General Conference Daily Bulletin, 1895
El mensaje del tercer ángel (nº 14)
A.T. Jones


[“Necesitamos conocer mejor los términos de los cuales depende nuestra salvación, y comprender mejor la relación que Cristo tiene con nosotros y con el Padre” (E. White, Youth’s Instructor, 30 enero 1896, AFC 267)]


Sin duda recordaréis lo enseñado por el hermano Prescott en una de sus lecciones, en relación con el libro de Rut. [ver Bulletin, p. 189]

¿Quién era el Redentor en el libro de Rut? El más próximo en la familia. Booz no podía actuar como redentor hasta tanto no se demostrara que el que estaba más próximo a ella en la familia no era apto para el oficio de redentor. No es sólo que el redentor debiera ser próximo en la familia, sino que había de ser el más cercano entre los cercanos. Por lo tanto Booz no podía asumir la función de redentor hasta no haberse convertido en el más próximo, al alejarse de la escena el que hasta entonces lo era. Ese es precisamente el tema del segundo capítulo de Hebreos.

Según el libro de Rut, el esposo de Noemí había fallecido; la herencia había ido a parar a manos de otros, y al regresar de Moab se encontraba en necesidad de redención. Nadie, excepto el pariente más próximo, podía redimirla. Esa es precisamente la historia del segundo capítulo de Hebreos. Tenemos a Adán, el hombre, quien poseía una herencia: la tierra. La perdió, y cayó él mismo en la esclavitud. En el evangelio en Levítico se nos dice que si alguien perdía su herencia, él mismo y su herencia podían ser redimidos, pero solamente el pariente más cercano podía redimir (Lev. 25:25, 26, 47-49). Hay un hombre en la tierra, Adán, que perdió su herencia y resultó él mismo perdido, y vosotros y yo estábamos todos en él, y necesitamos un redentor. Pero sólo el pariente de sangre más próximo puede asumir el oficio de redentor. Jesucristo es más cercano que un hermano, más cercano que cualquier otro. Es un hermano, pero es el más cercano entre los hermanos. De hecho, el pariente más próximo. No es solamente uno con nosotros, sino que es uno de nosotros, y uno con nosotros al ser uno de nosotros.

La gran lección que estamos aún estudiando, y el pensamiento clave, es cuán enteramente Jesús es nosotros mismos. Hemos visto en la lección precedente que él es realmente nosotros. En todos los puntos en los que nosotros somos tentados, él fue nosotros; en todos los puntos en los que me sea posible ser tentado, él, en tanto que yo, estuvo allí mismo, contra toda la maquinación e ingeniosidad de Satanás en su intento por tentarme. Jesús, en tanto que yo, estuvo allí, enfrentando todo eso. Contra todo el poder de Satanás para tentarme, Jesús estuvo como yo mismo, y venció. Otro tanto sucedió contigo, y con el otro hombre; y abarcando así a la totalidad de la raza humana, él se tiene en todo punto en el que cualquier componente de la humanidad pueda ser tentado como en sí mismo o de sí mismo.

En todo ello él es nosotros, y en él estamos completos contra el poder de la tentación. En él somos vencedores, puesto que él, en tanto que nosotros, venció. "Confiad: yo he vencido al mundo" (Juan 16:33).

Y analizando la otra tarde la forma en la que él vino a ser uno de nosotros, vimos que fue por el nacimiento de la carne. Él es "del linaje de David según la carne" (Rom. 1:3). No tomó la naturaleza de los ángeles, sino la naturaleza de la simiente de Abraham, y su genealogía retrocede hasta Adán.

Ahora, ya sabéis que "cada uno es tentado, cuando de su propia pasión es atraído y seducido" (Sant. 1:14). Tal es la definición de "tentación". No hay ni una sola tendencia al pecado en ti o en mí que no estuviera ya en Adán cuando fue expulsado del Edén. Toda la iniquidad y todo el pecado que han venido al mundo provinieron de aquello, y se originaron en él estando allí. No se hicieron todos manifiestos en él, no aparecieron en él en la acción abierta; pero se han manifestado en la acción en aquellos que han provenido de él.

Así, todas las tendencias al pecado que han aparecido o que están en mí, me han venido desde Adán; y también las que hay en ti, y las que hay en el otro hombre. Todas las tendencias al pecado que hay en la raza humana vinieron desde Adán. Pero Cristo Jesús sintió todas esas tentaciones; fue tentado en todos esos puntos en la carne que él tuvo derivada de David, de Abraham y de Adán. Su genealogía incluye una cierta proporción de vidas caracterizadas por la injusticia. Manases figura allí, quien actuó peor que cualquier otro rey en Judá, e hizo que Judá obrara peor que los paganos; allí está Salomón, cuyo carácter describe la Biblia tal cual era; allí está David, Rahab, Judá, Jacob, todos ellos descritos tal cual fueron. Pues bien, Jesús vino según la carne, al final de esa línea de descendencia de la humanidad. Vino, según la carne, al final de esa línea genealógica. Y existe eso que llamamos herencia. Vosotros y yo tenemos rasgos de carácter y facciones que nos vienen desde lo antiguo, -quizá ni siquiera de nuestro padre o abuelo, sino de sus antecesores en generaciones precedentes. Y eso lo encontramos referido en la ley de Dios: "que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia por millares a los que me aman y guardan mis mandamientos".

Es muy cierto lo que expresa el dicho popular: "De tal palo, tal astilla". Es una ley de Dios. Aunque se la transgreda, no dejará de cumplirse. La transgresión de la ley no cambia a la ley, sea esta física o moral. La ley actúa cuando se la transgrede, mediante el mal en el que se incurre, de igual forma en que habría obrado para justicia en el caso de que no se la hubiera transgredido. Si el hombre hubiera mantenido siempre su rectitud, tal como la tenía cuando fue creado, su descendencia habría poseído esa misma característica. Cuando la ley fue transgredida, la descendencia continuó en la línea equivocada, y la ley actuó en el sentido desfavorable, por haber sido objeto del abuso.

La ley según la cual los objetos materiales experimentan una tendencia o atracción hacia el centro de la tierra, es una buena ley. Sin la ley de la gravedad sería imposible la vida en la tierra, tal como la conocemos. Es la ley que nos mantiene sujetos a la tierra, y permite que nos desenvolvamos y desplacemos en su superficie. No obstante, si se produce una discontinuidad en nuestro apoyo sobre la tierra, si nuestros pies patinan y perdemos la base, o si estamos en un lugar elevado y se quiebra su soporte o base, la ley de la gravedad está presente, y nos atrae hacia abajo con una fuerza increíble. Observad: la misma ley que permite que vivamos, que nos movamos y nos desplacemos sobre la tierra con la comodidad con la que lo hacemos; esa ley que tanto nos beneficia cuando estamos en armonía con ella, continúa actuando cuando la contravenimos, y de una forma tan directa como antes, pero en contra nuestra.

Lo anterior no es más que una ilustración de la ley referente a la naturaleza humana. Si el hombre hubiera permanecido allí donde Dios lo puso, y de la forma en que lo puso, la ley habría obrado directa y favorablemente; cuando el hombre rompió su armonía precedente con ella, continuó actuando directamente, pero en su contra. Esa ley de la herencia alcanzó desde Adán hasta la carne de Jesucristo, tan ciertamente como alcanza a la carne de cualquiera del resto de nosotros, ya que él fue uno de nosotros. En él hubo cosas que le venían desde Adán, otras desde David, desde Manases, desde la genealogía en su mismo principio hasta su nacimiento.

Así, en la carne de Jesucristo, -no en él mismo, sino en su carne: nuestra carne que él tomó en naturaleza humana- habían las mismas tendencias al pecado que hay en la tuya y en la mía. Y cuando fue tentado, fue "atraído y seducido" por esos deseos que están en la carne. Esas tendencias al pecado que estaban en su carne tiraban de él, procuraban seducirlo a que consintiera en lo incorrecto. Pero por el amor de Dios y por su confianza en Dios, recibía el poder, la fortaleza y la gracia para decir "No" a todas ellas, manteniéndolas en completa sumisión. Y así, en semejanza de carne de pecado, condenó al pecado en la carne.

Todas las tendencias al pecado que hay en mí estuvieron en él, y ni a una sola de ellas se le permitió aparecer en él. Todas las tendencias al pecado que hay en ti estuvieron en él, y no se permitió que apareciera ninguna de ellas; todas fueron perfecta y continuamente sometidas. También hubo en él todas las tendencias que hay en el otro hombre, sin permitir que apareciera ninguna de ellas. Eso equivale simplemente a decir que todas las tendencias al pecado que alberga la carne humana estuvieron en su carne humana, y a ninguna de ellas le permitió aparecer; las conquistó a todas. Y en él todos tenemos la victoria sobre todas ellas.

Muchas de esas tendencias que hay en nosotros han aparecido en la acción, habiéndose concretado en pecados cometidos, en pecados abiertos. Hay una diferencia entre tendencia al pecado, y la aparición de ese pecado en la acción. Hay en nosotros tendencias al pecado que todavía no han aparecido; pero lo han hecho infinidad de ellas. Él conquistó todas las tendencias que no han aparecido. ¿Qué sucede con los pecados que han aparecido? "Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros" (Isa. 53:6). "Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero" (1 Ped. 2:24). Queda pues claro que todas las tendencias al pecado que, estando en nosotros, no han aparecido, y todos los pecados que han aparecido, fueron puestos sobre él. Es terrible; es cierto. Pero ¡qué gozo!, en esa terrible verdad radica nuestra completa salvación.

Observémoslo de otro modo: En relación con aquellos pecados que hemos cometido, nosotros mismos hemos sentido la culpabilidad por ellos; nos hemos sentido condenados por ellos. Todos le fueron imputados a él, fueron puestos sobre él. Ahora una pregunta: ¿Sintió él la culpabilidad por los pecados que le fueron imputados? ¿Fue consciente de la condenación de los pecados –nuestros pecados- que fueron puestos sobre él? Jamás fue consciente de pecados que él hubiera cometido, puesto que no cometió ninguno. Eso está claro. Pero nuestros pecados fueron puestos sobre él, y nosotros éramos culpables. ¿Sintió la culpabilidad de esos pecados? ¿Tuvo conciencia de condenación en relación con ellos?

Vamos a analizar ese tema de forma que toda alma en esta casa pueda afirmar que la respuesta es "Sí". Lo expresaré de otro modo: Vamos a analizar ese tema de forma que toda alma en esta casa, o bien dirá "Sí", o bien pueda decirlo si lo desea; porque pudiera haber alguien aquí que desconozca la experiencia que voy a evocar a modo de ilustración, como para poder decir "Sí". Pero la mayoría sí la habrá pasado, y dirá "Sí" inmediatamente.

Dios imputa justicia, la justicia de Cristo, al pecador que cree. Imaginad al hombre que no ha conocido otra cosa en su vida excepto el pecado, excepto la culpabilidad del pecado y su condenación. El tal cree en Jesucristo y Dios le imputa la justicia de Cristo. Entonces, ese hombre que jamás había producido una partícula de justicia en su vida anterior, se vuelve consciente de la justicia. Entró en su vida algo que nunca antes había existido allí. Él es consciente de ello, es consciente del gozo y libertad que trae.

Dios imputó nuestros pecados a Jesucristo tan ciertamente como nos imputa a nosotros su justicia. Pero cuando él nos imputa justicia a nosotros que no somos más que pecadores, somos conscientes de ello, nos damos cuenta, sentimos el gozo que trae. Por lo tanto, cuando él imputó nuestros pecados a Jesús, él fue consciente de la culpabilidad y condenación de ellos. Lo fue tan ciertamente como el pecador que cree se vuelve consciente de la justicia de Cristo que le es imputada –que es puesta sobre él-, y de la paz y gozo que conlleva.

En todo esto Jesús fue precisamente nosotros. Fue hecho realmente como nosotros en cada respecto. En todo lo que atañe a la tentación, él fue nosotros. Fue uno de nosotros en la carne. Fue nosotros. Lo fue en la tentación. Y en culpabilidad y condenación fue precisamente nosotros mismos, ya que fueron nuestros pecados, nuestra culpabilidad y nuestra condenación las que fueron puestas sobre él.

Ahora, en relación a lo que hemos dicho de "nuestros pecados", ¿cuántos de ellos? -Todos fueron puestos sobre él, y él llevó la culpabilidad y condenación de todos ellos; y también respondió por ellos, pagó, hizo expiación por ellos. Por consiguiente, en él quedamos libres de todo pecado que jamás hayamos cometido. Esa es la verdad. Alegrémonos por ello, y demos eterna alabanza a Dios con gozo inefable.

Él tomo sobre sí todos los pecados que hemos cometido; respondió por ellos, y los quitó de nosotros por siempre; y todas las tendencias al pecado que no han aparecido como pecados cometidos, a esas las sometió por siempre en sujeción. Renueva así todo el equipo y somos libres y completos en él.

¡Cristo es el Salvador completo! Es Salvador de los pecados cometidos y Conquistador de las tendencias a cometer pecados. En él tenemos la victoria. No somos más responsables por esas tendencias que hay en nosotros, de lo que lo somos por el sol que brilla en el cielo; pero todo hombre sobre la tierra es responsable por esas cosas que aparecen en él en la acción abierta. Antes que supiéramos de Cristo, aparecieron ya muchas de ellas en la acción. El Señor las ha llevado todas sobre sí, y las ha quitado. Desde que supimos de Cristo, esas tendencias que no han aparecido, él las condenó como pecado en la carne. ¿Permitirá quien cree en Jesús, que reine en su carne aquello que Cristo condenó en la carne? Tal es la victoria que pertenece al creyente en Jesús.

Ciertamente, aunque un hombre pueda poseer todo esto en Jesús, no puede aprovecharse de ello si no cree en él. Consideremos ese hombre que no cree en absoluto en Jesús. ¿Acaso no ha hecho Cristo en su favor la misma provisión que por Elías, que habita el cielo? Y si ese hombre quiere tener a Cristo por Salvador, si desea la provisión hecha por todos sus pecados, y salvación de todos ellos, ¿tiene Cristo que hacer ahora alguna cosa, a fin de proveer a favor de los pecados del tal hombre, o para salvarlo de ellos? –No; todo está ya hecho; Cristo hizo ya provisión a favor de todo hombre cuando estuvo en la carne, y todo hombre que crea en él la recibe sin necesidad de repetición de ninguna parte de ella. "Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados..." (Heb. 10:12), y habiéndonos purgado por sí mismo de nuestros pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en los cielos. Así, todo es en Él, y todo el que cree en Cristo lo posee todo en Él, y es completo en Él. Es en él, y en ello radica la bendición. "Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad" (Col. 2:9). Y Dios nos otorga su Espíritu eterno y vida eterna –una eternidad en la cual vivir-, a fin de que ese Espíritu eterno nos pueda revelar las eternas profundidades de la salvación que tenemos en Aquel cuyas salidas son desde los días de la eternidad (Miq. 5:2).

Ahora veámoslo de otra forma. Leamos Romanos 5:12:

"Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron"

Y ahora, dejando para más tarde los versículos que constituyen el paréntesis, y yendo al 18 y 19 (que continúan el pensamiento del 12):

"Así que, como por la transgresión de uno [ese hombre que pecó] vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno [ese Hombre que no pecó] vino a todos los hombres la justificación que produce vida. Así como por la desobediencia de un hombre [el hombre que pecó] muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno [el Hombre que no pecó], muchos serán constituidos justos"

Y ahora leamos el paréntesis:

"Antes de la Ley ya había pecado en el mundo; pero donde no hay Ley, no se inculpa de pecado. No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aún en los que no pecaron a la manera de la transgresión de Adán, el cual es figura del que había de venir"

Adán, pues, era figura de aquel que tenía que venir. El que había de venir es Cristo. Adán era figura de Cristo. ¿En qué era Adán figura de Cristo? ¿En su justicia? –No, puesto que no la guardó. ¿En su pecado? –No, puesto que Cristo no pecó. Entonces, ¿en qué fue Adán figura de Cristo? –En esto: Todo lo que estaba en el mundo estaba incluido en Adán; y todo lo que hay en el mundo está incluido en Cristo. Dicho de otro modo: Adán afectó a todo el mundo en su pecado; Jesucristo (el segundo Adán) en su justicia afecta a toda la humanidad. Es en ese sentido en el que Adán era figura de Aquel que tenía que venir. Así, seguimos leyendo:

"Pero el don no fue como la transgresión, porque si por la transgresión de aquel uno muchos murieron, la gracia y el don de Dios abundaron para muchos por la gracia de un solo hombre"

Hay pues dos hombres objeto de nuestro estudio: el que introdujo el pecado, y aquel otro que introdujo la justicia.

"Y con el don no sucede como en el caso de aquel uno que pecó, porque, ciertamente el juicio vino a causa de un solo pecado para condenación, pero el don vino a causa de muchas transgresiones para justificación. Si por la transgresión de uno solo [el primer Adán] reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo [el segundo Adán], los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia"

Leamos otro texto relacionado con el anterior, antes de entrar en su estudio (1 Cor. 15:45-49):

"Así también está escrito: ‘Fue hecho el primer hombre, Adán, alma viviente’; el postrer Adán, espíritu que da vida. Pero lo espiritual no es primero, sino lo animal; luego lo espiritual. El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo. Conforme a lo terrenal, así serán los terrenales; y conforme al celestial, así serán los celestiales. Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial"

El primer Adán nos afectó a todos nosotros; lo que él hizo nos incluyó a todos. Si hubiese permanecido fiel a Dios, eso nos habría incluido a todos. Y cuando cayó apartándose de Dios, eso nos incluyó, y nos afectó a todos. Sea lo que fuere lo que debía hacer, nos incluía; y lo realizado por él hizo de nosotros lo que somos.

Aparece ahora otro Adán. ¿Afecta a tantos como afectó el primero? Esa es la cuestión. Eso es justamente lo que estamos estudiando. ¿Afecta el segundo Adán a tantos como afectó el primero? –Y la respuesta es que efectivamente, lo que hizo el segundo Adán, afectó a todos los que resultaron afectados por lo que hizo el primero. Lo que éste debió hacer, lo que hubiera podido hacer, habría afectado a todos.

Suponed que Cristo hubiera sucumbido a la tentación y hubiese pecado. ¿Habría significado algo para nosotros? ¡Lo habría significado todo! El primer pecado de Adán significó todo esto para nosotros; el pecado, por parte del segundo Adán, lo habría significado todo para nosotros. La justicia del primer Adán lo habría significado todo para nosotros, y la justicia del segundo Adán lo significa todo para tantos como crean. Eso es correcto en un cierto sentido; pero no en el sentido en el que lo estamos estudiando. Estamos estudiándolo desde el punto de vista de los Adanes. Lo veremos después desde nuestro punto de vista.

La cuestión es: ¿Afecta la justicia del segundo Adán a tantos como afectó el pecado del primero? Examinémoslo detenidamente. Absolutamente sin nuestro consentimiento, sin que tuviéramos nada que ver con ello, estuvimos todos incluidos en el primer Adán; estuvimos todos allí. Toda la raza humana estaba en el primer Adán. Lo que hizo ese primer Adán, ese primer hombre, significaba nosotros; nos afectó. Lo que hizo el primer Adán nos llevó al pecado, y el pecado conduce a la muerte; y eso nos afecta a cada uno de nosotros: todos estamos implicados.

Jesucristo, el segundo hombre, tomó nuestra naturaleza pecaminosa. Él nos toca "en todo". Se hizo nosotros y murió la muerte. Así, en él, y en ello, todo hombre que jamás haya vivido en la tierra, y que estuvo incluido en el primer Adán, está incluido en este segundo, y volverá a vivir. Habrá una resurrección de los muertos, tanto de justos como de injustos. Debido al segundo Adán, toda alma volverá a vivir tras la muerte que le sobrevino debido al primer Adán.

"Bien", dirá alguno. "Estamos implicados en otros pecados, aparte de aquel primero". Sí, pero no sin nuestro consentimiento. Cuando Dios dijo: "Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya", dio a todo hombre la libertad para escoger a qué amo serviría; y a partir de ello, todo el que haya pecado en este mundo, lo ha hecho porque así lo escogió. "Si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; esto es, entre los incrédulos" (2 Cor. 4:3 y 4). No es que carezcan de oportunidad para creer; el dios de este mundo no ciega los ojos de nadie que no haya cerrado ya previamente sus ojos de la fe. Cuando alguien cierra los ojos de la fe, entonces Satanás se encarga de que permanezcan cerrados por tanto tiempo como sea posible. Vuelvo a leer: "Si nuestro evangelio –el evangelio eterno, el evangelio de Jesucristo que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria, desde los días del pecado del primer Adán hasta ahora- está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto". Está encubierto para aquellos a quienes "el dios de este mundo les cegó el entendimiento". Y ¿por qué les cegó el entendimiento? Porque fueron "incrédulos".

Abraham, un pagano, nacido pagano –como todos nosotros- y educado en el paganismo, habiendo crecido en una familia de paganos, adorando a ídolos y al ejército del cielo, abandonó todo eso y se volvió hacia Dios; abrió sus ojos de la fe, los empleó, y Satanás nunca encontró la ocasión de cegárselos. Y Abraham, un pagano, volviéndose a Dios de entre los paganos, encontró a Dios en Jesucristo en plenitud de esperanza –esa es una de las razones por las que Dios lo ha puesto ante todo el mundo. Él es un ejemplo de lo que está al alcance de todo pagano en este mundo. Constituye un ejemplo puesto por Dios acerca de cómo todo pagano queda sin excusa si no encuentra a Dios en Jesucristo, mediante el evangelio eterno. Abraham es emplazado ante todas las naciones atestiguando que todo pagano es responsable de su propio camino, si no encuentra aquello que Abraham encontró.

Por lo tanto, en la misma medida en que el primer Adán alcanza al hombre, lo hace ciertamente el segundo. El primer Adán puso al hombre bajo la condenación del pecado, hasta la muerte; la justicia del segundo Adán revierte lo anterior, y hace que todo hombre vuelva a vivir. Tan pronto como Adán pecó, Dios le dio una segunda oportunidad, y lo hizo libre de escoger a qué amo serviría. Desde entonces todo hombre es libre de elegir qué camino va a seguir, de forma que es responsable por sus pecados individuales. Y cuando Cristo nos liberó del pecado y la muerte que nos vinieron del primer Adán, lo hizo a favor de todo hombre; y todo hombre lo puede tener por elección.

El Señor no va a compeler a nadie a tomarlo. Él no compele a nadie, ni al pecado, ni a la justicia. Todo el que peca lo hace por su propia elección. Las Escrituras así lo muestran. Y todo ser humano puede elegir ser hecho perfectamente justo, como también muestra la Escritura. No morirá la segunda muerte ni uno solo que no haya escogido el pecado en lugar de la justicia, la muerte en lugar de la vida. En Jesucristo está la abundante plenitud de todo cuanto necesite o pueda tener el hombre, en lo relativo a la justicia. Y todo cuanto debe hacer el hombre es elegir a Cristo, y entonces es suyo.

Así pues, de igual forma en que el primer Adán era Nosotros, el segundo Adán es Nosotros. Compartió nuestra debilidad en todo. Leamos dos textos: Uno dice de nosotros: "Separados de mí, nada podéis hacer"; el otro dice de él: "No puedo yo hacer nada por mí mismo" (Juan 15:5; 5:30).

Esos dos textos nos bastan por ahora; explican todo el tema. Estar sin Cristo es estar sin Dios, y en esa situación el hombre no puede hacer nada; en sí mismo es rematadamente desvalido. Tal es la situación de quien está sin Dios. Jesucristo dijo: "No puedo yo hacer nada por mí mismo". Eso muestra que el Señor Jesús se sitúa a sí mismo en este mundo, en la carne, en la naturaleza humana, precisamente tal como es el hombre que está sin Dios en este mundo. Se sitúa precisamente allí donde está el hombre perdido. Depuso su "yo" divino, y se hizo nosotros. Y allí, en la condición desvalida en la que estamos nosotros sin Dios, recorrió el arriesgado camino para regresar a donde está Dios, llevándonos con él. Fue un riesgo espantoso; pero, gloria sea dada a Dios, venció; logró el objetivo, y en él somos salvos.

Cuando él estuvo donde estamos nosotros, dijo: "Yo confiaré en él" (Heb. 2:13). Y esa confianza jamás resultó traicionada. En respuesta a esa confianza el Padre moró en él y con él, y lo guardó de pecar. ¿Quién fue él? -Nosotros. De esa forma el Señor Jesús ha traído la fe divina a todo hombre en el mundo. Esa es la fe del Señor Jesús. Se trata de fe salvífica. La fe no es algo que proceda de nosotros mismos, mediante la cual creemos acerca de él; sino que es ese algo con lo que él creyó, -la fe que ejerció, que nos la otorga y que viene a ser nuestra, obrando en nosotros-, el don de Dios. Eso es lo que significa "que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús" (Apoc. 14:12). Guardan la fe de Jesús, porque es esa fe divina que el propio Jesús ejerció.

Él, siendo nosotros, nos trajo esa fe divina que salva el alma, -esa fe divina por medio de la cual podemos decir con Cristo: "Yo confiaré en él". Y confiando así en él, esa confianza jamás será defraudada hoy, como no lo fue entonces. Dios respondió a esa confianza, e hizo morada con él. Responderá hoy ciertamente a esa, nuestra confianza, haciendo morada con nosotros.

Dios moraba con él, y él fue nosotros. Por lo tanto, su nombre es Emmanuel: 'Dios con nosotros' -no 'Dios con él'; Dios estuvo con él desde antes que el mundo existiera. Podría haber permanecido allí, podría no haber venido aquí para nada, y Dios habría estado con él igualmente, y su nombre podría haber sido 'Dios con él'. Podría haber venido a este mundo tal como él era en el cielo, y su nombre habría continuado siendo 'Dios con él'; pero no 'Dios con nosotros', que es precisamente lo que necesitábamos. 'Dios con él' no puede ayudarnos, a menos que él sea nosotros. Pero en ello radica la bendición: el que era uno de Dios vino a ser uno de nosotros; el que era Dios se hizo nosotros, a fin de que 'Dios con él' significara 'Dios con nosotros'. ¡Oh, ese es su nombre! Alegrémonos por siempre en su nombre: ¡Dios con nosotros!

 

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