Respuesta a preguntas sobre la muerte redentora de Cristo

LB, 19 agosto 2012

 

Apreciada ------:

Las cuestiones que me planteas son apasionantes. Llevo años pensando en ellas y haciéndome preguntas parecidas a las tuyas. Quizá alguna de mis reflexiones pueda serte de ayuda. Antes de responder específicamente a cada cuestión que planteas, permite que te explique mi comprensión general sobre la muerte de Cristo.

La idea es sencilla. No se trata de algo complicado:

1ª premisa: La muerte de Cristo es vital, central, para nuestra salvación (sin exclusión de su vida libre de pecado). En eso no hay novedad respecto a la ortodoxia “oficial”, pero está en contraste con ciertas posturas recientemente sobrevenidas, como por ejemplo la moderna versión del abelardismo que llama a la puerta de las iglesias, incluida la adventista.

2ª premisa: La obra de Satanás NO es vital ni central para nuestra salvación. No forma parte de ella (en eso también creo que hay un acuerdo general).

3º Es el resumen de mi comprensión, y deriva de los dos puntos anteriores: Si la muerte de Cristo es vital en nuestra salvación, y Satanás no forma parte del plan de la salvación (forma parte del problema, pero no de la solución), entonces no pudo ser Satanás quien dio muerte a Cristo, por más que lo procurara. Al decir “Satanás”, incluyo a los judíos y romanos dirigidos por él.

Si lo anterior es cierto, queda descartado que considerar la muerte de Cristo como centro del plan de la redención, con valor expiatorio, implique nada parecido a convertir a Satanás en nuestro co-redentor. Más adelante explicaré por qué digo esto.

Es impensable que a Cristo le diera muerte Satanás Y TAMBIÉN nuestros pecados: ha de ser una cosa, o la otra. Ambas son mutuamente excluyentes. Y conviene distinguir entre ellas.

Una forma simplificada de expresar la idea que presento, podría ser esta:

Cristo murió por haber tomado el pecado del mundo, pero no el de Satanás. Este último –el pecado de Satanás-, Cristo no lo estaba “llevando” de la forma en que llevaba el nuestro, y no le afectó de la misma manera. Un pecado lo mataba “desde el interior”, por haberlo tomado sobre sí (el nuestro); mientras que el otro (la acción de Satanás) sólo lo torturaba “desde el exterior”. Uno lo asumía, otro sólo lo sufría.

Es mi comprensión que somos salvos porque Cristo llevó nuestros pecados “en su cuerpo sobre el madero” con la culpabilidad que conllevan, muriendo la muerte que es la paga de esos pecados (esa es la muerte de la que nos libra). Fue un desenlace planeado por su infinito amor, tanto como por el del Padre.

Pero lo anterior es sólo un aspecto de la salvación. No es el todo. Es igualmente cierto que Jesús imputa en nuestro favor su vida perfecta. No hay problema ahí. Es maravillosamente cierto. Ahora bien, para poder transferir esa herencia gloriosa, el Testador tiene que morir: “Así que, por eso es mediador del nuevo testamento, para que interviniendo muerte para la remisión de las rebeliones… Porque donde hay testamento, es necesario que intervenga muerte del testador… y sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (Heb. 9:15, 16 y 22). En el símbolo no bastaba la sangre, en representación de su vida. Esa sangre debía derramarse en representación de su muerte (1 Cor. 11:26). Así,

a/ Cristo tenía que cumplir las demandas POSITIVAS de la ley en nuestro favor: una perfecta vida de obediencia, y

b/ Cristo tenía que cumplir las demandas NEGATIVAS de la ley: que la paga del pecado es la muerte, teniendo por lo tanto que morir en nuestro lugar como consecuencia de llevar nuestros pecados.

Naturalmente, la fe auténtica comprende ambas cosas: a/ aceptar la vida perfecta de Cristo en nuestro lugar, y b/ aceptar la muerte de Cristo en nuestro lugar (Rom. 6:1-7).

Nuestra salvación dependía de que Cristo entregara su vida al cargar sobre sí nuestros pecados, según designio y obra divinos. Eso no habría sido posible si Satanás hubiera logrado una de estas tres cosas:

(1) Inducirlo a pecar.

(2) Darle muerte antes de que entregara su vida en expiación por nuestros pecados.

(3) Desanimarlo haciendo que desistiera y regresara al cielo sin cumplir su misión.

De haber logrado cualquiera de las tres cosas, Satanás habría evitado que Cristo pudiera entregar su vida mediante su muerte redentora como portador del pecado.

Satanás procuró las tres cosas.

(1) Que trató de inducirlo a pecar es evidente en las tentaciones de Cristo en el desierto, y también en la cruz, pero de hecho continuamente a lo largo de toda su vida. A diferencia de Adán en su naturaleza previa a la caída, Cristo no podía ser tentado solamente “desde el exterior” en un solo lugar: el árbol del conocimiento del bien y del mal (Patriarcas y profetas, p. 35), sino en todo momento y en todo lugar, como lo es nuestra naturaleza caída (Heb. 4:15; Sant. 1:14). (2) Que Satanás procuró darle muerte es evidente en la matanza de los bebés decretada por Herodes, en los diversos intentos de apedreamiento a Jesús, y sobre todo en la propia crucifixión, aunque le supusiera quedar expuesto ante el universo como asesino (Juan 12:31). (3) Para efectos de este razonamiento podemos por ahora ignorar la tercera posibilidad, pero a fin de valorar más plenamente el sacrificio de Cristo conviene recordar que Jesús PODÍA en todo momento abandonar esta misión, este planeta y esta raza. No es difícil imaginar al diablo tentando así a Jesús en el Calvario: ‘Dios te ha abandonado. Tu propio pueblo te está crucificando. Tu principal discípulo te ha entregado con traición. Pedro te ha negado por tres veces. Todos te han dejado (Isa. 63:3). Ni siquiera tus familiares creen en ti. Tu sacrificio es enteramente inútil. Nadie lo aprecia. Sé razonable, regresa al cielo y abandona tu sueño frustrado’. Sólo su amor y su fe lo mantuvieron en su misión; no la seguridad de su victoria, como solemos imaginar:

“Las dudas asaltaron al moribundo Hijo de Dios. No podía ver a través de los portales de la tumba. Ninguna esperanza resplandeciente le presentaba su salida del sepulcro como vencedor ni la aceptación de su sacrificio de parte del Padre… El desagrado del Padre por el pecado y la penalidad de éste, la muerte, era todo lo que podía vislumbrar a través de esas pavorosas tinieblas… La fe y la esperanza temblaron en medio de la agonía mortal de Cristo, porque Dios ya no le aseguró su aprobación y aceptación como hasta entonces… Mientras se le denegaba hasta la brillante esperanza y confianza en el triunfo que obtendría en lo futuro, exclamó con fuerte voz: ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’”. (Joyas de los testimonios, vol. I, p. 226 y 227).

No apreciar lo anterior “es un gran error” (Id., p. 230)

Es mi comprensión que de igual forma en que Satanás no logró que Cristo pecara (ni al principio ni al final, cuando cargó plenamente con nuestros pecados en el Calvario), TAMPOCO logró quitarle la vida, ni al principio de su vida en esta tierra, ni al final. El diablo lo llevó a la cruz, pero no pudo darle muerte por crucifixión, ya que Cristo derramó su vida hasta la muerte al llevar la iniquidad de todos nosotros según el plan divino, ANTES de que la muerte típica de un crucificado impidiera lo anterior, según el plan de Satanás. Si en algún momento Satanás hubiese logrado dar muerte a Cristo antes de que éste hubiera realizado el acto culminante de la redención, que es dar su vida en rescate por nuestros pecados, el diablo habría triunfado. Gracias a Dios no sucedió.

Cuando contemplamos la muerte de Cristo solemos quedar perplejos ante la idea de que “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” si pensamos, como creo que es correcto hacer, que eso es lo que le produjo la muerte y nos trajo la salvación. Nuestra perplejidad, naturalmente, deriva de constatar la tortura inhumana que vemos en el Calvario. ¿Puede eso venir de Dios? Si viene de Satanás, ¿obra Dios en cooperación con él? A ese respecto vale la pena recordar dos cosas:

(1) En el Antiguo Testamento el Señor dispuso ilustrar el sacrificio de Cristo mediante el ritual del cordero inmolado. Pero observa: el cordero NO era cruelmente torturado antes de morir (aparte de la tortura de la propia muerte). Eso sugiere que la tortura que Satanás infligió al Salvador en la cruz no formaba parte de la expiación en nuestro favor. En la cruz vemos dos cosas, y es necesario distinguir la presencia y significado de cada una de ellas:

(a) La muerte de Cristo, según disposición del Padre (Isa. 53:6, u.p.): es lo que le hicieron los pecados de todo el mundo, que el Padre cargó en él, y

(b) La tortura, tentación e intento de dar muerte a Cristo: la acción di­recta de Satanás y sus agentes.

Fue el Padre quien cargó en Jesús los pecados del mundo, pero no fue el Padre quien torturó ni tentó a Jesús, ya que “Dios no puede ser tentado de los malos, ni él tienta a alguno” (Sant. 1:13): ni directamente, ni delegando en Satanás! No obstante, aunque no en términos expiatorios, la divinidad también previó como necesaria para el plan de la salvación la acción de Satanás y sus enemigos, como sugiere Hechos 4:28 y 29 y otros textos similares.

“Creyentes e incrédulos vendrán a ser igualmente testigos que confirmen la verdad que ellos mismos no comprenden. Todos van a cooperar en el cumplimiento de los propósitos de Dios, tal como hicieron Anás, Caifás, Pilato y Herodes. Al llevar a Cristo a la muerte, los sacerdotes creyeron estar cumpliendo sus propios propósitos, pero inconscientemente y de forma no intencionada estaban cumpliendo el propósito de Dios” (Review & Herald, 12 junio 1900).

Puesto que el tormento y tentaciones de Satanás en el Calvario no están relacionados directamente con la expiación, cabe pensar que Cristo hubiera podido salvarnos muriendo bajo la tenebrosa carga de la culpabilidad de nuestros pecados (que de otra forma nos habría aplastado a nosotros), SIN el acompañamiento de los dolores añadidos por la crueldad y odio satánicos que vemos, y pudieron ver en la cruz los incrédulos, los que no tenían ni tienen mente espiritual. Esos padecimientos físicos “añadidos” son comunes a cualquier crucifixión, y tristemente es lo único en lo que paran atención los documentos audiovisuales seculares que se refieren a la pasión, o cualquier otra visión superficial de la misma.

Se suscita aquí una pregunta: Si no formaba parte del sacrificio redentor, ¿qué significado tenía entonces esa tortura y tentación? Por supuesto, Satanás estaba procurando dar muerte a Jesús. Ya hemos visto que pagaría gustoso el precio de quedar expuesto como asesino ante el universo. Pero no sólo estaba buscando eso. También podía vencerlo de otra manera: tentándolo hasta hacerlo desistir, o hacerlo caer en pecado. Y eso es lo que procuró mientras Jesús colgaba de la cruz. Lo tentó haciendo que se sintiera abandonado por Dios, maldito de Dios, puesto que estaba colgando de un madero (Gál. 3:13; Deut. 21:23).

El Salmo 22 nos abre una ventana al pensamiento de Jesús en el Calvario, desde que clamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, hasta su victoria por la fe, expresada a partir del versículo 22 (una traducción posible del último versículo, es: “¡Consumado es!”).

La Inspiración parece querer ayudarnos a diferenciar esos dos aspectos: (a) la muerte expiatoria de Cristo entregando su vida por nuestros pecados, y (b) la tortura, tentación y prueba a la que lo sometió el diablo en aquella ocasión, intentando hacerle desistir, pecar o morir.

 (a) En Isaías 53 vemos destacada la muerte expiatoria de Cristo al tomar sobre sí nuestros pecados, que el Padre cargó sobre él, sin encontrar ninguna referencia explícita a la intervención directa de Satanás.

(b) En el Salmo 22, desde los versículos 1 al 11, igual que en Isaías 53, vemos el sufrimiento de Jesús como consecuencia de estar llevando los pecados del mundo, pero a partir del versículo 12 vemos la obra de Satanás tentando y persiguiendo a Cristo, sin referencia a una muerte expiatoria por su parte. Al contrario, en el versículo 20 y 21 del salmo 22, Cristo ruega al Padre que preserve su vida del ataque del maligno. En contraste, en Isaías 53 vemos a Cristo poniendo su vida en expiación por el pecado del mundo (v. 10) con la mansedumbre de un cordero, llevando nuestras iniquidades y pecados que “Jehová cargó en él”, de forma que “por su llaga fuimos nosotros curados”.

En el salmo 22:15, la frase: “me has puesto en el polvo de la muerte” no puede considerarse como una referencia a la muerte expiatoria de Cristo dispuesta por la divinidad. En ese punto Jesús se siente en el polvo de la muerte, no por estar llevando los pecados del mundo, sino “porque perros me han rodeado… horadaron mis manos y mis pies…” sin que el Padre, aparentemente lo evite. No parece tratarse de la angustia de la muerte segunda, consecuencia de cargar los pecados del mundo, sino de su temor a que el maligno malograse su misión dándole muerte, y por eso clama al Padre para que lo libre de ella.

Quizá te hayas preguntado alguna vez cómo pudo David identificarse con lo escrito en el Salmo 22: A partir del versículo 12 es fácil de imaginar, ya que pocos han sido perseguidos en la intensidad en la que lo fue el salmista. Pero, ¿y los primeros versículos, en los que vemos a Jesús oprimido y separado de Dios al llevar los pecados del mundo? Evidentemente ni el salmista ni ningún otro -excepto Cristo- llevó sobre sí los pecados del mundo, pero la forma en que Jesús se sintió bajo la carga de los pecados del mundo es semejante (sólo semejante) a cómo se sentirán los perdidos finalmente bajo la carga de sus propios pecados que no quisieron confesar y abandonar, y también, aunque en menor escala, a cómo se sintió el salmista ANTES de confesar su pecado. Compara el versículo 2 del salmo 22, con los versículos 3 y 4 del salmo 32).

Getsemaní parece ser también esclarecedor al respecto. Allí no vemos a Satanás crucificando, torturando ni intentando dar muerte a Jesús directamente. Sin embargo, el alma de Jesús estaba muy triste “hasta la muerte”, y sabemos por el Espíritu de Profecía que efectivamente, aplastado por el peso de nuestros pecados, Cristo “había gustado los sufrimientos de la muerte por todos los hombres” (El Deseado, p. 643). Eso hace pensar nuevamente que quizá su necesaria muerte redentora pudo haber tenido lugar sin la intervención directa de Satanás (si bien en ese punto no habría sido evidente para el universo cuál era el carácter homicida de Satanás, y eso era necesario para el plan de la redención según la perspectiva del conflicto de los siglos).

(2) Según disposición divina, en el ritual del cordero inmolado, en el caso de los sacrificios ofrecidos por los pecados de “alguna persona del común del pueblo”, quien daba muerte a la víctima no era el sacerdote, sino el propio pecador arrepentido (Lev. 4:28 y 29). El sacerdote proporcionaba el cuchillo al pecador arrepentido, pero era este último quien debía degollar la víctima. Aunque sus pecados fueran los causantes últimos e indirectos del sacrificio, y se requería de él que reconociera que era su pecado el que degollaba a la víctima inocente, el pecador arrepentido no odiaba ni perseguía al cordero. Por supuesto, Satanás es todo lo contrario a un pecador arrepentido. Observa que en esa fase del símbolo no había ningún papel para el diablo. Eso me lleva a concluir que en el Calvario no fue Satanás quien degolló al Cordero, sino nosotros (nuestros pecados con los que él voluntariamente cargó). Satanás sólo persiguió al Cordero.

(3) Observa cómo distingue el salmista las dos cosas que se dieron en el Calvario. Orando al Señor, dijo: “[ellos] persiguieron al que tu heriste” (69:26). Es decir,

(a) TÚ (Jehová) lo “heriste” al cargar en él el pecado de todos nosotros, siendo esa la herida por la que fuimos curados (Isa. 53). Nuestra salvación dependía vitalmente de eso. Allí estaban implicados nuestros pecados, los pecados de todo el mundo en todas las edades.

(b) Mientras tanto, ELLOS (no Jehová) lo “persiguieron”, lo torturaron, lo tentaron. Allí estaba implicada la acción de los romanos y judíos, que eran los agentes satánicos en aquel momento. Parece evidente que Satanás no estaba cooperando con la obra expiatoria de Cristo, sino que estaban intentando evitarla.

Si Cristo hubiese muerto como consecuencia de la intervención directa de Satanás, puesto que esa muerte no habría sido la paga del pecado, se habría tratado sólo de la muerte primera. Eso no nos habría redimido de la paga del pecado, que es la muerte segunda o eterna. Pero al contrario: Cristo murió, no por la obra del diablo, sino “por gracia de Dios [para que] gustase la muerte por todos” (Heb. 2:9). Es fácil observar que la muerte de Cristo no fue la primera, puesto que no es de esa muerte de la que nos libra, sino el equivalente a la segunda o definitiva (a la primera muerte, la Biblia la llama “sueño”, y los cristianos la seguimos sufriendo).

A continuación te explico una de las razones por las que creo que es importante diferenciar la obra de Dios, de la obra de Satanás en el Calvario. La confusión de ambas cosas permite que estemos sin defensa frente a desviaciones que niegan una parte vital de la verdad de la cruz, que es el centro mismo de la obra de la redención (1 Cor. 1:17 y 23; 2:2; 11:26).

Últimamente nos enfrentamos al intento de introducir una idea emparentada con la herejía de Abelardo, por parte de miembros de nuestras iglesias. Esa idea invade ya una parte considerable del catolicismo y protestantismo popular (apóstata).

Esa idea es correcta en lo que afirma: que Cristo nos imputa su perfecta vida de justicia; pero está errada en lo que niega: la muerte expiatoria de Cristo en nuestro lugar. Y en ese punto coincide con la herejía abelardiana que, lo mismo que su variante moderna, sigue el esquema habitual en la génesis de las herejías: comenzar negando alguna parte vital de la verdad, mientras se enfatizan otros aspectos de ella.

Pierre Abelard fue un filósofo y teólogo escolástico francés que vivió hacia el año 1100, y defendía la llamada “teoría de la influencia moral”. Introducía la idea negacionista de que no somos salvos por la muerte de Cristo en lugar nuestro, sino sólo por la contemplación de su vida virtuosa, que tiene en nosotros una “influencia moral” positiva.

La variante moderna consiste básicamente en la afirmación de que somos salvos por la vida de Cristo solamente, pero nunca por su muerte, que consideran circunstancial, no expiatoria y sin relación con nuestra salvación. Al leer en la Biblia lo relativo a la “sangre”, prestan atención solamente al hecho de que representa la vida (de Cristo), pero ignorando sistemáticamente la necesidad del derramamiento de la sangre en referencia a esa transferencia tan costosa encerrada en la muerte expiatoria.

¿Cómo solucionan el problema de que, al tomar sobre sí nuestros pecados, y dado que la paga del pecado es la muerte, tenía que morir ineludiblemente? Según ellos, Cristo habría tomado sobre sí nuestros pecados, no de una forma real, sino sólo figurada, “imputada”, “vicaria”, y eso, según ellos, no implicaba la muerte como consecuencia necesaria. La situación sería esta: Cristo “llevó” nuestros pecados de una forma peculiar en la que éstos no lo condenaban a la muerte, no siendo esta, por lo tanto, central ni imprescindible en el plan de la redención. Eso sí, de forma circunstancial, el odio de Satanás y la degeneración moral producida en el mundo por el pecado, acabaron dando muerte a Cristo de forma accidental e innecesaria. Por supuesto, no pueden aceptar ni comprender la verdad de que la paga del pecado es la muerte eterna, y que Cristo murió el equivalente a la muerte eterna o segunda que merecen nuestros pecados, siendo esa la muerte de la que nos libra.

Una ilustración que emplean frecuentemente es la parábola de la viña de Mateo 21:33. En ella señalan que la intención del “padre de familia” no era la muerte de su hijo; que de no haber sido por la infidelidad de sus labradores habría podido recoger los frutos de su viña sin necesidad de que su hijo muriera en manos de aquellos obreros impíos.

El problema es que según ese mismo razonamiento, el padre de familia, de no ser por la infidelidad de los labradores, tampoco hubiera tenido que enviar a su hijo. Tuvo que enviarlo sólo porque sus siervos fueron rechazados vez tras vez por los obreros impíos. Es decir: si demuestra algo su “particular interpretación” de esa Escritura, es la extraña teoría de que ni siquiera era necesario que el Hijo de Dios viniera a este mundo para salvarnos, lo que cae en el terreno de la más insondable teología-ficción. Un versículo basta para señalar cuán equivocada está la premisa en que se basa esa teo­ría: “El cual mismo [Cristo] llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros siendo muertos a los pecados, vivamos a la justicia: por la herida del cual habéis sido sanados” (1 Ped. 2:24) ¡Eso nos habla de un intercambio! El apóstol estaba citando parcialmente Isaías 53, que es igualmente incompatible con esa teoría. Ver también 2 Cor. 5:21.

Uno de sus argumentos se basa en la premisa equivocada que intento rebatir, la de que Satanás fue el agente causal directo de la muerte de Cristo en la cruz. Dándola por cierta, si creemos que la muerte de Cristo es un hecho básico en nuestra salvación, convertimos a Satanás en nuestro salvador (!) El argumento es espurio, desde luego, y parece disparatado a quien lo escucha por primera vez. Pero eso es así porque nunca antes ha­bíamos pensado en él. Sorpresa e indignación aparte, ¿tenemos una explicación de por qué ese argumento es espurio? Es necesario comprender por qué lo es, y en mi opinión eso requiere distinguir cuál fue el papel de Satanás y cuál el de Dios en el Calvario.

Hay dos textos sagrados que me llamaron la atención a esa distinción, y enseguida te los señalaré, pero permite que primero recalque de nuevo dos conceptos que creo fundamentales:

1º El sacrificio de Cristo fue planeado, dispuesto por la divinidad. El Padre y el Hijo estuvieron de acuerdo (Zac. 6:13, Juan 18:11, Heb. 9:15 y 22, Juan 12:27, 32 y 33, Luc. 9:22, Luc. 22:7). En Primeros Escritos p. 126 vemos que fue por iniciativa del Hijo, quien por tres veces tuvo que insistir para lograr el consentimiento del Padre. Este tuvo una tremenda lucha (es un pasaje precioso, no dejes de leerlo; yo le llamo el Getsemaní del Padre), pero nos amó de tal manera que finalmente accedió a dar a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él crea no se pierda, más tenga vida eterna.

2º La muerte de Cristo es vital para nuestra salvación (Rom. 5:10, Col. 1:21 y 22, 1 Cor. 15:3, Mat. 26:28, Heb. 11:28 y 1 Cor. 5:7). Cuando Cristo oró: “si es posible, pase de mí esta copa”, está claro que no fue posible que esa copa pasara de él. No era posible salvarnos, y al mismo tiempo que pasara de él esa copa. O era lo uno, o lo otro. Para salvarnos tenía que apurar esa copa hasta el final. Su oración fue elevada en Getsemaní, y la copa consistía en la terrible separación del Padre que acabaría en la tenebrosa experiencia de la muerte segunda, consecuencia de llevar sobre sí los pecados del mundo. Tanto el Padre como el Hijo han demostrado repetidamente que nos aman con un amor que desborda lo que podemos concebir: nos prefirieron a nosotros, antes que a ellos mismos. Por cierto, si como pretenden los que defienden esa teoría, no era necesario para salvarnos que Jesús bebiera esa copa –puesto que pidió al Padre que pasara de él-, y aún así el Padre se la hizo beber, ¿acaso no arroja eso sobre el Padre la crueldad que ellos atribuyen a la comprensión bíblica clásica que sostenemos sobre la muerte expiatoria de Cristo?

Estos son los dos textos sagrados que me hicieron recapacitar especialmente:

1º Juan 10:17 y 18:

“Yo pongo mi vida para volverla a tomar. Nadie me la quita, mas yo la pongo de mí mismo”.

En ese “nadie me la quita”, ha de estar incluido Satanás, Herodes, Poncio Pilato, los gentiles y los pueblos de Israel.

2º (del libro Confrontation, de E. White, p. 53):

“Satanás sabía que si Jesús moría para redimir al hombre, su poder cesaría después de un tiempo y sería destruido. Por consiguiente su estudiado plan consistía en prevenir si le era posible que se completara la gran obra que el Hijo de Dios había comenzado”.

El contexto es las tentaciones de Jesús en el desierto.

¿En qué puede consistir “que se completara la gran obra que el Hijo de Dios había comenzado”, si no es en su muerte “para redimir al hombre”? La propia declaración así lo sugiere. Según eso, Satanás sabía que si Jesús moría para redimir al hombre, el éxito de la redención quedaba garantizado y él derrotado. Pero si Satanás lograba “prevenir” que Cristo muriera “para redimir al hombre”, entonces sería él quien triunfara. Es, pues, evidente que la muerte que Satanás procuraba infligir a Jesús no era esa muerte para redimir al hombre. ¡Satanás TEMÍA que Cristo muriera para redimir al hombre! No era eso lo que quería. Sin embargo procuró matarlo en toda ocasión. Eso permite concluir que en la cruz, aunque Satanás intentó dar muerte a Jesús, no lo logró.

Observa cómo, en Hebreos 10:4-14, que trata de la muerte sacrificial de Cristo para nuestra salvación, no hay ningún papel visible reservado a Satanás. Ya he citado Isaías 53, capítulo dedicado a la muerte redentora –expiatoria- de Jesús. Tampoco en él hay una alusión directa a Satanás, que carece de protagonismo en la escena (en según qué traducciones de la Biblia, el versículo 8 puede parecer una alusión a la agresión directa de su pueblo, pero las traducciones más literales expresan ese versículo en términos similares a lo que leemos en vers. 4 y 5. Así lo traduce Ediciones Paulinas: “herido de muerte por los pecados de mi pueblo”).

En Juan 12, Jesús se refirió a su muerte, ilustrada por la necesidad de que el grano caiga en tierra y muera a fin de llevar fruto, y exclamó: “Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? Padre, sálvame de esta hora. Mas para esto he venido en esta hora” (24-27). Es como un antecedente de su petición en Getsemaní de que si era posible pasara de él esa copa. Pero Cristo sabía que había venido especialmente para esa hora, para morir por la redención del hombre. El grano debía caer en tierra y morir, a fin de llevar fruto. Satanás intentó dar muerte a Cristo varias veces por apedreamiento, pero dice la Biblia que “no había llegado su hora” todavía. En contraste, para Satanás cualquier hora era buena para dar muerte a Jesús, con tal que sirviera para evitar que el Redentor hiciera el sacrificio supremo, que significaría su derrota y el triunfo del plan de la redención. Con ese fin Satanás empleó a los que estaban bajo su influencia. Lo intentó en el asesinato decretado por Herodes a todos los bebés del pueblo hebreo, a través de los diversos intentos de apedreamiento, y en cierta ocasión a través de los propios familiares de Jesús que no creían en él, y que lo desafiaban a que realizara actos precipitados que sin duda lo habrían llevado a su muerte prematura –no redentora- en manos de los judíos. Lo puedes leer en Juan 7:1-6.

Así pues, Satanás procuró matar a Jesús desde el pesebre hasta el Calvario. No lo logró al principio, Y TAMPOCO AL FINAL, pues el Padre preservó la vida de Cristo hasta permitir que muriera “para redimir al hombre”, ANTES de que el diablo lograra darle muerte y frustrara su sacrificio redentor. Hay que recordar que la muerte de los crucificados solía producirse entre el 5º y 7º día, pero Jesús no estuvo más de seis horas en la cruz. Cuando fueron a romper las piernas de los dos ladrones crucificados a derecha e izquierda de Jesús para precipitar su muerte y evitar que siguieran allí tras la puesta de sol del viernes, no tuvieron que hacer lo mismo con él, pues ya había entregado su vida, ya había “consumado” su sacrificio redentor del hombre.

Resumiendo, esta podría ser una lectura parafraseada del texto de E. White:

“Satanás sabía que si Jesús moría para redimir al hombre [como consecuencia de cargar con nuestros pecados según el plan divino], su poder cesaría después de un tiempo y sería destruido. Por consiguiente su estudiado plan consistía en prevenir si le era posible que se completara la gran obra que el Hijo de Dios había comenzado [procurando darle muerte antes de que pudiera experimentar la muerte redentora consecuencia de llevar nuestros pecados, según el designio divino]”.

Así pues, el Calvario, la hora del aparente triunfo de las potestades de las tinieblas, fue la más aplastante y absoluta derrota de Satanás, quien quedó definitivamente expuesto ante el universo como asesino, sin haber logrado su propósito de asesinar al Hijo de Dios. No es, pues, extraño que Pablo no quisiera gloriarse en nada que no fuera precisamente la cruz de Cristo.

Según el Espíritu de Profecía, el propio Satanás lo comprendió allí mismo, incluso antes de la resurrección de Cristo:

“Satanás estaba entonces derrotado. Sabía que su reino estaba perdido. Los ángeles se regocijaron cuando fueron pronunciadas las palabras: ‘Consumado es’. El gran plan de redención, que dependía de la muerte de Cristo, había sido ejecutado hasta allí” (Joyas de los testimonios, vol. I, p. 228).

Hay que prestar atención a algunos pasajes que aparentemente “confunden” los dos aspectos que he tratado de diferenciar. Estos son tres de ellos. Se trata de predicaciones de Pedro poco tiempo después de la crucifixión, resurrección y ascensión de Jesús:

“A éste, entregado por determinado consejo y providencia de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole” (Hech. 2:23).

Matasteis al Autor de la vida, al cual Dios ha resucitado de los muertos; de lo que nosotros somos testigos” (Hech. 3:15).

“El Dios de nuestros padres levantó a Jesús, al cual vosotros matasteis colgándolo en un madero” (Hech. 5:30). (Hay otros textos similares: Hech. 10:39; 1 Tes. 2:15, etc).

Esa expresión: “matasteis”, ¿significa que no fueron nuestros pecados llevados voluntariamente por Jesús, puestos sobre él por el Padre, los que causaron su muerte redentora, sino que al contrario, fueron los actores locales la causa inmediata de su muerte? Creo que no es esa la consecuencia necesaria de lo que expresan.

Siendo que el propio Jesús dijo que nadie le quitaba la vida y que era él quien la ponía de sí mismo, ¿podía Pedro hacer esa acusación de asesinato a su auditorio? Creo que sí, que la podía hacer perfectamente, puesto que para Dios la “culpa” está en la intención, no necesariamente en la consecución del hecho (Mat. 5:21 y 22). Jesús dijo de Satanás: “homicida ha sido desde el principio” (Juan 8:44). Eso lo dijo antes de ser crucificado, y la expresión “el principio” se refiere a un período indudablemente anterior, en el que probablemente Satanás aún no había “matado” a nadie de forma visible. Pero tanto al “principio” como en la cruz -a pesar de no haber logrado su propósito-, es evidente que Satanás puede ser perfectamente calificado de asesino, lo mismo que los judíos contemporáneos de Cristo, sin implicar con ello que la muerte de Cristo fuera el resultado de su acción directa.

Puesto que se trata de un problema del corazón y radica en la intención, dicha acusación no puede quedar limitada a Satanás y a sus agentes en el Calvario. Todo el que lea hoy Hechos 2:23, 3:15 y 5:30, puede y debe saber que la Palabra que lee ES CIERTA aplicada a sí mismo. Cuando esos sermones fueron pronunciados en Pentecostés, tuvieron un fruto abundante, y la implicación personal de cada pecador en la crucifixión, mediante su mente carnal enemistada con Dios, es un elemento vital del mensaje que no de­biéramos ignorar hoy.

Es oportuno recordar aquí estos dos pasajes del Espíritu de Profecía:

[en referencia a la oración de Jesús en la cruz: ‘Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen’]: “Esa oración de Cristo por sus enemigos abarcaba al mundo. Abarcaba a todo pecador que hubiera vivido desde el principio del mundo o fuese a vivir hasta el fin del tiempo. Sobre todos recae la culpabilidad de la crucifixión del Hijo de Dios” (El Deseado, p. 694).

“A menos que individualmente nos arrepintamos ante Dios de la transgresión de su ley, y ejerzamos fe en nuestro Señor Jesucristo, a quien el mundo ha rechazado, estaremos bajo la plena condenación merecida por aquellos que eligieron a Barrabás en lugar de Jesús. El mundo entero está acusado hoy del rechazo y asesinato deliberados del Hijo de Dios” (Testimonios para los ministros, p. 38).

Y sin embargo es evidente que el mundo entero de “hoy” no es el agente directo de la muerte de Cristo en la cruz, ocurrida hace dos mil años (ya he mencionado que sí lo es moralmente, en la intención, pero no en el hecho histórico).

Así pues, se puede decir al mundo entero hoy: “Matasteis al Autor de la vida”, puesto que la mente carnal es enemistad contra Dios, no se sujeta a la ley de Dios ni está en su posibilidad hacerlo (Rom. 8:7). La ley citada es la ley del amor (agape), que sólo puede venir de Dios (Rom. 5:5), lo que significa que el hombre inconverso no puede ejercer el amor de Dios, sino que está en enemistad contra él; es su enemigo, y esa enemistad contiene en ella misma el germen de su autor, que es homicida desde el principio. Pero se trata en todo caso de homicidio –en realidad asesinato- en la intención, en lo que respecta a Dios.

Creo que el mensaje que dio Pedro, lo dio en el mismo sentido en que E. White escribió esas dos declaraciones, y por lo tanto su aplicación es perfectamente válida para el que lo lea personalmente en su Biblia hoy, y tratándose de un asesinato “en grado de atentado”, ciertamente no excluye el hecho de la muerte expiatoria de Cristo dispuesta por la Divinidad, consecuencia de tomar sobre sí nuestros pecados.

Es mi parecer que tanto los escritores del Nuevo Testamento como E. White se refirieron frecuentemente al sacrificio expiatorio de Cristo sin hacer esa distinción que estoy tratando de enfatizar, y pudieron así decir de los actores locales: “matasteis”, o bien referirse a la crucifixión como al hecho prominente que señala el sacrificio expiatorio de Cristo (en el tiempo y el lugar, más que en la esencia). Un ejemplo de ello lo encuentro en El Deseado, p. 728: “Al dar muerte a Cristo [in putting Christ to death], los sacerdotes se habían hecho instrumentos de Satanás…”, o en la página 722: “Cuando la gente supo que Jesús había sido ejecutado [put to death] por los sacerdotes…” ¿Significa eso que E. White negaba, ignoraba o minimizaba el hecho que busco destacar? No parece que tal fuera el caso, ya que en ese mismo capítulo especifica:

“Pero no fue el lanzazo, no fue el padecimiento de la cruz, lo que causó la muerte de Jesús. Ese clamor, pronunciado ‘con grande voz’, en el momento de la muerte, el raudal de sangre y agua que fluyó de su costado, declaran que murió por quebrantamiento del corazón. Su corazón fue quebrantado por la angustia mental. Fue muerto por el pecado del mundo” (p. 717)

“Su jadeante aliento se fue haciendo más rápido y más profundo, mientras su alma agonizaba bajo la carga de los pecados del mundo” (Id., p. 708)

Una explicación para mí posible de por qué existen esas declaraciones en apariencia contradictorias, es esta: el Señor, a la vez que quiere que sepamos que nadie le quitó la vida, sino que él la puso en nuestro favor tomando voluntariamente sobre sí nuestros pecados, quiere también que conozcamos cuáles fueron las intenciones de Satanás y sus agentes, las de nuestra mente carnal, ya que esa es la mejor ilustración de la tenebrosa malignidad de quien se entrega al pecado, por pequeño que este pueda parecer “al principio”, antes de desarrollarse (Juan 8:44).

Así pues, expresiones en el registro inspirado, como “cruz”, “crucifixión”, “crucificado”, etc, aluden frecuentemente al hecho central, único, de la muerte expiatoria o redentora de Cristo por llevar los pecados del mundo ocurrida en ocasión de dicha crucifixión, más bien que al hecho de la propia crucifixión, que no es único ni singular, sino común a esa forma de tortura aplicada a infinidad de mártires, antes y después de Cristo.

Este ha sido mi esfuerzo por señalar “que Cristo fue muerto por nuestros pecados, conforme a las Escrituras” (1 Cor. 15:3).

 

No quisiera acabar sin referirme antes a dos textos empleados habitualmente en la defensa de la teoría que he llamado variante del abelardismo.

1/ Somos “salvos por su vida” (Rom. 5:10). Es curioso que la primera parte del versículo afirma lo que esa herejía niega: que “siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo”. El problema de la herejía no es lo que afirma, sino lo que niega. Estamos de acuerdo en que somos salvos por su vida. Pero dado que en el pasaje citado se habla primeramente de la muerte de Jesús como causa de la reconciliación, y luego de su vida (en futuro), es posible que se esté refiriendo a la vida de Cristo después de resucitar y ascender: a lo que se refiere Hebreos 7:25 hablando del sacerdocio de Cristo, quien puede “salvar eternamente a los que por él se allegan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos”.

2/ Jesús dijo antes de su muerte: “Yo te he glorificado en la tierra: he acabado la obra que me diste que hiciese” (Juan 17:4). Si había “acabado la obra” antes de su muerte, eso significaría que su muerte no formaba parte de dicha obra, según pretende esa teoría. Pero eso sólo se puede entender así en una lectura superficial. Esa oración es la oración sacerdotal de Jesús. El problema es que Jesús, cuando estuvo en esta tierra, no era sacerdote (siendo de la tribu de Judá y no de la de Leví, Heb. 8:4). Inició su ministerio sacerdotal al derramarse la lluvia temprana, después de ascender, por lo tanto después de su muerte. Leyendo la oración en su contexto se hace evidente que es una oración profética y referida a un tiempo futuro en el que Cristo ya habría entregado su vida, resucitado, ascendido e iniciado su sacerdocio intransferible (Heb. 7:24). Se trata de la oración de intercesión que Jesús pronuncia cuando ya no está en esta tierra, en el sentido en que siguen estando sus discípulos (v. 11 y 12), sino que está ya en el cielo junto al Padre, a quien pide que “donde yo estoy, ellos estén también conmigo” (v. 24). ¿Qué sentido tendría su petición, referida al momento –previo a su muerte- en el que Jesús estaba con sus discípulos?

 

En relación a esta importante cuestión que planteas: “¿Qué valor tendría su muerte en naturaleza como Adán antes de la caída?”, esta es mi comprensión:

Nuestro problema con el pecado es doble: De una parte cometemos pecados, y eso hace que estemos condenados por la ley.

Pero eso no es todo: además, al pecar nuestros primeros padres, nuestra naturaleza se degradó, se hizo pecaminosa; es decir, tendente al pecado y débil (incapaz de obrar el bien). En la Biblia se expresa de varias maneras, una de ellas como “la ley del pecado que hay en mis miembros” (Rom. 7). Observa que se trata de una ley; no de un pecado ni de varios o muchos pecados. Es como la ley de la gravedad: esa ley NO ES la caída de ningún objeto, sino la fuerza de atracción de la tierra sobre los objetos sometidos a su campo gravitatorio, haciendo que tiendan a caer hacia ella. La “ley del pecado”, nuestra naturaleza pecaminosa, TAMPOCO es ningún pecado en ella misma (¡es una ley!) Dios no nos culpa ni nos condena por nacer con esa naturaleza (como pretende la herejía calvinista del pecado original). Pero aunque Dios no nos haga responsables por nacer con esa naturaleza caída, lo cierto es que poseerla nos descalifica para el cielo. Dicha naturaleza caída (tendencia), lo mismo que nuestro carácter (pecados), está en necesidad de redención.

Mediante el plan de la salvación, Dios aborda ambos problemas: el del pecado que cometemos, y el de la naturaleza pecaminosa que heredamos. Ambas cosas nos descalifican para el cielo, aunque sólo la primera implique culpabilidad. Luego intentaré razonar por qué Cristo tuvo que tomar esas dos cosas.

“A pesar de que los pecados de un mundo culpable pesaban sobre Cristo, a pesar de la humillación que implicaba el tomar sobre sí nuestra naturaleza caída…” (El Deseado, p. 87).

Hago aquí una pausa para considerar cómo esa naturaleza caída nuestra que Jesús tomó en su encarnación, lo “descalificaba” también a él para el cielo (dicho con toda reverencia, en el sentido de que Jesús no pudo llevar al cielo la naturaleza humana caída que tomó en su nacimiento, debiendo dejarla en la tumba). Cuando Jesús vino a esta tierra, se encarnó “en el cuerpo de nuestra bajeza”. Así lo afirma E. White en El Deseado, p. 15. Pero según Filipenses 3:21, Jesús no introdujo en el cielo ese cuerpo de nuestra bajeza, pues ahora está allí en “el cuerpo de su gloria”. El cuerpo que nos dará cuando esto corruptible sea transformado en incorrupción, a la final trompeta, será semejante al suyo glorificado, aquel con el que salió vencedor de la tumba.

Así, la redención requería solucionar también el problema de nuestra naturaleza pecaminosa o caída. La pregunta importante es:

¿Podía redimirnos de esa naturaleza pecaminosa, sin tomarla sobre sí?

Hemos de prestar atención a la forma en la que Cristo redime, recordando siempre que el problema del pecado es doble: los actos de pecado de una parte, y la naturaleza pecaminosa de otra. Los dos hacen su aparición en la caída. Ninguno de los dos formaba parte del plan de Dios para el hombre, y ambos han de ser abordados.

Varios versículos son esclarecedores al respecto de cuál es el método consistentemente empleado en la obra redentora de Cristo; cuál es la condición bajo la cual puede efectuar dicha obra:

1/ Gálatas 3:13. Versículo breve, pero cargado de significado en las dos verdades vitales que enuncia:

a/ Qué fue lo que Cristo hizo: “nos redimió de la maldición de la ley” (esa maldición es la desobediencia a la ley, vers. 10), y

b/ Cómo lo hizo, qué método siguió (aquí está el punto que quiero destacar): “hecho por nosotros maldición”.

Este es el punto principal, que el Salvador no puede redimir aquello que no asume. Sólo podía redimirnos de la maldición de la ley, haciéndose maldición por nosotros. Por lo tanto, tuvo que tomar nuestros pecados sobre sí, y tuvo que tomar nuestra naturaleza sobre sí: no la naturaleza de Adán antes de la caída, que no estaba necesitada de redención; sino la nuestra, caída, pecaminosa. Jesús tenía que vencer el pecado en el terreno de la debilidad (Rom. 8:3).

2/ “Al que no conoció pecado, hizo pecado por nosotros, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:21). Sólo pudo redimirnos del pecado, haciéndose pecado él mismo.

3/ “Hecho de mujer”, “hecho súbdito a la ley” (como todo hijo de Adán y Eva después de la caída) “para que redimiese a los que estaban debajo de la ley” (Gál. 4:4). Una vez más: sólo podía redimir a los que estaban bajo la ley, asumiendo esa misma condición de estar bajo la ley. Y por cierto, sólo el que está bajo la ley puede morir, ya que “el aguijón de la muerte es el pecado, y la potencia del pecado, la ley” (1 Cor. 15:56).

4/ Y especialmente Hebreos 2:14, que relaciona la muerte expiatoria de Cristo con la necesidad de que tomara la misma naturaleza que “los hijos”, “la simiente de Abraham” (v. 16), “los hermanos” (v. 17), expresiones todas ellas que sólo tienen sentido al ser aplicadas a la naturaleza pecaminosa del hombre después de la caída. “Por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte”. Sólo tomando sobre sí esa muerte, podía destruir al que tenía el imperio de la muerte, y sólo podía hacerlo participando de la misma naturaleza que “los hijos”.

Resumiendo: a fin de ser idóneos para el cielo, necesitamos aceptar (1) la vida de perfecta obediencia de Jesús en nuestro lugar, lo que nos hace ser justos en Cristo, (2) aceptar la muerte de Cristo llevando nuestros pecados (de la paga de los cuales nos libra), lo que hace que seamos perdonados en Cristo, y (3) aceptar la redención de nuestra naturaleza pecaminosa igualmente llevada por Cristo. Sólo eso nos permitirá estar “en lugares celestiales en Cristo” (Efe. 1:3).

Eso nada tiene que ver con la herejía de la carne santa, ya que sucede igual que sucedió con Cristo: es sólo después de su muerte y resurrección cuando fue librado de dicha naturaleza pecaminosa (en el caso de los creyentes de la última generación, en la traslación, “a la final trompeta”).

“Y juntamente nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los cielos con Cristo Jesús” (Efe. 2:6).

Quizá te sorprenda el uso de la expresión “naturaleza pecaminosa” aplicada a la naturaleza humana que Cristo tomó al venir a esta tierra. No se trata de mi idea personal. La hermana White fue pionera en emplearla explícitamente. Que yo sepa, al menos en dos ocasiones. Una de ellas está en un libro traducido al castellano (aunque probablemente no esté a la venta actualmente). El original es Medical Ministry, p. 181: “He took upon His sinless nature our sinful nature”. Esta es una traducción literal posible: “Sobre su naturaleza impecable tomó nuestra naturaleza pecaminosa”, o como aparece traducida en el libro correspondiente en castellano, titulado El ministerio médico, p. 237: “Él tomó sobre su naturaleza sin pecado nuestra naturaleza pecaminosa”, que sigue siendo igualmente esclarecedora.

 

Con respecto a la necesidad de muerte para la remisión de los pecados, y a la razón de esa necesidad, pienso que, efectivamente, es la ley de Dios, su carácter, la que lo exige (auto-exige). Pero no hay que ver en ello ninguna disposición arbitraria. La dádiva de Dios es vida eterna, pero es el propio pecado el que lleva en sí la muerte (no un decreto divino de condenación, Rom. 6:23). El hecho de que Satanás esté aún vivo parece contradecir ese principio, pero en El Deseado, p. 713, E. White afirma que el diablo habría perecido si se le hubiera dejado cosechar los resultados de su pecado, en cuyo caso el universo no habría podido discernir plenamente su carácter.

Parece lógico: Dios es vida, justicia y amor. El pecado es rebelarse contra Dios y apartarse de él mediante el egoísmo, odio e injusticia. ¿Es extraño que al rechazar a Dios, única fuente de vida, sobrevenga la muerte? ¿Qué puede resultar de rechazar el amor, la justicia y la vida?

“Este no es un acto de fuerza arbitraria de parte de Dios. Los que rechazaron su misericordia siegan lo que sembraron. Dios es la fuente de la vida; y cuando uno elije el servicio del pecado, se separa de Dios, y se separa así de la vida” (El Deseado, p. 712).

Así pues, en la muerte no hay que ver primariamente un castigo de Dios, sino algo consustancial con el pecado. Y es mi convicción que también la muerte de Cristo en nuestro favor hay que verla así. Intentaré explicar mi razón para ello, que está ligada a una comprensión de la muerte de Cristo en nuestro lugar, no en sentido vicario, sino identitario (si es que existe esa palabra).

La “ley” no dice que el pecado de alguien haya que saldarlo con la muerte de otro cualquiera, que sería la noción pagana de satisfacción. Esa temprana corrupción pagana de la verdad llevó en ocasiones al ofrecimiento de sacrificios humanos para aplacar a los dioses, y actualmente suele llevar a la gracia barata: ‘Puedo seguir aferrado a mi vida de pecado, puesto que hay un tal Jesús de Nazaret que hace dos mil años murió para pagar por los pecados de todos’.

Pero ningún juez en esta tierra admitiría como justa una sentencia que exculpara al criminal, y en su lugar hiciera recaer la pena en un inocente, por más voluntario que se prestara al intercambio.

Esto es lo que dice la ley: “El alma que pecare, ESA morirá” (Eze. 18:4). También Deut. 24:16, Éxo. 32:33, etc.

Piensa ahora en este versículo: “El que es muerto, justificado es del pecado” (Rom. 6:7).

Para entenderlo imagina que robo un banco, y me atrapan. Me imponen una pena de prisión y efectivamente, la cumplo. Una vez salgo de la cárcel, salgo libre (justificado); totalmente libre. ¿Por qué? ¿Por qué nunca he transgredido? No. Salgo libre (justificado) porque, aunque he transgredido, he pagado por la transgresión: he saldado la deuda.

Pero el dilema moral del hombre es peor, porque el delito requiere que pague con su vida, y si muere para pagar la deuda de su pecado, una vez muerto, ¿de qué le sirve haber quedado libre? Ahora, si pudiera pagar su deuda muriendo, y volver después a vivir, entonces la cosa funcionaría, ya que “el que es muerto, justificado es del pecado”.

Cristo tiene la solución para ese dilema que resulta imposible para el hombre, y consiste en incorporarnos a él, haciendo que muramos en él, para darnos después una nueva vida a cambio: su vida perfecta y eterna (2 Cor. 5:17).

Cuando leemos que Cristo “llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero”, o que “Jehová puso en él el pecado de todos nosotros”, hemos de pensar que nuestro pecado, nuestros pecados, no es algo que se pueda separar de nosotros, no es nada parecido a una “parte” separable o individualizable. Nuestro pecado es un estado de nuestro carácter, implica nuestra identidad: es todo nuestro ser, nuestra alma, “nosotros”. Es imposible que Cristo tomara sobre sí “nuestros pecados”, sin tomarnos a nosotros en ello. Creo que hemos de entender esas expresiones como significando que cuando Cristo tomó nuestros pecados, nos tomó a nosotros. Cierto, de una forma en que no podemos comprender, pero recuerda la insistencia del Antiguo Testamento en que el redentor había de ser necesariamente el pariente más próximo (el goel).

De igual manera en que todos estábamos en Adán cuando éste pecó (sin intervención voluntaria ni culpa por nuestra parte), también estábamos todos en Cristo cuando vino a esta tierra a redimirnos con su vida y su muerte (igualmente sin intervención personal ni mérito por nuestra parte). En ocasión del bautismo de Jesús, “Dios acepta la humanidad en la persona de su Hijo”. “Las palabras dichas a Jesús a orillas del Jordán: ‘Este es mi Hijo amado, en el cual tengo contentamiento’, abarcan a toda la humanidad”, “Él ‘nos hizo aceptos en el Amado’” (El Deseado, p. 86 y 87). Esa es una de las formas en que se puede entender la expresión “en Cristo” o “en él” en sentido objetivo, histórico. Otra forma de entender la expresión es por nuestra aceptación, por nuestra fe y experiencia, de forma subjetiva; ambas son válidas y expresan momentos diferentes en la salvación.

Una ilustración de eso se encuentra en Romanos 5:12-21. El versículo 14 nos presenta a Adán como siendo “figura de Cristo”. ¿En qué sentido cabe considerar a Adán como una figura de Cristo (o postrer Adán)? ¿En que los dos hicieron lo bueno? -No. ¿En qué los dos hicieron lo malo? -Tampoco. Si algo nos quiere decir ese pasaje por encima de todo, es que en esto son comparables Adán y Cristo, en esto se puede decir que Adán es una figura de Cristo: en que de igual forma en que el pecado de Adán nos afectó a todos, puesto que todos estábamos en Adán cuando pecó, así también la “justicia” de Cristo nos afecta a todos, puesto que él nos tomó a todos cuando vino a este mundo y se hizo “nosotros” al tomar nuestros pecados y pagar por ellos.

Por eso Emmanuel, que es el nombre de Jesús, no significa ‘Dios con él’ (con Cristo), sino “Dios con nosotros” (porque él nos incluye a “nosotros”, Mat. 1:23). “Así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados” (1 Cor. 15:22). Unos para vida eterna, y otros para la segunda resurrección, el juicio y la muerte eterna; pero según el plan de Dios, todos son vivificados, todos reciben el don de la vida, aunque unos la malogren finalmente (ver  Hech. 24:15 y El conflicto de los siglos p. 599). “Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo a sí, no imputándole sus pecados” (2 Cor. 5:19). Si no le estaba imputando sus pecados al mundo es porque los estaba imputando a sí mismo, y cubriéndolo a cambio con su justicia, y así, en un sentido puramente histórico, objetivo y legal, estaba “justificando” al mundo; es decir, estaba tratándolo como si fuera justo, como si no tuviera pecado. La vida es inseparable de la justicia, y el hecho de que el mundo “viva” es demostración de estar bajo esa atmósfera de gracia que evita temporalmente la paga del pecado, que de otra forma significaría la muerte eterna e inmediata:

“La penalidad de la más mínima transgresión de la ley es la muerte, y de no ser por Cristo, el Abogado del hombre, sería aplicada de forma sumaria sobre cada ofensor” (This Day with God, p. 246).

[Cristo] “actuó en lugar de Dios en favor de la humanidad, salvando a la raza de la muerte inmediata” (Conflict and Courage, p. 20).

El Cordero de Dios inmolado desde el principio del mundo ya ha salvado al mundo de la muerte inmediata. Por eso se lo puede llamar con toda propiedad Salvador del mundo (Juan 4:42, 1 Tim. 4:10). Ya ha imputado (temporalmente) a todo ser humano su justicia antes de que este lo sepa, antes de que nazca y antes de que crea, y esa es la única razón por la que está vivo y tiene la oportunidad de aceptar el don de Cristo para vida eterna. Eso significa que podemos presentar a Cristo al pecador, no sólo como a nuestro Salvador, sino también como al que es ya su Salvador (Isa. 44:22).

[El Señor] “Nos salvó y llamó con vocación santa, no conforme a nuestras obras, mas según el intento suyo y gracia, la cual nos es dada [no sólo ofrecida] en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos” (2 Tim. 1:9).

“A la muerte de Cristo debemos aun esta vida terrenal. El pan que comemos ha sido comprado por su cuerpo quebrantado. El agua que bebemos ha sido comprada por su sangre derramada. Nadie, santo o pecador, come su alimento diario sin ser nutrido por el cuerpo y la sangre de Cristo. La cruz del Calvario está estampada en cada pan. Está reflejada en cada manantial” (El Deseado, p. 615).

Según esa comprensión, cuando Cristo murió al pecado, todos morimos en él (de forma histórica, objetiva); es decir, nuestra deuda quedó saldada en él. La pagó él, pero no separadamente de nosotros, de forma meramente vicaria, sino que Cristo se identificó con nosotros, se hizo nuestro pariente más próximo, nos incorporó a él, y así morimos en él, y “el que ha muerto, justificado es del pecado”. Al comprenderlo así, “el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: Que si uno murió por todos, luego todos son muertos” (2 Cor. 5:14). Es decir: Cristo nos tomó sobre sí y murió por nosotros después de haberse hecho “nosotros”, con lo que queda satisfecha la ley que dice que el alma que pecare, esa morirá. Nos da a cambio su vida, su vida eterna, y al comprender eso, su amor nos conmueve y motiva de tal forma, que ya no queremos vivir más para nuestros intereses egoístas, para el pecado que lo crucificó, sino para Aquel que murió por nosotros.

Así entiendo también Romanos 7:1-4. “Así también vosotros, hermanos míos, estáis muertos a la ley por el cuerpo de Cristo” (v. 4), y Romanos 6:3-7.

“Estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os vivificó juntamente con él, perdonándoos todos los pecados” (Col. 2:13).

Eso es el aspecto objetivo, histórico: lo que Cristo hizo por nosotros y por el mundo de forma incondicional y soberana, sin nuestro conocimiento, consentimiento o colaboración (1 Juan 2:2). Por cierto, todo eso es cierto también de la Creación, que la Escritura emplea frecuentemente como figura de la Redención.

Ese evangelio objetivo, histórico, incondicional, lo que Cristo hizo por nosotros, es la base sólida y el fundamento inamovible sobre el que se construye todo el edificio de la verdad. Pero eso no es el todo. No termina ahí. Para que obtengamos personalmente sus beneficios plenos, para poder ser salvos como los seres libres que Dios creó al principio, para que no recibamos “en vano la gracia de Dios” (2 Cor. 6:1), para que ese sacrificio o muerte identitaria o incorporativa (otras dos palabras que no sé si existen) sea eficaz para vida eterna, hemos de validarlo en nuestra experiencia: hemos de aceptar la muerte de Cristo como nuestra muerte, lo que implica morir al pecado, y en ese sentido se puede hablar de la muerte sustitutoria de Cristo como compartida (en contraposición con vicaria).

“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y vivo, no ya yo, mas vive Cristo en mí…” (Gál. 2:20).

“Es palabra fiel: Que si somos muertos con él, también viviremos con él” (2 Tim. 2:11)

“¿Pues qué diremos? ¿Perseveraremos en pecado para que la gracia crezca? En ninguna manera. Porque los que somos muertos al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?” (Rom. 6:1 y 2. Ver también 9-12; 2 Cor. 5:17, Col. 2:20, 3:1-3, 1 Ped. 2:24, etc).

No estamos hablando ahora ya de aquella justificación objetiva e histórica (con un efecto universal pero temporal), sino de nuestra elección, de nuestra forma de aceptarla: es la justificación por la gracia, recibida por la fe (o en su formato resumido: la justificación por la fe).

Esa visión me ayuda a comprender mejor la necesidad de muerte para la remisión del pecado, de acuerdo con el carácter sabio, justo, misericordioso y deliciosamente próximo del Señor, de una forma que me concierne, que trasciende en mi experiencia diaria. Espero que de alguna forma pueda ser también de ayuda para ti.

No quiero terminar sin recomendarte la lectura de los capítulos ‘El Getsemaní’, ‘El Calvario’ y sus contiguos, en El Deseado, y sobre todo estos otros: Historia de la redención, p. 43 a 53 y 228 a 237, así como Joyas de los Testimonios vol. I, p. 217 a 233, y El camino a Cristo, p. 13 a 15. Mi estudio ha sido analítico, y quizá te sea útil desde el punto de vista de la razón, pero el amor de Cristo revelado en la cruz no se puede entender sólo de forma intelectual, y es por eso que te remito encarecidamente a las lecturas precedentes. Allí no puedes temer que haya alguna idea equivocada, y eso te permitirá emplear al máximo, no sólo los poderes de la razón, sino también los de la emoción.

“Debemos reunirnos en torno a la cruz, Cristo, y Cristo crucificado, debe ser el tema de nuestra meditación, conversación y más gozosa emoción” (El camino a Cristo, p. 104).

“Cuando los hombres y las mujeres puedan comprender plenamente la magnitud del gran sacrificio que fue hecho por la Majestad del cielo al morir en lugar del hombre, entonces será magnificado el plan de la salvación, y al reflexionar en el Calvario se despertarán emociones tiernas, sagradas y vivas en el corazón del cristiano; vibrarán en su corazón alabanzas a Dios y al Cordero. El orgullo y la estima propia no pueden florecer en los corazones que mantienen frescos los recuerdos de las escenas del Calvario… Es un pecado permanecer sereno y desapasionado ante él. Las escenas del Calvario despiertan la más profunda emoción. Tendrás disculpa si manifiestas entusiasmo por este tema” (Joyas de los testimonios, vol. I, p. 229).

 

Que el Señor te bendiga en todo.

 

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