General Conference Daily Bulletin, 1895
El mensaje del tercer ángel (nº 11)

A.T. Jones

 


     Hoy comenzaremos nuestro estudio con el texto que consideramos ayer: Santiago 4:4. Quisiera que todos y cada uno lo examinéis por vosotros mismos y que estudiéis con atención lo que dice. En los tiempos, y en el lugar en que nos emplazan las evidencias que no podemos ignorar por más que quisiéramos, sé que nunca había abordado el estudio de la Biblia con la intensidad con que lo hago ahora. Deseo que sometáis completamente vuestras facultades a la dirección del Espíritu Santo, que entreguéis vuestra mente a Dios de forma que sea él mismo quien nos guíe allí donde quiere llevarnos.

“¡Adúlteros!, ¿no sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios”

Quisiera que prestéis especial atención a la pregunta: “¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios?” La lógica obliga a aceptar que la única posibilidad de que un alma se mantenga separada del mundo, y por lo tanto de Babilonia, es destruyendo esa enemistad.  Porque, observad: No es que “la amistad del mundo” esté enemistada con Dios. Si fuera así, cabría pensar que es posible reconciliarla eliminando lo que la enemistó con Dios. No: no es eso, sino que la amistad del mundo “es enemistad” contra Dios. Lo es en ella misma. Y esa enemistad contra Dios, siendo en ella misma enemistad contra Dios, nos pone a nosotros en enemistad contra él. El hombre puede ser reconciliado con Dios al erradicar esa enemistad, pero la enemistad misma nunca puede reconciliarse con Dios. Y la humanidad, enemistada de esa manera con Dios, resulta reconciliada solamente al quitar dicha enemistad.

Tenemos la clave del asunto en el hecho de que la amistad del mundo es enemistad contra Dios. La “amistad del mundo” y la “enemistad” son una y la misma cosa. Nadie puede tener esa enemistad contra Dios sin tener la amistad del mundo, pues ésta última conlleva la primera.

Repitámoslo una vez más: La única esperanza para alguien de estar separado del mundo tal como la Escritura demanda, y tal como es pertinente en nuestro tiempo más que en cualquier otro precedente, es quitando esa enemistad. Es todo cuanto necesitamos y todo cuanto debe ocurrir, pues una vez quitada la enemistad quedamos liberados.

En el octavo capítulo de Romanos, a partir del versículo siete, se hace referencia a eso mismo. “Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios, porque no se sujetan a la Ley de Dios, ni tampoco pueden”. Eso enfatiza el pensamiento que hemos presentado en relación con el texto precedente, a propósito de la imposibilidad de que esa enemistad resulte reconciliada con Dios. Nada hay que pueda hacerse, excepto quitarla, destruirla. Se puede hacer algo con ella, pero no se puede hacer nada por ella, debido a que es en ella misma enemistad contra Dios. No se sujeta a su ley, ni es posible que lo haga. El propio Dios no puede hacer que la mente carnal, los designios de la carne, se sujeten a su ley. Es algo imposible. Eso no significa irreverencia hacia el Señor ni presupone una limitación en su poder. Dios puede destruir lo malvado, junto a todo lo que conlleva; pero no puede hacer algo en favor de ello, no puede reformarlo o mejorarlo.

“Y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios”. Este mundo es totalmente de la carne. “Pero... no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo” (Juan 15:19). Él ha separado a los cristianos de la carne, los ha separado de los designios de la carne, de la mente carnal y del señorío de la carne. Eso separa del mundo, al separarnos de aquello mismo que nos ancla al mundo. Sólo el poder de Dios puede efectuarlo.

Recordemos ahora algunos momentos de la creación del hombre de manos de Dios. Génesis 2: Cuando Dios creó al hombre, afirmó de él -y del resto de las cosas creadas- no simplemente que eran buenas, sino que eran buenas “en gran manera”. El hombre, el primer Adán, tal como era cuando fue creado, se alegraba al oír la voz de Dios; se deleitaba en su presencia; todo su ser respondía gozoso a su llamada.

Pero al Edén llegó otro que puso en la mente del hombre desconfianza hacia Dios. La serpiente dijo a la mujer: ‘¿Así que Dios os ha dicho que no comáis de todo árbol del huerto?’ Ella respondió: ‘Podemos comer del fruto de los árboles del huerto, pero del árbol que está en medio del huerto, Dios ha dicho: “No comeréis de él, ni lo toquéis, para que no muráis”. La serpiente dijo: “No moriréis. Pero Dios sabe que el día que comáis de él serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y el mal”.

La insinuación tenía el siguiente propósito: ‘Dios mismo sabe que eso no es así; él sabe que no es cierto lo que os ha dicho, y eso significa algo más: significa que no os está tratando bien. Dios no quiere que lleguéis al lugar en el que eso os situaría. No quiere que tengáis lo que eso os daría. Sabe lo que lograríais con ello, y como no quiere que lo tengáis, por eso os dice que no lo comáis’. Tan pronto como Eva acogió esas sugestiones, comenzó a pensar que ahora veía algo que antes no había visto. Pero se trataba de algo que en realidad no era cierto. Tal como el Señor los hizo, y tal como deseaba que continuasen, habían de recibir de Dios mismo toda la instrucción y conocimiento. Habían de dar oído a su palabra, aceptarla, y permitir que los guiara y viviera en ellos. De esa forma tendrían la mente de Dios; tendrían los pensamientos de Dios al tener su palabra -que los expresa- morando en ellos. Pero ahora hizo incursión otra mente totalmente opuesta. Se aceptaron otras sugerencias. Se dio libre curso a otros pensamientos. Fueron aceptadas otras palabras, hubo sumisión y obediencia a ellas, de forma que la mujer vio “que el árbol era bueno para comer”. ¿Lo era? –No: no lo era, pero al haber dado oído a esas palabras estaba viendo cosas que no eran tal como ella las veía. Las vio como no las había visto nunca antes, ni las habría visto jamás según la luz de Dios. Pero sometiéndose a esa otra mente, vio las cosas en una luz totalmente falsa. “Vio” que el árbol era bueno para comer, y deseable para alcanzar la sabiduría. No era así, pero ella lo vio así.

Eso demuestra el poder de engañar que hay en las palabras y en los caminos de Satanás, quien estaba haciendo aquellas sugerencias. Tan ciertamente como uno inclina su mente en esa dirección, o tiene algo en su mente que simpatice con ello, está dando a Satanás una oportunidad de obrar y hacer que vea las cosas de la forma en que no son; que vea como una deducción necesaria e incuestionable aquello que no lo es en absoluto; y no sólo no es una deducción necesaria, sino que es rematadamente falsa.

Una vez que Eva “vio” todo eso, lo que siguió después no fue sino la consecuencia natural: “Tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido, el cual comió al igual que ella” (Gén. 3:6).

Avancemos algo más en el relato. Versículo 8: “Luego oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba por el huerto al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios”. ¿Por qué hicieron así? Había en ellos algo que rehuía la presencia de Dios, algo que no estaba en armonía con él y que les llevaba a esconderse más bien que a recibirlo con gozo.

“Pero Jehová Dios llamó al hombre y le preguntó: -¿Dónde estás? Él respondió: -Oí tu voz en el huerto y tuve miedo, porque estaba desnudo; por eso me escondí. Entonces Dios le preguntó: -¿Quién te enseñó que estabas desnudo?” Y ahora viene la pregunta: “¿Acaso has comido del árbol del cual yo te mandé que no comieras?” Y Adán respondió: ‘Sí, he comido del árbol, y tengo la impresión de no haber hecho precisamente lo correcto. Lo lamento...’ ¿Es eso lo que respondió? -¡No! La pregunta era muy clara: “¿Has comido del árbol del cual yo te mandé que no comieras?” ¿Acaso no había comido de él? –Ciertamente lo había hecho. ¿Por qué, pues, no lo reconoció? Lo consideraremos un poco más adelante en nuestro estudio.

Adán no respondió afirmativamente. No obstante, esa era la única respuesta posible. En su lugar, dijo: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí”. Finalmente admitió haber comido del árbol. Pero ¿dónde vino su admisión? En el último sitio posible. La mujer, y hasta el propio Señor, tenían que ser señalados como culpables antes de que Adán admitiera su culpabilidad. Virtualmente estaba diciendo: ‘De no ser por la mujer, yo no lo habría hecho. Es ella quien me lo dio. Pero la mujer jamás me lo habría dado si no hubiera estado allí, y nunca habría estado allí si no la hubieras puesto. Si ella no hubiera estado allí, no me lo habría dado, y en ese caso yo no lo habría hecho: así pues, aunque de hecho lo comí, la responsabilidad se encuentra mucho antes de mí’. ¿Qué es lo que había en él, que lo llevaba a implicar a cualquier otro en el universo, antes que a él mismo, y antes que admitir su parte en el asunto? –Simplemente el amor al yo, la defensa de sí mismo, la auto-protección.

“Entonces Jehová Dios dijo a la mujer:” –otra pregunta simple y clara- “¿Qué es lo que has hecho?” Eva respondió: ‘Tomé del árbol, lo comí, di a mi esposo y él también lo comió. Lo siento...’ ¿Dijo eso? –No: no lo dijo. Recordad que está respondiendo la pregunta: “¿Qué es lo que has hecho?”. Observad que Dios no le preguntaba por qué lo había hecho, sino qué es lo que había hecho. Pero ella respondió: “La serpiente me engañó, y comí”. La respuesta de Eva fue como la de Adán. Esquivó la pregunta e implicó a alguien más que les hizo hacer lo que hicieron. Había que culpar a cualquiera, excepto a ellos mismos.

Vuelvo a preguntar: ¿Por qué no respondieron sin más a la pregunta directa? –Porque no podían hacerlo. No podían debido a que la mente según la cual estaban actuando, la que había tomado posesión de ellos y los mantenía en servidumbre, esclavizados bajo su poder, es la mente que dio origen a la exaltación de uno mismo por encima de Dios, y no consiente nunca en ocupar el segundo lugar, aunque se trate de competir con Dios. Todos sabemos que es la mente de Satanás. Pero cuando comenzó su rebelión, sabemos que lo que lo llevó a ese estado fue la auto-exaltación.

Apartó su vista de Dios y comenzó a mirarse a sí mismo. Se vio a sí mismo como digno de la mayor gloria. El lugar que ocupaba no llegaba a satisfacerle, de forma que planeó exaltarse a sí mismo: “En lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono... sobre las alturas de las nubes subiré y seré semejante al altísimo” (Isa. 14:13 y 14). Eso era pecado. El Señor lo llamó a que abandonara su pecado y su camino equivocado, a que se volviera a Dios y aceptara nuevamente los caminos de Dios. Sabemos que ha de ser así, pues está escrito: “Para Dios no hay acepción de personas” (Rom. 2:11). Puesto que la familia del cielo y la de la tierra son una sola familia, y dado que Dios no hace acepción de personas -puesto que cuando el hombre pecó Dios le dio una segunda oportunidad y lo llamó a que retornara- dio también a Lucifer una segunda oportunidad y lo llamó para que regresara. Eso es indudable. Lucifer habría podido dejar su camino; podría haber dejado a su yo, y se podría haber sometido a Dios. Pero en lugar de ello desoyó el llamamiento, rechazó el don de Dios, no quiso volverse de sus caminos ni someterse nuevamente a Dios. En ello no hizo más que reafirmarse en su curso de autosuficiencia, en contra de todo cuanto Dios pudiera hacer. Y la mente que está en él, confirmada así en el pecado y la rebelión contra Dios, es enemistad –no es simplemente que esté enemistada, sino que es enemistad contra Dios, y no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede.

Adán y Eva aceptaron esa mente, que tomó entonces posesión del mundo entero puesto que ellos -al aceptarla- entregaron este mundo a Satanás, quien se convirtió así en el dios de este mundo. Por lo tanto, esa es la mente de este mundo, la mente que lo controla. Esa mente de Satanás, la mente del dios de este siglo, es la que controla a la humanidad, tal como está en este mundo, y es en ella misma “enemistad contra Dios”, no sujetándose a la ley de Dios y siendo imposible que lo haga.

Esa es la razón por la que Adán y Eva no podían responder con llaneza a esa pregunta directa. El hombre la puede responder ahora, pero no podía entonces por la razón de que Satanás los había tomado bajo su dominio y no había otro poder que los controlara. Su control era en aquel momento absoluto, y la situación de ellos era de total depravación. Pero Dios no los abandonó allí; no abandonó a la raza en aquella condición. Girándose, dijo a la serpiente: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú la herirás en el talón”. Así pues, existen dos enemistades en este mundo: la una proviene de Satanás, y es enemistad contra Dios; la otra proviene de Dios, y es enemistad contra Satanás. Y en esas dos enemistades vienen los dos misterios: el misterio de Dios y el misterio de la iniquidad.

Esa enemistad contra Satanás es, por supuesto, la justicia de Dios. Al decir: “Pondré enemistad entre ti y la mujer”, Dios quebrantó el yugo de Satanás sobre la voluntad del hombre, concediéndole nuevamente libertad para elegir a qué autoridad querría seguir, qué rey y qué mundo sería el suyo. En esa, su palabra, Dios rompió el dominio absoluto de Satanás y dio al hombre libertad de elegir a qué pertenecería. Y desde ese momento, aquel que escoja el camino de Dios sometiendo la voluntad a su control, puede responder al Señor con llaneza, de forma que cuando el Señor viene y le pregunta: ‘¿Has hecho tal y tal cosa?’, puede responder: ‘Sí’, sin implicar absolutamente a ningún otro en el asunto. Eso es confesión del pecado. Vino así la capacidad de confesar el pecado, y ello revela la bendita verdad de que el poder de confesar el pecado –el arrepentimiento- es el don de Dios.

Siendo que la mente de Satanás es la mente de este mundo, la mente que controla al hombre natural es enemistad contra Dios, y pone al hombre en enemistad con Dios. No es posible reconciliar esa mente con Dios, ya que no se sujeta a la ley de Dios ni puede hacerlo. Lo único que cabe hacer es deshacerse de ella de alguna forma. Si eso resulta posible, entonces el hombre resultará reconciliado con Dios y todo estará bien; estará nuevamente unido a Dios, y las palabras, pensamientos y sugerencias de Dios pueden llegar de nuevo a él a fin de ser su guía y poder controlador. Y puesto que esa mente no puede ser reconciliada con Dios, lo único posible es destruirla. Entonces, y sólo entonces y por ese medio, puede el hombre estar en paz con Dios y separado del mundo. Demos gracias al Señor, puesto que tenemos las buenas nuevas de que ha sido destruida.

Lo relativo a cómo ha sido destruida y cómo podemos disfrutar de ese beneficio, será el objeto de estudios subsecuentes. Considero que son muy buenas nuevas el que Dios nos diga que el conflicto está resuelto. Es el Señor quien nos llevará a la bendición, al gozo, la gloria y el poder de ello. Sabemos que esa enemistad –esa mente del yo y de Satanás-, separó al hombre de Dios, pero Dios abrió el camino para que el hombre regresara. Dios dio al hombre una oportunidad para que eligiera el mundo que tendría. Ese es el tema de nuestro estudio. Si es que hemos de salir de Babilonia, hemos de dejar absolutamente este mundo. Fue para dar la oportunidad de que el hombre eligiera uno u otro mundo por lo que Dios dijo a Satanás: “Pondré enemistad” entre ti y la simiente de la mujer. Por lo tanto, la única pregunta, la pregunta eterna es: ¿Qué mundo elegirá el hombre? Y siendo que Dios abrió el camino en su increíble misericordia, dándonos el poder para elegir un mejor mundo que este, ¿por qué debiera haber la más mínima vacilación?

Vayamos al primer versículo del segundo capítulo de Efesios y leamos las buenas nuevas de que ha sido destruida la enemistad contra Dios, de forma que todos pueden ser libres:

“Él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia”

Anduvimos según ese espíritu. ¿Cuál es el espíritu que reina en los hijos de desobediencia? El mismo que rige en el mundo, la mente que originó el mal en el Edén y que es enemistad contra Dios. ¿Quién es el príncipe de la potestad del aire? El que obra en los hijos de desobediencia, el dios de este mundo que nada tiene que ver con Jesucristo, gracias a Dios.

“Entre ellos vivíamos también nosotros en otro tiempo, andando en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos”

La mente de este mundo, por el hecho de serlo, tiene una tendencia natural hacia los caminos de este mundo. “Éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás”. Lo éramos.

Antes de seguir leyendo en Efesios, vayamos a Colosenses 1:21: “Erais en otro tiempo extraños y enemigos por vuestros pensamientos”. ¿Dónde, pues, radica la enemistad que nos constituye en enemigos? –En los pensamientos, en la mente carnal. La mente de la carne es enemistad y nos controla, nos enemista y nos hace ser enemigos “por vuestras malas obras”.

Leamos ahora Efesios 2:11: “Por tanto, acordaos que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne, erais llamados incircuncisión…” ¿Llamados así por el Señor? –No, “sino por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne”. Tenemos aquí a ciertas personas en la carne llamando de cierta forma a otras personas en la carne, haciendo ciertas distinciones entre unos y otros.

“En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo”.

Encontramos otro texto paralelo en el capítulo cuarto, versículos 17 y 18:

“Esto, pues, digo y requiero en el Señor: que ya no andéis como los otros gentiles, que andan en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón”.

Los que están en la carne, alejados de Dios, caminan en la vanidad de su mente, están separados de Dios, separados de la vida de Dios. Enemigos en nuestra mente: eso es lo que éramos. Leamos de nuevo Efesios 2:13: “Pero ahora…” Dice “ahora”, y nos está hablando a nosotros, que estamos estudiando aquí las Escrituras. Debemos someternos a la Palabra de Dios exactamente de la forma en que ésta nos habla, a fin de permitirle que nos lleve allí donde él desea. Así, pregunto: ¿Cuándo? –Ahora. Ahora y aquí.

“Pero AHORA en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos…” Lejos, ¿de quién? ¿Lejos de Dios, o lejos de los judíos? El versículo precedente especifica que se trata de estar alejados de Dios, “sin Dios”. “Habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo”. ¿Cercanos a los judíos, o cercanos a Dios? –Cercanos a Dios, por supuesto.

“Vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo”. Aquel que es nuestra paz, el que derribó la pared de separación que se interponía, abolió en su carne esa enemistad. Gracias al Señor. Abolió la enemistad y podemos ser separados del mundo.

“Derribando la pared intermedia de separación”. Separación, ¿entre quién? –Entre el hombre y Dios. ¿Cómo lo logró? ¿Cómo derribó la pared de separación entre nosotros y Dios? –“Aboliendo en su carne las enemistades”.

Es cierto que esa enemistad había significado divisiones y separaciones entre los hombres en la tierra, entre la circuncisión y la incircuncisión; entre la circuncisión según la carne y la incircuncisión según la carne. Se había manifestado en sus divisiones, en la edificación de una nueva pared de separación entre judíos y gentiles. Es cierto. Pero si los judíos hubieran caminado con Dios, si no se hubieran separado de él, ¿habrían edificado una pared entre ellos y cualquier otro? -No, ciertamente. En su separación de Dios, en sus mentes carnales, en la enemistad que albergaban sus mentes, en la ceguera de su incredulidad, se configuró un velo en su corazón y resultaron separados así de Dios. Entonces, debido a las leyes y ceremonias que Dios les había dado, se dieron crédito a ellos mismos como siendo del Señor y siendo tanto mejores que los otros pueblos como para hacer necesario que edificaran una gran pared de separación entre ellos y los demás. Pero ¿dónde radicaba todo el problema con respecto a ellos y los demás? –En la enemistad que en ellos había, y que los separó primeramente de Dios. Habiéndose separado de él, la segura consecuencia es que resultarían separados de los otros.

“Él es nuestra paz, que de ambos hizo uno”. [La palabra “pueblos”, después de “ambos”, no figura en el original]. ¿Cuáles son los “ambos” de los que hizo uno? –Dios y el hombre. “Derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades… para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz”.

Analicémoslo de nuevo. “Aboliendo en su carne las enemistades”. ¿Cuál fue el objeto de abolir esa enemistad? ¿Por qué razón derribó esa pared intermedia de separación? “Para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz”. ¿Hace Cristo un nuevo hombre a partir de un judío y un gentil? –No. ¿A partir de un pagano y alguien más? –No. ¿A partir de dos paganos? -Tampoco.

Dios hace un nuevo hombre a partir de Dios y un Hombre. En Cristo se encontraron Dios y el hombre, de forma que pudieron ser hechos uno.

Todos los hombres fueron separados de Dios, y en dicha separación de Dios resultaron también separados unos de otros. Cristo desea ciertamente que todos resulten unidos entre ellos. Su proclama a este mundo fue: “En la tierra paz, buena voluntad para con los hombres” (Luc. 2:14). Tal es su propósito. Ahora bien: ¿Dedica Dios su tiempo a procurar que se reconcilien unos con otros y a derribar todas esas barreras entre los hombres a base de llevarlos a decir: “Olvidemos el pasado, enterremos las armas; pasemos página y seamos más positivos a partir de ahora”?

Cristo pudo haberse dedicado a ello. Si esa hubiera sido su línea de acción, habría podido convencer a miles de personas. Habría podido persuadirlas a que dijeran: “Es lamentable que nos hayamos comportado así unos con otros. Está mal y lo sentimos. Dejemos ahora todo eso atrás, abramos un nuevo capítulo, avancemos y hagámoslo mejor”. Habría podido procurar que aceptaran eso. Pero, ¿acaso habrían podido mantenerse firmes en ese propósito? –No, puesto que seguía persistiendo el elemento malvado causante de la división. ¿En qué consistía? –En la enemistad y separación de Dios, que era la causante de la separación entre los unos y los otros. ¿De qué habría, pues, servido que el propio Señor procurara que los hombres aceptaran allanar sus diferencias sin ir a la raíz del problema, extirpando esa enemistad causante de la separación? Al separarse de Dios resultaron separados también entre ellos, y la única forma de destruir la separación existente entre unos y otros era necesariamente destruir la separación de ellos con Dios. Y lo efectuó aboliendo dicha enemistad. Nosotros, los pastores, podemos aprender una lección de ese hecho, para saber cómo actuar cuando somos llamados a alguna iglesia para solucionar diferencias. No tenemos absolutamente nada que hacer en el terreno de las dificultades entre unos y otros como tales. Debemos abordar la dificultad entre las personas y Dios. Una vez que eso se haya solucionado, desaparecerá toda otra separación.

Es cierto que los judíos, en su separación de Dios, habían erigido otros muros de separación entre ellos y los gentiles. Es innegable que Cristo quería eliminar todas esas separaciones, y así lo hizo. Pero la única forma en que lo hizo -y en que podía hacerlo- fue destruyendo aquello que los separaba de Dios. Todas las separaciones entre ellos y los gentiles desaparecerían, una vez que la separación o enemistad entre ellos y Dios hubiera desaparecido.

¡Qué benditas nuevas, la abolición de la enemistad! Está abolida, ¡gracias al Señor! No hay ahora necesidad alguna de tener amistad con el mundo; ninguna necesidad de una deficiente obediencia a la ley; ninguna necesidad de que dejemos de someternos a Dios, puesto que Jesucristo quitó del camino la enemistad, la abolió, la destruyó. Destruyó aquello en lo que radica la amistad con el mundo, la insumisión a Dios y la falta de sujeción a su ley. En Cristo queda destruido, abolido, aniquilado. No fuera de él, sino en él. Gracias al Señor por ello. Ahí tenemos auténtica libertad.

Por descontado, lo anterior ha representado siempre buenas nuevas. Pero para mí personalmente, en la situación en que Dios nos ha mostrado que estamos ocupando ahora en el mundo, esas benditas nuevas han venido en los últimos días como si nunca antes hubiera sabido de ellas. Me han traído una alegría tan grande, tan genuinamente cristiana, que me hace sentir ni más ni menos que con todo el gozo que corresponde a un cristiano.

Es un hecho bendito el que Dios declare abolido aquello que nos separa de él, aquello que nos ata al mundo, la causa de todos los problemas. Queda abolido en él, quien es nuestra paz. Recibamos ahora las alegres nuevas, gocémonos en ellas noche y día, de forma que Dios pueda llevarnos más y más a los verdes pastos y a las aguas tranquilas del reino glorioso al que nos ha trasladado. “No temáis, porque yo os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor” (Luc. 2:10).


 

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