General Conference Daily Bulletin, 1893
El mensaje del tercer ángel (nº 13)
A.T. Jones


En el último estudio hemos intentado aclarar hasta donde sea posible para nuestro pueblo, la diferencia entre la creencia satánica y la fe de Jesucristo; la diferencia entre justificación por las obras disfrazada de justificación por la fe, y su genuina contraparte. Ese ha sido el objetivo. Y recordaréis cómo lo presentamos. Eso nos llevó al tema que está ahora siempre ante nosotros: que hemos de tener la enseñanza de la justicia, de acuerdo con la justicia. Y eso puede darse, como vimos ya, solamente según la idea de Dios sobre la justicia en lugar de la nuestra, y hemos de tener la mente capaz de comprenderla, que es sólo la mente de Jesucristo. Quien no tiene la mente de Cristo, quien no se ha negado a sí mismo, y a todo lo que es y tiene, y recibido la mente de Cristo en lugar de ello, no sabe, ni puede saber en qué consiste la justicia, o justificación por la fe. Puede profesarla, puede asentir, puede pretenderla, pero siempre sin conocerla: ya que nadie la puede conocer con la mente natural. Vayamos a la Biblia, y leamos dónde habla al respecto. 1 Cor. 2:14:

"El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura"

Esa es la precisa manera en que han tratado la justicia por la fe cientos de personas que profesan creer en ella.

Pastor Lewis Johnson: Los sacerdotes de la Iglesia del Estado en Escandinavia la predican de ese modo.

Sí, los católicos la predican así. Con la mente natural no puede ser de otra forma. Y eso sucederá siempre con aquel que no posea la mente de Cristo. Pero el que no posee esa mente, no se da cuenta. Cree que está en lo correcto; cree que ha captado la justicia de Dios que es por la fe. Lo que tiene no es tan bueno como para evitar que esté siempre necesitado de añadirle parches y remiendos, pero aún así piensa que eso es justicia por la fe: "El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura; y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente".

Por lo tanto, ¿puede alguien conocer la justicia de Dios con la mente natural? Apelo a vosotros. No presto atención a quiénes sois, si habéis oído jamás sobre Cristo en vuestra vida anterior; tomad ahora ese versículo, analizando qué es lo que dice. ¿Cómo puede alguien conocer la justicia de Dios con la mente carnal -con la mente de Satanás-? ¿Podrá? [Congregación: ‘No’]. ¿Puede la mente de Satanás conocer la mente de Dios?

La ley de Dios es la justicia de Dios expresada en letras, en palabras, en los diez mandamientos. No sé de ningún Adventista del Séptimo Día que esté en desacuerdo con eso. El problema es que muchos procuran obtener la justicia de Dios a partir de la ley, mediante la ley. Otros, por el contrario, la obtienen sin la ley, "por medio de la fe de Jesucristo, para todos los que creen en él, porque no hay diferencia". "Ahora (¡y significa ahora!), aparte de la Ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la Ley y por los Profetas: la justicia de Dios por medio de la fe de Jesucristo, para todos los que creen en él, porque no hay diferencia" (Rom. 3:21 y 22).

El que la obtiene de esa forma, la posee realmente; no obstante, todos estarán de acuerdo en que los diez mandamientos expresan la justicia de Dios en palabras.

"Los designios [la mente] de la carne son enemistad contra Dios, porque no se sujetan a la Ley de Dios, ni tampoco pueden" (Rom. 8:7). ¿Cómo podría entonces la mente carnal conocer la justicia de Dios? ¿Cómo podría la mente carnal sujetarse a ella? No puede, dice el Señor. Por lo tanto, el que tiene sólo una mente carnal, el que conoce únicamente el nacimiento natural, y carece de la mente de Jesucristo, no puede conocer la justicia de Dios que es por la fe de Jesucristo. Y ahora, cuando el Señor quiere revelarnos la justicia de Dios de acuerdo con la justicia, cuando desea darnos la enseñanza de la justicia de acuerdo con la justicia, ahora como nunca antes en la tierra, debemos poseer sólo la mente de Jesucristo.

"Los designios [la mente] de la carne son enemistad contra Dios, porque no se sujetan a la Ley de Dios, ni tampoco pueden". ¿Se sujeta la mente de Cristo a la ley de Dios? [Congregación: ‘Sí’]. ¿Sucedió en algún tiempo de otra forma? [Congregación: ‘No’]. La mente de Cristo siempre estuvo sujeta a la ley de Dios. Toda la Biblia, por supuesto, es la exposición de la ley de Dios tal cual es en Cristo. Por lo tanto, ¿acaso no estuvo siempre la mente de Cristo sujeta a la ley, a la palabra de Dios? Sin duda alguna. Allí donde fuera leída la palabra de Dios, ¿cómo la recibía la mente de Cristo? De forma instantánea. Nunca decía: ‘Me pregunto cómo es posible que sea así...’ Nunca dijo: ‘Bien, pienso que eso significaría tal cosa...’ No lo podéis imaginar diciendo: ‘¿No exageras un poco en la lectura de ese texto?’, ‘¿no podrías modificarlo un poco?’ ¿Se sintió alguna vez contrariado por lo que la Biblia declaraba sobre alguna cosa, o por lo que el Señor dijese? No. Allí donde se presentara la palabra del Señor, la mente de Cristo respondía instantáneamente.

Hermanos, podéis, y todo hombre en el mundo puede conocer y tener ese preciso tipo de mente. Sé que podéis tener ese tipo de mente que responde instantáneamente a la palabra de Dios, sin cuestión, duda ni señal de rechazo. Podéis saber al respecto: si vosotros y yo tenemos una mente como esa, al ser leída la palabra de Dios, no habrá un levantarse en contra, objeción o disensión. ¿Es esa la mente de Cristo? [Congregación: ‘Sí’]. Así pues, es bien fácil saber si tenemos o no la mente de Cristo.

Si vuestra mente y la mía, si nuestra disposición no están en esa situación de entrega -de entrega a Dios-, de tal forma que cuando él habla, mediante la palabra aquí, o mediante sus profetas, y hay algo en esta mente o en este corazón que se levanta objetando y disintiendo, entonces, ¿qué mente tenemos? [Congregación: ‘La mente carnal’]. Esa es la mente que comenzó a objetar en el principio. Ha llegado el tiempo de que nos deshagamos de ella.

Pero afirmo que podemos tener ese preciso tipo de mente que, allí donde hable la palabra de Dios, responde inmediatamente. No hay nada en esa mente que se levante en oposición contra la palabra. Esa no es la mente natural para el hombre, pero el hombre puede tenerla, y puede saber que la posee, y esa es la mente que hemos de tener. Esa es la mente a la cual el Señor puede revelar su justicia de acuerdo con la justicia; porque es la mente que recibe de Dios exactamente lo que Dios tiene para darle, en la precisa forma en que se lo quiere dar, y no en ninguna forma en la que yo pueda arreglarlo, modificarlo o descontar de ello.

Así pues, el hombre que recibe la idea, la verdad, la justificación por la fe o justicia por la fe, de acuerdo con su propia idea o punto de vista sobre ella, simplemente no la puede recibir. No la obtiene, ni más ni menos. Es la misma idea satánica sobre la justicia por la fe; es el mismo sistema católico romano de justificación por las obras, camuflado como si fuese justificación por la fe. Y ha llegado el tiempo en el que, en un sentido mucho más profundo del que soñamos la mayoría de nosotros, necesitamos estar seguros de que poseemos la justicia de Dios y la justificación por la fe en otro sentido del que la emplean los católico-romanos. Eso es seguro.

Leeré uno o dos pasajes que nos conectarán con lo que consideramos anoche. En ‘Testimonies for the Church’, vol. I, p. 186, leo acerca de cuál es el objetivo del mensaje a Laodicea:

"Está previsto a fin de despertar al pueblo de Dios, mostrarle sus reincidencias, y llevarlos a celoso arrepentimiento, a fin de que sean favorecidos con la presencia de Jesús, y sean hechos idóneos para el fuerte pregón del tercer ángel"

¿Quiénes serán idóneos para el fuerte pregón del tercer ángel? Los que tienen la presencia de Jesucristo. Aquellos a quienes el mensaje laodicense ha traído la presencia de Jesucristo. Eso significa la presencia personal; en ningún caso un tipo imaginario de presencia. Leamos cómo lo explica ‘El Camino a Cristo’, p. 73-75:

"Cuando Cristo ascendió a los cielos, el sentido de su presencia permaneció con los que le seguían. Era una presencia personal, impregnada de amor y luz. Jesús, el Salvador que había andado, conversado y orado con ellos, que había dirigido a sus corazones palabras de esperanza y consuelo, había sido llevado de su lado al cielo mientras les comunicaba un mensaje de paz, y los acentos de su voz: ‘He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo’, les llegaban todavía cuando un coro de ángeles le recibió. Había ascendido en forma humana, y ellos sabían que estaba delante del trono de Dios como Amigo y Salvador suyo, que sus simpatías no habían cambiado y que seguía identificado con la humanidad doliente. Estaba presentando delante de Dios los méritos de su sangre preciosa, estaba mostrándole sus manos y sus pies traspasados, para recordar el precio que había pagado por sus redimidos. Sabían que había ascendido al cielo para prepararles lugar y que volvería para llevarlos consigo. Al congregarse después de la ascensión, estaban ansiosos de presentar sus peticiones al Padre en el nombre de Jesús"

Magnífica reunión de oración, ¿no os parece? 120 personas, todas ellas ávidas por presentar sus peticiones al Padre, en el nombre de Jesús.

"Con solemne reverencia se postraron en oración repitiendo la promesa: ‘Todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre: pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea completo’. Extendieron cada vez más alto la mano de la fe presentando este poderoso argumento: ‘¡Cristo Jesús es el que murió; más aún, el que fue levantado de entre los muertos; el que está a la diestra de Dios; el que también intercede por nosotros!’ El día de Pentecostés les trajo la presencia del Consolador, de quien Cristo había dicho: ‘Estará en vosotros’. Les había dicho además: ‘Os conviene que yo vaya; porque si no me fuere, el Consolador no vendrá a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré’. Y desde aquel día, mediante el Espíritu, Cristo iba a morar continuamente en el corazón de sus hijos. Su unión con ellos sería más estrecha que cuando estaba personalmente con ellos"

Eso es lo que él quiere que tengamos ahora. Quiere que tengamos lo que ellos tuvieron en Pentecostés: la presencia personal de Jesucristo. Y si la tenemos, su unión con nosotros será más estrecha que si estuviese aquí corporalmente. Quiere venir más cerca de vosotros y de mí de lo que estaría si acudiera a estas reuniones cada noche y se sentara entre nosotros. Ese es ahora su deseo.

"La luz, el amor y el poder de la presencia de Cristo resplandecían de tal manera por medio de ellos que los hombres, al mirarlos, ‘se maravillaban; y al fin los reconocían, que eran de los que habían estado con Jesús"

Observad esta declaración en el ‘Testimonio’ nº 31, p. 156:

"El mensaje, llevado en el amor de Cristo, teniendo siempre ante nosotros el valor de las almas, arrancaría, hasta incluso de los mundanos, el reconocimiento: ‘Son como Jesús’"

Ha llegado el tiempo en el que él desea que demos el mensaje de ese modo, y él hará que así suceda. Si los que profesan hoy su nombre no le permiten venir en su plenitud, a fin de que puedan llevar de esa forma el mensaje, él encontrará un pueblo que lo hará. Es el punto en el que ahora estamos. No podemos perder más el tiempo.

"Todo lo que Cristo fue para sus primeros discípulos desea serlo para sus hijos hoy, pues en su última oración, que elevó estando junto al pequeño grupo reunido en derredor suyo, dijo: ‘No ruego solamente por estos, sino por aquellos también que han de creer en mí por medio de la palabra de ellos’. Oró por nosotros y pidió que fuésemos uno con él, como él es uno con el Padre. ¡Cuán preciosa unión! El Salvador había dicho de sí mismo: ‘no puede el Hijo hacer nada de sí mismo’; ‘el Padre, morando en mí, hace las obras’. Si Cristo está en nuestro corazón, obrará en nosotros"

Aquel que está tan ansioso y atemorizado porque no le permitan obrar, o porque vayan a destruir todas sus obras, si Cristo mora en su corazón, encontrará obras por hacer. Hermanos, no estéis ansiosos acerca de las obras; encontrad al Señor Jesucristo, y encontraréis las obras; más de las que podéis realizar. [Congregación: ‘Amén’]. Pero el problema viene cuando las personas fijan sus mentes en las obras, obras, obras, en lugar de fijarlas en Jesucristo a fin de obrar, y así resulta todo malogrado. A Satanás poco le importa cuánto profese una persona creer en la justificación por la fe y la justicia por la fe, con tal que su mente esté puesta en las obras. Ese es precisamente el pensamiento puesto ante nosotros anoche, en la definición de la fe que quisiera hoy recordar (‘El Camino a Cristo’, p. 63)

"Cuando hablamos de la fe debemos tener siempre presente una distinción. Hay una clase de creencia enteramente distinta de la fe. La existencia y el poder de Dios, la verdad de su Palabra, son hechos que aun Satanás y sus huestes no pueden negar en lo íntimo de su corazón"

Ellos creen en eso, pero ¿qué poder les trae su creencia, que los haga justos, o que los capacite para realizar buenas obras? ¿Qué poder hay en su creencia? ¿Qué poder les da? [Congregación: ‘Ninguno’]. No, el poder está alejado, mantenido lejos a modo de teoría, retenido a fin de ser observado desde la distancia, sostenido como un credo; y así, hasta un espíritu puede creer en la existencia y poder de Dios; puede creer en la verdad de la Biblia; puede creer que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, el Santo de Dios, y ser el diablo. Y en la forma de un papista puede creer todo eso tal como hemos dicho, y profesar al mismo tiempo la justificación por la fe; y puede ser un gran defensor de lo que llaman "buenas obras". Sí, puede esforzarse sin medida a fin de ser bueno, de ser justo, a fin de mover a Dios, tal como leímos en el tema anterior. Sabéis que lo hacen, que hacen peregrinaciones y penitencias, que se flagelan literalmente, privándose de toda comodidad terrenal.

Pero ¿quién hace las obras? ¿Quién es el que obra en todo ello? El yo obra, a fin de hacerse justo, a fin de obtener ese tesoro del mérito que asegurará "un incremento en la gracia en este mundo, y de la gloria en el cielo". Ese es el objetivo, ¿no es así? [Congregación: ‘Sí’]. ¿Quién es, pues, el que está obrando? [Congregación: ‘El yo’]. ¿Se han sometido la mente y el corazón a Dios? ¿Han sido puestos en él los afectos? ¿Existe una total entrega a él? No. Por lo tanto, el yo sigue estando en todo.

¿Quién ha de efectuar la obra, para que puedan ser siempre buenas obras? Leamos de nuevo: "Si Cristo está en nuestro corazón, él obrará en nosotros ‘así el querer como el hacer, por su buena voluntad’". Obraremos en la medida en que él obra; manifestaremos el mismo espíritu. Y así, amándole y estando en él, creceremos "en todo en aquel que es la Cabeza, esto es, Cristo" (Efe. 4:15). Eso es lo que desea el Señor, y es eso en lo que consiste la mente de Cristo. Tal como razonamos en la pasada reunión, no puedo tener la mente de Cristo separadamente de él. No puedo tener la mente de Cristo sin tenerlo a él personalmente. Pero la presencia personal de Jesucristo es precisamente lo que él quiere darnos mediante el Espíritu Santo, en el derramamiento de la lluvia tardía, justamente ahora. La presencia personal de Cristo es lo que él desea darnos.

Y ahora el resto de esa definición de creencia: Una persona puede creer en la existencia y el poder de Dios; puede creer la verdad de la Biblia; puede creer y decir que Jesucristo es el Mesías, el Hijo de Dios, el Santo de Dios, y aún así ser un diablo; pero eso no es fe. No hay poder en ese tipo de creencia para auxiliar a nadie. ¿Acaso no se trata de la clave en todas esas exhortaciones que hemos ido recibiendo en los Testimonios todos estos años, a propósito de que no debemos mantener la verdad al atrio exterior, sino que hemos de llevarla al santuario interior del alma? ¿No es eso lo que significa? [Congregación: ‘Sí’]. ¿No se trata de la idea humana de mantener la verdad alejada, de verla como una teoría, y poner la propia interpretación sobre ella, para ir después por nosotros mismos a hacer aquello que creemos? Eso no es fe.

"Donde no sólo existe una creencia en la Palabra de Dios, sino que la voluntad se somete a él; donde se le entrega el corazón y los afectos se aferran a él" (El Camino a Cristo, p. 63). Las anteriores son expresiones llenas de significado, que vale la pena tomar en consideración. "La voluntad se somete a él" ¿Lo hacéis? ¿Habéis sometido a él vuestra voluntad, de modo que nunca retrocedáis y la ejerzáis a vuestra propia manera o por vosotros mismos? ¿Tiene él vuestra voluntad? Alguien dirá ‘Pienso que la tiene’... Dudas, ¿no es así? Dirá algún otro, ‘He intentado someterle mi voluntad’... Bien, pues pon fin a tus intentos, somete a él tu voluntad de una vez por todas, y conoce que lo has hecho realmente.

Cuando has sometido tu voluntad a él, tus deseos, impulsos o inclinaciones no te llevan en ninguna situación a ejercer tu yo. Es tu privilegio el saber que es así. Puedes saber cuándo sucede tal cosa. [Voz: ‘¿Cómo?’] ¿Cómo? Muy fácil: sometiendo tu voluntad a él. Dile al Señor que tu voluntad es suya, y ¡es suya! Si no sabes si tu voluntad es suya o no, es que no es suya.

Aquel que entregó su voluntad al Señor, tiene conocimiento del hecho. Se vuelve un hombre espiritual, y conoce lo que nunca antes en toda su vida conoció. El hombre natural no puede recibirlo, jamás puede comprenderlo. ¿Cómo iba a poder comprender lo que encierra una acto que nunca he realizado? Nunca puedo saber cómo sucede, a menos que permita que suceda en mí. Lo contrario no sería razonable, y aún menos en este asunto. Es algo que se conoce -y puede solamente conocerse- entre Dios y la propia persona. "Todos serán enseñados por Dios" (Juan 6:45; Isa. 54:13). Uno puede decir a otro que eso es un hecho; puede manifestar a otro que sabe que es así. Pero nadie puede darlo a otro, de forma que mi hermano pueda obtenerlo de mí. Le puedo asegurar que es un hecho, y que es su privilegio saberlo, pero él sólo puede aprenderlo de Dios. Lo logras, sencillamente, sometiéndote a Dios. Es la única forma en que cualquiera puede lograrlo, y saber que es así. Hay muchísimos que no comprenden cómo; pero su gran dificultad estriba en que no lo querrán hacer, cuando les expliques cómo.

Pregunto de nuevo: ¿Le has sometido tu voluntad? ¿Lo has hecho? ¿Has atravesado esa barrera, y llegado al lugar en el que puedes saber que le has sometido la voluntad, de forma que él pueda usarla sin reparos ni cuestiones, sin disentir de la suya en ningún sentido? ¿Está vuestra voluntad sometida a Dios, de forma que él pueda hacer su voluntad en vosotros sin que hagáis objeción alguna, de forma que jamás una inclinación o pensamiento vuestro tengan libre curso obrando a vuestra manera, y deseáis que él obre a su manera, siendo eso todo lo que deseáis? ¿Es así? ¿Es esa la situación de vuestra voluntad? [Congregación: ‘Sí’].

¿Hay alguien aquí en quien no sea así? Acude al Señor y háblale acerca de eso. Dile: ‘Señor, lo someto todo a ti. Lo someto todo sin reservar nada. No retengo ni una sola cosa. Todo lo entrego a ti, incluida mi voluntad, a fin de que puedas producir así el querer como el hacer, por tu buena voluntad’. [Congregación: ‘Amén’]. Hermanos, cada uno de nosotros necesitamos hacer así, aquí, cada día. El Señor anhela venir aquí en la medida en que se lo permitamos.

Pero por tanto tiempo como reserve algo en mi voluntad, me resultará inevitable seguir por mi propio camino. Dios no puede emplearme plenamente. No puede venir plenamente; Cristo no puede venir plenamente a menos que haya una plena sumisión a él. Ha de suceder aquí una cierta muerte. El yo ha de morir. Eso es lo que significa: muerte. Y desde luego, las personas no suelen morirse a gusto: luchan por vivir, si es que luchan.

Tened presente que no basta con "querer" morir. Dad el paso y morid al yo: eso es lo que el Señor quiere. Alguien dice: ‘¿Cómo he de hacerlo?’ Dios dice cómo: "Así también vosotros consideraos muertos" (Rom. 6:11). El hermano Durland leyó ayer para todos: "El que ha muerto ha sido justificado del pecado" (vers. 7). Así es. "Consideraos muertos al pecado", y Dios proveerá el hecho. El asunto, hermanos, es que estamos en necesidad de conocer al Señor. El problema es que las personas no conocen personalmente al Señor, y no saben cómo actúa.

"Donde se le entrega el corazón". ¿Cuánto del corazón? [Congregación: ‘Todo’]. ¿Ya lo habéis hecho? [Congregación: ‘Sí’]. ¿Todo el corazón? Alguien dice: ‘He entregado todo lo que sé’... Bien; ahora da el siguiente paso, y entrégale también todo lo que no sabes.

[Pastor O.S. Ferren]: Cuando una persona hace así, ¿es pobre y miserable?

[Pastor Jones]: Efectivamente.

[Pastor O.S. Ferren]: ¿Y ciego y desnudo?

[Pastor Jones]: Sí.

[Pastor O.S. Ferren]: ¿Y no lo sabe?

[Pastor Jones]: Sí. Pero gracias al Señor, posee riquezas que abarcan todo el universo. Alguien dirá: ‘no lo puedo entender’. Tampoco yo puedo, pero sé que es un hecho.

Recordad esto, hermanos, tenedlo siempre presente: cuanto más avancéis, mayor evidencia tendréis de que es un hecho. Cuando nos aferramos al evangelio de Jesucristo en su pureza, a cada paso y en cada fase encontraremos el misterio de Dios. Cada vez, y en todo lugar, encontraréis aquello que nadie puede explicar, excepto Dios mismo. Y todo cuanto podéis hacer es creer que Dios está en eso. Es así, y podéis reconocer el hecho; permitidle que sea él mismo quien lo explique. Eso tomará la eternidad. Lo que él quiere es que vosotros y yo nos alegremos por tener ante nosotros la eternidad en la que él pueda explicárnoslo. Me alegraré sabiendo que tengo una eternidad en la que vivir; no os preocupéis si entiendo esto, lo otro o lo de más allá. Nunca suceda que despreciemos la vida eterna debido a que no entendemos todo lo que Dios entiende. Pero sigue hoy prevaleciendo el mismo espíritu que tuvo Satanás: el de ser igual a Dios y no someternos a nada, a menos que lo comprendamos todo. Desechemos esa mente y creamos al Señor; permitámosle que nos lo explique a su propio tiempo y manera.

Entonces, ¿le habéis entregado vuestro corazón? Ahora ese pensamiento del que os hablaba hace un momento: Muchos dicen, ‘Me he sometido al Señor hasta donde sé’. –No es suficiente. Has de someterte a él hasta donde sabes, y también hasta donde no sabes. Cuando le entrego solamente aquello que sé, hay muchísimas cosas que no sé; una considerable cantidad de situaciones en las que voy a encontrarme, cosas que han de sobrevenirme, y algunas de ellas me resultarán muy atractivas y deseables, y si no lo he sometido todo, ¿qué entonces? Habrá un conflicto, en cuanto a si he sometido o no ese particular. Estaré así constantemente en aguas tormentosas, sin saber realmente si estoy o no sometido al Señor. Es su voluntad que salgáis de esas aguas revueltas. Someteos a él en todo cuanto sabéis, y en todo cuanto no sabéis. Encomendaos en todo a él, sin reservar nada ahora ni nunca, y entonces no tendréis nada que temer; ni siquiera si habéis de caer hasta el fondo del mar en el próximo minuto. Os habéis entregado totalmente a él, estáis en sus manos: entonces tenéis algo; el que así hace, tiene algo que no poseía anteriormente. Algo que jamás habría podido tener, de no haberse sometido precisamente en esa plenitud.

"Los afectos se aferran a él". ¿Es ese el estado de vuestros afectos, de modo qué él tenga en todo la preferencia, de modo que ocupe siempre el primer lugar y nada se interponga en ninguna circunstancia? ¿Es así? Cuando alguien hace así, ciertamente logró algo, y sabe que es así. Bien, dice alguien, ¿no se espera que ese hombre cuide de su esposa e hijos? No hay problema: los encomendó igualmente al Señor, ¿acaso no podrá el Señor cuidarlos mucho mejor de lo que podríais si no os hubierais entregado a él? Cuando mis afectos están aferrados a él, lejos de resultar separado de los que me son queridos, esos afectos resultan intensificados, profundizados y glorificados, en relación con aquellos que están tiernamente ligados a mí. Las personas se confunden totalmente cuando temen que fijar sus afectos en Dios significará separarse de alguien a quien aman en esta tierra. Al contrario: es la única forma de amar realmente a quienes sienten que son sus allegados aquí.

¿Le habéis sometido vuestra voluntad? ¿Habéis entregado a Dios vuestro corazón, de forma que vuestros afectos estén puestos en él? ¿Lo habéis hecho, de forma que podéis estar ante su presencia y agradecerle porque sea así? No me refiero a levantaros en la congregación y manifestar que es así, sino a decírselo al Señor. Las personas se levantarán en la congregación y dirán cosas que no se atreverían a decirle al Señor. Decídselo a él. Decidle que le sometéis enteramente vuestra voluntad. Someteos a él sin reservas, y decidle que le dais vuestro corazón, pues es inservible y queréis su corazón en lugar del vuestro; y entonces, vuestros afectos estarán fijos en él, y así permanecerán. Decídselo en todo tiempo, cada día; vayáis donde vayáis. Vivid con él, hermanos, vivid con él. Esa es su voluntad. Él ha resucitado de entre los muertos, y hemos sido resucitados con él a fin de que vivamos con él (Rom. 6:8). Su presencia personal nos acompañará. Eso es lo que el mensaje a Laodicea ha de hacer por nosotros: trae la presencia de Cristo para que viva en nosotros.

Sólo vosotros podéis hacer eso, y nadie puede hacerlo en vuestro lugar. Hermanos, hagamos de ese modo. Vayamos a ese sitio. Cuando alguien está allí, espera simplemente la dirección del Señor; aguarda el tiempo oportuno del Señor. Y cuando el Señor disponga derramar su Espíritu Santo, nada habrá que lo impida. Si es que hubiera algo que ese alguien no supiera, no supone problema alguno: eso fue igualmente sometido ya con anterioridad. Aunque hubiese sido tan querido como el ojo derecho, fue entregado ya hace tiempo. Partió, gracias al Señor, de forma que no hay nada entre vosotros y él, y puede derramar abundantemente su Espíritu cuando juzgue oportuno. Ese es el punto en el que quiere que estemos vosotros y yo en esta asamblea, esperando que él nos enseñe justicia de acuerdo con la justicia.

Ahora, ¿cuánto de Cristo hemos de tener? Cuando la presencia personal de Cristo venga a nosotros, él estará más cercano que si viniera de forma visible a reunirse con nosotros cada día. ¿Es así? [Congregación: ‘Así es’]. Bien, pues eso es el evangelio, ¿no os parece? Se trata de la justicia de Dios, que es por la fe de Jesucristo. En eso consiste el evangelio, pues "en él la justicia de Dios se descubre de fe en fe" (Rom. 1:17). ¿No dice de fe en obras? ¡Oh, no! La justicia de Dios se descubre de fe EN FE, gracias al Señor.

La presencia de Cristo, la presencia personal de Cristo, "Cristo en vosotros, la esperanza de gloria", en eso consiste el evangelio, ¿no es así? Ahora observad (y no tiene por qué haber una partícula de confusión o duda en esta cuestión de la fe y las obras): Cristo estuvo una vez en el mundo, ¿no es así? [Congregación: ‘Sí’]. No hizo nada por sí mismo. "No puedo yo hacer nada por mí mismo" (Juan 5:30). El Padre moraba con él, y es quien hacía las obras. "El Padre, que vive en mí, él hace las obras" (Juan 14:10). "Como me envió el Padre, así también yo os envío" (Juan 20:21). Cristo ha de estar en nosotros, tal como Dios estuvo en Cristo. ¿Está sucediendo? [Congregación: ‘Sí’]. ¿Es Cristo el mismo ayer, y hoy, y por los siglos? [Congregación: ‘Sí’]. ¿Cómo actuó cuando estuvo en la tierra, en nuestra carne? (fue mi carne la que tuvo; fue la vuestra). Anduvo haciendo bienes, asistió a los enfermos, simpatizó con ellos. "Ciertamente llevó él nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores" (Isa. 53:4). Los lleva aún. Su simpatía por los dolientes era tan entrañable que cuando ministraba en su favor, entraba realmente en los sentimientos de ellos, llevaba en verdad sus enfermedades. ¿Cómo actuará al venir ahora a nuestra carne? [Congregación: ‘De la misma manera’]. ¿Cómo actuará al estar en vuestra carne? [Congregación: ‘Igual que entonces’].

¿No veis la manera en que las obras surgen por ellas mismas en aquel que tiene fe en Jesucristo? (y no me estoy refiriendo a ese tipo de creencia satánica, sino a la auténtica fe). ¿No veis lo que pierden los que fijan su mente en las obras, en lugar de fijarla en Cristo? Pierden el origen y poder mismos que son lo único que puede obrar el bien, que puede alcanzar y ministrar a los enfermos, a los pobres, en el espíritu correcto. ¿No habéis visto nunca a personas que ministran a los pobres y enfermos de forma que les hacen sentirse peor que si nunca hubieran ido allí? No es ese el tipo de ministerio que Jesucristo realiza. No. Es Cristo en vosotros. Y cuando él va con vosotros y en vosotros, dice el testimonio que arrancará, "hasta incluso de los mundanos, el reconocimiento: ‘Son como Jesús’".

¿Qué quiere Dios que vea el mundo en nosotros? [Congregación: ‘A Cristo’]. Él quiere que el mundo vea a Cristo en nuestras vidas, la vida de Cristo, Cristo en vosotros, la esperanza de gloria, y ellos lo sabrán y vosotros lo sabréis. Aseguraos de que Cristo está ahí, y el Espíritu del Señor traerá convicción a las mentes de que él está ahí. Pero tan ciertamente como vosotros y yo aparezcamos en lugar de Cristo, eso es todo cuanto aparecerá, y eso es todo cuanto verá el mundo.

Ahora, hermanos, ¿hay alguna necesidad de que dudemos que la justicia por la fe -la justificación por la fe- lleva en ella misma la virtud viviente de Dios, obrando según su voluntad? Ninguna mente que se haya sometido a Dios albergará dudas al respecto. No será el caso con quienes sometieron su mente a Dios, buscando su voluntad, procurando que Cristo sea el primero y el último, en todo, en todos y sobre todo. Quien así procede, adquiere un conocimiento tal de Cristo, que le permite saber que esa fe en Jesucristo trae la divina presencia, el poder divino, la virtud divina y la gracia de Dios, que tendrán un poder motivador de tal intensidad en quien lo recibe, como para que el que tiene más fe sea, de entre todos, el que una mayor obra realice. No podéis separarlas. Allí está la vida divina, el poder divino, la palabra divina.

¿No luchó Pablo, dirá alguien, y no dijo el Señor: "esforzaos por entrar por la puerta estrecha"? Sí. Efectivamente, y Pablo nos explica cómo hacerlo. Leámoslo en Colosenses 1:25 y siguientes:

"De ella fui hecho ministro, según la administración de Dios que me fue dada para con vosotros, para que anuncie cumplidamente la palabra de Dios, el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos. A ellos, Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles"

¿Qué es lo que Dios quiere darnos ahora a conocer a vosotros y a mí? Nos quiere dar a conocer "las riquezas de la gloria de este misterio". Es algo grandioso, ¿no os parece? ¿Cuán grandes son las riquezas de la gloria del misterio de Dios? Tanto como Dios mismo. Siendo así, ¿cómo podemos conocerlas, si no es por la mente de Cristo, cuya presencia nos trae el Espíritu Santo?

"Que es Cristo en vosotros, esperanza de gloria. Nosotros anunciamos a Cristo, amonestando a todo hombre y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre. Para esto también trabajo, luchando según la fuerza de él, la cual actúa PODEROSAMENTE en mí"

¿Cómo podría luchar, si no tuviera nada con qué luchar? "Sin mí nada podéis hacer". Por lo tanto, ¿cómo podríamos luchar sin Cristo? "Muertos en delitos y pecados". ¿Es así? ¿Puede un muerto luchar? "Cuando aún éramos débiles" (Rom. 5:6). ¿Éramos débiles? [Congregación: ‘Sí’]. En efecto. ¿Cómo puede luchar aquel que es débil? ¿No comprendéis, entonces, que es una perversión satánica de la idea divina, el pensar que hemos de esforzarnos, luchar y consumirnos a fin de obtener de Cristo el don de la justificación? No. Se trata del don gratuito de Dios a todo hombre, y todo aquel que lo reciba, recibe ciertamente al mismo Jesucristo. El evangelio es el poder de Dios para salvación a todo aquel que cree. Por lo tanto, aquel que lo somete todo, que se entrega totalmente y obtiene ese poder de Dios, ese Salvador viviente a quien fue dado todo poder en el cielo y en la tierra, tiene algo con qué luchar; tiene poder que puede emplear con un buen propósito.

Así pues, ¿en qué radica el esfuerzo? ¿En buscar al Señor?, ¿o en emplear el poder que el Señor da, que él pone en nosotros? ¿Qué os parece? [Congregación: ‘En emplear el poder’]. Ciertamente. Siendo así, no nos pongamos del lado equivocado, sino del correcto.

"Luchando según la fuerza de él, la cual actúa poderosamente en mí". Como dice en este otro lugar: "El amor de Cristo nos constriñe" (2 Cor. 5:14). Constriñe, motiva, impulsa, mueve con una fuerza irresistible. Esa es la idea contenida en la expresión "esforzaos". Otras versiones traducen "agonizad" por entrar en la puerta estrecha. Y agonizan literalmente, consumiéndose en penitencias, como hace cualquier otro católico, y lo hacen a fin de mover al Señor para que se apiade de ellos. No es esa la idea.

Sin embargo, sí que se trata de agonizar; pero todos saben que esa palabra proviene de las competiciones deportivas griegas. El que participaba en la competición era un agonistes. Se disponía a disputar la carrera. ¿Qué hacía entonces? Tensaba cada fibra de sus músculos y esforzaba toda facultad de su ser, dedicándola al logro del objetivo propuesto, ¿no es así? Ahora, esa es una "agonía", un ejercicio, una lucha corporal. ¿Es ese tipo de lucha de la que nos habla Cristo? [Congregación: ‘No’]. ¿De cuál nos habla? De la espiritual. Llevándolo al terreno espiritual, ¿qué significa? ¿No se trata acaso de la entrega completa de la voluntad a Cristo, de la entrega del corazón y los afectos sin reserva alguna? Lo somete todo a él; cada fibra del ser está dedicada a un único objetivo: la gloria de Dios. Ahí está ese divino poder que nos motiva, que nos urge. Lo repetiré aún otra vez: el que cree en Jesucristo es el que hará una obra plena y aceptable para él.

Leamos ahora esta palabra, y será la mejor conclusión para el tema de esta noche. ‘El Camino a Cristo’, p. 71:

"El corazón que más plenamente descansa en Cristo es el más ardiente y activo en el trabajo para él"

Amén. [Congregación: ‘Amén’]. Nunca olvidéis eso. Jamás penséis que aquel que decide reposar totalmente en Jesucristo es una persona física o espiritualmente ociosa. Si es que su vida muestra una ociosidad tal, es porque no está en absoluto reposando en Cristo, sino en sí mismo.

El corazón que más plenamente descansa en Cristo será siempre el más ardiente y activo en el trabajo para él. Es en eso en lo que consiste la auténtica fe. Una fe como esa traerá sobre vosotros el derramamiento de la lluvia tardía; traerá a vosotros y a mí la enseñanza de la justicia de acuerdo con la justicia -la presencia viviente de Jesucristo- para prepararnos para el fuerte pregón y para que llevemos el mensaje del tercer ángel de la única forma en que desde esta asamblea podemos llevarlo.

 

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