La verdadera fuente de autoridad
A.T. Jones

Sermón (extractos), 2 abril 1900


¿Quién compone la iglesia? Aquellos que miran hacia la Cabeza, los que buscan a la Cabeza, los que están unidos a ella. La cantidad de miembros no hace diferencia alguna: aunque fuésemos solamente tú y yo –cada uno en un extremo de la tierra–, ambos nos moveríamos y actuaríamos juntos, ya que la Cabeza, Jesucristo, actúa en los dos.

La Escritura dice: "Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a... hombres" (Hech. 6:3). ¿Cómo podemos saber cuáles son las personas apropiadas para ocupar un determinado cargo? Hemos de pedir a Dios que abra nuestros ojos, que los unja con el colirio celestial a fin de que podamos saber quiénes son aquellos a los que Dios ha llamado ya. Él los ha preparado. Todos aquellos cuyos ojos haya ungido Dios, serán capaces de discernirlo.

Dios otorga autoridad a los hombres, sea que tengan o no un puesto o cargo. Jesús estaba en esta tierra cuando dijo: "Toda potestad [autoridad] me es dada en el cielo y en la tierra", sin embargo no tenía puesto alguno. Los fariseos, los sacerdotes, los escribas y los doctores de la ley tenían posición, tenían cargo. Podían señorear sobre él, lo podían convocar y juzgar. Pero ¿dónde estaba su autoridad? No tenían ninguna. Jesús dijo a sus oyentes: "En la cátedra de Moisés se sientan... pero no hagáis conforme a sus obras". Estando Moisés sentado, había autoridad en aquella cátedra, pero estando un fariseo o un escriba en el mismo lugar, no había autoridad alguna.

Se decía de Jesús que todos "estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca". ¿Por qué? Oh, "porque les enseñaba como quien tiene autoridad, no como los escribas". Todo cuanto podían hablar los escribas era prestado, pero cuando hablaba Jesús, todos sabían que lo que él decía no era prestado sino que era la sustancia misma. La palabra habitaba en él, él mismo no era sino la expresión de la palabra que pronunciaba. Y al hablar la palabra impresionaba los oídos y reanimaba los corazones de los que oían.

Las fariseos que carecían de "autoridad" vinieron a desarrollar tales celos hacia él, que no pudieron soportarlo más. Lo tenían que echar del mundo para salvar "su puesto". "Si lo dejamos así, todos creerán en él, y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación" (Juan 11:48).

¿Dónde estaba la autoridad de Jesús, siendo que no tenía puesto ni cargo alguno? Allí donde está siempre la verdadera autoridad: en la verdad de Dios que predicaba. Toda verdadera y genuina autoridad en la iglesia proviene de la verdad de Dios. La medida de la verdad que posee un hombre es la única medida de su autoridad. Jesús dijo: "Los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Pero entre vosotros no será así" (Mat. 20:25 y 26). ¿Qué hacen los gobernantes de las naciones? Ejercen autoridad.

Dios no ha dado autoridad a ningún hombre en su iglesia para que ejerza autoridad. Esa es la diferencia entre los gobernantes de las naciones y los príncipes de Dios. Los príncipes de este mundo ejercen autoridad, pero careciendo de la auténtica autoridad. Los príncipes de Dios, poseyendo verdadera autoridad, nunca la ejercen. La autoridad de la verdad de Dios se ejerce por ella misma.

Por lo tanto, no existe una cosa tal como el dominio, entre los príncipes de Dios; no hay señorío, no hay nadie con el espíritu de mando que nos ha sido descrito [por E. White]. No hay límites territoriales entre los príncipes de Dios, tales como 'esta es mi Asociación'. Es la Asociación de Dios. No es mi territorio, sino el suyo. Los príncipes de Dios poseen autoridad, pero no ejercen autoridad, y eso les produce satisfacción, y Dios se encarga del resto, de tal forma que nadie sea el mayor. Sólo Uno es el Amo; todos los demás somos hermanos.

Asegurémonos de que nuestra autoridad viene de Dios, y de que nunca ejercemos autoridad. No obstante, debemos hablar con autoridad, puesto que la autoridad está en la verdad que hablamos. "A cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo".

Recordad que hemos sido llamados a dejar de lado todo lo infantil, a no ser como niños llevados de aquí para allá, no sabiendo si estamos en terreno firme. Dios quiere que edifiquemos sobre el fundamento –la verdad– que hace libres a los hombres, y que sabemos que es la verdad.

¿Qué persona, qué grupo de personas puede seleccionar a un obrero aquí y a otro allá, y disponer que trabajen conjuntamente para bien? Esa obra de dirigir la causa de Dios es la más delicada del universo, puesto que tiene que ver con las mentes. ¿Cómo podemos unir armoniosamente en el espíritu a almas vivientes, con la vida de Dios? Sólo Cristo, la Cabeza, puede hacerlo. Él nos usará en esa obra de tricotarnos –no tejernos, sino tricotarnos– unos con otros. Al tejer se mantienen anudados uno con otro diversos hilos, pero al tricotar existe un solo hilo pasado de tal forma que cada punto sujeta a los vecinos.

Eso es lo que Dios se propone hacer con nosotros. Nos ha tricotado, nos ha unido y compactado, de tal forma que la iglesia crezca edificándose en amor.

 

Ver también 'La autoridad en la iglesia', de E.J. Waggoner
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