General Conference Daily Bulletin, 1895
El mensaje del tercer ángel (nº 12)
A.T. Jones

 


El texto que leímos para concluir la predicación de anoche será el objeto de nuestro estudio en sucesivas reuniones. Por lo tanto, si consideráis que se ha pasado por alto alguna parte del texto, si creéis que no ha sido suficientemente explicado o no se le ha prestado la debida atención, recordad que seguiremos estudiándolo en lo sucesivo y examinaremos cada parte del mismo.

Efe. 2:13-18:

“Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades... para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz”

Es decir, su propósito fue conseguir la paz. Sólo se la puede obtener de esa manera. Y todo fue “en sí mismo”. Jesús hizo la paz a fin de “mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos [judíos y gentiles] en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades”. Mató las enemistades “en sí mismo”, “y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos y a los que estáis cerca, porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre”.

Insistiré brevemente en que se trata aquí de la separación o enemistad que existía entre los judíos y los gentiles. Se trata de la destrucción de esa separación y enemistad, se trata de la forma en que fue destruida, y de los medios necesarios para ello. Pero, tal como mencionamos ayer, Cristo no perdió tiempo alguno procurando que los judíos y los gentiles se reconciliaran unos con otros entre sí. No empezó intentando ponerlos de acuerdo, convenciéndolos de que pusieran a un lado sus diferencias, de que pasaran página, intentaran hacerlo mejor y olvidaran el pasado. No. Jesús no dedicó ni un solo minuto a eso, y si le hubiera dedicado diez mil años, de nada habría servido porque esa separación, esa enemistad que existía entre ellos, no era más que la consecuencia, el fruto, de la enemistad que existía entre ellos y Dios.

 Por lo tanto, a fin de destruir eficazmente el árbol malo y su fruto tal como existía entre ellos, destruyó la raíz del asunto, aboliendo la enemistad que había entre ellos y Dios. Y habiendo hecho así, “vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos y a los que estáis cerca”.

Versículo trece: “Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno”. Es cierto que hizo uno de judíos y gentiles, pero primeramente hizo a otro Uno a fin de que esos dos, judíos y gentiles, pudieran ser uno –y antes de que pudieran efectivamente serlo. De forma que “ambos”, en este versículo, no es el mismo “ambos” del versículo 16. En el versículo 14, los “ambos” son Dios y el hombre, quien está separado de Dios, sea que esté cerca o que esté lejos.

Por consiguiente, nuestra paz es Aquel que hizo uno de Dios y el hombre, habiendo derribado la pared intermedia de separación entre Dios y el hombre al abolir en su cuerpo la enemistad –la enemistad que existe en el hombre contra Dios, que no se sujeta a la ley de Dios ni tampoco puede. Lo efectuó a fin de poder, en sí mismo, hacer de los dos un nuevo hombre, trayendo la paz.

El nuevo hombre no se constituye a partir de dos hombres que están enemistados, sino a partir de Dios y del hombre. En el principio el hombre fue hecho “a imagen de Dios”. Eso significa muchísimo más que la forma de Dios. Quien lo hubiera observado, habría pensado inmediatamente en Dios. Reflejaba la imagen de Dios; sugería la idea de Dios a cualquiera que viera al hombre. Dios y el hombre eran entonces uno. Y habrían continuado siéndolo por siempre si el hombre no hubiera dado oído a Satanás, recibiendo su mente, que es enemistad contra Dios. Cuando el hombre recibió esa mente que es enemistad contra Dios, quedó separado de él. Ahora fueron dos, y ya no más uno. Estando el hombre separado de Dios y en pecado, Dios no puede ir a él, ya que el hombre no puede soportar la gloria no velada de su presencia. “Nuestro Dios es fuego consumidor” para el pecado (Heb. 12:29); de modo que si Dios fuera al hombre, a su yo desnudo, sería sólo para consumirlo.

El hombre que está en pecado no puede encontrarse con Dios por sí mismo y seguir existiendo. Así lo muestra Apocalipsis 6:13 al 17. En el gran día en que el cielo se repliegue como un pergamino que se enrolla, y aparezca el rostro de Dios ante la vista de los malvados, “los reyes de la tierra, los grandes, los ricos, los capitanes, los poderosos, todo esclavo y todo libre, se escondieron en las cuevas y entre las peñas de los montes, y decían a los montes y a las peñas: ‘Caed sobre nosotros y escondednos del rostro de aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero, porque el gran día de su ira ha llegado y ¿quién podrá sostenerse en pie?’” El hombre que está en pecado, en él y por él mismo, preferiría que una montaña le cayera encima antes que tener que enfrentar directamente la gloria de Dios.

Por lo tanto, a fin de que Dios pudiera alcanzar al hombre y pudiera ser hecho nuevamente uno con él, a fin de poder revelarse una vez más al hombre y que ese hombre pudiera ocupar nuevamente el lugar que Dios dispuso para él, Jesús se dio a sí mismo y Dios estuvo en él, estado su gloria velada de tal modo por la carne humana, que el hombre -el hombre pecaminoso- podía mirarlo y vivir. En Cristo, el hombre puede encontrarse con Dios y vivir, gracias a que en Cristo la gloria de Dios está tan velada, modificada, que el hombre pecaminoso no resulta consumido. Dios está totalmente en Cristo, puesto que “en él habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad” (Col. 2:9). Cuando Cristo vino a traer de nuevo al hombre a Dios, veló esa gloria consumidora de forma que ahora los hombres pudieran mirar a Dios tal como es en toda su gloria en Jesucristo, y vivir. Si bien fuera de Cristo, en sí mismo –sólo-, nadie puede ver a Dios y vivir; en Cristo, por Cristo mismo, nadie puede ver a Dios y no vivir. En Cristo, ver a Dios es vivir; puesto que en él hay vida, y la vida es la luz de los hombres.

Así pues, Dios y el hombre resultaron separados por la enemistad; pero Cristo intervino, y en él se encontraron Dios y el hombre, y cuando Dios y el hombre se encuentran en Cristo, entonces, los dos, “ambos”, son uno. Y ahí aparece el nuevo hombre. De esa forma, y sólo de esa forma, se hace la paz. Así, en Cristo, Dios y el hombre son hechos uno; por consiguiente, Cristo es la expiación [reconciliación] entre Dios y el hombre. Expiación equivale a reconciliación, o comunión [en inglés “at-one-ment”: de una mente]. El Señor Jesús se dio a sí mismo, y en sí mismo abolió la enemistad para hacer en sí mismo de los dos –Dios y el hombre- un nuevo hombre, trayendo así la paz.

Llegamos ahora al otro “ambos”, el del versículo 16: “Y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos [judíos y gentiles] en un solo cuerpo”. ¿Cuál es el cuerpo en el que Cristo reconcilia a ambos para con Dios? –El propio cuerpo de Cristo, sin duda: su propio cuerpo, en el que se efectúa la expiación. “Matando en ella las enemistades. Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos –a los gentiles- y a los que estáis cerca, es decir, a los judíos.

Los judíos estaban cerca “por causa de sus padres” (Rom. 11:28). Por ellos mismos, por sus méritos, los judíos estaban separados de Dios, y tan alejados como los gentiles. Pero Dios había hecho promesas a sus padres, y eran “amados por causa de sus padres”. Y tenían ventaja, ya que de ellos son “la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la Ley, el culto y las promesas” (Rom. 9:4). En ese sentido, y por esa causa, estaban cercanos. Cristo predicó paz a los que estaban cerca. Necesitaban que se les predicara la paz.

De esa forma, “los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre”.

Prestemos ahora atención al hecho de que la enemistad resulta destruida en él mismo.

“Aboliendo en su carne las enemistades”; es decir, habiendo destruido la enemistad en sí mismo. De los dos hizo Uno en él mismo, trayendo así la paz. Todo ocurre en él. Ningún hombre puede obtener el beneficio, a no ser en él. Si alguien en la audiencia no viera ese hecho claramente, y abrigara la idea de que se trata de algo de lo que uno puede apropiarse desde fuera, debo decirle: nunca lo lograrás de esa manera. No es así como se lo consigue. Sólo es posible tenerlo en él: nunca fuera de él. Sólo en él es posible conocerlo, jamás fuera de él. Entrégate a él, sométele tu voluntad, sumerge tu yo en él: entonces lo comprenderás sin dificultad. Sólo sucede en él, y sólo en él es posible conocerlo. Vamos ahora a estudiar cómo se cumplió en él. Y sabiendo esto, vamos a saber cómo se cumple en cada uno de nosotros, en él.

Quisiera ante todo llamar vuestra atención a esta expresión: “en él”. La Escritura no la emplea -y no es de esperar que lo hiciera- en el sentido de despensa. No se trata de “en él” [Cristo] como “en un almacén” o lugar al que podemos acudir siempre que necesitemos tomar algo y ponerlo o aplicarlo sobre nosotros. ¡De ninguna forma! No es así, y no es posible obtenerlo así. No está allí como si fuera una despensa a la que podemos acudir para tomar lo que nos hace falta y disfrutarlo entonces, aplicándonoslo y diciendo: ‘Ahora ya lo tengo’.

No. Está en él, pero nosotros mismos hemos de estar en él a fin de poseerlo. Hemos de estar sumergidos en él. Nuestro yo ha de desaparecer en él. Entonces somos suyos. Es sólo en él. Solamente en él lo encontramos. Sólo podemos obtenerlo de él estando nosotros mismos en él. Nunca hemos de pensar que podemos ir a buscarlo allí, sacarlo de él, y emplearlo. Cuando la Escritura emplea la expresión “en él”, significa para todos lo que hemos explicado. Todo está en él, y lo obtenemos estando nosotros en él.

Muchos cometen aquí un error. Dicen: ‘Sí. Creo en él. Sé que está en él, y lo obtengo a partir de él’. Y se proponen tomarlo de él y aplicárselo a ellos. Pronto se sienten satisfechos con su justicia. Se sienten santos, y llegan finalmente a la conclusión de que son perfectos, de que no pueden pecar, de que ni siquiera la tentación puede afectarles. Su errónea comprensión puede llevar sólo a ese tipo de resultado, pues todo sucede fuera de él. Y son ellos mismos quienes lo están haciendo.

Pero no es esa la manera. Se trata todavía del yo, puesto que sucede fuera de Cristo. Y “sin mí”, es decir, fuera de mí, “nada podéis hacer”, puesto que sois nada. Ha de ser en él, y sólo en él. Y sólo podemos tenerlo o aprovecharlo estando nosotros en él. La Escritura lo revelará claramente. He creído preferible dar esta explicación, de forma que en los estudios sucesivos acerca de lo que se efectúa en él, y a lo que nos es dado en él, no cometamos el error de pensar que podemos encontrarlo en él y extraerlo de allí. No. Hemos de ir a él, que es quien lo posee, y cuando vamos a él debemos de entrar en él por la fe y el Espíritu de Dios, permanecer en él, y “ser hallado en él” (Fil. 3:9).

Vayamos ahora al libro de Hebreos y estudiemos sus dos primeros capítulos en el tiempo que nos resta. La cuestión es ahora: ¿Cómo hizo Cristo para abolir la enemistad “en su carne”, en él mismo? Primeramente presentaré la línea argumental de ambos capítulos, para examinarlos luego en la medida en que el tiempo lo permita.

 En esos dos capítulos el gran tema es el contraste entre Cristo y los ángeles. No estoy diciendo que eso sea todo lo que contienen los dos capítulos, sino que ese es el tema que domina por encima de los demás.

El primer contraste va desde el principio del primer capítulo hasta el quinto versículo del segundo. De ahí en adelante encontramos el segundo contraste.

En el primer contraste entre Cristo y los ángeles, se presenta a Cristo siendo tan superior a los ángeles, como lo es Dios con respecto a ellos, por la razón de que Cristo es Dios. A partir del quinto versículo del capítulo segundo, en el segundo contraste, se presenta a Cristo tan inferior a los ángeles como lo es el hombre con respecto a ellos, por la razón de que Cristo se hizo hombre.

Ese es el resumen de los dos capítulos. Leámoslo:

“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos últimos días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo y por quien asimismo hizo el universo. Él, que es el resplandor de su gloria, la imagen misma de su sustancia y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder”

Otras versiones traducen: “con su palabra poderosa”. Él sustenta todas las cosas con su poderosa palabra. Hagamos aquí una pausa. ¿Cuántas cosas sustenta mediante su palabra? –Todas las cosas. Incluye al mundo, al sol, al cielo estrellado. Esa palabra que los creó, ¿los sustenta todavía? –Ciertamente. ¿Podemos contarnos entre “todas las cosas”? –Desde luego que sí. ¿Os va a sustentar mediante su palabra poderosa? -Esa es la única forma en la que él lo sustenta todo.

¿Os habéis sentido preocupados alguna vez al levantaros por la mañana, por temor a que el sol se salga de su órbita antes de llegar la hora de la puesta? –¡Claro que no! ¿Os habéis preocupado algún día al levantaros por la mañana, por temor a que vosotros, como cristianos, os salgáis del camino recto antes de llegar la noche? –Sabéis que sí. ¿Por qué no estuvisteis igual de preocupados por que el sol no perdiera su órbita y acabara cayendo, como lo estuvisteis por caer vosotros mismos? Ya sé que nadie se preocupa por que el sol caiga. Siempre está en su sitio, y siempre lo estará.

Pero es perfectamente razonable que el cristiano se pregunte la razón por la que el sol no se desvía nunca de su camino. Y la respuesta es esta: la poderosa palabra de Jesucristo mantiene el sol allí, y le hace recorrer su órbita. Pues bien: ese mismo poder es el que sostiene al creyente en Jesús. Esa misma palabra lo sustenta, y el que cree en Jesús ha de esperar que así haga, tan ciertamente como sustenta al sol o a la luna. Esa misma poderosa palabra guiará al cristiano en su trayectoria cristiana, precisamente como guía al sol en la suya. El cristiano que pone su confianza en esa palabra que lo sustentará al confiar en la palabra que sostiene al sol, comprobará que lo sustenta a él tanto como al sol.

Si pensáis en esa escritura mañana por la mañana al levantaros, repararéis en que Dios está sustentando al sol. No lo dudaréis: esperaréis que lo haga así. No tendréis preocupación alguna por que el sol se desvíe de su trayectoria. Sencillamente os dedicaréis a vuestra labor. Pondréis en ella vuestra mente y dejaréis todo lo relativo al sol en manos de Dios, puesto que a él pertenece. De igual forma, cuando os levantéis mañana con el sol, confiad en que esa misma palabra poderosa os sostenga, tal como hace con el sol. Confiad también esa parte a Dios, y dedicaos a vuestra labor con todas vuestras fuerzas, concentrando en ella vuestra mente. Hermano, permite que Dios se encargue de aquello que le pertenece y dedica tu mente a aquello que él te ha encomendado a ti. Sirve así a Dios “con toda tu mente” (Mat. 22:37). No podemos guardarnos a nosotros mismos sin caída; no podemos sostenernos a nosotros mismos. Y Dios no nos ha confiado a nosotros esa labor.

Lo anterior no contradice el texto: “El que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Cor. 10:12), ya que de ese modo el hombre confía en Dios para su sustento, no dependiendo de sus propios esfuerzos. Y el que pone continuamente ante sí el hecho de que Dios lo está sustentando, y que necesita que Dios lo sustente, nunca se jactará de su habilidad para mantenerse en pie. Si tuvieran que traerme aquí esta tarde entre varios hermanos a causa de mi situación desvalida, y debieran sostenerme de pie, no sería muy adecuado que exclamara: ‘¡Mirad cómo me tengo en pie!’ No sería yo quien me tengo de pie, y caería tan pronto dejaran de sostenerme.

Así precisamente sucede con el cristiano. La palabra de Dios dice de él: “Para su propio Señor está en pie, o cae; pero estará firme, porque poderoso es el Señor para hacerlo estar firme” (Rom. 14:4). Y aquel a quien Dios sostiene, quien confía en Dios para que lo sostenga y sabe que es Dios solamente quien lo mantiene en pie, es imposible que comience a decir: ‘Ahora estoy en pie, y no hay peligro alguno de que caiga’. ¿Está acaso en peligro de caer, aquel a quien Dios sostiene? –Ciertamente no. Es solamente cuando se deja de la mano del Señor y comienza a procurar sostenerse por él mismo, y se jacta de poder tenerse en pie, cuando hay, no sólo peligro, sino seguridad de que cayó ya. Dejó la mano de Dios y su caída es inevitable.

Continuamos en Hebreos 1:

“Habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas”

¿Cuándo fue que se sentó a la diestra de Dios? ¿Cuánto tiempo hace? –Mucho: fue cuando resucitó y ascendió al cielo, hace unos mil novecientos años. Pero observad: efectuó la purificación de nuestros pecados antes de sentarse allí. Cuando se sentó, ya los había purificado. ¿No os gozáis de que sea así? ¿No os alegra que purificara vuestros pecados hace tanto tiempo? Es así en él. Lo tenemos en él. Agradezcámosle que así sea. La Escritura lo afirma.

“Hecho tanto superior a los ángeles cuanto que heredó más excelente nombre que ellos. ¿A cuál de los ángeles dijo Dios jamás: ‘Mi Hijo eres tú, yo te he engendrado hoy’, ni tampoco: ‘Yo seré un padre para él, y él será un hijo para mí’? Y otra vez, cuando introduce al Primogénito en el mundo, dice: ‘Adórenlo todos los ángeles de Dios’. Y ciertamente, hablando de los ángeles dice: ‘El que hace a sus ángeles espíritus, y a sus ministros llama de fuego’. Pero del Hijo dice: ‘Tu trono, Dios, por los siglos de los siglos’”

¿Cuál es su nombre? ¿Cómo le llama el Padre? –Dios: “Tu trono, Dios”. Por lo tanto, ese es su nombre. ¿Cómo lo obtuvo? Versículo 4: “Hecho tanto superior a los ángeles cuanto que heredó más excelente nombre que ellos”. Vosotros y yo tenemos un nombre que hemos obtenido por herencia. Podemos tener cuatro o cinco nombres, pero sólo uno por herencia: el nombre de nuestro Padre. Ese nombre lo tenemos tan pronto como existimos, y por la razón de que existimos. Por el simple hecho de nuestra existencia tenemos ese nombre; nos pertenece por naturaleza. Nuestro Señor Jesús obtuvo por herencia ese nombre: “Dios”. Le pertenece, pues, debido a que existe. Le pertenece por naturaleza. ¿Cuál es, por consiguiente, su naturaleza? Precisamente la naturaleza de Dios. Y Dios es su nombre, pues es lo que él es. No fue con anterioridad alguna otra cosa, siendo nombrado en cierto momento [Dios] para hacerlo Dios; sino que lo era ya, y se lo llama así porque es Dios.

 “Cetro de equidad es el cetro de tu Reino. Has amado la justicia y odiado la maldad, por lo cual te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros”

El Padre sigue diciendo:

“Tú, Señor, en el principio fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, mas tú permaneces. Todos ellos se envejecerán como una vestidura; como un vestido los envolverás, y serán mudados. Pero tú eres el mismo”

En él no hay cambio. Observad el contraste en las palabras: “ellos perecerán”; “tú permaneces”; “[la tierra y los cielos] serán mudados”; “Tú eres el mismo”. Él permanece sin cambio alguno, aunque la tierra y los cielos cambien, sean envueltos y envejezcan.

“‘Y tus años no acabarán’. ¿A cuál de los ángeles dijo Dios jamás: ‘Siéntate a mi diestra, hasta que ponga tus enemigos por estrado de tus pies’? ¿No son todos espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación? Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos. Porque si la palabra dicha por medio de los ángeles fue firme y toda transgresión y desobediencia recibió justa retribución, ¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron, testificando Dios juntamente con ellos, con señales, prodigios, diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad”

Hasta aquí el contraste entre Cristo y los ángeles. ¿Y dónde está Cristo en ese contraste? -En el sitio en donde está Dios: siendo adorado por los ángeles. Y si la palabra de un ángel fue firme, y recibió justa retribución al ser despreciada, ¿cómo escaparemos si desatendemos la palabra de Aquel que es superior a los ángeles? ¿Cómo escaparemos si descuidamos la palabra de Dios pronunciada por él mismo?

Vayamos a hora al otro contraste. Heb. 2:5:

“Dios no sujetó a los ángeles el mundo venidero, acerca del cual estamos hablando”

Existen esos dos mundos a los que anoche nos referíamos. Dios dijo: pondré enemistad entre el hombre y Satanás. Eso concede al hombre una oportunidad para elegir uno de los dos mundos. Nosotros hemos escogido el mundo venidero. Ese mundo venidero, como dice el texto, Dios no lo ha sujetado a los ángeles.

"Al contrario, alguien testificó en cierto lugar, diciendo: ‘¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para que lo visites?’”

¿Cuál es el propósito, cuál la fuerza de la expresión “al contrario”, en el texto? No lo ha puesto en sujeción a los ángeles, “al contrario”, ha afirmado tal y tal cosa de los hombres. ¿No sugiere eso que lo ha puesto en sujeción al hombre? ¿Qué os parece? Analizadlo de nuevo: “Dios no sujetó a los ángeles el mundo venidero, acerca del cual estamos hablando. Al contrario...” Hay dos frases relacionadas por una expresión con valor de conjunción disyuntiva: que separa o diferencia. La expresión: “al contrario”, pues, junta y separa al mismo tiempo.

¿Cuáles son las dos cosas que quedan separadas por ese “al contrario” de Hebreos 2:6? ¿Cuáles son las dos personas que separa esa expresión? Una son los ángeles, y la otra el hombre. Dios no ha sujetado el mundo venidero a los ángeles, sino a algún otro, y ese otro es el hombre. Estudiemos esa bendita verdad.

”Al contrario, alguien testificó en cierto lugar, diciendo: ‘¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para que lo visites?’ Lo hiciste un poco menor que los ángeles, lo coronaste de gloria y de honra y lo pusiste sobre las obras de tus manos. Todo lo sujetaste bajo sus pies’. En cuanto le sujetó todas las cosas, nada dejó que no le sea sujeto, aunque todavía no vemos que todas las cosas le sean sujetas. Pero vemos aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús”

¿Dónde vemos a Jesús? “Vemos aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús”. Se trata nuevamente del contraste entre Cristo y los ángeles. En el contraste precedente vimos a Jesús como superior a los ángeles; aquí lo vemos como menor que ellos. ¿Por qué? Porque el hombre fue creado menor que los ángeles, y por el pecado fue hecho mucho menor aún. Vemos ahora a “aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios experimentara la muerte por todos”. Vemos a Jesús allí donde está el hombre después de haber pecado, habiendo resultado sujeto a la muerte. Jesús ha venido allí donde está el hombre, tan ciertamente como estuvo allí donde Dios está.

Hay otro pensamiento que queremos poner junto a este. Aquel que estuvo con Dios en el sitio en donde Dios está, está con el hombre allí donde está el hombre. El que estuvo con Dios tal como es Dios, está con el hombre tal como es el hombre. El que fue uno con Dios tal como Dios es, es uno con el hombre tal como es el hombre. Y tan ciertamente como su naturaleza fue la naturaleza de Dios allí, es la naturaleza del hombre aquí.

Leamos este bendito hecho en las Escrituras, y con eso finalizaremos nuestro estudio por esta noche. Versículo 10:

“Convenía a aquel por cuya causa existen todas las cosas y por quien todas las cosas subsisten que, habiendo de llevar a muchos hijos a la gloria, perfeccionara por medio de las aflicciones al autor de la salvación de ellos, porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos”

Cristo santifica, y son los hombres quienes son santificados. ¿De cuántos se trata? –De uno. Fue Cristo y Dios en el cielo. ¿Cuántos eran allí? –Uno en naturaleza. ¿Cómo es con el hombre en la tierra, y de cuántos se trata? -De uno. “De uno son todos”.

“Por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos, diciendo: ‘Anunciaré a mis hermanos tu nombre, en medio de la congregación te alabaré’”

Muy pronto será el propio Cristo quien dirija el canto en la iglesia.

Recordad: es Cristo quien habla en estos párrafos. “Y otra vez dice: ‘Yo confiaré en él”. Es Cristo quien sigue hablando a través de los salmos:

“Y de nuevo: ’Aquí estoy yo con los hijos que Dios me dio’. Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre. Ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham. Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos”

El que fue uno con Dios se ha hecho uno con el hombre. Mañana por la noche continuaremos el tema.      

 

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