General Conference Daily Bulletin, 1895
El mensaje del tercer ángel (nº 19)

A.T. Jones


Comenzaremos comparando Hebreos 2:14 y 15 con Romanos 6:11-14. Primero leemos en Hebreos:

"Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre".

Eso es lo que Cristo hizo para librarnos. Leemos ahora en Romanos:

"Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro. No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus apetitos; ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia. El pecado no se enseñoreará de vosotros, pues no estáis bajo la Ley, sino bajo la gracia".

De la misma forma en que él mismo se sometió a fin de librarnos, también nosotros nos hemos de someter para ser liberados. Y cuando hacemos así, obtenemos el fin buscado. Él se sometió para librarnos a nosotros, que habíamos estado toda la vida sujetos a esclavitud; al hacerlo nosotros quedamos libres de esa esclavitud, y el pecado deja de tener dominio sobre nosotros. Por lo tanto, Romanos 6:11-14 es la respuesta personal de fe a lo que Cristo hizo, descrito en Hebreos 2:14 y 15.

Pero el Señor hizo más que resucitar de entre los muertos, y ha hecho -en él- más por nosotros que simplemente resucitarnos de entre los muertos. Murió y resucitó. Morimos con él. ¿Fuimos después resucitados con él? ¿Tenemos en él vida de entre los muertos? Estamos crucificados con él; fuimos muertos con él; estamos sepultados con él, y él resucitó de entre los muertos. ¿Qué hay, pues, de nosotros? -Somos resucitados con él. Pero Dios hizo con él más que resucitarlo de entre los muertos. Habiéndolo resucitado, lo hizo sentar a su diestra en los cielos. ¿Qué hay de nosotros? ¿Nos quedamos a mitad de camino? -No. ¿Acaso no estamos en él? De la forma en que estamos en él cuando estuvo viviendo en la tierra, de la forma en que estamos en él en la cruz, en la muerte y en la resurrección, así lo estamos también en su ascensión, y estamos en él a la diestra de Dios.

Esa es también la conclusión de lo estudiado anoche, pero leámoslo de la propia Escritura y tengamos la certeza de su veracidad. Habiendo considerado hasta aquí la obra de Dios en él, ¿seguiremos haciéndolo todo el tiempo? Anoche, y en los estudios precedentes, nos gozamos contemplándolo al obtener la victoria cuando fue tentado. Tuvimos el gozo de seguirlo hasta la cruz, y de encontrarnos allí a nosotros crucificados, de forma que pudiéramos decir en verdadera fe: "Con Cristo estoy juntamente crucificado". Fuimos gustosos con él a la muerte y a la sepultura, lo que hace que sea una expresión adecuada de fe el que nos tengamos también por muertos. Nos gozamos en todo ello. Gocémonos también en resucitar de entre los muertos con él, a fin de poder vivir una vida nueva a su semejanza. Y una vez que hemos resucitado de entre los muertos con él -pues "si somos muertos con Cristo, creemos que también resucitaremos con él"-, estemos, no sólo resucitados de entre los muertos, sino estemos allá donde él está. Si es Dios quien lo dice, si es su propósito el llevarnos allí, ¿acaso no iremos? -Ciertamente. No debiera parecernos extraño que obre de ese modo; sigámoslo allí con tanta naturalidad como lo seguimos en la tentación, en la cruz y en la muerte.

Por lo tanto, en el segundo capítulo de Efesios, comenzando por el versículo 4:

"Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo".

Siguiente versículo:

"Juntamente con él nos resucitó". Juntamente ¿con quién? -Con Cristo. "Y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales" ¿Con quién? "Nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús". La palabra "lugares" fue añadida por los traductores. No figura en el original, como tampoco en Efesios 1:3, o en 1:20.

El término griego es epouraniois, que se traduce de forma literal por "celestiales". Dios nos ha dado vida juntamente con Cristo, nos ha resucitado y nos ha hecho sentar con él allí donde él se sienta. Y sabemos dónde es: "Fue recibido arriba en el cielo, y se sentó a la diestra de Dios" (Mar. 16:19). "Habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas" (Heb. 1:3). "Juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en (los lugares) celestiales con Cristo Jesús".

Así pues, nos ha hecho sentar con Cristo en el cielo; en la existencia y esencia celestiales; en su ser y en su forma de ser, en su naturaleza y carácter, disposición y conducta, en el tipo de existencia propio del orden celestial, ya que "nuestra vida está escondida con Cristo en Dios": nuestro medio de vida está en el cielo. "Danos hoy nuestro pan cotidiano". Nuestra existencia, propiedad, estado, economía, etc, pertenecen al cielo. Pertenecemos al cielo, al orden celestial.

Allí es donde Dios nos ha puesto en Cristo. Por lo tanto, puesto que eso es lo que ha dispuesto el Señor, ¿nos asentaremos en la existencia, disposición, y en todo lo celestial con Cristo?

¿Nos levantaremos? ¿Qué dice la Palabra? "¡Levántate, resplandece...!" (Isa. 60:1). Primeramente levántate, y luego resplandece. No podemos resplandecer sin levantarnos primero. Pero ¿qué va a hacer esa verdad por nosotros? ¿Acaso no nos levantará? ¿Y hasta qué altura? ¿No comprendéis que nos eleva por encima de este mundo y nos sitúa con Jesucristo en el reino de los cielos? ¿No resulta, pues, claro que Jesucristo ha traído el cielo a la tierra para aquel que cree? Por lo tanto, está escrito: "Él nos ha librado del poder de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su amado Hijo" (Col. 1:13). 'El reino de los cielos es semejante a esto... El reino de los cielos se ha acercado...' ¿Cuál es ese reino de los cielos? El Señor nos lleva a él, nos ha trasladado a él. ¿Moraremos en él, gozando de su bendita atmósfera, junto a todo lo que pertenece al cielo, y a todo lo que nos pertenece en el cielo?

No podemos elevarnos a nosotros mismos hasta esa altura; pero sometiéndonos a la verdad, ella nos elevará. Veámoslo de nuevo. En el primer capítulo de Efesios, comenzando en el versículo 15:

"Por esta causa también yo, habiendo oído de vuestra fe en el Señor Jesús y de vuestro amor para con todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones [y ésta es su oración], para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él".

¿A cuántos? ¿En favor de cuántos está escrita esa oración? ¿Os apropiaréis hoy esa oración, aceptando aquello por lo que el apóstol ora en favor vuestro? ¿Cuál es la palabra?, ¿oración simplemente humana? ¿No es acaso Palabra de Dios? ¿No se trata de la palabra de Jesucristo mediante su Espíritu, expresando su deseo y voluntad relativos a lo que hemos de tener? Aceptémoslo pues. Esa es su voluntad. Seguimos:

"que él alumbre los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros los que creemos".

Él quiere que conozcamos la extraordinaria grandeza de su poder hacia nosotros que creemos. El término griego empleado aquí es uno del que derivamos nuestra palabra "dinamita".

"la extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la acción de su fuerza poderosa. Esta fuerza operó en Cristo, resucitándolo de los muertos y sentándolo a su derecha en los lugares celestiales".

O mejor traducido: "sentado a su diestra en el cielo". Ese poder de Dios elevó a Jesucristo, situándolo a su diestra en el cielo. Todos estamos de acuerdo en eso. Pero él quiere que vosotros y yo conozcamos en nosotros mismos la operación de ese poder que elevó a Cristo, sentándolo allí. Cuando así lo hagamos, ¿qué será lo que efectúe en nosotros? -Nos elevará de igual manera, haciéndonos sentar allí.

Lo mismo nos enseña el segundo capítulo de Colosenses, comenzando en el versículo 12:

"Con él fuisteis sepultados en el bautismo, y en él fuisteis también resucitados por la fe en el poder de Dios que lo levantó de los muertos. Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados. Él anuló el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, y la quitó de en medio clavándola en la cruz".

Ahora Colosenses 3:1:

"Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios".

Así, todo aquel que resucitó debe buscar las cosas de arriba. ¿Cuán arriba? Tan arriba como el sitio en el que Cristo está sentado. Pero ¿cómo voy a poder buscar las cosas en donde Cristo mora, a menos que esté lo suficientemente cerca de allí como para poder mirar y buscar esas cosas, fijando mi mente en ellas? Ahí radica la cuestión importante.

"Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios... porque habéis muerto y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios".

¿Lo vamos a tomar sin cuestionar, de la precisa manera en que el Señor lo da? Sé que es maravilloso; sé que a muchos les parece demasiado bueno como para ser cierto; pero no hay nada que el Señor haga que sea demasiado bueno para ser cierto, puesto que es Dios quien lo hace. Si se dijera de cualquier otro, sería demasiado bueno para ser cierto, puesto que sería incapaz de realizarlo. Pero cuando es Dios quien dice alguna cosa, nunca es demasiado buena como para ser cierta, sino que es buena y cierta desde el momento en que es él quien la realiza. Por lo tanto, hermanos, levantémonos, y eso nos separará del mundo; nos colocará en el lugar al que se dijo hace mucho tiempo al profeta que había de mirar, a fin de ver –más arriba- a los que transitaban el camino recto. Pero ¿acaso no lo dejaremos todo y moriremos con él, y tomaremos la muerte que tenemos en él, permitiendo que obre en nosotros esa muerte que operó en él? Entonces, esa vida que tuvo lugar en él, ese poder que en él se manifestó, hará por nosotros lo que hizo por él. Eso nos hará salir de Babilonia; no habrá en nosotros absolutamente ningún material de Babilonia. Estaremos tan alejados de Babilonia y de cualquier manto babilónico como para estar sentados a la diestra de Dios, ataviados con vestiduras celestiales; y esas son las únicas vestiduras adecuadas hoy, ya que hemos de entrar pronto en la cena de bodas, y el lino fino con el que están vestidos la novia y los invitados es la justicia de los santos. Pero él lo provee todo. Lo tenemos todo en él.

Veámoslo de otra forma. No tengo prisa alguna en dejar ese pensamiento por hoy; al contrario, merece toda nuestra atención en esta noche. Pero observémoslo desde otro ángulo. Hemos venido estudiando durante varias lecciones el hecho de que él, en su naturaleza humana, era nosotros. Él en nosotros y nosotros en él, nos enfrentamos a la tentación y al poder de Satanás, conquistándolo de forma completa en este mundo debido a que Dios estaba con él, lo cuidaba, lo sostenía y lo guardaba. Él lo entregó todo, y Dios lo guardó; en él lo entregamos todo, y Dios nos guarda. Y la forma en que el Señor lo trató a él es la misma en que nos trata a nosotros. Eso lo llevó a la crucifixión, es cierto: la crucifixión de su yo justo, de su yo divino; y en ello nos lleva a la crucifixión de nuestro yo depravado que causa separación de Dios. En él se destruye la enemistad. Así pues, Dios estuvo con él, estuvo con él en naturaleza humana, en toda su estancia en este mundo; pero el asunto no terminó con su naturaleza humana en este mundo.

El trato del Padre hacia Cristo no terminó en su naturaleza humana, cuando el Hijo fue clavado en la cruz. Tenía algo más que hacer con la naturaleza humana, que llevarla simplemente a la cruz; la llevó hasta la misma muerte, pero no terminó ahí. La llevó a la cruz y a la muerte, pero hizo más. No la dejó allí: de la tumba tomó consigo la naturaleza humana, inmortalizada. Hizo todo lo anterior, pero aún no había terminado con la naturaleza humana, puesto que tomó esa naturaleza humana que había sido resucitada de entre los muertos –inmortalizada-, la elevó y la puso a su diestra, en el cielo mismo, glorificada con la plenitud de la radiante gloria de Dios. Por lo tanto, la mente de Dios en lo que concierne a la naturaleza humana, a vosotros y a mí, no llega a alcanzar su propósito, no llega a realizarse plenamente hasta habernos colocado a su diestra, glorificados.

Hay poder vivificante en esa bendita verdad. En Jesucristo, el Padre ha expuesto ante el universo cuál es el pensamiento de su mente con respecto a la humanidad. ¡Cuán alejado queda del propósito de su existencia aquel que se conforma con menos de lo que Dios ha provisto para él! ¿Os dais cuenta, hermanos, que nos hemos contentado con demasiado poco, que nos hemos sentido satisfechos, siendo que nuestra mente quedaba muy lejos del propósito divino? Es innegable. Pero ahora, al venir el Señor y llamarnos, vayamos allá donde él nos guíe. Es la fe la que lo efectúa; no la presunción. Es la única actitud correcta. Quien se niegue a responder será dejado tan atrás, que pronto perecerá. El Pastor celestial nos está aquí conduciendo; nos está llevando a verdes pastos y a aguas de reposo que proceden del trono de Dios: las aguas de vida. Bebamos de ellas y vivamos.

Podemos avanzar aún más en esto. Repito que el Señor, con el objeto de mostrar a la humanidad lo que ha preparado para nosotros; a fin de mostrar cuál es su propósito para cada persona, nos ha dado un ejemplo de forma que cada uno pueda ver el propósito de Dios para él, y pueda verlo desarrollado en su plenitud. El propósito de Dios para nosotros en este mundo es guardarnos de pecar, a pesar de todo el poder del pecado y de Satanás. Su propósito con respecto a él mismo y a nosotros en este mundo es que Dios se manifieste en carne pecaminosa. Es decir, se ha de manifestar él mismo en su poder, y no nosotros. Ello implica que nuestro yo depravado sea crucificado, muerto y enterrado, y que seamos resucitados desde la muerte del pecado y la incircuncisión de la carne a la novedad de vida en Jesucristo y en Dios, sentándonos a su diestra y siendo glorificados. Tal es el propósito de Dios para vosotros y para mí. Ahora leámoslo en Romanos 8:28:

"Sabemos que todas las cosas obran para el bien de los que aman a Dios".

¿Cómo podemos saberlo? No es sólo que él lo diga, sino que lo ha cumplido ante nuestros ojos; nos ha dado una demostración viviente de ello. Por lo tanto, ahora nos pone en ese camino. "Sabemos que todas las cosas obran para el bien de los que aman a Dios, de los que han sido llamados según su propósito". ¿Qué propósito? Su propósito eterno para toda criatura, para el ser humano y para los demás, según se propuso en Cristo Jesús Señor nuestro. Ese fue su propósito desde la eternidad en Jesucristo, y cuando estamos en él, ese propósito nos incluye a nosotros. Cuando nos sometemos a Cristo sumergiéndonos en él, venimos a ser parte de ese propósito eterno; entonces, tan ciertamente como que va a triunfar el propósito de Dios, triunfaremos con él, pues somos una parte de él. Tan ciertamente como que Satanás no puede hacer nada contra el propósito de Dios, no podrá tampoco hacerlo contra nosotros, quienes formamos parte de él. Tan ciertamente, pues, como que todo lo que hace Satanás, y todo lo que los enemigos de la verdad pueden hacer obrando contra Dios y su divino propósito… tan ciertamente como que eso no puede malograr o anular el propósito eterno, tampoco podrá malograrnos o anularnos a nosotros que formamos parte de dicho propósito. Todo es en él, y Dios nos ha creado de nuevo en él.

Leed con atención: Dios afirma que sabemos que todas las cosas ayudan a bien a los que son llamados conforme a su propósito. ¿Por qué lo sabemos? Porque Dios ha consumado cierto acto demostrativo, permitiendo que podamos saberlo. Y lo podemos saber porque "a los que antes conoció, también los predestinó para que fueran hechos conformes a la imagen de su Hijo". ¿En qué consiste, pues, la predestinación de Dios? ¿Cuál es el designio que determinó de antemano para todo ser humano en el mundo? Porque él los ha conocido a todos; los ha llamado a todos. "¡Mirad a mí y sed salvos, todos los términos de la tierra!" (Isa. 45:22).

¿Cuál es el destino que ha preparado de antemano para todos y cada uno? –Ser hecho conforme a la imagen de su Hijo. ¿Dónde? Mientras estamos en este mundo, conformados a la imagen de su Hijo, tal como su Hijo fue en este mundo. Ahora bien, no terminó su obra con su Hijo en este mundo: lo sacó de aquí. Así, tan ciertamente como que su propósito eterno sacó a Cristo de este mundo, ese propósito que él dispuso nos concierne más allá de este mundo, y nos saca de este mundo. Y tan ciertamente como que su propósito predestinó que seamos hechos conforme a la imagen de Jesucristo en este mundo, tal como él fue en este mundo; así también lo es el que seamos conformados a la imagen de Jesucristo en ese otro mundo, tal como él es en ese otro mundo.

El eterno propósito de Dios, preparado de antemano para cada uno de nosotros, para vosotros y para mí, es que seamos como Jesucristo, tal como él es en su estado glorificado, y a la diestra de Dios, hoy. En Cristo lo ha demostrado. En él, desde el nacimiento hasta el trono celestial, ha mostrado que ese es su propósito para todo ser humano. Ha demostrado así ante el universo que ese es su gran propósito para los seres humanos.

El ideal de Dios para el hombre no es que permanezca como está en este mundo. Imaginad al ser humano más excelente de este mundo en su estado más elevado; imaginad al de porte más regio, al más equilibrado, al más educado, al mejor en todo respecto, al más completo en todo. ¿Es ese el ideal de Dios para el hombre? –No. Recordaréis cómo en uno de los temas precedentes vimos que el ideal de Dios para el hombre es Dios y el hombre unidos en ese nuevo hombre que es creado en Jesucristo, al ser destruida la enemistad (Bulletin, p. 193, 194, 216, 217). Ese nuevo hombre constituido por la unión de Dios y el hombre es el ideal de Dios para el hombre.

Pero considerad a ese hombre tal como está en este mundo, en la perfecta simetría de la perfección humana y unid a Dios con él de forma que sólo Dios se manifieste en él: eso aún no cumpliría la plenitud del ideal de Dios para el hombre, puesto que ese hombre permanece todavía en este mundo. El ideal de Dios para el hombre no queda cumplido hasta no haberlo situado a su diestra en los cielos, glorificado. ¡Grandes cosas son las que el Señor ha preparado para nosotros, y quiero gozarme en ellas! Sí, me propongo dar libre curso a la obra de ese maravilloso poder, y gozar a cada paso.

Sigamos leyendo: "A los que antes conoció, también los predestinó para que fueran hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos"; "No se avergüenza de llamarlos hermanos"; "El que santifica y los que son santificados, de uno son todos"; "Y a los que predestinó, a estos también llamó; y a los que llamó [aquellos en quienes se cumple el propósito del llamado, aquellos en quienes se hace efectivo. Él Señor llama fielmente a toda alma, pero su llamado no cumple su propósito en todos, sino solamente en aquellos que responden de acuerdo con el propósito del llamado], a estos también justificó; y a los que justificó [observad: no se trata de los que se justifican a sí mismos, sino de aquellos a quienes él justifica], a estos también glorificó" (Rom. 8:29 y 30; Heb. 2:11).

Podéis ver que el propósito de Dios para el hombre no queda realizado hasta tanto no se haya producido su glorificación. Jesús vino a este mundo tal como lo hacemos nosotros: tomó nuestra naturaleza humana como nosotros, mediante el nacimiento; estuvo en este mundo en naturaleza humana –Dios tratando con naturaleza humana-; fue a la cruz y murió –Dios tratando con naturaleza humana en la cruz y en el sepulcro, y Dios resucitándolo y sentándolo a su diestra, glorificado-. Ese es su propósito eterno. Esa es la predestinación eterna de Dios, es el plan que él ha diseñado y preparado para vosotros. ¿Permitiréis que lo lleve a cabo? No está en nuestra mano el hacerlo; sólo él puede realizarlo. Ha demostrado que es capaz de hacerlo; nadie lo podrá negar. Demostró su capacidad para tomarnos y cumplir su propósito en relación con la naturaleza humana, en relación con la carne pecaminosa que hay en este mundo. Y me alegra que sea así.

Pero observad: "A los que llamó, a estos también justificó; y a los que justificó..." [¿qué fue lo siguiente que hizo?] –Los glorificó. Ahora una pregunta: Glorifica a aquellos a quienes justifica; no puede glorificarlos hasta no haberlos justificado. ¿Qué significa entonces ese mensaje especial de justificación que el Señor ha estado enviando estos años a la iglesia y al mundo? Significa que el Señor se dispone a glorificar a su pueblo. Pero sólo en la venida del Señor seremos glorificados, por lo tanto ese mensaje especial de justificación que Dios nos ha estado enviando tiene por objeto prepararnos para la glorificación en la venida de Cristo. Dios nos está dando en esto la evidencia más inconfundible de que lo siguiente ha de ser la venida del Señor.

Él nos preparará; no podemos prepararnos a nosotros mismos. Por mucho tiempo hemos estado intentando justificarnos, hacernos justos a nosotros mismos a fin de estar preparados para la venida del Señor. Lo hemos procurado con todo el tesón necesario para poder aprobarnos a nosotros mismos y sentirnos satisfechos diciendo: ‘Ahora puedo recibir al Señor’. Pero jamás hemos alcanzado dicha satisfacción. No; no es de esa manera como se logra. A aquellos a quienes justifica, también los glorifica. Puesto que es Dios quien justifica, se trata de su propia obra; y cuando haya completado el proceso, todo estará a punto para que encontremos al Señor, puesto que fue él quien nos preparó. Por lo tanto, confiamos en él, nos sometemos a él y tomamos su justificación; y dependiendo solamente de eso, estaremos preparados para encontrarnos con el Señor sea cuando sea que él decida enviarlo.

Así, él se está disponiendo ahora a glorificarnos. Lo repito: nos hemos estado conformando con vivir muy por debajo de los maravillosos privilegios que Dios ha preparado para nosotros. Que la preciosa verdad pueda elevarnos hasta ese lugar en el que nos quiere el Señor.

Ningún maestro tejedor contempla la pieza en la que está trabajando cuando está aún a medio terminar, para criticarla y encontrar en ella toda clase de defectos. Puede haber imperfecciones, pero todavía no está terminada, y mientras trabaja en ella para eliminar todos sus defectos, la contempla, viendo logrado en ella su propósito final según el ideal que su mente planeó.

Sería terrible si el supremo Maestro Tejedor nos mirara mientras estamos a medio camino en el proceso y dijera: ‘Esto no vale para nada’. No; no hace eso. Nos ve tal cual somos en su propósito eterno en Cristo, y avanza en su maravillosa obra. Vosotros y yo podemos mirarla y exclamar: ‘No sé de qué forma el Señor va a poder hacer de mí un cristiano, ni cómo va a prepararme para el cielo’. Puede ser así, tal como lo vemos nosotros, y si el Señor nos viera de la forma en que hacemos nosotros, si fuera un obrero deficiente como lo somos nosotros, no habría más que eso. Nunca podríamos tener valor alguno. Pero ciertamente él no es un obrero como nosotros, y por lo tanto, no nos mira tal como nos vemos nosotros. No; nos ve tal cual somos en el cumplimiento de su propósito. Aunque podamos parecer rudos, deformes y con cicatrices, tal como somos ahora y en nosotros mismos, él nos ve tal cual somos allá, en Cristo.

Él es el Operario. Al confiarnos a él le permitimos que desarrolle su obra, y a medida que avanza en ella, la verá tal como es propio en él. ¿Acaso no nos ha dado un ejemplo de su habilidad al respecto? Dios ha puesto ante nosotros, en Cristo, la perfección de su obra en carne pecaminosa. En Cristo la ha completado, colocándola a su diestra, en su presencia. Nos dice ahora: ‘Míralo. Eso es lo que soy capaz de hacer con la carne pecaminosa. Pon en mí tu confianza, permíteme obrar y observa lo que haré. Confía en mi labor, permíteme que la realice, y la llevaré a cabo’. Es el Señor quien todo lo realiza. No se trata de nuestra obra.

Podéis salir de este templo y mirar esa ventana (refiriéndose a la que había tras el púlpito) desde el exterior: sólo veréis una mezcla oscura y poco atractiva de cristales. Pero observadla desde dentro y os deleitaréis en su bella y luminosa artesanía, y ahí aparece escrito en claros caracteres: "Justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús", estando escrita la ley de Dios, y las palabras: "Aquí están los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús".

De la misma forma, vosotros y yo podemos mirarnos, como tan a menudo hacemos, desde el exterior, y todo parece ser deforme, oscuro y desgarbado, con la apariencia de una materia desordenada. Pero Dios nos mira desde el interior, tal como somos en Jesús. Y cuando estamos en él y miramos a través de la luz que nos ha dado; cuando miramos desde el interior, tal como estamos en Cristo Jesús, veremos también, escrito en letras claras por el Espíritu de Dios: "Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo". Veremos toda la ley de Dios escrita en el corazón y brillando en la vida, y también las palabras: "Aquí están los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús". Todo eso lo veremos a la luz de Dios, tal como es reflejada y tal como brilla en Jesucristo.

Quiero que sepáis que eso es exactamente así. En el Bulletin –página 182, hacia el final- encontramos esta frase: "Quisiera que toda alma que aprecie las evidencias de la verdad acepte a Jesucristo como a su salvador personal". ¿No hay evidencias suficientes para que seamos salvos? ¿Las apreciáis? ¿Lo aceptáis como a vuestro salvador personal en la plenitud en la que se ha revelado a sí mismo en el lugar en que está, y a nosotros en él? Entonces escuchad esto:

"Los que aceptan a Cristo de esa forma están guardados en Dios, no tal como están en Adán, sino tal como están en Jesucristo, como hijos e hijas de Dios" (Id., E. White)

Él nos ve tal cual estamos en Cristo, ya que en él ha perfeccionado su plan con respecto a nosotros. ¿Os alegra que así sea? Recibámoslo, hermanos. ¡Cuánto bien trae a mi alma día tras día, a medida que el Señor hace ver esas cosas! Es tan bueno para mí, como deseo que lo sea para vosotros. Recibámoslo pues en la plenitud de esa fe abnegada que Jesucristo nos ha traído. Tomémoslo y demos gracias a Dios cada día. Que obre en nosotros el poder que eso encierra, que nos resucite de los muertos y nos haga sentar a la diestra de Dios en los lugares celestiales en Jesucristo, allí donde él está sentado. ¿No debiéramos tener una reunión de oración por lo que Dios ha hecho por nosotros? Es sábado. ¿No debiéramos gozarnos en ello? ¿Qué decís?

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