General Conference Daily Bulletin, 1893
El mensaje del tercer ángel (nº 21)
A.T. Jones


Retomamos hoy el tema en el punto en que lo dejamos anoche: en el reconocimiento de que la obra de Dios en la salvación consiste en lograr su propósito original en la creación. Como vimos ya, cuando se completó la obra de la creación de los cielos y la tierra con todo lo que hay en ellos, quedaba allí cumplido el propósito de Dios, y por ese motivo se gozó en aquel día. Sin embargo, mediante el engaño de Satanás, este mundo resultó alejado de su propósito en la creación, viniendo a convertirse en todo lo contrario.

Por lo tanto, a fin de conseguir su propósito, el Señor ha de reunir a partir de este mundo un pueblo que habitará la tierra renovada, tal como habría sucedido según su propósito original de no haber sucedido la caída. Y cuando lo logre mediante esa palabra de salvación, mediante el poder de Dios en la salvación, constituirá la auténtica realización final, el cumplimiento del propósito divino original al crear este mundo con todo lo que contiene, un universo completo en el que todo cuanto haya en el cielo, en la tierra, bajo ella y en el mar, con todo lo que hay en ellos, digan: "Al que está sentado en el trono y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos" (Apoc. 5:13).

Por lo tanto, el Salvador, cuando estuvo aquí, dijo: "Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo" (Juan 5:17). La obra de Dios terminó cuando dio comienzo aquel séptimo día en lo antiguo. Reposó. Pero su obra en esta tierra y la formación del hombre quedaban aún pendientes, de manera que debió ponerse nuevamente a la labor en la obra de la salvación a fin de completar su propósito original; por lo tanto Jesús dijo: "Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo".

Leeré a continuación tres pasajes del Antiguo Testamento y tres del Nuevo, y podéis multiplicarlos tanto como queráis, especialmente a partir del capítulo 40 de Isaías y siguientes. Esos textos muestran que en la obra de la salvación, el Señor pone su obra original en la creación, y se pone a sí mismo como Creador, y a su poder tal cual se manifestó en la creación, como la base de nuestra confianza en su poder para consumar nuestra salvación.

Ved primeramente Sal. 111:4: "Ha hecho memorables sus maravillas". Una traducción alternativa más literal, sería: "Ha hecho un memorial para sus obras maravillosas". De eso es de lo que hemos estado hablando; era la primera parte del versículo que continúa así: "Clemente y misericordioso es Jehová". Sus obras maravillosas, por lo tanto, que están significadas en el memorial que estableció, quedan en ese versículo ligadas a su clemencia y misericordia, a la plenitud de su compasión hacia el ser humano en este mundo, que tan necesitado está de ella.

Veamos ahora el capítulo 40 de Isaías, y podéis continuar a lo largo de todo el libro, pues lo encontraréis desde el principio hasta el fin. Comencemos en su primer versículo, que dice: "¡Consolad, consolad a mi pueblo!, dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén; decidle a voces que su tiempo es ya cumplido, que su pecado está perdonado, que doble ha recibido de la mano de Jehová por todos sus pecados. Voz que clama en el desierto: ‘¡Preparad un camino a Jehová; nivelad una calzada en la estepa a nuestro Dios!’". Es el mensaje de Juan Bautista.

"¡Todo valle sea alzado y bájese todo monte y collado! ¡Que lo torcido se enderece y lo áspero se allane! Entonces se manifestará la gloria de Jehová y toda carne juntamente la verá, porque la boca de Jehová ha hablado. Voz que decía: ‘¡Da voces!’ Y yo respondí: ‘¿Qué tengo que decir a voces?’ ‘Que toda carne es hierba y toda su gloria como la flor del campo. La hierba se seca y la flor se marchita, porque el viento de Jehová sopla en ella. ¡Ciertamente como hierba es el pueblo! La hierba se seca y se marchita la flor, mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre’".

Pedro, citando ese pasaje en los dos últimos versículos del capítulo uno de su primera epístola, declara: "Esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada".

Isaías sigue entonces refiriéndose al evangelio en otros términos: "Súbete sobre un monte alto, anunciadora de Sión; levanta con fuerza tu voz, anunciadora de Jerusalén. ¡Levántala sin temor! Di a las ciudades de Judá: ‘¡Ved aquí al Dios vuestro!’ He aquí que Jehová el Señor vendrá con poder, y su brazo dominará; he aquí que su recompensa viene con él y su paga delante de su rostro. Como pastor apacentará su rebaño. En su brazo llevará los corderos, junto a su pecho los llevará; y pastoreará con ternura a las recién paridas".

Hasta aquí está exponiendo el evangelio mediante la palabra de Dios. Seguimos leyendo: "¿Quién midió las aguas con el hueco de su mano y los cielos con su palmo, con tres dedos juntó el polvo de la tierra, y pesó los montes con balanza y con pesas los collados?" (vers. 12). ¿Quién fue? El mismo que "como pastor apacentará su rebaño", Aquel cuya voz nos habla hoy en el evangelio, Aquel que vive para siempre

"¿Quién examinó al espíritu de Jehová o le aconsejó y enseñó? ¿A quién pidió consejo para poder discernir? ¿Quién le enseñó el camino del juicio o le dio conocimiento o le mostró la senda de la prudencia? He aquí que las naciones son para él como la gota de agua que cae del cubo, y como polvo menudo en las balanzas le son estimadas. He aquí que las islas le son como polvo que se desvanece. Ni el Líbano bastará para el fuego, ni todos sus animales para el sacrificio. Como nada son todas las naciones delante de él; para él cuentan menos que nada, menos que lo que no es. ¿A qué, pues, haréis semejante a Dios o qué imagen le compondréis?"

Saltamos ahora hasta el versículo 25: "¿A qué, pues, me haréis semejante o me compararéis? Dice el Santo. Levantad en alto vuestros ojos y mirad quién creó estas cosas; él saca y cuenta su ejército; a todas llama por sus nombres y ninguna faltará". Dice el texto que no falta ni siquiera uno sólo. ¿Qué es lo que sustenta a los astros? [Congregación: "El poder de su palabra"]. Él "sustenta todas las cosas con la palabra de su poder" (Heb. 1:3).

Su invitación es ahora a que abramos los ojos y veamos quién creó todas esas cosas, y "saca y cuenta su ejército".

¿Adónde nos lleva todo esto? Leamos el versículo 27: "¿Por qué dices, Jacob, y hablas tú, Israel: ‘Mi camino está escondido de Jehová, y de mi Dios pasó mi juicio’?" "Levantad en alto vuestros ojos y mirad quién creó estas cosas; él saca y cuenta su ejército; a todas llama por sus nombres y ninguna faltará" (vers. 26). Ahora Jacob, ¿por qué sientes que Dios se olvidó de ti? ¿Por qué ese desánimo? Dios jamás ha olvidado ni a uno solo de los planetas en el universo; los conoce a todos por sus nombres. ¿Acaso se va a olvidar de tu nombre? ¿Por qué presenta aquí estas dos ideas la una junto a la otra? [Una voz: "Para nuestro consuelo"]. Porque el mismo que creó todas esas cosas es el Consolador de Israel. Aquel que conoce todas esas cosas es el que os pone a vosotros y a mí un nombre nuevo.

Versículo 28: "¿No has sabido, no has oído que el Dios eterno es Jehová, el cual creó los confines de la tierra? No desfallece ni se fatiga con cansancio, y su entendimiento no hay quien lo alcance. Él da esfuerzo al cansado y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas". ¿De quién se trata? [Congregación: "Del Señor"]. Bien, levantad en alto vuestros ojos y ved quién creó todas estas cosas, y comprobad entonces que tiene el poder para dar fuerzas al cansado mediante su palabra; por lo tanto dice: ‘Tened buen ánimo’; ‘Consolaos’. Y sucede así. Cuando aquel que tenía semejanza de hombre tocó a Daniel y lo fortaleció, diciéndole "¡esfuérzate!", Daniel dijo: "Hable mi señor, porque me has fortalecido" (10:18 y 19).

Ahora el resto del capítulo: "Los muchachos se fatigan y se cansan, los jóvenes flaquean y caen; mas los que esperan en Jehová tendrán nuevas fuerzas, levantarán alas como las águilas, correrán y no se cansarán, caminarán y no se fatigarán". El mismo poder que sostiene en sus órbitas a los planetas, será el que fortalezca a los débiles y cansados, de forma que "correrán y no se cansarán", "caminarán y no se fatigarán". ¿Comprendéis que el Señor establece la creación, y su poder en la creación, como el fundamento de nuestra esperanza en su salvación? ¿Veis que se trata de una y la misma cosa?

En el Salmo 147, versículos 3 y 4, encontramos otro pasaje bendito que afecta íntimamente a todos, y es por eso que lo leo: "Él sana a los quebrantados de corazón y venda sus heridas. Él cuenta el número de las estrellas; a todas ellas llama por sus nombres". Aquel que es capaz de contar el número de las estrellas, conociendo a cada una por nombre, es quien sana y venda las heridas de los corazones quebrantados. Así, ¿fue herido vuestro espíritu?, ¿se quebrantó vuestro corazón y casi os desesperasteis creyéndoos olvidados de todo y de todos? El versículo es para vosotros. El pensamiento es el siguiente: no es sólo que "Él sana a los quebrantados de corazón y venda sus heridas", sino que también cuenta las estrellas y las llama por sus nombres, motivo por el cual nunca olvidará tu nombre. Así es el Señor. Así es nuestro Salvador; pero el fundamento de nuestra confianza en él como Salvador es que él creó todos esos astros y los conoce por sus nombres, sustentándolos con la palabra de su poder para salvar.

Yendo ahora al Nuevo Testamento, recordad lo escrito en el primer capítulo de Juan, versículos 1 al 4: "En el principio era el Verbo, el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios. Este estaba en el principio con Dios. Todas las cosas por medio de él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres". Y el versículo 14: "El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad". "De su plenitud recibimos todos, y gracia sobre gracia" (vers. 16).

Así, el mismo que creó todas las cosas, vino aquí "lleno de gracia y de verdad", tomando una carne como la nuestra, y mediante él somos participantes de su plenitud. El pensamiento que Dios quiere que alberguemos acerca de la salvación es que Aquel que nos creó es quien nos salva; que el poder por el que creó es el mismo poder por medio del cual nos salva, y el medio que utilizó para crear –su palabra-, es precisamente aquel mediante el que nos salva. Fue por su palabra, y "a vosotros es enviada la palabra de esta salvación" (Hech. 13:26).

Efesios 3 se refiere al evangelio. Versículos 7 al 12: "Del cual yo fui hecho ministro por el don de la gracia de Dios que me ha sido dado según la acción de su poder. A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las insondables riquezas de Cristo, y de aclarar a todos cuál sea el plan del misterio escondido desde los siglos en Dios, el creador de todas las cosas". ¿Qué es lo que había de predicar? "Las insondables riquezas de Cristo". Y tenía que hacer ver a todos el misterio escondido desde los siglos en Dios: el Creador de todas las cosas en Jesucristo. Por lo tanto la finalidad del evangelio es permitir que el hombre comprenda cuál fue el propósito de Dios cuando creó al principio. Si el evangelio tuviera otro propósito diferente, si enseñara cosas diferentes o recurriera a algún otro poder distinto del que actuó en la creación original, su predicación no llevaría a ninguna parte. Pero puesto que es precisamente así, eso refuerza el pensamiento ante nosotros: que el propósito de Dios en el evangelio es restaurar en el hombre el conocimiento que había perdido de su propósito original al crear todas las cosas por Jesucristo.

Así, seguimos leyendo: "Para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales, conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús, nuestro Señor". Pero leemos en otro lugar que él tuvo ese propósito desde antes de la fundación del mundo. Necesariamente tuvo que ser así, dado que se trata de su "propósito eterno". Por lo tanto, en Cristo, en la salvación del mundo y del hombre, y en toda la obra de Cristo, Dios está llevando a cabo su propósito eterno tal como fue desde el principio, "en quien tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él" (vers. 12).

Leamos nuevamente su propósito eterno: "Conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús, nuestro Señor". Ese propósito original creador del que hablamos anoche, consiste en Cristo llevando a cabo lo que resultó anteriormente frustrado. Se trataba de Cristo entonces, y de Cristo ahora. Es Cristo todo el tiempo, y es el poder de Dios en Cristo todo el tiempo. Se trata siempre del poder de Dios manifestado a través de su palabra para el cumplimiento de su propósito: al principio, y también al final. Satanás vino y desbarató al mundo, poniéndolo en una complicada situación. El Señor dijo: ‘Está bien, lo conseguiremos aún así’. Satanás no hizo nada, excepto seguir desbaratando el mundo, y obligando a que tuviera lugar un rodeo. Pero Dios llevará a cabo su plan incluso en ese rodeo; cumplirá su propósito eterno de forma que el universo quedará atónito y el diablo destruido. Sin duda ninguna el Señor lo hará.

Encontramos lo mismo en Colosenses 1, a partir del versículo 9. Leeré del 9 al 17: "Por lo cuál también nosotros, desde el día que lo oímos, no cesamos de orar por vosotros y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual. Así podréis andar como es digno del Señor, agradándolo en todo, llevando fruto en toda buena obra y creciendo en el conocimiento de Dios. Fortalecidos con todo poder conforme a la potencia de su gloria, obtendréis fortaleza y paciencia, y, con gozo, daréis gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz. Él nos ha librado del poder de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados. Cristo es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación, porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes que todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten". Creación, salvación, la bendición de Dios, su gracia, la liberación del poder de las tinieblas, todo es una y la misma historia: el poder creador de Dios, y Dios en Jesucristo.

Todo lo anterior está contenido en el primer capítulo de Hebreos. De hecho, impregna toda la Biblia. Así pues, no necesitamos insistir más en que la salvación es creación, y en que nos es dada como indicación del poder creador manifestado en Jesucristo. Y la única forma en la que dicho poder se manifiesta es en Jesucristo. La única forma en que podemos conocer a Dios es en Cristo. Él mismo ha establecido esa señal indicativa del poder creador de Dios en Jesucristo; y sea que ese poder esté en la creación original, o en la obra de la salvación a fin de llevar a cabo el propósito original en la creación, se trata siempre del mismo poder, ejercido por el mismo, de la misma forma y con el mismo significado en cada caso.

Por lo tanto, si encontraseis otra señal para significar la obra de la salvación, si encontraseis una señal distinta de aquella que Dios dispuso, ¿podría ser esa otra señal indicativa del poder de Dios y de su salvación? [Congregación: "No"]. Pensad en esto con todo detenimiento. Dios ha establecido una señal para significar su poder obrando en todo lugar y en todo tiempo, en Cristo Jesús. Si vosotros, o cualquier otro, establecéis otra señal distinta, jamás puede significar el poder de Dios, puesto que fue algún otro distinto de él mismo quien lo instituyó. Por lo tanto es imposible significar el poder de Dios mediante cualquier otra cosa, mediante cualquier otra señal. ¿Lo comprendéis? [Congregación: "Sí"].

Hay más: Si alguien encontrara en alguna parte de la historia otra señal establecida para significar la salvación, sería salvación mediante otro poder distinto del poder de Dios en Jesucristo. Sólo podría ser así. Bien, ¿se ha dado algún esfuerzo, se ha albergado alguna pretensión en la historia a fin de salvar a las personas mediante algún otro poder diferente al de Jesucristo? [Congregación: "Sí"]. ¿Acaso no ha existido en el mundo un poder llamado anti-Cristo? [Congregación: "Sí"]. "Anti" significa opuesto o contrario a Cristo. Ese poder pretende salvar a las personas, ¿no es así? [Congregación: "Así es"]. Leamos primeramente la descripción de su proceder: "Se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto, que se sienta en el Templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios" (2 Tes. 2:4).

En Daniel 8:25 leemos que "se levantará contra el Príncipe de los príncipes". Procurará regir, reinar, ejercer su poder en contra del Príncipe de los príncipes. ¿Quién es el Príncipe de los príncipes? [Congregación: "Cristo"]. Se levanta contra Cristo, ejerce su poder, desarrolla su obra en oposición a Cristo. Daniel 8:11: "Aún se engrandeció contra el príncipe de los ejércitos". El versículo precedente aclara que se trata del "ejército del cielo". Por lo tanto, tal como afirma Pablo, se exalta a sí mismo, se exalta y se opone contra todo lo que se llama Dios y se considera digno de adoración. Se auto-magnifica, se exalta a sí mismo contra el Príncipe del ejército celestial.

¿Cuál es ese poder? [Congregación: "El papado"]. Es el papado, la Iglesia, la Iglesia Católica, la Iglesia de Roma. ¿No es acaso la doctrina de esa iglesia que no hay salvación fuera de ella, o por ningún otro medio ajeno a ella? [Congregación: "Sí"]. Esa iglesia, ese poder, se exalta a sí mismo y se auto-proclama único medio posible de salvación, estando en completa oposición con Cristo. ¿No resulta evidente que habrá de elegir como símbolo de su poder para salvar, otra señal distinta del sábado? Es un hecho.

Otro pensamiento en este punto. Puesto que ha de ser una señal distinta del sábado, que es indicativo del poder de Dios en Jesucristo para la salvación, ¿no resulta claro que cualquier otro poder que establezca una señal indicativa de su poder para salvar, habrá de recurrir por necesidad a un "sábado" en rivalidad con el verdadero? No queda otra posibilidad; ha de ser precisamente así. Si eligiera como señal cualquier otra cosa que no estuviera en rivalidad con el sábado, esta señal divina permanecería destacada sin dar ocasión a que nada la desafiara. Por lo tanto, para que la rivalidad sea completa, y a fin de establecer su poder en total oposición a Cristo, el hombre de pecado ha de poseer una señal de su poder para salvar, y ha de estar, por el motivo descrito, en rivalidad con la señal indicativa de la salvación en Cristo.

Y ciertamente la Iglesia de Roma pretende exactamente eso. Afirma que el domingo que ella ha establecido es la señal del poder de la iglesia para poner en el camino de la salvación a los hombres sujetos al pecado. Pretende eso, ni más ni menos.

Cuando se estableció el domingo, y cuando los gobiernos terrenales obligaron a que se lo observara por la fuerza, quedó configurado el papado tal como existe hoy en el mundo. El domingo fue entonces puesto en lugar del sábado del Señor con un propósito directo y definido. El registro histórico es incontestable. Veamos lo dicho por uno de los que hicieron ese cambio. En la página 313 del libro "Two Republics" leemos:

"Hemos transferido al Día del Señor [llama así al domingo] todas las cosas que era deber efectuar en sábado" –Eusebio.

Se aplicó entonces la ley para hacer obligatoria la observancia del domingo, ¿con qué propósito? Leo en la página 315 del mismo libro:

"Nuestro emperador, muy amado del Señor, cuya fuente de autoridad imperial deriva de lo alto, y que destaca en el poder de su sagrado título, ha controlado el imperio mundial durante un largo período de años. Efectivamente, este Preservador dispone en estos cielos y en esta tierra, y en el reino celestial, de forma consistente con la voluntad de su Padre. Así, nuestro emperador amado por él, llevando a aquellos sobre quienes rige en la tierra al unigénito Verbo y Salvador, los hace auténticos súbditos de su reino" –Eusebio.

Su propósito era, pues, salvar a las personas por esos medios, y el domingo se estableció como señal del poder que lo estaba llevando a cabo, en lugar del sábado del Señor que es indicativo de su poder. Sigo leyendo en la página 16:

"Ordenó asimismo que se observara un día como ocasión especial para la adoración religiosa" Id.

Y:

"¿Quién otro ha ordenado a las naciones que pueblan los continentes y las islas de este vasto mundo que se reúnan en el Día del Señor [se refiere al domingo], observándolo como festivo, no para cuidar el cuerpo sino para fortalecimiento y ánimo del alma mediante la instrucción en la verdad divina?" –Eusebio.

Tal era su objetivo: tomar el lugar de Dios, tomar el lugar del sábado del Señor. Es lógico que hiciera así, ya que hemos visto que de suscitarse otro poder con la pretensión de salvar a las personas, habría de acuñar otra señal distinta de la que es indicativa del poder de Dios.

Eso es lo que hizo el papado, y estableció con ello el gobierno de la iglesia, convirtiéndola en el conducto de salvación mediante el poder terrenal absoluto, y compeliendo a las personas por ese camino.

Ya leímos aquí la doctrina de la iglesia, las doctrinas de la iglesia de Roma acerca de cómo han de hacer las personas para salvarse, y todo consistía en el yo del hombre; el que puede ahí salvar es solamente el poder del yo. No se trata de la salvación de Cristo. Sus doctrinas enseñan que el hombre se ha de preparar a sí mismo, que ha de lograr una bondad suficiente, y entonces el Señor hará tratos con él: ‘Si haces tal y tal cosa, seré benigno contigo’. Así se lee en ese libro; no tengo tiempo esta noche de repetirlo. Su doctrina consiste en que la persona tiene que hacer cierta cosa; el problema es que no hay en ella poder alguno para efectuarla, pero su argumento es que si la hace, lo ha ganado todo. Esa no es la salvación en Cristo. No es la salvación de Dios.

Hay más: las iglesias que profesan ser Protestantes en Estados Unidos han tomado ahora el mismo curso de acción, y han exaltado igualmente el domingo, el día que ponen en este gobierno, tal como hizo la Iglesia Católica en el Imperio Romano, y con el mismo propósito.

Más aún, esas profesas iglesias protestantes saben que no hay en la Biblia mandamiento ninguno acerca del domingo. Lo admiten. Dicen que {el cambio de sábado a domingo}comenzó en la iglesia primitiva. Poco me interesa cuán atrás pretendan situar ese cambio en la iglesia primitiva: si se trata de una institución de la iglesia, si es una ordenanza eclesiástica, algo que la iglesia dispone que los hombres obedezcan, no importa cuándo comenzara: es igualmente perversa. Toda iglesia que pretenda algo semejante se convierte en una iglesia apóstata. Seguid el hilo hasta los días de los apóstoles si queréis; sea como fuere, la iglesia que hiciera así se convirtió en una iglesia apóstata, pretendiendo salvarse a sí misma y a otros al margen del poder de Dios. Por lo tanto, sea la iglesia que sea que lo hiciera, es una iglesia caída. La misión de la iglesia en el mundo es obedecer a Dios, y no dar órdenes a los hombres.

Toda iglesia, por lo tanto, que pretenda dar órdenes a los hombres, es por necesidad una iglesia apóstata. La iglesia de Dios es la que obedece a Dios. Es él quien da las órdenes; el poder es sólo suyo, y suya la autoridad. Estableció la iglesia para que a través de ella se pudieran reflejar su poder y gloria a los hombres. Pero no es prerrogativa de la iglesia el dar órdenes a nadie. También ella obedece sólo a Dios.

Ahora voy a expresarlo de otra forma, quizá con mayor llaneza. La iglesia como un todo –la Católica y la Protestante apóstata-, ha usurpado ya el lugar de Jesucristo, puesto que cualquier iglesia que se exalte a sí misma y haga de ella misma el camino de la salvación, es necesariamente una iglesia apóstata que se coloca a sí misma en lugar de Jesucristo, quien es el Salvador.

Así, ninguna iglesia puede exaltarse como salvadora de los hombres. Por el contrario: ha de exaltar a Jesucristo como al único Salvador. Jesucristo en ella como el Salvador que es, pero se trata de Jesucristo y no de ella, ya que es lo mismo en la iglesia que en el individuo. Tengo la justicia de Cristo; su presencia mora en mí. El cristiano puede y debe decir eso, pero jamás puede pretender: ‘Soy el Salvador’, o ‘soy la justicia’, ‘soy bueno y poseo bondad que puedo conferir a otros a fin de que sean salvos’. No. El cristiano puede decir: ‘Tengo la justicia de Cristo’, ‘Cristo mora en mí, y cumple a través mío su bendito propósito de que otros sean alcanzados y salvos’. Pero sólo él es el Salvador, sólo él es la justicia y el poder. Él lo es todo en todos.

Como sucede con la persona, así también con la colectividad. De igual forma en que Cristo mora en la persona, lo hace también en la colectividad de personas, en un sentido más profundo que en el caso del simple individuo, y la justicia de Cristo en la comunidad de personas no es otra cosa que la justicia de Cristo en mayor medida si cabe, en la comunidad de individuos que constituye la iglesia. De igual forma en que Cristo obra a través del individuo para su salvación, Cristo en la iglesia obra a través de toda la iglesia para salvar. Ahora bien, si la iglesia se enorgullece y se cree por encima de todo, comenzando a atribuirse crédito para gloria suya así como poder para salvar, en ese preciso momento se está colocando en el lugar de Jesucristo, pretendiendo ser el Salvador.

Se trata de la misma auto-exaltación en la iglesia que en el individuo, y fue la auto-exaltación de las personas la que conformó la iglesia auto-exaltada, terminando en la apostasía.

Se trata, pues, de la iglesia pretendiendo ser ella misma el camino de la salvación, la salvadora realmente, la única vía de salvación, de forma que todos pueden únicamente salvarse según el camino que ella establece. De esa forma se exaltó contra Dios y contra el Príncipe de los ejércitos, contra Jesucristo, y estableció esa señal de su poder para salvar, en oposición a la que Dios estableció. Y tal como hemos visto, lo hizo con el propósito declarado de ponerlo en sustitución del sábado del Señor.

Y la segunda iglesia apóstata, la que se ha establecido en nuestra tierra, ha obrado de la misma forma. Ha establecido mediante una disposición gubernamental de los Estados Unidos -por una decisión del Congreso-, la institución del domingo, la señal del poder de la iglesia de Roma para salvar a las personas. Las profesas iglesias Protestantes lo han establecido mediante una disposición emanada del Congreso, en lugar del sábado del Señor. Así pues, la madre y sus hijas se han deshecho del sábado del Señor, y han puesto en su lugar la señal de la salvación según la iglesia Católica.

Veamos ahora el significado de lo anterior. ¿Qué hemos visto que es el sábado? La señal de lo que Cristo es para el creyente, desde todo punto de vista en que quepa analizarlo; la señal de lo que es Dios para el hombre, en Jesucristo; hemos visto que lleva en sí mismo la presencia, la bendición, el espíritu, el refrigerio, la presencia santificadora de Cristo y de Dios. Lleva en sí mismo la presencia de Jesucristo, y aquel que lo guarda por la fe en Jesús, disfruta de su presencia. Al sucederse un sábado tras otro, halla presencia adicional de Jesús.

Por consiguiente, cuando la iglesia apóstata desechó todo lo anterior, y puso en su lugar la señal propia de ella, ¿desechó solamente el día? [Una voz: "Desechó a Cristo"]. ¿Acaso no fue eso quitar a Cristo de las mentes y vidas de las personas? Cuando las iglesias apóstatas han hecho lo mismo en nuestra tierra, ante nuestros ojos, ¿no han desechado también la presencia y el poder de Cristo, desterrándolo así del conocimiento y las vidas de las personas? [Congregación: "Sí"].

Hay aquí un punto digno de nuestra consideración, a propósito de por qué en el pasado no se ha visto el progreso esperado entre los profesos cristianos, en relación a las expectativas de Cristo. ¿Qué es lo que Dios puso en la vida del hombre cuando lo creó a fin de que llevándolo en sí mismo progresara continuamente en el conocimiento de Dios, incluso aunque nunca hubiese pecado y hubiera permanecido fiel? Lo preguntaré de otra forma: Cuando Dios creó al hombre al principio, cuando lo puso en esta tierra para que viviera, si hubiera permanecido siempre fiel y no hubiera pecado, ¿había algo que Dios puso allí ligado a él, a fin de permitirle un progreso ininterrumpido en el conocimiento de Dios, en su propia experiencia? [Una voz: "El sábado"].

¿No lo leímos anoche una y otra vez? ¿No se puso a sí mismo, no puso a su nombre, su presencia viviente, su poder santificador en el día del sábado, dándoselo al hombre aunque éste había sido ya bendecido y glorificado, de forma que cuando ese hombre bendito llegara a ese día bendito recibiera bendiciones adicionales? [Congregación: "Sí"]. Por lo tanto, ¿no puso Dios en el mundo algo que, de haber sido observado y guardado según dispuso Dios, preservaría al hombre, lo elevaría según un plan de crecimiento y progreso en el conocimiento de Jesucristo en él mismo? ¿De qué se trata? [Congregación: "Del sábado"].

Permanece ahí tras la caída del hombre. Así pues, cuándo la iglesia de Roma desterró el sábado de las mentes de las personas –aquello que hacía posible que reconocieran a Cristo y su poder para convertir-, ¿quedó alguna cosa que les permitiera avanzar en la obra santificadora de Cristo? Esa es la razón por la que iglesias que comenzaron con el conocimiento de Dios, la salvación por la fe y la justicia por la fe, llegaron a estancarse; otra iglesia tuvo entonces que sucederle, para caer presa del mismo proceso y llegar también al estancamiento. Pero al aparecer nosotros en escena somos llamados a predicar nuevamente el evangelio eterno, y hemos de constituir una iglesia que tenga esa señal que trae la presencia viviente de Jesucristo al hombre, según una obra que progrese hasta su culminación. Tal es la iglesia que tiene el sábado del Señor, y la iglesia que tiene el sábado del Señor ha de conocer la culminación de esa obra en la salvación de Cristo.

¿Quién puede medir la maldición y perjuicio que ha ocasionado al mundo esa terrible acción de las iglesias apóstatas? Nada que no sea la mente de Dios puede comprender la magnitud del daño y pérdida causados.

El efecto logrado fue quitar la presencia de Cristo; quitar a Cristo del conocimiento, de la experiencia de los corazones humanos. En su lugar instauró otro poder, un poder humano, un poder satánico, el "yo"; lo colocó en el lugar de Dios y de Cristo, quien se anonadó a sí mismo para que Dios pudiera brillar.

Hay un paralelismo histórico increíblemente apropiado a lo que acabo de exponer, y vale la pena que lo consideremos. En primer lugar, la humanidad, los hombres, perteneciendo o no a la iglesia, están sujetos a Dios. ¿Podrían existir sin Dios? [Congregación: "No"]. Si algún hombre, por su propia acción, pudiera volverse independiente de Dios, ¿seguiría existiendo? [Congregación: "No"]. ¿Qué comenzó Satanás a hacer en primer lugar? ¿No fue acaso procurar su independencia de Dios?, ¿existir por sí mismo? De haber logrado su propósito, ¿qué habría significado para él? [Congregación: "Su destrucción"]. Necesariamente, puesto que no hubiera podido existir sin Aquel que lo creó; pero en su irrazonable ambición, en su ciego egoísmo, pensó que podría vivir al margen de Dios que lo había creado.

¿No es el mismo pensamiento de auto-exaltación que se ha instalado en lugar de Dios? Ya se trate del hombre como tal, o bien de profesos cristianos organizados en una iglesia, son igualmente dependientes de Dios en Jesucristo, y están sujetos a la ley de Dios. La ley de Dios es la ley suprema; gobierna todo el universo, y todos en la tierra le están sujetos.

Ved ahora el paralelismo: Hace unos doscientos sesenta años, Irlanda tenía autonomía, tal como la que ahora se esfuerza por recuperar. Tenía su propio parlamento y gobernaba en sus asuntos internos, en lo que tenía que ver con Irlanda; pero estaba sujeta al gobierno supremo de Inglaterra. Leo ahora en el quinto volumen de "History of England", de Macaulay, en su página 301:

"Los lores y los comunes de Irlanda se atrevieron, no sólo a volver a promulgar una disposición de Inglaterra que tenía el expreso propósito de sujetarlos a ella, sino a promulgarla con modificaciones. Dichas modificaciones eran ciertamente menores, pero el cambio de algo en apariencia tan insignificante como una letra, llegó a constituir una declaración de independencia".

¿Fue promulgada la ley de Dios para que la iglesia y todo ser humano le estén sujetos? [Congregación: "Sí"]. ¿Se ha atrevido la iglesia apóstata a alterar esa ley? [Congregación: "Sí"]. ¿Qué significado tendría esa alteración, aun en algo tan pequeño como una letra? [Una voz: "Una declaración de independencia"]. Pero la ha modificado en mucho más que una letra: lo ha hecho en su concepto, en la propia idea básica, en aquello precisamente que revela y trae la presencia de Dios por encima de cualquier otra parte de la ley. Ha quitado a Dios de la ley. ¿Qué ha hecho entonces? [Congregación: "Se ha puesto a sí misma en lugar de Dios"]. Ha decretado su propia independencia de Dios, y así lo ha proclamado al mundo.

Las iglesias protestantes –las que hacen esa profesión, puesto que hace tiempo que dejaron de ser protestantes-, han llevado el Congreso de los Estados Unidos a una posición idéntica; lo han llevado a una nueva promulgación del cuarto mandamiento. Ha sido citado expresamente y puesto por escrito en el libro de los estatutos legislativos. El otro día, el gobernador Pattison, de Pensilvania, hablando en el capitolio del estado, mientras argüía en favor de las leyes dominicales que figuran ya en los libros de los estatutos, dijo que esa ley no es más que una parte de ese sistema de la ley de Dios, que ahora se ‘promulga nuevamente’ en los estatutos de Pensilvania. Según sus propias palabras, se promulga de nuevo la ley de Dios.

Pregunto: ¿Han promulgado la ley de Dios tal cual es? [Congregación: "No"]. Si lo hubieran hecho así, si la hubieran decretado por la fuerza, eso los habría puesto en un plano de igualdad con Dios; pero la han promulgado alterándola, y obrando así se han colocado por encima de Dios. Las iglesias de esta nación se han auto-proclamado así independientes de Dios en su acción de establecer su propia ley, alterándola deliberadamente en el curso del proceso legislativo que la aprobó.

Permitidme que lea otra frase del libro que os he citado (en la misma página 301):

"La colonia de Irlanda era de la forma más enfática dependiente; era una dependencia, no sólo porque lo establecía la ley del reino, sino por lógica necesidad. Era absurdo pretender la independencia de una comunidad que no podía dejar de ser dependiente sin dejar con ello de existir".

¿Podéis imaginar un paralelismo más estrecho para ilustrar ese principio del gobierno y de la ley, que éste al que nos hemos referido, y que quedó registrado para nuestra instrucción?

Un pensamiento en este punto: Jesucristo vino personalmente al mundo, ¿no es así? Él mismo estableció el sábado. Él es el Señor del sábado. Él, y sólo él, conocía la verdadera noción y significado del sábado. No obstante, desarrolló ciertas actividades en ese día, dando un ejemplo del verdadero significado del sábado que no coincidía con las ideas de los sacerdotes, fariseos y políticos de sus días. Eso desencadenó el odio de ellos hacia Jesús. Fue eso lo que suscitó su odio hacia él más que ninguna otra cosa: el que Jesús no aceptara sus ideas sobre el sábado. Y ese odio de ellos expulsó a Cristo del mundo por esa razón más que por cualquier otra: porque Cristo no aceptaba las ideas de ellos sobre el sábado.

En el siglo cuarto hubo otra iglesia apóstata que también estaba en desacuerdo con la idea de Dios sobre el sábado, y que desterró al sábado y a Dios de las mentes de las personas y del mundo hasta donde le fue posible. La anterior iglesia lo había expulsado del mundo, pero regresó, y sólo pudo expulsarlo del mundo en lo concerniente a su poder.

Hay aquí otra iglesia apóstata, la tercera, que ha seguido el ejemplo de las dos iglesias apóstatas anteriores. Ha expulsado a Dios -en su sábado- fuera del mundo, debido a que sus ideas sobre el sábado están en desacuerdo con la de Dios, y han decidido que no se someterán a la idea divina. Todo eso es un hecho, y está ante nosotros.

Aquella primera iglesia apóstata, a fin de poder cumplir su propósito de expulsar del mundo a Cristo, manteniendo así sus propias ideas acerca de lo que es el sábado, se asoció con un poder terrenal, eligiendo a César y dando la espalda a Dios. La segunda iglesia apóstata, a fin de poder expulsar del mundo al Señor en su sábado, se asoció igualmente a César. En la tercera apostasía, a fin de hacer prevalecer su idea sobre el sábado en contra de la de Cristo, ha de deshacerse de Cristo en su sábado, pero tiene que hacerlo recurriendo igualmente a César: asociándose con los poderes terrenales, tal como hicieran las otras dos que la precedieron.

En la primera apostasía, cuando se asociaron al César para deshacerse de Cristo y sostener sus propias ideas en contra de él acerca de lo que es el sábado, el resultado, aún habiendo sido perpetrado por una minoría –una minoría tan escasa que no se atrevieron a explicar al pueblo lo que estaban haciendo, por temor a que lo rescataran de sus manos-, esa minoría, por exigua que fuera, estaba compuesta en su casi totalidad, y estaba enteramente dirigida por los líderes de la iglesia; y esos dirigentes de la iglesia, mediante amenazas, compelieron al representante de la autoridad de César a que cediera a sus demandas y ejecutara la voluntad de ellos. Sabemos que lo lograron. Así quedó registrado, y significó la más completa ruina para la nación.

Por lo tanto, ¿es posible que una minoría, una exigua minoría, bajo la influencia de unos pocos responsables de iglesia –sus dirigentes-, tome un curso de acción que ocasione la ruina de la nación de la que forma parte? [Congregación: "Sí"].

La segunda apostasía repitió el mismo patrón, entregándose a la influencia del poder terrenal, obteniendo de esa forma poder gubernamental para poder realizar su propósito de deshacerse de Cristo en su sábado, y de mantener sus propias ideas acerca del sábado en contra de las de Cristo.

Fue una minoría la que hizo eso. Lo protagonizaron los principales dirigentes de la iglesia, por lo tanto, fue asunto de unos pocos. ¿Cuál fue el resultado de esa intriga para el Imperio Romano? Significó su ruina. Por lo tanto, es posible que una exigua minoría, insignificante al compararla con la gran masa –dirigida, eso sí, por unos pocos de los prelados de la iglesia-, instaure un estado de cosas como ese y lleve al gobierno a un curso de acción que desemboque en su ruina más completa. En la historia se ha demostrado así por dos veces.

Entonces, en esta región, el pasado año, ante vuestros ojos y los míos, una minoría de personas de nuestro país, influida por unos pocos –una minoría de dirigentes de iglesia-, logró mediante amenazas que los políticos entregaran en sus manos el poder del gobierno para cumplir su propósito de sostener sus ideas sobre el sábado, en contra de la idea de Cristo. La historia ha demostrado por dos veces que una acción como esa significó la ruina de la nación que la emprendió. ¿Significa esa doble lección alguna cosa, en relación con la tercera instancia? [Congregación: "Sí"]. La lección que enseñaron las dos primeras ocasiones, se volverá a repetir en la tercera. Eso es lo que significa. Ruina, y nada más que ruina, es lo único que puede derivarse de ello. Ni ellos mismos son capaces de prevenirla. Nadie puede hacerlo. Han puesto en marcha un tren de circunstancias que nada en el universo puede detener. Dará inexorablemente su fruto.

El ciclo de ese Congreso está próximo a su fin. Es más que probable que concluya sin que se vuelva a abordar el tema. Si el próximo Congreso lo revocara en su totalidad, eso en nada cambiaría los resultados. El proceso se ha iniciado, y proseguirá a pesar de las acciones que puedan efectuar. Vosotros y yo no hemos de sorprendernos de que, en el caso de que el próximo Congreso no lo revoque, lo haga algún otro en el futuro, y cuando llegue ese día todo guardador del sábado en la tierra debiera levantarse con todo el vigor que el Espíritu de Dios pueda darle, debiera cortar las ligaduras con todo aquello que lo ate a la tierra, dedicándolo todo a la causa de Dios. En un futuro muy próximo la marea arrasará, dejándolo todo en ruinas. No hemos de sorprendernos de que eso pueda suceder. Cuando tenga lugar, ese será su significado.

Pero quienes no han tenido una experiencia en la causa de Dios confundirán el significado del hecho, y os interpelarán así: ‘Ya os decíamos que estabais exagerando ese asunto. No había nada de lo anunciado’. Y volverán a su confiada calma; pero cuando la marea arrase, resultarán atrapados en la ruina. Que nada de esa naturaleza pueda engañar vuestras mentes y corazones, incluso aunque se repita en dos ocasiones. Creedlo. Creed lo que aquí se está diciendo. Estudiadlo por el bien de vuestras vidas, pues realmente os va la vida en ello. Tened presente que la acción emprendida significa exactamente lo que enseñan las dos pasadas lecciones de la historia; significa ruina, aun en el caso de producirse en el proceso una o dos revocaciones. Se ha puesto en marcha el proceso, y los resultados no se harán esperar, a pesar de cuanto pueda hacer el universo. Por lo tanto, no hace diferencia alguna lo que alguien pueda deciros: respondedle que sobre el particular tenéis una visión de mayor alcance. No hace ninguna diferencia si el Congreso lo revoca. Podéis estar seguros de que eso significa que el desenlace está mucho más próximo que nunca, y poned en ello toda vuestra alma. Si se ríen de vosotros, recordad que Dios ha prometido que llegará el día en el que vosotros reiréis y ellos lamentarán. Se trata de un asunto vital.

Bien, estas son algunas de las cosas. Más adelante os llamaremos la atención a otras más.

Así pues, en cuanto a la cuestión de si el sábado –séptimo día- del Señor es el día, o bien si es el domingo, es un tema cargado de la más vital importancia y significado. Significa mucho más de lo que nadie en la tierra soñó jamás, a menos que participara personalmente en los consejos de Dios. Analicémoslo en mayor profundidad. Hemos visto que el sábado es la señal del poder de Dios en Jesucristo, obrando para la salvación del hombre. Hemos visto cómo el sábado trae por sí mismo y en sí mismo la presencia de Jesucristo a la experiencia viviente de la persona como ninguna otra cosa puede lograr, manteniéndola allí. Eso es un hecho; si no encontraste esa presencia en tu propia experiencia, créelo, y la encontrarás. Es privilegio de cada uno el saber a quién ha creído.

Hemos visto también que la intención fue la de desterrar al Señor del conocimiento del hombre. Así ha quedado demostrado.

La salvación del hombre depende, pues, de esa cuestión: de si el séptimo día es el sábado del Señor o no lo es. Ese es ahora un asunto de vida o muerte. Encontramos ejemplos ilustrativos de eso. Vamos a leer uno, y con él concluiremos por hoy. Hechos 25:19 y 20: "Tenían contra él ciertas cuestiones acerca de su religión y de un cierto Jesús, ya muerto, que Pablo afirma que está vivo. Yo, dudando en cuestión semejante, le pregunté si quería ir a Jerusalén y allá ser juzgado de estas cosas".

El motivo de aquel alboroto era el que cierto hombre estuviera vivo o no. Encontramos aquí a toda la nación judía en conmoción contra uno de su propio pueblo, y todo a raíz de si cierta persona estaba viva o muerta. ¡Eso es todo cuanto Festo era capaz de discernir! Pero vosotros y yo sabemos que del hecho de que aquella Persona estuviera viva o muerta, dependía la salvación o perdición del mundo entero. Y hoy sucede otro tanto. Oímos: ‘¿A qué viene todo ese revuelo en torno a si hay que guardar el sábado o el domingo? ¿Qué más dará un día que otro? ¿Qué sentido tiene que se suscite una nueva denominación y se organice todo ese alboroto en cuanto a si el sábado es el séptimo día, o algún otro, en cuanto a si reposamos en un día o en el otro? No tiene importancia alguna el que sea o no el sábado’...

De la decisión que haga la humanidad a ese respecto, individual o corporativamente, depende hoy la salvación o la destrucción de esta tierra. La salvación de los hombres depende hoy de si el día es el sábado del Señor, lo mismo que sucedió entonces. Los contemporáneos de Cristo, en su envidia hacia él y en su determinación de que prevaleciera su idea contraria a la de Dios, lo expulsaron del mundo, entregándose después a una controversia acerca de si estaba vivo o muerto. De forma semejante, personas como esas habrían de expulsar al sábado del mundo, para discutir posteriormente si se trataba del sábado o no.

Demasiado bien saben que lo es, pero como los de antaño, se aferran a sus propias ideas sobre el sábado, contrarias a la de Dios, a pesar de que él les manifestó explícitamente que es el "Señor del sábado"; tan ciertamente como que de esa cuestión dependió la salvación de los hombres entonces, así sucede también hoy. Podemos afirmar categóricamente que la salvación de las personas depende de que guarden el sábado del Señor, puesto que haciendo así obtienen la presencia de Jesucristo, su vida; y el hombre no puede ser salvo sin ella.

Así, repito que podemos afirmar sin temor a equivocarnos que la salvación del hombre depende de su observancia del sábado del Señor tal cual es en Cristo. Jesucristo significa el sábado, y el sábado significa Jesucristo. En nuestro tiempo, cuando las personas reciban instrucción al propósito, cuando sea predicado al mundo el mensaje del evangelio eterno, al llegarles el mensaje del tercer ángel y Cristo en él -Cristo en todos y todo de Cristo-, entonces los que rechacen el sábado del Señor darán sus espaldas a Cristo, y en pleno conocimiento de que en ese camino no hay salvación alguna.

Pero ¿no vimos en nuestro estudio precedente que no hay ninguna otra cosa que hayamos de predicar a las personas en este mundo, si no es a Cristo, y sólo a él? Y ¿no hemos visto que hemos de predicarlo a él frente a cualquier consideración terrenal, frente a cualquier consideración de protección de poderes terrenales, de riqueza o influencia del tipo que sea, y hasta de la vida misma? Tal es el mensaje que hay que dar al mundo: Cristo, dado a conocer en el sábado del Señor, sábado que él nos dio "por señal entre yo y ellos, para que supieran que yo soy Jehová que los santifico" (Eze. 20:12). Y su nombre es: YO SOY el que soy.

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