Cuestión: "No entiendo el arrepentimiento corporativo. ¿Acaso no busca el Señor que nos arrepintamos individualmente?"

Cuando tenemos una actitud similar a la del grupo psico-social-cultural, al que pertenecemos (y todos pertenecemos a alguna comunidad, época, grupo religioso, pueblo, raza, etc), no solemos ser conscientes de nuestra responsabilidad por decisiones con implicación moral en las que participamos de forma corporativa, pues estamos impregnados de ese proceso natural, automático e inconsciente por el que aceptamos el mismo espíritu del grupo con el que nos identificamos. Nos sentimos cómodos en el seno de una comunidad o grupo cuyas actitudes compartimos de forma más o menos irreflexiva. Pero aquello de lo que nosotros no nos apercibimos, puede resultar escandalosamente llamativo para personas que nos observan desde otro ángulo.

Es fácil comprender nuestra responsabilidad individual, cuando ésta deriva de una decisión personal de la que somos conscientes, pero cuando nuestra responsabilidad deriva de una actitud compartida "desde siempre" con la mayoría de nuestros compañeros o antecesores, nuestra percepción de la responsabilidad se diluye o desaparece. El peligro es aún mayor cuando nuestra actitud no se ha materializado aún (al menos a nuestro parecer) en actos objetivables que llamen la atención.

Se comprende mejor el concepto de arrepentimiento corporativo cuando se piensa en el tipo de condición que lo hace necesario. Como bien señala, el arrepentimiento es siempre el acto mental del individuo, la respuesta correcta ante la convicción de culpabilidad traída por el Espíritu Santo. Ahora bien, dicha convicción puede corresponder a pecados de tipo corporativo, en los que no suele ser evidente la implicación moral de la persona por las razones antes señaladas.

Es el caso de los dirigentes judíos del tiempo de Cristo. Ellos protestaban así: ‘Nuestros antecesores mataron a los profetas, pero nosotros jamás lo habríamos hecho ni consentido’. Jesús les dijo virtualmente: ‘Puesto que esa es vuestra actitud, demostráis tener el mismo espíritu que ellos, y participáis corporativamente de su culpabilidad’.

Sabemos que Jesús no se equivocó en su diagnóstico, pues posteriormente demostraron sobradamente cuál era su actitud al matar, no ya a un profeta, sino al propio Mesías. Pero observe, sólo cabían dos posibilidades: (1) confesar que, efectivamente, compartían ese espíritu de perseguir a los profetas vivos mientras que profesaban venerar a los muertos –y escapar a esa culpabilidad mediante la confesión y arrepentimiento correspondientes-, o (2) lo que hicieron: negar esa realidad. Si hubieran elegido la opción (1), habrían experimentado lo que entendemos por arrepentimiento corporativo, y habrían roto esa siniestra cadena por la que generación tras generación mantuvo viva –aunque oculta- su enemistad contra Dios, manifestada en la persecución de los mensajeros celestiales que el Señor, en su misericordia, les fue enviando.

Arrepentimiento corporativo no significa arrepentirse colectivamente por algo, sino arrepentirse individualmente por pecados de carácter corporativo.

Quizá le sea de ayuda leer la oración de confesión de Daniel en el capítulo 9 del libro que lleva su nombre, y también en Mateo 23:29-37. La Biblia contiene innumerables ejemplos, además de los dos citados.

Cuando el Espíritu Santo nos convence de pecado, descubrimos que somos culpables de muchos más pecados que simplemente de los que "cometimos" de forma visible. Hay muchos pecados que habríamos cometido si hubiéramos tenido la oportunidad, y si las circunstancias nos lo hubieran permitido. Cuando los cometen otros, sentimos la tentación a pensar que somos distintos y mejores que ellos. Pero en realidad, nos hacen un gran favor si los analizamos con el debido espíritu, ya que nos pueden hacer comprender que eso mismo que podemos despreciar o aborrecer en otros, es aquello de lo que nosotros somos muy capaces.

Una actitud de arrepentimiento corporativo nos permite simpatizar con los que yerran, y nos capacita para ministrarles eficazmente, no desde un escalón superior de santidad, sino desde la identificación más comprensiva y fraternal. Cooperamos en su arrepentimiento, mientras que sus errores abrieron nuestros ojos a la necesidad de nuestro arrepentimiento "corporativo". Cuando lea la oración de Daniel no le pasará desapercibido que el profeta estaba confesando pecados en los que no había participado personalmente. Estaba mostrando una actitud de arrepentimiento corporativo. La actitud opuesta es ésta: ‘Es cierto que los demás han pecado, pero Señor, ¡observa que yo no tengo nada que ver con el asunto! ¡Soy mejor que ellos!’ Era la oración típica de los fariseos, y naturalmente se le aplican las palabras de Isaías 65:5, y las de 1 Juan 1:9 y 10.

Puede leer en Deuteronomio 1 cómo Moisés, próximo ya a su muerte, tras la estancia del pueblo de Israel en el desierto, recapituló la historia ante la nueva generación que había de poseer Canaán, y les recordó cómo el Señor les había dicho al pie del monte Sinaí (vers. 6 y 7) que subieran a poseer la tierra. Pero ellos, en lugar de confiar y actuar en consecuencia, enviaron espías y se endurecieron en la incredulidad. A eso siguieron 40 largos años en el desierto. Pero observe: del auditorio que ahora escuchaba a Moisés, prácticamente ninguno había participado personalmente en aquellos hechos, pues aquella generación había caído ya en el desierto, y sólo Caleb y Josué entrarían finalmente en la tierra prometida. A pesar de eso, Moisés les recordó: "Pero no quisisteis subir, antes fuisteis rebeldes" (v. 26), "murmurasteis en vuestras tiendas" (v. 27), "no creísteis en Jehová vuestro Dios" (v. 32). Ese es sólo uno de los muchos ejemplos de culpabilidad corporativa en el registro sagrado, y no puede caber duda alguna al respecto, pues, lo mismo que en tantas otras ocasiones, Dios dio un trato corporativo a la situación.

Si recapacita en el significado de lo anterior, podrá ver que todos y cada uno de los seres humanos estamos en necesidad de arrepentimiento por nuestra implicación en el asesinato del Hijo de Dios. Quizá a simple vista no parezca evidente, pero cada vez que cedemos al espíritu de odio hacia uno de nuestros semejantes, cada vez que aborrecemos a uno de ellos o cada vez que lo tratamos con parcialidad, indiferencia o injusticia, damos evidencia de que los soldados que crucificaron a Jesús no eran más que nuestros subrogados. Somos tan responsables por la crucifixión de Jesús, como lo eran los interlocutores del Señor cuando él los responsabilizó de la sangre derramada, desde la de Abel a la de Zacarías, quien vivió 800 años antes. Sólo mediante la confesión y el arrepentimiento individuales podemos enjugar esa culpabilidad corporativa (ver Mat. 25:40).

No se trata, pues, de nada parecido a un arrepentimiento colectivo, sino al reconocimiento personal de que "en mi carne... no mora el bien", de que "la intención de [mi] carne es enemistad contra Dios" (Rom. 7:18 y 8:7), y de que he participado corporativamente en esa enemistad que hiere a mis semejantes y cuya manifestación última fue el asesinato del Hijo de Dios.

Nuestro orgullo se resiste a la idea del arrepentimiento, pero muy especialmente a la del arrepentimiento corporativo. Los cristianos solemos estar de acuerdo en que el Israel literal, como pueblo, fue infiel a Dios. Eso sí, concedemos que hubo muchos israelitas que le fueron fieles individualmente. Pero observe: Aplicamos la regla inversa al tratarse de nuestra situación: Estamos dispuestos a conceder que, como individuos, estamos en necesidad de arrepentimiento, pero ¡jamás como pueblo! (o comunidad de fe), y en eso no hacemos más que perpetuar la misma actitud que caracterizó al pueblo judío: el orgullo nacional, un pecado corporativo.

Observe que Jeremías hizo continuos llamados al arrepentimiento de la nación (1:5, 8, 23; 2:34, 35; 3:20, etc). No era el arrepentimiento por pecados individuales lo que le hizo ganar el odio del pueblo, sino su llamado al arrepentimiento corporativo, que interpretaron como una infidelidad de su parte: "Juntóse todo el pueblo contra Jeremías en la casa de Jehová... hablaron los sacerdotes y los profetas a los príncipes y a todo el pueblo, diciendo: En pena de muerte ha incurrido este hombre; porque profetizó contra esta ciudad, como vosotros habéis oído con vuestros oídos" (26:8-11). En contraste, el propio Jeremías fue un bello ejemplo de arrepentimiento corporativo: "Yacemos en nuestra confusión y nuestra afrenta nos cubre: porque pecamos contra Jehová nuestro Dios, nosotros y nuestros padres, desde nuestra juventud y hasta este día; y no hemos escuchado la voz de Jehová nuestro Dios" (3:25). ¿Sería bien recibido un testimonio así en su iglesia? Le sugiero meditar en Apocalipsis 3:14-18.

No es preciso insistir en la imposibilidad de la verdadera experiencia del arrepentimiento corporativo, al margen de una actitud genuinamente humilde, opuesta a la que manifestaron en tantas ocasiones los dirigentes del legítimo pueblo de Dios cuando él les abrió los ojos a su verdadera condición mediante los profetas y mensajeros, o mediante el propio Jesús.

L.B., 11/10/2005

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