María
Magdalena
LB, 2006-2022
Lectura: Marcos 14:1 al 11
No hemos leído una historia,
sino tres:
·
La primera es terrible: los
dirigentes del pueblo de Dios conspirando para matar a Jesús, el Señor de la
gloria.
·
La tercera es aun peor: uno
de los propios discípulos de Jesús tomando la resolución de traicionarlo y
entregarlo a sus verdugos por el precio de un esclavo.
·
Como lirio que emerge en el
pantano, entre esas dos historias siniestras brilla el relato más bello y
conmovedor. Ningún pecador en la historia del mundo ha hecho algo tan
maravilloso. Ningún rey ha recibido un trato como ese: sus pies lavados por
lágrimas de agradecimiento surgido de un corazón arrepentido.
Jesús afirmó que allí donde el evangelio sea predicado en el mundo, será
conocido el episodio protagonizado por María Magdalena.
·
Esa historia hará que
comprendamos en qué consiste realmente la justicia que viene por la fe, puesto
que nos da la correcta comprensión de la fe: “Él
dijo a la mujer: —Tu fe te ha salvado; ve en paz” (Lucas 7:50 - Romanos
5:1).
·
Es parte vital del mensaje
del tercer ángel en verdad (el evangelio eterno o justicia por la fe).
·
Es una exposición del evangelio
(en Cristo), y de la respuesta al evangelio (en María Magdalena); no en
propuestas teológicas, sino en un ejemplo real.
Contexto:
El autor del relato es Marcos. Probablemente era muy joven. Posiblemente es el
descrito en los versículos 51-52. Tras el arresto de Jesús, “cierto joven lo seguía cubierto el cuerpo con una sábana.
Lo prendieron, pero él, dejando la sábana huyó desnudo”.
·
Marcos es respetuoso y
discreto. No identifica a la “mujer”
(tampoco Mateo ni Lucas). Probablemente ella vivía cuando Marcos escribió (1er
evangelio escrito).
·
Mateo también refiere el
evento (cap. 26), y Lucas (cap. 7). Lucas nunca osaría escribir un evangelio
sin referir esa historia. Juan también (cap. 12).
·
Juan (escrito 35 años
después) identifica a la “mujer”: María,
hermana de Marta.
·
Mateo identifica a los que
criticaron a María. No eran los escribas y fariseos. Eran los propios
discípulos, los que Jesús había elegido para ser sus ministros.
·
Juan añade que la crítica se
originó en Judas Iscariote.
·
Aquella mesa en casa de
Simón era muy especial. En ella estaban: 1/ Lázaro, quien había muerto y
resucitado (Juan 12:2); 2/ Jesús, quien entregaría su preciosa vida
aquella semana; 3/ Judas, quien se suicidaría antes que Cristo muriera; 4/
Marta, que servía (Lucas 10:38-39); 5/ María Magdalena. 6/ Simón,
el anfitrión, 7/ y otros varios, no todos con un espíritu amistoso.
La infancia de María debió ser feliz. Nació en una buena familia. Era hermana de Lázaro, buen
amigo de Jesús. Su casa estaba en Betania, un barrio próspero en las afueras de
Jerusalén. Todo debió irle bien, hasta que
·
Fue seducida por uno de los dirigentes
de la iglesia: Simón, el fariseo.
·
Fue abandonada después.
María quedó desolada. Se sintió indigna. No había psiquiatras o psicólogos.
No podía tener ayuda del pastor, ya que Simón era una personalidad prominente
en la sinagoga. No podía contarlo a nadie. Cayó en el desánimo y perdió toda
esperanza de ser una mujer respetable. Cada rincón de su mente se llenó de
desesperación. Había venido a ser una ruina, un objeto de burla. En esa
situación fue poseída por siete demonios. No podía controlar su mente ni su
cuerpo. Estaba a merced de los demonios.
Pero un día se encontró con un Hombre diferente a los que había conocido
hasta entonces. Un hombre que la amaba, pero no por motivos egoístas. Uno que
no estaba interesado en su cuerpo, sino en su alma.
Jesús oró por ella. Sus oraciones no eran maquinales, irreflexivas. Leemos
en Hebreos 5:7 que “ofreció ruegos y súplicas con
gran clamor y lágrimas”. María fue liberada.
Pero la tentación volvió, y recayó. El desánimo de María fue entonces aun
mayor. Su situación parecía desesperada. Esto es lo que le había sucedido:
“Cuando el espíritu impuro sale del hombre,
anda por lugares secos buscando reposo; pero, al no hallarlo, dice: ‘Volveré a
mi casa, de donde salí’. Cuando llega, la halla barrida y adornada. Entonces va
y toma otros siete espíritus peores que él; y entran y viven allí, y el estado
final de aquel hombre viene a ser peor que el primero” (Lucas 11:24-26).
No es difícil imaginar a los discípulos diciendo a Jesús: ‘Maestro, es
inútil. No hay nada que hacer. No pierdas el tiempo con ella’.
Pero Jesús oró nuevamente por María. No una vez, sino siete veces. Siete
veces oyó María la oración de Jesús por su sanación. Gracias a Dios, el Buen
Pastor busca a la oveja perdida “hasta que la encuentra”
(Lucas 15:4).
Finalmente ocurrió el milagro: “Jesús iba por
todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de
Dios. Lo acompañaban los doce y algunas mujeres que habían sido sanadas de
espíritus malos y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena, de la
que habían salido siete demonios” (Lucas 8:1-2; Marcos 16:9).
Nunca te desanimes si recaíste. Vuelve a Jesús. No se va a sorprender ni se
va a indignar cuando le abras tu corazón. Él dijo: “Al
que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37).
María se sintió infinitamente agradecida y quiso expresarlo, pero pensó: ‘Soy
sólo una mujer. He perdido mi reputación. No puedo manifestarme públicamente.
¿Cómo puedo darle las gracias por haberme salvado?’
María supo que Jesús había predicho su próxima muerte (Mateo 16:21;
17:22-23; 20:18-19), pero corrían rumores de que sería coronado rey en
Jerusalén en la fiesta de Pascua y su esperanza revivió. No podía esperar.
Decidió adelantarse para ungirlo.
Fue a comprar el perfume. Era muy muy caro, digno de alguien como su
excelencia el gobernador, o quizá el emperador. Según Mateo 20:9, el precio del
perfume (más de 300 denarios) era el salario de todo un año. Ella no se podía
conformar con menos.
Simón, el hombre que la había seducido, tenía graves problemas. Durante el día
aparentaba ser próspero y feliz. Parecía un hombre de éxito y estaba ocupado en
una actividad religiosa febril que le dejaba poco tiempo para recapacitar.
Eso de día, pero de noche no podía dormir. Lo oprimía una pesada carga.
Suspiraba y daba vueltas. No tenía descanso. Había arruinado la vida de una
joven, quizá adolescente. Era culpable de homicidio. Cayó enfermo bajo el peso
de aquella carga.
Enfermó de lepra, que no sólo era una enfermedad incurable y mortal, sino
también visible, vergonzante, contagiosa y socialmente repulsiva. Además, según
la Escritura la lepra simbolizaba el pecado, lo que era profundamente
humillante para un dirigente espiritual. No era sólo señal de condenación en
esta vida, sino por la eternidad.
Simón lo percibió como la maldición irrevocable de Dios por su pecado. Sabiéndose
inmundo de por vida cayó también él en la desesperación. Pero se encontró con
el mismo Hombre que María. Jesús lo sanó de la lepra.
Tras recibir la bendición también Simón sintió el deseo de agradecerle,
pero su dignidad de fariseo le impedía arrodillarse y decirle: ‘¡Gracias!’ Él
era un dirigente judío. Pertenecía a la élite y no podía permitirse derramar
una lágrima, así que buscó una forma digna y apropiada de expresarle su
agradecimiento.
‘Organizaré una gran fiesta e invitaré a Jesús y a sus discípulos’.
Simón pensó que Jesús debería sentirse muy honrado por esa invitación. Él
apreciaba a Jesús y lo seguía, lo que para un fariseo era excepcional. Para él
Jesús era sobre todo un gran médico (para muchos otros, sólo un carpintero). Lo
observaba como un posible profeta, y hasta consideraba si quizá fuera el
ansiado Mesías. Pero no lo había aceptado como a su Salvador, como al Salvador
del mundo.
Simón organizó la fiesta e invitó a aquel médico, maestro (¿y profeta?)
singular.
María no estaba invitada, pero supo de la cena y tuvo un impulso: ‘No esperaré a su coronación para
ungirlo. Iré a la cena y lo ungiré allí’.
Tomó el frasco de perfume y se dirigió a la fiesta. Entró. Vio dónde se
sentaba Jesús y se colocó junto a él procurando llevar a cabo su plan.
Pero no había imaginado lo que sucedería. Es como si una fuente hubiese
brotado súbitamente en su alma. Nunca pensó que pudiera llorar de ese modo. Sus
lágrimas corrían hasta el suelo. En esas condiciones nadie dosifica bien. En
lugar de tomar unas pocas gotas del perfume, rompió el frasco de alabastro y
derramó todo el perfume de nardo sobre la cabeza y los pies de Jesús.
Toda la pieza se llenó inmediatamente de la fragancia. Callaron las
conversaciones. ‘¡Qué pasa!’, se preguntaron todos.
En medio del gran silencio unos sollozos irreprimibles dirigieron la
atención de todos hacia aquella mujer arrodillada que estaba bañando los pies
de Jesús con sus lágrimas.
María ni siquiera había hecho provisión de una toalla, así que comenzó a
secar con sus largos cabellos aquellos pies de Jesús que pocos días después
estarían clavados en la cruz mientras daba su vida por tus pecados y por los
míos, por los de todo el mundo. Ese es el hecho más maravilloso que jamás un
pecador arrepentido haya realizado.
Los doce discípulos contemplaron aquel espectáculo sublime, pero Judas
Iscariote en un instante despertó entre sus colegas un sentimiento negativo
hacia la conducta de María.
Judas sentía agudamente el silencioso pero contundente reproche de aquel
acto de María por contraste con su motivación egoísta y mezquina.
‘Se podía haber vendido por más de 300 denarios y haber dedicado el dinero
a obras benéficas’. Ese argumento (ADRA) era mucho más presentable que la
realidad de su codicia, sus celos, su envidia.
Los discípulos dijeron ‘¡Amén!’ Hubo un clamor unánime contra María. Su
acto no era propio de una persona equilibrada. Denotaba fanatismo y se la debía
corregir. Los discípulos estaban impresionados por el “sabio discernimiento” de
Judas.
María se sintió nuevamente desolada. Allí arrodillada, oyendo aquella
murmuración, comenzó a recordar cómo, efectivamente, Jesús había enseñado que
se debía atender a los pobres. ‘¡Qué necedad! ¡Qué van a pensar Marta y Lázaro,
mis hermanos! ¡Y qué va a pensar Jesús de mi torpeza!’
Pero lo cierto es que el Espíritu Santo había pensado por María, y ella
había obedecido al punto. Informada sólo por la inescrutable pero infalible
razón del amor, era tan absolutamente incapaz de defender su misteriosa
conducta ante el reproche de los discípulos, que Jesús mismo tuvo que hacerlo
en su lugar. Y lo hizo con palabras que la sostuvieron y confortaron. La
aprobación de Jesús hacia María fue inequívoca.
Luego, girándose hacia Judas lo confrontó públicamente por primera vez diciéndole:
‘Déjala en paz ¿Por qué la afliges? Ha hecho una buena obra. Ha embalsamado
mi cuerpo para el sepulcro. Ha hecho lo mejor que ha podido’. ‘A los pobres
siempre los tendréis. Podréis asistirles siempre que queráis. Pero a mí no
siempre me tendréis’.
Quizá mañana no puedas tener a Jesús. ¡Acéptalo hoy, ahora! Y atiende a los
pobres después.
El acto de María es un reflejo del amor, el sacrificio y la abnegación propios del carácter
de Cristo, de la misma forma en que la actitud de los discípulos ilustra cuál
es nuestra reacción natural ante la expresión del más tierno amor de origen
divino.
Tendemos a pensar como Pedro: ‘Aunque todos te negaren, yo jamás’. Nos
creemos mejores que los doce, seguros de que habríamos actuado positivamente enfrentándonos
con valor a la mayoría. Pero en total sinceridad hemos de reconocer que nuestra
simpatía se habría puesto del lado de Judas, el sabio administrador, como la de
todos los discípulos. Derramar todo el perfume no es razonable. Se trata
claramente de un derroche. ¿En qué comité de iglesia aprobaríamos un gasto como
ese? Es como quemar en una ofrenda de agradecimiento el salario de todo un año…
Pero Jesús alabó a María sin reservas. La exaltó hasta el cielo. La
presentó como al cristiano modelo y dijo que su acto sería conocido allí donde
fuese predicado el evangelio. Hoy damos gracias a Dios por poder recordarlo. ¿Por
qué dijo eso Jesús? ¿Acaso exageraba?
Jesús y sus discípulos miraban lo mismo, pero no estaban viendo lo mismo.
Jesús vio algo que los discípulos eran incapaces de ver:
·
En el frasco de alabastro
roto vio su propio cuerpo
quebrantado por nosotros.
·
En el perfume vertido sin
medida vio su preciosa sangre
derramada en medida suficiente para salvar a todo ser humano que haya poblado la
tierra, aunque sólo unos pocos finalmente lo apreciarían y recibirían.
·
En el sacrificio de
María, donde ella dio todo lo que tenía, vio un
emblema de su propio sacrificio al darse enteramente por nosotros.
·
En la motivación de
María vio un reflejo de su propia
motivación. La fe de María no consistió en ambicionar la alabanza de los
hombres. No estaba buscando ganar la vida eterna ni estaba cumpliendo la letra
de la ley. Tampoco buscaba escapar al castigo o a la perdición. Su fe consistió
en un aprecio profundo por haber comprendido algo de la magnitud del amor de
Dios en Cristo.
·
Para Cristo, ese maravilloso
“derroche” de María era un símbolo
de su propia entrega sin medida, sobreabundante, sublime. Sólo unos días
después Jesús derramaría su alma hasta la muerte en un sacrificio completo y
perfecto, suficiente para salvar eternamente a cada alma que quisiera aceptarlo:
el más maravilloso derroche de amor imaginable. El amor verdadero nunca se
pregunta el costo; siempre va más allá de toda medida. El amor no trae su
ofrenda con cifras y ratios, sino con lágrimas. Y el amor es la única
motivación válida de la fe: “El amor de Cristo nos
constriñe” (2 Corintios 5:14). “En Cristo
Jesús … vale … la fe que obra por el amor” (Gálatas 5:6).
En casa de Simón, Jesús contempla por primera vez a un ser humano que ha
comprendido algo de la longitud, la anchura, la altura y la profundidad de ese
amor que supera todo conocimiento, ese amor que es más fuerte que la muerte.
Cuando el Salvador colgaba de la cruz entre el cielo y la tierra,
aparentemente abandonado por Dios en el cielo y decididamente rechazado por los
hombres en la tierra, el diablo le presentó terribles tentaciones:
‘¿Por qué estás haciendo un sacrificio estéril por esta raza desagradecida?
Tu determinación es totalmente inútil. Tu propio pueblo te está crucificando. Tu
discípulo destacado te ha traicionado. Todo el resto te ha abandonado. Pedro te
ha negado. Tu propia madre ha desfallecido. El Cielo también te ha abandonado.
¡Tu misión es un completo fracaso! ¡Desciende de la cruz y sálvate a ti mismo!’
(ámate a ti mismo).
Así tentaba Satanás a Cristo en su hora más amarga, pero “cuando él penetró en las tinieblas de su gran prueba,
llevó consigo el recuerdo de aquel acto [de María], anticipo
del amor que le tributarían para siempre aquellos que redimiera” (DTG 514).
En María Magdalena, Jesús pudo ver el plan de la redención triunfar en la
raza humana. Tuvo el anticipo de su gozo eterno cuando vea el fruto de la
aflicción de su alma y sea saciado (Isaías 53:11). Animado por ese bendito recuerdo,
“por el gozo que le fue propuesto sufrió la cruz y
menospreció la vergüenza” (Hebreos 12:2).
Nicodemo y José de Arimatea embalsamaron el cuerpo inerte de Jesús cuando
él ya no podía apreciarlo, pero María tuvo el honor de embalsamarlo en vida con
un grato perfume que lo acompañará por la eternidad.
Jesús vio también en María una primicia de lo que vendrá a ser el pueblo de
Dios. Su iglesia remanente, tú y yo, hemos de saber lo que es bañar los pies de
Jesús con lágrimas de contrición, con lágrimas de arrepentimiento.
“Sobre la casa de David y los habitantes de
Jerusalén derramaré un espíritu de gracia y de oración. Mirarán hacia mí, a
quien traspasaron, y llorarán como se llora por el hijo unigénito, y se
afligirán por él como quien se aflige por el primogénito. En aquel día habrá
gran llanto en Jerusalén” (Zacarías 12:10-11).
“Y si alguien le pregunta: ‘¿Qué heridas son
estas en tus manos?’, él responderá: ‘Las recibí en casa de mis amigos’”
(Zacarías 13:6).
Sí. Las recibió —y las recibe— en tu casa y la mía, pero hemos visto que no
va a ser así por siempre. ¡Su amor incesante por nosotros no merece eso y no va
a tener eso!
“En aquel tiempo habrá un manantial abierto
para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para la purificación
del pecado y de la inmundicia” (Zacarías 13:1)
Volvemos a Simón, el fariseo. El relato
sigue con él en Lucas 7. Mientras contemplaba todo aquello se sentía bien
satisfecho: ‘¡He sido sabio al no haber cedido al engaño de creer que Jesús
fuese el Mesías! Si lo fuera habría sabido qué clase de mujer es la que le ha
tocado, que es pecadora’ (Isaías 65:5; Lucas 18:11).
Simón tenía un problema que María no tuvo, pecadora como había sido. María
había sido desposeída de siete diablos, pero Simón aún tenía el octavo: el
diablo del orgullo laodicense y la satisfacción propia.
Quizá en lugar de Jesús, tras una tarde tan intensa habríamos tenido prisa
en terminar:
‘María está rehabilitada. Por hoy es suficiente’. ‘Simón, gracias por
invitarme. Ahora debo irme. Adiós’.
Pero Jesús estaba también lleno de amor hacia Simón y supo qué era
exactamente lo que debía decirle, porque sin duda había madrugado y había pedido
la dirección del Padre, como es también nuestro privilegio hacer.
‘Simón, tengo algo que decirte: dos hombres contrajeron una deuda. Uno
debía 50 denarios y el otro 500. Ninguno de los podía pagar y ambos fueron
perdonados. ¿Cuál de los dos crees que amará más?’
Simón comenzó a ruborizarse comprendiendo que estaba ante Alguien que podía
leer su pensamiento. En realidad era él quien debía los 500 denarios. Debió ser
él quien amara mucho, más aun que María. Simón comprendió que Jesús conocía su
pasado y presente, y comprendió cómo lo amaba, ya que podía haberlo arruinado
haciendo público su pecado de corromper a María. Respondió compungido:
‘Supongo que aquel a quien
le fue perdonado más’. Simón había “juzgado
correctamente”.
Lucas dice que Jesús volvió la espalda a Simón, y mirando a María, quien
seguía aún a sus pies, dijo sin ira, sin acritud, con amor:
‘¿Ves esta mujer, Simón? Cuando esta tarde he llegado a tu casa no me has
ofrecido agua para lavar los pies (cortesía habitual con las visitas), pero
esta mujer a quien desprecias los ha bañado con sus lágrimas’.
‘Cuando he entrado a tu casa te has avergonzado de saludarme de la forma
habitual sabiéndote observado por tus colegas. No me has dado beso de
bienvenida, pero esta mujer no ha cesado de besar mis pies’.
‘Simón, no has ungido mi cabeza con aceite, pero esta mujer me ha ungido
con precioso perfume, y por eso te digo que sus pecados, aun siendo muchos, le
son perdonados, porque ha amado mucho; pero a quien se le perdona poco, ama
poco’.
No podremos amar mucho a menos que comprendamos que se nos ha perdonado
mucho. Si pensamos que no somos tan malos, que se nos ha perdonado poco, no
podremos sobreponernos a una devoción mesurada y tibia, laodicense, que es
rematadamente indigna como respuesta al inmenso sacrificio del Cielo. Pensando
así estamos condenados a permanecer en el bando de Simón y los discípulos,
quienes no tuvieron más que crítica y desdén ante el sublime acto de María.
Desconozco cuál es tu deuda, pero sin duda asciende a muchísimos más
denarios de los que puedes pagar aunque trabajaras siete vidas. Gracias a Dios,
Jesús la pagó por ti completamente en el Calvario. Él espera anhelante tu
respuesta de aprecio y entrega.
Para aprender a amar como lo hizo María no es necesario caer en la
degradación de la que ella fue rescatada. Podríamos no volver nunca.
Hay otra solución mejor, pero es una solución que abate el orgullo humano
hasta el polvo. Consiste en reconocer con humildad que los pecados de cualquier
otro, esos que nos parecen tan graves, habrían podido ser los nuestros si las
circunstancias lo hubiesen permitido. En la base de todos nuestros pecados está
la enemistad contra Dios que se reveló en el rechazo y crucifixión del Hijo de
Dios, y que se manifiesta cada vez que tratamos con frialdad o injusticia a uno
de estos, sus “hermanos pequeñitos”. A Cristo
no lo mataron los judíos ni los romanos. Ellos fueron los verdugos, nuestros
delegados, pero los asesinos fuimos nosotros, tus pecados y los míos.
Horatius Bonar, clérigo escocés del siglo XIX y autor de numerosos himnos,
cierta noche tuvo un sueño que lo despertó con angustia y sobresalto. Se
encontraba ante la cruel escena del Calvario presenciando cómo un soldado clavaba
las manos y pies de Jesús contra el madero. Indignado, quiso ver qué rostro maligno
tenía el soldado y lo increpó. Cuando este se giró, Horatius vio con horror que
se trataba de su propia cara.
“A menos que individualmente nos arrepintamos
ante Dios de la transgresión de su ley y ejerzamos fe en nuestro Señor
Jesucristo a quien el mundo ha rechazado, estaremos bajo la plena condenación
merecida por aquellos que eligieron a Barrabás en lugar de Jesús. El mundo entero está acusado hoy del
rechazo y asesinato deliberados del Hijo de Dios” (TM 38).
Quizá, como Simón, estamos agradecidos a Dios por la salud que nos ha dado,
por la felicidad, por habernos librado de drogas y vicios, de enfermedades y
accidentes; por los beneficios de un estilo de vida saludable con que nos ha
bendecido. Quizá Jesús sea también para nosotros un gran Médico. Pero
necesitamos reconocer en él a nuestro Salvador del pecado. Necesitamos
reconocer que absolutamente todo cuanto tenemos y somos es exclusivamente y en
todo momento la dádiva de Dios en Cristo Jesús. Por eso dice Pablo que en el
evangelio la jactancia —de Simón y nuestra— queda excluida.
“A la muerte de Jesús debemos aun esta vida
terrenal. El pan que comemos ha sido comprado por su cuerpo quebrantado. El
agua que bebemos ha sido comprada por su sangre derramada. Nadie, santo o
pecador, come su alimento diario sin ser nutrido por el cuerpo y la sangre
de Cristo. La cruz del Calvario está estampada en cada pan. Está reflejada en
cada manantial” (DTG 615).
Todos los que pueblen el cielo habrán aprendido a apreciar el costo de su redención. María lo hizo de forma ejemplar.
La fe de María no fue un cálculo, no
fue un buen negocio. Ella creyó
verdaderamente “con el corazón” (Romanos
10:10).
El profundo arrepentimiento de María no es solamente adecuado para quienes
fueron pecadores visibles como ella. Es también perfectamente adecuado
para pecadores discretos como Simón, y para todos los demás incluidos
nosotros.
“[Simón, finalmente] Vio la magnitud de la
deuda que tenía para con su Señor. Su orgullo fue humillado; se arrepintió, y
el orgulloso fariseo llegó a ser un humilde y abnegado discípulo” (DTG 521).
Dios no tiene dos evangelios. La misma gracia que restauró a María la “pecadora”, restauró a Simón el “fariseo”. Aunque “los
publicanos y las rameras [fueron] delante” de los sacerdotes y ancianos “al reino de Dios” (Mateo 21:31), el amor de Jesús alcanzó
mediante el Espíritu Santo los corazones de ambos.
Es mi deseo que alcance también el tuyo y el mío, y a través nuestro, el de
todos aquellos a quienes seamos enviados.