General Conference Daily Bulletin, 1895
El mensaje del tercer ángel (nº 15)
A.T. Jones


Seguimos estudiando el nombre de Cristo, que es "Dios con nosotros". Y tal como hemos visto ya, él no podía ser Dios con nosotros a menos que se hiciera nosotros, debido a que no es él mismo quien se manifiesta en el mundo. No vemos a Jesús en este mundo, tal como era en el cielo; ni vemos en el mundo la personalidad que tenía en el cielo antes de venir aquí. Se vació de sí mismo y se hizo nosotros. Entonces, habiendo puesto en Dios su confianza, Dios moró con él. Siendo él nosotros, y siendo Dios con él, resulta que Cristo es "Dios con nosotros". Tal es su nombre.

Si hubiese venido al mundo tal como era en el cielo, como Dios; si se hubiese manifestado como era allí, y siendo Dios con él, su nombre no habría sido "Dios con nosotros", puesto que él no habría sido nosotros. Pero [el Hijo] se vació de sí mismo. No fue él mismo quien se manifestó al mundo. Leemos: "Nadie conoce al Hijo, sino el Padre" (Mat. 11:27) -no sólo ningún ser humano, sino "nadie"-. Nadie conoce al Hijo sino el Padre. "Ni nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar". Observad que el texto NO dice: ‘Nadie conoce al Hijo, excepto el Padre y aquel a quien el Padre se lo quiera revelar’. No. Ningún hombre conoce al Hijo en absoluto; solamente el Padre lo conoce. El Padre no revela al Hijo al mundo, sino que el Hijo revela al Padre. Cristo no es la revelación de sí mismo. Es la revelación del Padre al mundo y en el mundo –y a los hombres-. Por lo tanto, "nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar". Es, pues, el Padre quien es revelado al mundo, quien es revelado a nosotros y en nosotros, en Cristo. Es todo el tiempo el tema de nuestro estudio. Es el centro alrededor del cual gira todo lo demás. Siendo que Cristo tomó nuestra naturaleza humana en todas las cosas en la carne, y puesto que vino a ser nosotros, cuando leemos sobre él y sobre el trato que recibe del Padre, estamos leyendo realmente sobre nosotros mismos, y de la forma como nos trata el Padre. Lo que Dios le hizo a él, lo hizo a nosotros; lo que Dios hizo por él, lo hizo por nosotros. Y así, leemos: "Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros seamos justicia de Dios en él" (2 Cor. 5:21).

Debía ser en todo semejante a los hermanos; y es nuestro hermano según el parentesco de sangre más cercano posible. Vamos a estudiar ahora otra fase de ese gran tema: primeramente en los Salmos -Cristo en los Salmos-, a fin de que podamos ver cuán enteramente los Salmos significan Cristo, y que la experiencia allí registrada no es otra que la suya.

Es imposible referirse en detalle a los 150 salmos en una sola lección, o en una docena de ellas. Sin embargo, en cierto sentido podemos referirnos a todos los salmos, estudiando unos pocos como muestra, a fin de descubrir el secreto de todos ellos, y su secreto es este: Cristo. Tomaremos algunos de los salmos en los cuales Dios mismo hizo la aplicación a Cristo, de forma que no pueda existir duda alguna de que se refieren a él. Entonces, al leer esos salmos podemos tener la seguridad de que estamos leyendo sobre Jesucristo, y de la forma en que Dios lo trata –siendo él "nosotros" todo el tiempo, débil como nosotros, con una carne pecaminosa como la nuestra, hecho pecado como nosotros, habiéndole sido puestos toda nuestra culpa y pecados sobre él, y sintiendo él la culpabilidad y condenación en todo, en tanto que nosotros.

Tomad el salmo cuarenta, que se refiere a Cristo en su venida al mundo. Estudiémoslo junto con el capítulo 10 de Hebreos. Comenzando en Salmo 40:6: "Sacrificio y ofrenda no te agradan; has abierto mis oídos". "Abierto" se puede traducir también como "perforado". Encontramos la clave para comprenderlo en Éxodo 21:1-6. El siervo hebreo debía servir a su amo un cierto número de años, y el año de la liberación quedaba libre. Pero si declaraba: "Yo amo a mi señor, a mi mujer y a mis hijos; no quiero salir libre", entonces el amo lo llevaba junto al dintel de la puerta, le horadaba la oreja con un punzón, y venía a ser su siervo para siempre. Ese orificio efectuado en su oreja era la señal externa de que los oídos de aquel hombre estaban siempre abiertos a la palabra de su señor, estaban atentos a obedecerle.

Cuando Cristo vino a este mundo como hombre, dijo al Padre: "Sacrificio y ofrenda no te agradan; has abierto mis oídos". ‘Mis oídos están abiertos a tu palabra, prestos a tus órdenes. No me iré. Amo a mi Señor y a mis hijos. Me quedaré. Soy tu siervo para siempre’.

"Holocausto y expiación no has demandado. Entonces dije: ‘He aquí, vengo; en el rollo del libro está escrito de mí; el hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado’"

Leamos ahora Hebreos 10:5-9:

"Por lo cual, entrando en el mundo dice: ‘Sacrificio y ofrenda no quisiste, mas me diste un cuerpo. Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron’. Entonces dije: ‘He aquí vengo, Dios, para hacer tu voluntad, como en el rollo del libro está escrito de mí’. Diciendo primero: ‘Sacrificio y ofrenda, holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron’ –cosas que se ofrecen según la ley-, y diciendo luego: ‘He aquí vengo, Dios, para hacer tu voluntad’, quita lo primero para establecer esto último"

Encontramos ahí la aplicación que Dios hace del salmo 40 a Cristo; y dijo eso cuando vino al mundo. Sigamos leyendo en el salmo 40:

"El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu Ley está en medio de mi corazón. He anunciado justicia en la gran congregación; he aquí, no refrené mis labios, Jehová, tú lo sabes. No encubrí tu justicia dentro de mi corazón; he publicado tu fidelidad y tu salvación; no oculté tu misericordia y tu verdad en la gran congregación. Jehová, no apartes de mí tu misericordia; tu misericordia y tu verdad me guarden siempre, porque me han rodeado males sin número [¿A quién? -A Cristo]; me han alcanzado mis maldades y no puedo levantar la vista. Se han aumentado más que los cabellos de mi cabeza y mi corazón me falla"

¿Cristo? ¿Cómo le alcanzaron "maldades"? "Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros" (Isa. 53:6). ¿No se aumentaron más que los cabellos de su cabeza? Y cuando miró su estado, cuando se consideró a sí mismo, ¿cuál le pareció su condición? "Mi corazón me falla", debido a la enormidad de la culpa y condenación del pecado, debido a nuestros pecados que fueron puestos sobre él.

Pero continúa en su divina fe y confianza en el Padre:

"Quieras, Jehová, librarme; Jehová, apresúrate a socorrerme. Sean avergonzados y confundidos a una los que buscan mi vida para destruirla. Vuelvan atrás y avergüéncese los que mi mal desean. Sean asolados en pago de su afrenta los que se burlan de mí [¿no se burlaron así de él en la cruz?]. Gócense y alégrense en ti todos los que te buscan, y digan siempre los que aman tu salvación: ‘¡Jehová sea enaltecido!’"

¿Quién dijo eso? Aquel que era consciente de maldades en número superior a los cabellos de su cabeza. Aquel que estaba tan inclinado y postrado por esa carga. ¡Estaba alabando y gozándose en el Señor!

"Aunque yo esté afligido y necesitado, Jehová pensará en mí. Mi ayudador y mi libertador eres tú. ¡Dios mío, no te tardes!"

Volviendo ahora al versículo primero del salmo 40:

"Pacientemente esperé a Jehová, y se inclinó a mí y oyó mi clamor"

¿Quién? –Cristo: y él era nosotros. Por lo tanto, ¿diremos nosotros la palabra: "Pacientemente esperé a Jehová, y se inclinó a y oyó mi clamor"? Ciertamente. ¿Cargado de pecado, tal como estoy? ¿Pecador como soy? ¿Con esta carne pecaminosa que poseo? ¿Cómo puedo saber que él oye mi clamor? Lo demostró para siempre en mi Pariente más próximo. Demostró en mi carne que se inclina y oye mi clamor. Oh, hay momentos en los que nuestros pecados parecen ser como una montaña. Hacen que nos sintamos tan desanimados... Y Satanás está allí mismo, presto a decir: ‘Sí. No tienes más remedio que desanimarte por tus pecados. Es inútil que ores al Señor: él no va a querer saber nada con personas como tú; tu maldad es demasiada’. Y comenzamos a pensar que el Señor no va a oír nuestras oraciones. ¡Desechad esos pensamientos! No es solamente que oirá, sino que está presto a oír. Recordad lo dicho por Malaquías: "Jehová escuchó y oyó" (3:16). El Señor está deseoso de escuchar las oraciones de personas cargadas de pecado.

Pero hay momentos en nuestro desánimo cuando las aguas parecen cubrir nuestras almas ahogándonos, momentos en los que apenas logramos reunir el valor y la fe para pronunciar en voz alta nuestras oraciones. Oh, en ocasiones como esas, cuando son demasiado débiles en su fe como para que se las pueda escuchar, aún entonces él se inclina hacia nosotros y nos oye; inclina su oído y nos escucha. Así es el Señor; así es el Padre de nuestro Señor Jesucristo, el amante Salvador de los pecadores. Entonces, si es que debe conducirnos a través de las aguas profundas, y estas pasan por encima de nuestras almas, como lo hicieron sobre la suya, ¡podemos esperar pacientemente en Jehová, y él se inclinará y oirá nuestro clamor!

"Me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; puso mis pies sobre peña y enderezó mis pasos. Puso luego en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios. Verán esto muchos y temerán, y confiarán en Jehová. [¿Quién dijo eso? -Jesús] ¡Bienaventurado el hombre que puso en Jehová su confianza y no mira a los soberbios ni a los que se desvían tras la mentira!"

Buscad ahora el salmo 22. Hay mucho en ese salmo que nos es familiar, cuya aplicación conocen todos. Comienza así:

"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? [¿Quién dijo eso? –Jesús en la cruz] ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación y de las palabras de mi clamor? Dios mío, clamo de día y no respondes; y de noche y no hay para mí descanso. Pero tú eres santo, tú que habitas entre las alabanzas de Israel. En ti esperaron nuestros padres [Jesús vino en la línea de los padres]; esperaron y tú los libraste. Clamaron a ti y fueron librados; confiaron en ti y no fueron avergonzados. Pero yo soy gusano y no hombre; oprobio de los hombres y despreciado del pueblo. Todos los que me ven se burlan de mí; tuercen la boca y menean la cabeza, diciendo: ‘Se encomendó a Jehová, líbrelo él; sálvelo, puesto que en él se complacía’"

Sabéis que ese es el registro de su crucifixión; es el salmo de la crucifixión.

"Pero tú eres el que me sacó del vientre, el que me hizo estar confiado desde que estaba en el regazo de mi madre. A ti fui encomendado desde antes de nacer; desde el vientre de mi madre, tú eres mi Dios. No te alejes de mí, porque la angustia está cerca y no hay quien me ayude. Me han rodeado muchos toros; fuertes toros de Basán me han cercado. Abrieron contra mí su boca como león rapaz y rugiente. He sido derramado como el agua y todos mis huesos se descoyuntaron. Mi corazón fue como cera, derritiéndose dentro de mí. Como un tiesto se secó mi vigor y mi lengua se pegó a mi paladar. ¡Me has puesto en el polvo de la muerte! Perros me han rodeado; me ha cercado una banda de malignos; desgarraron mis manos y mis pies. ¡Contar puedo todos mis huesos! Entre tanto, ellos me miran y me observan. Repartieron entre sí mis vestidos y sobre mi ropa echaron suertes [Fue la experiencia de Jesús en la cruz]. Mas tú, Jehová, ¡no te alejes! Fortaleza mía, ¡apresúrate a socorrerme! Libra de la espada mi alma [margen KJV: ‘mi único’; Septuaginta: ‘mi unigénito’], del poder del perro mi vida. Sálvame de la boca del león y líbrame de los cuernos de los toros salvajes. Anunciaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la congregación te alabaré. Los que teméis a Jehová, ¡alabadlo! ¡Glorificadlo, descendencia toda de Jacob! ¡Temedlo vosotros, descendencia toda de Israel!, porque no menospreció ni rechazó el dolor del afligido, ni de él escondió su rostro, sino que cuando clamó a él, lo escuchó"

¿Quién dice eso, como el afligido, como el pecador abrumado y cargado por el peso del pecado, en número superior al de los cabellos de su cabeza? ¿Quién declara que Dios el Padre no menospreciará ni rechazará al que clama así? Cristo mismo, y lo comprobó. ¿Quién afirmó que el Padre no esconderá su rostro de alguien como vosotros y como yo? Cristo, y lo demostró, pues ¿acaso no vive ahora en gloria, a la diestra de Dios? En eso queda demostrado ante el universo que Dios no esconderá su rostro del hombre cuyas iniquidades han pasado como oleada sobre su cabeza, y superan en número a los cabellos de su cabeza. Tened, pues, buen ánimo. Él es nuestra salvación, él la logró; demostró a todos los hombres que Dios es el Salvador de los pecadores.

"De ti será mi alabanza en la gran congregación; mis votos pagaré delante de los que lo temen"

¿Lo haréis vosotros? Ahora observad: ¿Quién era él cuando dijo todo lo anterior? Era nosotros. Entonces, ¿quién será el que continúa aún diciéndolo? ¿No nos contará a nosotros en él, tal como hizo hace mil ochocientos años? En aquella ocasión nos contó en él porque él era nosotros, y ahora, en él, ¿no sucede lo mismo? Los dos últimos versículos del salmo:

"La posteridad lo servirá; esto será contado de Jehová hasta la postrera generación. Vendrán y anunciarán su justicia; a pueblo no nacido aún, anunciarán que él hizo esto"

El salmo que sigue, el 23, dice:

"Jehová es mi pastor" El pastor, ¿de quién? –De Cristo. El 22 es un himno a la crucifixión, el salmo de la crucifixión. ¿Dónde queda situado el 23? Sigamos leyendo:

"Jehová es mi pastor, nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma. Me guiará por sendas de justicia"

¿A quién? ¿A mí, pecador? ¿Cargado de pecados como estoy? ¿Me guiará por sendas de justicia? –Sí. ¿Cómo podéis estar seguros de ello? Constatando que lo hizo ya. En Cristo me llevó ya entonces por sendas de justicia por amor de su nombre, durante toda una vida. Por lo tanto, sé que en Cristo me llevará, pecador que soy, una vez más y por siempre, por sendas de justicia por amor de su nombre. Eso es fe.

Tomando esas palabras -tal como hemos oído en la lección que ha dado el hermano Prescott esta tarde-, como siendo la salvación de Dios que viene a nosotros, esas mismas palabras [de Cristo] obrarán en nosotros la salvación de Dios. Así lo obtuvo Cristo. Cuando él se puso a sí mismo en nuestro lugar, ¿dónde obtuvo salvación? Él no se salvó a sí mismo. De ahí la provocación: "A otros salvó, pero a sí mismo no se puede salvar... descienda ahora de la cruz, y creeremos en él" (Mat. 27:42). Podía haber descendido. Pero si se hubiese salvado a sí mismo, para nosotros habría sido la ruina. Si él se hubiera salvado, nosotros nos habríamos perdido. ¡Pero nos salva a nosotros! ¿Qué lo salvó a él? Esa palabra de salvación lo salvó a él cuando se hizo nosotros, y nos salva a nosotros cuando estamos en él. Me guía por sendas de justicia por amor de su nombre. A mí. Y eso a fin de que cada persona sobre la tierra pueda decir en él, "Me guía".

Sí, "aunque ande en valle de sombra de muerte". ¿Dónde estaba Cristo, en ese salmo 23? –En la cruz, enfrentando la muerte. El salmo viene ahí en perfecta sucesión, cuando Jesús desciende al valle tenebroso. "Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento". ¿Quién? –Cristo, y en él, nosotros; y podemos estar seguros porque Dios lo hizo ya por nosotros en él. Y en él sigue ocurriendo así en nuestro favor.

"Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores; unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando. Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida"

¿A quién? –A mí, ¡gracias al Señor! ¿Cómo lo puedo saber? -Porque el bien y la misericordia me siguieron ya entonces en él. El bien y la misericordia me siguieron desde el nacimiento hasta la tumba una vez en este mundo, en él; y por tanto tiempo como esté en él, me continuarán siguiendo. En él, me sucedió ya. Quedó demostrado ante el universo, y yo lo tomo y me gozo en ello.

Viene a continuación el salmo 24. El 22 es el salmo de la crucifixión; el 23 muestra a Cristo en el valle de sombra y de muerte; y el 24 es el salmo de la ascensión.

"¡Alzad, puertas, vuestras cabezas! ¡Alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria! ¿Quién es este Rey de gloria? ¡Jehová el fuerte y valiente, Jehová el poderoso en batalla! ¡Alzad, puertas, vuestras cabezas! ¡Alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria! ¿Quién es este Rey de gloria? ¡Es Jehová de los ejércitos! ¡Él es el Rey de gloria!"

Sucedió ya en mi favor en él; en él sigue sucediendo en mi beneficio; y en él, "en la casa de Jehová moraré por largos días".

Lo anterior es solamente ilustrativo de la verdad tal como es en Cristo, en los salmos. Buscad el salmo 69 y lo veréis aún más claramente. En verdad, ¿dónde podemos mirar en los salmos, sin verlo? Leeré, no obstante, uno o dos versículos en el salmo 69, a fin de que veáis cómo es exactamente aplicable aquí.

Versículo 4: "Se han aumentado más que los cabellos de mi cabeza los que me odian sin causa". Recordad Juan 15:25: "Sin causa me odian". Versículo 7: "Por amor de ti he sufrido afrenta; confusión ha cubierto mi rostro. Extraño he sido para mis hermanos y desconocido para los hijos de mi madre. Me consumió el celo de tu casa". "Entonces recordaron sus discípulos que está escrito: ‘El celo de tu casa me consumirá’" (Juan 2:17). Versículo 9: "Los insultos de los que te vituperaban cayeron sobre mí". Pablo escribió en Romanos 15:3: "Porque ni aún Cristo se agradó a sí mismo; antes bien, como está escrito: ‘Los vituperios de los que te vituperaban cayeron sobre mí’".

Ahora, Sal. 69:20 y 21:

"El escarnio ha quebrantado mi corazón y estoy acongojado. Esperé a quien se compadeciera de mí; y no lo hubo; busqué consoladores, y ninguno hallé. Me pusieron además hiel por comida y en mi sed me dieron a beber vinagre"

¿Puede alguien dudar de que ese salmo se aplica a Cristo?

Leámoslo ahora desde el principio: "¡Sálvame, Dios, porque las aguas han entrado hasta el alma! Estoy hundido en cieno profundo, donde no puedo hacer pie; he llegado hasta lo profundo de las aguas y la corriente me arrastra. Cansado estoy de llamar; mi garganta se ha enronquecido; han desfallecido mis ojos esperando a mi Dios". Ya hemos leído el versículo 4: "...los que me odian sin causa, etc". Versículo 5: "Dios, tú conoces mi insensatez, y mis pecados no te son ocultos". ¿Los pecados de quién? ¡Cristo, el justo, el que no conoció pecado, por nosotros fue hecho pecado! (2 Cor. 5:21). Nuestros pecados fueron puestos sobre él; la culpabilidad y condenación de ellos no fueron "ocultos" para Dios.

Oh, tuvo que ser algo terrible el vaciarse de sí mismo y hacerse nosotros en todo, a fin de que pudiésemos ser salvos, corriendo el riesgo, el terrible riesgo de perderlo todo: arriesgándolo todo para salvarlo todo. Pero ¿qué éramos nosotros, por nosotros mismos? Desde la cabeza hasta los pies, nada más que un cuerpo de pecado. Sin embargo, lo arriesgó todo para salvarnos. No éramos nada, pero él lo hizo en su amor y compasión. Gracias al Señor por tener ese regio valor para hacerlo. Y triunfó; y somos salvos en él.

Hemos leído aquí su confesión de pecado. Se trataba de él en tanto en cuanto nosotros, en nuestro lugar, confesando nuestros pecados, cosa que ciertamente nos era necesaria. Fue bautizado en nuestro favor, dado que ningún bautismo de nuestra parte podría ser perfecto, como para ser aceptable en justicia. "Para que sea aceptado será sin defecto" (Lev. 22:21). Ninguna confesión de pecado por parte del hombre puede ser en ella misma "sin defecto"; no puede ser tan perfecta como para que Dios pueda aceptarla en justicia, dado que el hombre es imperfecto. ¿Dónde, pues, podemos encontrar la perfección en la confesión? ¡En él! En él mi confesión del pecado es perfecta, ya que fue él quien la hizo. Cuántas veces sucede que, una vez que una persona ha hecho una confesión de pecado tan a conciencia como pudo y supo, Satanás toma ventaja con su sugerencia: ‘No has confesado adecuadamente tu pecado. No has confesado con la intensidad necesaria para obtener perdón. Sí, claro, has confesado, pero no como es debido. Dios no puede perdonarte con una confesión como esa’. Eleva la palabra de Dios ante él y dile: Hay Uno que es perfecto; él llevó mis pecados e hizo confesión: cuando él me muestra el pecado, lo confieso con todas mis fuerzas y capacidad, y en la medida en que Dios me lo revela; y en él, en virtud de su confesión, la mía es aceptada en justicia. Su confesión es perfecta en todo respecto, y Dios acepta mi confesión en él.

Así, en él resultamos librados del desánimo que Satanás quisiera traernos con respecto a si hemos confesado suficientemente nuestros pecados, si los hemos expulsado como es debido, o si nos hemos arrepentido como hay que hacerlo. En Cristo tenemos arrepentimiento; en él tenemos confesión; en él tenemos perfección; y estamos completos en él. ¡Es el Salvador!

Con nuestra debilidad, con nuestra pecaminosidad -sencillamente nosotros-, pasó por este mundo y nunca pecó. Desamparado, como desamparado está el hombre sin Dios; sin embargo, por su confianza en Dios, Dios lo visitó de tal modo, moró de tal forma con él, de tal manera lo fortaleció, que en lugar de manifestar pecado, manifestó la justicia de Dios continuamente.

Pero ¿quién fue él? Fue nosotros. Así, Dios demostró ya al mundo y al universo que él vendría de esa manera a mí y a vosotros, y que viviría en nosotros que estamos hoy en el mundo, haciendo que esa gracia y ese poder habitaran en nosotros de forma que, a pesar de toda nuestra pecaminosidad, de toda nuestra debilidad, la justicia y la santa influencia de Dios serían manifestadas al hombre, en lugar de que nos manifestáramos nosotros y nuestra pecaminosidad.

El misterio de Dios no es Dios manifestado en carne impecable. No hay misterio en que Dios se manifieste en carne impecable; eso es algo natural. ¿Acaso no es Dios mismo impecable? ¿Hay pues algún misterio en que Dios pudiera manifestarse mediante la carne impecable? ¿Qué tiene de sorprendente que Dios manifieste su poder y su justa gloria mediante Gabriel, o mediante el esplendente querubín o serafín? Nada; es lo que se podía esperar. Pero la maravilla es que Dios puede hacer eso en, y a través de carne pecaminosa. Ese es el misterio de Dios: Dios manifestado en carne pecaminosa.

En Jesucristo, tal como él fue en carne pecaminosa, Dios demostró ante el universo que él puede de tal forma tomar posesión de la carne pecaminosa como para manifestar su misma presencia, su poder y su gloria, en lugar de que sea el pecado el que se manifieste. Y todo cuanto el Hijo pide a todo hombre, a fin de cumplir eso en él, es que permita al Señor que lo posea, tal como hizo el Señor Jesús.

Jesús dijo: "Yo confiaré en él" (Heb. 2:13). Y en esa confianza Cristo trajo a todos la divina fe mediante la cual podemos poner en él nuestra confianza. Y cuando nos separamos así del mundo, y ponemos sólo en él nuestra confianza, Dios nos tomará y usará de tal modo, que nuestro yo pecaminoso no aparezca, influencie ni afecte a nadie; Dios manifestará su yo justo, su gloria ante los hombres, a pesar de todo lo nuestro y nuestra pecaminosidad. Esa es la verdad. Y es el misterio de Dios: "Cristo en vosotros, la esperanza de gloria" (Col. 1:27), -Dios manifestado en carne pecaminosa.

También en este punto Satanás desanima a muchos. Satanás dice al pecador que cree: ‘Eres demasiado pecador como para considerarte cristiano. Dios no puede tener nada que ver contigo. Mírate a ti mismo. Sabes que no sirves para nada’. Satanás nos ha desanimado miles de veces con ese tipo de argumentación.

Pero Dios ha provisto un argumento que deja en la vergüenza esa pretensión de Satanás, porque Jesús vino y se hizo nosotros, con nuestra pecaminosidad –cargado con los pecados del mundo-, llevando muchos más pecados de los que hay sobre mí. Y en él, cargado con mil veces más pecados de los jamás hubiera en mí, Dios demostró que vendría y haría habitación con él por toda la vida, manifestándose a sí mismo y su justicia, a pesar de la pecaminosidad, y a pesar del diablo. Dios dispuso ayuda sobre Alguien que es poderoso; y esa ayuda nos alcanza a nosotros, gracias al Señor.

Hermanos, eso me hace bien. Porque sé que si es que ha de manifestarse algo bueno en este mundo en el que estoy, ha de proceder de alguna fuente exterior a mí mismo. Pero la bendición de ello radica en que Dios ha demostrado que manifestará su yo justo en lugar del mío pecaminoso, cuando le permito que tome posesión de mí. Soy incapaz de manifestar justicia por mí mismo. No puedo por mí mismo manifestar su justicia. No. Dejo que él me posea, absolutamente, sin reservas; entonces, él se encarga de eso. Él demostró que es así; demostró por toda una vida lo que Dios es cuando hace morada conmigo en carne pecaminosa; puede hacerlo de nuevo tan ciertamente como pueda poseerme.

¿Le permitiréis que os posea? ¿Será acaso una entrega excesiva? -No. Es lo que corresponde. ¿Cuán plenamente se entregó él? Se entregó totalmente a sí mismo; Cristo se dio, se vació de sí mismo. Se despojó de sí mismo para sumergirse en nosotros, a fin de que Dios –en lugar de nosotros- y su justicia –en lugar de la nuestra-, pudieran manifestarse en nosotros, en nuestra carne pecaminosa. Respondamos, pues, sumergiéndonos en él, de forma que Dios pueda seguir manifestándose en carne pecaminosa.

Alguien dijo jocosamente: ‘Mi esposa y yo somos uno, y yo soy el uno". Pero nosotros lo emplearemos reverentemente a modo de ilustración: Cristo y el hombre son uno, y ¿quién será el uno? Cristo se ha aliado con todo ser humano en esta tierra; pero muchos dicen: ‘Sí. Me parece bien, pero yo soy el uno’. Otros lo rehúsan con arrogancia: ‘Yo soy el uno: me basto’. Ahora bien, el cristiano, el creyente, sometiéndose a Jesucristo, dice: ‘Sí. ¡Alabado sea el Señor! Él y yo somos uno, y él es el uno’.

Cristo se ha aliado a sí mismo con cada ser humano, y si cada ser humano en el mundo esta noche lo abandonara todo y dijera: ‘Sí. Trato hecho: Él y yo somos uno, y él es el uno’, todo ser humano sería salvo hoy, y Cristo aparecería en cada alma mañana.

Ahora, hermanos, hay otro asunto pertinente aquí, en relación con nuestra experiencia práctica. Cristo se ha aliado con todo ser humano. Por lo tanto, cuando dijo: "En cuanto lo hicisteis [o no lo hicisteis] a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis [o no lo hicisteis]", ¿cuán abarcante es esa verdad? Suponed que viene a mi puerta un vagabundo; imaginadlo mal aseado, quizá con su higiene descuidada. ¿Quién está aliado con él? -Jesús. ¿Quién lo ha dado todo por ese hombre? -El Señor Jesús. Por lo tanto, dependiendo de cómo trate a ese hombre, ¿quién resulta afectado? -El Señor Jesús, sin duda alguna.

¿Trataré a ese hombre de acuerdo con la estimación que corresponde a lo que Cristo ha dado por él, o de acuerdo con mis opiniones, de acuerdo con la estimación que hace de él el mundo? Esa es la cuestión.

Suponed que hay aquí un hombre que no cree en Jesús, un hombre mundano, uno dado a la bebida y la maledicencia. Supongamos que de alguna forma viene a mí. Quizá se acerca a mí en busca de algo que comer, o simplemente nos encontramos en la calle. Suponed que por respeto a Cristo trato a ese hombre como la posesión adquirida del Salvador, como alguien por quien Cristo lo ha dado todo. Y suponed que ese hombre jamás cree en Jesús para nada, que muere como infiel, que perece en la perdición. ¿Cómo ve Cristo la forma en la que me he comportado con él? En el juicio, si es que estoy a su derecha, ¿dirá algo sobre lo que hice con el hombre? Dirá: "Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me recogisteis; estuve desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis". ‘-¡Cómo, Señor! ¿Cuándo fue eso? ¡No puedo recordar que hiciera nada así! ¿Cuándo te vi forastero y te recogí, o desnudo y te vestí? ¿O cuándo te vi enfermo o en la cárcel, y fui a verte? ’ Oh, "En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis".

Pero suponed que viene un hombre y me dice: ‘Estoy hambriento; necesito algo que comer’. Y le respondo: ‘¿Por qué vagabundeas de ese modo? Estás sano y no te falta ninguna facultad. ¿Por qué no trabajas?’ –‘Oh, ¡no encuentro trabajo!’ Imaginad que le respondo: ‘Pues yo tengo demasiado. ¡Para dar y vender! Mira por dónde, es lo único que encuentro. No creo que sea exactamente trabajo, lo que has estado buscando... No tengo nada que dar a personas como tú’. Lo dejo como estaba, y así se va.

En aquel día compareceremos ante el trono, y yo me encontraré a la izquierda, exclamando: ‘Señor, Señor, ¿por qué? He creído en ti. He creído y predicado la verdad. He creído el mensaje del tercer ángel. He predicado en Battle Creek. He hecho mucho por la causa. Hice muchas cosas maravillosas en tu nombre’. Pero la respuesta es: "Tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui huésped, y no me recogisteis; desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis". Entonces responderé: ‘¿Cuándo te vi hambriento, necesitado, o enfermo? Creí que estabas en el cielo, rodeado de gloria, que habían pasado todas tus pruebas. No supuse que pudieras estar en la tierra, como para poder verte hambriento o enfermo’. Él responderá entonces: ‘Llamé a tu puerta una mañana tras haber pasado la noche a la intemperie, y te pedí algo de comer’. Responderé: ‘¿Tú? No. ¡Nunca te vi allí!’ Él me irá recordando uno tras otro, todos aquellos a quienes fui negligente en auxiliar, y yo replicaré: ‘Ah, ¿te refieres a aquel hombre? ¡No eras tú, Señor!’ Él responderá finalmente: ‘En cuanto no lo hiciste a uno de estos más pequeños, ni a mí lo hiciste. Apártate de mí. Nunca te conocí’.

Sea que la persona dé o no crédito a lo que Cristo ha invertido en ella, como creyente en Jesús debo conceder a Cristo todo el crédito en cuanto a lo que invirtió en esa persona. No es una cuestión de si la persona reconoce lo que Cristo dio por ella, sino una cuestión de si los que profesan creer en su nombre reconocen que efectivamente lo hizo. Aquí es donde se encuentra demasiado a menudo la gran carencia en la profesión de cristiandad, tanto como en los que niegan su nombre, y no pretenden creer en él. No es sorprendente que alguien que no cree en Cristo le niegue el crédito por lo que invirtió en ese hombre; pero aquí estoy yo, que profeso creer en Jesús, y os digo que es sorprendente que no de a Cristo el crédito por lo que ha hecho en ese hombre.

En el capítulo 58 de Isaías, el Señor describe cuál es el ayuno que ha escogido: Es que "no te escondas de tu carne". ¿Quién es nuestra carne? –Jesucristo lo es; y puesto que Jesucristo se ha aliado con ese hombre, él es mi carne. No os escondáis nunca de vuestra propia carne. Este es el ayuno que escogió el Señor: Alimentad al hambriento, aliviad al oprimido, cuidad al huérfano y a la viuda, y esparcid por doquiera la fragancia de su nombre y su generosa bondad. Él se alió con la carne humana; y en la forma en que tratamos a ésta, lo estamos tratando a él. En eso consiste el cristianismo.

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