La doctrina 

sobre 

la naturaleza humana de Cristo 

en el Adventismo

 desde 1950

  

Edición revisada

 

 

Bruno W. Steinweg (1986)


 

 

Índice

  

1.          Incursión en el adventismo de la doctrina de la naturaleza del Adán impecable

2.          Retorno de la doctrina de la naturaleza de Cristo después de la caída

3.          Voces discordantes, tensiones y llamamientos a la fe y la unidad

4.          Acontecimientos posteriores a 1980

5.          La confrontación en Ministry de 1985

6.          Observaciones sobre la “Carta a Baker”


 

 

Introducción

 Esta es la cuestión en la que se centra un estudio histórico reciente sobre la cristología adventista: “¿Vino Cristo a nuestra tierra encarnado en la naturaleza humana de Adán antes de la caída, o bien en la naturaleza humana del hombre caído?” (“The Word Was Made Flesh”, Ralf Larson, Manuscrito de 1985, p. 10). Dicho estudio incluye un análisis de los artículos publicados en las principales revistas adventistas, los libros escritos por autores adventistas, Boletines de la Asociación General, libritos de Escuela Sabática y el gran volumen de artículos y libros que E. White escribió. Comenzando desde 1852 y llegando hasta 1952 –aproximadamente-, tanto teólogos como administradores, así como la propia E. White, hablaron con una sola voz: Cristo, en su encarnación, vino en la naturaleza del hombre caído.

A partir del año 1950 comenzaron a oírse voces discordantes. Un ex redactor adventista ha descrito los acontecimientos en estos términos:

“En 1950 el adventismo inició una impresionante remodelación. Diversas doctrinas que habían molestado durante años a teólogos puristas fueron objeto de público funeral... Destacadas entre ellas se encuentran las de una expiación en dos fases, y la naturaleza pecaminosa tomada por Cristo... Bajo la influencia del cortejo evangélico en los años 1950, los dirigentes adventistas pusieron en marcha un proceso cuyas consecuencias fueron incapaces de prever. El panorama tradicional adventista cambió radicalmente” (Dennis E. Priebe, “Will the Real Gospel Please Stand Up”, The Voice of Present Truth, Invierno, 1980, p. 12. -También en el folleto Pilgrim’s Rest, FF-331, “Studies in the Nature of Christ”, primera parte de tres-. Aage Rendalen, ex redactor adventista en Noruega, citado por D.E. Priebe).

Pero una vez oficiados los funerales de la doctrina sobre la naturaleza humana caída [tomada por Cristo en su encarnación], y una vez terminado el duelo, el espíritu entró en aquellos huesos y empezaron a cubrirse de carne, tendones y piel, de forma que lo que no parecía más que huesos secos pronto recobró la vida y se puso en pie (ver Eze. 37:1-10).

En este estudio histórico nos proponemos analizar los acontecimientos relativos a la muerte y resurrección de la enseñanza adventista sobre la naturaleza humana que Cristo tomó, alcanzando hasta el tiempo presente.        


 

 

Incursión en el adventismo de la doctrina de la naturaleza del Adán impecable

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 Entre los libros adventistas importantes que fueron objeto de revisión por parte de Review and Herald hacia finales de la década de 1940, figura “Bible Readings for the Home Circle” (“Las hermosas enseñanzas de la Biblia”). En 1949 se encargó al profesor D.E. Rebok la revisión del manuscrito. En la página 174, en la sección “A Sinless Life” (una vida sin pecado), la edición original afirmaba que durante su encarnación en esta tierra, Cristo “participó de nuestra naturaleza caída y pecaminosa”. El pastor Froom consideró esa afirmación “desafortunada”. Aseveró que “no era correcta”, y por lo tanto se la eliminó (L.E. Froom, “Movement of Destiny”, p. 427 y 428).

W.H. Branson, en “Drama of the Ages” (publicado en 1953), sostuvo firmemente la posición de que Jesús participó de la naturaleza pecaminosa del hombre. Parece que al ser publicado ese libro en Australia, un pastor de aquella División protestó contra dos expresiones: “carne pecaminosa” y “naturaleza pecaminosa”, escribiendo directamente al autor. El pastor Branson pidió pronto a la institución publicadora en Australia que hiciera los siguientes cambios: Sustituir “carne pecaminosa” por “carne actual”, y sustituir “naturaleza pecaminosa” por “nuestra naturaleza”. Se llevaron a cabo cambios idénticos en las ediciones procedentes de las imprentas de América. Se dejó como estaba el resto del texto, que favorecía la postura de que Cristo tomó la naturaleza humana posterior a la caída (W.H. Branson, “Drama of the Ages”, p. 69, 88 y 89. Tomado de B.W. Steinweg, “Studies in the Human Nature of Christ in His Incarnation”, 1972, p. 48 (basado en un manuscrito no publicado recibido de L.E. Froom).

F.D. Nichol, que en 1952 era redactor de Review and Herald, expresó su preocupación por la actitud crítica de los suscriptores adventistas:

“Los adventistas enseñan que, en común con el resto de la humanidad, Cristo nació con una naturaleza pecaminosa. Eso equivale a decir que también su corazón era ‘engañoso más que todas las cosas... y perverso’ ” (F.D. Nichol, redactor, “Could Christ have Committed Sin”? Review and Herald, 10 julio, 1952).

Nichol continuó así: “Los Adventistas no han hecho nunca una declaración formal sobre el tema, en sus creencias fundamentales. La única declaración en nuestra literatura que podría considerarse como verdaderamente autorizada, es la que escribió E. White”. Después de haberse referido extensamente a lo escrito en “El Deseado de todas las gentes”,  p. 15 y 32, continuó en estos términos:

“Eso es creencia adventista. Y nos adherimos a esa enseñanza porque vemos que concuerda con la revelación y con la razón. Obsérvese lo siguiente:

1. Pablo afirma que Dios envió a su Hijo ‘en semejanza de carne de pecado’ (Rom. 8:3).

2. El apóstol especifica que Cristo ‘no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham’ (Heb. 2:16); que participó de ‘carne y sangre’ (vers. 14).

3. Pablo lo enfatiza inmediatamente en su otra declaración: ‘Por lo cual [Cristo] debía ser en todo semejante a los hermanos’ (vers. 17).

4. Pablo recalca que Cristo ‘fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado’ (Heb. 4:15)”.

Y Nichol lo resumió en términos explícitos:

“Dicho de otro modo, los adventistas creen que Cristo, el ‘postrer Adán’, poseía en su faceta humana una naturaleza como la del primer Adán: una naturaleza libre de cualquier mancha contaminante de pecado, pero capaz de responder al pecado, y que dicha naturaleza se hallaba lastrada por los efectos debilitantes de cuatro mil años de la incursión del pecado en el cuerpo, el sistema nervioso y el entorno del hombre” (Id, p. 15).

Hacia el final del segundo artículo editorial sobre el mismo tema, explica:

“Cuando hablamos de mancha de pecado, del germen de pecado, hemos de recordar que estamos utilizando lenguaje metafórico. Los críticos, especialmente quienes leen las Escrituras con una óptica calvinista, interpretan la expresión ‘carne pecaminosa’ de una forma en que la teología adventista no requiere... Nosotros entendemos por esa expresión que Cristo tomó sobre sí la simiente de Abraham, y que fue hecho en ‘semejanza de carne de pecado’, pero los críticos no están dispuestos a aceptarlo” (Id., 17 julio, 1952, p. 13. –Los sentimientos expresados en las dos editoriales de 1952 quedan reflejados en el libro de F.D. Nichol: “Answers to Objections”, 1953, Objeción nº 94, p. 389-397).

En 1955 el pastor L.E. Froom mantuvo cierta correspondencia con E. Schuler English, redactor de la revista Our Hope, publicada en Philadelphia. En un artículo editorial, E.S. English había escrito sobre los Adventistas, afirmando que se trataba de un grupo que “desprecia la Persona y obra de Cristo”. Se refería a lo que había leído en la edición original de “Bible Readings” a propósito de que Cristo, en su encarnación, “participó de nuestra naturaleza caída y pecaminosa”. Al pastor Froom le cupo el placer de informar a E.S. English que ya en 1949 nos habíamos dado cuenta de que “eso no era correcto”, y que tal expresión se había eliminado (L.E. Froom, “Movement of Destiny”, p. 468 y 469).

Comenzando en 1955 y continuando hasta 1956, tuvo lugar una serie de dieciocho encuentros con los representantes evangélicos Donald Grey Barnhouse, redactor de la revista Eternity, y Walter Martin, bautista experimentado en debates y especialista en sectas, quien estaba haciendo los preparativos para escribir lo que vendría a ser “The Truth About Seventh-Day Adventists” (La verdad sobre los Adventistas del Séptimo Día). Se llevó a cabo la investigación formulando una serie de preguntas, a las que los adventistas debían dar respuesta. Un grupo de dirigentes encabezado por L.E. Froom preparó las respuestas en palabras cuidadosamente escogidas. El resultado de ese esfuerzo por expresar las creencias adventistas en la terminología empleada de forma habitual en los círculos teológicos, fue el consabido libro “Seventh-Day Adventists Answer Questions on Doctrine”, publicado en 1957, y al que se dio amplia circulación (Id., p. 476-481).

El apartado ‘Question 6’ (p. 50-65) trata de la naturaleza humana de Cristo en su encarnación, y viene respaldado por una compilación de declaraciones de la pluma de E. White en el ‘Apendix B’ (comenzando en la p. 647). Esa compilación es la misma que publicó en el año 1856 la revista Ministry, cuya sección III lleva por título: “Tomó la naturaleza impecable de Adán antes de la caída”. En “Questions on Doctrine”, simplemente: “Tomó la naturaleza humana impecable”.

En la página 383 de “Questions on Doctrine” (edición de 1957), se lee:

“Vino a la humanidad, no por generación natural, sino por un milagro. Su nacimiento fue sobrenatural; Dios era su Padre. Si bien nacido en la carne, no obstante era Dios, y estaba exento de las pasiones heredadas y poluciones que corrompen a los descendientes naturales de Adán. Fue “sin pecado”, no solamente en su conducta exterior, sino en su naturaleza misma. Pudo decir con verdad: viene el príncipe de este mundo y él nada tiene en mí (Juan 14:30)”

Pero antes de que se hubiera secado la tinta en las páginas de “Questions on Doctrine”, comenzaron a oírse voces de protesta. M.L. Andreasen, veterano profesor de Biblia, en sus “Letters to the Churches”, Serie A, nº 1, “The Incarnation –Was Christ exempt?”, citó “El Deseado de todas las gentes”, p. 92: “Cristo tomó sobre sí las flaquezas de la humanidad degenerada. Únicamente así podía rescatar al hombre de las profundidades de su degradación”. Andreasen continuó así:

“Sólo colocándose al nivel de la humanidad que había venido a salvar, pudo Cristo demostrar al hombre cómo vencer sus debilidades y pasiones. Si los hombres con quienes se asociaba hubiesen pensado que él estaba exento de las pasiones con las que ellos tenían que batallar, su influencia habría quedado inmediatamente destruida, y se lo habría considerado como a un impostor” (M.L. Andreasen, “Letters to the Churches”, p. 8., publicado por Unwalled Village Publishers, P.O. Box 5, Platina, CA 96076).

Al poco tiempo, A.L. Hudson, en su obra “Supporting Brief”, denunció la falta de honestidad escolástica e intelectual. Reprodujo lo que había afirmado Ministry en su editorial de setiembre de 1956 a propósito de la compilación de los materiales del Apéndice B de “Questions on Doctrine” en su publicación inicial:

“Este número de Ministry presenta, en su sección ‘Counsel’, una exposición tan abarcante de ese tema como la que puede encontrarse en los escritos de E. White... Hasta donde hemos sido capaces de descubrir, esa compilación representa plenamente la comprensión de la mensajera del Señor sobre la cuestión...”

No obstante, la buena fe y la honestidad escolástica exigen que ese Apéndice B incluya todas las declaraciones conocidas de E. White sobre el tema. Se suscita aquí la cuestión de por qué no quedaron incluidas selecciones de los siguientes manuscritos: MS. 21, 1895; MS. 141, 1901; Carta 121, 1897; MS. 1, 1892. Todos esos manuscritos figuran en el volumen VII del Comentario Bíblico Adventista (p. 935-942) (A.L. Hudson, Supporting Brief. Informe en apoyo de una resolución propuesta sobre el libro Questions on Doctrine, sometida a los delegados de la 45ª Convención de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, 1958, p. 3, 4).

Como un ejemplo de “confusión no disimulada”, Hudson señala una cita de Review and Herald del 28 de julio de 1874. La parte subrayada se omitió en la cita que figura en la página 652 de “Questions on Doctrine”:

“El Hijo de Dios se humilló y tomó la naturaleza del hombre después de que la raza humana ya hacía cuatro mil años que se había apartado del Edén y de su estado original de pureza y rectitud. Durante siglos, el pecado había estado dejando sus terribles marcas sobre la raza humana, y la degeneración física, mental y moral prevalecía en toda la familia humana.

Cuando Adán fue atacado por el tentador en el Edén, estaba sin mancha de pecado. Estaba en toda la fortaleza de su perfección delante de Dios. Todos los órganos y facultades de su ser estaban igualmente desarrollados y armoniosamente equilibrados.

En el desierto de la tentación, Cristo estuvo en el lugar de Adán para soportar la prueba que éste no había podido resistir. Aquí venció Cristo en lugar del pecador, cuatro mil años después de que Adán dio la espalda a la luz de su hogar. Separada de la presencia de Dios, la familia humana se había apartado cada vez más, en cada generación sucesiva, de la pureza, la sabiduría y los conocimientos originales que Adán poseyera en el Edén. Cristo llevó los pecados y debilidades de la raza humana tal como existían cuando vino a la tierra para ayudar al hombre. Con las debilidades del hombre caído sobre él, en favor de la raza humana había de soportar las tentaciones de Satanás en todos los puntos en los que pudiera ser atacado el hombre” (Review and Herald, 28 julio 1874; Id, p. 4. Ver “Mensajes Selectos”, vol. I, p. 313 y 314. En 1982 (?) se constituyó en Loma Linda una Comisión para la Revisión de “Questions on Doctrine”, que presentó al Consejo de la Asociación General un memorando al respecto).

La propuesta de Hudson para que los delegados de la 48ª Asamblea de la Asociación General, en 1958, autorizaran una revisión de “Questions on Doctrine”, demostró ser demasiado optimista.

En 1974, Gordon M. Hyde, entonces director del Instituto de Investigación Bíblica de la Asociación General, escribió un resumen de los acontecimientos relacionados con la posición de “Questions on Doctrine”:

“En correspondencia con lo presentado en ‘Questions on Doctrine’ se llegó a un consenso: se asumió la postura pre-lapsaria [que Cristo tomó la naturaleza humana como la de Adán en su condición previa a la caída en el pecado]. En un Apéndice del libro se aportaron numerosas citas de los escritos de E. White, y éstas se interpretaron como apoyando la posición pre-lapsaria.

Es bien conocido que no todos estuvieron de acuerdo con el enfoque de “Questions on Doctrine”, y ciertamente uno o dos prominentes eruditos de la Biblia entre nosotros, así como dirigentes de algunos grupos disconformes, tomaron una actitud negativa ante el enfoque presentado y defendieron enérgicamente la posición post-lapsaria [que Cristo tomó la naturaleza del hombre después de la caída]. En general, no obstante, pareció prevalecer la posición de “Questions on Doctrine”, y fue adoptada por los dirigentes de la iglesia como siendo la posición correcta, y así fue presentada en algunas de las polémicas que tuvieron lugar al tratar con grupos o individuos disconformes” (Gordon M. Hyde, “A Response Regarding the Nature of Christ During the Incarnation”, 20 agosto 1974).

“Questions on Doctrine” se imprimió en ocho ediciones, totalizando unos 150.000 ejemplares (Pilgrim’s Rest, Folleto WM-111, “The Martin-Johnsson Debate”, 1985, p. 2).

“Movement of Destiny”, el libro optimista del pastor L.E. Froom publicado en 1971, pretendía convertir en permanentes las nuevas posiciones defendidas en “Questions on Doctrine”. Se hizo todo lo posible para promocionar ese estudio histórico dentro y fuera de la iglesia, con el fin de establecer la posición pre-lapsaria entre los Adventistas del Séptimo Día. En los ‘agradecimientos’ del libro, se nos dice:

“Un destacado médico adventista (que queda en el anonimato) hizo posible –junto a los recursos dedicados- la presentación inicial simultánea de 1.500 ejemplares de regalo el día de su publicación, a 550 profesores de Biblia seleccionados de universidades, seminarios, colegios y misiones, así como a una veintena de editores fuera del continente, y a cincuenta locutores alrededor del globo –y a ciertos otros grupos de importancia clave. Esa provisión incluyó 500 ejemplares para las bibliotecas de nuestras 114 escuelas de formación para las misiones, para su uso en la formación de nuestros estudiantes nacionales” (L.E. Froom, “Movement of Destiny”, 1971, ver “Agradecimientos” en la página inicial).

La Review and Herald Publishing Association nos informa amablemente que hasta la fecha se han impreso 20.000 ejemplares de “Movement of Destiny”.

Gordon M. Hyde prosigue describiendo el estado de las cosas a finales de 1971:

“Cuando murieron algunos dirigentes y algunos disconformes modificaron su forma de disentir, el tema de la naturaleza de Cristo vino de alguna forma a tranquilizarse” (Hyde, Op. Cit, p. 1).

La percepción de muchos era que la posición pre-lapsaria había quedado bien asentada, mientras que la post-lapsaria había caído en el olvido.

Pero retrocedamos una vez más. Entre los años 1953 y 1957 aparecieron los siete volúmenes del “Cometario Bíblico Adventista”. En el prefacio, el pastor William H. Branson escribió:

“Me produce especial satisfacción una característica de esta abarcante obra. Al final de cada capítulo hay una referencia cruzada -o índice- a los pasajes de los escritos de Ellen G. White que comentan los diversos textos en ese capítulo” (p. 10 en el original inglés).

Junto a dichas referencias al final del capítulo, se han agrupado al final de cada uno de los volúmenes declaraciones adicionales de E. White a partir de “manuscritos inéditos y de artículos de diversas revistas, tales como Review and Herald, que no se habían incluido en ninguno de los libros existentes de E. White”. Reproduciremos aquí algunas declaraciones inequívocas relacionadas con la naturaleza humana de Cristo:

 

Volumen I

p. 1099 (sobre Gén. 3:15):

“¡El Rey de gloria dispuesto a humillarse descendiendo hasta el nivel de la humanidad caída! Colocaría sus pies en las pisadas de Adán. Tomaría la naturaleza caída del hombre y entraría en combate para contender con el poderoso enemigo que triunfó sobre Adán” (“Redemption, o The Temptation of Christ”, p. 15).

 

Volumen IV

p. 1169 (sobre Isa. 53:2 y 3)

“Pensad en la humillación de Cristo. Tomó sobre sí la naturaleza caída y doliente del hombre, degradada y contaminada por el pecado. Tomó nuestros dolores, llevó nuestro pesar y nuestra vergüenza. Soportó todas las tentaciones con las que es acosado el hombre. Unió la humanidad con la divinidad; un espíritu divino moraba en un templo de carne. Se unió a sí mismo con el templo. ‘Aquel Verbo fue hecho carne; y habitó entre nosotros’, porque al hacer eso podía relacionarse con los pecaminosos y dolientes hijos e hijas de Adán” (Youth Instructor, 20 diciembre 1900).

 

Volumen V

p. 1055 (sobre Mat. 4:1-4)

“El Redentor –en quien se unían tanto lo humano como lo divino- estuvo en el lugar de Adán y soportó un terrible ayuno de casi seis semanas. La duración de ese ayuno es la más poderosa evidencia de los alcances de la pecaminosidad y el poder del apetito depravado sobre la familia humana” (RH, 4 agosto 1847).

p. 1057 (sobre Mat. 4:1-11):

“Entonces Cristo venció en lugar del pecador, cuatro mil años después de que Adán dio la espalda a la luz de su hogar. La familia humana, separada de la presencia de Dios, se había apartado más y más, generación tras generación, de la pureza original, de la sabiduría y el conocimiento que Adán poseía en el Edén. Cristo llevó los pecados y las debilidades de la raza humana en la condición en que ésta se encontraba cuando él vino a la tierra para socorrer al hombre. En favor de la raza humana y con las debilidades del hombre caído sobre sí, debía resistir las tentaciones de Satanás en todos los puntos en los cuales sería atacado el hombre...”

“¡En qué contraste se halla el segundo Adán cuando entra en el sombrío desierto para hacer frente a Satanás sin ayuda alguna! La raza humana había ido disminuyendo en estatura y vigor físico desde la caída, y hundiéndose más y más en la balanza del valor moral, hasta el momento en que Cristo vino a la tierra. Y Cristo debía llegar hasta donde estaba el hombre caído, para levantarlo. Tomó la naturaleza humana y llevó las debilidades y la degeneración de la raza. El que no conoció pecado se convirtió en pecado por nosotros. Se humilló hasta las mayores profundidades de la miseria humana a fin de poder estar calificado para llegar hasta el hombre y elevarlo de la degradación en que lo había sumido el pecado” (Review and Herald, 28 julio 1874).

p. 1089 (sobre Luc. 1:35):

“Tomó las debilidades de la naturaleza humana para ser probado y tentado...”

p. 1098 (sobre Luc. 22:44):

“Cristo no tomó sobre sí una humanidad sólo aparente. Tomó la naturaleza humana y vivió la naturaleza humana...”

“Él tomó nuestras debilidades. No sólo fue hecho carne, sino fue hecho a semejanza de carne de pecado...” (Carta 106, 1896).

p. 1102 (sobre Juan 1:1-3, 14)

“No lo presentéis ante la gente como un hombre con tendencias al pecado. Es el segundo Adán. El primer Adán fue creado como un ser puro y sin pecado, sin una mancha de pecado sobre él; era la imagen de Dios. Podía caer, y cayó por la transgresión. Por causa del pecado su posteridad nació con tendencias inherentes a la desobediencia. Pero Jesucristo era el unigénito Hijo de Dios. Tomó sobre sí la naturaleza humana, y fue tentado en todo sentido como es tentada la naturaleza humana. Podría haber pecado; podría haber caído, pero en ningún momento hubo en él tendencia alguna al mal...

Que Cristo pudiera ser tentado en todo como lo somos nosotros y sin embargo fuera sin pecado...

Él se humilló cuando vio que estaba en forma de hombre para poder comprender la fuerza de todas las tentaciones que acosan al hombre” (Carta 8, 1895).

 

Volumen VI

p. 1074 (sobre Rom. 5:12-19):

“Fue al desierto en la carne humana para ser tentado por el enemigo. Sabe lo que es tener hambre y sed. Conoce las debilidades y flaquezas de la carne. Fue tentado en todo como nosotros somos tentados” (MS 76, 1903).

 

Volumen VII

p. 916 (sobre Fil. 2):

“La humanidad del Hijo de Dios es todo para nosotros. Es la áurea cadena eslabonada que une nuestras almas con Cristo, y mediante Cristo con Dios” (MS 67, 1898).

p. 938 (sobre Heb. 2:14-16):

“En Cristo se unieron lo divino y lo humano: el Creador y la criatura. La naturaleza de Dios, cuya ley había sido transgredida, y la naturaleza de Adán, el transgresor, se encontraron en Jesús: el Hijo de Dios y el Hijo del hombre” (MS 141, 1901).

p. 941 (sobre Heb. 4:15):

“Cuando le damos a su naturaleza humana un poder que no es posible que tenga el hombre en sus conflictos con Satanás, destruimos la integridad de su humanidad” (MS 1, 1892).

“Satanás mostró su conocimiento de los puntos débiles del corazón humano, y puso en acción su poder hasta el máximo para aprovecharse de las debilidades de la humanidad que Cristo había tomado para vencer sus tentaciones en lugar del hombre” (Review and Herald, 1 abril 1875).

“No necesitamos colocar la obediencia de Cristo, por sí misma, como algo para lo cual él estaba adaptado particularmente debido a su naturaleza especial y divina, pues estaba delante de Dios como representante del hombre y fue tentado como sustituto y fiador del hombre. Si Cristo hubiese tenido un poder especial del cual no dispone el hombre, Satanás le hubiera sacado provecho” (MS 1, 1892).

En el cuerpo del “Comentario Bíblico Adventista”, en la parte referida a Romanos 8:3 (“En la carne”), encontramos lo siguiente:

“Cristo se enfrentó al pecado y lo venció, y lo condenó en la esfera en la que previamente había ejercido su dominio y poder. La carne –escenario de los anteriores triunfos del pecado- se convirtió ahora en el campo de su derrota y expulsión” (p. 558).

En los comentarios sobre Heb. 4:15 (“Sin pecado”), figura lo siguiente:

“Aquí radica el insondable misterio de la perfecta vida de nuestro Salvador. La naturaleza humana fue conducida por primera vez a la victoria sobre su tendencia natural al pecado, y a causa de la victoria de Cristo sobre el pecado nosotros también podemos triunfar sobre él” (p. 440).

El año siguiente a la publicación de “Questions on Doctrine”, el White Estate publicó “Mensajes Selectos”, vol. I. Las diferentes secciones del libro no están, en general, referidas a un tema concreto. Pero una de las secciones (p. 313-340) pone al alcance una serie de artículos publicados por la Sra. White en The Review and Herald en 1874, bajo el título: “La Tentación de Cristo”. Comienza con la totalidad del texto citado [con omisiones] en el Apéndice B de “Questions on Doctrine” que Hudson señaló como tendencioso. Destaca el marcado contraste entre Adán y Cristo:

“Cristo no estuvo en una situación tan favorable para resistir las tentaciones de Satanás en el desolado desierto, como lo estuvo Adán cuando fue tentado en el Edén. El Hijo de Dios se humilló y tomó la naturaleza del hombre después de que la raza humana ya hacía cuatro mil años que se había apartado del Edén y de su estado original de pureza y rectitud. Durante siglos, el pecado había estado dejando sus terribles marcas sobre la raza humana, y la degeneración física, mental y moral prevalecía en toda la familia humana.

Cuando Adán fue atacado por el tentador en el Edén, estaba sin mancha de pecado. Estaba en toda la fortaleza de su perfección delante de Dios. Todos los órganos y facultades de su ser estaban igualmente desarrollados y armoniosamente equilibrados.

En el desierto de la tentación, Cristo estuvo en el lugar de Adán para soportar la prueba que éste no había podido resistir. Aquí venció Cristo en lugar del pecador, cuatro mil años después de que Adán dio la espalda a la luz de su hogar. Separada de la presencia de Dios, la familia humana se había apartado cada vez más, en cada generación sucesiva, de la pureza, la sabiduría y los conocimientos originales que Adán poseyera en el Edén. Cristo llevó los pecados y las debilidades de la raza humana tal como existían cuando vino a la tierra para ayudar al hombre. Con las debilidades del hombre caído sobre él, en favor de la raza humana había de soportar las tentaciones de Satanás en todos los puntos en los que pudiera ser atacado el hombre”.

En los párrafos introductorios de esos artículos sobre las tentaciones de Cristo, E. White hace una aplicación inusual de 2 Cor. 5:21. Obsérvese el contexto (p. 313 y 314):

“Desde la caída, la raza humana había estado disminuyendo en tamaño y en fortaleza física, y hundiéndose más profundamente en la escala de la dignidad moral, hasta el período del advenimiento de Cristo a la tierra. Y a fin de elevar al hombre caído, Cristo debía alcanzarlo donde estaba. Él tomó la naturaleza humana y llevó las debilidades y la degeneración del hombre. El que no conoció pecado, llegó a ser pecado por nosotros. Se humilló a sí mismo hasta las profundidades más hondas del infortunio humano a fin de poder estar calificado para llegar hasta el hombre y elevarlo de la degradación en que el pecado lo había sumergido” (atributo de cursivas no figura en el original).

En la misma sección encontramos una aplicación similar de 2 Cor. 5:21:

El Salvador del mundo se convirtió en pecado por la raza humana. Al convertirse en el sustituto del hombre, Cristo no manifestó su poder como el Hijo de Dios. Se ubicó en la misma categoría de los hijos de los hombres. Había de llevar la prueba de la tentación como hombre, en lugar del hombre, bajo las más angustiosas circunstancias, dejando un ejemplo de fe y perfecta confianza en su Padre celestial” (p. 326, atributo de cursivas no figura en el original).

El uso de 2 Cor. 5:21 en ese contexto expresa lo que E. White comprendía en ese texto: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado”... una descripción de la naturaleza humana degenerada, caída, pecaminosa, que Cristo asumió en su encarnación. (La aplicación más frecuente de ese texto por parte de E. White es en referencia al sufrimiento y muerte de Cristo, como se puede comprobar en las siguientes citas: CT 22-23; FE 272; ML 11; MM 27; 1SM 240, 322, 392; 1T 482; 5T 229 –en inglés-).

Los “Comentarios de E. White” al final de cada volumen del “Comentario Bíblico Adventista”, y la sección citada de “Mensajes Selectos”, ayudaron a que se mantuviera vivo aquello que por toda apariencia se había olvidado. Sobre ese tema se publicó muy poco más en los libros y revistas denominacionales, desde la aparición del “Comentario” hasta finales del año 1971.

La impronta que dejaron en la iglesia “Questions on Doctrine” y “Movement of Destiny” en relación con la naturaleza de Adán previa a la caída como siendo la que Cristo tomó en su encarnación, queda reflejada en una carta reciente procedente del Instituto de Investigación Bíblica:

“Esa [la concepción de una naturaleza previa a la caída] es la posición que la iglesia adoptó públicamente en 1957, en la impresión y amplia distribución del libro “Questions on Doctrine”. Es también la posición que hemos venido enseñando en nuestro Seminario por más de 30 años. No es un punto de vista nuevo” (Frank B. Holbrook, Carta a Lloyd Rosenvold, 3 febrero 1983, citada en “Which Gospel?” de Lloyd Rosenvold, edición revisada, marzo de 1983, p. 8).

Así pues, por el tiempo en que L.E. Froom escribió “Movement of Destiny” (1971), “Questions on Doctrine” estaba logrando su propósito. Lo estaban citando “muchos miles de eruditos de diversas confesiones y territorios... muchos cientos”. Las “claras declaraciones... sobre su naturaleza [de Cristo] y vida impecables durante la encarnación, y el trascendente acto de la expiación consumado en la cruz, son los factores determinantes... Aceptan “Questions on Doctrine” como fiable y representativo, digno de ser citado. Tal fue la esperanza y propósito que animaron su preparación, y que acabó logrando su objetivo” (L.E. Froom, “Movement of Destiny”, p. 492).  


 

 

Retorno de la doctrina sobre la naturaleza de Cristo después de la caída

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 Algunos de los dirigentes adventistas habían abrigado la esperanza de que a partir de la publicación y amplia distribución de “Questions on Doctrine” los adventistas hablarían con una sola voz sobre la naturaleza humana de Cristo. Aunque se había venido oyendo una voz de protesta durante catorce años, otras más estaban cobrando valor para hacerse oír.

Gordon M. Hyde, por entonces director del Instituto de Investigaciones Bíblicas (Biblical Research Institute) de la Asociación General, observó un cambio, un “reavivamiento”. Se estaban levantando voces.

“Pero en los últimos tres o cuatro años [escrito en agosto de 1974] se ha producido algo así como un reavivamiento de las discusiones, tanto de parte de ciertos redactores de la Review en sus artículos editoriales, como en algunas de las publicaciones de grupos que disienten (sea que estén técnicamente dentro, o fuera de la membresía de la iglesia)” (Gordon M. Hyde, “A Response”, 20 agosto 1974, p. 2).

Entre las primeras publicaciones denominacionales que manifestaron su apoyo al concepto post-lapsario sobre la naturaleza humana de Cristo (incluso antes de la publicación de “Movement of Destiny”) figura una declaración escondida en un libro devocional publicado en 1967, cuyo autor fue Thomas A. Davis, uno de los redactores de Review and Herald. El autor está comentando sobre la entrada del pecado en este mundo y el plan divino de la redención:

“Durante miles de años continuó ese estado de cosas sin sentido, vicioso, rematadamente incomprensible. Y durante todo ese tiempo el hombre se fue haciendo cada vez más vil y degenerado.

El siguiente evento es casi increíble. Es demasiado grandioso como para comprenderlo. El poderoso Creador, que había situado en su órbita este átomo que es nuestro mundo, vino él mismo a hacerse participante de la carne y sangre del hombre pecaminoso, e hizo su habitación en este pequeño planeta que había creado.

¡Sorprendente condescendencia! Si hubiera tomado sobre sí mismo la forma del impecable Adán, habría sido ya un sacrificio infinito. Pero fue aún mucho más lejos que eso cuando vino en la forma del hombre degradado por miles de años de pecado.

Y entonces –asombraos, oh cielos- el Creador se entregó en manos de aquellos a quienes había creado, permitiendo que abusaran de él, lo difamaran, y finalmente lo clavaran en una cruz, sobre la que murió la muerte de los desechados en esta tierra.

A la vista de un sacrificio como ese, ¿qué cabe decir o hacer? Desde luego, lo menos que podemos hacer es entregarle nuestro corazón, y dar testimonio a otros acerca de su maravillosa gracia” (Thomas. A. Davis, “Preludes to Prayer”, 1966, p. 346).

“Romanos para el hombre de cada día”, publicado por Thomas A. Davis el año 1971, incluye el siguiente comentario a propósito de la frase de Romanos 8:3, “Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado”:

“En ese texto nos vemos confrontados con uno de los más profundos misterios de la deidad, sobre el que E.G. White nos advierte así: ‘Sed cuidadosos, sumadamente cuidadosos en vuestra forma de tratar la naturaleza humana de Cristo’.

[E. White] escribió al propósito: ‘Jesús aceptó la humanidad cuando la raza humana había sido debilitada por cuatro mil años de pecado. Como todo hijo de Adán, aceptó los resultados de la operación de la gran ley de la herencia... Vino con una herencia tal para participar de nuestros pesares y tentaciones, y para darnos el ejemplo de una vida sin pecado’ ” (Davis, “Romans for the Everyday Man”, 1971, p. 104).

En ese mismo libro (p. 105) encontramos una introducción al estudio de Harry Johnson titulado “The Humanity of the Savior”, publicado en 1962. Johnson presenta a una veintena de teólogos, comenzando por Gregorio de Niza hasta nuestros tiempos. Tras haber probado que el Nuevo Testamento apoya que Cristo asumió la naturaleza humana caída, se refiere a los diversos defensores de tal posición:

“Los defensores de la teoría no son muchos; la doctrina ha venido siendo objeto de negligencia a través de los siglos del pensar cristiano; a menudo ha sido, no solamente olvidada, sino incluso rechazada... En la sección IV intentaremos explicar por qué durante diecinueve siglos el pensamiento cristiano ha prestado tan escasa atención a esa doctrina fundada en el Nuevo Testamento” (Harry Johnson, “The Humanity of the Savior”, 1962, p. 129).

Herbert E. Douglass, otro de los redactores de la Review and Herald, fue el autor de tres artículos “Christian Editorials” hacia finales de 1971 y enero del 1972, así como de un artículo que fue su continuación, en el número del 24 de febrero del 1972. En la introducción, Douglass desarrolló el tema del “gran conflicto” basándose en Romanos 8:3 y 4: “Lo que era imposible para la Ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado, y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne”.

“En primer lugar, los ángeles sabían lo que estaba en juego. Hacía tiempo que habían oído las acusaciones de Satanás al propósito de que ‘Dios era injusto, que su ley era defectuosa, y que el bien del universo requería que fuese cambiada’; habían oído largamente sus dudas en cuanto a ‘si el Padre y el Hijo tenían suficiente amor hacia el hombre para obrar con tal abnegación y espíritu de sacrificio’ (“Patriarcas y Profetas”, p. 55 y 56).

En segundo lugar, lo habían oído declarar que ‘los seres humanos habían demostrado ser incapaces de guardar la ley de Dios’ (“Mensajes Selectos”, vol. I, p. 295).

En esa primera Navidad los gozosos ángeles supieron que el dramático momento había llegado. Su amado Señor había entrado personalmente en el combate... Demostraría que aquello que había requerido de los seres humanos caídos, era algo factible. ‘La Majestad del cielo se hizo cargo de la causa del hombre y con la misma ayuda que puede obtener el hombre resistió las tentaciones de Satanás así como el hombre debe resistirlas’ (Id)” (Herbert E. Douglass, “The Humanity of the Son of God is Everything to Us”, Review and Herald, 23 diciembre 1971).

En el segundo artículo editorial Douglass continúa considerando la razón por la que Cristo debió tomar la naturaleza caída del hombre:

“Todos los demás pasos en el plan de la salvación, incluyendo la resurrección de los fieles en los tiempos del Antiguo Testamento, dependían absolutamente del éxito que Jesús tuviera como participante con nosotros del conflicto con la tentación. Si Cristo, ante el universo expectante, no hubiera vencido bajo las mismas condiciones en las que debe vivir el hombre, entonces nadie podía esperar vencer...

‘Si no hubiera sido participante de nuestra naturaleza, no podría haber sido tentado como lo ha sido el hombre’ (“Mensajes Selectos”, vol. I, p. 477).

‘Resistió a la tentación mediante el poder que puede tener el hombre. Se aferró del trono de Dios, y no hay un hombre o mujer que no pueda tener acceso a la misma ayuda mediante la fe en Dios’ (Id, p. 478).

Reflejar el carácter de Jesús es una meta alcanzable que será lograda en una demostración remarcable por parte de los fieles de la última generación de adventistas. El equipo espiritual básico que permitió triunfar a Jesús será plenamente aprovechado por la última generación, y serán así capacitados para vivir sin pecado” (Douglass, “Jesús nos mostró lo posible”, Review and Herald, 30 diciembre 1971).

En la clausura de esa serie de editoriales, Douglass continúa exponiendo el concepto de “generación final”.

“Como sustituto del hombre demostró que éste puede vivir sin pecar. ‘Así también hemos de vencer nosotros como Cristo venció’” (“El Deseado de todas las gentes”, p. 354).

“Jesús no recurrió a ventajas que no estuvieran al alcance de todo ser humano. Solamente su fe constituye el secreto de su triunfo sobre el pecado. ‘La victoria de Cristo y su obediencia son las de un verdadero ser humano... Cuando le damos a su naturaleza humana un poder que no es posible que tenga el hombre en sus conflictos con Satanás, destruimos la integridad de su humanidad” (E. White, “Comentario Bíblico Adventista”, vol. VII, p. 941).

‘Aquí está la perseverancia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús’ (Apoc. 14:12). La fe de Jesús produce como resultado el carácter de Jesús; tal es la meta de todos quienes desean formar parte de esa notable demostración de vida semejante a la de Cristo, protagonizada por la última generación de adventistas...

La última generación de aquellos que ‘guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús’ deshará definitivamente toda posible duda al respecto de si los seres humanos que se atienen al poder de Dios pueden resistir con éxito toda tentación a la complacencia propia y al pecado” (Douglass, “The Demonstration that Settles Everything”, Review and Herald, 6 enero 1972).

Durante unos cuantos años, a partir de esos artículos “editoriales navideños”, Herbert E. Douglass volvió a escribir, en la misma época del año, artículos editoriales en los que llamaba la atención a la naturaleza humana de Cristo, y a la razón por la que aceptó la humanidad (Douglass, “Why the Angels Sang” –Por qué cantaron los ángeles- Review and Herald, 21 diciembre 1972; Douglass, “Emmanuel -God With Us” –Emmanuel: Dios con nosotros- Review and Herald, 20 diciembre 1973; Douglass, “The Mystery of the Manger” –El misterio del pesebre- Review and Herald, 19 diciembre 1974).

En 1972, unos quince años después de la publicación de “Questions on Doctrine” (1957), existía el sentimiento de que las citas de E. White en el Apéndice B habían sufrido en las manos de los compiladores. Poco tiempo después de que fuera publicado el volumen 7 A del “Comentario Bíblico Adventista” en el que estaban incluidos los Apéndices A, B y C de “Questions on Doctrine” –inmortalizándolos de esa forma-, el Instituto de Investigación Bíblica aportó a modo de Suplemento a la revista Ministry de febrero de 1972 una nueva edición de las mismas citas del Apéndice B: “Naturaleza de Cristo durante la encarnación”. La introducción afirma:

“En el análisis posterior a la publicación de “Questions on Doctrine” se sugirió que el Apéndice B... vendría a ser de mayor provecho si pudieran minimizarse los elementos interpretativos –enfatización mediante cursivas, títulos interpretativos, etc-, de forma que las declaraciones fueran presentadas al lector en su propia fuerza, y que hablaran por ellas mismas a su mente.

El comité del Instituto de Investigación Bíblica de la Asociación General consideró el material tal como se lo presenta en la actualidad, y lo aprobó como siendo de mayor ayuda para una futura presentación”.

En este punto queremos volver atrás para incluir algo directamente relacionado con los artículos editoriales de Herbert E. Douglass que hemos mencionado anteriormente. En 1970, quien escribe había completado el manuscrito de las lecciones de Escuela Sabática que se estudiarían mundialmente durante el primer trimestre de 1974, bajo el título general: “Cristo nuestra justicia”. Eso fue aproximadamente un año antes de que aparecieran en la Review and Herald los artículos editoriales de Douglass. El impacto de dichos artículos fue tal, que en el departamento de Escuela Sabática decidimos presentar un manuscrito revisado de la lección 3, que llevaba por título: “Jesús, el Justo”.

El versículo de memoria era Romanos 8:3, y las cuatro últimas partes de la lección iban encabezadas por los siguientes títulos, junto a los versículos clave que se indican a continuación:

·        Sección 3. Jesús fue hombre (Fil. 2:5-7)

·        Sección 4. Entendimiento mutuo (Heb. 2:17)

·        Sección 5. Jesús fue tentado (Heb. 4:15)

·        Sección 6. El hombre no necesita pecar (Rom. 8:3)

El objetivo de la lección era mostrar que Cristo, en una naturaleza humana caída, desarrolló un carácter justo; carácter que desea imputar e impartir a quienes hagan uso de los mismos medios a los que Cristo recurrió para obtener la victoria sobre la tentación.

Durante el segundo trimestre de 1977 la iglesia mundial estudió una serie de lecciones bajo el título: “Jesús, el Hombre modelo”, cuyo autor fue Herbert E. Douglass, con ayudas auxiliares por parte del propio Douglass y de Van Dolson, que llevaban por título: “Jesús, norma para la humanidad”. Los títulos de cada una de las secciones dan una idea de cuál era el tenor de las lecciones: (1) Dios con nosotros; (2) Dios con Nosotros; (3) Niño y Joven Modelo; (4) Modelo de vencedor; (5) Hombre de oración modelo; (6) Testigo modelo; (7) Modelo de integridad; (8) Maestro modelo; (9) Modelo de sociabilidad; (10) Modelo de fe; (11) Modelo de humildad; (12) Modelo de amor; (13) Modelo deseoso de ser reproducido.

Los artículos editoriales navideños que Douglass escribió entre los años 1971 y 1974 fueron recibidos sin comentario u oposición. Cuando se pidió al autor que expresara qué lo había movido a preparar esos artículos, respondió:

“Se convirtió sin duda en un punto de encuentro o bandera para muchos que pensaron que nunca más verían impresa la verdad... Pretendí simplemente prestar apoyo entusiasta a un punto de vista que había sido muy prominente en la historia de nuestra iglesia, y que era aún prominente en las vidas y mentalidad de muchos de los hermanos de la Asociación General, hermanos con los que yo tenía trato diario (Carta escrita por Douglass al autor, 12 enero 1986).

Manifestó igualmente que no estuvo jamás en su ánimo el publicar algo que fuera causante de división (Id.).

Si bien era posible que un artículo pasara sin ser objeto de mayor análisis, cuando llegaron las lecciones de Escuela Sabática la situación fue distinta. Todos los miembros de la iglesia mundial las iban a estudiar de forma diaria. Nuestros dirigentes en las oficinas de Washington D.C. recibieron una enérgica oposición, en términos como los que siguen:

“Los pastores Pierson, Rampton, Nigri, Eva, Hyde, Lesher, Doler y otros en Washington D.C, a pesar de existir un criticismo responsable en el campo, decidieron aprobar la publicación del librito de Escuela Sabática para el actual trimestre: ‘Jesús, el Hombre modelo’. No hay duda alguna que los citados anteriormente son buenos hombres, experimentados en llevar pesadas responsabilidades en la obra del Señor. No obstante, otros hombres igualmente buenos, pastores que han llevado también responsabilidades en la obra, han tomado posturas muy enérgicas opuestas a la enseñanza sobre la naturaleza de Jesucristo que presenta el Librito [de Escuela Sabática], así como en la Revista [Adventista]. El material anexo –escrito por el pastor Austen G. Fletcher, de la Unión Occidental Australiana, y Victor P. Kluzit, pastor en Texas- es sólo un ejemplo de dicha oposición. Se trata de una oposición que está extraordinariamente extendida entre los pastores en toda la iglesia, y por toda evidencia seguirá aumentando si los hombres de Washington no admiten su equivocación” (Jack D. Walker, Adventist News Service –a cargo de Jack D. Walker, Route 2, Box 318-C, Goodlettsville, TN 37072-).

A finales de 1977 apareció en la Review una serie corta de artículos editoriales escritos por Kenneth Wood, su redactor jefe. Reproducimos aquí las ideas prominentes:

“El aspecto sorprendente de la historia de Belén es que el Dios infinito viniera a este mundo y se uniera a la raza humana... Cuán grandioso es el hecho de que el Creador, el Verbo de Dios, ‘se hizo carne y habitó entre nosotros’ (Juan 1:1-3, 14).

‘Habría sido una humillación casi infinita para el Hijo de Dios revestirse de la naturaleza humana, aun cuando Adán poseía la inocencia del Edén. Pero Jesús aceptó la humanidad cuando la especie se hallaba debilitada por cuatro mil años de pecado. Como cualquier hijo de Adán, aceptó los efectos de la gran ley de la herencia... vino con una herencia tal para compartir nuestras penas y tentaciones, y darnos el ejemplo de una vida sin pecado’ (El Deseado de todas las gentes, p. 32)” (“The Gift Supreme”, Kenneth H. Wood, redactor, Review and Herald, 22 diciembre 1977).

Después de presentar Heb. 2:14-17 y Rom. 8:3 (junto a Fil. 2:7), continuó con una serie de citas de los escritos de E. White, entre los que figuran:

“No es sólo que fue hecho carne, sino que fue hecho en semejanza de carne de pecado” (Carta 106, 26 junio 1896).

“Pensad en la humillación de Cristo. Tomó sobre sí la naturaleza caída y doliente del hombre, degradada y contaminada por el pecado” (E. White, “Comentario Bíblico Adventista”, vol. IV, p. 1169).

“Cristo llevó los pecados y las debilidades de la raza humana tal como existían cuando vino a la tierra para ayudar al hombre. Con las debilidades del hombre caído sobre él, en favor de la raza humana había de soportar las tentaciones de Satanás en todos los puntos en los que pudiera ser atacado el hombre... Desde la caída, la raza humana había estado disminuyendo en tamaño y en fortaleza física, y hundiéndose más profundamente en la escala de la dignidad moral, hasta el período del advenimiento de Cristo a la tierra. Y a fin de elevar al hombre caído, Cristo debía alcanzarlo donde estaba. Él tomó la naturaleza humana y llevó las debilidades y la degeneración del hombre. El que no conoció pecado, llegó a ser pecado por nosotros. Se humilló a sí mismo hasta las profundidades más hondas del infortunio humano a fin de poder estar calificado para llegar hasta el hombre y elevarlo de la degradación en que el pecado lo había sumergido” (“Mensajes Selectos”, vol. I, p. 314 y 315).

A continuación destacó el hecho de que si bien Cristo “se humilló a sí mismo hasta la humanidad caída”, jamás pecó (2 Cor. 5:21 y Heb. 4:15). Quería que eso se comprendiera bien:

“El que Cristo pudiera tomar la naturaleza humana caída sin ser pecador, es sólo uno de los aspectos de la encarnación que nos llena de asombro y aparece ante nosotros como un misterio...

‘Nunca dejéis, en forma alguna, la más leve impresión en las mentes humanas de que una mancha de corrupción o una inclinación hacia ella descansó sobre Cristo, o que en alguna manera se rindió a la corrupción’ (E. White, “Comentario Bíblico Adventista”, vol. V, p. 1103)” (Id, 29 diciembre 1977).

Enumera a continuación una de las “incontables verdades” que proclama la historia de Belén:

“Entre esas verdades podemos incluir el hecho de que Dios ama a la familia humana con un amor eterno; que Dios nos proveyó un perfecto Sustituto; Uno que tomó nuestros pecados y llevó en nuestro lugar la pena de muerte; que Dios descendió tan bajo como fue necesario para salvarnos, tomando la naturaleza humana después de 4.000 años de pecado. Que Jesús hizo frente a toda tentación victoriosamente, y vivió una vida sin pecado. Que tenemos un sumo sacerdote que vive por siempre y que puede ‘salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios’ (Heb. 7:25).

Y Belén proclama aún otra verdad: declara que aquellos que son nacidos del Espíritu pueden, mediante el poder de Cristo, resistir con éxito toda tentación, y ser victoriosos en su lucha contra el enemigo de sus almas...

Viviendo victoriosamente en la humanidad, Jesús proveyó un ejemplo de lo que sus seguidores pueden lograr en su lucha con el pecado. ‘Vino al mundo a revelar la gloria de Dios, a fin de que el hombre pudiese ser elevado por su poder restaurador. Dios se manifestó en él a fin de que pudiese manifestarse en ellos. Jesús no reveló cualidades ni ejerció facultades que los hombres no pudieran tener por la fe en él. Su perfecta humanidad es lo que todos sus seguidores pueden poseer si quieren vivir sometidos a Dios como él vivió’ (“El Deseado de todas las gentes”, p. 619 y 620; ver también “Mensajes Selectos”, vol. I, p. 295).

‘Vino a nuestro mundo a mantener un carácter puro, libre de pecado, y a refutar la mentira de Satanás de que para los seres humanos no ha sido posible guardar la ley de Dios. Cristo vino a vivir la ley en su carácter humano, de la precisa manera en que todos viven la ley en la naturaleza humana si hacen como hizo Cristo’ (E. White, “Manuscrito” 94, 1893).

Piénsese en esto: ‘Se ha hecho abundante provisión para que el hombre caído y finito pueda conectarse de tal modo con Dios que, a través de la misma Fuente mediante la cual venció Cristo en su naturaleza humana, pueda permanecer firme ante cualquier tentación, tal como hizo Cristo’ (Id.) ‘Viviendo una vida sin pecado, testificó de que cada hijo e hija de Adán puede resistir las tentaciones del que primero trajo el pecado al mundo’ (“Mensajes Selectos”, vol. I, p. 226)... Los seguidores de Cristo ‘han de tener poder para resistir el mal, un poder que ni la tierra, ni la muerte ni el infierno pueden dominar, un poder que los habilitará para vencer como Cristo venció’ (“El Deseado de todas las gentes”, p. 634)”. (Id.)

En 1979 apareció el libro de Thomas A. Davis titulado “Was Jesus Rally Like Us?” en el que trata más plenamente acerca de la naturaleza humana de Cristo. Bajo el subtítulo “The Pivotal Point”, leemos en la página 53 y 54:

“Hemos de mantener presente el concepto central de nuestra investigación: que Jesús tenía una naturaleza similar a la de la persona nacida de nuevo. Fue hecho ‘en todo semejante a sus hermanos’, ‘pero sin pecado’ (Heb. 2:17; 4:15). Tengamos en cuenta que su naturaleza humana era ‘idéntica a la nuestra’ (“Mensajes Selectos”, vol. III, p. 146), que ‘tomó las flaquezas de la naturaleza humana para ser probado y examinado’ (“Mensajes Selectos”, vol. I, p. 265), y que tomó ‘sobre sí nuestra naturaleza caída’ (“El Deseado de todas las gentes”, p. 87).

Si eso es cierto, si aceptamos que Jesús no fue un actor de teatro al hacerse Hombre, hemos de aceptar igualmente que sufrió dificultades debido a su naturaleza humana caída, tal como un ser humano –un ser humano nacido de nuevo- tiene.

Insistir en que la naturaleza humana de Jesús fue menos que la de una persona nacida de nuevo, que fue como la de la persona irregenerada, es insostenible... De otra parte, pensar que su naturaleza fue superior a la de una persona nacida de nuevo significa elevarlo por encima de la propia humanidad, lo que es igualmente inadmisible.

El que ha nacido de nuevo sigue siendo un ser humano caído. No está libre de los efectos y resultados del pecado. Tiene las mismas facultades y talentos que tuviera antes del nuevo nacimiento. El que nace de nuevo ‘no es dotado de nuevas facultades, sino que las facultades que tiene son santificadas’ (“Palabras de vida del gran Maestro”, p. 71)”.    

 

 

Voces discordantes, tensiones y llamamientos a la fe y la unidad

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 El encuentro de Palmdale de profesores de Biblia, redactores y administradores, celebrado del 23 al 30 de abril de 1976, significó un esfuerzo por llegar a la armonía de la Iglesia Adventista en la comprensión de la doctrina de la justicia por la fe. A nuestros dirigentes en Washington les pareció conveniente estudiar ese tema, debido a la situación a la que se había llegado en Australia, en la que el Dr. Desmond Ford había jugado un importante papel. Ocho de los 19 dirigentes allí presentes provenían de Australia, y favorecían el punto de vista de Desmond Ford. Si bien el asunto de la naturaleza humana de Cristo fue un tema secundario, no faltaron quienes comprendieron que guardaba estrecha relación. Uno de los documentos que Desmond Ford presentó sustenta plenamente la posición pre-lapsaria -anterior a la caída-, sobre la naturaleza humana de Cristo. Jack D. Walker, quien publicó cuatro de los documentos presentados en Palmdale, afirma:

“La naturaleza humana de Cristo también se trató en la asamblea, pero los presentes estaban divididos a partes iguales entre quienes sostienen la posición de que la naturaleza humana que Cristo heredó fue pecaminosa, y quienes sostienen que fue impecable. En consecuencia, la declaración conjunta resultó más bien ambivalente” (Jack D. Walker, “Documents from the Palmdale Conference on Righteousness by Faith”, 1976, p. 1).

En el informe de la Asamblea de Palmdale aparecido en la Rieview and Herald del 27 de mayo del 1976, tras citar Romanos 8:3 (“en semejanza de carne de pecado”), Hebreos 2:17 (“en todo semejante a sus hermanos”) y 2 Corintios 5:21 (“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado”), los autores continúan así:

“No todos los cristianos ven de igual manera esos textos. Por ejemplo, para algunos significan que Jesús no cometió pecado, sea en palabra, actos o pensamientos; para otros significan, no sólo que Jesús no cometió pecado, sino que carecía de las tendencias heredadas al pecado que son comunes a la humanidad caída…

Sea que los cristianos sostengan una u otra de esas posiciones acerca de la humanidad de Cristo, creemos que lo importante es reconocer a Jesús como el Salvador de toda la humanidad, y que mediante su vida victoriosa, vivida en carne humana, provee el nexo de unión entre la divinidad y la humanidad” (“Cristo, justicia nuestra”, Review and Herald, 27 mayo 1976).

A continuación se citan declaraciones de E. White, sugiriendo que en ocasiones apoya una posición, y en ocasiones la contraria.

La frase “sea que los cristianos sostengan una u otra de esas posiciones” es equivalente a pretender que “podemos sostener cualquiera de las dos posiciones. Por consiguiente está claro que ambas posiciones son hoy aceptables en el adventismo” (E.H. Sequiera, Savior of Every Man, p. 3 y 4).

Nota: Uno de los presentes en Palmdale fue Kenneth H. Wood, redactor de la Review. Durante los meses que sucedieron al informe oficial constató que algunos lectores se sentían contrariados con la parte del documento que trata de la naturaleza humana de Cristo. “Lo percibían como significando un compromiso, y como dejando de lado un asunto importante”. Admitía que “estudiosos de la Biblia igualmente agudos y capaces… puedan diferir de alguna forma en un misterio tan profundo como la encarnación”.

“Tal como vemos la situación, el principal peligro en creer que la humanidad de Cristo era diferente de la nuestra es que empleemos esa “diferencia” como una excusa para el pecado. Situando a Cristo en una categoría aparte de la nuestra, explicamos su absoluta victoria sobre el pecado y la tentación, diciendo: ‘Sí, pero él era Dios’. Y explicamos nuestras derrotas y debilidades diciendo: ‘Sí, pero somos humanos”. Si, por el contrario, aceptamos al pie de la letra la declaración de que ‘nuestro Salvador tomó la humanidad con todo su pasivo [inglés: with all its liabilities]’ (“El Deseado de todas las gentes”, p. 92), y que a pesar de haber tomado ese pasivo fue victorioso, entonces la vida y victoria de Cristo adquieren inmediatamente relevancia para nosotros.

Vemos a Jesús como a nuestro Ejemplo, y procuramos imitarlo. ‘Viviendo una vida sin pecado, testificó de que cada hijo e hija de Adán puede resistir las tentaciones del que primero trajo el pecado al mundo’ (“Mensajes Selectos”, vol. I, p. 226).

‘El plan de Dios, ideado para la salvación del hombre, disponía que Cristo conociera el hambre y la pobreza, y cada aspecto de la experiencia del hombre. Resistió a la tentación mediante el poder que puede tener el hombre. Se aferró del trono de Dios, y no hay un hombre o mujer que no pueda tener acceso a la misma ayuda mediante la fe en Dios. El hombre puede llegar a ser participante de la naturaleza divina… Los hombres pueden tener un poder para resistir el mal: un poder que ni la tierra, ni la muerte, ni el infierno pueden vencer; un poder que los colocará donde pueden llegar a ser vencedores como Cristo venció. La divinidad y la humanidad pueden combinarse en ellos’ (Id., p. 408 y 409).

Es evidente que el mensaje de 1888 presentaba a Cristo como teniendo el mismo tipo de carne que el de cualquier otro ser humano, si bien, aunque tentado, jamás pecó. Reconocía que los ancestros de Cristo según la carne eran pecadores. Si es que Cristo debió obtener una carne diferente a la del resto de la humanidad, ¿de dónde la obtuvo?

Los mensajes de Jones y Waggoner hicieron que personas escribieran cartas a E. White en protesta. Pero ella replicó: ‘Me han llegado cartas que afirman que Cristo no podría haber tenido la misma naturaleza que el hombre, pues si la hubiera tenido, habría caído bajo tentaciones similares. Si no hubiera tenido la naturaleza del hombre, no podría ser nuestro ejemplo. Si no hubiera sido participante de nuestra naturaleza, no podría haber sido tentado como lo ha sido el hombre. Si no le hubiera sido posible rendirse ante la tentación, no podría ser nuestro ayudador. Fue una solemne realidad que Cristo vino para reñir las batallas como hombre, en lugar del hombre. Su tentación y victoria nos dicen que la humanidad debe copiar el Modelo. El hombre debe llegar a ser participante de la naturaleza divina’ (Id, p. 477 y 478).

Con el tremendo desafío de la perfecta e impecable vida de Cristo ante nosotros, debiéramos ciertamente estudiar con fervor la forma de imitarlo. Debiéramos buscar el poder del Espíritu Santo, entregarnos totalmente a Dios, y asimilar la naturaleza divina mediante la agencia del Espíritu Santo” (Keneth H. Wood, “El punto de vista del redactor”, Review, 18 noviembre 1976).

Durante los años 1970 se dejó oír una voz decantada claramente a favor de la posición previa a la caída, sobre la naturaleza humana de Cristo. Se trata de Edward Heppenstall, en su libro “The Man Who Is God”. Comentando sobre Romanos 8:3 (“en semejanza de carne de pecado”), leemos:

“Esta Escritura no nos dice que Dios envió a su Hijo ‘en carne pecaminosa’, sino solamente ‘en semejanza’ de ella. Cristo se hizo realmente carne, tomando por consiguiente nuestra naturaleza. Su carne, o ser físico, fue como el nuestro. En la expresión ‘en semejanza de carne de pecado’, Pablo enfatiza el hecho de que Cristo tomó la carne tal como ésta ha venido a ser, afectada por el pecado durante cuatro mil años. Fue verdaderamente un hombre. Cuando los hombres lo contemplaron, no vieron nadie diferente a ellos mismos. Pero su ‘semejanza’ no fue más allá de eso. Todo el resto de los hombres nacieron en carne de pecado, no en semejanza de tal cosa… Dios envió a su Hijo en semejanza de carne de pecado, sin poseer una humanidad pecaminosa. Cristo no tenía una naturaleza pecaminosa como la nuestra” (Edward Heppenstall, “The Man Who Is God”, 1970, p. 136 y 137. El autor no buscó el apoyo de E. White para sus aserciones. En cambio, cita numerosos eruditos evangélicos).

La enseñanza de Heppenstall consiste en que debido a la concepción singular de Cristo, no heredó la naturaleza de Adán posterior a la caída.

“La concepción de Jesús fue absolutamente única, por cuanto fue obra del Espíritu Santo… Su nacimiento real fue directamente de Dios. Tenía un Padre divino. Nosotros no lo tenemos, en el sentido de la concepción humana. Nuestros dos progenitores nacieron con naturalezas pecaminosas… Jesús nació de Dios en un sentido en el que nosotros no lo hicimos.

El texto (Luc. 1:30-35) afirma que el efecto de esa operación divina sobre María sería el de que el niño que nacería no sería otro que el Hijo de Dios, nacido santo en un sentido singular” (Id, p. 135).

Los redactores de Ministry consideraron oportuno publicar, en octubre de 1977, un artículo que llevaba por título: “Battling Over the Nature of the King of Peace”, escrito por Marshall J. Grosboll. Sugiere que nuestro debatir sobre la naturaleza humana de Cristo es una herencia recibida de los filósofos helenísticos.

“Esos tecnicismos acerca de la naturaleza de Cristo y de la Trinidad se convirtieron en un asunto de importancia capital para los maestros cristianos. Se suscitaron diferentes escuelas para dar soporte a diferentes opiniones. Se publicaron artículos y tuvieron lugar debates. Se excomulgaron personas. Se pelearon batallas. Quedó configurado un campo de sangre, todo para sustentar una u otra de las posturas acerca de un concepto teológico abstracto…

¿Qué está sucediendo hoy en la Iglesia Adventista?  ¿Se han convertido todos los filósofos helenísticos al cristianismo apostólico? ¿O quedan algunos deseosos aún de aventar sus ideas acerca de los misterios de la encarnación?

Imagina que difieres de mí en la comprensión de algunos puntos. ¿Debiéramos dedicar todo nuestro tiempo a discutir el uno con el otro? Eso es lo que Satanás quisiera que hiciéramos.

Nos dedicaríamos al debate sobre la naturaleza de Cristo más bien que a luchar la batalla contra el pecado…

Es tiempo ya de que hiciéramos, en nuestras vidas y en el mundo, lo que queda por hacer antes que pueda venir Cristo. El gran tema final no es la naturaleza de Cristo, sino su carácter, vivido en nosotros” (Ministry, “Battling Over the Nature of the King of Peace”, Marshall J. Grosboll, octubre 1977).

Pero como ya hemos visto en la exposición de Douglass sobre la “última generación”, esos dos conceptos: la naturaleza de Cristo y el carácter de Cristo vivido en nosotros, están íntimamente relacionados.

El muy apreciado Robert H. Pierson, siendo presidente de la Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, en un mensaje “De corazón a corazón” dirigido a la iglesia, formuló un llamado a la unidad:

“Hay, no obstante, ciertos puntos principales a propósito de la naturaleza de nuestro maravilloso Señor, que podemos fácilmente comprender y aceptar. En dichos puntos no hay motivo para la división entre nosotros, como adventistas del séptimo día:

1. Estamos de acuerdo en que Jesucristo fue, y es, verdaderamente Dios… Sobre eso no hay discusiones entre nosotros.

2. Estamos de acuerdo en que Jesús, nuestro Salvador, se hizo realmente hombre. La Palabra de Dios habla claramente sobre ello (cita Heb. 2:17; Gál. 4:4 y Heb. 2:14).

3. También estamos de acuerdo en que Jesús fue tentado como lo somos nosotros (Heb. 2:18 y 4:15).

4. Estamos igualmente de acuerdo en que, si bien Jesús fue tentado, jamás cedió a la tentación o el pecado ni en lo más mínimo (1 Ped. 2:22; Heb. 7:26). ‘No debiéramos albergar dudas en cuanto a la perfecta impecabilidad de la naturaleza de Cristo’ (Comentario Bíblico Adventista, vol. V, p. 1105).

5. El estudio de los escritos inspirados deja claro que en Jesucristo se daba una misteriosa combinación de lo humano y lo divino (1 Tim. 3:16)” (Robert H. Pierson, “Our Unique Jesus”, Review and Herald, 4 enero 1979).

A continuación advertía en contra de interpretaciones privadas, en estos términos:

“Puesto que la muerte de Cristo es un misterio que el hombre no será capaz de comprender plenamente de este lado de la eternidad, ¿no debiéramos aceptar ese hecho, y unirnos en las grandes áreas de acuerdo que son suficientes para nuestra salvación, y no insistir en nuestras propias interpretaciones privadas acerca de la naturaleza divino-humana del Señor hasta el punto de traer la disensión y división entre nosotros?”

En un llamamiento general de corazón a corazón, el pastor Pierson recuerda a la iglesia cuál es su primera tarea:

“En esta ultimísima hora el desafío ante el pueblo remanente de Dios es llevar el mensaje de un Salvador crucificado, resucitado y próximo a venir, a todos los hogares del planeta Tierra. Tal es el encargo que esta iglesia aceptó en la asamblea de la Asociación General de 1975 en Viena, Austria.

¿Acaso no complacería a Satanás si lograra que el pueblo de Dios se sumergiera en una gran controversia acerca de la naturaleza de nuestro Salvador y causara de ese modo que dejáramos de lado esta gran comisión?

Que el Espíritu del Señor nos dirija en el estudio de su Palabra y que ese mismo Espíritu nos mantenga unidos lado a lado en nuestra búsqueda de la verdad. Cerremos filas sobre las grandes áreas de la autenticidad que son esenciales para nuestra salvación y avancemos con la vista puesta en la finalización de la obra en nuestro día” (Id.)

W. Duncan Eva, vicepresidente de la Asociación General en 1979, escribiendo en la Adventist Review, enfatizó la necesidad de ejercer fe para aceptar lo que está escrito acerca de la naturaleza humana del Salvador:

“La epístola a los Hebreos nos dice que “fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Heb. 4:15). No fue la naturaleza “de los ángeles” la que tomó, “sino… la descendencia de Abraham”. Fue hecho “en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote” (2:16 y 17). ¿Tenía una naturaleza exactamente como la nuestra? ¿Le vino, según eso, la tentación tal como nos viene a nosotros, desde dentro, tanto como desde fuera? Si fue así, ¿cómo pudo la sangre de su sacrificio ser “la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación”?, ¿y cómo pudo ser “tal sumo sacerdote… santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores”? (Heb. 4:15; 1 Ped. 1:19; Heb. 7:26). E. White escribió: ‘Fue tentado en todo como el hombre es tentado, y sin embargo, él es llamado “el Santo Ser”’. Ella misma explica: ‘Que Cristo pudiera ser tentado en todo como lo somos nosotros y sin embargo fuera sin pecado, es un misterio que no ha sido explicado a los mortales. La encarnación de Cristo siempre ha sido un misterio, y siempre seguirá siéndolo’ (“Comentario Bíblico Adventista”, comentario de E. White sobre Juan 1:1-3 y 14; vol. V, p. 1103).

Por lo tanto, el que yo sea o no capaz de explicar el ‘cómo’, carece de importancia. La Biblia afirma que es así, la mensajera del Señor lo confirma, y así lo han creído por siglos cristianos verdaderos. Por consiguiente, de esa verdad que no puedo plenamente comprender, obtengo toda la esperanza y consuelo que me trae. Cuando me sobrevienen inesperadas y poderosas tentaciones, o cuando me siguen los pasos con insistencia día tras día, por más que sea atacado, sé que el Señor conoce mi lucha, y puesto que ‘él mismo padeció siendo tentado’, es poderoso para ‘salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos’ (Heb. 2:16 y 7:25)” (W. Duncan Eva, “How Human Was Jesus?” Review and Herald, 4 enero 1979).

En su momento tuvo lugar una entrevista con Morris L. Venden registrada en la revista Insight. El artículo en dos partes se iniciaba con la cuestión:

“Cuál es su interpretación de la frase contenida en la página 47 del libro 'Palabras de vida del gran Maestro': 'Cuando el carácter de Cristo sea perfectamente reproducido en su pueblo, entonces vendrá él para reclamarlos como suyos'?”

Gran parte de la discusión consiguiente giró alrededor del criticismo de Paxton sobre posiciones adventistas relativas a la justificación por la fe o a la justicia por la fe. En cierto momento Venden expresó preocupación por lo semántico en nuestra teología:

“Creo que el problema semántico más grande que hoy tenemos es el relativo a la naturaleza de Cristo. Y es mi parecer que es tan acentuadamente semántico, que resulta casi imposible avanzar en el tema. Nadie ha elaborado un glosario: ¿qué se entiende por naturaleza pecaminosa?, ¿qué significa como nosotros?, etc”

La revista Insight planteó entonces la pregunta: ¿Tenemos alguna indicación al propósito de que sea necesario para nuestra salvación el saber exactamente cuál fue la naturaleza de Cristo? Venden respondió así:

“Bien, depende de en qué declaraciones nos basemos, hay ciertas advertencias en cuanto a tratar de determinar su naturaleza. Se nos invita asimismo a comprender de él tanto como sea posible.

Parece no existir duda alguna acerca de que la definición de pecado y la naturaleza de Cristo y el perfeccionismo van de la mano. Creo que la contención es válida desde el momento en el que alguien define el pecado primariamente en términos de transgresión de la ley –según terminología y concepto legalistas-. Entonces va a necesitar un Salvador que sea precisamente como él. Un Salvador que luche con todas sus mismas tentaciones a transgredir la ley. En ese proceso uno termina en el perfeccionismo, y en un cristianismo conductista.

Pero si uno define el pecado en términos de relación –de vivir una vida separada de Dios-, no necesita tener un Salvador que sea exactamente como nosotros. De hecho, la misma diferencia [de Cristo] significa que habría podido vivir independientemente, pero eligió depender de Dios. Creo que su dependencia del Padre es la esencia del ejemplo de Cristo hacia nosotros. Al fin y al cabo dijo: ‘Sin mí nada podéis hacer’” (“Entrevista de Morris Venden con Insight”, 1ª parte; Insight, 15 mayo 1979).

Ya hemos citado el congreso de Palmdale en 1976, dedicado al estudio de la justificación y de la justicia por la fe, junto al tema relacionado de la naturaleza humana de Cristo. En octubre de 1979 se reunió en Washington D.C. un gran grupo de 145 miembros, estableciéndose como el comité de consulta de la justificación por la fe. El comité editorial que ese gran grupo eligió, redactó -para que fuese publicado- lo que se presentó a la iglesia bajo el título: “La dinámica de la salvación”, que apareció en la Adventist Review del 31 de julio de 1980.

W.R. Lesher, como director del Biblical Research Institut, aclara en la introducción que “La dinámica de la salvación” es sólo un documento de estudio, no una declaración con valor de credo. A continuación, en beneficio de quienes buscaron el consenso en ciertos temas relacionados, explica:

“Ciertos aspectos de este tema inagotable, tal como la naturaleza de Cristo, la perfección y el pecado original, no son objeto de atención detallada en este documento” (“The Dinamics of Salvation”, Review and Herald, 31 julio 1980).

No hemos podido constatar, a partir del escrito, si esos temas relacionados fueron objeto de consideración en aquel grupo de estudio.        


 

Acontecimientos posteriores a 1980

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 Puesto que en la asamblea de Palmdale de 1976 se había declarado virtualmente que ambas posiciones sobre la naturaleza humana de Cristo eran aceptables, la reaparición de la discusión después de 1980, fue causa de sorpresa.

En favor de la posición anterior a la caída aparece un nombre hasta entonces desconocido para los lectores de la literatura denominacional: Norman R. Gulley, doctor en filosofía, profesor de religión en Southern College of Seventh Day Adventists. En 1977 se habían editado una serie de lecciones de Escuela Sabática, junto a material suplementario, cuyo autor fue Herbert E. Douglass, y que incorporaban la posición posterior a la caída sobre la encarnación de Cristo. En el primer trimestre de 1983 el profesor Gulley escribió una serie de lecciones bajo el título: “El sacrificio expiatorio de Cristo”, junto a ayudas de estudio tituladas “Cristo nuestro sustituto”, favoreciendo la posición anterior a la caída sobre la naturaleza humana de Cristo (Norman R. Gulley, “Cristo nuestro sustituto”, 1982, p. 9.  Es interesante que la Introducción al material de ayuda para esas lecciones de Escuela Sabática fue escrita por Edward Happenstall. Afirmaba lo siguiente: “Este libro trata de temas de gran importancia en relación con la naturaleza y obra de Jesucristo... Cristo vino al mundo, no sólo a manifestar a Dios, sino también a identificarse con esta raza caída y ser nuestro Salvador). Hacia el principio de la presentación, Gulley afirmaba:

“Los Adventistas del Séptimo Día creen que Jesucristo fue plenamente Dios y plenamente hombre. Pero podemos ver de dos formas diferentes la expresión ‘plenamente hombre’. Jesús tuvo, o bien (1) una naturaleza no caída, tal como la que Adán poseyó antes de caer, o bien (2) naturaleza humana caída. ¿Cuál de las dos es la correcta? Jesús tomó ambas. Tomó la naturaleza espiritual del hombre antes de la caída, y la naturaleza física del hombre posterior a la caída (Id, p. 33).

Algo más adelante en el mismo capítulo, vuelve a presentar la misma proposición:

“De hecho Jesús encontró al hombre allí donde se encontraba la humanidad –tomando sobre sí mismo todos los resultados físicos de la caída, pero no los espirituales. Nuestro Salvador asumió las debilidades del hombre, su hambre y su cansancio, pero no su rota relación con Dios. Espiritualmente tenía la naturaleza de Adán anterior a la caída. Como tal, podía ser el segundo Adán, el sustituto del hombre, para devolverle aquello que perdió –la unidad con Dios...

Cualquier idea al propósito de que se hizo exactamente igual que nosotros en el nacimiento, incluyendo la naturaleza espiritual, participando de la dotación genética de la naturaleza humana caída, recibiendo los resultados de la herencia, pone en entredicho su substitución, y nos lleva frecuentemente a considerarlo únicamente como un ejemplo a copiar” (Id, p. 38).

Pero en el caso de que sus lectores viesen en Cristo “la tremenda ventaja que tenía, con respecto a nosotros”, Gulley responde:

“Pero véase de este modo: Jesús no tenía por qué venir a este mundo, ni tenía por qué asumir las limitaciones humanas, con todo el sufrimiento, rechazo y odio que conllevaba –incluso de parte de los miembros de iglesia-... Jesús podía haber permanecido en el cielo, lugar en el que todos lo querían y adoraban como Dios. Él no tenía necesidad de vivir una vida humana libre de pecado, pero nosotros necesitamos esa vida en lugar de la nuestra pecaminosa. Jesús vino a darnos una vida humana digna de ser vivida. Sus tentaciones fueron para nosotros, su victoria fue nuestra. Toda ventaja que tuviera lo fue para nosotros” (Id, p. 53 y 54).

Las Lecciones para la Escuela Sabática fueron seguidas por un artículo en la Adventist Review del 30 de junio del 1983. Gulley habló aquí todavía con mayor claridad que en las lecciones o en el material auxiliar de la Escuela Sabática. Intentó presentar una síntesis de las dos posiciones en el adventismo:

“Los Adventistas del Séptimo Día ven la humanidad de Jesús de dos formas: (1) La posición anterior a la caída, que busca preservar el hecho de que vino como el segundo Adán. En ella se enfatiza la naturaleza impecable de Jesús. (2) La posición posterior a la caída, que busca preservar el hecho de que vino como el hijo de María. Se enfatiza aquí la identidad de Jesús con la naturaleza humana caída. En sus diversas 23 Declaraciones de Creencias Fundamentales, la iglesia no ha tomado nunca una posición a favor o en contra de una de las posiciones. Eso se debe a que ambas están representadas en la Escritura y en los escritos de E. White...

¿Existe un terreno común entre esas dos posiciones, que pueda ayudar en la construcción de la unidad, y que evite nuestra fragmentación? Creo que sí. Ambas posturas intentan decir algo sobre Jesús, que es necesario decir. La posición anterior a la caída ve a Jesús como sustituto, y la posterior a la caída se centra en Jesús como ejemplo. Sin embargo, quienes sustentan una y otra posición afirman el hecho de que Jesús es ambas cosas: sustituto y ejemplo” (Norman G. Gulley, “Behold the Man” –He aquí el Hombre-, Review and Herald, 30 junio 1983).

Presentando la Escritura en apoyo de la posición anterior a la caída, afirma en referencia a la naturaleza humana de Jesús:

“Nació en Belén como “el Santo Ser” (Luc. 1:35); fue nacido “del Espíritu Santo” (Mat. 1:18; Luc. 1:35) a la vez que fue hijo de María... El Impecable entró en las limitaciones impuestas por el pecado existentes en los días de María, si bien preservó la santidad de la creación del nuevo Adán...

Es el segundo Adán (Rom. 5:16-19, 2 Cor. 4:14 y 15) y vino en semejanza (no igualdad) de carne de pecado (Rom. 8:3).

No fue sino hasta que Aquel que no conoció pecado fue hecho pecado por nosotros ( 2 Cor. 5:21), cuando vino a ser la ofrenda por el pecado, llevando los pecados del mundo, cuando lo vemos clamando: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mar. 15:34). Fue hecho pecado por nosotros, no en naturaleza al nacer, sino en misión al morir” (Id, p. 4, 5 y 8).

Intenta asimismo mostrar el “equilibrio” entre las dos posiciones, en los escritos de E. White:

“Cuando defiende su impecabilidad, defiende la naturaleza anterior a la caída. Cuando defiende su humanidad limitada, defiende su naturaleza posterior a la caída”.

Estas son algunas de las declaraciones de E. White que cita para ilustrar ese “equilibrio”:

“Nunca dejéis, en forma alguna, la más leve impresión en las mentes humanas de que una mancha de corrupción o una inclinación hacia ella descansó sobre Cristo, o que en alguna manera se rindió a la corrupción” (“Comentario Bíblico Adventista”, vol. V, p. 1103).

“[Cristo] había de ocupar su puesto a la cabeza de la humanidad tomando la naturaleza, pero no la pecaminosidad del hombre” (“Signs of the Times”, 29 mayo 1901; “Comentario Bíblico Adventista”, vol. VII, p. 937).

“Al tomar sobre sí la naturaleza humana en su condición caída, Cristo no participó en lo más mínimo en su pecado” (“Comentario Bíblico Adventista”, vol. V, p. 1105).

“Siempre fue puro e incontaminado, pero tomó sobre sí nuestra naturaleza pecaminosa” (“Review and Herald”, 15 diciembre 1896).

Como sucediera con las Lecciones para la Escuela Sabática que había preparado Herbert E. Douglass en 1977, también las de Norman R. Gulley fueron objeto de duro criticismo por parte del bando opuesto. A propósito de la pretensión de que se puedan emplear los escritos de E. White en apoyo de dos conceptos enteramente opuestos sobre la naturaleza humana de Cristo, el Dr. y la Sra. Lloyd Rosenvold comentan:

“Primero, que Cristo tomó sobre sí la naturaleza del hombre caído –la de Adán después de su caída. Cita breves declaraciones de la pluma de E. White que lo apoyan. En la siguiente sección (de la misma página), no obstante, indica que los escritos de E. White pueden ser igualmente empleados para apoyar la posición contraria, es decir, que Cristo tomó la naturaleza de Adán antes que éste cayera. Vuelve a citar breves declaraciones de la pluma de E. White para sustentar su pretensión. Se supone que el lector está en libertad de elegir la teoría que más le complazca” (Dr. y Mrs. Lloyd Rosenvold, “Which Gospel?” -edición revisada-, marzo 1983, p. 2).

A propósito del uso que hace Gulley de declaraciones de E. White, Donald K. Short, en una carta a la Adventist Review manifestó:

“E. White no escribe ni una sola palabra a propósito de una naturaleza de Cristo anterior a la caída, y sugerir tal cosa es hacerle decir lo que no dijo, y promover la confusión. En ningún lugar separó [E. White] a Jesús de su pueblo, ni buscó ‘equilibrio’ alguno entre una naturaleza anterior y una posterior a la caída. ¿Cómo es posible que se promueva ese tipo de confusión en el nombre de la ‘unidad en nuestra iglesia’? (Donald K. Short, Carta a William G. Johnson, redactor de la Adventist Review, 4 julio 1893, publicada por Pilgrims Rest, folleto FF-310).

En 1983, el mismo año en el que se estudiaron las Lecciones de Escuela Sabática de Norman R. Gulley, y en que apareció su artículo en la Adventist Review, Pacific Press publicó el libro “Gold Tried in the Fire” –Oro afinado en fuego-, de Robert. J. Wieland.

En el capítulo: “Cuál es el significado de ‘Mirar a Jesús’”, presenta “Lo que Cristo necesita para ser nuestro sustituto”:

“Cuando Juan afirma que Cristo ‘ha venido en carne’ [1 Juan 4:1-4], obviamente no se está refiriendo a cierto tipo milagroso o especial [de carne], desconocida en este planeta cuando él vino... No nos ha sumido en ningún tipo de engaño, pretendiendo ser ‘Dios con nosotros’ mientras que astutamente evadía una batalla con el pecado idéntica a la nuestra, tomando un tipo diferente de carne o naturaleza distinta de la nuestra.

Cristo no puede ser nuestro sustituto a menos que haya hecho frente a nuestras tentaciones de la forma en que nosotros hemos de hacerles frente. Debe enfrentarse a nuestro enemigo en su propio terreno, en su propia guarida, y batirlo allí” (Robert J. Wieland, “Gold Tried in the Fire”, p. 1983, p. 73).

Habiendo citado Romanos 8:3 y 4, Wieland continúa así:

“Al emplear la palabra ‘semejanza’, Pablo no puede estar expresando ‘diferencia’, pues habría sido un fraude monstruoso el que Cristo hubiera pretendido condenar el pecado en la carne, esa carne en la que Pablo afirma que estamos ‘vendidos al pecado’, esa en la que opera ‘la ley del pecado’, si hubiera falsificado su encarnación tomando solamente lo que parecía ser nuestra carne pecaminosa, pero sin poseer su misma realidad en absoluto... La gloriosa victoria de Cristo descansa en el hecho de haber sido ‘tentado en todo de la misma manera que nosotros, pero sin pecado’ (Heb. 4:15, NVI).

No importa quién seas o dónde estés, puedes tener la seguridad de que Alguien estuvo exactamente en tu lugar, ‘pero sin pecar’. Mira a Cristo, velo, desechando toda esa niebla de engaño mediante la verdad de su justicia ‘en semejanza de carne de pecado’. Cree que el pecado que te seduce ha sido ‘condenado en la carne’. Puedes vencer mediante la fe en él” (Id, p. 75 y 77).

 En Navidad del año 1983, en dos números sucesivos de la Adventist Review se publicaron dos artículos de Herbert E. Douglass titulados: “Por qué cantaron los ángeles en Belén”. Esos artículos podrían considerarse como el desarrollo de lo escrito por un laico al redactor jefe de la revista, en fecha del 6 de julio de 1983:

“El Dr. Gulley ha disfrutado ahora de tres oportunidades de expresar ampliamente sus puntos de vista personales sobre el adventismo: en el primer trimestre de la Escuela Sabática de 1983, en su libro que acompañó a las lecciones de Escuela Sabática, y ahora a través de la Adventist Review. Confiamos en que conceda a los laicos de la iglesia una oportunidad equivalente de refutar las porciones erróneas de la posición de Gulley” (“Carta de un laico” a William G. Johnson, 6 julio 1983, publicada en Pilgrims Rest, folleto FF-310).

En el principio del segundo artículo Douglass recuerda a sus lectores la descripción que E. White hizo de Jesús:

“...tomando ‘nuestra naturaleza caída’, ‘en el lugar del Adán caído’, ‘naturaleza humana... en semejanza de carne de pecado, y fue tentado por Satanás como son tentados los hijos’, ‘la naturaleza de Adán, el transgresor’, ‘la naturaleza ofensiva del hombre’ y muchas otras expresiones... E. White es clara al respecto de que el equipamiento humano caído, degradado, de nuestro Señor, no lo llevó a pecar en pensamientos o en actos. Permaneció incontaminado e inmaculado a pesar de haber sido tentado desde el interior y desde el exterior” (El último pensamiento se apoya con referencias de “Mensajes selectos”, vol. I, p. 111, “El Deseado de todas las gentes”, p. 296 y “Review and Herald”, 1 abril 1875).

Douglass cita “la autoridad internacionalmente reconocida, C.E.B. Cranfield, comentador de Romanos en International Critical Commentary”:

“Cristo... comenzando desde donde nosotros comenzamos, sujeto a todas las malvadas presiones que nosotros heredamos. Y empleando el material tan poco prometedor como inservible de nuestra naturaleza corrupta, rindió una obediencia perfecta e impecable” (Herbert E. Douglass, “Por qué cantaron los ángeles en Belén”, parte II, Adventist Review, 29 diciembre 1983, p. 9).

Douglass resume en estos términos el propósito de la venida de Cristo, en la forma en que vino:

“La gloriosas nuevas consisten en que los seres humanos, unidos al poder del Espíritu Santo morando en ellos, pueden enfrentar la tentación y ser vencedores. Eso es así debido a que en el corazón del universo está nuestro Ejemplo y Redentor/Sustituto, quien accedió a ser hecho ‘en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote’ (Heb. 2:17); ‘uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado’ (Heb. 4:15).

La obra intercesora de nuestro Señor, como sumo sacerdote, tiene por objeto ayudar a sus seguidores a que venzan ‘así como yo [Jesús] he vencido’ (Apoc. 3:21)” (Id, p. 10).

En 1985 apareció un nuevo nombre en la literatura denominacional en relación con el tema de la naturaleza humana de Cristo. Se trata de Dennis E. Priebe, cuyo libro titulado “Face to Face With the Real Gospel” publicó Pacific Press. En el capítulo “¿Cómo vivió Cristo?” encontramos un amplio estudio sobre la naturaleza humana de Cristo posterior a la caída. Sobre el controvertido pasaje de Romanos 8:3 –“en semejanza de carne de pecado”, Priebe presenta lo siguiente:

“Romanos 8:3 es una de las clásicas afirmaciones acerca de Jesús haciéndose hombre... ¿Qué significa exactamente venir ‘en semejanza de carne de pecado’? Se nos ha dicho que semejanza no significa igualdad.

Filipenses 2:7 dice que [Jesús] ‘tomó la forma de siervo y se hizo semejante a los hombres’. En ambos casos se emplea la misma palabra griega. En Romanos 8:3 se trata de ‘semejanza de carne de pecado’. Todos estarán de acuerdo en que cuando Jesucristo vino a esta tierra se hizo un auténtico hombre...

Ahora, si entendemos que en Filipenses 2:7 la semejanza de hombre significa realmente hombre, y no parecido al hombre, entonces ¿qué hemos de decir sobre Romanos 8:3, donde encontramos la expresión ‘semejanza de carne de pecado’? ¿Meramente que Jesús aparentó haber tomado carne de pecado, o bien que la tomó realmente? Este es el comentario del Expositor’s Greec Testament sobre Romanos 8:3 y 4: ‘El énfasis... está en la semejanza de Cristo con nosotros, no en su diferencia... Lo que [Pablo] expresa aquí es que Dios envió a su Hijo en esa naturaleza que en nosotros está identificada con el pecado... La carne... en la que ha reinado el pecado fue la carne en la que Dios ejecutó la condenación del pecado’. ‘La carne aquí referida es nuestra naturaleza humana corrupta’ (Expositor’s Greec Testament, Grand Rapids, Michigan, Wm. B. Eerdmans Pub. Co., II, 645 y 646. Parece razonable que si interpretamos semejanza en Filipenses 2:7 como nuestra naturaleza humana actual, interpretemos semejanza en Romanos 8:3 como la carne pecaminosa actual (Dennis E. Priebe, “Face-to-Face With the Real Gospel”, 1985, p. 47 y 48).

Priebe recuerda a sus lectores el estudio de Harry Johnson: “The Humanity of the Savior”. Dicho autor afirma:

“El Nuevo Testamento sustenta que Jesús nació en la humanidad y tomó plena naturaleza humana de María, y la deducción obvia es que parte de su herencia fue ‘naturaleza humana caída’. No hay evidencia en favor de que la cadena de la herencia se rompiera entre María y Jesús...

Quienes están en obligación de demostrar su teoría son quienes, aceptando la doctrina de una ‘debilidad heredada’, sostienen que Jesús tomó la humanidad real de su madre pero sin heredar los resultados de la caída” (“The Humanity of the Savior”, London: The Epworth Press, 1962, p. 44 y 45).  

 

 

La confrontación en  Ministry de 1985

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 Debió venir como una sorpresa agradable para muchos obreros adventistas el que los redactores de Ministry decidieron dedicar amplio espacio a una presentación erudita de las dos posiciones predominantes sobre la naturaleza humana de Cristo en el adventismo. Gran parte de los números de junio, agosto y diciembre de 1985 estuvieron dedicados a ese tema.

Recordamos que el pastor J. Robert Spangler, ya en 1978, había advertido acerca de la importancia de los temas involucrados en la correcta comprensión de lo que la Biblia y E. White declaran sobre la naturaleza humana de Cristo (J.R.S., “Ask the Editor”, Ministry, abril 1976, p. 21 y 23).

En su introducción del “por qué” de la discusión abierta, el pastor Spangler escribió en Ministry de junio del 1985:

“¿Comenzó nuestro Salvador, en su naturaleza humana, allí donde comienzan todos los otros hijos de Adán? ¿Tomó Cristo la naturaleza humana del hombre anterior, o posterior a la caída? Si la raza humana resultó afectada por la caída de Adán y Eva, ¿resultó Cristo afectado también de ese modo, o estuvo exento? Si Cristo aceptó la naturaleza humana impecable, ¿tuvo una ventaja sobre nosotros? ¿Tomó sobre sí mismo vicariamente la naturaleza humana caída? Si tomó la naturaleza humana caída, ¿afectaba el elemento caído solamente a lo físico, y no a su carácter moral? ¿Es posible resolver el tema de la naturaleza de Cristo, siendo que la iglesia cristiana lo ha debatido durante dos mil años? ¿Es necesario para nosotros el que tengamos una comprensión definitiva y precisa de la naturaleza de Cristo a fin de poder ser salvos? ¿Debía Cristo tener nuestra naturaleza caída (por supuesto, sin pecar) a fin de que los cristianos puedan vivir la vida inmaculada que él vivió?”

Tras haber señalado las muchas facetas que el tema comporta, el pastor Spangler explica lo que a algunos podría parecer una reticencia en el abordaje de la naturaleza de Cristo por parte de Ministry:

“Durante años hemos evitado a propósito que en nuestra revista aparezcan artículos referidos a la naturaleza de Cristo. Mi artículo editorial de abril del 1978 en Ministry testificaba acerca de mi propia lucha al respecto. Señalaba que me había sentido abrumado por un sentimiento de ineptitud, al intentar expresar mis convicciones. Oré fervientemente para que el Señor hiciera que cargara mi pluma con la preciosa tinta del amor y la verdad, y no con la de la disputa y el debate. Sigo convencido de que el ciudadano de a pie o el que ocupa típicamente los bancos de la iglesia estaría desesperadamente perdido si su salvación dependiera de una comprensión incisiva y erudita de la naturaleza de Cristo” (J.R. Spangler, “The Nature of Christ”, Ministry, junio 1985, p. 24).

Pero debido a la convicción de no pocos que perciben la diferencia que significa en la experiencia cristiana de cada uno, dependiendo de cuál de las dos posturas acepte, los redactores de Ministry creyeron que era de justicia ofrecer un tratamiento amplio y sistemático del tema. El pastor Spangler continuó así:

“Sin embargo, dado que hay quienes creen fervientemente que la iglesia caerá a se mantendrá dependiendo de su comprensión acerca de Cristo y su naturaleza, y teniendo en cuenta el avivamiento de las discusiones verbales y escritas sobre el tema, creo que debieran ser re-examinadas las dos posiciones. En consecuencia, ofrecemos dos artículos más bien extensos escritos por dos teólogos adventistas”.

Cinco años antes un profesor de Biblia se había confrontado ya con esas inquietudes:

“En África del Sur, Francis Campbell dimitió como presidente de Unión bajo ciertas presiones. Intentó señalar las áreas específicas de controversia. “La denominación nunca ha sido capaz de definir claramente su posición sobre la naturaleza de Cristo, la perfección y el pecado original: áreas todas ellas vitales para comprender la justicia por la fe...

Creo que sus reflexiones eran extremadamente certeras y apuntaban directamente al corazón de las dificultades que estamos experimentando. Como iglesia no hemos definido nunca claramente nuestras creencias en esas tres áreas críticas: el pecado, Cristo, y la perfección. Debido a la falta de claridad y a las posturas divergentes en esas áreas, hemos estado vagando en el desierto teológico durante estos cuarenta años de incertidumbre y frustración. Debido a haber mantenido posiciones contradictorias en esos respectos, hemos sido incapaces de definir claramente nuestro mensaje y nuestra misión” (Dennis E. Priebe, “Will the Real Gospel Please Stand Up?”, Voice of Present Truth, invierno 1980, publicado por Unwalled Village Publishers, Platina, California).

Para iniciar las discusiones formales en Ministry fueron elegidas dos personas: Norman R. Gulley, quien había de presentar la posición previa a la caída, y Herbert E. Douglass, quien había de presentar la posterior a la caída. El primero fue presentado bajo el pseudónimo de Benjamin Rand, y el segundo bajo el de Kenneth Gage. Se decidió así por la razón siguiente:

“Desafortunadamente, el prejuicio puede impedir a ciertas personas leer un artículo doctrinal controvertido, si el lector conoce la posición del autor y no está de acuerdo con ella... Recurrimos a los pseudónimos en un intento por hacer que todos los lectores consideraran la evidencia de ambas posturas, de una forma reflexiva, con oración y en ausencia de prejuicios” (Redactores, Ministry, diciembre 1985, p. 2).

El Dr. Gulley se auto-limitó a un estudio de la evidencia bíblica (sin recurrir a pensamientos confirmatorios a partir de los escritos de E. White). Procuró asimismo “abordar el significado lingüístico y teológico de los términos griegos: sarx, hamartia, isos, homoioma, monogenes y prototokos”. Afirmó desde el mismo principio que “mediante la investigación documentaremos la abrumadora evidencia bíblica de que Jesús tomó, de hecho, una naturaleza humana impecable al nacer (espiritualmente), poseyendo al mismo tiempo una naturaleza física similar a la de sus contemporáneos” (Norman R. Gulley, “What Human Nature did Jesus Take? -Unfallen”, Ministry, junio 1985, p. 8). El estudio comparativo de Gulley sobre el término “semejanza” en Romanos 8:3, en Filipenses 2:7, y el “ser en todo semejante a sus hermanos” de Hebreos 2:17, le hace a uno preguntarse si no partía de ciertas presuposiciones. En griego se emplea la misma raíz en los tres textos.

“¿Cómo entendemos, pues, estas palabras: Dios envió ‘a su Hijo en semejanza de carne de pecado’ (Rom. 8:3)? Consideremos primeramente lo que Pablo pudo haber dicho. Pudo haber escrito: (1) Dios envió a su Hijo en carne de pecado, o (2) en semejanza de carne. Lo primero habría significado que su carne fue pecaminosa, y lo segundo que sólo simuló ser hecho carne, pero siendo en realidad algún ser extraterrestre (1 Juan 4:1-3, un texto que algunos interpretan equivocadamente).

Pablo no dijo ninguna de esas dos cosas. Centró la atención en la venida de Cristo en semejanza de carne de pecado. La palabra clave es ‘semejanza’. Dos son las palabras griegas que se traducen por ‘semejante’: isos, que significa ‘igual’, tal como encontramos en Hechos 11:17, donde Dios ‘les concedió también el mismo [igual, isos] don’, i homoioma, empleado en Romanos 8:3, y que significa ‘similar’ (por ser humano), pero no ‘igual’ (por no ser pecaminoso). La Escritura es consistente en esto. Así, leemos en Hebreos 2:17: ‘Por lo cual debía ser en todo semejante [homoioo] a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote’.

¿Sugieren esas palabras griegas y textos que Jesús fue similar a otros seres humanos solamente en el sentido de tener un cuerpo humano afectado físicamente por el pecado, pero no siendo igual a otros seres humanos, dado que sólo él fue impecable en su relación espiritual con Dios? Así lo creyó E. White. La evidencia bíblica que hasta aquí hemos considerado apoya una conclusión como esa” (Id, p. 10 y 11. En una nota al pie bajo el epígrafe “E. White”, el autor cita: “Al tomar sobre sí la naturaleza humana en su condición caída, Cristo no participó en lo más mínimo en su pecado. Estuvo sometido a las debilidades y flaquezas por las cuales está rodeado el hombre... se compadeció de nuestras debilidades, y en todo fue tentado como lo somos nosotros, ‘pero sin pecado’... No debiéramos albergar dudas en cuanto a la perfecta impecabilidad de la naturaleza de Cristo” –E. White, “Signs of the Times”, 9 junio 1898; citado en “Comentario Bíblico Adventista”, vol. V, p. 1105-. “Debía ocupar su puesto a la cabeza de la humanidad tomando la naturaleza del hombre, pero no su pecaminosidad”. “Signs of the Times”, 29 mayo 1901 –citado en “Comentario Bíblico Adventista”, vol. VII, p. 924-).

En su presentación, Gulley afirma:

“No fue sino hasta su muerte, cuando Jesús, ‘que no conoció pecado’, fue hecho pecado por nosotros (2 Cor. 5:21)... El hombre Jesús se hizo pecado por nosotros en misión, en su muerte, y no en naturaleza, al nacer” (Id, p. 18).

En su crítica, Gulley insiste en que 2 Corintios 5:21 puede aplicarse solamente al Getsemaní y a la cruz.

“En Getsemaní Cristo... estuvo en una actitud diferente a aquella en la que siempre había estado con anterioridad”. Sólo entonces, él, que no había conocido pecado, fue hecho pecado por nosotros (2 Cor. 5:21) (Norman R. Gulley, ‘A Critique to the post-Fall View’, Ministry, agosto 1985, p. 24. Ver E. White, “El Deseado de todas las gentes”, p. 636).

Dado que el profesor Gulley apoyó su posición ocasionalmente en los escritos de E. White, no estará de más mencionar que al menos en tres ocasiones, E. White aplicó 2 Corintios 5:21 a la experiencia de Cristo en la tentación (“Review and Herald”, 28 julio 1874, citado en “Comentario Bíblico Adventista”, vol. V, p. 1057; “Mensajes Selectos”, vol. 1, p. 314).

Dirigimos ahora nuestra atención a la presentación que hace Herbert E. Douglass de la posición posterior a la caída sobre la encarnación. Afirma:

“El asunto fundamental en la salvación no es primariamente cómo Dios se hizo hombre, sino por qué... Sin duda alguna la encarnación está rodeada de misterio. Pero el misterio no está en el por qué de la unión entre Dios y el hombre, sino en el cómo.

[Ciertos] conceptos teológicos permanecerán en la relativa incertidumbre a menos que comprendamos por qué vino Jesús a la tierra.

¿Por qué Jesús, como cualquier bebé de hace dos mil años, tomó la condición de la humanidad caída y no la de Adán en su inocencia en el Edén? (“El Deseado de todas las gentes”, p. 32). Si Jesús hubiera tomado el estado anterior a la caída, sólo habrían quedado respondidos unos pocos de los aspectos del gran conflicto. Vino... para revelarse a sí mismo como el ejemplo del hombre, proveyendo un modelo de obediencia para los hombres y mujeres caídos (1 Ped. 2:21 y 22). De esa forma les dio esperanza de que el mismo poder que lo capacitó a él para resistir el pecado estaría libremente a disposición de ellos, de forma que quienes así lo quisieran pudieran obedecer igualmente las leyes de Dios (ver 1 Juan 3:3; Apoc. 3:21)... Y para revelarse a sí mismo como sumo sacerdote de los hombres, estableciendo su credibilidad y demostrando su capacidad para convertir en vencedores a los hombres y mujeres (Heb. 2:17 y 18; 4:14-16)”. (Herbert D. Douglass, “What Human Nature did Jesus Take? -Fallen”, Ministry, junio 1985, p. 10 y 11).

A continuación Douglass menciona “muchos eruditos bíblicos que han desafiado la así llamada posición ortodoxa de que Cristo tomó de alguna forma la naturaleza de Adán anterior a la caída más bien que el equipamiento humano heredado por todo otro hijo de Adán”. Proporciona trece nombres que han comprendido por la Escritura que Cristo tomó la naturaleza humana posterior a la caída:

“Entre ellos están Edward Irving, Thomas Erskine, Herman Kohlbrugge, Edward Bohl, Karl Barth, T.F. Torrance, Nels Ferre, C.E.B. Cranfield, Harold Roberts, Lesslie Newbigin, E. Stauffer, Anders Nygren, C.M. Barret y Eric Baker” (Id, p. 12. Ver estudios en Harry Johnson, “The Humanity of the Savior”, London, The Epworth Press, 1962).

Douglass presenta cinco respuestas de C.E.B. Cranfield, profesor de teología en la universidad de Durham, a propósito del significado de “en semejanza de carne de pecado” (en griego sarx hamartias) de Romanos 8:3. Afirma Cranfield en una nota al pie:

“Los que creen que fue naturaleza humana caída la que asumió [Cristo], tienen incluso mayor causa que los autores del catecismo de Heidelberg para ver el todo de la vida de Cristo en esta tierra en su ministerio y muerte, no como un ponerse allí donde estuvo el Adán no caído sin ceder a la tentación en la que sucumbió Adán, sino como un comenzar allí en donde nosotros comenzamos, sujeto a todas las presiones del mal que nosotros heredamos, y haciendo uso del material tan poco prometedor como inservible de nuestra naturaleza corrupta para alcanzar una obediencia perfecta e impecable” (Id, p. 15).

Douglass encuentra en el Nuevo Testamento abundante apoyo para la naturaleza humana caída de Cristo:

A. El nacimiento virginal (Mat. 1:16; 18-25; Luc. 1:26-38; 3:32)

B. El Hijo del hombre (Mat. 8:20; 24:27)

C. La analogía entre Adán y Cristo (Rom. 5; 1 Cor. 15)

D. El empleo que hizo Pable de sarx (carne) en sus diferentes acepciones, incluyendo como sinónimo de pecado (Rom. 6:19; 7:18; 7:4)

E. “En semejanza de carne de pecado” (Rom. 8:3)

F. La solidaridad del sumo sacerdote con la humanidad (Heb. 2:11; 2:14; 2:16-18; Heb. 4:15; 5:7-9)

Douglass recuerda a sus lectores que si hubieran vivido antes de 1950, gran parte de la discusión sobre el tema no habría tenido lugar:

“Hasta la cuarta parte del siglo XX los portavoces adventistas presentaron consistentemente a Jesús como quien tomó nuestra naturaleza caída. Como tantos eruditos no adventistas, se habrían horrorizado hasta el infinito de la idea de que creer que Jesús tomó la naturaleza humana caída demanda creer también que él fue un pecador. O bien que eso lo colara a él mismo en necesidad de un Salvador... En Jesús no hubo ni una sombra de pecado, puesto que nunca fue pecador. Nunca tuvo “una tendencia pecaminosa”, puesto que nunca pecó. Sin duda alguna nuestro Salvador experimentó las genuinas tentaciones, las seducciones más reales a satisfacer deseos válidos de manera egocéntrica, con la plena posibilidad de ceder a ellas. Pero “ni por un momento” permitió Jesús que las tentaciones concibieran y engendraran el pecado... Nunca permitió que una inclinación se convirtiera en pecaminosa (ver Sant. 1:14 y 15). Se mantuvo diciendo No, mientras que todos los demás seres humanos han dicho Sí” (Id, p. 19 y 20).

Como en otras ocasiones, Douglass quisiera que se comprenda que Cristo tenía un propósito especial al tomar la naturaleza caída del hombre:

“Terminamos allí en donde comenzamos, preguntando nuevamente la primera cuestión que debiera guiar nuestro estudio relativo a la humanidad de Jesús: ¿Por qué vino Jesús a la tierra? Tal como hemos observado ya, vino a silenciar las falsas representaciones y acusaciones de Satanás, y a cumplir el papel de sustituto, garante y ejemplo del hombre caído. La razón para su venida determinó la forma en la que vino; de otra manera su venida no hubiera alcanzado a su propósito. Triunfó gloriosamente sobre el mal; vino a ser el sustituto adecuado, el ser humano pionero, el modelo para la humanidad. Y todo ello lo logró en las circunstancias más adversas, no estando exento de nada, en la misma herencia compartida por los hombres y mujeres a quienes vino a salvar. Considerada desde el punto de vista de los asuntos básicos del gran conflicto, su victoria asume una perspectiva eterna y maravillosa. Y eso significa con toda seguridad increíbles buenas nuevas en un universo inundado por el fruto amargo del pecado, e hipnotizado por un sinnúmero de falsas representaciones del carácter de Dios y de lo que él espera de sus hijos creyentes” (Id, p. 20).

En el número de junio de la revista Ministry que contiene ese largo artículo de Gulley y Douglass presentando las posiciones contrapuestas, el redactor Spangler abrió el camino a las respuestas de los lectores:

“Urgimos a que envíen cartas breves y concretas de no más de 250 palabras... Seleccionaremos y publicaremos algunas de ellas siguiendo el criterio de un porcentaje equitativo, para dar una idea de cuál es la dirección que está tomando el campo en ese tema” (J.R.S. “The Nature of Christ”, Ministry, junio 1985, p. 24).

El número de diciembre de 1985 incorporó una selección significativa de cartas. En primer lugar se dedicó un espacio a responder cuatro cuestiones:

1. ¿Por qué aparecieron los artículos bajo un seudónimo?

2. ¿Por qué publicó Ministry artículos en pro y en contra sobre una doctrina que había sido establecida en la Iglesia Adventista?

3. ¿Por qué publicar ese material en favor del punto de vista de una naturaleza impecable en Cristo, sabiendo que ese es el punto clave sobre el que se ha construido la nueva teología, que ha sido la causante de que tantas personas abandonen la iglesia?

4. ¿Por qué publicar material que nos lleve a la conclusión de que la naturaleza humana no es susceptible de perfeccionamiento? (Redactores de Ministry, diciembre de 1985, p. 2 y 25).

Seguidamente se concedió espacio a la publicación de cuatro cartas en apoyo del punto de vista anterior a la caída, y que ocupaban una columna y media de la revista. A continuación se publicaron cuatro cartas apoyando el punto de vista posterior a la caída, que ocuparon cerca de cinco columnas. Casi tres de ellas consistían en una respuesta punto por punto a la presentación de Gulley, preparada por Joe E. Crews, Frederick, Maryland.

Dicha carta comienza con la frase: “El autor [Gulley] presupone que todo bebé nace con la sentencia de muerte pendiendo sobre sí”. La tercera frase comienza así: “El autor hace la absurda afirmación... etc”. Crews se refiere a lo que parece ser para él el problema básico de la posición anterior a la caída:

“[Gulley] no sólo confunde el pecado con los efectos del pecado, sino que llega a convertir la naturaleza pecaminosa en equivalente al pecado mismo”. ‘[Gulley dice:] Si bien el pecado incluye las elecciones incorrectas y por lo tanto actos e incluso pensamientos, incluye igualmente nuestra naturaleza. Si no naciéramos siendo pecadores, entonces no necesitaríamos un Salvador hasta nuestro primer acto o pensamiento de pecado’.

El autor [Gulley] va al corazón de su asunto crucial en el artículo. Puesto que naturaleza caída es lo mismo que culpa y pecado, todo bebé que nace está necesitado de redención antes de poder pensar, hablar o actuar. Eso significa que Jesús habría sido culpable por el simple hecho de nacer, a menos que su naturaleza fuese diferente a la del resto de bebés...

Los hijos de Adán no heredaron separación de Dios, lo que habría implicado culpa, condenación y la penalidad de la segunda muerte. Heredaron solamente el resultado de la separación de Adán de Dios, que implicaba una naturaleza caída, debilitada, y la inevitabilidad de la primera muerte. El autor [Gulley] cree que la naturaleza caída es lo mismo que culpabilidad personal, y que eso es también equivalente a estar separado de Dios. Escribe [Gulley:] ‘Es impensable que Jesús se hundiera en la separación de su Padre en el mismo acto de venir a este mundo’. Enfatiza, pues, de nuevo el tema central de su proposición: que la naturaleza caída es naturaleza culpable, y separación de Dios y de la salvación. Según eso, Jesús no pudo haber estado relacionado con una naturaleza tal.

De igual forma en que confunde el pecado con la naturaleza pecaminosa, los resultados del pecado con el pecado mismo, y la separación de Dios con la naturaleza caída, el autor [Gulley] confunde las propensiones pecaminosas con las propensiones naturales. Define las propensiones pecaminosas como ‘la inclinación a pecar’. Escribe: ‘Las propensiones pecaminosas (o inclinación a pecar) se adquieren de dos formas: pecando, y naciendo pecador. Cristo no participó en ninguna de ellas’. Por supuesto que no lo hizo. No sé de nadie que piense que Jesús tuvo “propensiones pecaminosas” lo mismo que todos nosotros, como resultado de haber nacido como nosotros -con una naturaleza caída-. Las propensiones pecaminosas son inclinaciones al pecado que han sido cultivadas y fortalecidas mediante la indulgencia en el pecado. Las propensiones naturales son las inclinaciones heredadas. La culpabilidad existe en las segundas, pero no en las primeras. No se convierte en pecaminosa mientras que uno no ceda a la propensión” (Joe E. Crews, “In Support of the post-Fall View”, Ministry, diciembre 1985).          


 

Observaciones sobre la “Carta a Baker”

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 Dado que el manuscrito de la carta a Baker se publicó al mismo tiempo que “Questions on Doctrine”, y que ha ocupado un lugar prominente entre las citas empleadas para apoyar la posición anterior a la caída sobre la naturaleza humana de Cristo, debido también a que ciertos dirigentes adventistas se han sentido compelidos a cambiar su posición cuando supieron de dicha carta, parece apropiado prestar atenta consideración a su contenido (L.E. Froom, “Movement of Destiny”, p. 470. Cuatro de las doce citas dadas en una nota a pie están tomadas de la carta a Baker –Carta 8, 1895, “Comentario Bíblico Adventista”, vol. V, p. 1102 y 1103). La parte de la carta que ha tenido mayor influencia al respecto, es la siguiente:

“No lo presentéis [a Cristo] ante la gente como un hombre con tendencias al pecado [inglés: propensities of sin]... Podría haber pecado; podría haber caído, pero en ningún momento hubo en él tendencia alguna al mal [inglés: evil propensity]... Nunca dejéis, en forma alguna, la más leve impresión en las mentes humanas de que una mancha de corrupción o una inclinación hacia ella descansó sobre Cristo, o que en alguna manera se rindió a la corrupción” (E. White, Carta 8, 1895; “Comentario Bíblico Adventista”, vol. V, p. 1102 y 1103).

En 1978 J.R. Spangler, redactor de Ministry, declaró:

“A la luz de esa declaración personalmente debo admitir que sea cual fuere el tipo de naturaleza pecaminosa que Cristo tuviera (si es que la tuvo), no tenía propensión, inclinación natural, tendencia o inclinación hacia el mal” (J.R.S, “This Nature of Christ”, Ministry, junio 1985, p. 24).

En un documento preparado para el curso lectivo en la Universidad de Andrews en 1975, Lyell Vernon Heise llegó a la conclusión de que las afirmaciones enérgicas en los escritos de E.J. Waggoner, anunciados y vendidos por entonces extensamente en Australia, así como las declaraciones inequívocas en las predicaciones de W.W. Prescott, de visita en Australia por aquella época, fueron las que provocaron la advertencia de la carta a Baker. Reproducimos aquí una parte del razonamiento de Heise:

“En esa predicación (“El Verbo se hizo carne”), Prescott afirma enfáticamente que Cristo tomó carne pecaminosa: “Y observad, fue en carne pecaminosa en la que fue tentado, no en la carne en la que Adán cayó”. Era su propósito que, habiendo purificado la carne pecaminosa al morar su presencia [en Cristo], pudiera ahora venir y purificar la carne pecaminosa en nosotros, y glorificar en nosotros carne pecaminosa... ¿Es posible que E. White pudiera apreciar una deriva peligrosa en esa cristología? [E.J. Waggoner y A.T. Jones habrían predicado y publicado la misma posición, según Heise]. Cierto, no una crisis, no un problema digno de pública atención a la vista del buen trabajo que Prescott estaba haciendo, pero sí de magnitud suficiente como para hacer necesario su abordaje en la carta a Baker, escrita sólo un mes después de la aparición de ese sermón [de Prescott] en The Bible Echo. La inequívoca conexión entre la predicación de Prescott y la carta de E. White a Baker sugiere con fuerza que la advertencia y precauciones de la carta de E. White se aplican de forma particular a la posición que representa el sermón de Prescott” (Lyell Vernon Hise, “The Christology of Ellen G. White”, Carta 8, 1895 –documento presentado en clausura del curso T600; Problemas en teología, marzo de 1975, p. 18 y 19).

Pero Robert J. Wieland señaló lo inverosímil de ese tipo de razonamiento:

(a) La carta no la dirigió a Jones o a Waggoner [ni a Prescott].

(b) No menciona por nombre ni alude a la posición de Jones o Waggoner [o Prescott].

(c) No condena las posiciones de ellos, ni siquiera remotamente. Sólo condena las distorsiones de dichas posiciones.

(d) Si E. White hubiera tenido por objeto oponerse a Jones o Waggoner [o Prescott] en sus enseñanzas sobre la naturaleza de Cristo, sabía bien cómo escribirles cartas a ellos. La idea de aludir indirectamente a Jones [o a los otros dos] mediante una carta enviada a Baker en Australia, con la intención de rebatir solapadamente a Jones [o a Waggoner o Prescott] es repugnante para todo quien conozca el carácter abierto de E. White.

(e) Es interesante que E. White no tomó disposición alguna para que se publicara la carta, ni para que se incorporaran porciones de la misma en Testimonios editados por aquella época. Si E. White hubiera percibido que la cristología de Jones y Waggoner [y de Prescott] fuese defectuosa o peligrosa, no habría dudado en publicar su carta a Baker en los mensajes que componen los volúmenes V, VI, VII, VII o IX de Testimonies for the Church” (Robert J. Wieland, “The Broken Link, Some Questions on the Nature of Christ”, 1981, p. 14 y 15).

Por otra parte, la clave del problema es cómo empleó E. White el término “propensiones”. Lo hizo con significados diversos. Lo empleó frecuentemente para referirse a la tendencia a pecar, una inclinación al mal que todos los hombres han heredado de Adán. Damos algunos ejemplos (B.W. Steinweg, “The Baker Letter and the Human Nature of Christ”, 1979, p. 14-18):

“Sin el proceso transformador que sólo puede venir mediante el poder divino, las propensiones originales al pecado permanecen en el corazón en toda su fuerza” (“Review and Herald”, 19 agosto 1890).

“La influencia refinadora de la gracia de Dios cambia el temperamento natural del hombre... Las propensiones que dominan el corazón natural deben ser subyugadas por la gracia de Cristo” (“Los hechos de los apóstoles”, p. 221).

“No había principios corruptos en el primer Adán ni propensiones corruptas o tendencias al mal” (“Carta” 191, 1899; “Comentario Bíblico Adventista”, vol. I, p. 1097).

“Por causa del pecado su posteridad [de Adán] nació con tendencias inherentes a la desobediencia” (“Carta” 8, 1895; “Comentario Bíblico Adventista”, vol. V, p. 1102).

“Los que retienen las tendencias hereditarias hacia el mal, no podrán morar con él” (“General Conference Bulletin”, 4º trimestre, 1899; “Hijos e hijas de Dios”, p. 296).

“Resistid de forma resuelta toda inclinación a pecar” (“Testimonies”, vol. V, p. 47).

En las declaraciones precedentes E. White hace referencia al equipamiento con el cual nace todo ser humano, incluyendo a Jesús. “Como cualquier hijo de Adán, [Cristo] aceptó los efectos de la gran ley de la herencia” (“El Deseado de todas las gentes”, p. 32).

No obstante, en la carta a Baker E. White hizo otro uso de la palabra “propensiones” [traducida al castellano como “tendencias”]. En las siguientes declaraciones emplea “propensiones” en el sentido de pecado:

“Muchos se arruinarán mientras esperan y desean vencer sus malas inclinaciones. No someten su voluntad a Dios. No escogen servirle” (“El ministerio de curación”, 131).

“No debemos retener una sola tendencia pecaminosa” (“Review and Herald”, 24 abril 1900; “Comentario Bíblico Adventista”, vol. VII, p. 954).

“Se me ha mostrado que complacen sus propensiones egoístas y sólo hacen las cosas que concuerdan con sus gustos e ideas... Pero aun cuando sus malas propensiones puedan parecerles tan preciosas como la mano derecha o el ojo derecho, éstas deben ser separadas del obrero, o no será aceptable ante Dios” (“Testimonios para los ministros”, p. 171).

“Deberían abandonarse la propensión a los placeres y la liviandad” (“Mensajes para los jóvenes”, p. 39).

“Vuestra propensión mundana regresa nuevamente, y lo domina todo” (“Testimonies for the Church”, vol. IV, p. 351 y 352).

No es difícil ver que E. White está hablando aquí de pecado real en la vida. Es en ese sentido en el que emplea “tendencias” [inglés: propensities] por dos veces en la carta a Baker, refiriéndose a Cristo:

“No lo presentéis ante la gente como un hombre con tendencias al pecado... Podría haber pecado; podría haber caído, pero en ningún momento hubo en él tendencia alguna al mal”.

Es necesario comprender esta distinción en el uso de “tendencias” [inglés: propensities], en un caso refiriéndose al equipamiento con el que nace el hombre, y en el otro refiriéndose a su actuación, a atravesar la línea que da entrada a la zona del pecado. La confusión es el único resultado posible cuando se ignora esa distinción.

El pastor Spangler, en su artículo editorial de 1978, consideró sin mayor reflexión que las propensiones o tendencias contenidas en la carta que E. White escribió a Baker se referían al equipamiento natural de Cristo [a su naturaleza]. Es por ello que afirmó:

“A la luz de esa declaración personalmente debo admitir que sea cual fuere el tipo de naturaleza pecaminosa que Cristo tuviera (si es que la tuvo), no tenía propensión, inclinación natural, tendencia o inclinación hacia el mal” (J.R.S., “Ask the Editor”, Ministry, abril 1978, p. 23).

Marshall J. Grosboll evidencia una similar falta de comprensión cuando un año antes planteó la cuestión en Ministry (Marshall J. Grosboll, “Battling Over the Nature of the King of Peace”, Ministry, octubre 1977, p. 11; David Duphie, “Theological Issues Facing the Adventist Church”, 1975, p, 86-88):

“¿Fue Cristo plenamente humano? Creo que sí lo fue. “El Deseado de todas las gentes” afirma que ‘como cualquier hijo de Adán, aceptó los efectos de la gran ley de la herencia’ (p. 32)”.

Citando a continuación el “Comentario Bíblico Adventista”, vol. V, p. 1102, se vio forzado a admitir:

“Es cierto que Cristo no tenía la tendencia a pecar. ¿Lo puedo explicar? –No. Simplemente debo aceptarlo. ¿Cómo pudo Cristo no tener tendencia a pecar, siendo que ‘aceptó los efectos de la gran ley de la herencia’?”

No es extraño que clamara frustrado: “Quizá en tres siglos de filosofar y debatir alguien pueda encontrar una buena solución”.

Un estudio del contexto en el que tienen lugar esas expresiones-problema ayudará a comprender correctamente lo que E. White estaba diciendo en la carta al pastor Baker. David P. Duphie, en “Theological Issues Facing the Adventist Church”, plantea la cuestión: “Cuando en la carta a Baker E. White hace la advertencia: ‘No lo presentéis ante la gente como un hombre con tendencias al pecado’, ¿se está refiriendo a su equipamiento, a la carga genética con la que nació?, ¿o se está refiriendo a su vida intachable, a que jamás ‘se rindió a la corrupción’?

“En ese mismo pasaje hay dos evidencias mayores de que E. White se está refiriendo a lo que [Jesús] hizo, y no a su dotación genética, a su equipamiento.

Dice primeramente: ‘Podría haber pecado; podría haber caído, pero en ningún momento hubo en él tendencia alguna al mal’. Es evidente que lo que está afirmando es que si bien pudo haber pecado, pudo haber caído, no obstante jamás pecó, jamás cayó.

En segundo lugar, la expresión: ‘en ningún momento’ es en sí misma una evidencia de primer grado de que no se está refiriendo a la dotación genética, sino al hecho de si Cristo cedió al pecado en algún momento de su vida, de si cometió pecado (para afirmar que, efectivamente, jamás pecó).

Sería bien extraño e inconsistente emplear la expresión ‘en ningún momento’, en referencia a la dotación hereditaria invariable de Cristo. Considérese esta analogía relativa a la ceguera para los colores. Dicha ceguera selectiva es un defecto hereditario que una persona puede tener, o no tener, y esa característica será invariable a lo largo de su vida... No puede ser ciego para los colores en ciertos momentos, y no serlo en otros... Así, la expresión ‘en ningún momento hubo en él tendencia alguna al mal’ indica que E. White no emplea aquí la palabra ‘tendencias’ en el sentido de naturaleza inherente o herencia genética con la que Cristo nació, sino que está destacando el hecho de que Jesús no cedió al pecado ni por un momento” (David P. Duphie, “Theological Issues Facing the Adventist Church”, 1975, p. 86-88).

Examinando la carta a Baker, Ralph Larson llegó a la conclusión de que en ella E. White hizo una refutación de los principios del adopcionismo, que probablemente habían afectado al pensamiento del pastor Baker, dado que la profetisa lo previno en contra de la aceptación de las “tradiciones de los padres”, advirtiéndolo “contra la enseñanza de teorías especulativas”. El adopcionismo sostiene que:

“Jesús no fue el Hijo de Dios durante la primera fase de su existencia terrenal... Pudo entonces haber sido vencido por la tentación, cometiendo así pecado. Ninguna de esas cosas, en vista de su continua lucha heroica por alcanzar la santidad, lo habría descalificado para venir a ser el Hijo adoptado de Dios...” (Ralph Larson, “An Examination of the Baker letter”, Voice of Present Truth, marzo 1983. Para una lectura completa de la carta a Baker, ver Ralph Larson, “The Word Was Made Flesh”, Manuscrito, 1985, p. 30-136. Herbert E. Douglass, “An Historical Note on the 1895 Baker Letter”, Manuscrito 1975, p. 12).

Ralph Larson continua razonando:

“La expresión ‘en ningún momento’ parece indicar que E. White se horrorizó ante la idea antes expresada, propia del adopcionismo... En la carta E. White afirma insistentemente que Cristo no pecó, repitiéndolo en un total de diez ocasiones, y descartando explícitamente que hubiera cedido ni por una sola vez a la tentación.

Y ciertamente no se espera que empleemos un fragmento de una carta personal dirigida a un pastor de Tasmania para contradecir las declaraciones de E. White referentes a la naturaleza humana de Cristo, tal como se las encuentra en “El Deseado de todas las gentes”, que representa claramente su posición consciente y deliberada relativa a la cristología, según una obra que ella escribió destinándola al mundo entero” (Id.)      


 

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Uno de los autores denominacionales citados en este libro, en una carta fechada el 20 de febrero de 1986, escribió:

“Hace unos cinco años encontré su documento referente a los [varios] significados de “tendencia” [propensity en inglés] en el sótano de la biblioteca de la universidad de Andrews. Esa fue la última pieza del puzzle que permite substanciar la posición post-lapsaria [comprensión de la naturaleza tomada por Cristo, como siendo la propia del hombre después de la caída en el pecado].

Percibo que la posición pre-lapsaria [comprensión de la naturaleza humana tomada por Cristo, como siendo la del hombre antes de la caída en el pecado] ostenta un dominio casi total entre los teólogos [con unas pocas y notables excepciones], y cuenta con una gran mayoría de adherentes entre los pastores. No obstante, sucede exactamente lo contrario entre los laicos. Tiene razón en cuanto al resurgimiento de la comprensión post-lapsaria entre los miembros de la Iglesia Adventista, particularmente entre quienes han renovado su estudio del mensaje de 1888”.         

 

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traducción: www.libros1888.com