero analicemos cuál era el problema subyacente en aquella idolatría suya que tan burda nos parece hoy:

 

Vosotros decís: Seamos como las gentes, como las familias de las naciones, sirviendo a la madera y a la piedra (Ezequiel 20:32).

 

Seamos como las gentes, como las familias de las naciones”. ¿Está el moderno Judá libre de esa misma mentalidad?

 

Esa declaración tiene muchas variantes. Por ejemplo: ‘Que no parezca que somos diferentes’. ‘Que no se nos confunda con esta o con aquella secta’. En el fondo, lo que estamos diciendo es: ‘A ver qué podemos hacer, o qué podemos dejar de hacer, para que se nos confunda todo lo posible con “las gentes”, con “las familias de las naciones”, aunque sin cambiar nuestro nombre o filiación.

 

Y eso puede traducirse en una defensa feminista de los derechos de la mujer, una defensa de la ecología (en sintonía con una reciente encíclica papal), mantener un debate sobre la homosexualidad, sobre el racismo o la pobreza, sumarnos a las celebraciones populares en el calendario nacional o regional, y un largo etcétera.

 

En relación inversa con lo anterior, hay un olvido pasmoso de lo que debiera ser el tema principal: la proclamación del mensaje de los tres ángeles, del llamado al arrepentimiento y a abandonar Babilonia. La adoración a Dios ha sido sustituida por el humanismo, como si no hubiera más reino de Dios que el que pueden lograr los esfuerzos de este mundo.

 

E. White escribió en el Manuscrito 82, 1894:

 

Mi alma está muy agobiada, porque sé lo que nos espera. Todo engaño concebible será traído sobre los que no tengan una relación cotidiana y viviente con Dios. En nuestra obra no debe presentarse ningún asunto secundario… muchas cosas aparentemente buenas necesitarán considerarse cuidadosamente con mucha oración, porque son invenciones especiosas del enemigo, que tiene la finalidad de conducir a las almas hacia una senda que se encuentra tan cercana a la senda de la verdad que a duras penas podrá distinguirse de esta… En el ministerio se ha impuesto un nuevo orden de cosas. Existe el deseo de copiar los procedimientos de otras iglesias, y la sencillez y la humildad son casi desconocidas (Cristo triunfante, 364).

 

Y en la Carta 94a, 1909:

 

Si alguna vez hubo un tiempo en la historia de los adventistas cuando deberían levantarse y brillar, ese tiempo es ahora. A ninguna voz se le debiera impedir proclamar el mensaje del tercer ángel. Que nadie, por temor de perder prestigio en el mundo, oscurezca un solo rayo de luz que proviene de la Fuente de toda luz. Se requiere valor moral para hacer la obra de Dios en estos días, pero que nadie sea conducido por el espíritu de la sabiduría humana. La verdad debiera ser todo para nosotros. Que los que quieran hacerse de renombre en el mundo se vayan con el mundo (Cristo triunfante, 360).

 

En el sexto año del reinado de Sedequías —el último rey de Judá— Ezequiel tuvo una visión en la que se le mostraron las abominaciones consentidas, practicadas y fomentadas por los dirigentes del pueblo de Dios, en un grado que resultaba inimaginable para el propio Ezequiel —y cuánto menos para el judío común— de no ser por aquella revelación especial. Consistían en idolatría semejante a la practicada por las “gentes” y “las familias de las naciones” que los rodeaban; en la usurpación de funciones sacerdotales por parte de setenta varones ancianos que oficiaban con incensarios y sahumerios sin pertenecer a la tribu de Leví ni ser descendientes de Aarón; también en mujeres endechando a Tammuz. Pero, sobre todo “entre la entrada y el altar” (versículo 16), en el lugar preciso en el que se esperaría que “lloren los sacerdotes, ministros de Jehová, y digan: ‘Perdona, oh Jehová, a tu pueblo’” (Joel 2:17), veinticinco varones daban la espalda al santuario, y se inclinaban al sol.

 

Hoy nos parece burda idolatría, y ni siquiera pensamos en la posibilidad de haber caído en una bajeza semejante. Pero no olvidemos que todo ese culto había venido a resultar para la nación judía indistinguible de la verdadera adoración a Dios. Sin duda debía resultar agradable para ellos.

 

Todo lo que enumera el capítulo 8 de Ezequiel consiste simplemente en la forma de adorar que era común y aceptada por las “iglesias” y la sociedad que rodeaban al pueblo de Judá. Los judíos pretendían seguir adorando a Dios: sólo habían cambiado la forma de hacerlo, sólo la “liturgia” se había modernizado. Pero hay una señal que debiera haberles alarmado: en aquel estado habría sido perfectamente posible mantener una actividad ecuménica con servicios y oradores intercambiables entre denominaciones, y eso sólo puede suceder cuando se ha enterrado el mensaje, y con él la misión del pueblo de Dios para el tiempo presente.

 

Pero el pueblo de Dios no sólo había incorporado elementos de la cultura que le rodeaba. Además, necesitaba hacer otra cosa que era imprescindible para completar su apostasía. Sin eso otro, no habría sido posible. Había que marginar e incluso eliminar a elementos “perturbadores” que insistían en aferrarse a la verdad, y que se negaban a adaptarse al “progreso” y las “demandas de la sociedad” a la que estaban llamados a influir. Jeremías era uno de ellos, y su vida peligraba.

 

¿Era ese el tipo de intercambio y apertura que el Señor esperaba, y espera hoy de su pueblo? ¿Es hoy el mundo, el cristianismo, la espiritualidad y la cultura que nos rodean, mejor que en tiempos de Jeremías? ¿Tenemos derecho a rasgarnos las vestiduras al leer ese relato del pueblo de Judá? ¿Qué habrían sentido ellos si hubiesen podido conocer el interior de nuestra obra y de nuestro corazón, de la forma en que Ezequiel y Jeremías nos permiten conocer el interior de la suya?

 

Esto es lo más parecido a un mensaje ecuménico que encontramos en el libro de Jeremías:

 

Conviértanse ellos a ti, y tú no te conviertas a ellos (15:19).

 

No leamos la historia del pueblo de Dios de la antigüedad pensando que ese relato nada tiene que ver con nosotros. Nunca olvidemos que “cada uno de los profetas antiguos habló menos para su propio tiempo que para el nuestro, de manera que sus profecías son válidas para nosotros. ‘Y estas cosas les acontecieron en figura; y son escritas para nuestra admonición, en quienes los fines de los siglos han parado’ (1 Corintios 10:11). ‘A estos se les reveló que no para sí mismos, sino para nosotros, administraban las cosas que ahora os son anunciadas…’ (1 Pedro 1:12)” (Mensajes selectos volumen 3, página 386).

 

Dios siempre ha tenido y tendrá un remanente fiel. En ocasiones ese remanente fiel era humanamente “invisible”. Por ejemplo, en los días de Elías parecía que el remanente fiel estuviera formado exclusivamente por una sola persona: el propio Elías. Así lo percibía él mismo. Sin embargo, Dios tenía otros siete mil que no habían doblado su rodilla a Baal. Eran fieles, aunque por entonces no parecían ser especialmente valientes… No ayudaron mucho al cansado Elías, que se debió sentir muy solo del lado humano. No habían doblado su rodilla, pero tampoco se habían levantado. Aparentemente llevaban su fidelidad a escondidas. No hacían brillar la luz.

 

El problema de la apostasía no es sólo la apostasía misma, sino la pasividad de quienes debieran denunciarla y luchar contra ella: los centinelas de Sión.

 

Cuando el pueblo de Israel estaba terminando su vagar por el desierto, cuando estaba a punto de entrar en Canaán, Balaam, un “profeta” del pueblo de Dios, no habiendo podido maldecir al pueblo por ganancia tal como era en el fondo su deseo, encontró otra forma de satisfacer a Balac, que planeaba hacer apostatar al pueblo escogido con el fin de apartar de él la protección de Dios: organizó un encuentro ecuménico con las iglesias —“mujeres”— moabitas y madianitas, con quienes fornicaron. Grave apostasía, sin duda; y aparentemente, un claro culpable: ¡Balaam!

 

¿Balaam? —Sólo aparentemente. Solamente ante nuestro juicio humano defectuoso. Para Dios, el principal culpable era otro. Observa que Dios no llamó a Balaam para castigarlo. ¿A quién llamó?

 

Jehová dijo á Moisés: Toma todos los príncipes del pueblo, y ahórcalos a Jehová delante del sol; y la ira del furor de Jehová se apartará de Israel (Números 25:4).

 

Entonces Moisés dijo a los jueces de Israel: Matad cada uno a aquellos de los suyos que se han allegado a Baal-peor (versículo 5).

 

El amor de Dios es infinito. Su paciencia tiene un límite. No sabemos por cuánto más tiempo Dios va a seguir teniendo misericordia de nosotros, su pueblo. Hay ocasiones en que el Señor toma cartas en el asunto, y revela quiénes son los auténticos responsables de que haya apostasía en el pueblo de Dios, más allá del inductor humanamente visible: somos los que el Señor ha puesto en lugares de responsabilidad, cuando nos comportamos como perros mudos que no dan la voz de alarma al hacer incursión el enemigo (Isaías 56:10-12).

 

El grado de apostasía en Judá hizo inevitable el castigo de Dios. Eso debiera ser una lección para nosotros. Debiéramos preguntarnos si nos hemos apartado del consejo del Espíritu de profecía de nuestros días (E. White) tanto o más de lo que se apartó Judá desoyendo a Jeremías y el resto de profetas.

 

¿Hará falta un valle de Acor para nuestro pueblo? ¿Hará falta una experiencia catastrófica y traumática, una esclavitud, un exilio, para que el Señor nos cure?

 

No debemos olvidar que el objeto de los castigos de Dios es la restauración de su pueblo. Leamos en Jeremías 33 las palabras que el Señor dirigió a Judá a través del profeta, que estaba aún preso en el patio de la cárcel:

 

He aquí que yo le hago subir sanidad y medicina; y los curaré, y les revelaré abundancia de paz y de verdad. Y haré volver la cautividad de Judá, y la cautividad de Israel, y edificarélos como al principio. Y los limpiaré de toda su maldad con que pecaron contra mí; y perdonaré todos sus pecados con que contra mí pecaron, y con que contra mí se rebelaron (versículos 6-8).

 

Hay curación, hay remedio para el pueblo de Dios; pero pasa necesariamente por un camino que está resumido en este imperativo: “Arrepiéntete” (Apocalipsis 3:19). El arrepentimiento implica la confesión del pecado, sentir tristeza por haberlo albergado y cometido, y el abandono del mismo.

 

El que encubre sus pecados, no prosperará, mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia (Proverbios 28:13).

 

Según el texto, confesar significa lo contrario de encubrir: implica reconocer explícitamente el pecado y apenarse por haberlo cometido o consentido, hasta el punto de repudiarlo y abandonarlo. Eso es lo que se espera de Laodicea, si es que realmente oímos el consejo del Testigo fiel y verdadero, de Aquel que no puede equivocarse.

 

Ese consejo nos atemoriza y nos hace temblar. Debemos recordar en este punto que el que convence de pecado, de justicia y de juicio, es también el Consolador.

¿Desaparecerán el temor y el temblor una vez arrepentidos, perdonados y restaurados? —No desaparecerán, sino que seguirán efectuando su bendita obra para arrepentimiento y salvación, pero ahora entre todas las naciones de la tierra. Leamos el siguiente versículo en Jeremías 33 (el 9):

 

Esta ciudad me será por nombre de gozo, de alabanza y de gloria entre todas las naciones de la tierra, cuando oigan todo el bien que yo les hago. Temerán y temblarán por todo el bien y toda la paz que yo les daré.

 

Nosotros mismos hemos de experimentar el arrepentimiento antes de enseñar al mundo a arrepentirse.

 

Ojalá permitamos que eso suceda pronto, muy pronto, porque el Cordero es digno.

 

 

www.libros1888.com