General Conference Daily Bulletin, 1895
El mensaje del tercer ángel (nº 21)

A.T. Jones


Seguimos con el estudio de aquello que es nuestro en Cristo. No debemos olvidar que el Señor nos ha resucitado, y que en Cristo nos ha hecho sentar a su diestra en la existencia celestial. Gracias a Dios por morar allí, en su glorioso reino. Continuamos estudiando lo que tenemos en él, allí donde él está, y cuáles son los privilegios y bendiciones que en él nos pertenecen.

Esta tarde comenzamos el estudio en Efesios 2:11, 12 y 19:

"Por tanto, acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne, erais llamados incircuncisión por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne. En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo.

Por eso, ya no sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios"

Se nos ha cambiado radicalmente de lugar y condición. Me alegra que así sea. Todo se realiza en Cristo. Ese cambio en nosotros, tiene lugar en Cristo, puesto que "él es nuestra paz" (Efe. 2:14).

"Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Él es nuestra paz, que de ambos [Dios y nosotros] hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades... para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz... porque por medio de él los unos y los otros [vosotros que estabais lejos y los que estáis cerca] tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre. Por eso [porque en él tenemos acceso al Padre], ya no sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios".

En Cristo no somos ya más extranjeros ni forasteros, ni siquiera somos huéspedes; nuestra relación es más próxima que esa.

Leemos de nuevo Efesios 2:19:

"ya no sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios"

Un huésped visitante no pertenece a la familia; es bienvenido, pero viene y se va. En contraste, el que pertenece a la familia viene y se queda. No viene como huésped visitante, sino como el que pertenece a la casa o familia.

Hasta aquí el texto presenta el contraste entre lo que fuimos y lo que somos; pero hay otros pasajes que nos acercan todavía más. En Gálatas 4, comenzando con el versículo 1, podéis ver la diferencia:

"Entre tanto que el heredero es niño, en nada difiere del esclavo, aunque es señor de todo, sino que está bajo tutores y administradores hasta el tiempo señalado por el padre. Así también nosotros, cuando éramos niños estábamos en esclavitud bajo los rudimentos del mundo. Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiéramos la adopción de hijos. Y por cuanto sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ‘¡Abba, Padre!’ Así que ya no eres esclavo"

No estamos en la casa como esclavos. Somos siervos de Dios, eso es cierto, y rendimos servicio al Señor. Pero lo que ahora estamos considerando es nuestra relación con Dios, y el lugar que nos asigna en la familia.

El Señor nos concede una relación consigo mismo más cercana que la de un siervo en una casa. No estamos en la familia celestial como siervos, sino como hijos.

"Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo". La noción que aquí se nos da es la de hijo, incluso la de hijo único. Todas las propiedades incluidas en la herencia pasarán de los padres a él de forma natural; ahora bien, siendo todavía niño, está sujeto a tutores y administradores, y se lo guía y educa de acuerdo con la voluntad del padre hasta haber alcanzado una edad en la que éste lo llame a una relación más íntima con él en los asuntos de la familia, y en los negocios y asuntos de estado. Mientras que el heredero permanece en su niñez, nada sabe de los asuntos y negocios del estado. Tiene otras cosas que aprender, antes de ser llevado a esa relación más próxima con su padre; pero una vez que ha recibido la preparación que su padre dispuso, y una vez que ha alcanzado la edad adecuada, el propio padre lo trae a una relación más próxima consigo mismo, comunicándole todo lo relativo a sus negocios. Puede hacerlo participante en el negocio, permitiéndole que administre junto a él mismo.

Consideremos ahora Juan 15:13-15. Es Cristo quien habla: "Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamaré siervos". "El esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre" (Juan 8:35). Existe una buena razón por la que Jesús ya no nos llama siervos: hemos de morar en su casa por siempre. Pertenecemos a ella; allí está nuestro lugar. "Ya no os llamaré siervos", ‘os llamo hijos, pues el hijo permanece en la casa para siempre. Anteriormente fuimos extranjeros y forasteros. Nos hizo más cercanos que a un huésped, y mucho más que a un extranjero. Y nos hizo más cercanos incluso que a un siervo, quien puede esperar permanecer en la casa por tanto tiempo como viva. Nos hizo aún más cercanos que al niño heredero que espera hasta alcanzar la edad viril. Nos acerca mucho más, hasta la categoría de amigos e hijos en edad de posesión, trayéndonos a los concilios que él mismo preside como dueño y cabeza de toda la propiedad.

Leamos el resto del versículo: "Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos". No nos llama siervos, pues un siervo ignora lo que hace su amo. Nos llama amigos, pues no nos excluye de nada. Jesús dice: ‘No os llamo siervos, puesto que un siervo no sabe lo que hace su amo; os llamo de otra forma: os llamo amigos’. ¿Por qué? "Porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer".

Veis, pues, cuál es su propósito al traernos hasta los propios concilios de su casa. No tiene secretos hacia nosotros. No es su propósito el ocultarnos nada. Ahora bien, eso no significa que vaya a hacérnoslo saber todo en un solo día. No puede hace eso, pues carecemos de la capacidad para asimilarlo en tales condiciones, pero permanece su afirmación de habernos manifestado todas las cosas que oyó de su Padre. Nos da la bienvenida al conocimiento de todas ellas, pero nos concede tiempo para que podamos recibir su verdad. ¿Cuánto tiempo? –La eternidad, una vida eterna. Le respondemos: ‘Adelante, Señor; tómate el tiempo que dispongas. Haznos saber tu voluntad; estamos deseosos de aprender de ti’.

Volvamos ahora a Efesios. Leamos en el capítulo 1, versículos 3 al 9:

"Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de él. Por su amor, nos predestinó para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado. En él tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia. Él nos dio a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo".

"Nos dio a conocer el misterio de su voluntad". "Misterio" tiene el significado de algo oculto, encubierto o secreto. Pero queremos profundizar y descubrir de qué secreto se trata. José de Arimatea era discípulo del Señor, pero lo era secretamente –por temor a los judíos-. Toda familia posee sus secretos. Pertenecen exclusivamente a aquel hogar. El extraño no tiene acceso a ellos. El visitante puede ir y venir, pero no le es dado acceder al conocimiento de tales intimidades. Son esos secretos entre esposo, esposa e hijos; aquello que los concierne de forma particular, y que está contenido dentro de ese sagrado círculo. Pues bien, Jesús nos ha traído a su hogar y nos ha hecho conocer los secretos de su voluntad, las intimidades de su hogar celestial. El Señor nos lleva a una relación tan íntima como para compartir con nosotros los secretos de familia. Ni siquiera de eso nos excluye.

Hay otro versículo que podemos leer. Observad: Hay asuntos en esa divina familia, hay secretos, que vienen desde muy antiguo, desde mucho antes que ingresáramos en la familia. Éramos extraños a esa familia, no teniendo relación alguna con ella. Pero el Señor nos llamó, y vinimos; y ahora nos ha adoptado en la familia, trayéndonos a esa estrecha relación consigo en la que se propone hacernos participantes de todos los secretos de la familia. A fin de poder realizarlo, como ya vimos anteriormente, necesitamos mucho tiempo de permanencia allí, y él necesita mucho tiempo debido a nuestra limitada capacidad, en contraste con su gran riqueza.

Más aún: necesitamos que nos lo haga saber uno que esté perfectamente familiarizado con todos los asuntos de familia desde el principio. ¿Hay alguien en la familia que conozca plenamente todos los asuntos internos desde el principio, y que esté en disposición de hacérnoslos saber? Leamos en Proverbios 8, desde el versículo 22:

"Jehová me poseía en el principio, ya de antiguo, antes de sus obras. Eternamente tuve la primacía, desde el principio, antes de la tierra. Fui engendrada antes que los abismos, antes que existieran las fuentes de las muchas aguas. Antes que los montes fueran formados, antes que los collados, ya había sido yo engendrada, cuando él aún no había hecho la tierra, ni los campos, ni el principio del polvo del mundo. Cuando formaba los cielos, allí estaba yo; cuando trazaba el círculo sobre la faz del abismo, cuando afirmaba los cielos arriba, cuando afirmaba las fuentes del abismo, cuando fijaba los límites del mar para que las aguas no transgredieran su mandato, cuando establecía los fundamentos de la tierra, con él estaba yo ordenándolo todo"

Pues bien, ese es el mismo que os ha dicho a vosotros y a mí: ‘No os llamo siervos, sino amigos; ya que el siervo no sabe lo que hace su Señor, y yo os he dado a conocer todas las cosas que el Padre me hizo conocer’. Y se trata de Aquel que estuvo junto a él desde los días de la eternidad. Nos dice ahora: ‘Os llamo amigos, puesto que os he manifestado todo lo que el Padre me mostró’. No es solamente que nos conceda el tiempo necesario para hacernos saber esas cosas, y no es sólo que él se tome el tiempo para que pueda ser así; además, es él quien está perfectamente calificado para comunicarlas a nosotros, por haber estado allí desde el principio. Conoce todos esos asuntos, y afirma que no quiere retener nada de nuestro conocimiento. Hermanos, eso significa que tiene una gran confianza en nosotros. Os voy a leer algo que me llegó desde Australia en el último correo, y sin duda reconoceréis a qué pluma corresponde:

"El ser humano no sólo es perdonado por el sacrificio expiatorio, sino que mediante la fe es acepto en el Amado. Regresando a su lealtad a Dios, cuya ley transgredió, no es meramente tolerado, sino honrado como un hijo de Dios y miembro de la familia celestial. Es heredero de Dios, y coheredero con Jesucristo"

Pero ¡nos resulta tan natural el pensar que simplemente nos tolera, cuando creemos en Jesús! Nos parece como si forzándose a sí mismo pudiera llegar a soportar nuestros caminos un poco más de tiempo, en la esperanza de que mejoremos hasta el punto de poder agradarle, permitiendo así que confíe en nosotros. Nos resulta muy fácil pensar de esa manera. Y Satanás está más que dispuesto a procurar que esa sea nuestra mentalidad.

Pero el Señor no quiere que vacilemos en la duda acerca de nuestra posición ante él. De ninguna forma. Nos dice: ‘Siendo que habéis creído en mí y que me habéis aceptado, sois aceptos en mí. No es mi propósito simplemente el toleraros, o sufriros. No. Confiaré en vosotros como en verdaderos amigos, haciéndoos entrar en los concilios de mi voluntad y dándoos participación en todo lo relativo a la herencia. Nada hay que me vaya a ocultar de vuestro conocimiento’. Eso es confianza.

He oído a algunos expresar cuán agradecidos están por la confianza que tienen en el Señor. Nada tengo que objetar a ello, pero el que yo tenga confianza en un ser como el Señor no tiene nada de meritorio, ni me hace digno de alabanza alguna. No hay nada de qué jactarse, teniendo en cuenta quién soy yo y quién es él. Pero en contraste, ¡es absolutamente admirable que el Señor ponga en mí su confianza! ¡Eso sí que es maravilloso! A la vista de lo que él es y de lo que fui yo, el que él me enaltezca y me haga saber claramente lo que se propone hacer conmigo, cuán estrechamente me trae hasta sí y cuánta confianza pone en mí, eso sí que es extraordinario. Se lo vea de la forma que sea, el hecho de que Dios confíe en mí es algo grandioso, algo que me hace estarle infinita y continuamente agradecido. Ya es maravilloso que el Señor deposite en nosotros su confianza en el grado que sea, pero lo cierto es que lo hace de forma ilimitada.

A partir de los textos comentados podéis ver que no hay límite a la confianza que él pone en nosotros. ¿Cuál es el límite de la confianza que un hombre pone en un amigo a quien trae a su casa, convirtiéndolo en uno de la familia y haciéndolo participante de los secretos de esa familia? Observaréis que el que alguien sea bienvenido y se le de libre acceso a los secretos de familia constituye el grado mayor de confianza y amistad posibles hacia un ser humano. Es la demostración de que la confianza en él depositada es ilimitada. Bien; pues esa es precisamente la forma en que el Señor trata a quien cree en Jesús.

La persona puede traicionar esa sagrada confianza, pero eso no altera el hecho de que se confió en ella de forma ilimitada. Así pues, podemos fallar en apreciar la confianza que Dios ha puesto en nosotros. El hombre puede ciertamente traicionar esa sagrada confianza; pero el punto a destacar es que Dios no pregunta si vamos o no a proceder así. No nos trata con sospecha y desconfianza; no es simplemente que nos tolere. No. Dice: "Venid a mí". ‘Eres acepto en el Amado. Confío en ti. Ven, seamos amigos. Ven a casa; es tu casa. Siéntate a la mesa y come en ella. A partir de ahora eres uno de la familia, en igualdad con los que siempre estuvieron aquí’. No te va a tratar como a un siervo, sino como a un rey, haciéndote saber todo lo que hay por saber.

Hermanos, ¿no despertará eso nuestra gratitud y amistad hacia el Señor? ¿No vamos a tratarlo a él en correspondencia? ¿No permitiremos que esa confianza que pone en nosotros nos subyugue y nos haga rendir a él, haciendo que nuestro comportamiento honre esa confianza? De hecho, nada tiene mayor poder de atracción en el ser humano, que la demostración de que se confía en él. La sospecha tiene el efecto contrario.

"Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre os las he dado a conocer" (Juan 15:14 y 15)

Leemos ahora en Juan 16:12: "Aún tengo muchas cosas que deciros". ¿A quién? No volvamos a dirigir esas palabras de nuevo a aquellos discípulos. Se refieren a vosotros y a mí, aquí y ahora. ¿Acaso no nos ha resucitado de entre los muertos? ¿No nos ha vivificado juntamente con Jesucristo? ¿No nos ha hecho sentar "con él" a su diestra, en los lugares celestiales? "Aún tengo muchas cosas que deciros..." ¿Quién tiene muchas cosas aún que decirnos? –Jesús. "...pero ahora no las podéis sobrellevar". Muy bien. La eternidad me dará la ocasión para crecer en comprensión y entendimiento, de manera que pueda sobrellevarlas entonces. No debemos precipitarnos.

"Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad". Eso es debido a que "no hablará por su propia cuenta" (vers. 13). Es decir: no hablará de sí mismo. No se trata de que no vaya a hablar sobre sí mismo. No es esa la idea, si bien también es cierto que no hablará acerca de él mismo. Lo que el versículo dice es que no hablará por él mismo. No lo hará, como no lo hizo cuando vino al mundo. Jesús dijo: "Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre, que vive en mí, él hace las obras" (Juan 14:10). "Yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre, que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir y de lo que he de hablar" (12:49). Y de igual forma en que Jesús no habló por sí mismo, sino que habló lo que oyó del Padre, el Espíritu Santo tampoco habla por sí mismo, sino que habla aquello que oye.

"No hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga y os hará saber las cosas que habrán de venir"

Bien. Somos de la familia celestial. Jesús es quien ha estado en la familia desde el principio, y hemos sido puestos a su cuidado. Es él quien va a decirnos todas esas cosas. Está escrito [de los 144.000] que "siguen al Cordero por dondequiera que va". Es porque él tiene algo que explicarnos, algo que mostrarnos. Nos envía el Espíritu Santo como su representante, trayéndonos con él su propia presencia personal a fin de poder revelarnos esas cosas, a fin de comunicarnos lo que tiene que decirnos.

"Os hará saber las cosas que han de venir. Él me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo hará saber" (Juan 16:13 y 14)

¿Cuál es, pues, la función del Espíritu Santo? –Recibir esas cosas de la familia celestial, y mostrárnoslas a nosotros. Seguimos leyendo:

"Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío y os lo hará saber"

¿Cuál es la razón por la que Jesús dice que tomaría de lo suyo y nos lo haría saber? Porque "Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío y os lo hará saber" (Juan 16:15). ¿Cuántas cosas hay que el Espíritu Santo nos tenga que hacer saber? ¡Todas! "Todo lo que tiene..." ¿Quién? "Todo lo que tiene el Padre". No hay nada que vaya a retener.

Leamos ahora 1 Cor. 2:9-12:

"Como está escrito: ‘Cosas que ojo no vio ni oído oyó ni han subido al corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman’"

Somos herederos de Dios y coherederos con Cristo, a quien Dios constituyó "heredero de todo" (Heb. 1:2). Así pues, lo que Dios preparó para los que le aman es "todo" lo que contiene el universo. Eso debiera motivarnos a amarle. Pero, ¿cómo podemos llegar a conocer esas grandes cosas que ojo no vio ni oído oyó ni han subido al corazón del hombre? "Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu, porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios" (1 Cor. 2:10).

¿Con qué objeto escudriña el Espíritu lo profundo de Dios? Para traérnoslo a nosotros. Son cosas demasiado profundas para nosotros. Si el Señor nos dijera: ‘Entrad aquí y encontrad por vosotros mismos todo lo que hay’, nunca lo hallaríamos. Pero él no nos deja en ese punto; se propone revelárnoslo; por lo tanto, lo pone todo en las manos de Jesús, quien ha estado con él desde el principio, y quien es uno con nosotros, y él nos lo revela mediante su Espíritu.

"Porque ¿quién de entre los hombres conoce las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Del mismo modo, nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido" (vers. 11 y 12)

Observad: Dice que lo hemos recibido. Agradezcámosle por ello. El otro día leí en el Testimonio de Jesús que algunos están esperando un tiempo futuro en el que haya de derramarse el Espíritu Santo, cuando en realidad ese tiempo es "ahora". Es ahora cuando se espera que lo pidamos y lo recibamos.

"El descenso del Espíritu Santo sobre la iglesia es esperado como si se tratara de un asunto del futuro: pero es el privilegio de la iglesia tenerlo ahora mismo. Buscadlo, orad por él, creed en él" (El Evangelismo, p. 508)

Nos dice: "Recibid el Espíritu Santo". "Como me envió el Padre, así también yo os envío" (Juan 20:21 y 22). Hemos recibido "el Espíritu que proviene de Dios". ¿No nos hemos entregado a él? ¿No nos hemos dado completamente a él? ¿No hemos abierto nuestros corazones para recibir la mente de Jesucristo, a fin de conocer al que es la verdad, y estar en Aquel que es la verdad –en su Hijo Jesucristo? Él es el Dios verdadero, y es vida eterna. Siendo así, es decir, "por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo" (Gál. 4:6). Dios ya lo ha enviado. Así lo afirma. Por lo tanto, dadle gracias porque así sea y "Recibid el Espíritu Santo". Recibidlo con agradecimiento y permitid que el Espíritu os utilice, en lugar de permanecer a la expectativa de alguna demostración externa prodigiosa que nos proporcione ese sentimiento que creemos necesitar para poder afirmar: ‘Ahora tengo el Espíritu de Dios; ahora puedo hacer grandes cosas’... Nunca os llegará de esa manera. Si el Espíritu Santo se hubiera de derramar esta noche sobre nosotros como lo hizo en Pentecostés, quien albergara la idea que acabo de expresar no recibiría nada de él.

Hemos de revolucionar nuestras expectativas sobre el particular, y abandonar toda idea relativa a una demostración externa que podamos apreciar con nuestros ojos, o que nos proporcione el sentimiento tangible por el que podamos saber que tenemos el Espíritu de Dios, sintiéndonos entonces capaces de hacer grandes cosas.

Dios ha pronunciado la palabra; ha hecho la promesa. Nos ha resucitado y nos ha hecho sentar a su diestra en Cristo Jesús, y ahora nos dice: ‘Todo está a vuestra disposición, y el Espíritu está ahí para mostrároslo todo, y deciros todo lo que debéis saber’. ¿Qué más podemos pedirle? ¿Qué más podemos pedir a quien nos ha mostrado su mente y disposición a que tengamos ahora el Espíritu de Dios?

El cielo está deseoso de concederlo. ¿Qué se requiere para que nos sea otorgado? "Buscadlo, orad por él, creed en él". Si hacemos así, nada habrá que lo impida. Tras haber procedido así, todo cuanto nos pide es: "Recibid el Espíritu Santo". Nos dice cómo recibirlo: hemos de pedirlo, orar por él y creer en él. Y el que cree, recibe. Si pedimos conforme a su voluntad, él nos oye; y si sabemos que nos oye, sabemos que tenemos lo que le hemos pedido.

El Espíritu de Dios nos está conduciendo; el Señor nos ha conducido a su verdad; mediante ella nos ha elevado a alturas que nunca antes conocimos. ¿Con qué objeto nos ha elevado de ese modo? Nos ha mostrado lo que es esencial, y lo ha hecho para que abandonemos por siempre al mundo, y a todo lo que no sea Dios. Renunciad a todos los planes y programas, a todo aquello que haya podido ocupar antes vuestra mente; sed vacíos del yo, del mundo, de todo, y recibid a Dios. No os atéis a nada que no sea a Dios. Entonces estaremos en Jesucristo a la diestra de Dios, y se abre ante nosotros todo el universo por la eternidad; nos es dado el Espíritu de Dios para enseñarnos todas esas cosas, y para dar a conocer los misterios de Dios a todo aquel que cree.

"Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido"

Hagamos nuestro ese texto, tomémoslo como nuestro texto de agradecimiento, como nuestra oración a la que digamos: ‘Amén’. Efesios 3:14-21:

"Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo [¿lo haremos?] (de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra)... que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura"

¿Con qué objeto? A fin de que podamos conocer lo que nos ha dado; para que podamos comprender, asirnos, aferrarnos y gozarnos por siempre en todo aquello que nos ha dado gratuitamente en Cristo.

"Y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios. Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea la gloria en la iglesia de Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén"

Digamos todos por siempre: ‘Amén’.

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