General Conference Daily Bulletin, 1895
El mensaje del tercer ángel (nº 24)

A.T. Jones


El texto para esta noche lo encontramos en Hechos 10:28: “Les dijo: -Vosotros sabéis cuán abominable es para un judío juntarse o acercarse a un extranjero”.

Lo que se ha traducido “extranjero”, en el original es literalmente: “uno de otra raza o nación”. Y no se trata sólo de que sea algo prohibido, sino que “vosotros sabéis cuán abominable es” hacer algo así.

¿Lo era? ¿Le estaba permitido a un judío acompañar o asociarse con alguien de otra raza? Los judíos lo consideraban prohibido, pero ¿lo era realmente? Los judíos eran el pueblo de Dios. Desde hacía años habían venido profesado serlo. Por aquel tiempo debían haber aprendido ya que cualquier cosa que Dios diga, y solamente si Dios la dice, es legítima. Nada de lo que algún otro pueda decir tiene fuerza como ley, motivo por el cual no merece en propiedad el calificativo de legítimo; en consecuencia, nunca podrá llamarse ilegítima la violación de una aserción como esa. Debieran haber aprendido eso, pero en su lugar aprendieron todo lo contrario, y hasta tal punto, que llegaron a considerar los dichos del hombre como de cumplimiento más obligatorio que los de Dios mismo. Los mandamientos humanos, las costumbres y los caminos del hombre anularon la propia palabra de Dios, tal como Jesús declaró: “Habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición” (Mat. 15:6).

Cristo, en la obra que desarrolló en el mundo, y en la que ha realizado en sí mismo a favor de todos los que están en él, significó exactamente lo contrario a ese orden de cosas que hemos descrito. Se esforzó para que los hombres vieran que los dichos humanos, o los de cualquier colectivo de personas, no pueden jamás definir lo legítimo, y no tienen lugar para el cristiano en la categoría de lo legítimo, como tampoco en lo ilegítimo si se obra contrariamente a ellos. Por el contrario, sólo lo que Dios dice define la legitimidad; y sólo la transgresión de lo que él dice define la ilegitimidad.

 Ese es el principio que queremos examinar en uno o dos estudios –quizá más-. Interesa que lo hagamos ahora, pues hemos llegado al final de los tiempos, y pronto hemos de encontrarnos en ese tiempo cuando el mundo va a estar enteramente bajo mandamientos, tradiciones y prejuicios humanos que invalidarán la ley de Dios, tal como sucedió a su pueblo cuando Cristo vino al mundo. Por lo tanto, si es que hemos de serle leales, y ciertamente lo debemos ser, habremos de atenernos tan estrechamente a lo que Dios dice, que esa sea nuestra única regla y norma de conducta. Esa será nuestra única guía, y eso en Cristo, tal como estuvo en su vida y experiencia.

Cuando suceda así, estando el mundo entregado a formas, ceremonias y tradiciones que invalidarán la ley de Dios, tratará de igual forma en que trató a Cristo, a quienes acepten las tradiciones del mundo como Cristo las aceptó. Así pues, nunca fue el propósito de Dios que se tuviera por ilegítima la asociación o trato con alguien de otra raza o nación. Sólo cerrando voluntariamente sus ojos y dando la espalda desde el principio a la enseñanza divina, pudieron llegar a una situación como aquella.

Prestad atención por un momento a la posición de los judíos, tal como Pedro expresa en ese texto que representa la posición global de la nación judía al respecto. Según ellos, Dios había desechado a todas las naciones y no tenían ningún lugar junto a él. No obstante, el Señor no había cesado de mostrarles que eso no era de ningún modo así.

En los días de Jonás y de la gloria del reino de Asiria, antes de que irrumpiera en la historia el imperio de Babilonia, Dios llamó a uno de su pueblo –Jonás- para que fuera a esa nación pagana a fin de advertir acerca de la condenación que sobre ella se cernía y de su pronta destrucción, con el objeto de que esa advertencia pudiera llevarla al arrepentimiento, escapando así a la ruina. Jonás dijo al Señor: ‘De nada sirve que lleve el mensaje, puesto que eres un Dios misericordioso y te arrepientes del mal. Si voy allí y les digo lo que me has encargado que les diga, si se arrepienten del mal y se vuelven de su maldad, no destruirás la ciudad. ¿De qué sirve, pues, que haga ese viaje y les anuncie que la ciudad va a ser destruida? Tú no la vas a destruir si se vuelven de sus malos caminos’.

Pero el Señor insistió en que debía ir a Nínive. No obstante, el profeta, aferrándose a sus objeciones, se dirigió a Jope con la intención de huir a Tarsis. El Señor le hizo recapacitar, llevándolo al convencimiento de que tenía que ir a Nínive. Atravesó aquella ciudad –por tres días- predicando: “¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!” (Jonás 3:4). La noticia llegó al rey de Nínive, quien dio palabra a fin de que todos se volvieran de sus malos caminos; se puso en saco y ceniza, y decretó un ayuno que incluía hasta a los animales, ordenando a los ciudadanos que clamaran a Dios. El Señor dio oído a la súplica de ellos, aceptó su arrepentimiento y salvó la ciudad. Jonás se apartó, sentándose en un lugar elevado para divisar la ciudad y ver si Dios la destruía. Para gran disgusto de Jonás no sucedió tal cosa. El profeta se lamentó: ‘Eso es justamente lo que te dije desde el principio que iba a pasar. Ya sabía que si venía a la ciudad y le decía lo que me has comisionado, se arrepentirían del mal y los perdonarías, no destruyendo la ciudad. Eso es lo que ha sucedido. ¡Cuánto mejor si me hubiera quedado en casa!’

“Vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino, y se arrepintió del mal que había anunciado hacerles, y no lo hizo.

Pero Jonás se disgustó en extremo, y se enojó. Así que oró a Jehová y le dijo: -¡Ah Jehová!, ¿no es esto lo que yo decía cuando aún estaba en mi tierra? Por eso me apresuré a huir a Tarsis, porque yo sabía que tú eres un Dios clemente y piadoso, tardo en enojarte y de gran misericordia, que te arrepientes del mal. Ahora, pues, Jehová, te ruego que me quites la vida, porque mejor me es la muerte que la vida” (Jonás 3:10-4:4).

Sigue a continuación el relato de cómo Jonás se construyó una cabaña al Este de la ciudad para contemplar qué sucedería. El Señor le preparó una calabacera, e hizo luego que se secara, para gran enfado en Jonás, quien oró pidiendo su muerte.

“Pero Dios dijo a Jonás: -¿Tanto te enojas por la calabacera? –Mucho me enojo, hasta la muerte -respondió él. Entonces Jehová le dijo: -Tú tienes lástima de una calabacera en la que no trabajaste, ni a la cual has hecho crecer, que en espacio de una noche nació y en espacio de otra noche pereció, ¿y no tendré yo piedad de Nínive, aquella gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben discernir entre su mano derecha y su mano izquierda, y muchos animales?” (vers. 9-11).

Es de suponer que el propio Jonás aprendió por fin la lección. Su libro quedó registrado y fue preservado como uno de los libros sagrados a partir del cual el pueblo habría de recibir instrucción. Y debieran haber aprendido la lección que el libro contiene: que el Señor se cuidaba de las otras naciones, y que esperaba que su pueblo cuidara asimismo de ellas.

Jonás sabía, y dijo que sabía, “que tú eres Dios clemente y piadoso, tardo a enojarte, y de grande misericordia, y que te arrepientes del mal” (Jonás 4:2). Sabiendo tal cosa debiera haber estado en mucha mejor disposición de ir a esas naciones y predicarles el mensaje del Señor, a fin de que pudieran arrepentirse y ser liberadas. Pero a pesar de disponer de ese libro, a pesar de esa lección que positivamente enseñaba, a partir de ese día fueron en la dirección opuesta. Pensaron que Dios no se preocupaba de los paganos, excepto que vinieran a ser como los judíos; y el Salvador dijo a quienes pensaban así, que el “prosélito” por el cual habían recorrido “mar y tierra” venía a ser “dos veces más hijo del infierno” que ellos mismos. Tal era la situación.

 Habiendo transitado por ese camino desviado y alejado de la idea de Dios concerniente a ellos y a las naciones a su alrededor, vinieron a ser tan egoístas, tan cerrados en ellos mismos y tan malvados como para convertirse en peores que los paganos que los rodeaban. El Señor los esparció entonces entre todas las naciones que estaban a su alrededor, y se vieron obligados a asociarse con otras gentes. Y Pedro afirma: “Sabéis cuán abominable es para un judío juntarse o acercarse a un extranjero” –a un incircunciso (Hech. 10:28). En el capítulo 11 los hermanos en Jerusalem acusaron así a Pedro: “¿Por qué has entrado en casa de hombres incircuncisos y has comido con ellos?”

 Daniel y sus tres hermanos habían comido en la pagana mesa del rey, y lo habían hecho junto a paganos, diariamente durante años. Y Dios había estado siempre con ellos, haciendo de Daniel uno de los mayores profetas y librando a los tres jóvenes del horno ardiente. ¿Cuál era el propósito de que eso quedara registrado, y dispusieran de ese libro a fin de que lo estudiaran constantemente? Podéis ver que era para enseñarles precisamente lo contrario de aquello que estaban diciendo y haciendo.

Más aún. Vayamos al capítulo 4 del libro de Daniel:

“Nabucodonosor, rey, a todos los pueblos, naciones y lenguas que moran en toda la tierra: Paz os sea multiplicada. Conviene que yo declare las señales y milagros que el Dios Altísimo ha hecho conmigo. ¡Cuán grandes son sus señales y cuán potentes sus maravillas! Su reino, reino sempiterno; su señorío, de generación en generación” (vers. 1-3).

Encontramos aquí a Nabucodonosor predicando la verdad acerca del verdadero Dios, la grandeza de su bondad y de sus maravillas, a todas las naciones, pueblos y lenguas. Eso lo tenían los judíos en sus manos. Lo tenían en sus propios registros; el que Dios había dado un sueño a Nabucodonosor y había proporcionado a Daniel la interpretación de aquel sueño del rey, y que de esa forma Dios había llevado a Nabucodonosor a la situación en la que haría una proclamación dirigida a todas las naciones y lenguas acerca de la gran bondad y grandeza del verdadero Dios, y de cuán bueno es confiar en él. Veamos los últimos versículos del capítulo. Nabucodonosor viene de narrar su experiencia; cómo se había rebelado contra Dios y se había descarriado; y cómo el Señor lo había traído de nuevo en el momento en que consideró oportuno:

“En el mismo tiempo mi razón me fue devuelta, la majestad de mi reino, mi dignidad y mi grandeza volvieron a mí, y mis gobernadores y mis consejeros me buscaron; fui restablecido en mi reino, y mayor grandeza me fue añadida. Ahora yo, Nabucodonosor, alabo, engrandezco y glorifico al Rey del cielo, porque todas sus obras son verdaderas y sus caminos justos; y él puede humillar a los que andan con soberbia”

Había, pues, una lección constantemente ante ellos, mediante la cual el Señor intentaba enseñarles que todas aquellas nociones que tenían estaban en directa oposición con la verdad. Les estaba enseñando que estaba dispuesto a alcanzar a los gentiles, y que había apartado al pueblo de Israel de entre las naciones a fin de que pudiera conocer más sobre él para comunicarlo a todas las naciones. Si desde el principio hubieran permanecido en el lugar en el que Dios quería que hubiesen estado, esa tarea jamás habría recaído sobre un rey pagano, puesto que el propio pueblo de Dios habría proclamado su gloria a todas las naciones. Pero cuando se apartaron de Dios, y también de las naciones, entonces Dios se vio obligado a emplear a los dirigentes de tales naciones paganas para difundir el conocimiento de sí mismo.

Veamos también el capítulo 6. Nos habla de Darío, de la persecución de Daniel y de su liberación. Leamos el decreto de Darío en el versículo 25:

“Entonces el rey Darío escribió a todos los pueblos, naciones y lenguas que habitan en toda la tierra: ‘Paz os sea multiplicada. De parte mía es promulgada esta ordenanza: “que en todo el dominio de mi reino, todos teman y tiemblen ante la presencia del Dios de Daniel”. Porque él es el Dios viviente y permanece por todos los siglos, su reino no será jamás destruido y su dominio perdurará hasta el fin. Él salva y libra, y hace señales y maravillas en el cielo y en la tierra; él ha librado a Daniel del poder de los leones’”

Una vez más se da a conocer a todos los pueblos, naciones y lenguas el conocimiento del verdadero Dios, por parte de uno que para los judíos era un paria, por demás desechado y repudiado por Dios. Pero ahí lo tenían, en su propio lenguaje, a su alcance, año tras año, indicándoles siempre el camino opuesto a lo que estaban enseñando y haciendo.

Leeremos un último episodio del primer capítulo de Esdras, en relación con los dos últimos versículos del último capítulo de segunda de Crónicas:

“En el primer año de Ciro, rey de los persas, para que se cumpliera la palabra de Jehová, dada por boca de Jeremías, Jehová despertó el espíritu de Ciro, rey de los persas, el cual hizo pregonar de palabra y también por escrito, por todo su reino, este decreto: ‘Así dice Ciro, rey de los persas: Jehová, el Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra, y me ha mandado que le edifique Casa en Jerusalén, que está en Judá. Quien de entre vosotros pertenezca a su pueblo, que sea Jehová, su Dios, con él, y suba allá’”

Leamos ahora los primeros tres versículos de Esdras 1:

“En el primer año de Ciro, rey de Persia, para que se cumpliera la palabra de Jehová anunciada por boca de Jeremías, despertó Jehová el espíritu de Ciro, rey de Persia, el cual hizo pregonar de palabra y también por escrito en todo su reino, este decreto: ‘Así ha dicho Ciro, rey de Persia: Jehová, el Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra y me ha mandado que le edifique una casa en Jerusalén, que está en Judá. Quien de entre vosotros pertenezca a su pueblo, sea Dios con él, suba a Jerusalén, que está en Judá, y edifique la casa a Jehová, Dios de Israel (él es el Dios), la cual está en Jerusalén’”

Lo anterior es evidencia suficiente, si bien las Escrituras están repletas de pasajes al objeto de ilustrar hasta qué punto los judíos habían cerrado sus ojos y dado sus espaldas al Señor, hasta llegar a la situación en la que estaban cuando Cristo vino al mundo, y en la que él los encontró.

Es cierto que según los libros de Moisés y otras Escrituras, cuando el Señor sacó de Egipto a los hijos de Israel les ordenó que se mantuvieran separados de todas las naciones. También les había indicado cómo debía llevarse a cabo dicha separación. En Éxodo 33, versículos 14-16 leemos:

“Mi presencia te acompañará y te daré descanso. Moisés respondió: -Si tu presencia no ha de acompañarnos, no nos saques de aquí. Pues, ¿en qué se conocerá aquí que he hallado gracia a tus ojos, yo y tu pueblo, sino en que tú andas con nosotros, y que yo y tu pueblo hemos sido apartados de entre todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra?”

Así debiéramos también nosotros ser separados. ¿Cómo? -“Tú andas con nosotros”. Fueron, pues, instruidos en cuanto a la forma en la que debían estar separados de todas las demás naciones.

Si hubieran buscado su presencia y la hubieran tenido entre ellos, habrían estado realmente separados de todos los pueblos. Sin embargo, habrían estado asociados con todos los pueblos de la tierra. Habrían ido a todo pueblo, nación y lengua para hablarles de las glorias de Dios, de su bondad y poder, tal como hicieron Nabucodonosor, Darío y Ciro.

Pero no desearon su presencia, ni tenerlo siempre con ellos a fin de que los santificara –puesto que estar separados del mundo para el Señor es lo mismo que estar santificados. Si hubieran tenido la presencia del Señor para santificarlos, podrían haber ido a cualquier parte en la tierra, y seguir estando separados de todos los pueblos.

Pero careciendo de lo único que podría haberlos mantenido separados, si es que tenían que permanecer separados del mundo, ¿cómo habría de realizarse?, ¿de qué única forma habría de tener lugar? Sabemos que no tenían a Aquel cuya presencia es la única que puede efectuarlo. La única forma, pues, en que podía suceder, era si ellos mismos lo efectuaban. Y es lo que hicieron: se separaron a sí mismos de acuerdo con sus propias ideas al respecto de lo que Dios quería, al decirles que debían estar separados. Pero las ideas humanas acerca de lo que Dios quiere, sabemos qué proximidad guardan con la verdad de Dios: “Mis pensamientos no son vuestros pensamientos ni vuestros caminos mis caminos, dice Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isa. 55:8 y 9). Es decir, tan lejos de la verdad como sea posible imaginar.

No teniendo la presencia de Dios para obrar esa separación a favor de ellos y en ellos, la asumieron por sí mismos, y sólo de esa forma podían hacer si es que querían estar separados.

Pero no teniendo la presencia de Dios, que es la única que puede lograrlo, su esfuerzo por separarse a ellos mismos, ¿qué es lo único que podía conseguir? Pensad. ¿Cuál había de ser el único resultado posible? No podía terminar de otra forma que no fuese en la afirmación, el sobre-crecimiento, el ensanchamiento del yo. La confianza propia, el orgullo, la auto-exaltación, la justicia propia –toda clase de egoísmo auto-alimentándose más y más. Y todo en su vano esfuerzo por cumplir ellos mismos las Escrituras, en las que el Señor les había dicho que debían estar separados de todas las naciones.

Cuando alcanzaron el punto de llegar a ser peores que los paganos que los rodeaban, el Señor hubo de sacarlos de la tierra y esparcirlos por doquier entre todas las naciones. Y habiendo sido de esa forma esparcidos, estuvieron más separados de las naciones de lo que jamás hubieran estado con anterioridad, desde el día en que llegaron a aquella tierra. Eso fue así debido a que cuando fueron esparcidos por entre las naciones buscaron al Señor como no lo habían hecho en su propia tierra; confiaron en él como no lo habían hecho en su propia tierra; lo apreciaron como no habían hecho en su propia tierra, y su presencia con ellos los separó de los paganos cuando estuvieron esparcidos entre los paganos.

El Señor intentaba enseñarles de todas esas maneras que no estaban andando por el camino correcto, a fin de llevarlos al único modo en el que podrían conseguirlo. Pero a pesar de ello, tomaron el camino equivocado. Y aún más: No gozando de la presencia de Dios que diera sentido a todo lo que había dicho y dispuesto que observaran en sus servicios y adoración, ese camino de procura del yo les llevó a pervertir las formas de adorar ordenadas por el Señor. Les llevó a convertirlas en medios de salvación. Tras haberlas practicado, sostenían que los hacían justos; y dado que las otras gentes no las poseían, no podían ser justas. Afirmaban que Dios les había dado aquellas formas con ese propósito, pero no las había prescrito para el resto de naciones; por lo tanto deducían que Dios les tenía una consideración superior a la de todos los demás.

De esa forma, no sólo se pusieron en el lugar de Dios, sino que pervirtieron todos los servicios que él había instituido con un propósito distinto, terminando en el servicio de la justicia propia, de la exaltación de ellos mismos y del exclusivismo.

Si hubieran tenido su presencia, tal como Dios había dispuesto, todas esas formas que él ordenó habrían tenido para ellos un significado divino, una vida divina en cada fase de los servicios ordenados por Dios. Hubieran encontrado de ese modo al propio Jesucristo con su presencia viviente y su poder para convertir; y eso les habría proporcionado energía viviente para cada una de las formas y símbolos puestos ante ellos. Todas esas cosas habrían entonces cobrado para ellos un interés viviente, pues habrían representado al propio Cristo vivo y presente con ellos.

 Así pues, la falta de la presencia de Cristo en la vida mediante un corazón convertido, los llevó a engrandecerse ellos mismos en lugar de a Dios, y a convertir las divinas formas que Dios había señalado en meras formas y ceremonias exteriores mediante las cuales esperaban obtener la vida. Les llevó a poner esas cosas en el lugar de Cristo, como medios de salvación.

Creo que disponemos ahora del tiempo necesario para leer algunos pasajes relativos a lo que habían llegado a hacer en el tiempo de Cristo. Os pido que les prestéis cuidadosa atención.

Dispongo de algunos de los capítulos del nuevo libro “Life of Christ”, de E.G. White, y en ellos se dedica mucha atención al tema que nos ha estado ocupando esta noche. Creo que será valioso, especialmente para todos nuestros pastores y obreros, y también para los demás, el que traigamos aquí estas declaraciones, de forma que podamos tenerlas juntas ante nosotros en el Bulletin y las podamos emplear en lo futuro.

 Así pues, las he traído y voy a leer pasajes de ellas, sin añadir comentario alguno por esta noche, si bien la predicación siguiente será la consecuencia lógica de dicha lectura, y todos esos puntos serán necesarios para nuestro estudio posterior. Dado que “Life of Christ” no está todavía impreso, sino que está aún en forma de manuscrito, es imposible daros referencia alguna.

“Los dirigentes judíos se abstuvieron de asociarse con ninguna otra clase, fuera de la suya propia. Se mantuvieron apartados, no sólo de los gentiles, sino de la mayoría de su pueblo, no procurando beneficiarlos ni ganar su amistad. Sus enseñanzas llevaron a los judíos de todas las clases a separarse del resto del mundo, de una forma en que tendía a llenarlos de justicia propia, egoísmo e intolerancia. Ese fanatismo y riguroso aislamiento de los fariseos había mermado su influencia y había creado un prejuicio que el Salvador deseaba quitar a fin de que todos pudieran sentir la influencia de su misión. Tal fue el propósito de Jesús al asistir a aquella fiesta de bodas: comenzar la obra de derribar el exclusivismo de los dirigentes judíos y abrir el camino de la libre asociación con el pueblo común.

Los judíos habían caído de las antiguas enseñanzas de Jehová hasta el punto de sostener que serían justos a los ojos de Dios y recibirían el cumplimiento de sus promesas si observaban estrictamente la letra de la ley que les había sido dada mediante Moisés. El celo con el que seguían las enseñanzas de los ancianos les confería una apariencia de gran piedad. No contentos con la realización de esos servicios que Dios había especificado para ellos mediante Moisés, se esforzaban por idear obligaciones estrictas y difíciles. Medían su santidad según el número y multitud de sus ceremonias, mientras que sus corazones estaban llenos de hipocresía, orgullo y avaricia. Mientras que profesaban ser la única nación justa de la tierra, la maldición de Dios pesaba sobre ellos debido a sus iniquidades.

Habían acogido interpretaciones profanas y confusas acerca de la ley que les había dado Moisés; habían añadido una tradición a la otra; habían restringido la libertad de pensamiento y acción hasta que los mandamientos, ordenanzas y servicios de Dios se perdieron en una exhibición incesante de ritos y ceremonias sin sentido. Su religión era un yugo de servidumbre. Vivían en el continuo temor de resultar contaminados. La continua ocupación en esos temas había empequeñecido sus mentes y estrechado el campo de acción de sus vidas”.

Pregunto: ¿Cuál fue la raíz de todo lo anterior? –El yo; el egoísmo todo el tiempo.

“Jesús inició la obra de reforma poniéndose en estrecha simpatía con la humanidad. Él era judío, y era su propósito vivir el perfecto ejemplo de quien es judío en lo interior. Si bien demostró la mayor reverencia hacia la ley de Dios y enseñó la obediencia a sus preceptos, reprendió a los fariseos por su piedad pretendida, y luchó por liberar al pueblo de las estipulaciones carentes de sentido que los ataban.

Jesús reprendió la intemperancia, la indulgencia del yo y la insensatez; sin embargo su naturaleza fue social. Aceptó las invitaciones para ir a comer con los nobles e instruidos, tanto como con los pobres y afligidos. En tales ocasiones su conversación fue elevada e instructiva. No dio licencia a escenarios de disipación y desenfreno, sin embargo se complacía en la alegría inocente. El casamiento entre los judíos era una ocasión solemne e impresionante, cuya alegría no desagradaba al Hijo del hombre. El milagro realizado en la fiesta tenía por expreso propósito derribar los prejuicios de los judíos. De él aprendieron los discípulos de Jesús una lección de simpatía y de humildad”.

En otro capítulo dedicado a la visita que Nicodemo hizo a Jesús, encontramos lo siguiente:

“Durante todo ese tiempo los israelitas habían llegado a ver el sistema de los sacrificios como poseyendo en sí mismo virtud para hacer expiación por el pecado. De esa forma perdieron de vista a Jesús, que es a quien señalaban. Dios quería enseñarles que todos sus servicios eran tan carentes de valor en ellos mismos como lo era la serpiente ardiente; pero lo mismo que ella, tenían el propósito de llevar sus mentes a Cristo, la gran ofrenda por el pecado”.

A propósito de la mujer junto al pozo de Samaria:

“Pecaminosa como era, esa mujer estaba en una posición más favorable para venir a ser hecha heredera del reino de Cristo, que los judíos que hacían una gran profesión de piedad, mientras que confiaban su salvación a la observancia de formas y ceremonias exteriores. No se sentían en necesidad de Salvador ni de instructor, pero esta pobre mujer anhelaba ser librada de la carga del pecado...

Jesús era judío, sin embargo se mezclaba libremente entre los samaritanos, dejando a un lado las costumbres y fanatismo de su nación. Había comenzado ya a derribar la pared intermedia de separación entre los judíos y los gentiles, y a predicar la salvación al mundo. En el comienzo mismo de su ministerio reprendió abiertamente la moralidad superficial y la piedad ostentosa de los judíos...

En el templo de Jerusalén había una pared intermedia que separaba el patio exterior del recinto del templo propiamente dicho. A los gentiles se les permitía acceder al patio exterior, pero sólo los judíos estaban legitimados para entrar en el interior del recinto. Si un gentil hubiera atravesado esa frontera sagrada, el templo habría resultado contaminado, y habría debido pagar con su vida por aquella contaminación. Pero Jesús, quien era virtualmente el origen y fundamento del templo, atrajo a los gentiles hacia sí mediante vínculos humanos de simpatía y asociación, mientras que su divina gracia y poder les traía la salvación que los judíos rehusaban aceptar.

La estancia de Jesús en Samaria no tenía como único fin el dar luz a las almas que tan ansiosamente escuchaban sus palabras. Tenía también el propósito de instruir a sus discípulos. Por sincera que fuese su devoción hacia Cristo, permanecían aún bajo la influencia de su instrucción precedente: la del fanatismo y estrechez de los judíos. Su sentir era que, a fin de demostrar lealtad a su nación, debían albergar enemistad contra los samaritanos”.

¿Veis la relación entre las dos citas precedentes? En su conversación con la mujer samaritana Jesús había comenzado a derribar la pared de separación entre los judíos y las otras naciones; pero los discípulos se creían en la obligación de albergar “enemistad” hacia ellas. ¿Habéis observado que cuando Jesús quiso derribar esa pared de separación, lo hizo aboliendo la enemistad?

“Les extrañaba sobremanera la conducta de Jesús, que estaba derribando el muro de separación entre judíos y samaritanos, y dejando abiertamente de lado la enseñanza de los escribas y fariseos.

Los discípulos no pudieron negarse a seguir el ejemplo de su Maestro, si bien sus sentimientos protestaban a cada instante. El impulsivo Pedro, y hasta el amante Juan, a duras penas lograban someterse a ese nuevo orden de cosas. Les costaba aceptar el pensamiento de tener que efectuar labores a favor de una clase como la de aquellos samaritanos.

Durante los dos días en que compartieron el ministerio del Señor en Samaria, su fidelidad a Cristo mantuvo los prejuicios bajo control. No habían fallado en mostrar reverencia hacia él, pero su corazón no estaba reconciliado; sin embargo había una lección que les era esencial aprender. Como discípulos y embajadores de Cristo, sus antiguos sentimientos de orgullo, desdén y aborrecimiento debían dejar paso al amor, piedad y simpatía. Sus corazones debían estar abiertos ante todos los que, como ellos mismos, estaban en necesidad de amor y de amable y paciente instrucción...

Jesús no vino al mundo a rebajar la dignidad de la ley, sino a exaltarla. Los judíos la habían pervertido mediante sus prejuicios y falsas interpretaciones. Sus absurdas exigencias y requerimientos habían llegado a convertirse en proverbios en boca de habitantes de otras naciones. El sábado había sido especialmente acotado por toda clase de restricciones carentes de sentido. Era imposible considerarlo como delicia, santo, glorioso de Jehová. Los escribas y fariseos habían convertido su observancia en un yugo de servidumbre. Un judío no podía encender fuego en sábado, ni siquiera podía prender un candil en ese día. Tan estrecha era su visión que se habían convertido en esclavos de sus propias reglas inútiles. En consecuencia, dependían de los gentiles para muchas actividades que sus ordenanzas les prohibían realizar personalmente.

No tenían en cuenta que si esas tareas necesarias de la vida eran pecaminosas, quienes se servían de otros para realizarlas eran tan plenamente culpables como si las hubieran realizado ellos mismos. Creían que la salvación estaba confinada a los judíos, y que, dado que la condición de todos los demás era desesperada, era imposible mejorarla o empeorarla. Pero Dios no ha dado mandamiento alguno que no pueda ser guardado consistentemente por todos. Sus leyes no aprueban aplicaciones irrazonables ni restricciones egoístas…

La sencillez de su enseñanza atraía a multitudes que no se interesaban por las arengas carentes de vida de los rabinos. Siendo ellos mismos escépticos y amadores del mundo, hablaban de forma dubitativa cuando intentaban explicar la palabra de Dios, como si su enseñanza pudiera ser interpretada significando una cosa, o bien exactamente la opuesta… Tanto por sus palabras como por sus actos de misericordia y benevolencia, [Jesús] estaba quebrantando el poder opresivo de las viejas tradiciones y los mandamientos inventados por los hombres, y en lugar de ellos presentaba el amor de Dios en su plenitud inagotable…

El sábado, en lugar de ser la bendición para la cual había sido instituido, se había convertido en una maldición a causa de los requerimientos que los judíos le habían añadido. Jesús quería liberarlo de esos gravámenes…

Las Escrituras del Antiguo Testamento, que ellos profesaban creer, describían con llaneza cada detalle del ministerio de Cristo… Pero las mentes de los judíos se habían vuelto enanas y estrechas a causa de sus prejuicios injustos y de su fanatismo irrazonable…

Los dirigentes judíos estaban llenos de orgullo espiritual. Su deseo de glorificar el yo se ponía de manifiesto incluso en el servicio del santuario. Amaban las salutaciones ostentosas en las plazas y se complacían cuando labios humanos pronunciaban sus titulaciones. A medida que declinaba la auténtica piedad se iban haciendo más celosos de sus tradiciones y ceremonias”.

Leeremos una cita más:

“Estas admoniciones tuvieron su efecto, y al venir sobre ellos una tras otra calamidad y persecución de parte de sus enemigos paganos, los judíos se volvieron a la estricta observancia de todas las formas externas que la santa ley estipulaba. No satisfechos con ello, añadieron gravosas regulaciones a esas ceremonias. Su orgullo y fanatismo les llevaron a la interpretación más restrictiva posible de los requerimientos de Dios. Con el paso del tiempo se fueron gradualmente acantonando en las tradiciones y costumbres de sus antecesores hasta percibir los requerimientos que ellos mismos habían inventado como poseyendo toda la santidad de la ley original. Esa confianza en ellos mismos y en sus propios reglamentos, junto a sus prejuicios contra todas las demás naciones, les hicieron resistir el Espíritu de Dios que habría corregido sus errores, y de esa forma se separaron aún más de ellas.

En los días de Cristo, esas obligaciones y restricciones se habían hecho tan fatigosas que Jesús afirmó: ‘Atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres’ (Mat. 23:4). Su falsa concepción del deber y sus exhibiciones superficiales de piedad y bondad oscurecían los requerimientos positivos y reales de Dios. A su rígida ejecución de las ceremonias externas se asociaba la negligencia del servicio del corazón”.

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