General Conference Daily Bulletin, 1895
El mensaje del tercer ángel (nº 22)

A.T. Jones


Hoy comenzaremos en Efesios 1, versículos 18 al 21. Continuamos en el estudio de aquello que es nuestro en Cristo, allí donde él está. Constituye una parte de esa oración elevada "para que sepáis... cuál [es] la extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la acción de su fuerza poderosa. Esta fuerza operó en Cristo, resucitándolo de los muertos y sentándolo a su derecha en los lugares celestiales", o en la existencia celestial, como vimos en el capítulo 2, versículo 6. Y lo mismo encontramos en Filipenses 3:8-10:

"Estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por amor a él lo he perdido todo y lo tengo por basura, para ganar a Cristo y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que se basa en la Ley, sino la que se adquiere por la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios y se basa en la fe. Quiero conocerlo a él y el poder de su resurrección"

Se trata de aquello que el Señor quiere que conozcamos, como hemos leído en el texto: "para que sepáis... cuál [es] la extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la acción de su fuerza poderosa. Esta fuerza operó en Cristo, resucitándolo de los muertos". Y ahora dice Pablo: "Quiero conocerlo a él y el poder de su resurrección". Ved que no se trata simplemente del poder que habría de resucitar a Pablo de entre los muertos, una vez que hubiera muerto y descendido al sepulcro. No se trata de eso, sino del poder de la resurrección de Cristo ahora, mientras vivimos. Se trata del poder que en él nos es otorgado, el poder por el que somos crucificados con él, por el que somos muertos y enterrados con él, y también resucitados y sentados con él a la diestra de Dios en los cielos. Tal es el poder al que se refería el apóstol. Continuemos leyendo, y veréis como es así:

"Quiero conocerlo a él y el poder de su resurrección, y participar de sus padecimientos hasta llegar a ser semejante a él en su muerte, si es que de alguna manera logro llegar a la resurrección de los muertos"

Pablo quiere conocer el poder de la resurrección de Cristo, a fin de alcanzar él mismo la resurrección de entre los muertos. Aquel que no conoce en esta vida el poder de la resurrección de Cristo, no lo conocerá en ninguna vida venidera. Es cierto que resucitará de entre los muertos [Hech. 24:15], pero sin conocer el poder que lo resucitó, de forma que cualquiera que no esté familiarizado con el poder de la resurrección de Cristo antes de morir, no conocerá jamás el poder que tiene la resurrección de Cristo sobre dicha muerte.

Tenemos ahí esa inspirada plegaria al objeto de que conozcamos la sobreabundante grandeza de su poder para todo el que cree, de acuerdo con la operación de su poder prodigioso, que fue el que actuó en Cristo cuando resucitó de entre los muertos y lo sentó allí. En Cristo conocemos el poder que nos eleva juntamente con él a partir de la posición de muertos en delitos y pecados, para sentarnos con él en la existencia celestial. Leemos ahora Efesios 1:20 y 21:

"Esta fuerza operó en Cristo, resucitándolo de los muertos y sentándolo a su derecha en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad, poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no solo en este siglo, sino también en el venidero"

Ese poder de Dios que nos elevó en Cristo sobre todo principado, autoridad, poder y señorío de este mundo, es hoy el objeto de nuestro estudio. Hemos de comenzar por saber en qué consisten dichos principados y autoridades en este mundo. Antes de ello, no obstante, recordemos una vez más el hecho de que en Cristo encontramos -y hemos de conocer- ese poder que nos eleva en él y con él sobre todo principado y autoridad de este mundo. Hay una separación entre iglesia y estado; hay una separación del mundo; eso nos coloca en una posición en la que gozamos de una protección mucho mayor que la que pueden prestar los poderes de este mundo. Permanece ese hecho de fe.

Para saber más a propósito de esos poderes, leamos en el segundo capítulo:

"Él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia"

Hay un espíritu que obra en este mundo en los hijos de desobediencia, que es el espíritu de ese príncipe del poder del aire. Es de ese término, "príncipe", de donde deriva el concepto de "principado". En las formas monárquicas de gobierno hay principados, ducados, reinos e imperios. Se entiende por principado el territorio, jurisdicción o dominio de un príncipe; ducado el de un duque, reino el de un rey e imperio el de un emperador. El texto afirma que Cristo nos ha elevado por sobre todo principado y poder que hay en este mundo, o que sea de este mundo. Nos ha situado más allá del mando de ese espíritu que rige en los hijos de desobediencia.

Podemos, por lo tanto, sentirnos dichosos y agradecer al Señor por habernos elevado –en Cristo- por encima de ese príncipe, por encima de toda su jurisdicción y de todo su poder. Esa es la idea, puesto que en Cristo nos ha colocado por encima de todo principado, autoridad, poder y señorío existentes en este mundo.

Leamos ahora en Efesios 6:10 y siguientes:

"Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor y en su fuerza poderosa. Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo"

¿Contra quién ha de contender el cristiano en este mundo? En relación con los principados, potestades, dominios e imperios de este mundo, ¿contra quién ha de contender el cristiano? –Contra el diablo. "Para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo".

Por lo tanto, cuando el gobierno que sea se dispone en contra de un cristiano e interfiere con él persiguiéndolo, ¿está realmente el cristiano en lucha con ese gobierno? –No. Es contra el diablo con quien está en conflicto. Quisiera llamar vuestra atención a ese particular. Hemos de comprender que cuando los gobiernos, reinos, emperadores y administradores persiguen a los cristianos –cuando nos persiguen-, nada tenemos que hacer con ellos como tales. No estamos guerreando contra ellos. No estamos midiendo nuestras fuerzas contra ellos. Luchamos y guerreamos contra el diablo.

Esto recuerda un testimonio que nos llegó esta primavera, afirmando que los pastores debían mantener siempre ante las personas en todo tiempo y lugar, que las contiendas, luchas, conmociones y conflictos que afloran al exterior en este mundo, no proceden simplemente de este mundo -de las cosas que vemos- sino que son el resultado o manifestación exterior de los poderes espirituales invisibles; que todos esos elementos del mal que están en acción y que vemos venir tan prestamente, son simplemente las manifestaciones de ese poder, de ese espíritu que está detrás de ellas. Y los instrumentos que vemos esparcir por doquier el mensaje del Señor y llevar su obra adelante, demuestran igualmente ser las manifestaciones externas del Espíritu y poder de Dios, quien está detrás de ellas. Se nos dio palabra al efecto de que nosotros, los pastores, llamemos la atención de la gente al hecho de que todos esos conflictos, conmociones y contiendas entre el bien y el mal son en realidad el conflicto entre Cristo y Satanás –el conflicto de los siglos [ver ese Testimonio al principio del próximo tema, el 23].

¡Nos resulta tan fácil centrar la atención en personas, gobernantes y poderes, pensando que estamos contendiendo contra ellos! No; no tenemos lucha alguna contra los gobiernos. Nada hemos de hacer en contra de ellos, pues está escrito: "Sométase toda persona a las autoridades superiores" (Rom. 13:1). No debemos contender contra ninguna autoridad. Todo cristiano estará siempre en armonía con toda ley justa que un gobierno pueda establecer. No se preguntará a sí mismo en cuanto a qué ley se va a elaborar, en si será de una forma o de otra, con tal que el gobierno legisle dentro de la jurisdicción que le corresponde. No le preocupa la ley que se pueda proclamar, puesto que su vida cristiana, en el temor de Dios, jamás estará en conflicto con ley alguna que se establezca; con toda ley que "César" pueda promulgar en la jurisdicción que Dios le ha asignado.

Si "César" pasa de ese límite e invade la jurisdicción del reino de Dios, entonces toda ley que proclame estará en conflicto con el cristiano, dado que él camina en rectitud, y dicha ley es inicua. Pero no es que el cristiano haya cambiado su actitud: es el otro poder quien cambió. Por lo tanto, nuestras mentes no deben estar puestas en si luchamos o no contra el gobierno. Nada tenemos que ver con eso. Hemos de pensar en el hecho de que si el gobierno se aparta de la rectitud, entrando en un curso de acción que entre en conflicto con nosotros, no estamos para nada luchando contra él: nuestra lucha es siempre contra el diablo. Los gobiernos son sangre y carne; los hombres, los jueces, los legisladores, son sangre y carne, y

"No tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes" (Efe. 6:12)

Esas "regiones celestes" se refieren a los "lugares celestiales", o jurisdicción en la que sólo Jesucristo rige. Se trata de los mismos "lugares celestiales" a los que Dios nos ha elevado juntamente con él, habiéndonos establecido allí por sobre todo principado, potestad y dominio de esta tierra.

No tenemos, pues, lucha contra carne y sangre, sino contra el dios de este mundo, contra Satanás, quien gobierna en las tinieblas de este mundo.

Es contra el señor de este mundo contra quien luchamos; contra el príncipe de este mundo.

Sabemos, o al menos debiéramos saber, que no va a pasar mucho tiempo antes de que todo dominio de esta tierra pase a manos del señor de este mundo, quien reina en las tinieblas; y todos van a venir a formar parte de un solo ente que va a luchar contra la verdad de Dios y contra aquellos que la representan en este mundo. ¡Cuánto me gustaría que todos supieran en qué situación vamos a encontrarnos muy pronto! Quisiera que todo adventista del séptimo día conociera el hecho de que estamos a punto de que todos los reinos y dominios de la tierra, como tales, se dispongan en contra de la verdad de Dios. Pero si hubiera (no digo que los haya) aquellos que no sepan esto, en vista de la rapidez con que están desarrollándose los acontecimientos, no pasará mucho tiempo antes de que se vean obligados a reconocerlo.

Como ya he mencionado antes, los Estados Unidos se han tenido siempre ante el mundo como el estandarte de la libertad de los derechos y la libertad de conciencia. Y la pequeña nación de Suiza, esa pequeña república, ha venido siendo el lugar en donde la libertad ha sido más plena, en Europa. Pues bien, Estados Unidos y Suiza son ahora las dos naciones de entre toda la tierra que están obrando más eficazmente en contra del remanente y la simiente de la iglesia que guarda los mandamientos de Dios y tiene el testimonio de Jesucristo. Inglaterra se ha sumado activamente a los dos citados. Cuando esos países, que han sido en el mundo como un ejemplo, en lo relativo a los derechos humanos y a la libertad de conciencia, se dispongan en contra de Dios y de su verdad, ¿no es acaso el tiempo de que nos demos cuenta de que todo el mundo se está poniendo bajo el mando de Satanás, presto a ser arrastrado en contra de la verdad de Dios y del poder de Jesucristo?

A la vista de todo lo anterior, es un hecho que en Cristo estamos seguros, pues en él obra ese poder que nos resucita de entre los muertos juntamente con él, y que nos ha hecho sentar a la diestra de Dios en la existencia celestial, muy por encima de cualquier potestad, dominio y principado que haya en esta tierra, y que esté en las manos de Satanás. Y ahora, cuando hemos de hacer frente a ese conflicto, ¿no es maravilloso que el Señor venga con su bendita verdad brillando ante nosotros, elevándonos hasta el lugar en donde él está sentado, de forma que podamos saber que estamos en todo momento por encima de esas cosas terrenas, triunfando sobre ellas?

Estudiemos estas cosas en mayor profundidad. Lo anterior se refería a los principados. Pero hemos leído que nos ha puesto por sobre todo principado y poder.

El original griego emplea una palabra para "poder" que podréis comprobar idiomáticamente que se refiere a un poder o autoridad ejercidos en contra del derecho. La traducción literal es "autoridad". Es cierto que hay acepciones secundarias, aparte de su significado absoluto. En un empleo más libre del término, el carácter de ese poder viene determinado por el contexto en el que se ejerce. Por ejemplo, referido al poder de Cristo y la autoridad del Señor, tendría una connotación legítima y apropiada, pues a él pertenece en todo derecho el poder y la autoridad. Pero si se refiere a los poderes de este mundo, adquiere necesariamente la connotación mundana y el espíritu que en él rige, retornando a su significado absoluto, que es el ejercicio del poder o autoridad en contra del derecho.

¿Dónde comenzó en el universo la asunción de poder o autoridad en contra del derecho? Se originó con la rebelión de Lucifer, en su exaltación de sí mismo. Satanás trajo ese poder a nuestro mundo y lo introdujo aquí mediante el engaño, al tomar posesión de este mundo. Por lo tanto, el término es usado con total propiedad para mostrar que cuando Dios nos elevó en Cristo por encima de todo principado y poder en este mundo, lo hizo precisamente por encima de ese poder que ejerce su autoridad en contra del derecho, y que no es otro que el poder de Satanás, de la forma en que obra en este mundo.

Eso no hace sino enfatizar el punto que acabamos de mencionar: que nuestro conflicto es en realidad el que se ha venido dando desde el principio entre los dos poderes espirituales: entre los poderes legítimos y los ilegítimos, entre el poder del derecho contra la fuerza y el de la fuerza contra el derecho. Jesucristo nos trajo el conocimiento del poder del derecho contra la fuerza, que es el poder del amor. Nosotros abandonamos el dominio y poder de la fuerza en contra del derecho, y nos hemos alistado con el poder del derecho contra la fuerza, que es el poder del amor. El conflicto tiene ahora lugar entre esos dos poderes, y nos concierne a nosotros. Se trata siempre de una lucha entre esos dos poderes espirituales. Sean cuales sean los instrumentos que utilice este mundo como manifestación externa de ese poder, la contienda tiene siempre lugar entre esos dos poderes espirituales: Jesucristo, y el príncipe caído.

Avancemos algo más en el tema y veamos dónde está nuestra victoria, y la forma en que el Señor nos ha traído esa victoria sobre los poderes ilegítimos, o poder de la fuerza en contra del derecho. Leamos en Colosenses 2, a partir del versículo 9:

"En Cristo habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad. Y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad. En él también fuisteis circuncidados con una circuncisión hecha sin mano, al despojaros del cuerpo de los pecados, mediante la circuncisión hecha por Cristo. Sepultados con él en el bautismo, fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios, que lo levantó de los muertos. A vosotros, que estabais muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida con Cristo, y perdonó todos vuestros pecados"

Os dio vida juntamente con Cristo. Es lo que leímos en el segundo capítulo de Efesios el otro día: que nos ha dado vida, nos ha resucitado y hecho sentar allí donde él está. Pero ahora nos llega la clave de cómo nos fue otorgada esa victoria en él. "Despojó a los principados y potestades, los exhibió en público, y triunfó sobre ellos en la cruz" (Col. 2:15). La palabra griega traducida como "potestades" es esa que ya hemos analizado anteriormente, y que hace referencia al poder de la fuerza en contra del derecho. Acude a la mente aquella parábola que Jesús presentó: "Mientras el hombre fuerte y armado guarda su palacio, en paz está lo que posee. Pero cuando viene otro más fuerte que él y lo vence, le quita todas las armas en que confiaba y reparte el botín" (Luc. 11:21 y 22). Satanás es quien originó la autoridad de la fuerza en contra del derecho. Mediante el engaño se apoderó del dominio de este mundo, viniendo a ser su poder controlador, es decir, vino a ser la cabeza de aquel que era la cabeza de este mundo. Y habiendo puesto bajo su control a Adán y a su domino, se erigió él mismo en cabeza de este mundo, y de toda principalidad y poder que hay en el mundo.

Pero a este mundo vino alguien más poderoso que él. Sabemos que es más poderoso, porque que peleó y ganó la batalla. Llegó el segundo Adán, no de la forma en que vino el primero, sino de la condición en que el primer Adán había hecho que fueran sus descendientes en el momento de llegar el segundo Adán. El segundo Adán vino en el punto de degeneración de la raza a la que ésta había llegado como consecuencia de la caída del primer Adán. El segundo Adán vino así, y disputó el dominio a aquel que había tomado posesión. Entre ellos dos ha venido teniendo lugar la contienda en esta tierra. Se trataba de ver si el botín sería repartido, o bien si debía quedar íntegramente en las manos de aquel que lo había arrebatado mediante la fuerza en contra del derecho. El que vino a este dominio rebelde, demostró ser más poderoso que el que había tomado posesión, venciéndolo a cada paso mientras vivió aquí. Entonces, a fin de mostrar a todo el universo cuánto más poderoso es que su enemigo, Jesús no sólo venció a Satanás a cada paso mientras vivió aquí, sino que después se puso, una vez muerto, en las manos del poder de aquel otro que había usurpado la posesión. Éste se apresuró a encerrarlo en su prisión-fortaleza. Pero Jesús, aun estando muerto, saqueó el poder de Satanás. Ha demostrado así, no sólo que es más poderoso que Satanás cuando está vivo, sino que aun estando muerto es más poderoso que Satanás. Se levantó de la tumba, y proclamó ante el universo: "Yo soy el primero y el último, el que vive. Estuve muerto, pero vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades" (Apoc. 1:17 y 18). ¡El Señor vive hoy! ¡Alabado sea su nombre!

Bien, teniendo presente que cuando Cristo estuvo muerto fue más poderoso que todo el poder del diablo, ¿qué no será capaz de hacer el Cristo viviente, el que está ahora sentado a la diestra de Dios? ¿Qué motivo podríamos tener para el desánimo? ¿Os parece que deberíamos estar temerosos, aun en presencia de todos los principados, poderes y dominios que el diablo pueda convocar en esta tierra? -No ciertamente, pues Aquel que está ahora vivo con nosotros, cuando estuvo muerto fue más poderoso que Satanás con todo su poder. Pero Cristo vive por los siglos de los siglos; nosotros vivimos en él, y todo su poder está dispuesto en favor nuestro, todo su poder viviente. Bastaría con su poder estando muerto, pero no se detiene ahí, se trata de su poder viviente. Cobrad ánimo, alegraos y sed en él vencedores.

Jesús irrumpió en el dominio del enemigo y descendió finalmente hasta la propia sede de la fortaleza, y hasta la fortaleza de la sede de ese poder ilegítimo, el de aquel que ejerce la fuerza en contra del derecho en este mundo. El que es más poderoso que él, entró y tomó posesión, teniendo las llaves entonces y ahora. ¡Gracias sean dadas al Señor! Por lo tanto, si ese poder ilegítimo nos llevara a algunos de nosotros a esa misma prisión-fortaleza, a ese cautiverio, no hay ningún problema; no podrá retenernos allí, pues nuestro Amigo posee las llaves. Cuando él quiera hacernos regresar, dará vuelta a la llave, la puerta se abrirá de par en par, y saldremos felizmente. Para mostrar cuán completamente había tomado posesión de las llaves, cuando Cristo ascendió, las llevó consigo, siendo su segura y eterna posesión. Es por eso que declara:

"A cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo. Por lo cual dice: ‘Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres’" (Efe. 4:7 y 8).

Despojó a los principados y potestades. Cuando ascendió llevó consigo una multitud de cautivos que habían estado en ese dominio de la muerte y de Satanás. En referencia al tiempo de la crucifixión de Cristo, leemos en Mateo 27:51-53:

"La tierra tembló, las rocas se partieron, los sepulcros se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; y después que él resucitó, salieron de los sepulcros"

En la crucifixión de Cristo, los sepulcros se abrieron. ¿Cuándo salieron de ellos? –Después de la resurrección de Jesús. Ciertamente, cuando ascendió repartió "el botín". Llevó una multitud de cautivos, y al ascender a lo alto ellos también ascendieron, de forma que aquella comitiva de cautivos fue rescatada del territorio del enemigo. Tal es la escena que aquí se invoca, habiendo despojado a los principados y potestades, exponiéndolos públicamente y haciendo patente su triunfo. El término "triunfo", en Col. 2:15, se refiere al triunfo tal como lo entendían los romanos. Se reconocía ese triunfo al general que había incursionado en un país enemigo, lo había combatido, había tomado el botín y también cautivos de aquel territorio, exhibiéndolos a su regreso. En el caso de haber ciudadanos romanos cautivos en el país enemigo, los liberaba y traía de regreso a casa. Y una vez que la victoria era completa y había retornado, el senado le reconocía el triunfo sentándolo en un magnífico carro tirado por entre seis y ocho de los mejores caballos, todos de un mismo color. Llevando tras de sí el botín y los cautivos, se paseaba de una parte a otra de la ciudad, exhibiéndolos por las calles de Roma y recibiendo de la gente los honores propios de un gladiador triunfante.

Jesucristo, nuestro Conquistador, el que venció en nuestro favor, vino a esta tierra del enemigo y peleó nuestras batallas. Nosotros estábamos prisioneros bajo ese poder ilegítimo; nuestro Amigo vino aquí, nuestro General disputó nuestras luchas, llegó hasta la ciudadela del enemigo, demolió su fortaleza dejándola abierta de par en par, tomó las llaves y el botín, liberó a los cautivos y los condujo triunfante a lo alto, a su gloriosa ciudad. "Gracias a Dios, que nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús" (2 Cor. 2:14). En él somos triunfadores de ese poder ilegítimo, ejercido como fuerza en contra del derecho. Y en ese triunfo sobre Satanás queda manifiesto ante el universo expectante el poder del derecho sobre la fuerza.

Observad bien: el poder del derecho contra la fuerza no puede nunca recurrir a dicha fuerza. ¿Podéis ver ahí el principio de la no-resistencia por parte del cristiano, que es el propio espíritu de Jesucristo? ¿Podía Jesús recurrir a la fuerza, para demostrar el poder del derecho contra la fuerza? –No.

Para mantener el poder de la fuerza contra el derecho, es necesario que dicha fuerza se ejerza en toda oportunidad, puesto que es su único recurso para vencer. El derecho recibe, en el mejor de los casos, una consideración secundaria.

En contraste, el poder del derecho contra la fuerza radica en el derecho, y no en la fuerza. El poder está en el propio derecho. Aquel que se alista con el poder del derecho en contra de la fuerza, no puede evocar ninguna clase de fuerza. No puede recurrir a la fuerza para defender el derecho. Al contrario, en su lucha contra el poder de la fuerza que pueda ejercerse en su contra, dependerá del poder del derecho mismo. Ahí se encuentra la clave.

Lo anterior explica por qué el comportamiento de Cristo fue como el de un cordero, en presencia de esos poderes y de esa fuerza ejercidos contra él. De modo alguno tenía que hacerles frente mediante la fuerza. Cuando Pedro desenvainó la espada y la empleó en su defensa, Jesús le dijo: "Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomaren espada, a espada perecerán" (Mat. 26:52).

Una vez comprendemos eso, todas las cosas se aclararán en cuanto a la conducta que debemos observar aquí, allí y en cualquier lugar. Estamos comprometidos fielmente con el poder del derecho en contra de la fuerza, que es el poder del amor. Jesucristo murió como un malhechor, fue vilipendiado, fue zarandeado, se lo insultó y fue objeto de burla, se le escupió en el rostro y se le colocó una corona de espinas, acumulando sobre él cuanto encontraron de ofensivo y despectivo, y murió bajo esa dolorosa carga, fiel al poder del derecho en contra de la fuerza. Y ese poder en fidelidad al cual murió Cristo, ha revolucionado desde entonces al mundo, y lo tiene que revolucionar en nuestros días como nunca antes lo hiciera. Tan pronto como Dios pueda tener un pueblo comprometido de corazón con ese principio, que esté dispuesto a no apoyarse en ninguna cosa que no sea el principio absoluto del derecho y el sólo poder de éste -que es el santo y seña con el que estamos comprometidos-, veremos, y todo el mundo verá, a ese poder obrando como nunca antes lo hiciera.

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