General Conference Daily Bulletin, 1895
El mensaje del tercer ángel (nº 17)
A.T. Jones


En relación con Cristo, no teniendo "pasiones como" las nuestras: En todas las Escrituras se nos presenta a Cristo siendo como nosotros, y con nosotros según la carne. Es del linaje de David según la carne (Rom. 1:3). Fue hecho en semejanza de carne de pecado (Rom. 8:3). No vayáis demasiado lejos. Fue hecho en semejanza de carne de pecado; no en semejanza de mente de pecado. No impliquéis ahí su mente. Su carne fue nuestra carne; pero su mente era "la mente de Jesucristo". Por lo tanto, dice la Escritura: "Haya, pues, en vosotros este sentir [mente] que hubo también en Cristo Jesús" (Fil. 2:5). Si es que él hubiera tomado nuestra mente, ¿cómo se nos podría haber exhortado a que hubiera en nosotros la mente que hubo en Cristo? ¡Ya la habríamos tenido! Pero ¿cuál es la clase de mente que tenemos? También está corrompida por el pecado. Ved nuestra condición en el capítulo 2 de Efesios, comenzando por su primer versículo hasta el tercero, que es el que contiene ese punto particular.

Os refiero igualmente a la página 191 del Bulletin, a la lección que estudiamos relativa a la destrucción de esa enemistad. Vimos allí cuál fue el origen de esa enemistad, cómo entró en este mundo. Adán tenía en el Edén la mente de Jesucristo; tenía la mente divina; lo divino y lo humano estaban unidos en impecabilidad. Vino Satanás y presentó sus seducciones mediante el apetito, mediante la carne. Adán y Eva olvidaron la mente de Jesucristo, la mente de Dios que había en ellos, aceptando las sugerencias y disposiciones de esa otra mente. Quedaron entonces esclavizados a ella, y así lo estamos todos. Jesucristo viene ahora al mundo tomando nuestra carne, y en sus sufrimientos y tentaciones en el desierto pelea la batalla en lo que respecta al apetito.

Allí donde Adán y Eva fracasaron, y donde entró el pecado, [Cristo] luchó la batalla, ganó la victoria y entró la justicia. Habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, totalmente desvalido, humano como nosotros, hambriento como nosotros, fue tentado así: "Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan". A lo que respondió: "No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios".

Satanás arremetió entonces por segunda vez. Argumentó así: ‘Estás confiando en la palabra de Dios, ¿no es así? Bien; pues mira lo que dice esa palabra: "A sus ángeles mandará acerca de ti; y en sus manos te sostendrán, para que no tropieces con tu pie en piedra". Puesto que confías en la palabra de Dios, arrójate desde aquí. Jesús le respondió: "Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios".

Satanás llevó entonces a Jesús a un monte muy elevado y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos –su gloria, honor y dignidad-, le mostró todo eso. Y en aquel momento se evocó toda la ambición que tentó a Napoleón, a César o a Alejandro, o a todos ellos. Pero la respuesta de Jesús siguió siendo: "Escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y a él solo servirás" (Mat. 4:3-10).

El diablo lo dejó entonces por un tiempo, y vinieron ángeles a ministrarlo. Había resultado vencido el poder de Satanás sobre el hombre en el punto del apetito, el punto en el que precisamente había ganado el control del hombre. El ser humano tenía en un principio la mente de Dios. La perdió, y en su lugar tomó la mente de Satanás. En Jesucristo se vuelve a traer de nuevo la mente de Dios a los hijos de los hombres, y Satanás resulta vencido. Por lo tanto es gloriosamente cierto, tal como traduce Young y también la versión alemana a partir del griego original: "Sabemos que ha venido el Hijo de Dios, y nos ha dado una mente" (1 Juan 5:20).

Leed las últimas palabras de 1 Cor. 2:16: "Nosotros tenemos la mente de Cristo". Reunid ambas cosas. Tanto la traducción alemana como la danesa, así como el propio original griego, concuerdan: "Sabemos que ha venido el Hijo de Dios, y nos ha dado una mente", y "Nosotros tenemos la mente de Cristo". Gracias al Señor por ello.

Leed ahora en Romanos. Leeré del griego, comenzando en el versículo 24 del capítulo 7. Recordad que de los versículos 10 al 24 el tema es la contienda ocasionada entre el bien que quisiera hacer y que no hago, y el mal que detesto, pero hago. Por lo tanto, encuentro una ley según la cual, queriendo realizar el bien, hallo que el mal está presente en mí. Veo otra ley en mis miembros, que lucha contra la ley de mi mente y me lleva en cautividad a la ley del pecado que hay en mis miembros. La carne tiene ahí el control, y arrastra tras de sí a la mente, cumpliendo los deseos de la carne y de la mente.

Romanos 7:24-8:10 y Efesios 2:1-3:

"¡Oh, desgraciado hombre que soy! ¿quién me librará del cuerpo de esta muerte? Doy gracias a Dios mediante Jesucristo nuestro Señor. Así pues, yo mismo con mi mente sirvo realmente a la ley de Dios; pero con la carne, a la ley del pecado. Ahora pues, no hay condenación para los que están en Jesucristo, quienes no andan conforme a la carne, más conforme al espíritu. Porque la ley del espíritu de vida en Jesucristo me ha librado de la ley de pecado y de muerte. Porque la ley, careciendo de poder por cuanto era débil por la carne, Dios, habiendo enviado a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado, y debido al pecado, condenó al pecado en la carne para que se cumpliera lo que la ley requiere, en nosotros que no andamos según la carne, sino según el Espíritu. Porque los que son según la carne se preocupan de las cosas de la carne; y los que son según el Espíritu, de las del Espíritu. Porque la mente de la carne es muerte, pero la mente del Espíritu [se trata de la mente carnal, en contraste con la mente espiritual], vida y paz. Porque la mente de la carne es enemistad contra Dios; no está sujeta a la ley de Dios, ni puede estarlo; y los que están en la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis en la carne sino en el espíritu, si verdaderamente el Espíritu de Dios mora en vosotros; pero si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él; pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto a causa del pecado, pero la vida del Espíritu tiene lugar debido a la justicia.

Él os reavivó, a vosotros que estabais muertos en transgresiones y pecados en los cuales anduvisteis en tiempos pasados según la corriente de este mundo, según el príncipe del poder del aire, el espíritu que ahora obra en los hijos de desobediencia, siendo que también nosotros nos comportamos así en tiempos pasados, en los deseos de nuestra carne, cumpliendo los deseos de la carne y de la mente".

Nuestras mentes han consentido al pecado. Habiendo sentido las seducciones del pecado, nuestras mentes cedieron, consintieron, y se entregaron a las voluntades y deseos de la carne, cumpliendo esos deseos de la carne y de la mente. La carne rige, y nuestras mentes la siguieron, y la carne sirve a la ley del pecado. Cuando es la mente la que rige, se sirve a la ley de Dios. Pero dado que nuestras mentes sucumbieron, cedieron al pecado, vinieron a ser pecaminosas y débiles, y son dominadas por el poder del pecado en la carne.

La carne de Jesucristo fue nuestra carne, y en ella había todo aquello que hay en la nuestra. Todas las tendencias al pecado que hay en nuestra carne estuvieron en la suya, atrayéndole para que consintiera en pecar. Si su mente hubiera consentido al pecado, se habría corrompido, y habría albergado pasiones como las nuestras. En tal caso habría sido un pecador, habría caído en la total esclavitud, y todos nosotros nos habríamos perdido, todo habría perecido.

Leeré al respecto en la pre-edición del nuevo libro "Life of Christ":

"En cierta ocasión Cristo dijo de sí mismo: ‘Viene el príncipe de este mundo y él nada tiene en mí’ (Juan 14:30). Satanás encuentra en los corazones humanos algún asidero en que hacerse firme; acariciamos algún deseo pecaminoso, mediante el cual se impone el poder de sus tentaciones"

¿Dónde comienza la tentación? En la carne. Satanás alcanza la mente mediante la carne; Dios alcanza la carne mediante la mente. Satanás controla la mente mediante la carne. Por ese medio –mediante los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida; mediante la ambición mundanal y el ansia de respeto y honor de parte de los hombres- Satanás nos arrastra, seduce nuestras mentes a fin de que claudiquemos; nuestras mentes responden y acariciamos aquel deseo. De esa forma se impone el poder de sus tentaciones. Entonces hemos pecado. Pero hasta tanto no hayamos acariciado ese deseo de nuestra carne, no hay pecado. Hay tentación, pero no pecado. Cada uno es tentado, cuando es atraído y seducido por sus propios malos deseos. Y cuando su mal deseo ha concebido, produce el pecado. Y el pecado, una vez cumplido, engendra la muerte (Sant. 1:14 y 15).

Leo más:

"Acariciamos algún deseo pecaminoso, mediante el cual se impone el poder de sus tentaciones. Pero [Satanás] no pudo encontrar nada en el Hijo de Dios que le permitiera obtener la victoria. Jesús no consintió en pecar. Ni siquiera en un pensamiento logró que cediera al poder de la tentación".

Podéis, pues, ver, que el campo de batalla en el que se obtiene la victoria está en el límite entre la carne y la mente. La lucha tiene lugar en la esfera del pensamiento. Quiero decir que la batalla contra la carne tiene lugar –y también la victoria-, en el campo del pensamiento. Por lo tanto, Jesucristo vino en una carne como la nuestra, pero con una mente que mantuvo su integridad en contra de toda tentación, de toda seducción al pecado; una mente que jamás consintió al pecado, ni en la más mínima sombra concebible del pensamiento.

De esa forma ha traído a ese Hombre divino a todo ser humano en el mundo. Todos, por su elección, pueden tener esa mente divina que vence al pecado en la carne. La traducción de Young de 1 Juan 5:20 es: "Sabéis que ha venido el Hijo de Dios, y nos ha dado una mente". Lo mismo exactamente dice la versión alemana, y también el original griego: "nos ha dado una mente". Para que no haya duda, ese es el motivo por el que vino. Teníamos la mente carnal, la mente que seguía a Satanás y que cedía a la carne. ¿Qué fue lo que esclavizó la mente de Eva? –Vio que le árbol era bueno para comer. Pero no era bueno para eso, ¡de ninguna manera! El apetito, las concupiscencias o deseos de la carne, la engañaron. Tomó del árbol y comió. El apetito dominó, esclavizó a la mente: esa es la mente carnal, y es enemistad contra Dios. Proviene de Satanás. En Jesucristo resulta destruida mediante la mente divina que él trajo a la carne. Mediante esa mente divina sometió la enemistad, y la mantuvo en sumisión. De esa forma condenó al pecado en la carne. Por lo tanto, esa es nuestra victoria; nuestra victoria está en él, y todo depende de esa mente que hubo en él.

En aquel principio encontramos la explicación de todo. Allí se suscitó esa enemistad; Satanás tomó cautivo al hombre y esclavizó su mente. Dios dijo [a la serpiente]: "Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya". ¿Cuál es la simiente de la mujer? -Cristo. "Ésta [la simiente de la mujer] te herirá en la cabeza, y tú la herirás en el talón [no en la cabeza]" (Gén. 3:15). Todo cuanto Satanás pudo hacer con Cristo fue atraer, seducir la carne; poner tentaciones delante de la carne. No logró afectar la mente de Cristo. Por contraste, Cristo llega a la mente de Satanás, allí donde radica y habita la enemistad, y destruye ese objeto malvado. Todo queda explicado en el relato del Génesis.

La bendición de lo anterior consiste en que Satanás sólo puede influir en la carne. Puede suscitar los deseos de la carne, pero ahí está la mente de Cristo, que dice: ‘No, no; debo servir a la ley de Dios, y el cuerpo de carne debe serle sometido’.

Con posterioridad seguiremos avanzando en este pensamiento. Pero ya en este punto hay bendición, hay gozo, hay salvación para toda alma. Así, "haya, pues, en vosotros este sentir [mente] que hubo también en Cristo Jesús" (Fil. 2:5). Esa mente vence al pecado en carne pecaminosa. Mediante su promesa somos hechos participantes de la naturaleza divina (2 Ped. 1:4). La divinidad y la humanidad resultan una vez más unidas cuando la mente divina de Jesucristo, mediante su divina fe, mora en carne humana. Permite que eso suceda en ti, y alégrate en ello, alégrate por siempre.

Veis, por lo tanto, que la mente que tenemos es la mente carnal; es la carne quien la controla, ¿y de quién nos vino? -De Satanás. Por lo tanto, es enemistad contra Dios. Y esa mente de Satanás es la mente del yo, siempre yo, en el lugar de Dios. Cristo vino para traernos otra mente distinta de esa. Mientras tenemos la mente de Satanás, siendo la carne la que manda, servimos a la ley del pecado. Dios nos puede revelar su ley, y podemos admitir que su ley es buena, y desear cumplirla haciendo resoluciones en ese sentido, haciendo promesas y hasta pactos, "pero veo otra ley en mis miembros [en mi carne], que se rebela contra la ley de mi mente [contra ese anhelo de mi mente que se deleita en la ley de Dios], y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí!" (Rom. 7:23 y 24). Pero Cristo viene y nos trae otra mente –la mente espiritual-: nos la da. Nos da una mente; tenemos pues su mente, mediante su Espíritu Santo. Es entonces cuando con la mente, con la mente del Espíritu que Cristo nos ha dado, servimos a la ley de Dios. Gracias sean dadas al Señor.

Ved la diferencia. El capítulo 7 de Romanos describe al hombre en el que rige la carne. Esa carne logró en él extraviar a la mente, incluso en contra del anhelo del hombre. El capítulo noveno de 1ª de Corintios, versículos 26 y 27, describe al hombre en quien es la mente la que controla. Se trata del cristiano: en él la mente tiene el dominio sobre el cuerpo, estándole éste sometido, y manteniéndose en sumisión. Por lo tanto, leemos en otro lugar:

"No os conforméis a este mundo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento [mente]" (Rom. 12:2).

Y eso concuerda exactamente con el original griego: "Si alguno está en Cristo, es una nueva creación", o nueva criatura: no un viejo hombre mejorado, sino uno hecho de nuevo. Así, no se trata de la antigua mente modificada, sino de una mente creada de nuevo; es la mente de Cristo que el Espíritu de Dios nos trae, nos da, como algo enteramente nuevo.

Así lo muestra el capítulo 8 de Romanos: "Los que son de la carne piensan en las cosas de la carne". Puesto que se entregan a las obras de la carne, la mente sigue por ese camino. "Pero los que son del Espíritu [mente], de las cosas del Espíritu". "Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él". Es el Espíritu Santo quien nos trae la mente de Jesucristo. Verdaderamente el Espíritu de Dios trae a nosotros a Jesucristo. Mediante el Espíritu Santo está con nosotros, y mora en nosotros la genuina presencia de Cristo. ¿Podría acaso traernos a Cristo, sin traernos su mente? No, ciertamente. Por lo tanto es evidente que Cristo vino al mundo para traernos su mente.

Ved las implicaciones de lo anterior, lo que costó que fuera así, y cómo se logró. Esa mente carnal es la mente del yo. Es enemistad contra Dios, y está controlada por la carne. El propio Jesucristo, el Glorioso, vino en esa carne. El que hizo los mundos, el Verbo de Dios, fue hecho él mismo carne. El Dios que habitaba el cielo, habitó en nuestra carne pecaminosa. No obstante, ese Ser divino, cuando estuvo en carne pecaminosa, no manifestó nunca ni una partícula de su yo divino al resistir las tentaciones que había en aquella carne, sino que se despojó, se vació de sí mismo.

Estamos ahora analizando el mismo tema que hemos venido estudiando estos tres o cuatro años; pero Dios nos está conduciendo más en profundidad en el estudio de ese tema, y me gozo por ello. Durante tres o cuatro años hemos estado estudiando: "Haya, pues, en vosotros este sentir [mente] que hubo también en Cristo Jesús", quien se vació de sí mismo. En nosotros debe haber esa mente, a fin de que podamos ser vaciados de nuestro yo, puesto que no podemos hacerlo por nosotros mismos. Nada, excepto la divinidad, puede efectuarlo. Se trata de algo infinito. ¿Puede la mente de Satanás vaciarse a sí misma del yo? –No. ¿Puede la mente que hay en nosotros, esa mente del yo, vaciarse a sí misma del yo? –No puede; el yo no lo puede realizar. Jesucristo, el Eterno, vino en su divina persona en esta misma carne nuestra, y no permitió nunca que su poder divino -su yo personal- se manifestara en su lucha contra esas tentaciones, seducciones y atracciones de la carne.

¿Qué fue, entonces, lo que venció al pecado allí, guardándolo de pecar? Fue el poder de Dios, el Padre, el que lo guardó. ¿En qué nos afecta eso a nosotros? En esto: no podemos vaciarnos por nosotros mismos; pero su divina mente viene a nosotros, y por ese poder divino podemos ser vaciados de nuestro yo depravado; entonces, mediante ese poder divino, la mente de Jesucristo, de Dios, el Padre, viene a nosotros y nos guarda del poder de la tentación. Así Cristo, vaciándose de su yo divino, de su yo justo, nos trae el poder por medio del cual somos vaciados de nuestro yo depravado. Es así como abolió en su carne la enemistad, e hizo posible que dicha enemistad fuera destruida en vosotros y en mí.

¿Lo comprendéis? Sé que requiere considerable esfuerzo mental, y que una vez que hemos pensado en ello y lo hemos comprendido con claridad, la mente no puede seguir avanzando. Nos encontramos cara a cara con el misterio mismo de Dios; el finito intelecto humano debe entonces detenerse y decir: ‘Es terreno santo, es más de lo que puedo alcanzar; dejo el asunto con Dios’.

[Pregunta: ¿No dependió Cristo de Dios, para que lo guardara? Respuesta: Efectivamente, eso es lo que estoy diciendo. Es el punto principal].

Cristo dependió en todo tiempo del Padre. El propio Cristo, que hizo los mundos, estuvo en esta carne pecaminosa mía y vuestra que él tomó. El que creó los mundos estuvo allí en su divina presencia todo el tiempo; pero nunca se permitió a sí mismo manifestarse, ni efectuar [por sí mismo] ninguna de sus obras. Mantuvo su yo sometido. Cuando le sobrevinieron esas tentaciones podría haberlas aniquilado todas ellas mediante el justo ejercicio de su yo divino. Pero de haber obrado así, habría significado nuestra ruina. Si hubiera hecho valer su yo, si hubiera permitido que se manifestara, incluso en justicia, habría significado nuestra ruina, puesto que nosotros, que no somos otra cosa excepto maldad, no habríamos tenido nada ante nosotros que no fuera la manifestación del yo. Desplegad como un ejemplo a seguir la manifestación del yo, incluso en justicia divina, ante seres humanos que son rematadamente pecadores, y no estaréis consiguiendo más que confirmarlos aún más en el egoísmo y la maldad. Por lo tanto, a fin de que pudiéramos ser liberados de nuestro yo depravado, el ser Divino, el Santo, mantuvo en sujeción, sometió, se vació de toda manifestación de su justo yo. Cumplió así el objetivo. Lo cumplió anonadándose a cada instante y encomendando todo en las manos del Padre a fin de que lo guardara de esas tentaciones. Venció mediante la gracia y el poder del Padre, quien vino a él en razón de su fe, y de haberse vaciado de sí mismo.

En ese punto nos encontramos ahora. Es ahí en donde nos toca a vosotros y a mí. Somos tentados, somos probados; y tenemos siempre la ocasión de hacer valer nuestro yo, asumiendo nuestra prerrogativa de pasar a la acción. No faltan sugerencias en el sentido de que sufrir tales y tales cosas ‘es demasiado, incluso para un cristiano’, y de que ‘no se espera que la humildad de un cristiano vaya tan lejos como eso’. Alguien os hiere en la mejilla, estropea vuestro carro o vuestros enseres, o quizá arroja piedras contra la carpa o lugar de reunión en que estáis. Satanás hace la sugerencia: ‘Denúncialos y haz valer tus derechos dándoles un escarmiento. Un cristiano no tiene por qué soportar cosas como esas en el mundo. No es justo’. Entonces le respondéis así: ‘Tienes razón. No hay derecho. Les vamos a dar una lección’.

Sí, y quizá lo hacéis. Pero ¿de qué se trata? De auto-defensa, de una respuesta del yo. No: mantened a raya ese malvado yo; permitid que sea Dios quien tome cartas en el asunto: "Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor" (Rom. 12:19). Eso es lo que hizo Jesucristo. Le escupieron; se mofaron de él; lo abofetearon en el rostro; le dieron estirones al cabello; le pusieron en la sien una corona de espinas; y en son de burla se arrodillaron ante él diciendo: "Salve, rey de los judíos" (Mat. 27:29). Le vendaron los ojos y le hirieron, gritándole: "Profetiza: ¿quién es el que te golpeó?" (Luc. 22:64). Tuvo que soportar todo eso en su naturaleza humana, puesto que mantuvo silente su yo divino.

¿Os parece que debió sentir la sugerencia a que actuara para disolver aquella turba? ¿A que dejara ir una manifestación de su propia divinidad, barriendo así aquella impía multitud? Con toda seguridad Satanás estaba allí para sugerirle tal cosa. ¿Cuál fue, en respuesta, la actitud de Jesús? Se mantuvo indefenso como Cordero de Dios. No impuso su yo divino, no se valió de él. Sólo su humanidad se manifestó allí, entregándose totalmente para que fuera hecha la voluntad de Dios. Dijo a Pilato: "Ninguna autoridad tendrías contra mí si no te fuera dada de arriba" (Juan 19:11). Tal es la fe de Jesús. Y ese es el significado de la profecía que afirma que aquí están "los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús" (Apoc. 14:12). Hemos de tener esa fe divina de Jesucristo, que viene a nosotros en ese don de su mente que nos concede. Esa mente que él me da ejercerá en mí la misma fe que ejerció en él. Por lo tanto, guardamos la fe de Jesús.

Vemos pues a Jesús, mediante esa sumisión de sí mismo, evitando actuar según su justo yo y no permitiendo que se manifestara aún bajo las más fuertes tentaciones, y el Espíritu de Profecía nos dice que aquello que debió soportar en la noche de su traición eran las mismas cosas que la naturaleza humana encuentra tal difícil de soportar, aquello a lo que la naturaleza humana encuentra más difícil someterse; pero Jesús, absteniéndose del recurso a su yo divino, logró que la naturaleza humana se sometiera a él mediante el poder del Padre, que es quien le libró de pecar. De esa forma nos lleva a esa misma mente divina, a ese mismo poder divino, de forma que cuando se nos provoque, cuando se nos abofetee, cuando nos escupan en la cara, cuando seamos perseguidos como lo fue él –y muy pronto lo vamos a ser -, habiéndosenos dado esa mente divina que hubo en él, mantendrá a raya nuestro yo natural, nuestro yo pecador; y lo pondremos todo en manos de Dios. Entonces el Padre nos guardará en él hoy, tal como nos guardó en él entonces. Esa es nuestra victoria, y así es como destruyó la enemistad en favor nuestro. Y en él resulta destruida en nosotros. ¡Gracias al Señor!

Leeré ahora un fragmento del "Espíritu de Profecía", que será de ayuda en la comprensión del tema.

Primeramente a partir de un artículo publicado en la Review and Herald del 5 de julio de 1887. Es tan interesante que leeré algunos pasajes de ahí antes de proseguir con el Bulletin, de forma que todos puedan comprenderlo, y cada uno pueda tener la seguridad de que los pasos que hemos dado en nuestro estudio son exactamente los correctos:

"El apóstol quiere que nuestra atención se aparte de nosotros mismos y se enfoque en el Autor de nuestra salvación. Nos presenta las dos naturalezas de Cristo: la divina y la humana. Esta es la descripción de la divina: ‘El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse’. Él era ‘el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia’.

Ahora la [naturaleza] humana: ‘Hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte’. Voluntariamente tomó la naturaleza humana. Fue un acto suyo y por su propio consentimiento. Revistió su divinidad con humanidad. Él había sido siempre como Dios, pero no se mostró como Dios. Veló las manifestaciones de la Deidad que habían producido el homenaje y originado la admiración del universo de Dios. Fue Dios mientras estuvo en la tierra, pero se despojó de la forma de Dios y en su lugar tomó la forma y la figura de un hombre. Anduvo en la tierra como un hombre. Por causa de nosotros se hizo pobre, para que por su pobreza pudiéramos ser enriquecidos. Puso a un lado su gloria y su majestad. Era Dios, pero por un tiempo se despojó de las glorias de la forma de Dios. Aunque anduvo como pobre entre los hombres, repartiendo sus bendiciones por doquiera que iba, a su orden legiones de ángeles habrían rodeado a su Redentor y le hubieran rendido homenaje".

Cuando Pedro hizo frente a los oficiales y desenvainó la espada, seccionando la oreja de uno de los siervos del sumo sacerdote en ocasión del arresto de Cristo, Jesús le dijo: Pedro, guarda tu espada; ¿no sabes que podría llamar a dos legiones de ángeles?

"Pero anduvo por la tierra sin ser reconocido, sin ser confesado por sus criaturas, salvo pocas excepciones. La atmósfera estaba contaminada con pecados y maldiciones en lugar de himnos de alabanza. La porción de Cristo fue la pobreza y la humillación. Mientras iba de un lado a otro cumpliendo su misión de misericordia para aliviar a los enfermos, para reanimar a los deprimidos, apenas si una voz solitaria lo llamó bendito, y los más encumbrados de la nación lo pasaron por alto con desprecio.

Esto contrasta con las riquezas de gloria, con el caudal de alabanza que fluye de lenguas inmortales, con los millones de preciosas voces del universo de Dios en himnos de adoración. Pero Cristo se humilló a sí mismo, y tomó sobre sí la mortalidad. Como miembro de la familia humana, era mortal; pero como Dios era la fuente de vida para el mundo. En su persona divina podría haber resistido siempre los ataques de la muerte y haberse negado a ponerse bajo el dominio de ella. Sin embargo, voluntariamente entregó su vida para poder dar vida y sacar a la luz la inmortalidad. Llevó los pecados del mundo y sufrió el castigo que se acumuló como una montaña sobre su alma divina. Entregó su vida como sacrificio para que el hombre no muriera eternamente. No murió porque estuviese obligado a morir, sino por su propio libre albedrío".

Eso es sacrificarse, eso es vaciarse.

"Esto era humildad. Todo el tesoro del cielo fue derramado en una dádiva para salvar al hombre caído. Cristo reunió en su naturaleza humana todas las energías vitalizantes que los seres humanos necesitan y deben recibir".

Y Cristo las trae a mi naturaleza humana, a la vuestra si lo elegís así, mediante el Espíritu de Dios que nos trae su divina presencia, vaciándonos de nosotros mismos, y haciendo que aparezca Dios en lugar de aparecer el yo.

"¡Admirable combinación de hombre y Dios! Cristo podría haber ayudado su naturaleza humana para que resistiera a las incursiones de la enfermedad derramando en su naturaleza humana vitalidad y perdurable vigor de su naturaleza divina. Pero se rebajó hasta [el nivel de] la naturaleza humana. Lo hizo para que se pudieran cumplir las Escrituras; y el Hijo de Dios se amoldó a ese plan aunque conocía todos los pasos que había en su humillación, los cuales debía descender para expiar los pecados de un mundo que, condenado, gemía. ¡Qué humildad fue ésta! Maravilló a los ángeles. ¡La lengua humana nunca podrá describirla; la imaginación no puede comprenderla!"

Pero podemos apropiarnos del bendito hecho, y disfrutar del beneficio que conlleva por toda la eternidad, y Dios nos dará eternidad para que así lo hagamos.

"¡El Verbo eterno consintió en hacerse carne! ¡Dios se hizo hombre!" ¿Qué soy yo? ¿Qué sois vosotros? Se hizo nosotros, y Dios con él es Dios con nosotros.

"Pero aún descendió más". ¡Cómo! ¿Aún más? -Pues sí.

El Hombre –Cristo-, tenía aún que humillarse en tanto en cuanto hombre. Puesto que necesitamos humillarnos, él no sólo se humilló como Dios, sino que tras haberse hecho hombre, se humilló también como hombre, de forma que nosotros pudiéramos humillarnos ante Dios. Se vació de sí mismo como Dios, haciéndose hombre; y entonces, como hombre, se humilló nuevamente, haciendo posible que nosotros nos humillemos. ¡Todo a fin de que pudiéramos ser salvos! Ahí hay salvación. ¿No nos lo apropiaremos, y lo disfrutaremos día y noche, estando eternamente agradecidos como cristianos?

"Pero aún descendió más. El hombre [Jesús] debía humillarse como un hombre que soporta insultos, reproches, vergonzosas acusaciones y ultrajes. Parecía no haber lugar para él en su propio territorio. Tuvo que huir de un lugar a otro para salvar su vida. Fue traicionado por uno de sus discípulos; fue negado por uno de sus más celosos seguidores; se mofaron de él. Fue coronado con una corona de espinas; fue azotado; fue obligado a llevar la carga de la cruz. No era insensible a este desprecio y a esta ignominia. Se sometió, pero ¡ay!, sintió la amargura como ningún otro ser podía sentirla. Era puro, santo e incontaminado, ¡y sin embargo fue procesado criminalmente como un delincuente! El adorable Redentor descendió desde la más elevada exaltación. Paso a paso se humilló hasta la muerte, ¡pero qué muerte! Era la más vergonzosa, la más cruel: la muerte en la cruz como un malhechor. No murió como un héroe ante los ojos del mundo, lleno de honores como los que mueren en la batalla. ¡Murió como un criminal condenado, suspendido entre los cielos y la tierra; murió tras una lenta agonía de vergüenza, expuesto a los vituperios y afrentas de una multitud relajada, envilecida y cargada de crímenes! ‘Todos los que me ven me escarnecen; estiran la boca, menean la cabeza’ (Sal. 22:7). Fue contado entre los transgresores. Expiró en medio de burlas, y renegaron de él sus parientes según la carne. Su madre contempló su humillación, y se vio forzado a ver la espada que atravesaba el corazón de ella. Soportó la cruz menospreciando la vergüenza. Pero lo tuvo en poco pues pensaba en los resultados que buscaba no sólo en favor de los habitantes de este pequeño mundo, sino de todo el universo, de cada mundo que Dios había creado.

Cristo tenía que morir como sustituto del hombre. El hombre era un criminal condenado a muerte por la transgresión de la ley de Dios; un traidor, un rebelde. Por lo tanto, el Sustituto del hombre debía morir como un malhechor, porque Cristo estuvo en el lugar de los traidores, con todos los pecados acumulados por ellos puestos sobre su alma divina. No era suficiente que Jesús muriera para satisfacer completamente las demandas de la ley quebrantada, sino que murió una muerte oprobiosa. El profeta presenta al mundo las palabras de Cristo: ‘No escondí mi rostro de injurias y esputos’.

Teniendo en cuenta todo esto, ¿pueden albergar los hombres una partícula de exaltación propia? Al recapacitar en la vida, los sufrimientos y la humillación de Cristo, ¿pueden levantar la orgullosa cabeza como si no tuvieran que soportar pruebas, vergüenza o humillación? Digo a los seguidores de Cristo: mirad el Calvario y sonrojaos de vergüenza por vuestras ideas arrogantes. Toda esta humillación de la Majestad del cielo fue por causa del hombre culpable y condenado. Cristo descendió más y más en su humillación, hasta que no hubo profundidades más hondas donde pudiera llegar para elevar al hombre sacándolo de su contaminación moral".

¡Cuán bajo debíamos estar en nuestra caída, siendo que para elevarnos de nuestra contaminación moral Cristo tuvo que dar paso tras paso descendiendo más y más, hasta que no quedó mayor profundidad a la que descender! Pensad en ello y ved hasta qué profundidad habíamos caído. ¡Todo esto fue por ti, que luchas por la supremacía, que buscas la alabanza de los hombres, que procuras la exaltación humana; fue por ti que temes no recibir todo ese reconocimiento, esa deferencia que crees que te deben otras mentes humanas! ¿Es eso semejanza con Cristo?

"’Haya, pues, en vosotros este sentir [mente] que hubo también en Cristo’. Murió en expiación y para convertirse en modelo de todo el que desee ser su discípulo. ¿Albergaréis egoísmo en vuestro corazón? ¿Y ensalzarán vuestros méritos los que no tienen delante de ellos a Jesús como modelo? No tenéis mérito alguno, salvo los que recibáis mediante Jesucristo. ¿Albergaréis orgullo después de haber contemplado a la Deidad que se humillaba, y que después se rebajó como hombre hasta que no hubo nada más bajo a lo cual pudiera descender? ‘Espantaos, cielos’, y asombraos, vosotros habitantes de la tierra, por cómo se recompensaría a vuestro Señor.

¡Qué desprecio! ¡Qué maldad! ¡Qué formalismo! ¡Qué orgullo! ¡Qué esfuerzos hechos para ensalzar al hombre y glorificar al yo, cuando el Señor de la gloria se humilló a sí mismo, y por nosotros agonizó y murió una muerte oprobiosa en la cruz!

¿Quién está aprendiendo la mansedumbre y humildad del Modelo? ¿Quién se está esforzando fervientemente por dominar el yo? ¿Quién está tomando su cruz y siguiendo a Jesús? ¿Quién está luchando contra el engreimiento? ¿Quién está aprestando fervientemente todas sus energías para vencer la envidia, los celos, las conjeturas impías y bajos deseos satánicos, purificando el templo del alma de toda contaminación y abriendo la puerta del corazón para que entre Jesús? Ojalá que esas palabras pudieran causar una impresión tal en las mentes, que todos aquellos que las leyeran pudieran cultivar la gracia de la humildad mediante la negación del yo, haciéndolos más dispuestos a estimar a los demás que a ellos mismos, teniendo la mente y espíritu de Cristo para llevar las cargas de los otros. ¡Oh, si pudiéramos escribirlo profundamente en nuestros corazones, al contemplar la gran condescendencia y humillación a las que descendió el Hijo de Dios, para que pudiéramos ser hechos participantes de la naturaleza divina!" (Reproducido parcialmente en Comentarios de E. White, CBA vol. 5, p. 1101 y 1102).

Leo ahora en las páginas de la pre-edición del nuevo libro "Life of Christ":

"A fin de llevar a cabo la gran obra de la redención, el Redentor ha de tomar el lugar del hombre caído. Cargado con los pecados del mundo, ha de recorrer el terreno en el que Adán tropezó. Ha de retomar la obra allí donde Adán fracasó, y soportar una prueba de carácter similar, pero infinitamente más severa que aquella en la que [Adán] había resultado vencido. Es imposible para el hombre comprender plenamente las tentaciones de Satanás a nuestro Salvador. Todas las tentaciones al mal que los hombres encuentran tan difícil resistir, le fueron presentadas al Hijo de Dios para que les hiciera frente, en un grado tan superior como lo era su carácter, en relación con el del hombre caído.

Cuando Adán fue abordado por el tentador, no tenía mancha de pecado. Se tenía ante Dios en la fortaleza de la perfecta humanidad, estando todos los órganos y facultades de su ser plenamente desarrollados y en equilibrio armonioso; estaba rodeado de bellos objetos, y estaba en comunión diaria con los santos ángeles. ¡Qué contraste con ese ser perfecto presentaba el segundo Adán cuando entró en el desierto desolado a vérselas con Satanás! Durante cuatro mil años la raza había estado disminuyendo en estatura y fortaleza física, y deteriorándose en valor moral; y a fin de elevar al hombre caído, Cristo tenía que alcanzarlo allí donde estaba. Asumió la naturaleza humana, llevando las debilidades y degeneración de la raza. Se humilló a sí mismo hasta las mayores profundidades de la miseria humana, a fin de poder simpatizar con el hombre y rescatarlo de la degradación en que el pecado lo había hundido.

‘Convenía a aquel por cuya causa existen todas las cosas y por quien todas las cosas subsisten que, habiendo llevado muchos hijos a la gloria, perfeccionara por medio de las aflicciones al autor de la salvación de ellos’ (Heb. 2:10). ‘Y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que lo obedecen’ (Heb. 5:9). ‘Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados’ (Heb. 2:17 y 18). "No tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado’ (Heb. 4:15).

Es cierto que Cristo dijo de sí mismo en cierta ocasión: ‘Viene el príncipe de este mundo y él nada tiene en mí’ (Juan 14:30). Satanás encuentra en los corazones humanos algún asidero en que hacerse firme; acariciamos algún deseo pecaminoso, mediante el cual se impone el poder de sus tentaciones. Pero [Satanás] no pudo encontrar nada en el Hijo de Dios que le permitiera obtener la victoria. Jesús no consintió en pecar. Ni siquiera en un pensamiento logró que cediera al poder de las tentaciones de Satanás. Sin embargo está escrito de Cristo que fue tentado en todo punto tal como lo somos nosotros. Muchos sostienen que debido a la naturaleza de Cristo era imposible que las tentaciones de Satanás lo debilitaran o vencieran. Pero en ese caso Cristo no habría podido ser colocado en la posición de Adán, a fin de recorrer el terreno sobre el que Adán tropezó y cayó; no habría podido obtener la victoria que Adán dejó de ganar. A menos que hubiera sido colocado en una posición tan probatoria como aquella en la que había estado Adán, no podía redimir la caída de Adán. Si el hombre tuviera que resistir en algún sentido un conflicto más severo del que Cristo tuvo, entonces Cristo no podría socorrerlo al ser tentado. Cristo tomó la humanidad con todo su pasivo. Tomó la naturaleza del hombre con la posibilidad de ceder a la tentación, y se apoyó en el poder divino para que lo guardara.

La unión de lo divino con lo humano es una de las más misteriosas, tanto como preciosas, de entre las verdades del plan de la redención. A eso se refería Pablo, al decir: ‘Indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne’ (1 Tim. 3:16). Si bien es imposible para las mentes finitas captar plenamente esta gran verdad, o desentrañar su significado, podemos aprender de ella lecciones de importancia vital en nuestras luchas contra la tentación. Cristo vino al mundo a traer poder divino a la humanidad, a hacer que el hombre fuera participante de la naturaleza divina".

Podéis ver que andamos todo el tiempo sobre un fundamento seguro. Cuando se dice que tomó nuestra carne, pero sin ser participante de nuestras pasiones, es estrictamente cierto, es correcto, puesto que su mente divina jamás consintió en pecar. Y el Espíritu Santo que nos es dado con generosidad, nos trae esa mente.

"Sabemos que ha venido el Hijo de Dios, y nos ha dado una mente"; y "nosotros tenemos la mente de Cristo". "Haya, pues, en vosotros este sentir [mente] que hubo también en Cristo Jesús".

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