General Conference Daily Bulletin, 1893
El mensaje del tercer ángel (nº 17)
A.T. Jones


El último texto que consideramos en el estudio precedente fue Gálatas 3:13 y 14. Sea que se trate de la promesa del Espíritu a un individuo en su propia experiencia personal, o bien de la promesa del Espíritu en su derramamiento a la totalidad de la iglesia, es en realidad una misma cosa. Nadie puede gozar de ella sin tener primeramente la bendición de Abraham. Quien no tiene la bendición de Abraham, no puede tener el Espíritu Santo, ya que leemos en Romanos 4:11: "Recibió la circuncisión como señal, como sello de la justicia de la fe que tuvo cuando aún no había sido circuncidado". Podéis ver en qué consiste realmente la circuncisión, abriendo vuestra Biblia en Deuteronomio 30:6: "Circuncidará Jehová, tu Dios, tu corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames a Jehová, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas". Relacionadlo ahora con Romanos 5:5. Después de haber afirmado que somos justificados por la fe, y que "tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios", continúa diciendo (vers. 5): "Y la esperanza no nos defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado". Así pues, el Espíritu Santo derrama el amor de Dios en nuestros corazones; pero hemos leído que "Circuncidará Jehová, tu Dios, tu corazón... para que ames a Jehová, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma". La única forma en la que podemos amar a Dios con todo nuestro corazón y con toda nuestra alma, es cuando el amor de Dios es implantado en el corazón y en el alma del que se convierte a Dios, y "el cumplimiento de la Ley es el amor" (Rom. 13:10).

"’Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente’. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas" (Mat. 22:36-39). La circuncisión del corazón es esa condición en la que amamos al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, alma y mente. Podéis, pues, ver, que la circuncisión en la carne dada a Abraham era simplemente una señal, una prenda que se le dio en una época en la que Dios le estaba instruyendo mediante ilustraciones; una señal visible para representar algo que resulta invisible. Por consiguiente, esa circuncisión en la carne fue la señal, el "sello de la justicia de la fe que tuvo cuando aún no había sido circuncidado" (Rom. 4:11). Era simplemente una marca exterior de la obra del Espíritu Santo en circuncidar su corazón. El Espíritu Santo derrama el amor de Dios en el corazón (Rom. 5:5); ahora bien, nadie puede recibir la promesa del Espíritu a menos que posea la bendición de Abraham: la justicia de Dios, que es por la fe.

Así pues, quien sabe que cree en Dios, puede pedirle el Espíritu Santo en plena confianza. No así quien piensa que quizá cree en Dios; a veces cree y a veces no; en ocasiones le parece que cree, y en otras no sabe si cree o no. Eso no es de ninguna forma creer en Dios. El Señor desea que vosotros y yo sepamos que creemos en Dios. Quiere que lo sepamos positivamente, y que estemos tan seguros como de que estamos vivos. Aquel que sabe que cree en Dios puede pedirle con perfecta confianza el Espíritu Santo, y recibirlo por la fe. "Pedid y recibiréis" (Juan 16:24). Así lo prometió él, pero hemos de pedir conforme a su voluntad. No es su voluntad conceder el Espíritu Santo a aquel que no posee la bendición de Abraham; y esto se aplica tanto al individuo como a la iglesia: cuando el pueblo de Dios alcance esa situación en la que sepa que cree en Dios, podrá pedir con perfecta confianza el derramamiento del Espíritu Santo, y esperar en perfecta fe y confianza que lo recibirá, y así sucederá. Es un hecho.

Avancemos algo más esta noche en el estudio de cómo podemos saber que la bendición de Abraham nos pertenece, y como podemos tener la seguridad de que es nuestro privilegio pedir al Señor su Espíritu Santo, y esperar sencillamente el tiempo que él considere apropiado para recibirlo de acuerdo con su voluntad, sin ansiedad alguna por no saber si lo vamos a recibir o no. Queremos aprender a librarnos de toda ansiedad relativa a si vamos a recibir o no el Espíritu Santo, de forma que podamos presentar nuestras peticiones al Señor con fe, esperando recibir lo que pedimos y no otra cosa distinta, y aguardando confiadamente que el Señor lo concederá en el momento adecuado, mientras aún nos mantenemos pidiendo y buscándolo para que pueda ser así.

Os digo, hermanos: cuando lleguemos a esa situación, no nos resultará difícil estar "todos unánimes juntos" (Hech. 2:1). Ahora, en esta reunión, cuando alcancemos esa condición, esa condición en la que sabemos positivamente que creemos en Dios y que podemos pedir con perfecta confianza el Espíritu Santo, resultará fácil para cada uno de nosotros el que estemos "unánimes juntos" cada vez que nos reunamos. Todos temerán perder la reunión, ya que si estando ausente de alguna de esas reuniones se cumpliera la promesa del Espíritu Santo, dejarían de recibirlo. Todos y cada uno estarán aquí velando y esperando a que el Señor cumpla lo dicho cuando así lo disponga. ¿Podéis ver la forma en que eso logrará que estemos "todos unánimes juntos"? Os aseguro que lo logrará.

Por supuesto, si la obra del Señor nos llamara a otro lugar según el Señor disponga, impidiéndonos asistir a alguna reunión, en el caso de producirse el derramamiento del Espíritu Santo durante nuestra ausencia, lo recibiríamos de todas formas estuviéramos donde estuviéramos. Pero no sucedería lo mismo con quienes estuvieran ausentes de la reunión debido a sus propias inclinaciones. Temo faltar a cualquiera de nuestras reuniones aquí. Temo perderme alguna de las reuniones matinales. No sé en cuál de ellas puede el Espíritu Santo ser derramado sobre nosotros. No puedo correr el riesgo de faltar.

Abramos ahora las Escrituras y veamos la forma en que el Señor ha conducido y conducirá a cada uno que lo desee hasta esa posición, en esta noche. Si queréis comenzar en el punto en que empiezo a leer, el Señor nos guiará a cada paso. No cuestionemos de qué forma puede suceder. Cuando el Señor habla, ese es el final de toda cavilación. Diga lo que diga, cuando es él quien habla, termina la discusión y decimos: ‘Señor, es así’. Vayamos, pues, juntos esta noche, y llegaremos a ese punto en el que cada uno pueda saber que creemos a Dios y que tenemos la bendición de Abraham. Entonces podremos pedir a Dios su Espíritu en plena confianza, esperando recibirlo cuando él lo otorgue en el debido tiempo que él disponga.

Veamos lo que hizo el Señor y cómo lo hizo, así como la forma en que nos lleva hasta esa posición. Empecemos donde él empezó. Leeremos primeramente en Efesios 1:3-6. Eso nos lleva al punto en el que Dios comenzó en lo que respecta a nosotros, y eso es todo lo que necesitamos retroceder. Versículo tres:

"Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo". ¿Qué es lo que nos hizo? [Congregación: "Nos bendijo"]. ¿Fue así? [Congregación: "Sí"]. ¿Con cuántas bendiciones espirituales nos bendijo? [Congregación: "Con toda bendición espiritual"]. ¿Fue con todas las bendiciones espirituales que poseía? ¿Nos lo dio todo? [Congregación: "Sí"]. ¿Cómo fue? [Congregación: "En Cristo"]. En Cristo. Según eso, al darnos a Cristo, ¿qué es lo que Dios nos dio? [Congregación: "Todas las bendiciones espirituales"]. Todas las bendiciones espirituales que tenía.

Bien, cuando creemos en Jesucristo, ¿no resultamos acaso bendecidos? ¿No recibimos toda la bendición que el Señor tiene? ¿Qué podría, entonces, ser un impedimento? ¿Podrá acaso la persona así bendecida no ser feliz? [Congregación: "No"]. ¿Podrá continuar en la lobreguez? [Congregación: "No"]. ¿Estará enfurruñado porque las cosas no le salen como esperaba? [Congregación: "No"]. En realidad, las cosas van a salir bien siempre, en todo caso. Sea de la forma que sea, jamás podrán impedir que reciba las bendiciones. Sabemos "que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien" (Rom. 8:28).

Pero el versículo cuatro es el que quisiera especialmente leer: "Según nos escogió en él". ¿Nos escogerá? [Congregación: "Nos escogió"]. ¿Cuándo nos escogió? [Congregación: "Antes de la fundación del mundo"]. ¡Gracias sean dadas al Señor! Nos escogió a vosotros y a mí, "antes de la fundación del mundo". [Congregación: "Alabado sea el Señor"]. ¿Diréis "Amén" a eso en todo tiempo? [Congregación: "Amén"]. No os pregunto si lo diréis ahora... ¿Lo diréis siempre? [Congregación: "Sí"].

¿Por cuánto tiempo va a permanecer esa Escritura? [Congregación: "Por siempre"]. Entonces, ¿por cuánto tiempo será verdad que "nos escogió en él antes de la fundación del mundo"? [Congregación: "Por siempre"]. Siendo así, ¿por cuánto tiempo vais a cavilar en cuanto a si sois del Señor, o no lo sois? ¿Acaso no os escogió? [Congregación: "Sí"]. ¿Por qué lo hizo? ¿No fue porque nos quería tener? [Congregación: "Sí"]. Me escogió porque quiso tenerme, y me tendrá. No voy a robarle ni a chasquearlo en su deseo. Él nos escogió, ¿no es así? Y fue "antes de la fundación del mundo". Ahora el resto del texto: "para que fuéramos santos y sin mancha delante de él". Su bendito propósito consiste en que seamos santos y sin mancha delante de él en amor. Podemos, por lo tanto, permitirle que lo efectúe tal como él mismo disponga, sabiendo que eso significa nuestra salvación eterna.

Versículo siguiente: "Nos predestinó". Fijó de antemano el destino que quiere que alcancemos. El destino que Dios establece para el hombre es sobremanera deseable. "Nos predestinó para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad". ¿Por qué razón lo hizo así? No por nuestra bondad, sino por la suya. No porque le complaciéramos, sino exclusivamente por su buena voluntad y deseo. Esa es la razón. Es su obra de principio a fin.

Versículo 6: "Para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado". ¿Qué decís a eso? [Congregación: "Amén"]. ¿Cuándo nos hizo aceptos en el Amado? [Congregación: "Antes de la fundación del mundo"]. En efecto. Eso responde a toda esa cuestión de si podemos o no hacer alguna cosa, a fin de ser justificados. Él lo hizo todo, antes que tuviéramos la oportunidad de hacer lo que fuere. Mucho antes de que naciéramos. Antes de la creación del mundo. ¿Veis que es el Señor quien realiza la obra, a fin de que podamos ser salvos, y de que podamos tenerlo?

Observad lo que realizó: 1. "Nos bendijo con toda bendición espiritual" en Cristo. 2. "Nos escogió en él antes de la fundación del mundo". 3. "Nos predestinó para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo". 4. "Nos hizo aceptos en el Amado". ¡Cómo me alegra que sea así! que es así. ¿También vosotros? [Congregación: "Sí"]. Así lo afirma él, por lo tanto tenemos ante nosotros cuatro cosas de las que podemos estar eternamente seguros.

Una palabra más a propósito de esas bendiciones que el Señor nos ha dado. Tenemos todas las bendiciones que tiene el Señor cuando creemos a Jesucristo. Entonces son nuestras. No se espera de una forma particular que oremos pidiéndole bendiciones. ¿No os parece que emplearíamos mejor nuestro tiempo agradeciéndole por las bendiciones a nuestro alcance, más bien que pidiéndole bendiciones? ¿Qué os parece mejor? ¿Creéis más razonable agradecer al Señor por las bendiciones que ya ha concedido, o por el contrario pedirle bendiciones, siendo que no tiene más para darnos? ¿Qué será mejor? [Congregación: "Agradecerle"].

Dios nos dio todas las bendiciones que tiene, en Cristo. Cristo dice: "He aquí, yo estoy con vosotros". Hermanos, apropiémonos de las bendiciones. Las tenemos. Son nuestras.

Por lo tanto, podemos estar seguros en todo tiempo de que tenemos toda bendición espiritual.

Podemos estar siempre seguros de que nos ha escogido. Así lo afirmó.

Podemos estar siempre seguros de que nos ha predestinado a ser adoptados como hijos.

Podemos tener siempre la seguridad de que nos ha hecho aceptos en el Amado.

De todo lo anterior, podemos estar totalmente seguros, pues es Dios quien lo dice, y es así. ¿Acaso no reconoceremos esa gran fiesta espiritual?

El Señor lo hizo todo, y gratuitamente. ¿En favor de cuántos lo hizo? [Congregación: "De todos"]. ¿De toda alma? [Congregación: "Sí"]. Dio a toda alma en este mundo todas las bendiciones que tiene; escogió a cada uno en este mundo; lo escogió en Cristo antes de la fundación del mundo; lo predestinó a que fuera adoptado como hijo, y lo hizo acepto en el Amado. ¿Es así? [Congregación: "Sí"].

Leeremos más versículos al respecto. Lo que quiero ahora recalcar es que nadie puede tener las cosas referidas, y saber que son suyas, al margen de su propio consentimiento. Aunque el Señor las dio ya, no forzará a nadie a que las tenga. ¿Creéis que lo haría? [Congregación: "No"]. Como veis, se trata de una cooperación: Dios lo derrama todo en un don inefable, pero si el hombre no lo desea, el Señor no va a compelerlo a que tenga ni una partícula de ello. Para todo aquel que quiera tenerlo, es suyo. Ahí es donde entra en juego la cooperación. El Señor quiere contar en todo con nuestra cooperación.

En Tito 2:14 leemos acerca del Señor, que "se dio a sí mismo por nosotros". Lo expresa en tiempo pasado, ¿no es cierto? Se trata de algo que ya fue hecho. ¿Por cuántos se dio? [Congregación: "Por todos"]. ¿Cuántas personas en este mundo pueden leer el texto y decirse: "se dio por mí"? Toda alma sobre la tierra. Allá donde vayamos, pues, y nos encontremos con alguien, podemos leerle que el Señor "se dio a sí mismo por" él. ¿No es así? [Congregación: "Sí"]. Por lo tanto, se dio por vosotros. Ese es el precio al que se refiere Pedro en 1 Ped. 1:18-20: "Ya sabéis que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir (la cual recibisteis de vuestros padres) no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación. Él estaba destinado desde antes de la fundación del mundo". Queremos que cada uno comprenda dónde está: "Se dio a sí mismo por mí". Leemos en Gálatas 2:20: "Lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí". ¿Cuántos en este mundo pueden leer eso, sabiendo que se aplica a ellos? [Congregación: "Todos"]. "Me amó y se entregó a sí mismo por mí". Tal fue el precio que pagó. Por lo tanto, me compró. ¿Me compró a mí y a vosotros? [Congregación: "Sí"].

La cuestión no es en este punto si vosotros o yo vamos a permitirle que nos tenga. La pregunta es: ¿Qué hizo el Señor? [Congregación: "Pagó el precio"]. Me compró antes de la fundación del mundo, ¿no es así? ¿Qué hizo también con vosotros? ¿A quién pertenecéis? [Congregación: "Al Señor"].

¿Tendríais alguna excusa para dudar acerca de si sois del Señor? ¿Cómo es posible que alguien que quiera ser del Señor, y que haya confesado sus pecados... cómo es posible que viva en la duda de si es del Señor o no lo es? Es sólo posible si da la espalda a la palabra de Dios, si no la cree en absoluto y si sostiene que el Señor mintió. ¿Acaso veis otra forma? "El que no cree a Dios, lo ha hecho mentiroso" (1 Juan 5:10). Por lo tanto, la única forma en que uno puede dudar en cuanto a si es del Señor o no, es desoyendo la palabra de Dios y afirmando que el Señor miente. Sólo así puede dudar. El dudar equivale a eso; quizá no lo exprese con todas las palabras, pero cuando alguien se instala en la duda acerca de si es del Señor, ha hecho precisamente eso. Ha permitido que la incredulidad lo venza, y que Satanás tome ventaja y lo arrastre.

Ahora bien, aunque el Señor nos compró, no va a tomar sin nuestro permiso aquello que compró. Hay una línea que el propio Dios ha trazado a propósito de la libertad de todo ser humano, y jamás traspasará esa línea ni en el grosor de un cabello sin nuestro permiso. El Señor respeta la libertad y dignidad con que dotó a sus criaturas inteligentes, se trate de seres humanos o de ángeles. Lo respeta y nunca traspasará ese límite sin el permiso de la persona. Pero si obtiene el permiso, vendrá con todo lo que encierra. Cuando uno hace eso, está abriéndole la compuerta, y el Señor lo llena.

Bien. Os compró, ¿no es así? [Congregación: "Sí"]. ¿Queréis ser del Señor? [Congregación: "Sí"]. Ahora, amigos, convirtamos eso en algo práctico, tangible. Nos ha comprado, ¿no es así? Ha pagado el precio por nosotros. Somos suyos en lo que respecta a su voluntad. Cuando nuestra voluntad coincide con la suya, ¿de quién somos? [Congregación: "Del Señor"]. Él mostró su voluntad al respecto pagando el precio, ¿no es así? Cuando manifestamos nuestra voluntad, diciendo: ‘Señor, esa es también mi elección; así lo decido yo también’, quisiera saber qué cosa en el universo podría evitar que seamos suyos. ¿Podéis entonces saber que sois del Señor? [Congregación: "Sí"].

Bien. Suponed que amanecéis con dolor de cabeza y que habéis tenido una mala digestión durante la noche, de forma que os encontráis realmente mal... No os sentís nada bien. ¿Cómo sabéis que sois del Señor? [Congregación: "Porque él lo dice"]. Pero imaginad ahora que amanecéis llenos de vitalidad y optimismo. Os sentís muy bien. ¿Cómo sabéis que sois del Señor? [Congregación: "Porque él lo dice"]. Algunos responden así, al preguntarles si se les han perdonado los pecados: ‘Sí, por un tiempo estuve convencido de que lo fueron’. -¿Qué te convenció? ‘Sentí como si se me hubieran perdonado’. No supieron nada acerca de ello. De hecho, no tuvieron ni una partícula de evidencia de que les hubieran sido perdonados sus pecados. Hermanos, la única evidencia que podemos tener de que eso es así, es que DIOS LO AFIRMA. Esa es la evidencia. No prestéis atención a los sentimientos. Son tan variables como el viento. Bien lo sabéis. No les prestéis la más mínima atención. No es vuestra obra el cavilar al pairo de vuestros sentimientos. Cuando Dios lo dice, es así, sea que lo sienta o que no.

Repetiré aquí la ilustración. Ya la he utilizado antes, pero sirve para enfatizar este punto, el de que los sentimientos no tienen nada que ver con los hechos. Dos veces dos son cuatro, ¿no es cierto? Sabéis que es así. Pero hay algunas personas en este mundo que no lo saben. No saben que dos por dos son cuatro. Imaginad que se lo podéis comunicar a alguno que lo ignoraba, y que os cree. ¿Cómo pensáis que va a sentirse después de creerlo? ¿Os imagináis que se sentirá como elevado y transportado a una nueva realidad? ¡No! ¿Qué tienen que ver los sentimientos con esa verdad? ¿Qué trascendencia tiene cuál sea el sentimiento?

Eso no es negar que tenderá lugar una experiencia, como fruto de eso. La cuestión es que si consideráis los sentimientos como una evidencia, nunca tendréis la evidencia. Ahora bien, si tomáis la palabra de Dios como la evidencia, entonces obtendréis la evidencia que Dios proporciona en su palabra. Eso significa su propio poder divino obrando eficazmente en aquel que cree.

Bien. El Señor nos compró, ¿no es cierto? En lo relativo a vosotros y a mí, no tenemos la menor necesidad de dudar en cuanto a si somos o no del Señor. ¿Estamos de acuerdo? [Congregación: "Sí"]. Pero hay algunos en el mundo que no comparten esa experiencia, al menos en lo referente a la consumación del asunto: no se han entregado al Señor y en términos prácticos no son de él. El Señor los hizo suyos al comprarlos, ¿cómo pueden ahora saber que son de él, en la práctica y en verdad? Por su palabra; eligiendo por ellos mismos aceptar que es así; por su elección. En la página 47 y 48 de El Camino a Cristo encontramos expuesta la filosofía de todo esto; explica cómo hemos de entregarnos a Dios; declara que vuestras promesas y resoluciones son como cuerdas de arena, y que el conocimiento de vuestras promesas no cumplidas y de vuestros votos quebrantados debilita la confianza que tuvisteis en vuestra propia sinceridad, y por último:

"Lo que debéis entender es el verdadero poder de la elección... No podéis cambiar vuestro corazón... pero podéis escoger servirle" [traducción revisada].

Cuando el ser humano elige poner su voluntad del lado de la voluntad de Dios, el hecho se cumple. Por lo tanto, corresponde a la elección del ser humano el que venga a ser realmente del Señor en la práctica, en su propia experiencia. Por lo tanto, ¿no es acaso mediante el permiso que da el propio ser humano cuando elige el camino del Señor, como se hace suyo en la experiencia práctica?

Habiendo hecho así, podéis saber que por tanto tiempo como persistáis en vuestra elección, por tanto tiempo como sea vuestro deseo ser del Señor, sois realmente suyos. ¿Lo comprendéis? Siempre que nos entreguemos a él, sucede así. Ahora bien, algunos de vosotros os entregasteis hace tiempo, pero con posterioridad os habéis desanimado, llegando a preguntaros si sois realmente del Señor o no.

Esta noche queremos que esa duda quede despejada por siempre, de forma que pase lo que pase permanezcáis libres de la duda en cuanto a si sois del Señor. Lo sois, tan ciertamente como sea esa vuestra elección, puesto que os compró hace mucho tiempo. Esa es la cuestión. Si lo comprendéis, lo querréis para vosotros. [Congregación: "Amén"]. Por lo tanto, podemos saber que somos del Señor.

Ocasionalmente oímos a algunos expresarse como si eso fuera a significar una aprobación hacia el pecado. No. No lo aprobará. Os salvará de pecar. Cuando alguien llega a esa posición en la que su elección consiste en ser del Señor, Dios obra en él el querer y el poder según su buena voluntad; y viene a ser un cristiano. Dios lo convertirá en un cristiano. Tal es el poder divino que lo asiste. No hay en ello ninguna contemporización con el pecado. De hecho, es la única forma de rechazar el pecado. Cualquier otra profesión significa una aprobación al pecado. Cualquier otra profesión logra precisamente aquello contra lo que el Señor protesta: "Pusiste sobre mí la carga de tus pecados, me fatigaste con tus maldades" (Isa. 43:24). Pongamos fin a eso. Estén siempre nuestra voluntad y elección de parte del Señor a cada instante, y el hecho será una realidad.

Leámoslo en las últimas palabras de 1 Cor. 6:19: "no sois vuestros". ¿Está claro? No me preocupa ahora de quién sea el sujeto. ¿Es de él mismo? [Congregación: "No"]. El Señor lo compró, y si no permite que el Señor lo tenga, está robando al Señor aquello que es su legítima posesión. Es así de terrible. Aún no siendo conscientemente y en la práctica del Señor, no obstante el Señor compró a cada uno, y aquel que rehúse permitir que el Señor lo tenga, está robándole aquello que compró, aquello por lo que pagó el precio, considerando en ello el precio con el que lo compró como cosa indigna. ¿No es ese el mismo espíritu satánico que procuró en el cielo exaltarse por encima de Dios? El Señor se dio a sí mismo por nosotros; entonces, cuando no le permito que me tenga, inevitablemente me estoy considerando de un precio superior al que pagó por mí; es decir, me estoy considerando más digno que el Señor, y ese es precisamente el ego que se exalta a sí mismo por encima de Dios todo el tiempo. Haya pues en nosotros esa mente que hubo en Cristo, quien se vació de sí mismo a fin de que Dios y el hombre pudieran estar unidos de nuevo en uno.

"No sois vuestros" ¿Lo sois? [Congregación: "No"]. ¿Os alegra no ser vuestros? El Señor dice que no os pertenecéis a vosotros. ¿Cuál es la razón? "Habéis sido comprados por precio". Nos compró. Por lo tanto, no somos nuestros, y ante todos los que habitan el mundo, que no son de ellos mismos, permanece aquel que se entregó al Señor que lo compró. "Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios". ¿De quién son vuestro cuerpo y vuestro espíritu? [Congregación: "De Dios"]. Pero no es necesario que me detenga ahora en esos versículos. Estudiadlos por vosotros mismos. ¿Lo haréis? Meditad en ellos.

Bien, hemos leído que "se dio a sí mismo por nosotros" (Tito 2:14). Nos compró. ¿A cuántos de nosotros? [Congregación: "A todos"]. ¿Cuándo lo hizo? [Congregación: "Antes de la fundación del mundo"]. ¿Qué tipo de personas éramos antes de la fundación del mundo? ¿Cómo éramos cuando Dios nos compró? Éramos simplemente nosotros, tal como éramos en este mundo. ¿Y nos compró, pecadores como éramos? [Congregación: "Sí"]. En total sinceridad, ¿creéis que lo hizo? Esto nos lleva a otro pensamiento. ¿Pagó ese precio y nos compró, tal como éramos? ¿Pecadores? [Congregación: "Sí"]. ¿Malvados, y dispuestos a transitar por malos caminos? ¿Dispuestos a hacer lo malo? ¿No haciendo profesión alguna de religión, y no estando particularmente interesados en ello? ¿Nos compró entonces? [Congregación: "Sí"]. ¿Qué fue, pues, lo que compró entonces? Nos compró con todo lo que había en nosotros. Y al comprar todo lo nuestro, compró nuestros pecados. Isaías lo describe así: "herida, hinchazón y podrida llaga", "no hay en él cosa sana" (Isa. 1:6). ¿Qué os parece?

Leamos otro texto; Tito 3:3-7: "Nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de placeres y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, odiados y odiándonos unos a otros. Pero cuando se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor para con la humanidad, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo, nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, llegáramos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna". Lo hizo. Así lo declara. Por lo tanto, ¿podéis saber que es así? [Congregación: "Sí"].

Bien, avancemos algo más en esta línea. Se dio a sí mismo por nuestros pecados. Ahora bien, aunque los compró, no va a tomar nuestros pecados sin nuestro consentimiento. Examinadlo más de cerca. Se entregó por nuestros pecados. Siendo que se trataba de nuestros pecados, ¿a quién se dio él, cuando los compró? A nosotros. ¿Puedo decir que se me dio a mí, por mis pecados? [Congregación: "Sí"]. Por lo tanto, la gran cuestión es si prefiero tener mis pecados, o si prefiero tenerlo a él. Esa es la elección vital que ante mí se presenta. ¿Acaso no es vuestra elección? [Congregación: "Sí"]. ¿A quién querréis, a vuestros pecados, o a Cristo? [Congregación: "¡A Cristo!"]. Si es así, ¿debiera existir la menor duda a partir de ahora, en cuanto a expulsar todo aquello que Dios muestre que es pecado? Cuando se os señale el pecado, decid: ‘prefiero a Cristo antes que al pecado’. Y expulsad el pecado. [Congregación: "Amén"]. Decid al Señor: ‘Señor, hago ahora la elección; cierro el trato; tú eres mi elección; adiós al pecado; poseo algo superior’. ¡Gracias sean dadas al Señor! ¿Habrían de ser nuestros pecados la causa de nuestro desánimo?

Eso es precisamente lo que ha sucedido con algunos de los hermanos aquí reunidos. Llegaron aquí en libertad; pero el Espíritu de Dios les trajo al conocimiento algo en ellos que nunca antes habían visto. El Espíritu de Dios avanzó en mayor profundidad que antes, revelando cosas desconocidas hasta entonces para ellos. Entonces, en lugar de agradecer al Señor por ello, y permitir que la iniquidad fuera expulsada, agradeciendo al Señor por haber tenido más de él que nunca antes, lo que hicieron fue comenzar a desanimarse. Dijeron: ‘¿Qué voy a hacer? ¡Son tan grandes mis pecados!’ Permitieron que Satanás arrojara una densa nube en torno a ellos, hundiéndolos en el desánimo, y no obtuvieron beneficio alguno de las reuniones diarias.

¿No es lamentable? ¿No es penoso que una persona a la que el Señor amó tanto como para darse a sí mismo por ella, reaccione de esa forma cuando el Señor le revela más acerca de sí misma? Hermanos, si alguno de vosotros cayó en el desánimo, desechémoslo. Si el Señor ha traído a nuestro conocimiento pecados en los que nunca antes pensamos, eso no hace más que mostrar que está avanzando en profundidad, y llegará por fin al fondo; y cuando encuentre lo último que sea sucio o impuro, que no esté en armonía con su voluntad y lo traiga al conocimiento mostrándonoslo, si decimos: ‘Prefiero tener al Señor que a eso’, entonces la obra será completa, y se podrá fijar sobre el carácter el sello del Dios vivo. [Congregación: "Amén"]. ¿Qué vais a preferir, un carácter...? [Alguien en la congregación se puso a alabar al Señor, mientras que otros comenzaron a mirar alrededor]. No hay que preocuparse. Si muchos más de vosotros agradecieseis al Señor por cuanto ha hecho en vosotros, habría más gozo esta noche aquí.

¿Qué elegiréis, tener la perfecta plenitud de Jesucristo, o conformaros con menos que eso, permaneciendo cubiertos algunos de vuestros pecados de forma que no sepáis de ellos? [Congregación: "La plenitud de Cristo"]. Pero recordad: los Testimonios nos han dicho que si quedan vestigios de pecado, no podemos recibir el sello de Dios. ¿Cómo podría suceder que el sello de Dios, que es la impronta de su perfecto carácter revelado en nosotros, nos fuera puesto siendo que todavía retenemos pecados? El Señor no puede poner su sello, la impronta de su carácter perfecto, hasta tanto no vea tal cosa en nosotros. Por lo tanto, ha tenido que cavar profundo hasta los lugares remotos en los que no habíamos soñado, debido a que no podemos comprender nuestros corazones. Pero el Señor sí conoce el corazón. Él pone a prueba la conciencia. Limpiará el corazón, y traerá al conocimiento hasta el último vestigio de maldad. Permitidle que lo lleve a cabo, hermanos; permitidle que avance en su obra de escrutinio. Y cuando el Señor ponga en nuestro conocimiento nuestros pecados, que el corazón diga: ‘Señor, tú te diste por mis pecados; te tomo a ti, en lugar de a mis pecados’. Los pecados son quitados, y me gozo en el Señor. Seamos sinceros con el Señor, y tratémoslo en correspondencia a cómo nos trata él.

Se dio a sí mismo para nosotros, por nuestros pecados. Repito: se trata simplemente de vuestra elección vital y de la mía, en cuanto a si preferimos al Señor o a nosotros mismos, su justicia o nuestros pecados, el camino del Señor o el nuestro. ¿Cuál vamos a querer? [Congregación: "El camino del Señor"]. No hay problema en hacer la buena elección, una vez que sabemos lo que hizo el Señor, y lo que es para nosotros. La elección es entonces fácil. Que la entrega sea completa. Ahora bien, ¿cómo pueden aflorar esos pecados a los que hace tiempo se renunció? Esa es la causa por la que se los trae, para que podamos hacer la elección. Es la bendita obra de la santificación. Y podemos saber que esa obra está avanzando en nosotros. Si el Señor nos quitara los pecados sin nuestro conocimiento, ¿qué bien nos haría? Eso sería convertirnos en autómatas. No es ese su propósito, por lo tanto quiere que vosotros y yo sepamos cuándo son expulsados nuestros pecados a fin de que sepamos cuándo viene su justicia. Tenemos al Señor en el momento en que nos entregamos a él.

Es cierto que las Escrituras nos caracterizan como instrumentos de Dios; pero no olvidéis que somos siempre instrumentos inteligentes. No como el pico y la pala utilizados por el hombre; eso carecería de sentido aplicado al ser humano. Somos instrumentos inteligentes que el Señor empleará de acuerdo con nuestra elección vital. Si nuestra elección está de su parte y decidimos que él obre en nosotros, será un hecho cierto puesto que es el Todopoderoso quien realiza la obra.

Se dio a sí mismo por nuestros pecados, y ahora viene y dice: hay pecado. ¿Qué hacer? Decidle: ‘Señor, hay pecado’. Eso es la confesión. La idea fundamental de la "confesión" consiste en coincidir en lo que se declara. El significado básico de la palabra griega traducida como "confesión", es decir una misma cosa. En eso consiste la confesión. El Señor dijo a David: ‘Has pecado, y cometido esta maldad’. David dijo: ‘He pecado’. Eso es confesión. Dice la Biblia: "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad" (1 Juan 1:9). ¿Por qué los muestra Dios? La única causa por la que muestra al humano sus pecados, es a fin de poder quitárselos. Cuándo él me muestra los pecados, le digo: ‘Señor, son pecados’. ¿Qué sucede entonces? Son perdonados. Son expulsados.

Vosotros habéis confesado vuestros pecados desde que llegasteis aquí. Todos los que el Señor os ha mostrado. ¿Es así? [Congregación: "Sí"]. A todo aquel que haya hecho así, sus pecados le son perdonados. El Señor lo afirma. ¿Qué decir a eso? [Congregación: "Amén"]. Pero Satanás dice: ‘No es cierto’. Satanás es mentiroso, pero algunos han sostenido aquí que Satanás dice verdad en ese punto. Le han estado diciendo a Satanás que tenía razón en eso. Él afirma: ‘no han sido perdonados’, y ellos dicen: ‘no, no lo han sido’. Desechemos tal cosa. Confesamos nuestros pecados para que puedan ser perdonados, y el Señor declara que lo son. Por lo tanto, digamos en el nombre del Señor que es así.

"Creyó Abraham a Dios y le fue contado por justicia". "Y recibió la circuncisión como señal, como sello de la justicia de la fe que tuvo" (Rom. 4:3 y 11). "Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana" (Isa. 1:18). ¿Qué decís a eso? [Congregación: "Que es así"]. ¿Cómo lo sabéis? [Congregación: "Porque el Señor lo ha dicho"]. Muy bien. Sabéis que es así.

Miqueas 7:19: "Él volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades y echará a lo profundo del mar todos nuestros pecados". ¿Dónde están, pues, nuestros pecados? [Congregación: "En lo profundo del mar"]. ¿Cómo lo sabéis? [Congregación: "Porque el Señor lo dice"]. Si es así, ¿qué hay en el mundo que pudiera inquietaros en cuanto a la posibilidad de que vuestros pecados vuelvan a vosotros?

Sal. 103:12: "Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones". ¿Cuán lejos están de vosotros, tras haberlas confesado? [Una voz: "Tanto como el oriente del occidente"]. ¿Por qué, entonces, no lo decís? Satanás viene y afirma: ‘No han sido perdonados; cada uno de los pecados permanece ahí, delante de vuestro rostro; ¿es que no los veis?’ ¿Están donde Satanás dice? [Congregación: "No"]. Alguien pensará: ‘Yo los he visto donde Satanás dice...’ Pero no hay nada de eso. Satanás es un mago, y puede hacer que parezcan ser las cosas que no son. Algunos las miráis, y decís: ‘Sí, es verdad’. Pero no es verdad. El Señor dice que están tan lejos de nosotros como el oriente y el occidente. Están en lo profundo de la mar, y son tan blancos como la nieve. Gracias al Señor por ello.

Isaías 38:17 (y será nuestro último versículo por esta noche): "He aquí gran amargura me sobrevino en la paz, pero a ti te agradó librar mi vida del hoyo de la corrupción, porque echaste tras tus espaldas todos mis pecados". ¿De cuántos pecados se trata? [Congregación: "De todos"]. Tras sus espaldas. ¿Dónde acabamos de leer que se encuentran? [Congregación: "Tras sus espaldas"]. Nosotros estamos ante su rostro, y nuestros pecados estás tras sus espaldas. Según eso, decidme: ¿Quién hay entre nosotros y nuestros pecados? [Congregación: "Dios"]. Y él está sobre su trono, ¿no es así? Por lo tanto, una vez que he confesado mis pecados al Señor, él mismo y su eterno trono viviente se interponen entre mí y esos pecados, y ni Satanás ni ningún otro en este mundo puede traerlos de nuevo. Para lograrlo, tendría que quitar primero al Señor y a su trono del camino. ¡Cómo me alegra que sea así!

¿Podemos saber esas cosas? ¿Cómo podemos saberlas? Porque el Señor lo afirma. Cuando él lo dice y nosotros lo creemos, eso es fe. Cuando Satanás dice: ‘No, vuestros pecados no están tras las espaldas del Señor’, decimos: ‘Sabemos que sí están’. Cuando Satanás dice: ‘Están ante vuestro rostro’, decimos: ‘No. No están ahí, sino en lo profundo de la mar’. [Alguien en la congregación: "Alabado sea el Señor"].

Cuando la persona alcanza ese punto, Dios puede poner su sello sobre él. Pero si el Señor dice: "Tus pecados te son perdonados", si dice que los ha echado tras sus espaldas, y la persona no lo cree, ¿podrá Dios poner su sello sobre ella? –No.

[Alguien pidió que se leyera Isaías 43:25, cosa que hizo el pastor Jones] "Yo, yo soy quien borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados".

Hay muchos textos como ese, que podríamos leer. Uno de ellos lo encontramos en Hebreos 8:12: "y nunca más me acordaré de sus pecados". Y Ezequiel 33:16: "No se le recordará ninguno de los pecados que había cometido". Dice el Señor que no va a recordar nuestros pecados; nunca los mencionará. Esa es la obra de Satanás. Hermanos, creamos al Señor.

Creyendo así, el Señor os otorgará a vosotros y a mí la circuncisión del corazón, el sello de la justicia por la fe que tenemos, y él encuentra entonces aquello sobre lo que puede poner su sello. Cuando el individuo llega a ese punto, recibe el sello de la justicia; y cuando nosotros, como un cuerpo, como una iglesia, creemos eso, podemos pedir con perfecta confianza el derramamiento de su Espíritu Santo, y esperar paciente y confiadamente sabiendo que llegará en el momento en que el Señor juzgue oportuno.

 

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