Los días de Noé y los nuestros

Arlene Hill, 11 noviembre 2006

 

 

En Mateo 24 Jesús manifestó que en los últimos días antes de su venida, el mundo estaría “como en los días de Noé” (v. 37). Sabemos que el mensaje de la justicia por la fe, tal como lo proclamaron Ellen White, A.T. Jones y E.J. Waggoner en la era de 1888, es el mensaje para la Iglesia precisamente antes del regreso de Jesús. ¿En qué respecto es diferente al mensaje que dio Noé?

 

La diferencia no está en que las personas hayan de ser más receptivas, o con una mayor disposición a escuchar el mensaje. Nosotros, que poblamos ahora la tierra, somos capaces de cometer tanto pecado como los componentes de aquella generación. El mensaje de Noé nos suena familiar: era un llamado al arrepentimiento. Pero el arrepentimiento al que Dios llama en los últimos días de la historia de esta tierra es diferente al que Noé dio antes del diluvio.

 

Imagínate como miembro de la familia de Noé: ciento veinte años de ridículo, agravados a medida que el extraño proyecto que papá está construyendo toma el aspecto inequívoco de un barco. Demasiado visible como para pasar por un simple proyecto fracasado de fin de semana. Tus colegas te ridiculizan debido a la obsesión de tu padre, sugiriendo que tú debes tener ideas acordes con las suyas. Es más que probable que el respeto hacia tu padre esté disminuyendo gradualmente a medida que lo percibes como la causa de esa aflicción. El resto de la familia está cohesionado y subirá al arca, pero tú tienes ciertas dudas y reservas. ¿Es razonable la conducta de tu padre? ¿Por qué no podrían volver las cosas a ser como hace ciento veinte años?

 

No obstante, te sorprende el fenómeno sobrenatural de los animales acudiendo emparejados y en perfecto orden hacia el arca. Aunque piensas que la fe de tu padre es simplista, te alistarás con tu familia si es que en ello obtienes algún beneficio. El viaje es terrible debido a los elementos desatados, en formas en que los científicos habían afirmado que era imposible que sucediera. Sin embargo, a pesar de las predicciones y lógica humanas, la frágil embarcación llega finalmente a su destino sin que se pierda una sola vida.

 

Sales del arca contemplando el holocausto de todo un mundo y piensas para ti: ‘¿Qué clase de Dios bondadoso es el que ha hecho esto?’ Se perdió toda referencia. Nada se parece a lo que fue hace sólo un año. Observas cómo Noé da las gracias a Dios por preservarlos, y las familias comienzan a vivir la vida. Dios eligió a un agricultor, no a un carpintero, para construir el arca; por lo tanto, Noe, tras haber construido el arca lo mejor que supo, regresó a sus labores agrícolas. Plantó una viña.

 

El registro sagrado nada nos dice acerca de una supuesta prohibición o conocimiento previos de las bebidas alcohólicas, lo que nos impide pronunciar juicio sobre la conducta de Noé al respecto. Cuesta creer que un hombre con fe tan firme como la suya se entregara a una conducta contra la que se le hubiera advertido previamente, pero lo cierto es que Noé se embriagó. Ahora bien, el centro de atención del relato no se encuentra en Noé, sino en la reacción de sus hijos. Sin duda, los tres hijos fueron instruidos por igual en cuanto a la necesidad de respetar a sus padres, pero “el monstruoso crimen de Cam demostró que hacía mucho tiempo que la reverencia filial había desaparecido de su alma, y reveló la impiedad y la vileza de su carácter” (PP, 97; granate, 110).

 

Siendo así, ¿por qué se molestaría Cam en obedecer a su padre y buscar refugio del diluvio entrando en el arca? ¿Entró motivado por el temor, al ver cómo los animales acudían misteriosamente al arca? A diferencia de sus dos hermanos, Cam eligió no respetar a su padre. Cuesta creer que alguien que presenció aquellos acontecimientos cataclísmicos y la inconfundible manifestación del poder divino pudiera degradarse hasta el punto de burlarse de la condición de su padre. Quizá todas esas reservas mentales habían acabado por erosionar hasta el último resto de la fe que pudiera haber tenido. Dios le parecía exigente, severo e implacable. Le resultaba más fácil abordarlo con burla y ridículo, para declarar por fin que sencillamente no existía.

 

Ese hecho significativo nos proporciona la clave para comprender la diferencia entre el mensaje de Noé y el dado en 1888. En ocasión del diluvio Dios sabía que la obra del pecado no había alcanzado hasta la demostración final revelada en la cruz. La humanidad habría de continuar tras el diluvio, sin cambio alguno en su naturaleza. Dios va a destruir de nuevo la tierra; no mediante un diluvio, sino por el fuego. Las mismas burlas y razonamientos humanos han declarado que eso no puede suceder. Pero quienes entran en el cuerpo de Cristo, que es la iglesia, son llamados en los últimos días a un compromiso muy superior al que se esperaba del mundo antediluviano.

 

Dios no puede arriesgarse a introducir un “Cam” en el cielo. Hasta un Noé que pierde el dominio de sí pondría en peligro la unidad del cielo. Algunos dicen jocosamente que un cielo lleno de personas sobrias y reprimidas sería en realidad peor que el infierno. Pero la unidad y el control de uno mismo son dones que los seres humanos han de recibir antes de poder ser felices en el cielo. Dios no puede poner en peligro la felicidad de todo el universo admitiendo en el cielo a todos los que ingresan en el “arca” de la iglesia, a menos que su elección sea genuina.

 

Muchos hay que piensan que el cielo es suyo simplemente con desearlo, con “creer”. Han concluido que es imposible cambiar la manera en la que viven aquí, en esta tierra. Cuando Dios los lleve al cielo les quitará todas sus inclinaciones cultivadas y hábitos pecaminosos –piensan-, y todos podrán vivir allí felices por siempre. Pero los que viven en los días que preceden a la venida de Jesús tienen el privilegio de alcanzar una norma mucho más elevada. Es en ellos en quienes Cristo demostrará el resultado de recibir el evangelio en su plenitud. Están totalmente dispuestos a desechar todo pecado cultivado del que tienen conocimiento, y tienen el valor de permitir que Dios les revele aquel pecado que hay en ellos del que aún no tenían conocimiento, de forma que se someten completamente al gran Sanador de los corazones. No quedan dudas ni reservas mentales. Todo es puesto en el altar para que Dios lo purifique gratuitamente con la sangre del Cordero.

 

Dios está rogando a su pueblo que deseche la fábula de ese falso evangelio que recurre a la lógica humana para resistir la idea de la transformación del carácter como siendo posible y necesaria de este lado de la vida eterna. Pide la obra humilde del corazón que comienza por el reconocimiento de nuestro pecado y de sus implicaciones en la cruz. Dios ha de demandar que los que forman parte de su verdadera iglesia espiritual de los últimos días en esta tierra estén caracterizados por un compromiso genuino con su Hijo Jesucristo. De no ser así, los “Cam” del grupo no tardarían en constituirse en una multitud mixta de murmuradores que esparcirían las semillas de la rebelión que se hicieron patentes en la postdiluviana torre de Babel.

 

A.T. Jones resaltó que el Señor no va a quitar nuestros pecados sin nuestro permiso. El pueblo de Dios ha de decidir si prefiere quedarse con sus pecados, o con Cristo. Pero estando pendiente la obra de sellamiento, el Señor escrutará nuestro corazón y nos hará ver pecados en los que nunca antes habíamos pensado, lo que es evidencia de que está avanzando en profundidad para alcanzar el fondo finalmente. Él no puede poner el sello, la impronta de su perfecto carácter en nosotros, hasta tanto no lo vea realmente allí. Por lo tanto, debe abrirse camino hasta los lugares más recónditos en nosotros, de una forma en la que ni siquiera habíamos imaginado antes, en razón de la incapacidad que tenemos para conocer nuestros propios corazones.     

 

 

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