1888 REXAMINADO

Robert J. Wieland
Donald K. Short

Historia de un siglo de confrontación entre Dios y su pueblo

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  “Estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, que vivimos en estos tiempos finales”
(1 Cor. 10:11)

 

 

Prefacio

1.   ¿Por qué examinar nuestro pasado adventista?

2.   El pecado de abandonar nuestro primer amor

3.   El fuerte pregón viene de forma inesperada

4.   Aceptación o rechazo: en busca de un enfoque más nítido

      Nota adicional: Testimonio de los archivos de la Asociación General

5.   El problema fundamental: cómo evaluar el mensaje de 1888

6.   E. White, rechazada en 1888

7.   Un examen más detenido de las confesiones

8.   Un movimiento en crisis: la asamblea de la Asociación General de 1893

9.   Una falsa justificación por la fe: sembrando la apostasía

10. Por qué se descaminaron Jones y Waggoner

11. Las crisis Alfa y Omega

12. La apostasía del panteísmo

13. Predicciones de E. White sobre la adoración a Baal

14. De 1950 a 1971

15. De 1971 a 1987 y años sucesivos

16. Apéndice A: ¿Enseñó A.T. Jones la herejía de la carne santa?

17. Apéndice B: Ideas contrastadas sobre la justicia por la fe

18. Apéndice C: Rastreando el mito de la aceptación

19. Apéndice D: ¿Qué futuro aguarda a la iglesia adventista?

20. Apéndice E: Breve análisis de las publicaciones entre 1987 y 1988

 

 

 

 

 

 

 

Prefacio

(índice)

Los autores tienen la firme convicción de que Dios confió a la iglesia adventista su último mensaje de gracia sobreabundante para la humanidad. Este mensaje ha de propiciar la resolución final del problema del pecado, ha de manifestar la justicia en la humanidad creyente, y vindicar el sacrificio de Cristo. En el reino celestial no puede entrar “ninguna cosa impura o que haga abominación y mentira” (Apoc. 21:27).

Los autores creen también que el Salvador tiene un deseo inconmensurable de que su pueblo prepare el camino para su retorno. El mensaje que el Señor envió a este pueblo en 1888 tenía el propósito de completar su obra de gracia en los corazones humanos, de modo que el gran conflicto pudiera llegar a su culminación. Pero algo se torció hace un siglo. El plan del Señor resultó frustrado y retardado. ¿Qué sucedió? ¿Por qué la prolongada demora?

Las luces de hace un siglo han disminuido en intensidad, y en muchos casos se han extinguido y desaparecido. Los hitos del adventismo se han difuminado. Nuestro pueblo no ha abandonado explícitamente su confianza en la segunda venida de Cristo, pero se ha desvanecido la expectación de su pronto retorno. Muchos están desorientados y confundidos. El mundo actual seduce con sus modas, diversiones y comodidad egoísta.

 

Incluso en comunidades adventistas motivadas, informadas, dotadas de una rica herencia histórica, el divorcio se ha vuelto casi epidémico. El beber alcohol “socialmente” es un problema en nuestros seminarios y universidades, y en muchos de nuestros hogares. Muchos adventistas en América del Norte no tienen una concepción clara del día de la expiación celestial, o de nuestro singular deber relativo a la temperancia y el dominio propio derivados de ese concepto. Es sorprendente que en una época caracterizada por la explosión del conocimiento humano tengamos como pueblo una comprensión vaga e indefinida de lo que Cristo está haciendo como Sumo Sacerdote en este día de la expiación final, y escasa sintonía con sus objetivos. Y aquello que no comprendemos, no podemos comunicarlo al mundo.

 

Es bien sabido que una gran proporción de nuestra juventud carece de convicciones firmes relativas a la identidad adventista. Una serie de artículos en Adventist Review de junio de 1986 reconoce la existencia de un fenómeno nuevo: jóvenes adventistas se están uniendo a iglesias guardadoras del domingo (ver capítulo 13 de este libro).

Proliferan ministerios independientes y grupos disidentes. La irrupción de escándalos financieros y herejías provee munición para las armas de los críticos. Se suscitan dudas en cuanto a si la iglesia adventista del séptimo día está destinada a convertirse en otra parcela de “Babilonia”.

El “preciosísimo mensaje” que el Señor “envió” a su pueblo hace casi un siglo, contiene el “comienzo” de la solución a todos esos problemas. Fue un mensaje de gracia sobreabundante. Nuestras crecientes perplejidades son el resultado directo, la cosecha cierta, de la incredulidad hacia aquel mensaje de 1888, en el pasado o en el presente. Cuando se rechaza la verdad, el error se precipita siempre para ocupar el vacío. Pero no hay problema que no pueda remediar el arrepentimiento.

 

La iglesia mundial está en necesidad de conocer sin mayor demora la historia completa de nuestra confrontación con Cristo durante un siglo. E. White comparaba frecuentemente nuestro fracaso en 1888, con el rechazo del que fue objeto Jesús por parte de los judíos dos milenios antes. En este libro reexaminaremos cartas y manuscritos de E. White, así como declaraciones suyas publicadas. A la mensajera del Señor se le debe permitir hablar abiertamente, sin restricciones. Cuando la verdad sea plenamente comprendida, bien porque estos autores sean capaces de expresarla con suficiente claridad, o bien porque otros lo hagan posteriormente con mayor éxito, seguirán un arrepentimiento y re­forma, y su pueblo vendrá a estar preparado para la venida del Señor. El mensaje a Laodicea no fallará, sino que resultará en sanación y restauración.

 

Poco antes del fallecimiento de E. White, su hijo escribió un breve mensaje que resume la convicción de su madre en estos términos: “Dije [a Lida Scott] cómo percibía mi madre la experiencia de la iglesia remanente, y le referí la convicción que tenía de que Dios no permitiría que esta denominación apostatara tan plenamente como para que hubiera de sucederle otra iglesia” (Carta, 23  mayo 1915). Esta declaración incluye el reconocimiento implícito de que habría una considerable apostasía, pero el Señor no permitiría que fuera total. E. White murió en la convicción de que finalmente tendría lugar un arrepentimiento denominacional.

 

 

¿En qué consistió el mensaje de 1888?

 

Este libro no tiene el propósito de profundizar en el propio mensaje. Otras obras escritas por estos mismos autores tienen esa intención: Introducción al mensaje de 1888, Review & Herald, 1980; Gold Tried in the Fire, Pacific Press, 1983; The Good News is Better Than You Think, Pacific Press, 1985; A Summary of the History and Content of the 1888 Message, 1977, The Message Study Committee. No obstante, para quienes no tienen acceso a tales publicaciones o a las fuentes originales, hacemos un breve resumen de los elementos esenciales y singulares del mensaje. Los lectores reconocerán que esos conceptos están en contraste con las ideas generalmente (u oficialmente) sostenidas por nuestro pueblo hoy (la documentación está disponible en los libros citados más arriba):

 

(1) El sacrificio de Cristo no es meramente provisional sino efectivo para el mundo entero, de modo que la única razón por la cual alguien puede perderse es prefiriendo resistir la gracia salvadora de Dios. Para aquellos que por fin se salvarán, fue Dios quien tomó la iniciativa; en el caso de los que se pierdan, son ellos quienes tomaron la iniciativa. La salvación es por la fe; la condenación es por la incredulidad.

 

(2) Así, el sacrificio de Cristo justificó legalmente a “todo hombre” y salvó literalmente al mundo de la destrucción prematura. Todo ser humano le debe su vida actual, tanto si cree en él como si no lo hace. Cada pan lleva la marca de su cruz. Cuando el pecador oye y cree el evangelio en su pureza, es justificado por la fe. Los perdidos niegan deliberadamente la justificación que Cristo efectuó ya por ellos.

 

(3) La justificación por la fe es, por lo tanto, mucho más que una declaración legal de absolución: transforma el corazón. El pecador recibe ahora la expiación, que significa reconciliación con Dios. Puesto que es imposible estar verdaderamente reconciliado con Dios y no estar a la vez reconciliado con su santa ley, la única conclusión posible es que la verdadera justificación por la fe hace al creyente obediente a todos los mandamientos de Dios.

 

(4) El ministerio del nuevo pacto realiza esa obra maravillosa cuando el Señor escribe realmente su ley en el corazón del creyente. Se desea la obediencia, y la nueva motivación trasciende el temor a perderse o la esperanza de recompensa (ambas motivaciones están contenidas en la expresión de Pablo de estar “bajo la ley”). El antiguo y el nuevo pacto no son una cuestión cronológica secuencial, sino una cuestión de mentalidad. La fe de Abraham lo capacitó para vivir bajo el nuevo pacto, mientras que multitudes de cristianos viven hoy bajo el antiguo pacto debido a que su motivación es una preocupación egocéntrica. El antiguo pacto consiste en la promesa hecha por el pueblo, de ser fieles al Señor. Bajo el nuevo pacto la salvación viene al creer en las promesas que Dios nos hace a nosotros, y no al hacerle nosotros promesas a él.

 

(5) El amor de Dios es de carácter activo, no meramente pasivo. Como el buen pastor, Cristo está activamente implicado en la búsqueda de la oveja perdida. Nuestra salvación no depende de que busquemos al Salvador, sino de que creamos que él nos está buscando a nosotros. Aquellos que finalmente se pierdan es porque habrán resistido y despreciado la atracción de su amor. Tal es la esencia de la incredulidad.

 

(6) Por consiguiente, es difícil perderse y fácil ser salvo, si uno comprende y cree cuán buenas son las buenas nuevas. El pecado es una resistencia constante a su gracia. Puesto que Cristo pagó ya la penalidad del pecado de todo hombre, la única razón por la cual alguien puede ser condenado finalmente es por su persistente incredulidad: su negativa a apreciar la redención efectuada por Cristo en la cruz, y ministrada por él mismo como Sumo Sacerdote. El verdadero evangelio pone en evidencia esa incredulidad y lleva a un genuino arrepentimiento que prepara al creyente para el retorno de Cristo. El orgullo humano, y la adulación y lisonja dedicada a seres humanos es inconsistente con la verdadera fe en Cristo, y es una señal segura de la existencia de incredulidad, aún dentro de la iglesia.

 

(7) En su búsqueda de la humanidad perdida, Cristo dio todos y cada uno de los pasos, tomando sobre sí la naturaleza caída y pecaminosa del hombre en su estado posterior a la transgresión de Adán y Eva. Lo hizo así para poder ser tentado en todo como nosotros (Heb. 4:15), y sin embargo demostrar una justicia perfecta  en esa “semejanza de carne de pecado” (Rom. 8:3). El mensaje de 1888 comprende el término “semejanza” como queriendo decir exactamente lo que dice: semejanza, ¡no diferencia! Justicia no es una palabra que se aplique a Adán en su estado no caído, ni a los ángeles sin pecado. Se refiere a una santidad que entró en conflicto con el pecado en carne humana caída, y que triunfó sobre él.

Así, “el mensaje de la justicia de Cristo” que E. White apoyó de forma tan entusiasta en la época de 1888 está enraizado en esa visión concreta de la naturaleza de Cristo. Si Cristo hubiera asumido la naturaleza sin pecado de Adán antes de la caída, el término “justicia de Cristo” sería una abstracción sin sentido. Los mensajeros de 1888 vieron la teoría de que Cristo hubiera tomado la naturaleza sin pecado de Adán antes de la caída como un legado del romanismo, como la insignia del misterio de la iniquidad que mantiene a Cristo “alejado” y no “cercano, al alcance de la mano”.

 

(8) Así, nuestro Salvador “condenó el pecado en la carne” de la humanidad caída. Eso significa que quitó todo pretexto para el pecado. A la luz de su ministerio, el pecado ya no es inevitable. Es imposible tener la verdadera fe en Cristo revelada en el Nuevo Testamento y continuar en pecado. No podemos excusar el continuo pecar aduciendo que “somos sólo humanos” o que “el diablo me obligó a hacerlo”. A la luz de la cruz, el diablo no puede forzar a nadie a pecar. Ser  verdaderamente “humano” es ser semejante a Cristo en carácter, pues él era y es plenamente humano, tanto como divino.

 

(9) En consecuencia, el elemento clave que precisa el pueblo de Dios a fin de prepararse para el retorno de Cristo es la genuina fe puesta de relieve en el Nuevo Testamento. Pero este es precisamente el elemento que más le falta a la iglesia. La iglesia se ve a sí misma como siendo “rica” desde el punto de vista de la doctrina y experiencia; como no teniendo necesidad de nada. Sin embargo, su pecado es básicamente una patética incredulidad. La justicia se obtiene por la fe. Es imposible tener fe y no demostrar justicia en la vida, porque la verdadera fe obra por el amor (Gál. 5:6). Los defectos morales y espirituales son hoy el fruto de perpetuar el pecado de incredulidad del antiguo Israel, por la confusión derivada de una falsa justificación por la fe.

 

(10) La justificación por la fe viene a ser a partir de 1844 “el mensaje del tercer ángel en verdad”. Así, sobrepasa en mucho la enseñanza de los reformadores, y ciertamente lo que las iglesias populares entienden hoy. Es un mensaje de gracia sobreabundante, paralelo y consistente con la singular verdad adventista de la purificación del santuario celestial: una obra que implica la plena purificación de los corazones del pueblo de Dios en la tierra.

Hay otros aspectos del mensaje de 1888 tales como reformas en las áreas de la salud y la educación, pero el centro de atención en este libro es el núcleo central, tal como lo reconoció E. White: la justicia por la fe. No es verdad que el mensaje de 1888 estuviera en oposición con la organización eclesiástica, como se podrá ver en el capítulo décimo.

 

 

Significado actual del mensaje

 

La historia y el mensaje de 1888 contienen la clave para la reconciliación con el Señor Jesús. La gran “expiación final” va a hacerse realidad. “Habrá un manantial abierto para la casa de David [el liderazgo de la iglesia] y para los habitantes de Jerusalén [la iglesia organizada en su conjunto], para la purificación del pecado y de la inmundicia” (Zac. 13:1). Algunos, tal vez muchos, despreciarán y rechazarán ese manantial del que habla Zacarías, pero creemos en la sinceridad del corazón del pueblo de Dios. Cuando conozcan la verdad en su plenitud, responderán positivamente. “Tu pueblo se te ofrecerá voluntariamente en el día de tu mando”, declara el salmista (Sal. 110:3). La esencia latente del adventismo ha de comprender y recibir aún verdades que ahora distingue sólo vagamente. A pesar de la oposición originada en la propia estructura eclesiástica, la conciencia adventista va a reconocer el testimonio de E. White relativo a 1888 como siendo la genuina manifestación del Espíritu de profecía, “el testimonio de Jesús”. La verdad es invencible al ser recibida por corazones sinceros.

 

El mundo y el universo aguardan ese otro ángel que desciende del cielo “con gran poder, y la tierra fue alumbrada con su gloria”. Si el plan del Señor era que el mensaje de 1888 fuese el “comienzo” de la obra de aquel ángel y el “comienzo” de la lluvia tardía, ¿puede haber algo más importante que buscar la plena verdad al respecto?

 

Es nuestro deseo que este libro sea leído orando en procura de discernimiento, y en un espíritu de fe y arrepentimiento.

 

 

Los autores                                           3 de junio de 1987

 

 

 


Capítulo 1

(índice)

¿Por qué reexaminar nuestro pasado adventista?

El movimiento adventista no ha experimentado hasta hoy un progreso consistente con su misión profética. Ha habido progreso, pero no el que demanda la Escritura. Los tres ángeles de Apocalipsis 14 no han conmocionado todavía al mundo. Millones conocen aún poco o nada sobre este mensaje de vida o muerte.

No podemos negar que el cuarto ángel de Apocalipsis 18 está aún pendiente de alumbrar la tierra con la gloria de su mensaje. El programa divino de amorosa preocupación por este planeta ha resultado de alguna forma obstaculizado. La prolongada demora causa en la iglesia una creciente perplejidad de proporciones insostenibles.

Decir que hemos fracasado en cumplir nuestro deber es sólo exponer el problema en términos diferentes: ¿Por qué no hemos cumplido nuestro deber, y cuándo lo cumpliremos? Y declarar que Dios va a intervenir y actuará en breve es exponer el mismo problema aún en otros términos: ¿Por qué no ha hecho todavía el Señor lo que va a hacer finalmente?

Jamás nos atreveríamos a acusar a Dios de negligencia en el cumplimiento de su palabra. Sabemos que ama tanto al mundo como para haber dado a su Hijo para redimirlo, y que ha estado dispuesto a llevar el plan de salvación a su triunfo final dese hace ya mucho tiempo. La cruz da fe de su compromiso pleno con el problema humano. Un amor como el suyo niega cualquier posibilidad de indiferencia divina. Sin embargo, millones no saben casi nada sobre su mensaje de gracia. ¿Han de continuar en esa ignorancia, sin oportunidad alguna de apreciar el costo de la redención que Cristo pagó, y de su ministerio sumo sacerdotal actualmente en curso? Son preguntas que demandan respuestas. ¿Cuál es la razón para la demora y cómo es posible rectificar en consecuencia?

Por casi un siglo hemos estado buscando respuestas en cada plan sucesivo, en resoluciones, proyectos y estrategias evangelizadoras. Solemos pensar que si algún poder sobrenatural llevara a cabo la propagación del mensaje en proporciones universales, de modo que la población mundial pudiese finalmente entender de qué se trata, entonces el Movimiento quedaría vindicado, y se materializaría el triunfo tan largamente esperado. Y en tal caso no habría mayor necesidad de reexaminar nuestra historia…

Pero Dios no puede vindicar un pueblo tibio. Eso significaría una renuncia a su insistencia por más de un siglo a fin de que su pueblo siga los principios rectos que él le comunicó mediante su mensajera inspirada. Una actitud de compromiso tal por parte del Señor equivaldría a una admisión de derrota: el fracaso de todo el plan de la redención, pues su verdadero éxito depende de ese momento final.

 

La razón subyacente

La esperanza del pueblo de Dios ha sido en todo tiempo la primera resurrección. Por razones bíblicas, los adventistas del séptimo día no pueden concordar con sus hermanos de otras denominaciones que sostienen que los salvos reciben inmediatamente su recompensa al sobrevenir la muerte. Las Escrituras enseñan que “duermen en Jesús” hasta que resuciten en la primera resurrección. Pero esa esperanza es vana a menos que regrese Cristo, ya que es únicamente su presencia personal lo que hace posible la resurrección. “Ese mismo Jesús” ha de volver literal y personalmente. Ningún espíritu etéreo puede propiciar la resurrección de los muertos.

Pero esta creencia adventista llama de inmediato la atención a un serio problema que pone en cuestión las teorías populares de la justificación por la fe. Si el alma humana es inmortal por naturaleza y los salvos van al cielo cuando mueren, no hay preparación alguna del carácter que sea especialmente necesaria en relación con el regreso de Jesús. No hay una obra adicional que el “evangelio eterno” deba cumplir, fuera de lo que efectuó ya por miles de años en aquellos que fueron muriendo. Así, las concepciones populares sobre la justicia por la fe son antagonistas de cualquier tipo de preparación especial para la segunda venida.

Esa es la razón por la cual la mayoría de los protestantes no adventistas conciben la justicia por la fe como algo limitado a una justificación legal. Según su punto de vista, la perfecta obediencia a la santa ley de Dios no es necesaria, ni tan sólo posible. La idea de una preparación especial para la segunda venida de Cristo es algo que queda sencillamente excluido de su pensamiento.

Pero la verdad bíblica de la naturaleza del hombre requiere que haya una comunidad de creyentes vivos preparada para la segunda venida de Cristo, de modo que pueda tener lugar la resurrección de los muertos. Es comparable al agricultor que no puede recolectar su cosecha hasta tanto no esté madura (Mar. 4:26-29). Pero supongamos que el pueblo de Dios nunca esté preparado, sea porque no puede, o porque no quiere.

Cristo dice de sí mismo: “He vencido” (Apoc. 3:21), y declara al “ángel de la iglesia en Laodicea” que sus miembros deben vencer “así como yo he vencido”. Evidentemente se hace necesaria una preparación especial. Pero si esa preparación especial nunca ocurriera, ¿habría de admitir el Señor que finalmente su pueblo no puede o no quiere vencer, que la norma propuesta ha resultado demasiado elevada, y que él nunca esperó realmente que se la pudiera alcanzar? ¿Hemos malinterpretado a Cristo por más de un siglo al asumir que él requiere obediencia a su ley, siendo que la obediencia es imposible? ¿Pudiera ser que no hubiera preparación alguna especial necesaria para su pueblo?

Estas son preguntas trascendentes. Una parte significativa de la iglesia y su ministerio se inclinan en la dirección de conceptos populares en el sentido de que no es posible vencer el pecado per se. Tales ideas se han adaptado al adventismo siguiendo la opinión calvinista consistente en que por tanto tiempo como uno posea una naturaleza pecaminosa, el pecar es inevitable, y por lo tanto excusable (evidentemente eso niega la idea básica adventista del día de expiación antitípico).

Rebajar la norma de Dios a fin de vindicar un pueblo negligente y tibio sería una ofensa a la justicia divina. Significaría establecer la antigua Jerusalén en la tierra nueva, con sus continuas desviaciones, falta de arrepentimiento y desobediencia, en lugar de la triunfante y plenamente arrepentida Nueva Jerusalén. Eso chasquearía la esperanza de Abraham, quien “esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Heb. 11:10). Esa “ciudad” ha de ser una comunidad formada por sus descendientes espirituales finalmente victoriosos; no meramente por unos pocos individuos dispersos y descoordinados por aquí y por allí. ¡La fe de Abraham no habrá sido en vano! Debe haber un pueblo que alcance esa madurez de fe y experiencia cristiana de la que él mismo fue el verdadero precursor espiritual. Tal es el clímax hacia el que apunta la historia.

Y no fue sólo Abraham quien ejerció una fe como esa. Leemos que el propio Cristo ha depositado su confianza en este pueblo, a pesar de que en el pasado “no creyeron”. Él dio su sangre en favor de los seres humanos, y para la redención completa de la raza humana. ¡Es una inversión demasiado cara, si el resultado viniera a ser menos que satisfactorio! Ciertamente no va a resultar “nula la fidelidad de Dios” (Rom. 3:3). De otro modo quedaría en descrédito el evangelio eterno, y el Señor resultaría eternamente avergonzado por haber depositado una fe ingenua en la humanidad.

 

El fracaso: un desenlace impensable para el programa de Dios

Si bien es cierto que Cristo murió por nosotros y pagó el precio por todos nuestros pecados como nuestro divino sustituto, se requiere cierta respuesta de fe por nuestra parte. En ausencia de un pueblo verdaderamente preparado para la segunda venida de Cristo, y sin que se comprenda su misión mundial, el Señor no puede regresar. No puede echar su poderosa hoz hasta que la mies de la tierra esté madura (Apoc. 14:15 y 16). Esa verdad está profundamente enraizada en el adventismo. No hay forma en que podamos obviarla y seguir siendo adventistas.

Antes que el Señor pueda vindicar a su iglesia remanente, la generación actual debe en esencia rectificar de algún modo toda negación del pueblo de Dios en seguir la luz. Eso debe efectuarse, no según un programa de obras, sino mediante la fe desarrollada hasta la madurez. Como juez, Dios no puede aprobar al que es negligente en el arrepentimiento, se trate de individuos o de un movimiento.

Las conclusiones de este estudio apuntan a la existencia de graves incomprensiones oficiales relativas a episodios vitales en la historia adventista. Hay evidencia de que la verdad concerniente a la lluvia tardía del Espíritu Santo y el fuerte pregón de Apocalipsis 18 ha sido distorsionada e incluso encubierta. Eso ha acarreado trágicas consecuencias de alcance mundial. La incomprensión de nuestro pasado distorsiona también nuestra comprensión del presente y debilita la confianza en nuestra misión singular. Eso nos pone al borde del desastre. Es imposible para cualquiera, en cualquier parte, entender los acontecimientos del presente mientras alberga una visión distorsionada de los hechos del pasado.

La verdad no pierde nada al reexaminarla detenidamente. Sea que se trate de una doctrina teológica, o bien de un principio vital de la historia eclesiástica, E. White indica que es necesario desentrañarla:

“Ninguna doctrina verdadera perderá un ápice por someterla a rigurosa investigación. Estamos viviendo en tiempos peligrosos y no debemos aceptar todo lo que se presenta como siendo verdad sin examinarlo detenidamente, ni podemos permitirnos rechazar aquello que produzca los frutos del Espíritu de Dios. Al contrario: debemos recibir la instrucción y ser mansos y humildes de corazón... El Señor ha dispuesto que nuestras opiniones sean puestas a prueba” (Review & Herald, 20 diciembre 1892).

Si no sometemos “a prueba” nuestras opiniones relativas a doctrinas o interpretaciones históricas, mentes perspicaces entre nuestros oponentes harán finalmente esa obra en nuestro lugar.

“Si es que Dios ha hablado por mí, llegará el tiempo en que se nos llevará ante los consejos y ante millares a causa de su nombre, y cada uno tendrá que dar razón de su fe. Entonces tendrá lugar la más severa crítica sobre cada posición que hayamos asumido como verdad” (Review & Herald, 18 diciembre 1888).

Las palabras precedentes se escribieron mientras se desarrollaban importantes eventos de nuestra historia denominacional. Ciertas interpretaciones relativas a esos eventos han venido a alcanzar hoy entre nosotros casi la categoría de dogma. De ahí la necesidad de una investigación veraz, a fin de poder distinguir entre lo que es verdadera historia, y lo que es “tradición de los ancianos”. Por razones que expondremos más adelante, hemos llegado a rodear el episodio de 1888 de nuestra historia en las neblinas de esa tradición. Se impone la necesidad de distinguir entre los hechos y la fantasía.

 

El arrepentimiento y el día de la expiación

La purificación del santuario no puede alcanzar su cumplimiento hasta que no comprendamos plenamente el significado de 1888 en nuestra historia, y quede resuelto el problema espiritual subyacente. Ese período particular de nuestra historia es especial­mente significativo. Así lo implica una declaración que E. White escribió al presidente de la Asociación General, O.A. Olsen, cuatro años después de la asamblea de Minneapolis:

“El pecado cometido en lo que tuvo lugar en Minneapolis permanece en los libros de registro del cielo, anotado contra los nombres de aquellos que resistieron la luz, y permanecerá en los registros hasta que se haga una confesión plena y los transgresores acudan ante Dios en total humildad” (Carta O19, 1 septiembre 1892).

Sus escritos posteriores indican que no se dio esa “confesión plena”, y que la experiencia de acudir “ante Dios en total humildad” no tuvo lugar para la mayoría de ellos. Todos aquellos hermanos murieron ya, pero eso no significa la purificación automática de los “libros de registro del cielo”. Esos libros registran el pecado corporativo, tanto como el pecado personal. La verdad fundamental que ha hecho de los adventistas del séptimo día un pueblo peculiar consiste en que la muerte no produce la purificación de los libros de registro en el cielo. La purificación tiene lugar en el “juicio investigador”, que es un día de expiación final de carácter corporativo.

Lo que está en cuestión no es la salvación de las almas de los queridos líderes que hace un siglo resistieron el mensaje. Aunque prisioneros en sus tumbas, descansan en la paz del Señor. La cuestión ahora es la finalización de la obra de Dios en la tierra, en espera de que manifestemos la tan largamente esperada empatía con el Señor, que permita verdaderamente darle “gloria, porque la hora de su juicio ha llegado” (Apoc. 14:7). Necesitamos recuperar en nuestra generación la inconmensurable bendición que nuestros hermanos de hace un siglo mantuvieron “lejos del mundo” y de “nuestros hermanos, en gran medida” (Mensajes selectos, vol. I, p. 276). En Cristo somos “un cuerpo”, una ciudad o comunidad espiritual relacionada corporativamente con aquellos hermanos del pasado. Su pecado es nuestro pecado, excepto que nos arrepintamos de forma específica e inteligente.

El “cuerpo” está afectado por la tibieza. Es posible seguir el rastro de su enfermedad espiritual hasta 1888. En vista de las profundas implicaciones que tiene para nuestra condición espiritual de hoy, compete ahora a la nueva generación interpretar correctamente lo que ocurrió en la generación pasada. El mensaje de Cristo para su iglesia de los últimos días requiere reexaminar cabalmente la parte de nuestra historia que dio origen a nuestro complejo de “soy rico, me he enriquecido” (Apoc. 3:14-21).

La negligencia en realizarlo hace recaer sobre nosotros la culpabilidad de generaciones pasadas. Estamos siendo probados tan ciertamente como lo fueron ellos. A semejanza del Calvario, 1888 es más que un simple evento histórico. La providencia de Dios no permitirá que duerma cubierto por el polvo en el desván del adventismo, olvidado para una nueva generación. Representa el desarrollo de principios que se aplican nuevamente a cada generación hasta la victoria final de la verdad.

En cierto sentido muy real, hoy estamos cada uno al pie del Calvario. Y somos también “delegados” en la asamblea de 1888. Se nos llama a cumplir aquello que la generación pasada dejó de hacer. Una profecía inspirada nos habla acerca de cómo debe ser reexaminado 1888:

“Deberíamos ser los últimos de la tierra en permitirnos en lo más mínimo el espíritu de persecución hacia aquellos que están llevando el mensaje de Dios al mundo. Ese es el rasgo más terrible de falta de cristianismo que se ha manifestado entre nosotros desde el encuentro de Minneapolis. Algún día se lo verá en su verdadero significado, con todo el horror que de él ha resultado” (General Conference Bulletin 1893, p. 184. Original sin atributo de cursivas).

Un expresidente de la Asociación General también reconoció que 1888 va a continuar siendo una prueba ineludible entre nosotros, hasta que venzamos por fin plenamente:

“Algunos pueden sentirse molestos cuando se hace referencia a Minneapolis [en estas reuniones mantenidas en 1893]. Sé que algunos se han sentido dolidos y perturbados ante cualquier alusión a esa asamblea y a esa situación. Pero tengamos presente que la razón por la cual alguien debiera sentirse así es un espíritu insumiso de su parte. Tan pronto como nos sometamos completamente y humillemos nuestro corazón ante Dios, el problema se esfumará. El propio hecho de que alguien se moleste revela inmediatamente la simiente de la rebelión en el corazón...          
Si fallamos la primera vez, el Señor nos llevará de nuevo al mismo terreno; si fallamos por segunda vez, nos conducirá nuevamente a la misma situación; y si fallamos una tercera vez, el Señor nos volverá a llevar al mismo terreno de nuevo... En lugar de sentirnos incomodados porque el Señor nos esté llevando una vez tras otra al mismo terreno, agradezcámosle y alabémoslo sin cesar, pues eso significa misericordia y compasión por parte de Dios. Cualquier otra cosa fuera de eso sería nuestra ruina y destrucción” (O.A. Olsen, Id., p. 188).

Hoy puede haber algunos que se sientan también “dolidos y perturbados” porque se lleve a cabo una investigación tal de nuestra historia. ¿Por qué dirigir la atención a un pasado trágico? ¿Por qué no olvidarlo y "avanzar" a partir del punto en el que ahora estamos?

Según el citado presidente de la Asociación General de 1893, el resentimiento con respecto a 1888 indica que el corazón está en guerra contra el Espíritu Santo de Dios. Tal vez el Señor lo movió a decir lo que dijo. Y E. White nos recuerda también el gran peligro de olvidar el pasado (LS 196). Una predicción hecha por A.T. Jones en la misma sesión de 1893 parece venir aquí al punto:

“Están por suceder cosas que serán más sorprendentes que las acaecidas en Minneapolis, más sorprendentes que todo lo que hayamos podido ver hasta aquí. Y hermanos, se requerirá que recibamos y prediquemos esa verdad. Pero a menos que vosotros y yo tengamos cada fibra de ese espíritu afirmado en nuestros corazones, trataremos al mensaje y al mensajero mediante el cual es enviado, de la precisa forma en que Dios dice que hemos tratado este otro mensaje [de 1888]”. (General Conference Bulletin 1893, p. 185).

 

Necesidad de comprender, más bien que de hacer

Afrontar la plena verdad no equivale a ser “crítico”. La verdad al respecto del pasado no solamente ilumina el intrincado presente, sino que trae además esperanza para el futuro aún desconocido. La verdad siempre significa buenas nuevas. Cuando la reconozcamos se verán cumplidas nuestras expectativas de recibir la prometida lluvia tardía, y la cosecha final será una realidad. El camino aparentemente más largo resultará ser realmente el más corto para llegar al hogar. La experiencia de la fe requiere un pleno reconocimiento de la verdad. Pero mientras no estemos dispuestos a enfrentar la verdad, todo nuestro catálogo de obras ha de fracasar, siendo que están necesariamente desprovistas de la fe salvadora.

Bajo la dirección de Dios, la historia va a llevarnos al reconocimiento de la realidad:

(1) El amor de Dios requiere que su mensaje de eternas buenas nuevas sea proclamado a todo el mundo con poder. Pero el Señor no puede derramar sus bendiciones si reina la confusión en nuestro medio.

(2) El falso “Cristo” del mundo moderno no va a poder paralizar por siempre a la iglesia remanente. No podrá convocar un poder sobrenatural que la someta en su totalidad, tal como hará finalmente con las otras comunidades religiosas, debido a la presencia -en la iglesia remanente- de millares que insistirán en la plena aceptación de la verdad. Siempre habrá adventistas del séptimo día de recta conciencia, con convicciones profundas basadas en la Escritura. No doblarán la rodilla ante Baal. Y no permitirán que Baal logre silenciarlos, puesto que se saben miembros del cuerpo de Cristo. Permanecerán firmes, tal como hizo en el templo Aquel intrépido solitario que clamaba así: “No convirtáis la casa de mi Padre en casa de mercado” (Juan 2:16).

(3) Así, la iglesia adventista del séptimo día no fallará en la crisis final debido a la fuerza remanente de los sinceros de corazón que constituyen aún una gran proporción de su membresía. Esa fuerza evitará que prospere la tentativa final de Baal de someter al Israel de Dios. ¡Ni siquiera Baal puede derramar sus falsas bendiciones a un pueblo dividido, dudando entre dos opiniones! El factor decisivo que asegura la victoria de la verdad es la purificación del santuario celestial, un ministerio sumo sacerdotal del Salvador del mundo que no tuvo lugar en la historia antes de 1844.

El próximo paso para quienes deseen aferrarse a “la bienaventurada esperanza” consistirá en decidir seguir a un Señor o al otro con la más plena devoción. Esa decisión tiene unas implicaciones formidables.


 

Capítulo 2

(índice)

El pecado de abandonar nuestro primer amor

Nadie puede poner en cuestión la genuina experiencia espiritual de los protagonistas del movimiento de 1844. Jesús era “precioso” para los creyentes que esperaban su venida inminente, y sus corazones estaban unidos en sincera y profunda devoción. Reconocían la presencia innegable del Espíritu Santo en aquel movimiento.

Fue esa convicción, más allá de la mera corrección teológica, la que mantuvo la confianza de “la manada pequeña” en su tránsito por el gran chasco. La iglesia adventista del séptimo día fue concebida según una experiencia de amor genuino; nació a partir de unos pocos corazones entregados que lo arriesgaron todo porque reconocieron la obra genuina del Espíritu Santo. Por lo tanto, nació correctamente: fue concebida en la verdadera fe; no en el legalismo.

En sus primeros años esta iglesia amaba al Señor con corazón sincero y apreciaba la presencia del Espíritu Santo. Sus posteriores dificultades derivan de un trágico abandono de aquel “primer amor”, y del consiguiente fracaso en reconocer al verdadero Espíritu Santo.

Ya en 1850 el calor de aquella dedicación por Jesús comenzó a ser gradualmente sustituido en los corazones de muchos por una condición “necia y estuporosa”, y “despierta sólo a medias”, en palabras de la joven mensajera del Señor. El amor al yo comenzó a sustituir insidiosamente al verdadero amor por el Salvador, dando lugar a la tibieza. El orgullo y la complacencia por la posesión de un sistema de verdad fueron sofocando gradualmente la fe sencilla en Jesús que originalmente los llevó a aceptarlo de todo corazón.

Así, poco después del gran chasco de 1844, y de quedar configurada “la manada pequeña” que mantuvo su fe, apareció una deficiencia en su comprensión de la esencia del triple mensaje angélico. La deficiencia no era teológica, sino espiritual. Cabría comparar el desarrollo de la iglesia con el de un adolescente que crece físicamente, pero que sigue siendo un niño para toda otra consideración.

La “verdad” logró un progreso increíble y se demostraba invencible en los debates, pero “los siervos del Señor han confiado demasiado en el poder de la argumentación”, declaraba E. White en 1855 (Testimonies, vol. I, p. 113). Eso hizo difícil que resistieran la tentación inconsciente y sutil de albergar cierta forma de orgullo espiritual: ¿acaso no habían descubierto y aceptado la verdad, y se habían sacrificado por ella? Parecía haber mérito en un sacrificio tal. Los pastores y evangelistas plantaban sus tiendas en una nueva comunidad, agitaban a otros pastores e iglesias populares, ganaban las disputas y debates, arrebataban sus “mejores” miembros, los bautizaban y establecían una nueva iglesia, partiendo a otro sitio para ganar nuevas victorias casi en cualquier lugar. Disfrutaban de la euforia que el éxito regala.

La oposición los llevó a acariciar la esperanza de una vindicación personal o corporativa en ocasión de la segunda venida, más bien que a la ferviente anticipación de reunirse con el Amado, sea que tal encuentro incluyese o no vindicación. La fe vino a ser para ellos un acto de creencia y obediencia a una verdad doctrinal motivada por la preocupación egocéntrica orientada a la recompensa, más bien que una profunda apreciación de la gracia de Cristo. En lugar de andar humildemente en total dependencia del Señor, “comenzamos” a caminar orgullosamente, confiados en nuestra indiscutible corrección doctrinal acerca de “la verdad”.

El resultado inevitable fue una forma de deriva legalista. Con frecuencia se ha venido repitiendo una experiencia parecida, en las vidas individuales de los nuevos conversos al adventismo. Correctamente entendida, la historia del movimiento adventista es la de nuestros propios corazones individuales. Cada uno de nosotros es un microcosmos dentro del todo, de la misma forma en que cada gota de agua contiene la esencia de la lluvia en su totalidad. En todo lo dicho con respecto a la experiencia del pasado, haremos bien en recordar que no somos mejores que quienes nos precedieron. Tal como Pablo escribió a los creyentes en Roma: “Tú, que juzgas, haces lo mismo” (Rom. 2:1). Sólo una introspección que reconozca nuestra culpabilidad corporativa puede propiciar que los fracasos de nuestra historia denominacional se puedan resolver con valor, ánimo y decisión.

 

Origen de nuestra tibieza

E. White reconoció tempranamente que nuestro problema consistía en abandonar nuestro “primer amor”: una pérdida de intimidad con Cristo ocasionada por una falta de aprecio a su amor sacrificial. Por toda apariencia la propia E. White no perdió nunca ese primer amor, pues estuvo siempre dispuesta a reconocer de inmediato las manifestaciones del verdadero Espíritu Santo. Pero “nosotros” no demostramos una disposición como la suya.

Podíamos cantar jubilosamente con W.H. Hyde: “Oímos los ecos de la patria celestial, oímos y nos alegra el corazón”, sin embargo hubo una constante tensión entre reconocer o apreciar la manifestación viviente del don de profecía, y nuestro humano y natural resentimiento ante su reproche o corrección. Aunque el poder del Espíritu de Dios que acompañaba el ministerio de E. White constreñía a menudo a los dirigentes de la iglesia a reconocer la divina autoridad de su mensaje, rara vez manifestaban, como un todo, una verdadera simpatía del corazón hacia el profundo escrutinio espiritual que demandaba. A los humanos no nos resulta insólito un resentimiento interior como ese. Es evidente en toda la antigua historia israelita.

Esa negligencia casi constante en prestar oído a los fervientes llamados de E. White a fin de que volvamos en contrición al “primer amor” dio por resultado los momentos más sombríos de nuestra historia. La auténtica fe se saturó de un creciente –aunque inconsciente- amor al yo por parte de pastores y laicos, y en consecuencia se desvaneció la capacidad de discernir la obra del Espíritu Santo. El desarrollo de los acontecimientos llegó finalmente a un punto tan terrible que habría resultado inimaginable para los pioneros (y quizá para nosotros hoy). Llegaría el tiempo, en la asamblea de la Asociación General de 1888, en que los delegados responsables “insultarían” de hecho a la poderosa tercera persona de la Divinidad (Ms 24, 1892, Special Testimonies, Serie A, nº 7, p. 54; ver capítulo sexto). ¿Cómo pudimos hacer eso los adventistas del séptimo día?

De no haber sido por el continuo ministerio de E. White, es dudoso que el movimiento hubiese podido subsistir de otra forma que no fuese como una secta legalista al estilo de los testigos de Jehová o la iglesia de Dios mundial. Lo anterior –que es ampliamente aceptado- pone en evidencia las dimensiones y arraigo de nuestra incredulidad. En unas pocas décadas estábamos repitiendo la historia que el antiguo Israel tardó siglos en recorrer. Ningún adventista del séptimo día negará que la iglesia era “Jerusalén”… pero todavía la vieja Jerusalén, no la nueva.

Fuimos incapaces de discernir el mensaje de los tres ángeles como siendo “el evangelio eterno”. Las doctrinas eran verdaderas, pero los pastores y resto de miembros manifestaban ceguera en discernir adecuadamente el mensaje del tercer ángel en verdad, de igual forma en que la ceguera de los judíos les impidió discernir el verdadero mensaje del Antiguo Testamento. La verdad que los judíos fueron incapaces de discernir era el papel de la cruz en sus servicios del santuario y en el ministerio de su tan esperado Mesías. De forma semejante, en el mensaje del tercer ángel el lugar y significado de la cruz escapó a la comprensión de nuestros hermanos de finales de siglo diecinueve.

En fecha tan temprana como 1867, E. White presentaba el principio de la cruz (y no la reforma en el vestir) como siendo el centro álgido que debiera inspirar nuestro compromiso y estilo de vida como adventistas del séptimo día:

“Hemos estado tan unidos al mundo que hemos perdido de vista la cruz, y no sufrimos por causa de Cristo...   
Nos distinguimos del mundo en la aceptación de la cruz” (Testimonies, vol. I, p. 525)

“Hay demasiado bullicio y conmoción en nuestra religión, mientras que se olvidan el Calvario y la cruz” (Testimonies, vol. V, p. 133)

 

Crecimiento versus progreso

Lo que dificultó aún más la comprensión de nuestra condición espiritual fue el hecho de que la iglesia estaba prosperando numéricamente, en finanzas y en prestigio. Eso se reflejó en su sólido fortalecimiento como institución, en su organización y en su solvencia financiera. El movimiento que nació desde la insignificancia y frente a la burla del mundo por el chasco de 1844, había alcanzado el estatus de denominación estable y respetada. Teníamos lo que era ampliamente reconocido como la mejor institución de salud del mundo, y una de las casas editoras de contenido religioso más avanzadas en “occidente”.

Por descontado, no se puede poner reparo alguno a ese progreso material. La mayor parte de los avances se estaban logrando a instancias de la depositaria del don de profecía. Era correcto y apropiado que se fundaran instituciones, que la obra se expandiera por nuevos territorios y que se establecieran iglesias en todo lugar. Pero tanto pastores como laicos interpretaron ese crecimiento como un sustituto del verdadero fin y propósito del movimiento adventista: la preparación espiritual para el retorno de Cristo. El resultado fue la confusión, y comenzó a florecer la complaciente autoestima, evidente en los informes semanales de la Review & Herald en alusión al “progreso de la causa”.

El espíritu que evidencian esos informes de “progreso” contrasta con los fervorosos mensajes de consejo que E. White estaba enviando por aquel tiempo. Muchos de los hermanos expresaban un optimismo imperturbable referido al avance de la obra. No hay duda de que Dios estaba al mando, y de que aquel movimiento era el suyo. Pero la inspiración y la historia insisten en que el rasgo más destacable de la “obra” no era su progreso material, sino su falta de madurez espiritual.

El propósito primario del movimiento adventista ha sido siempre el desarrollo de un carácter semejante al de Cristo en un remanente que reivindique su sacrificio. Ningún otro grupo de fieles en toda la historia se ha comprometido con un nivel tal de madurez en su experiencia, simbolizado en la Escritura por la novia que finalmente se ha “preparado” (Apoc. 19:7). Habiendo vencido las reincidencias de todas las generaciones pasadas, ese remanente final vendrá a constituir la población de la “Nueva Jerusalén”. Su carácter demostrará los resultados prácticos de la purificación del santuario celestial. El plan de la salvación alcanzará su culminación, y quedarán por siempre respondidas las cuestiones y objeciones de Satanás y sus huestes. El propio universo no caído resultará reafirmado al contemplar esa grandiosa demostración del completo éxito del plan de la salvación en su hora final. El evangelio demostrará ser “poder de Dios para salvación” (Rom. 1:16).

Ligado al logro de ese objetivo primario va la consecución de otro secundario: la terminación del programa evangélico en la misión mundial. La Escritura presenta este segundo objetivo como algo virtualmente asegurado, una vez logrado el principal (Mar. 4:26-29; Apoc. 14:15; Juan 13:35).

Si el amor al yo no nos hubiera cegado, la comprensión de la verdad de los mensajes de los tres ángeles habría asegurado hace tiempo un auténtico progreso en el logro de ese objetivo primario de semejanza con el carácter de Cristo. En lugar de eso, lo que ha habido es un progreso imaginario en el cumplimiento del objetivo secundario.

Pero hay un problema que aparece inmediatamente: Otras denominaciones están logrando el mismo tipo de “progreso” institucional y numérico, incluso a mucha mayor escala, lo que sugiere que tal crecimiento significa bien poco en relación con las auténticas bendiciones del Cielo y nuestra obra. En el proceso de nuestro supuesto cumplimiento del objetivo secundario, hemos perdido de vista en gran medida el objetivo primario. Basándonos en avances de orden financiero o estadístico hemos llegado a conclusiones erróneas en nuestros informes oficiales. Sigue un ejemplo de orgullo y complacencia a modo de punta de iceberg:

“El éxito financiero de este vasto movimiento denominacional no puede ser mayor que la fe y celo que animan al pueblo escogido de Dios. Esos recursos combinados, bajo el mando del Capitán de las huestes del Señor, llevarán al gran movimiento adventista mundial al pronto triunfo” (Informe financiero nº 37, Asociación General, 31 diciembre 1948, p. 9).

Dicho de otro modo: ¡Los registros estadísticos son la forma de medir la fe y el celo del pueblo escogido de Dios! Se puede alegar que la declaración precedente representa un ejemplo extremo y extinguido. –Quizá. Pero ilustra la mentalidad predominante de la época, y que es posible reconocer aún hoy ampliamente. El lenguaje de nuestros corazones denuncia cuál es nuestra percepción: “Soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad”. ¡Pero el Autor y consumador de la fe afirma lo contrario!

Esa era la condición espiritual de la iglesia en la década que precedió a la asamblea de la Asociación General de 1888. La mensajera del Señor había deplorado vez tras vez el amor al yo dolorosamente evidenciado en aquella omnipresente tibieza. Hizo denodados esfuerzos por ayudar, “enviándonos” mensajes de ferviente súplica en los años que precedieron aquella asamblea de 1888, mensajes que tenían por fin motivar a pastores y laicos a que recuperaran el profundo y sincero amor por Jesús que casi se había desvanecido. Se empleó a fondo, pero por alguna razón los llamamientos cayeron en su mayoría en oídos sordos, y no tuvieron éxito.

 

Sencillo remedio divino para un grave problema denominacional

¿Podría algún mensaje dinámico, alguna “palabra”, penetrar en el corazón de Laodicea y cumplir en poco tiempo lo que décadas de ferviente ministerio espiritual por parte de E. White no consiguieron en favor de la iglesia?

De acuerdo con el plan del Señor, la respuesta es afirmativa. Dios envió tal “palabra” mediante humildes instrumentos en 1888: un mensaje que había de ser el “comienzo” de la lluvia tardía y el fuerte pregón. Vendría de forma tan poco pretenciosa como aquel “gusano” que hizo secar la calabacera de Jonás, y de forma tan humilde como aquel nacimiento en el pesebre de Belén. Dios envió a dos jóvenes y poco conocidos agentes con una presentación fresca de la pura verdad. El mensaje hizo las delicias de E. White, quien vio que proveía el eslabón que le faltaba al adventismo: la motivación que transformaría los pesados “deberes” del legalismo en gozosos imperativos de devoción apostólica.

Pero E. White manifestó santa indignación hacia los hermanos en la dirección que reaccionaron negativamente, incapaces de apreciar lo que estaba aconteciendo. Se refirió a los dos mensajeros en estos términos:

“El sacerdote tomó [al niño Jesús] en sus brazos, pero nada pudo ver allí. Dios no le habló diciendo: ‘Aquí está la consolación de Israel’. Pero nada más llegar Simón… vio al niñito en los brazos de la madre… Dios le dice: ‘Éste es la consolación de Israel’... Allí estaba alguien que lo reconoció por encontrarse en la situación de poder discernir las cosas espirituales…       
No tenemos duda alguna de que el Señor estaba con el pastor Waggoner mientras hablaba ayer...
La cuestión es: ¿Ha enviado Dios la verdad? ¿Ha suscitado Dios a estos hombres para proclamar la verdad? Digo: -Sí. Dios ha enviado a hombres para traernos la verdad que no tendríamos a menos que Dios hubiese enviado alguien que nos la trajera... Yo la acepto, y no me atreveré más a levantar la mano contra estas personas de lo que lo haría contra Jesucristo, quien debe ser reconocido en sus mensajeros...         
Hemos estado en la perplejidad y la duda, y las iglesias están a punto de morir. Pero leemos ahora aquí [cita Apoc. 18:1]” (Manuscrito 2, 1890).

 

Nuestro problema actual

Un siglo después, con una maquinaria organizativa mundial más pesada, la dificultad para rectificar esa misma tibia condición de “a punto de morir”, produce mayor perplejidad aún que en 1890. El orgullo y tibieza denominacionales representan un enorme problema en muchas naciones y culturas. No se puede seguir esperando que el remedio sea meramente dejar pasar el tiempo. Hasta la propia paciencia de Dios puede llegar a su límite. El Señor no va a tolerar -no puede tolerar- por siempre los resultados de nuestra tibieza. Es él quien dice que lo ponemos enfermo al punto de producirle nauseas (como implica el lenguaje original de Apoc. 3:16-17).

La clave para comprender nuestra desconcertante situación actual yace en una verdadera apreciación de lo que ocurrió en la asamblea de 1888, y lo que de ella derivó. Hemos de reconocer la realidad de su impacto espiritual en el carácter de nuestra denominación en todo el mundo hoy. La lluvia tardía y el fuerte pregón comenzaron entre nosotros como un simple y nada espectacular mensaje de poder milagroso, pero esas incalculables bendiciones fueron desechadas cuando se “insultó” al Espíritu Santo.

En el próximo capítulo analizaremos cómo se pudo llegar a eso.


 

Capítulo 3

(índice)

El fuerte pregón viene de forma inesperada

Décadas antes de 1888, la iglesia y su liderazgo esperaban ya ansiosamente los “tiempos del refrigerio” (Hech. 3:19), el derramamiento de la tan anhelada lluvia tardía. Esa era hace un siglo una expectación acariciada entre nosotros, tanto como lo fue la venida del Mesías para los judíos del tiempo de Juan Bautista.

Sin embargo pocos parecían comprender que la lluvia tardía y el fuerte pregón serían primariamente una comprensión más clara del evangelio. Se esperaba que el fuerte pregón consistiera en más “ruido”, y nos tomó por sorpresa que consistiera en más “luz”.

Esperábamos que la tierra resultara sacudida por algún mensaje atronador: “¡Preparaos, de lo contrario…!” No estábamos preparados para el silbo apacible de una revelación de la gracia, como verdadera motivación en el mensaje del tercer ángel. El esperado poder sobrenatural ha de venir en consecuencia de nuestra aceptación de aquella mayor luz del evangelio, luz que va a alumbrar la tierra con la gloria del Señor.

Los dirigentes judíos corrían grave peligro de rechazar a su Mesías cuando viniese “súbitamente”. Los dirigentes responsables de nuestra iglesia tenían igual peligro de despreciar el comienzo del fuerte pregón. Ya en 1882 E. White había advertido que algún día podrían llegar a ser incapaces de reconocer al verdadero Espíritu Santo:

“Muchos de vosotros no podéis discernir la obra y presencia de Dios... Hay entre nosotros hombres en puestos de responsabilidad que sostienen que... una fe como la de Pablo, Pedro o Juan está... pasada de moda y es inadecuada para nuestros tiempos. Se la tacha de absurda, mística e indigna de una mente inteligente” (Testimonies, vol. V, p 74 y 79).

Prevalecía un falso optimismo (“sé que muchos tienen una opinión demasiado favorable del tiempo actual”), y “en el poderoso zarandeo que pronto va a tener lugar” esos obreros dirigentes podrían fácilmente no estar a la altura requerida por el tiempo de crisis.

“Quienes han confiado en el intelecto, genio o talento, no podrán entonces permanecer a la cabeza de la formación. No avanzaron al ritmo de la luz. A quienes han demostrado ser infieles no se les confiará entonces el cuidado del rebaño. En la última y solemne obra habrá pocos grandes hombres implicados” (Testimonies, vol. V, p. 80).

E. White anticipó un tiempo en que el Señor tomaría las riendas en sus propias manos y suscitaría agentes humanos en quienes poder confiar:

“Cuando haya entre nosotros hombres tan consagrados como Elías, que posean la fe que él ejerció, veremos que Dios se revelará a nosotros tal como se manifestó a los santos hombres de antaño. Cuando tengamos hombres que, aunque reconociendo sus deficiencias, intercedan ante Dios con fe ferviente como la de Jacob, veremos los mismos resultados” (Testimonies, vol. IV, p. 402).

El presidente de la Asociación General fue advertido en 1885 de forma específica en estos términos:

“A menos que los que pueden ayudar en ---- despierten y comprendan cuál es su deber, no reconocerán la obra de Dios cuando se oiga el fuerte clamor del tercer ángel. Cuando resplandezca la luz para alumbrar la tierra, en lugar de venir en ayuda del Señor desearán frenar la obra para que se conforme a sus propias ideas estrechas. Permítame decirle que el Señor actuará en esa etapa final de la obra en una forma muy diferente de la acostumbrada, contraria a todos los planes humanos… Los obreros se sorprenderán por los medios sencillos que utilizará para realizar y perfeccionar su obra en justicia” (1 octubre 1885; Testimonios para los ministros, p. 300).

Esa carta fue dirigida a G.I. Butler y a S.N. Haskell. Éste último dio oído a la advertencia y fue uno de los pocos que tuvieron el discernimiento para reconocer tres años después que estaba sucediendo ante sus ojos algo misterioso. Pero tal no fue el caso de Butler y muchos otros. En 1888 el Señor se vería obligado a pasar por alto a pastores experimentados, y emplear en su lugar agentes más jóvenes y de menor renombre:

“El Señor obra a menudo donde menos lo esperamos; nos sorprende al revelar su poder mediante instrumentos de su propia elección, mientras pasa por alto a los hombres por cuyo intermedio esperábamos que vendría la luz…  
Muchos rechazan precisamente los mensajes que Dios envía a su pueblo si esos hermanos prominentes no los aceptan…         
Aun cuando todos nuestros hombres prominentes rechacen la luz y la verdad, esa puerta permanecerá aún abierta. El Señor suscitará a hombres que den a nuestro pueblo el mensaje para este tiempo” (Gospel Workers, p. 126, antigua edición).

En 1882 se nos dijo de nuevo:

“El genuino carácter cristiano puede resplandecer en su pureza bajo una apariencia exterior ruda y poco atractiva... 
Elías hizo que Eliseo dejase el arado y le lanzó el manto de consagración. El llamado para esa gran obra solemne se presentó a hombres con posición y conocimientos; si éstos hubieran reconocido su pequeñez y hubiesen confiado plenamente en el Señor, él los habría honrado como portadores de su estandarte hacia la victoria triunfal...       
Dios realizará una obra en nuestros días que muy pocos pueden anticipar. Suscitará y exaltará entre nosotros a quienes son instruidos por la unción de su Espíritu, más bien que por la formación externa en instituciones científicas” (Testimonies, vol. V, p. 80 y 81).

Aquellos testimonios de 1882 revelan una inspirada premonición. ¡Es como si esa pluma estuviera escribiendo anticipadamente la historia de 1888!

 

Dios elige a los mensajeros

En aquel mismo año de 1882, E.J. Waggoner inició un programa de formación que evidenciaba estar bajo la especial conducción del Espíritu Santo. Se lo estaba preparando para ser el agente de una obra especial. Años más tarde describió así su experiencia:

“Comencé realmente a estudiar la Biblia hace treinta y cuatro años [en 1882]. En aquel tiempo Cristo me fue presentado claramente como habiendo sido crucificado por mí. Un sombrío sábado de tarde estaba yo sentado un poco a parte de la mayoría de la congregación en una gran tienda, en una reunión campestre en Healdsburg [California]. No tengo idea de cuál era el tema del discurso. Nunca he podido recordar una sola palabra o texto de él. Todo cuanto puedo recordar es lo que vi. De repente brilló una luz a mi alrededor, y la tienda se iluminó más intensamente que si el propio sol del mediodía estuviera brillando allí, y vi a Cristo colgando de la cruz, crucificado por mí. En aquel momento tuve mi primera convicción profunda, que me vino como diluvio sobrecogedor, de que Dios me amaba, y de que Cristo murió por mí. Dios y yo éramos los únicos seres en todo el universo de quienes tenía conciencia. Entonces supe, porque estaba ante mi vista, que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo; yo era el mundo entero con todo su pecado. Estoy seguro de que la experiencia de Pablo en el camino a Damasco no fue más real que la mía...           
Resolví inmediatamente estudiar la Biblia a la luz de aquella revelación, a fin de poder ayudar a otros a ver la misma verdad. Siempre he creído que cada parte de la Biblia tiene por fin establecer con mayor o menor nitidez esa gloriosa revelación [Cristo crucificado]” (Carta, 16 mayo 1916, escrita poco antes de su muerte repentina).

En aquellos mismos años que precedieron a 1888, el Señor estaba preparando al compañero de Waggoner. El mensaje de la verdad encontró a A.T. Jones en las filas del ejército de Estados Unidos. Aunque sin haber recibido instrucción formal, estudiaba noche y día, atesorando gran cantidad de conocimiento bíblico e histórico.  J.S. Washburn, que lo conoció personalmente, nos lo describió como una persona humilde, ferviente y de sentimientos profundos. Sus oraciones daban testimonio de que conocía al Señor (Entrevista con J.S. Washburn, 4 junio 1950).

En el joven Jones se conjugaban el agudo intelecto y una fe cálida, sencilla como la de un niño. En los años en que fue usado por Dios, fue poderoso en la palabra y en el ministerio personal. En los años inmediatamente siguientes a 1888 hubo demostraciones significativas del Espíritu de Dios obrando por su intermedio, incluyendo un ministerio especial en Washington, en el Senado de Estados Unidos, para derrotar la ley dominical de Blair. De hecho, el presente siglo de libertad religiosa que ha disfrutado el pueblo americano es un legado de los eficaces esfuerzos (no reconocidos ni honrados hoy) de Jones y Waggoner, en su oposición a la intolerancia religiosa en sus días.

El Espíritu de Dios estaba ciertamente preparando a esos dos jóvenes para que trajeran a la iglesia remanente y al propio mundo el “comienzo” del largamente esperado fuerte pregón:

“En su gran misericordia el Señor envió un preciosísimo mensaje a su pueblo por medio de los pastores Waggoner y Jones. Este mensaje tenía que presentar en forma más destacada ante el mundo al sublime Salvador, el sacrificio por los pecados del mundo entero…           
Dios dio a sus mensajeros precisamente lo que nuestro pueblo necesitaba” (1895, Testimonios para los ministros, p. 91 y 95).

Durante ocho años después de 1888, E. White se refirió frecuentemente a esos dos jóvenes como a los “mensajeros del Señor”, apoyándolos con palabras que a nadie más dedicó. Hay entre 200 y 300 declaraciones entusiastas de parte de ella. En 1890 declaró:

“Imaginad que no hubiera existido el testimonio presentado en estos últimos dos años, proclamando la justicia de Cristo. ¿A quién podríais señalar entonces como portador de luz especial para el pueblo?” (Review & Herald, 18 marzo 1890).

En 1888 E. White había dicho:

“Dios está presentando a mentes de hombres divinamente escogidos preciosas gemas de verdad apropiada para nuestro tiempo” (MS. 8a, 1888, A.V. Olson, Through Crisis to Victory, p. 279; en lo sucesivo, Olson; también en The 1888 Ellen G. White Materials, p. 139).

“El mensaje que nos han dado A.T. Jones y E.J. Waggoner es el mensaje de Dios a la iglesia de Laodicea” (Carta S24, 1892; también en The 1888 Ellen G. White Materials, p. 1052).

Al oír por primera vez el mensaje de Waggoner, E. White percibió inmediatamente su verdadero significado. Era una revelación especial para la iglesia y para el mundo:

“Se me ha preguntado: ¿Qué piensa de esa luz que estos hombres están presentando? –Pues pienso que la he estado presentando en los últimos cuarenta y cinco años: los encantos incomparables de Cristo. Es lo que he estado tratando de presentar ante vuestras mentes. Cuando el hermano Waggoner trajo esas ideas a Minneapolis, fue la primera vez que oía claramente esa enseñanza expresada por labios humanos, a excepción de conversaciones que había mantenido con mi esposo. Me dije: lo veo tan claramente debido a que Dios me lo ha presentado en visión, y ellos no lo pueden ver por no haberles sido presentado como a mí; y cuando otro la presentó, cada fibra de mi corazón decía: Amén” (Ms. 5, 1889; también en The 1888 Ellen G. White Materials, p. 349. Original sin atributo de cursivas).

Haciendo un símil con nuestra moderna tecnología, percibió que el mensaje era la transmisión que aplicaría a las ruedas la fuerza del motor. Durante “cuarenta y cinco años” E. White había estado haciendo girar el motor, pero la fuerza capaz de completar la comisión evangélica no se estaba materializando en un avance decidido. Comprendía ahora que el nuevo mensaje, que complementaba al antiguo, iba a preparar realmente al pueblo de aquella generación para la venida del Señor. ¡No es extraño que se sintiera tan feliz!

 

No se reconoció el fuerte pregón

Ya a primeros de abril de 1890, E. White, habiendo madurado en su comprensión, aplicó el lenguaje de Apocalipsis 18 al mensaje de 1888:

“Varios me han escrito preguntándome si el mensaje [de 1888] de la justificación por la fe es el mensaje del tercer ángel, y he contestado: 'Es el mensaje del tercer ángel en verdad'. El profeta declara: 'Después de esto vi otro ángel que descendía del cielo con gran poder, y la tierra fue alumbrada con su gloria’ [Apoc. 18:1]” (Review & Herald, 1 abril 1890).

En 1892 estuvo dispuesta a declarar inequívocamente que el mensaje era realmente el comienzo del “fuerte pregón” por tanto tiempo esperado:

“El fuerte pregón del tercer ángel ya ha comenzado en la revelación de la justicia de Cristo, el Redentor que perdona los pecados. Este es el comienzo de la luz del ángel cuya gloria llenará toda la tierra” (Review & Herald, 22 noviembre 1892; también en Mensajes Selectos, vol. I, p. 425).

Obsérvese que el “comienzo” de la obra de ese ángel fue el mensaje, no su presumible aceptación por parte de los dirigentes o del pueblo. Más adelante veremos que esa realidad encierra un poderoso significado para tiempos de crisis.

El pastor Butler, el cargo de máxima responsabilidad en la iglesia, fue el principal opositor a la preciosa luz del fuerte pregón. Muy pocos fueron espiritualmente capaces de obviar su influencia negativa. En su ciega oposición al fuerte pregón podemos ver el trágico cumplimiento de la advertencia inspirada que se le envió el 1º de octubre de 1885:

“Algunos desean que se decida de una vez cuál es la posición correcta sobre el tema debatido. Puesto que eso complacería al pastor Butler, se aconseja que la cuestión se decida inmediatamente. Pero ¿están las mentes preparadas para una decisión tal? No puedo aprobar ese curso de acción… No están preparados para tomar decisiones sabias…       
No veo razón para la agitación de sentimientos que ha tenido lugar en este encuentro [Minneapolis, 1888]… Los mensajes por parte de vuestro presidente procedentes de Battle Creek están calculados para provocar la toma de una posición decidida, pero advierto en contra de tal cosa… Sentimientos agitados llevarán a movimientos precipitados” (Ms 15, 1888; Olson, p. 295).

“Nunca olvidaré la experiencia que tuvimos en Minneapolis ni las cosas que me fueron allí reveladas a propósito del espíritu que controlaba a los hombres, las palabras pronunciadas, las acciones emprendidas en obediencia a los poderes del mal… En el encuentro fueron movidos por otro espíritu, y no supieron que Dios había enviado a esos hombres jóvenes… para traerles un mensaje especial que trataron con ridículo y desprecio, no dándose cuenta de que las inteligencias celestiales los estaban observando… Sé que en aquel tiempo se insultó al Espíritu de Dios” (Carta 24, 1892).

Fue así como los dirigentes de nuestra la iglesia, aunque esperando ansiosamente ser vindicados ante el mundo mediante el largamente esperado fuerte pregón, despreciaron sin embargo el Espíritu de gracia y las riquezas de su bondad.

Aclaremos que ese pecado de insultar al Espíritu Santo no condenó corporativamente a la iglesia por haber cometido “el pecado imperdonable”. El pecado de los judíos de antaño contra el Espíritu Santo consistió en atribuir a Satanás la obra del Señor (Mar. 3:22-30). No tenemos evidencia de que nuestros hermanos, en general, llegaran hasta ahí en la era de 1888, por más que algunos individuos pudieron haberlo hecho. ¡Insultar al Espíritu Santo fue ya suficiente! E. White continuó ministrando a esta iglesia hasta su muerte en 1915, mostrando así su convicción de que es posible el perdón, y de que la solución a nuestro problema no es la desintegración o abandono denominacionales, sino el arrepentimiento denominacional y la reconciliación con el Espíritu Santo.

 

Las supuestas “faltas” de los mensajeros no excusan el rechazo a su mensaje

Es siempre inexcusable que rechacen la luz sus depositarios divinamente señalados. En esta hora tardía de la historia no es nuestra misión buscar faltas; nos limitamos a señalar los hechos. Los hermanos que se opusieron a la luz pensaban sinceramente estar obrando con rectitud, debido a que les parecía que los agentes empleados por el Señor estaban equivocados. El Señor obró de forma poco común y sorprendió a los hermanos. E. White describió lo que estaba ocurriendo en tiempo verbal futuro, pero refiriéndose a eventos del presente.

“En su ceguera, los tales verán la manifestación del poder que alumbrará la tierra con la gloria de Dios como algo peligroso, algo que suscitará sus temores y se obstinarán en hacerle frente. Se opondrán a la obra del Señor puesto que él no actuará conforme a sus expectativas e ideales” (Review & Herald Extra, 23 diciembre 1890; también en Maranatha, p. 217).

E. White había señalado anteriormente la dificultad que los hermanos estaban teniendo en sus propias almas. Podemos simpatizar con ellos, pues la prueba era en verdad severa:

“Deseo que seáis cuidadosos con respecto a qué posición tomáis cada uno de vosotros, si os envolvéis en las nubes de la incredulidad porque veis imperfecciones; veis una palabra o un pequeño asunto, tal vez, que pueda tener lugar, y los juzgáis [a Jones y Waggoner] por eso... Tenéis que ver si Dios está obrando con ellos, y reconocer entonces al Espíritu de Dios que en ellos se revela. Si escogéis resistir, estaréis actuando precisamente como lo hicieron los judíos” (Sermón, 9 marzo 1890; MS. 2, 1890).

Los hermanos más veteranos y experimentados se sintieron despechados al ver que E. White apoyaba tan decididamente a dos hombres comparativamente jóvenes y desconocidos, en contra prácticamente de todo el cuerpo ministerial. El pastor A.G. Daniells declaró más tarde que E. White tuvo que tomar posición “casi en la soledad”, frente a casi toda la Asociación General (The Abiding Gift of Prophecy, p. 369). Robert W. Olson informó al Concilio Anual que tuvo lugar en Rio de Janeiro, en enero de 1986, que se la “desafió públicamente” en la asamblea de 1888 (Adventist Review, 30 octubre 1986). Si E. White estaba en lo cierto, era evidente que Dios había pasado por alto a los hermanos dirigentes, y eso resultaba desconcertante:

“Aquellos a quienes Dios ha enviado con un mensaje son sólo hombres, pero ¿cuál es el carácter del mensaje que llevan? Os atreveréis a darle la espalda o tomaréis a la ligera las advertencias, debido a que Dios no consultó vuestras preferencias?” (Review & Herald, 27 mayo 1890).

“Dios... os dio la oportunidad de que acudierais armados y equipados en auxilio de Jehová... Pero ¿os preparasteis?... Os sentasteis tranquilos y no hicisteis nada. Permitisteis que la Palabra del Señor cayera al suelo desatendida; y ahora el Señor ha tomado a hombres que eran muchachos cuando vosotros estabais al frente de la batalla, y les ha dado el mensaje y la obra en que vosotros no os empeñasteis... ¿Criticaréis? ¿Diréis: ‘Están desorbitados’? Sin embargo, vosotros no ocupasteis el lugar que ahora ellos son llamados a ocupar” (Testimonios para los ministros, p. 413).

Conociendo la naturaleza humana, era previsible que los opositores buscaran perchas en las que colgar sus dudas. El hecho de que los mensajeros del Señor fueran “sólo hombres” parecía propiciar que sucediera así:

“Aquellos a quienes Dios ha enviado con un mensaje son sólo hombres... Algunos han dado la espalda al mensaje de la justicia de Cristo para criticar a los hombres” (Review & Herald, 27 diciembre 1890).

Dirigiéndose a quienes ocupaban puestos de responsabilidad, E. White preguntó: “¿Por cuánto tiempo odiaréis y despreciaréis a los mensajeros de la justicia de Dios?” (Testimonios para los Ministros, p. 96).

Uno de nuestros apreciados autores denominacionales trata de demostrar que en 1888 la oposición fue justificable. Obsérvese cómo destaca las “faltas” de Jones y Waggoner, culpándolos de ser la causa del rechazo al mensaje que traían. Con ello perpetúa el prejuicio de 1888 y atrasa el reloj en cien años:

“[Jones] No sólo era rudo por naturaleza, sino que cultivaba una oratoria y maneras peculiares... en ocasiones era desmesurado, proveyendo justa causa para el resentimiento...   
 [Jones y Waggoner] al clamar: ‘Cristo lo es todo’... daban evidencia de no estar enteramente santificados... [cita incorrectamente a E. White como apoyando la idea de que Jones y Waggoner hubieran contribuido con su espíritu contencioso a la ‘terrible experiencia durante la asamblea de Minneapolis’].
Se apoyaban casi exclusivamente en la fe como el factor clave en la salvación... no mostraban disposición a considerar calmadamente la postura antagónica... No estaban totalmente libres de engreimiento y arrogancia... 
No mostraban la humildad y el amor que imparte la justicia por la fe... La enseñanza extremada de Jones y Waggoner es aún perceptible en los pronunciamientos místicos de quienes hacen de la fe el todo, y de las obras la nada.   
[Eran] canales imperfectos... Al considerar retrospectivamente la controversia, percibimos que fueron los rencores suscitados por las personalidades [de Jones y Waggoner], mucho más que las diferencias en las creencias, la causa del problema” (A.W. Spalding, Captains of the Host, p. 591-602. Entre corchetes nuestro comentario).

El anterior es un análisis negativo de los hombres a quienes la inspiración designó como “mensajeros del Señor”. Si bien es cierto que eran “sólo hombres”, ¡es difícil entender por qué debió escoger el Señor para una obra tan especial a hombres notables por ser “canales imperfectos”, deficientes en santidad (comparados con otros), inclinados a despertar “resentimiento” y “rencores”, hombres rudos y “místicos”! El Señor aborrece el espíritu contencioso y la justicia propia. Pero ni Jones ni Waggoner tenían un espíritu tal en la época de 1888.

Si bien es cierto que E. White reconvino en cierta ocasión a A.T. Jones por ser “demasiado incisivo” con Uriah Smith en la controversia relativa a los diez cuernos que tuvo lugar en la sesión preliminar, defendió no obstante a ambos hermanos [Jones y Waggoner] calificándolos de “cristianos” y “caballeros”. Y dio claramente a entender que muchos de los hermanos que se oponían no evidenciaban tales “credenciales celestiales”.

Hay autores modernos que tratan a Jones y Waggoner con un espíritu buscador de faltas semejante al de aquellos que resistieron su mensaje en 1888. Pero los dos “mensajeros” disfrutaban del apoyo rotundo de E. White. Es cierto que ambos fallaron y perdieron el rumbo después de finalizar la era de 1888. Esa es probablemente la razón por la cual escritores modernos se empeñan en responsabilizarlos de la tragedia de 1888. Pero juzgan los hechos equivocadamente.

E. White predijo que ocurriría ese trágico final si continuaba la oposición a su mensaje. Especificó, no obstante, que su fracaso posterior no invalidaría de modo alguno su mensaje y ministerio entre 1888 y 1896, período en el que los respaldó con sus declaraciones (ver capítulo 10). Criticar hoy a los “mensajeros” durante aquella época del “comienzo” del fuerte pregón, es hacerse partícipe de las objeciones de los oponentes de su época. Eso equivale a justificar el rechazo de la bendición especial procedente del cielo. Es increíble que más de cien años después nos sintamos aún inclinados a culpar a los mensajeros especiales del Señor por las consecuencias de nuestra propia incredulidad.

Fue notable la consideración de Jones y Waggoner por parte de E. White, como poseyendo un genuino espíritu cristiano durante y después de la asamblea de Minneapolis (testigos presenciales confirmaron la veracidad de esa apreciación):

“El doctor Waggoner nos ha hablado con franqueza... De una cosa estoy segura: como cristianos no tenéis derecho a abrigar sentimientos de enemistad, descortesía y prejuicio hacia el Dr. Waggoner, que ha presentado sus puntos de vista de modo claro y directo, como se espera de un cristiano... Creo que es perfectamente sincero en sus posiciones, y respetaré sus sentimientos y confiaré en él como un hermano cristiano, en la medida en que no haya evidencia de que es indigno. El hecho de que sostenga con sinceridad algunos puntos de vista sobre la Escritura que difieren de los vuestros y míos no es razón para que lo tratemos como un ofensor, como un hombre peligroso, y que lo convirtamos en objeto de injusto criticismo” (Ms 15, 1888; Olson, p. 294).

Un joven pastor que acudió a la asamblea de Minneapolis lleno de prejuicios contra Waggoner, dejó registradas sus impresiones relativas al espíritu revelado por el mensajero:

“Estando decididamente prejuiciado en favor del Pastor Butler y en contra de E.J. Waggoner, acudí a la reunión con la mente predispuesta de esa manera...  
Lápiz y cuaderno en mano me disponía a escuchar en busca de herejías, y estaba presto a encontrar faltas y defectos en cualquier cosa que presentara. Cuando el pastor Waggoner comenzó, me pareció muy diferente de lo que estaba esperando. Al terminar su segunda presentación estaba ya dispuesto a reconocer que se estaba mostrando ecuánime y que su metodología no revelaba ningún espíritu de controversia, evitando mencionar siquiera oposición alguna que pudiera estar anticipando. Muy pronto sus maneras y el puro evangelio que estaba predicando cambiaron materialmente mi espíritu y actitud, y me convertí en un ferviente oidor en procura de la Verdad... Hacia el final de la cuarta o quinta presentación del pastor Waggoner, yo era un pecador convicto y arrepentido...
…Después que el pastor Waggoner hubo concluido sus once estudios, cuya influencia había eliminado en gran medida el espíritu combativo en muchos...” (C. McReynolds, “Experiences While at the General Conference in Minneapolis, Minn., in 1888” E.G. White Estate, D File, 189).

E. White defendió incluso la enseñanza enérgica y el espíritu aparentemente rompedor de los jóvenes mensajeros:

“Se levantarán hombres en el espíritu y poder de Elías a fin de preparar el camino para la segunda venida del Señor Jesucristo. Su obra consistirá en enderezar lo que está torcido. Algunas cosas han de ser derribadas; otras deben ser edificadas” (Ms. 15, 1888; Olson, p. 300).

“No se queje nadie de los siervos de Dios que han ido a ellos con un mensaje enviado del cielo. No sigáis buscando defectos en ellos, diciendo: ‘Son demasiado incisivos; hablan con demasiada energía’. Quizá estén hablando con mucha fuerza; ¿acaso no es necesario hacerlo? Dios hará que retiñan los oídos de los oyentes si no escuchan su voz o su mensaje...     
Ministros, no deshonréis a vuestro Dios ni contristéis su Santo Espíritu criticando los métodos y los procedimientos de los hombres que él eligió. Dios conoce el carácter. Él ve el temperamento de los hombres que ha escogido. Sabe que sólo hombres fervientes, firmes, decididos, de carácter enérgico, comprenderán la importancia vital de esta obra, y pondrán tal firmeza y decisión en sus testimonios que quebrantarán las barreras de Satanás” (Testimonios para los ministros, p. 410, 412 y 413).

Un historiador moderno describe al supuestamente rudo e indocto A.T. Jones como siendo “imponente y anguloso, de andar renqueante, tosco en sus gestos y posturas” (Spalding, op. cit., p. 591). E. White lo veía de forma muy diferente:

“Hay obreros cristianos que no han recibido una instrucción formal porque no estuvo a su alcance una ventaja tal; pero Dios ha dado evidencia de haberlos escogido... Él los ha hecho cooperadores eficaces con él. Tienen un espíritu dispuesto a aprender; sienten su dependencia de Dios, y el Espíritu Santo está con ellos asistiendo sus debilidades... En su voz se oye el eco de la voz de Cristo.
Es evidente que camina con Dios, que ha estado con Jesús y que ha aprendido de él. Ha introducido la verdad en el santuario interior del alma; para él es una realidad viviente, y presenta la verdad en demostración del Espíritu y de poder. Las personas aprecian la alegre melodía. Dios habla a sus corazones mediante el hombre consagrado a su servicio... Resulta en verdad elocuente. Es ferviente y sincero, y es querido por aquellos en cuyo favor trabaja... Sus defectos serán perdonados y olvidados. Sus oyentes no resultarán fatigados o disgustados, sino que agradecerán a Dios por el mensaje de gracia que les envía por medio de su siervo.      
[Sus oponentes] pueden mirar el átomo objetable a través de la lupa de su imaginación hasta que viene a convertirse en todo un mundo que les impide ver la preciosa luz del cielo... ¿Por qué prestar tanta atención a aquello que os puede parecer objetable en el mensajero, y desechar todas las evidencias que Dios ha dado para que haya equilibrio en la mente con respecto a la verdad?” (Christian Education 1893, citado en FE 242-243; Review & Herald, 18 abril 1893).

La propia E. White, con su respetable edad y experiencia, y consciente de su exaltada posición como mensajera especial del Señor, sintió que era un honor apoyar la obra de Jones y Waggoner:

“He viajado de lugar en lugar, asistiendo a reuniones donde se predicaba el mensaje de la justicia de Cristo. Consideré un privilegio permanecer con mis hermanos, y dar mi testimonio junto al mensaje para este tiempo” (Review & Herald, 18 marzo 1890).

 

Por qué se rechazó el mensaje

Cuando releemos hoy los mensajes inspirados enviados durante años a partir de 1888, instando a la aceptación del mensaje, no podemos comprender –en un abordaje superficial- por qué se lo hubiera podido rechazar. En consecuencia hemos cometido el error de asumir que nuestros hermanos llegaron a aceptarlo realmente de todo corazón.

Pero no debemos pasar por alto un hecho importante: ¿Cómo podría alguien aceptar el mensaje que Dios envió, y al mismo tiempo “odiar y despreciar” a los mensajeros escogidos? Fueron “sólo hombres” muy positivos y decididos, y desafortunadamente para el prestigio y paz de los hermanos, poseían la razón. Eso hizo que las agencias mismas de liberación escogidas por el Señor se convirtiesen en tropiezo y piedra de ofensa debido a la incredulidad prevaleciente. Lo que el Señor proveyó que fuera un sabor de vida para vida, se trocó en sabor de muerte para muerte. Lo que el Señor envió para la terminación de su obra, se convirtió en el inicio de una prolongada demora.

Aceptar el mensaje era demasiado humillante. La implicación era que Dios estaba de algún modo descontento con la condición espiritual de los “canales apropiados” para traer la luz especial del cielo. Obsérvese el análisis que hizo E. White de la esencia del problema:

“Si los rayos de luz que brillaron en Minneapolis hubiesen podido ejercer su poder convincente sobre aquellos que se posicionaron contra la luz, si todos hubiesen renunciado a sus caminos y sometido su voluntad al Espíritu de Dios en aquel tiempo, habrían recibido las más ricas bendiciones, habrían chasqueado al enemigo y habrían permanecido como hombres dignos de confianza, fieles a sus convicciones. Habrían tenido una rica experiencia; pero el yo dijo: -‘No’. El yo no estaba dispuesto a resultar herido, luchó por la supremacía, y cada una de aquellas almas será nuevamente probada en los puntos en donde entonces falló... El yo y la pasión desarrollaron características odiosas” (Carta 19, 1892).

“Algunos han estado cultivando odio contra los hombres a quienes Dios ha comisionado para presentar un mensaje especial al mundo. Comenzaron esta obra satánica en Minneapolis. Más tarde, cuando vieron y sintieron la demostración del Espíritu Santo que testificaba que el mensaje era de Dios, lo odiaron aún más, porque era un testimonio contra ellos” (Testimonios para los ministros, p. 79 y 80; 1895).

“El Espíritu Santo, de vez en cuando, revelará la verdad por medio de sus propios agentes escogidos; y ningún hombre, ni siquiera un sacerdote o gobernante, tiene el derecho de decir: Vosotros no daréis publicidad a vuestras opiniones, porque yo no creo en ellas. Ese pasmoso ‘yo’ puede intentar derribar la enseñanza del Espíritu Santo” (Testimonios para los ministros, p. 70; 1896).

[Los oponentes] “No oyeron ni quisieron entender. ¿Por qué? -Para no tener que convertirse y reconocer que todas sus ideas no eran correctas. Eran demasiado orgullosos como para proceder así, y persistieron de ese modo en rechazar el consejo de Dios y la luz y evidencia proporcionadas... Ese es el terreno que están ahora recorriendo algunos de nuestros hermanos dirigentes” (Ms. 25, 1890).

Sucedió como en todo tiempo pasado: la verdad expuesta por los profetas no resultaba aduladora, y no fue bienvenida. Pero hoy hay buenas nuevas para nosotros, si hacemos frente a la realidad.

Sólo si estamos dispuestos a afrontar la plena verdad podremos afirmar nuestros pies sobre la sólida roca. Ha llegado el tiempo de que hagamos eso, y nadie va a poder atrasar el reloj.

 

¿Quiénes fueron esos “algunos”?

Obsérvese: “Algunos de nuestros hermanos dirigentes” rechazaron “el consejo de Dios”. ¿Es posible conocer la verdadera dimensión de ese “algunos”?

E. White identificó seis años después a aquellos que rechazaron el mensaje con una denominación genérica: Los “algunos” eran el cuerpo de nuestros hermanos influyentes a cargo de la dirección de la obra. “Fue resistida la luz que ha de alumbrar a toda la tierra con su gloria, y en gran medida ha sido mantenida lejos del mundo por el proceder de nuestros propios hermanos” (Carta 96, 1896; Mensajes selectos, vol. I, p. 276). Identificó de forma consistente y sin excepciones, a aquellos de entre “nuestros propios hermanos” que rechazaron el mensaje como a los “muchos”, y a los que aceptaron como siendo “pocos” (ver capítulo 4).

El paradigma de 1888 arroja luz sobre nuestra situación hoy:

“Los judíos rehusaron recibir a Cristo, porque no vino según la forma en que lo esperaban…
Este es el peligro al cual la iglesia se halla expuesta ahora, es a saber, que las invenciones de hombres finitos señalen la forma precisa en que debe venir el Espíritu Santo. Aunque no quieran reconocerlo, algunos ya han hecho esto. Y porque el Espíritu viene, no para alabar a los hombres o para sustentar sus teorías erróneas, sino para convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio, muchos se apartan de él” (Testimonios para los ministros, p. 64 y 65; 1896).

Evidentemente el mensaje de 1888 fue mucho más que la mera re-enfatización de una doctrina olvidada. Los delegados a la asamblea se encontraron de forma inesperada cara a cara ante Cristo, al enfrentarse cara a cara con su mensaje. “¿Qué es la justificación por la fe? Es la obra de Dios que abate en el polvo la gloria del hombre” (Testimonios para los ministros, p. 456). Esa confrontación implicaba la humillación de sus almas hasta el polvo, y no estaban dispuestos a algo así. Una contrición como esa les resultaba ofensiva, y no permitirían que las lágrimas recorrieran sus mejillas.

En una mirada retrospectiva resulta evidente que no fue bienvenido ese amor de Cristo capaz de quebrantar los corazones y el orgullo ministerial profesional. Se sentían encumbrados en la cima del éxito, y la necesaria humillación del corazón vino a ser para ellos piedra de tropiezo.

¿Podría hoy seguir siendo ese nuestro problema?


 

Capítulo 4

(índice)

Aceptación o rechazo: buscando un enfoque más nítido

Que el mensaje de 1888 fuera aceptado, o que no lo fuera, significa mucho más que una trivial controversia académica. De igual forma en que no es posible separar el evangelio de la historia de la cruz, es imposible apreciar el mensaje de 1888 al margen de la verdad de su historia. No podemos comprender correctamente nuestra relación corporativa actual con Cristo a menos que entendamos esa realidad. La confusión es peligrosa, pues es bien sabido que un pueblo desconocedor de su historia está destinado a repetirla, y eso puede estar ya sucediendo.

El relato histórico que proporciona E. White es claro e incontrovertible. Sin embargo, un autor presenta la evidencia histórica como si fuera ambigua:

“Se ha discutido frecuentemente la cuestión: ¿Qué sucedió tras la asamblea de la Asociación General de 1888? ¿Aceptó la iglesia, o rechazó el nuevo énfasis sobre el evangelio de salvación? Quien analiza los registros de aquellos años buscando las evidencias de la aceptación, las encontrará. Pero si busca evidencias de que fue rechazado, las encontrará igualmente” (N.F. Pease, The Faith That Saves, p. 43).

De hecho, la cuestión importante no es si la iglesia aceptó el mensaje. E. White afirma que “Satanás tuvo éxito en impedir que fluyera hacia nuestros hermanos, en gran medida” el mensaje (Mensajes selectos, vol. I, p. 276; 1896). El problema es que la iglesia nunca tuvo la oportunidad de considerarlo libre de distorsiones y de oposición. La cuestión es en realidad si los dirigentes lo aceptaron. E. White se refiere a eso con franqueza. Su testimonio es verdad presente, relevante para nuestra actual condición espiritual.

Publicaciones autorizadas han venido enseñando mundialmente a la iglesia adventista del séptimo día que el liderazgo predominante aceptó el mensaje de 1888 en aquella generación, y que ha sido desde entonces la segura posesión doctrinal de la iglesia. Se trata de una asunción del tipo: “Soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad”. Expuesta brevemente, esta es la posición oficial:

“Los miembros del pueblo adventista del séptimo día aceptaron las presentaciones [de 1888] en Minneapolis y resultaron bendecidos. Ciertos dirigentes resistieron allí la enseñanza” (A Further Appraisal of the Manuscript “1888 Re-examined” [Reevaluación del manuscrito “1888 Reexaminado”], Asociación General, septiembre 1958, p. 11).

Existe una obra de carácter oficial que en su primera publicación contó con el respaldo de dos presidentes de la Asociación General, y que “fue sometida a lectura crítica por parte de unos sesenta de nuestros eruditos más capaces... Indudablemente ningún volumen en nuestra historia obtuvo un respaldo tan grande previamente a su publicación” (p. 8). Ese libro afirma que la oposición al mensaje fue insignificante, puesto que finalmente fueron menos de diez los delegados que en 1888 rechazaron realmente el mensaje o se mostraron desfavorables al mismo. Esa asombrosa teoría merece cuidadosa atención, pues de ser verdadera hemos de creerla:

“La acusación... de que la denominación, o al menos su liderazgo, rechazó en 1888 la enseñanza de la justicia por la fe queda… refutada por los participantes presentes en la asamblea, y es una presuposición gratuita e infundada. Sencillamente no es históricamente verdadera... ‘Algunos’ hermanos dirigentes se interpusieron en el camino de la luz y la bendición. Pero los... líderes como colectivo jamás rechazaron la doctrina bíblica de la justicia por la fe” (L.E. Froom, Movement of Destiny, p. 266; 1971).

“De los cerca de noventa delegados registrados en la asamblea de la Asociación General en Minneapolis en 1888, había menos de una veintena -y en consecuencia menos de la cuarta parte del total de participantes- que lucharon realmente contra el mensaje...    
La mayoría de los que habían objetado en un principio hicieron confesiones... y cesaron a partir de entonces en su oposición... Solamente un pequeño núcleo de ‘obstinados’ continuó rechazándolo…
Los ‘algunos’ que rechazaron resultaron ser menos de veinte, de entre más de noventa, lo que es menos de la cuarta parte. Y, según Olson, la mayoría de esa veintena hizo confesiones, dejando así de ser ‘rechazadores’ para convertirse en aceptadores” (ibíd., p. 367-369. Atributo de cursiva como en la obra original).

El libro citado informa además de que el liderazgo de la iglesia aceptó inicialmente el mensaje en 1888:

“La denominación como un todo, y su liderazgo en particular, no rechazó el mensaje e implicaciones de la justicia por la fe en 1888 y posteriormente... El nuevo presidente... aceptó de todo corazón y sostuvo la enseñanza de la justicia por la fe...” (ibíd., p. 370-371. Atributo de cursiva como en la obra original).

Un presidente y un vicepresidente expresaron en declaraciones separadas su acuerdo con la posición anteriormente expuesta:

“En mis cincuenta y cinco años en el ministerio adventista... no he oído jamás a un obrero o miembro laico... expresando oposición al mensaje de la justificación por la fe. Como tampoco he sabido de una oposición tal expresada en publicaciones adventistas del séptimo día” (A.V. Olson, Through Crisis to Victory, p. 232; 1966).

“Es correcto afirmar que el mensaje [de 1888] se ha predicado tanto en el púlpito como en la prensa, así como mediante la vida de miles de dedicados miembros del pueblo de Dios... Pastores y evangelistas adventistas han anunciado esa verdad vital desde púlpitos de iglesias y plataformas públicas, con corazones encendidos por el amor de Cristo” (ibíd., p. 233 y 237).

"Unos pocos… han sugerido de forma completamente errónea que la iglesia adventista del séptimo día perdió el rumbo al no hacer suya esa enseñanza cristiana fundamental [el mensaje de 1888]” (R.R. Figuhr, presidente de la Asociación General, en el prefacio a By Faith Alone, de N.F. Pease; 1962).

El que fuera por tantos años secretario del Ellen G. White Estate asegura que en términos generales el mensaje fue aceptado:

“La concepción de que la Asociación General, y por lo tanto la denominación, rechazó en 1888 el mensaje de la justicia por la fe, carece de fundamento... Los registros contemporáneos no proveen evidencia alguna de rechazo denominacional. No existe declaración alguna de E.G. White que diga que sucedió tal cosa... El registro histórico de la recepción del mensaje en el escenario que siguió a la sesión, confirma que eran prevalentes las actitudes favorables... Parece haberse dado un énfasis desproporcionado a la experiencia de la asamblea de la Asociación General en Minneapolis” (A.L. White, The Lonely Years, p. 396; 1984).

Siguiendo los pasos de otros eruditos, un autor afirma:

“¿Significa eso que la iglesia como un todo, o siquiera su liderazgo, rechazó el mensaje de 1888? -De ningún modo. Algunos lo rechazaron: una minoría ruidosa... El nuevo liderazgo apoyó de todo corazón el nuevo énfasis” (Marjorie Lewis Lloyd, To Slow Getting Off, p. 19 y 20).

Si la historia y el testimonio de E. White apoyan esos puntos de vista oficiales, estamos en la obligación moral de creerlos. Pero hay un problema: E. White comparó repetidamente la reacción de los dirigentes al mensaje de 1888 con la de los judíos contra Cristo*. ¡Eso no parece aceptación!

* [Ver, por ejemplo: MS. 9, Throug Crisis to Victory, p. 292; MS. 15, 1888; ibid., p. 297 y 300; MS. 13, 1889; Review & Herald 4 y 11 marzo, y 26 agosto 1890; 11 y 18 abril 1893; TM 64 y 75-80; Special Testimonies Series A, n6, p. 20; Special Testimonies to R & H Office, p. 16 y 17; FE 472].

Si el juicio de esos autores refleja la verdad, y si realmente fueron tan pocos los que se opusieron, se hace difícil entender por qué tuvo E. White que preocuparse tanto durante más de una década, respecto a lo que describió como el continuo rechazo al mensaje, por parte de “nuestros hermanos” en la sede central. ¿Retendría el Señor las bendiciones de la lluvia tardía y el fuerte pregón de toda la iglesia mundial a causa de la persistencia en la oposición de menos de diez pastores, habida cuenta de que no se trataba siquiera de dirigentes?

Aceptando esa tesis de la aceptación, ¿podemos abrigar la esperanza de que haya un porcentaje de aceptación aún mayor a cualquier mensaje que el Cielo pueda enviarnos? Si el Señor retiene de todos nosotros las bendiciones de su Espíritu Santo debido a tan minúscula oposición, ¿qué esperanza tenemos de que la comisión evangélica pueda llegar jamás a su consumación?

 

Los judíos negaban haber rechazado al Mesías

La negación de los judíos toma dos formas: (a) un problema de identidad equivocada: Jesús de Nazaret no fue realmente el Mesías –dicen; por lo tanto rechazarlo no fue un error grave; (b) un problema de errónea imputación de culpabilidad: fueron los romanos -y no ellos- quienes lo crucificaron (cf. Max I. Dimont, Jews, God, and History, p. 138-142).

En muchas de las declaraciones anteriores es evidente la existencia de ese doble problema:

(a) Un problema de identidad equivocada: Casi todos esos autores rehúyen el hecho trascendente de que el mensaje de 1888 significó el comienzo de la lluvia tardía y el fuerte pregón. Prácticamente sin excepción identifican el mensaje de 1888 como siendo una mera “enfatización” de la doctrina protestante de la justificación por la fe del siglo XVI, tal como la enseñan las iglesias populares.

[Pease hace una breve referencia a la declaración de E. White del 22 de noviembre del 1892 en la que identifica el mensaje como el “comienzo” del fuerte pregón (By Faith Alone, p. 156). Pero en general identifica el mensaje como siendo una mera re-enfatización de la “doctrina” popular protestante. Froom reconoce el mensaje como siendo el “comienzo” de la lluvia tardía, pero se contradice de forma inexplicable al afirmar que se trataba del mismo mensaje que los evangélicos contemporáneos estaban predicando (Movement of Destiny, p. 262, 318-325, 345, 561-570, 662-667). El resto de autores ignora totalmente la identificación del mensaje hecha por E. White].

(b) Hay un problema de atribución equivocada de la culpabilidad: se insiste uniformemente en que sólo unos pocos individuos de escasa importancia resistieron y rechazaron el mensaje; la mayoría de los demás se arrepintieron, de modo que el mensaje fue finalmente bien aceptado en términos generales por el liderazgo responsable de la iglesia.

El Dr. Froom nos dice que los informes de A.W. Spalding y L.H. Christian sobre la historia de 1888 están “en completa armonía” con los hechos (op. cit. p. 268). Y A.V. Olson igualmente sugiere que Spalding presenta “toda la verdad” sobre el tema (op. cit., p. 233). Dichos informes difieren marcadamente de los que hizo E. White, pero dado el prestigio del que gozan actualmente esos autores, les prestaremos cuidadosa atención:

“El mayor evento de los años ochenta en la experiencia de los adventistas del séptimo día fue la recuperación o reafirmación, y renovado interés de su fe en la doctrina básica del cristianismo... La última década del siglo vio a la iglesia desarrollándose, mediante ese evangelio, como una compañía presta a cumplir la misión divina... El reavivamiento del mensaje de la justificación por la fe levantó a la iglesia” (A.W. Spalding, Captains of the Host, p. 583, 602; 1949).

“1888 es un hito notable en la historia del adventismo del séptimo día. Fue realmente como cruzar una frontera y entrar en un nuevo país. Algunos fustigadores de los hermanos que se autoproclaman reformadores han intentado presentar aquella asamblea como una derrota; sin embargo, la verdad es que permanece como una gloriosa victoria... Inauguró un nuevo período en nuestra obra -un tiempo de reavivamiento y salvación de almas... El Señor dio a su pueblo una maravillosa victoria. Fue el inicio de un gran despertar espiritual entre los adventistas... el amanecer de un día glorioso para la iglesia adventista... El efecto derivado del gran reavivamiento de Minneapolis... comenzado en 1888... fue rico, tanto en santidad como en fruto misionero” (L.H. Christian, The Fruitage of Spiritual Gifts, p. 219, 223, 224, 237, 244 y 245).

Obsérvese que uno de los autores cumple inadvertidamente la profecía de Cristo relativa a los dirigentes de la iglesia de Laodicea. Emplea las mismas palabras que Cristo puso en los labios del “ángel de la iglesia” (Apoc. 3:14 y 17), la pretensión de ser “rico” y haberse “enriquecido”, no careciendo de nada debido a su supuesta aceptación del mensaje.

 

¿Aceptado, o rechazado?

No querríamos calificar de “fustigador de los hermanos” a un ilustre expresidente de la Asociación General, pero según el autor precedente, A.G. Daniells cae inevitablemente en esa categoría al afirmar claramente que la historia de 1888 significó una derrota para el progreso de la causa de Dios. Sus declaraciones contradicen completamente las de los autores precedentes:

“¡El mensaje de la justicia de Cristo… tuvo que chocar con la oposición de hombres fervientes y bien intencionados en la causa de Dios! El mensaje [de 1888] nunca fue aceptado ni anunciado, ni le fue dado libre curso en su debida forma para traer sobre la iglesia las bendiciones sin límite que están contenidas en él... La división y lucha que se suscitó entre los dirigentes debido a la oposición al mensaje de la justicia en Cristo produjo una reacción muy negativa. La gran masa del pueblo quedó confundida y sin saber qué hacer...    
Detrás de la oposición se revela la astuta conspiración de la mente maestra del mal… Cuán terribles han de ser los resultados de cualquier victoria suya” (A.G. Daniells, Christ Our Righteousness, p. 47, 50, 53 y 54; 1926).

Obsérvese de qué parte está la victoria, y de cuál la derrota. Daniells insiste en su libro en que no hubo reavivamiento denominacional, ni aceptación de aquel mensaje y experiencia. Escribiendo en 1926, Daniells se refirió al reavivamiento como estando aún reservado al futuro:

“En todos estos años [desde 1888] se ha venido desarrollado el firme deseo y la esperanza –sí, la convicción- de que el mensaje de la justicia por la fe brillará algún día en toda su gloria, valor y poder inherentes, y gozará del pleno reconocimiento” (ibíd., p. 43).

El “gran reavivamiento” que otros aseguraban que había tenido lugar, Daniells lo situaba en la categoría de lo que “pudo haber” sido:

“¡Qué poderoso reavivamiento de la verdadera piedad... qué manifestación de poder divino para la terminación de la obra... pudo haber venido al pueblo de Dios si todos nuestros pastores hubiesen salido de la asamblea como lo hizo esta leal y obediente sierva del Señor [en referencia a E. White]” (ibíd., p. 47).

La propia E. White habría de caer también lógicamente en la censurable categoría de los “fustigadores de los hermanos”, pues resumió el fin de la era de 1888 como siendo un tiempo de victoria para nuestro enemigo, al afirmar que “Satanás tuvo éxito... en gran medida” en mantener el mensaje alejado tanto de la iglesia como del mundo (Mensajes selectos, vol. I, p. 276; 1896).

A.T. Jones, aún en el tiempo en que caminaba humildemente con el Señor, cae también bajo la misma reprensión, y no solamente él, sino toda la congregación reunida en la asamblea de la Asociación General de 1893. Sin embargo, ellos estaban en el propio escenario de los hechos. Ni una sola persona se atrevió a desafiar al orador, pues todos sabían que estaba diciendo verdad:

“¿Cuándo comenzó entre nosotros como pueblo este mensaje de la justicia de Cristo? [Uno o dos en la audiencia: ‘Hace tres o cuatro años’] ¿Tres, o cuatro años? [Congregación: ‘Cuatro’]. Efectivamente: cuatro. ¿Dónde sucedió? [Congregación: ‘En Minneapolis’] ¿Qué, pues, rechazaron los hermanos en Minneapolis? [Algunos en la congregación: ‘El fuerte pregón’]... ¿Qué fue lo que rechazaron en Minneapolis los hermanos que adoptaron esa terrible postura? Rechazaron la lluvia tardía –el fuerte pregón- del mensaje del tercer ángel” (General Conference Bulletin, 1893, p. 183).

En 1908 Jones habla de oposición oficial perpetuándose durante aquellos “veinte y un años, contra el mensaje de Dios de la justicia por la fe”:

“Hombres que hoy ocupan cargos como presidentes de Unión, y oficiales de la Asociación General se opusieron… en el comienzo y en todo tiempo desde entonces, de toda forma posible... a la verdad de la justicia por la fe tal como la expresan llanamente las Escrituras. Lo sé bien porque en más de una ocasión he tenido que contender exactamente por ese motivo, y precisamente con esos mismos hombres” (A.T. Jones, Carta a R.S. Owen, 20 febrero 1908)

[Se puede encontrar evidencia demostrable de lo dicho por A.T. Jones en publicaciones oficiales relativas a la controversia sobre “los dos pactos” que tuvo lugar entre los años 1906 y 1908. La posición prevalente era la de los opositores al mensaje de 1888. Ver, por ejemplo, Signs of the Times 13 noviembre 1907 y 29 enero 1908].

Si es que los laicos y obreros adventistas aceptaron realmente las presentaciones en Minneapolis, ¿no sería razonable esperar que años más tarde Jones recordara al menos a alguno de ellos (con la excepción de E. White)? Trece años después de 1908 escribió, rememorando aquella ocasión:

“No puedo ahora citar ni a uno que aceptara el mensaje abiertamente en la asamblea de 1888 [obviamente, a excepción de E. White]. Pero más tarde muchos dijeron que les fue de gran ayuda. Uno en Battle Creek dijo en aquella reunión, después de una de las presentaciones del Dr. Waggoner: 'Podríamos ahora decir amén a todo eso, si es que eso fuera todo lo que hay al respecto. Pero más lejos, más tarde, va a venir algo más. Y eso nos va a llevar a... Y si decimos amén a esto, tendremos que decir amén a lo otro, resultando entonces atrapados’... No hubo tal cosa, y se privaron a sí mismos de aquello que sus propios corazones les decía que era la verdad; y por combatir lo que solamente existía en su imaginación se afirmaron en su oposición contra aquello que sabían que debían haber aceptado” (Carta a C.E. Holmes, 12 mayo 1921).

Jones añadió en la misma carta que “los opositores fueron... todos aquellos a quienes pudo arrastrar la influencia de la Asociación General”.

Jones dijo en cierta ocasión que “algunos” aceptaron la verdad en la asamblea de Minneapolis, “algunos” la rechazaron y “algunos” permanecieron a medio camino (General Conference Bulletin 1893, p. 185). Los favorables a la teoría de la aceptación interpretan lo anterior como significando que la asamblea estaba dividida en tres tercios; y dado que se supone que “muchos” de los que inicialmente rechazaron o permanecieron neutrales se arrepintieron más tarde, deducen que la gran mayoría terminó por aceptar el mensaje. Pero la declaración de Jones de 1921 continúa por un derrotero bien diferente:

“Otros serían favorables, pero cuando arreció el espíritu de persecución, en lugar de permanecer ante el ataque noblemente en el temor de Dios y declarar: ‘Es la verdad de Dios, y creo en ella de todo corazón’, comenzaron a ceder y a disculparse, excusándose por aquellos que la estaban predicando”.

Esa actitud cobarde se puede calificar de cualquier cosa, excepto de aceptación al mensaje de la justicia de Cristo. ¡Los seguidores de Cristo están dispuestos a morir por la verdad!

Jones dejó registrada su opinión relativa a la extensión de los “reavivamientos denominacionales a escala mundial” que siguieron al congreso de 1888. Un libro con respaldo oficial que apoya la tesis de la aceptación cita el texto siguiente, tomado de una carta escrita en 1921:

“Cuando llegó la época de las reuniones campestres [después de 1888] los tres [E. White, Waggoner y él mismo] visitamos las reuniones campestres con el mensaje de la justicia por la fe... En ocasiones asistíamos los tres simultáneamente a una misma reunión. Eso calmó la marea en el pueblo, y aparentemente también en la mayor parte de los dirigentes (Pease, By Faith Alone, p. 149).

La cita reproducida en el libro termina aquí. Pero la siguiente frase de Jones refuta la tesis de la aceptación:

“Pero esto último fue solamente aparente, nunca real, pues en la comisión de la Asociación General y en otros existió siempre un secreto antagonismo progresando sin interrupción, y que... finalmente prevaleció en la denominación, dando la supremacía al espíritu de Minneapolis, a la contienda y a los hombres”.

Cuando Jones escribió esa carta no faltaba mucho para su muerte. En ella se aprecia un espíritu de sometimiento y lealtad a todas las creencias adventistas del séptimo día, y a la plena inspiración del ministerio profético de E. White.

Cinco años más tarde A.G. Daniells publicó su posición, que en esencia coincide con la de Jones: “El mensaje nunca fue aceptado ni anunciado, ni le fue dado libre curso en su debida forma para traer sobre la iglesia las bendiciones sin límite que están contenidas en él” (Christ Our Righteousness, p. 47; 1926).

Pero no necesitamos depender de las valoraciones de Jones o Daniells. Disponemos de otro testimonio.

 

Evidencia inspirada relevante

Investigados con sinceridad, los escritos de E. White nunca resultan ambiguos acerca de la aceptación del mensaje de 1888. Ciertamente no apoyan indistintamente ambas posiciones contrapuestas. E. White armoniza con la declaración de Jones relativa a la “marea” de la oposición de los hermanos dirigentes calmándose de forma “solamente aparente”:

“Por casi dos años [1890] hemos estado instando al pueblo a que venga y acepte la luz y la verdad con respecto a la justicia de Cristo, y no saben si venir y aferrarse a esta preciosa verdad, o no hacerlo” (Review & Herald, 11 marzo 1890).

¿Por qué sucedía así? Una semana después declaró la razón por la cual dudaban los laicos y pastores jóvenes:

“Nuestros jóvenes observan a nuestros hermanos de más edad, y al ver que no aceptan el mensaje, sino que lo tratan como si no tuviera importancia, eso influencia a los que ignoran las Escrituras a que rechacen la luz. Esos hombres que rehúsan recibir la verdad se interponen entre el pueblo y la luz” (Review & Herald, 18 marzo 1890. Original sin atributo de cursivas).

E. White coincidió también con la declaración de Jones de que no hubo ni uno solo de los hermanos dirigentes en la sede central que quisiera tomar posición decidida en favor del mensaje de la justicia de Cristo:

“Di mi testimonio una vez tras otra con fuerza y claridad a los que estaban reunidos [en Minneapolis, 1888], pero dicho testimonio no fue recibido. Al venir a Battle Creek repetí el mismo testimonio en presencia del pastor Butler, pero no hubo ni uno solo que tuviera la valentía de ponerse de mi lado ayudando al pastor Butler a que viera que él y otros más habían tomado posiciones equivocadas... El prejuicio del pastor Butler fue mayor después de oír los varios informes de nuestros hermanos en el ministerio procedentes de la asamblea de Minneapolis” (25 enero 1889; Carta U3, 1889. Original sin atributo de cursiva).

Los “hermanos” que E. White dijo que se interponían, eran dirigentes. Gracias a Dios no todos rehusaron recibir la verdad, pero la expresión “nuestros propios hermanos” tiene un sentido genérico. Ha de significar el grueso de los dirigentes responsables, con pocas, si es que alguna excepción. E. White empleó repetidamente esa expresión. Y es significativo que lo hiciera de forma retrospectiva:

“En Minneapolis... Satanás tuvo éxito en impedir que fluyera hacia nuestros hermanos, en gran medida, el poder especial del Espíritu Santo... El enemigo les impidió que obtuvieran esa eficiencia que pudiera haber sido suya para llevar la verdad al mundo... Fue resistida la luz que ha de alumbrar a toda la tierra con su gloria, y en gran medida ha sido mantenida lejos del mundo por el proceder de nuestros propios hermanos” (Mensajes selectos, vol. I, p. 276. Original sin atributo de cursiva).

Difícilmente podrían unos pocos opositores obstinados de limitada influencia haber tenido un efecto tan determinante, si es que la mayoría de los hermanos dirigentes hubiesen recibido de corazón el mensaje. Es como pretender que el rabo sea capaz de agitar al perro. E. White escribió lo siguiente a un pariente suyo, después que los influyentes hubieran hecho la mayoría de sus “confesiones”:

“¿Quiénes de los que han tenido una parte en la asamblea de Minneapolis han venido a la luz y recibido los ricos tesoros de la verdad que el Señor les envió del cielo? ¿Quién ha caminado junto al Dirigente, Jesucristo? ¿Quién ha hecho total confesión de su celo equivocado, de su ceguera, de sus celos y malas sospechas, de su desafío a la verdad? Ni uno solo...” (Carta, 5 noviembre 1892; B2a 1892).

Siete u ocho largos años después de 1888 E. White debió confesar apenada que “algunos” en Battle Creek “mantuvieron vivo el espíritu que campó a sus anchas en Minneapolis”. Más adelante se verá que los “algunos” resultaron ser “muchos”.

“Comenzaron esta obra satánica en Minneapolis... Sin embargo, estos hombres han estado ocupando puestos de confianza, y han estado moldeando la obra a su propia semejanza, hasta el punto en que les fue posible” (Testimonios para los ministros p. 80; 1 mayo 1895; 30 mayo 1896. Original sin atributo de cursivas).

 

Un llamado a la sinceridad

A.G. Daniells nos invita a ser sinceros al abordar la realidad: “Sería mucho más agradable eliminar algunas declaraciones del Espíritu de profecía relativas a la actitud de algunos de los dirigentes hacia el mensaje y los mensajeros. Pero de hacer así sería inevitable estar presentando sólo una parte de la situación... dejando la cuestión más o menos en el misterio” (op. cit., p. 43).

Cuanto menos “misterio”, tanto mejor en esta hora tardía y peligrosa. Por lo tanto reproducimos las siguientes citas, sucintas pero literales, tomadas de Testimonios para los ministros, escrito en 1895. Se trata del juicio retrospectivo de E. White, escrito hacia el final de la “era de 1888”:

“Hay muchos que lo tratan [al mensaje] con desdén…  
Le habéis dado el Señor la espalda, y no el rostro…     
La luz que ha de llenar toda la tierra con su gloria ha sido despreciada…          
Guardaos de transigir con los atributos de Satanás, y arrojar menosprecio sobre la manifestación del Espíritu Santo… 
Sé solamente que algunos ya ahora han ido demasiado lejos para volver y para arrepentirse… 
No aprecian estas grandes y solemnes realidades y… hablan contra ellas…      
Andan en camino de pecadores y se sientan en silla de escarnecedores…         
Muchos han entrado en senderos oscuros y secretos, y algunos nunca volverán…        
Han tentado a Dios, han rechazado la luz…      
Han elegido las tinieblas antes que la luz y han contaminado sus almas…           
No solamente han rehusado aceptar el mensaje, sino que han odiado la luz. Estos hombres colaboran en la ruina de las almas. Se han interpuesto entre la luz enviada del cielo y la gente. Han pisoteado la palabra de Dios, y están afrentando al Espíritu Santo…   
Durante años han resistido la luz y albergado un espíritu de oposición. ¿Por cuánto tiempo odiaréis y despreciaréis a los mensajeros de la justicia de Dios…?
Los criticaron duramente [a los mensajeros] tratándolos como fanáticos, extremistas y maniáticos…
A menos que os humilléis… demasiado tarde veréis que habéis estado luchando contra Dios…
El Señor sabe que estáis dando la vuelta completamente a las cosas. Seguid un poco más como habéis andado, rechazando la luz del cielo, y estaréis perdidos…          
Aquellos que han sido por tanto tiempo como falsos postes indicadores que señalan el camino equivocado. Si rechazáis a los mensajeros designados por Cristo, rechazáis a Cristo…
Despreciad esta gloriosa oferta de justificación por medio de la sangre de Cristo… y no quedará más sacrificio por el pecado…          
Os ruego que os humilléis y ceséis en vuestra obstinada resistencia a la luz y la evidencia”
(Testimonios para los ministros, p. 89-98).

¡Eso es lo que nuestros autores calificaron como “hito notable en la historia del adventismo del séptimo día”, algo así “como cruzar una frontera y entrar en un nuevo país”, “como una gloriosa victoria y la ocasión e inicio de mayores y mejores cosas para la iglesia adventista”, “un nuevo tiempo en nuestra obra; un tiempo de reavivamiento y salvación de almas”, el “tiempo de una feliz experiencia espiritual”, el “inicio de un gran despertar espiritual entre los adventistas”, un “reavivamiento de alcance denominacional”! Qué razón tenía E. White, cuando escribió en 1895: “El Señor sabe que estáis dando la vuelta completamente a las cosas”.

Siete u ocho años tras la asamblea, hubo amplia oportunidad para el arrepentimiento, confesión, y la sincera participación en un “reavivamiento de alcance denominacional”. Es posible seguir la cronología del rechazo año a año:

“En lugar de disponer vuestra fuerza contra el avance del carro de la verdad que está siendo tirado cuesta arriba, deberíais esforzaros con toda vuestra energía para empujarlo.   
Nuestros hermanos de mayor edad... no aceptan el mensaje, sino que lo tratan como si careciera de importancia” (Review & Herald, 18 marzo 1890).

“No puedo expresaros la carga y aflicción mental que he tenido al haberme sido presentada la verdadera condición de la causa...          
Se me ha mostrado que de parte de los ministros de todas nuestras asociaciones hay descuido en el estudio de las Escrituras y el escudriñamiento de la verdad...   
¡La fe y el amor: cuán destituidas están las iglesias de estos bienes!…  
La religión de la Biblia es muy escasa, aun entre nuestros pastores...     
La norma del ministerio ha sido grandemente rebajada…          
La frialdad, la falta de compasión, la carencia de tierna simpatía, están leudando el campamento de Israel. Si se permite que estos males se fortalezcan, como ha ocurrido en los últimos años, nuestras iglesias se verán en una condición deplorable” (Testimonios para los ministros, p. 142-156; 20 agosto 1890).

No hubo mucho reavivamiento en 1892:

“La atmósfera de la iglesia es tan frígida, su espíritu es de tal naturaleza, que los hombres y mujeres no pueden sostener o soportar el ejemplo de la piedad primitiva nacida del cielo. El calor de su primer amor está congelado, y a menos que sean bañados por el bautismo del Espíritu Santo, su candelero será quitado de su lugar” (Testimonios para los ministros, p. 167 y 168; 15 julio 1892).

Lo mismo sucedía en 1893:

“¡Cuán pocos conocen el día de su visitación!... Estamos convencidos de que en el pueblo de Dios hay ceguera de mente y dureza de corazón, aun cuando Dios ha manifestado inexpresable misericordia hacia nosotros...          
Pocos están hoy sirviendo a Dios de corazón. La mayoría de los que componen nuestras congregaciones están espiritualmente muertos en pecados y transgresiones... Las más dulces melodías procedentes de Dios a través de labios humanos -la justificación por la fe y la justicia de Cristo- no encuentran en ellos respuesta alguna de amor y gratitud... Endurecen sus corazones contra [el Comerciante celestial]” (Review & Herald, 4 abril 1893).

La condición no había mejorado en 1895:

“Hay muchos que han dejado atrás su fe adventista... mientras expresan el deseo de su corazón: ‘mi Señor tarda en venir’...  
Hombres a quienes se les han confiado pesadas responsabilidades, pero que no tienen una relación viva con Dios, han estado y están haciendo afrenta a su Santo Espíritu... Una y otra vez han llegado amonestaciones de parte de Dios para estos hombres, pero ellos las han hecho a un lado y han continuado con la misma conducta...       
Si el Señor les conserva la vida, y alimentan el mismo espíritu que señaló su conducta antes y después de la reunión de Minneapolis, llenarán también la medida de aquellos a quien Cristo condenó cuando estaba en la tierra” (Testimonios para los ministros, p. 77-79; 1 mayo 1895).

Es evidente que no hubo gran cambio en 1896:

“Es una ofensa para Dios que los hombres conserven vivo el espíritu que se desató en Minneapolis. Todo el cielo siente indignación por el espíritu que desde hace años se está manifestando en nuestra institución publicadora de Battle Creek... Se ha oído una voz señalando los errores y rogando, en el nombre del Señor, que se realizara un cambio decidido. Pero ¿quién ha escuchado la instrucción dada? ¿Quién ha humillado su corazón para quitar todo vestigio de ese espíritu malvado y opresor?” (Testimonios para los ministros, p. 76 y 77; 30 mayo 1896).

Por toda apariencia el “reavivamiento” no había ganado los corazones de los dirigentes en 1897:

“Dios da a los hombres consejo y reprensión para su bien. Él ha enviado su mensaje, diciéndoles lo que se necesitaba para el tiempo: 1897… Él os dio la oportunidad de que acudierais armados y equipados en auxilio de Jehová. Y habiendo hecho todo, os pidió que os presentarais. Pero ¿os preparasteis? ¿Dijisteis ´Heme aquí, envíame a mí’? Os sentasteis tranquilos y no hicisteis nada. Permitisteis que la Palabra del Señor cayera al suelo desatendida…     
Oh, ¿por qué tienen que ser obstáculo los hombres cuando podrían ser una ayuda? ¿Por qué frenan las ruedas cuando podrían empujar con señalado éxito? ¿Por qué despojan su propia alma del bien y privan a otros de la bendición que podría haber venido por su intermedio? Estas personas que han rechazado la luz permanecerán en la aridez como desiertos” (Testimonios para los ministros, p. 413).

Permanecieron ciertamente en su rechazo como desiertos estériles en sentido espiritual. Una revisión de sus sermones y artículos impresos revela que eran áridos y cansinos, exentos de los factores esenciales de las verdades de 1888, evidenciando no obstante una suprema confianza en haber comprendido y estar predicando la justicia por la fe.

 

Los reavivamientos que siguieron a 1888

De 1888 a 1890 E. White hace numerosas referencias a reuniones de reavivamiento en las que participó junto a Jones y Waggoner. La teoría de la aceptación se basa principalmente en esas declaraciones. Debemos ponderar su auténtico significado. Siguen algunos ejemplos del entusiasmo de la profetisa:

“Nunca he visto una obra de reavivamiento avanzar en tanta profundidad, y sin embargo permanecer libre de toda excitación indebida. No hubo insistencia o invitación alguna. No se llamó a que las personas salieran al frente, sino que hubo un solemne reconocimiento de que Cristo vino, no a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento... Muchos testificaron de que al presentarse las verdades decisivas, a la luz de la ley fueron convencidos como transgresores” (Review & Herald, 5 marzo 1889).

“Las nuevas de que Cristo es nuestra justicia trajeron alivio a muchísimas almas, y Dios dice a su pueblo: ‘Avanzad’... 
En toda reunión desde la Asociación General [de 1888] hay almas que han aceptado fervientemente el precioso mensaje de la justicia de Cristo...          
El sábado [Ottawa, Kansas], se presentaron verdades nuevas para la mayoría de la congregación... Pero los esfuerzos del sábado no fueron en vano. El domingo por la mañana hubo clara evidencia de que el Espíritu de Dios estaba obrando grandes cambios en la condición moral y espiritual de los allí reunidos” (ibíd., 23 julio 1889).

“Estamos teniendo reuniones por demás excelentes. El espíritu que hubo en la reunión de Minneapolis no está aquí presente. Todo avanza en armonía... El testimonio universal de los que han hablado ha sido que este mensaje de luz y verdad que ha venido a nuestro pueblo es precisamente la verdad para este tiempo, y doquiera vaya entre las iglesias, lo acompañará ciertamente la luz, la liberación y bendición de Dios” (Ms. 10, 1889).

Estas declaraciones, entresacadas a lo largo de un período de diez años, dan la impresión de una sincera aceptación del mensaje por parte de los dirigentes. Sin embargo debemos prestar atención a otras evidencias contextuales relacionadas. Es preciso contrastar con la realidad esa impresión de aceptación por parte de los dirigentes.

Jones había dicho que aquellas reuniones “calmaron los ánimos del pueblo”. Lo cierto, no obstante, es que nunca hubo animosidad por parte del pueblo. El problema concernía enteramente a los dirigentes y al ministerio. El pueblo habría aceptado gozosamente la luz si es que los dirigentes hubieran permitido que les llegara libre de distorsión y de oposición, y con mayor razón si los dirigentes se hubiesen unido de corazón en la presentación de dicha luz. Muchos pastores jóvenes se interesaron profundamente en ella. Pero la actitud continuada de falta de compromiso o franca oposición por parte de los responsables en Battle Creek y otros lugares sofocó el movimiento. No son sólo las declaraciones de E. White las que dan fe del hecho, también es clara la correspondencia de la Asociación General registrada en los Archivos.

De hecho, no es necesario apelar al testimonio de E. White para obtener pruebas del rechazo oficial de Battle Creek al mensaje. La documentación disponible en la correspondencia evidencia una corriente subterránea de oposición, a la que Jones se refirió como “un secreto antagonismo siempre presente” (ver Nota adicional al final del capítulo).

 

Presión contraria al reavivamiento

E. White comprendió rápidamente que el problema en Minneapolis tenía que ver con los dirigentes. Instó fervientemente a los delegados a que no miraran a los hombres de mayor edad y experiencia a fin de decidir qué harían con la luz. Advirtió que tratarían incluso de impedir que dicha luz llegase al pueblo:

“Os insto a que pongáis en Dios vuestra confianza; no idolatréis a los hombres, no dependáis de hombre alguno. No permitáis que vuestro amor por los hombres los mantenga en posiciones de confianza para las que no están cualificados...    
Necesitáis mayor luz, necesitáis una comprensión más clara de la verdad que lleváis al pueblo. Si vosotros mismos no veis la luz, cerraréis la puerta hasta donde os sea posible e impediréis que los rayos de luz alcancen al pueblo. Que no pueda decirse de este pueblo altamente favorecido: 'Ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que están entrando'. Todas estas lecciones son para amonestarnos a nosotros, que vivimos en estos tiempos finales...          
En esta reunión... el orden del día es la oposición, más bien que la investigación...         
A nadie se le debe permitir cerrar la avenida por la que ha de llegar al pueblo la luz de la verdad. Tan pronto como se procure tal cosa, el Espíritu de Dios se retirará” (Ms. 15, 1888; Olson, p. 297 y 301).

“Nuestra reunión está llegando ya a su fin y no se ha hecho confesión alguna, no ha habido ningún movimiento que permita la entrada del Espíritu de Dios. Me pregunto de qué sirve que nos reunamos aquí y de qué sirve que vengan nuestros hermanos del ministerio, si es con el único propósito de alejar del pueblo el Espíritu de Dios” (Ms. 9, 1888; Olson p. 290 y 291).

¿Cuál era el mecanismo del rechazo? ¿Cómo operaba? Si bien Jones y Waggoner tenían permiso para hablar en reuniones campestres y para publicar artículos, y aun siendo cierto que los laicos acogían favorablemente el mensaje, el rechazo de los dirigentes contrarrestaba continuamente sus mejores esfuerzos. Disponemos del análisis de E. White al respecto:

“Los propios hombres que deberían estar alerta para discernir las necesidades del pueblo de Dios a fin de que pueda prepararse el camino del Señor, están interceptando la luz que Dios quisiera traer a su pueblo y rechazando el mensaje de su gracia restauradora” (Carta a los hermanos Miller, 23 julio 1889).

“Algunos de nuestros hermanos dirigentes han tomado con frecuencia posiciones del lado equivocado, y si Dios enviase un mensaje y esperase a que esos hermanos veteranos abrieran el camino para su avance, nunca llegaría al pueblo...
El reproche del Señor estará sobre aquellos que, pretendiendo ser guardianes de la doctrina, obstaculicen el camino a fin de que no venga al pueblo mayor luz; y si no hubiera voces entre los hombres para darla, las mismas piedras clamarían... Es la frialdad del corazón, la incredulidad de los que debieran tener fe, lo que mantiene debilitadas a las iglesias” (Review & Herald, 26 julio 1892. Original sin atributo de cursivas).

Por aquel tiempo, tanto Jones como Waggoner eran persona non grata para los hermanos responsables en Battle Creek (Olson, p. 115). Como veremos en otro capítulo, el redactor jefe de la Review & Herald era el opositor más influyente. Y E. White afirmó que el propio nuevo presidente de la Asociación General “actuó tal como hizo Aarón con aquellos hombres que se habían venido oponiendo a la obra de Dios desde la asamblea de Minneapolis” (Carta a A.O. Tait, 27 agosto 1896). “El presidente de la Asociación General... actuó de forma directamente contraria a las advertencias y amonestaciones que se le dieron” en relación con los acontecimientos posteriores a 1888 (Carta a I.H. Evans, 21 noviembre 1897; E51, 1897).

Además, era natural que los hermanos que se oponían desearan y esperasen que el pueblo común no recibiera el inoportuno mensaje mejor que los veteranos y hombres de autoridad en Battle Creek. Lógicamente les disgustó la posterior recepción de informes acerca de los maravillosos resultados de la predicación del trío inspirado. Es penoso constatar, tal como afirmó E. White, que les molestó la aprobación que dio el Espíritu Santo a aquella obra. La profetisa no estaba preocupada por una minoría insignificante de hermanos de escasa relevancia, sino por el impacto en el cuerpo de dirigentes responsables e influyentes:

“Más tarde, cuando vieron y sintieron la demostración del Espíritu Santo que testificaba que el mensaje era de Dios, lo odiaron aún más, porque era un testimonio contra ellos. No quisieron humillar sus corazones para arrepentirse, para dar gloria a Dios y para reivindicar la justicia” (Testimonios para los ministros, p. 80; 1 mayo 1895).

Los reavivamientos en South Lancaster, Chicago, Ottawa, Kansas, y en la propia iglesia de Battle Creek eran un poderoso testimonio de que el mensaje llevaba el sello de Dios. El experimento probatorio de aquella luz se realizó en el laboratorio de las iglesias. Y funcionó. Nunca hubo tales manifestaciones de gloria celestial acompañando a mensaje o a movimiento alguno desde el clamor de medianoche de 1844:

“A pesar de que ha habido un esfuerzo determinado por dejar sin efecto el mensaje que Dios envió, sus frutos han estado demostrando que proviene de la fuente de luz y verdad. A quienes… se han interpuesto obstaculizando el camino en contra de toda evidencia, no se los puede suponer poseedores de mayor discernimiento espiritual por haber cerrado los ojos durante tanto tiempo a la luz que Dios envió al pueblo... Habrá resistencia por parte de aquellos que esperábamos que se empeñaran en la obra” (Carta O19, 1892).

E. White continuó esperanzada por ver el cambio en el corazón de los dirigentes, una vez que reconocieran la evidencia incontrovertible. En la pretensión de demostrar que los dirigentes de la iglesia aceptaron el mensaje de 1888, cabría citar el párrafo siguiente:

“Vi que el poder de Dios acompañaba al mensaje allí donde se lo presentó. No podríais hacer creer a los de South Lancaster que el mensaje que les llegó no fuese luz... Dios ha puesto su mano en el avance de esta obra. Trabajamos en Chicago una semana antes de producirse el descanso en las reuniones. Nos cubrió como una ola de gloria la bendición de Dios, al llevar las personas al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. El Señor reveló su gloria, y sentimos en profundidad la acción de su Espíritu”.

Pero el mismo artículo, en la Review & Herald del 18 de marzo de 1890, indica que los hermanos en la dirección distaban mucho de simpatizar con la obra:

“He tratado de presentaros el mensaje tal como lo he comprendido, pero ¿por cuánto tiempo se mantendrán los que están al frente de la obra alejados del mensaje de Dios?”

A la incredulidad de 1888 en Minneapolis se le añadió un pecado todavía mayor: las indiscutibles evidencias de la aprobación del Espíritu Santo al mensaje, demostrada en maravillosos reavivamientos, no hicieron más que confirmar a esos hermanos en su oposición. “Cuando vieron y sintieron la demostración del Espíritu Santo que testificaba que el mensaje era de Dios, lo odiaron aún más” (Testimonios para los ministros, p. 80; 1895). Pocos años antes, E. White había hecho un llamado patético en favor de la unidad con los mensajeros:

“Durante casi dos años hemos estado instando al pueblo a que venga y acepte la luz y la verdad relativas a la justicia de Cristo, y no saben si venir y aferrarse a esa preciosa verdad o no” (ibíd., 11 marzo 1890).

“A vosotros que os oponéis a la luz de la verdad, os suplicamos que dejéis de interponeros en el camino del pueblo de Dios” (ibíd., 27 mayo 1890).

La evidencia es abrumadora: se interpusieron en el camino. Se debe tener presente el contexto de esos informes optimistas acerca de los “reavivamientos”. Es preciso contrastar los informes tempranos expresando esperanza profética (1889-1890) con el posterior chasco en vista de los eventos históricos subsecuentes que E. White debió registrar a su pesar (1891-1897). Todas las evidencias apuntan consistentemente en la misma dirección: su propio testimonio, el testimonio de Jones, los documentos oficiales, y desde luego el peso de casi un siglo de historia.

 

¡Como los judíos!

Nunca, desde que Israel rechazó a su Rey de gloria, ha contemplado el universo celestial un fallo más inexcusable y vergonzoso por parte del pueblo escogido de Dios, protagonizado por sus dirigentes. La mensajera del Señor no dudó en aplicar a los hermanos dirigentes los célebres “ayes” dedicados a los fariseos (Luc. 11:50-52), destacando su aplicación para el presente (1896): “Si Dios alguna vez ha hablado por mi intermedio, estos pasajes significan mucho para aquellos que los escuchen” (Testimonios para los ministros, p. 76). “Ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que están entrando” (Mat. 23:13).

Esa es la realidad del “gran reavivamiento” que siguió a la asamblea de 1888. Muchos laicos y pastores jóvenes comenzaban a “entrar”, pero los ancianos de Jerusalén “no les dejaban”. El reavivamiento tuvo un final abortivo. Se agravió, se “insultó” y sofocó al Espíritu Santo. La mensajera del Señor comparó frecuentemente el espíritu de oposición en 1888, con el rechazo de los judíos hacia Cristo. Por ejemplo:

“Sobre la iglesia de Dios ha estado brillando la luz, pero muchos han dicho por su actitud indiferente: ‘No queremos tus caminos, oh Dios, sino los nuestros’. El reino de los cielos se ha acercado mucho… pero han cerrado la puerta del corazón y no han recibido a los visitantes celestiales, ya que hasta hoy desconocen el amor de Dios… 
Hay menos excusa hoy para la obstinación e incredulidad, de la que había para los judíos en los días de Cristo… Nuestro pecado y su retribución serán mayores que los de ellos si rehusamos andar en la luz. Dicen muchos: ‘Si hubiera vivido en los días de Cristo, no habría retorcido sus palabras ni habría interpretado falsamente su instrucción. No lo habría rechazado ni crucificado tal como hicieron los judíos’, pero eso se demostrará en la forma en que tratáis hoy su mensaje y sus mensajeros…       
A los que viven ahora no se los tiene por responsables de los hechos de quienes crucificaron al Hijo de Dios; pero si teniendo desplegada ante nosotros toda la luz que brilló sobre su pueblo en la antigüedad recorremos el mismo camino que ellos, acariciamos el mismo espíritu y rehusamos recibir el reproche y la advertencia, nuestra culpabilidad resultará grandemente incrementada” (ibíd., 11 abril 1893).

Una semana después añadió:

“Los que están llenos de incredulidad saben discernir hasta el más mínimo detalle que sea de alguna forma objetable. Pueden así perder de vista todas las evidencias que Dios ha dado... en la revelación de preciosas gemas de verdad de la mina inagotable de su palabra. Pueden colocar el átomo objetable bajo la lupa de su imaginación hasta que dicho átomo parece convertirse en un mundo que oculta de su vista la preciosa luz celestial... ¿Por qué dar tanta importancia a aquello que percibís como objetable en el mensajero [A.T. Jones y E.J. Waggoner] e ignorar todas las evidencias que Dios ha dado a fin de obtener una comprensión equilibrada de la verdad?” (ibíd., 18 abril 1893).

Nuestra imaginación se esfuerza en captar la magnitud de las bendiciones que habrían venido sobre la iglesia adventista del séptimo día de haber aceptado de todo corazón el precioso mensaje:

“Si mediante la gracia de Cristo su pueblo viene a ser nuevas vasijas, él los llenará con vino nuevo. Dios concederá luz adicional, y se recuperarán antiguas verdades que serán incorporadas al marco de la verdad, y los obreros triunfarán donde quiera que vayan” (Review & Herald, Extra, 23 diciembre 1890).

 

Tergiversando nuestra historia

En la asamblea de la Asociación de 1901, E. White, reflexionando sobre la crisis de 1888-1891, hizo una declaración esclarecedora a propósito de lo que debía haber sucedido, pero no sucedió. Lo que nuestros historiadores han interpretado como siendo un “reavivamiento”, resultó no ser más que un asentimiento verbal que no se acompañó de una reforma genuina:

“Siento un interés especial en los movimientos y las decisiones que se harán en este congreso con respecto a las cosas que deberían haberse hecho años atrás, especialmente hace diez años, cuando estuvimos reunidos en congreso, y el Espíritu y el poder de Dios descendieron sobre nuestra reunión, dando testimonio de que Dios estaba listo para obrar en favor de este pueblo si hubiera manifestado una disposición a ponerse a la obra. Los hermanos asintieron a la luz que Dios había dado, pero los que estaban relacionados con nuestras instituciones, especialmente Review & Herald y la Asociación, trajeron elementos de incredulidad, de modo que no se actuó según la luz concedida. Hubo un asentimiento, pero no se efectuó ningún cambio especial que permitiera que el poder de Dios fuera revelado entre su pueblo” (General Conference Bulletin 1901, p. 23).

Algunos de los hermanos reconocieron en 1893 que tras haber rehusado la reforma, el consecuente reavivamiento resultó igualmente frustrado. Jones declaró:

“Hermanos, ha llegado el momento de que retomemos esta noche lo que rechazamos allí [en Minneapolis, cuatro años antes]. Ninguno de nosotros ha podido siquiera imaginar las maravillosas bendiciones que Dios tenía para nosotros en Minneapolis, y que habríamos estado disfrutando durante esos cuatro años si los corazones hubiesen estado dispuestos a recibir el mensaje que Dios envió. Llevaríamos cuatro años de adelanto, estaríamos esta noche en medio de las maravillas del fuerte pregón” (General Conference Bulletin 1893, p. 183).

La siguiente carta de E. White, leída en la misma asamblea, explica cómo operó el proceso por el cual el mensaje de 1888 terminó en derrota:

“La oposición en nuestras propias filas ha impuesto sobre los mensajeros del Señor una tarea agotadora y probatoria, pues han debido enfrentar dificultades y obstáculos que no debieron existir... Todo el tiempo, pensamiento y esfuerzo requeridos para contrarrestar la influencia de nuestros hermanos que se oponen al mensaje, han sido igualmente sustraídos a un mundo bajo los rápidos juicios de Dios. El Espíritu de Dios ha estado presente con poder entre su pueblo, pero no pudo serle concedido debido a que no abrió el corazón para recibirlo.
No es la oposición del mundo lo que hemos de temer: son los elementos que operan entre nosotros mismos los que han impedido el mensaje... El amor y la confianza constituyen una fuerza moral que habría unido nuestras iglesias y asegurado armonía de acción; pero la frialdad y la desconfianza han traído desunión, privándonos de nuestra fuerza... 
La influencia derivada de la resistencia a la luz y la verdad en Minneapolis tendió a dejar sin efecto la luz que Dios concedió a su pueblo mediante los Testimonios... debido a que algunos de los que ocupan posiciones de responsabilidad estuvieron leudados con el espíritu que prevaleció en Minneapolis, un espíritu que anubló el discernimiento del pueblo de Dios” (ibíd., p. 419).

El ejército que pierde una batalla trata posteriormente de descubrir cuál fue la causa de la derrota. Hablará de victoria solamente en términos de lo que “podría haber sido”. Es significativo que el pasaje frecuentemente citado, publicado en 1909 en Testimonies, vol. IX, p. 29, que comienza con un trágico “si” condicional, fue escrito en referencia al devenir de la historia posterior a 1888. Es la frase que sigue en la cita anterior:

“Si cada soldado de Cristo hubiese cumplido su deber, si cada centinela en los muros de Sión hubiese tocado la trompeta, el mundo habría oído el mensaje de amonestación. Pero la obra ha sufrido años de atraso. ¿Qué cuenta se rendirá a Dios por retardar de esa manera la obra?”

 

Hay buenas nuevas en la historia de 1888

Eso no significa que se haya perdido la guerra. En absoluto. Solamente se perdió una batalla. Ante nosotros se dibuja, eso sí, un panorama por demás intrigante. Unos pocos párrafos más adelante en la misma carta, E. White predijo que Satanás sacaría astutamente partido. “La trama oculta de Satanás desplegará su operación en todo lugar”. Él es demasiado astuto como para irrumpir torpemente desvelando su identidad diabólica, y se hará pasar por el propio Cristo. “La aparición de un falso Cristo despertará esperanzas engañosas en las mentes de quienes se dejen engañar”.

Satanás tiene demasiada inteligencia como para proclamar su victoria antes que sea completa, incluso habiéndose dado su victoria parcial. Una jactanciosa asunción como esa, de parte de Satanás, llevaría al remanente –de corazón sincero- a postrarse de rodillas en el arrepentimiento de los siglos. El enemigo nada tiene que ganar diciéndole al remanente la verdad: debe mantener su engaño hasta el último momento.

Es comprensible que Satanás quiera mantenernos engañados respecto a nuestra historia de 1888. Admitirá astutamente su “derrota” y concederá la “victoria”, pretendiendo haber caído doblegado a nuestros pies. Pero recibir tal engaño puede conducirnos solamente a resultar seducidos por el falso Cristo. Si no podemos interpretar correctamente el pasado, ¿cómo vamos a ser capaces de descifrar el futuro que se ha de desplegar ante nuestros ojos?

¿Acaso esas verdades obvias configuran un panorama sombrío y causante de desánimo? No, si amamos a Aquel que se presentó como siendo la Verdad. ¡Reconocer la verdad es el único modo de acercarnos a él!

Aun siendo cierto que nuestra historia es un claro llamado al arrepentimiento, será bueno recordar aquí que los llamamientos divinos al arrepentimiento siempre tienen signo positivo, trayendo ánimo y esperanza.

 

Conclusión

Los que presentan nuestra historia de 1888 como una gloriosa victoria, lo hacen en total sinceridad. Desean preservar la unidad de la iglesia. Se han levantado voces críticas pretendiendo que la victoria que obtuvo Satanás en 1888 y posteriormente fue tan completa, que hoy no queda esperanza alguna para la iglesia. No es así, y no tienen razón. Pero ideas erróneas de ese tipo tienen su raíz y florecen como reacción contra el orgullo y complacencia que caracterizan la negación de la verdad de nuestra historia, perpetuada generación tras generación. Israel nunca se volverá Babilonia, aunque pueda atravesar períodos de cautiverio. El Señor lo traerá nuevamente a sus fronteras, castigado y arrepentido.

En el intento por contrarrestar a los críticos desleales que condenan a la iglesia en la desesperanza, debemos evitar negar la verdad. Seamos justos y ecuánimes. A la luz de nuestra historia pasada, eso va a requerir considerable humildad de nuestra parte:

“Entre quienes permanezcan fieles y verdaderos hasta el fin habrá una gran humillación de los corazones ante Dios” (Ms. 15, 1888; Olson, p. 297).

“A menos que la iglesia contaminada por la apostasía se arrepienta y se convierta, comerá del fruto de sus propias obras hasta que se aborrezca a sí misma” (Joyas de los testimonios, vol. III, p. 254).

Esa experiencia no constituye una prueba de que Dios haya desechado a su iglesia. Cuando Pedro lloró amargamente postrado en tierra deseando morir, llegó a convertirse por fin (Mat. 26:75; El Deseado, p. 660). Cuando tenga lugar una experiencia similar, la iglesia remanente resultará igualmente convertida. Su Pentecostés no estará más lejos en el tiempo, de lo que lo estuvo el de Pedro cuando se conoció por fin a sí mismo, encontrando así el perdón de su Señor.

La comprensión verdadera de la experiencia de 1888 jugará un papel primordial en el proceso de llegar a conocernos a nosotros mismos: “Llegará el tiempo en que se lo verá en su verdadero significado, con la espantosa consecuencia que de ello ha resultado” (General Conference Bulletin 1893, p. 184).

A.T. Jones, en la asamblea de 1893, también se refirió a ese “tiempo” de reparación que tanto se ha postergado:

“Hay cosas que están por llegar, que serán más sorprendentes de lo que fueron para los presentes en Minneapolis... Pero a menos que vosotros y yo hayamos desarraigado completamente de nuestros corazones ese espíritu, trataremos el mensaje y los mensajeros que lo traigan tal como Dios declaró que hemos tratado este otro mensaje” (ibíd, p. 185).

Incluso si no pudiéramos disponer de las referencias que hemos presentado en este capítulo, la lógica y la pura razón permitirían ciertas conclusiones:

(1) En la terminación de la obra, el fuerte pregón habría de avanzar de forma comparable a la del fuego en el rastrojo (Review & Herald, 15 diciembre 1885). “Los últimos acontecimientos serán rápidos”. Pero en lugar de avanzar como fuego en el rastrojo, ha habido un siglo de combustión lenta y humeante que se arrastra centímetro a centímetro, mientras los seres humanos van naciendo en una tasa mucho más rápida de lo que logramos alcanzarlos con nuestro mensaje. La única conclusión razonable es que la acción de instrumentos humanos -no divinos- sofocó aquel fuego.

(2) Cuando venga el fuerte pregón, escribió Juan en Apocalipsis, será como una luz que alumbre toda la tierra con una gloria superior a cualquier demostración previa de poder celestial. Los “reyes de la tierra” aún no se han apartado, lamentando junto con los “mercaderes de la tierra” la caída de la gran Babilonia, desolada en una sola “hora” a resultas de la poderosa predicación del auténtico fuerte pregón. Sin embargo, la luz del poderoso mensaje del cuarto ángel comenzó a brillar de esa extraña e impresionante manera en 1888. La única conclusión razonable es que instrumentos humanos apagaron aquella luz.

(3) Cuando se acepte el mensaje de la justicia por la fe de 1888, el verdadero “comienzo” de la lluvia tardía, se verá en la iglesia remanente un reavivamiento de la piedad primitiva desconocido hasta hoy. “El enemigo de Dios no quiere que se presente claramente esta verdad, pues sabe que si se la recibe plenamente resultará quebrantado su poder” (Gospel Workers p. 103, edición de 1892). La única conclusión posible: el mensaje de la justicia de Cristo no fue verdaderamente recibido.

(4) Dado que el mensaje vino muy especialmente de Dios, la oposición responsable y persistente al mismo, por parte de quienes ostentaban la autoridad, constituyó un revés espiritual para el movimiento adventista; pero ese revés debe ser reconocido como la pérdida de una batalla en el contexto más amplio de la guerra, y no se debe confundir con una supuesta pérdida de la guerra misma.

Ver el asunto de esa forma requerirá que esta generación reconozca los hechos tal como fueron, y rectifique cumplidamente el trágico error. Eso es posible, y el poderoso Dios de la justicia va a venir en nuestra ayuda.

Eso sólo puede significar buenas nuevas.


 

Nota adicional al Capítulo 4

 (índice)

Testimonio de los archivos de la Asociación General

La correspondencia oficial en los archivos de Battle Creek corrobora el testimonio de E. White y de A.T. Jones relativo a la actitud negativa de los dirigentes de mayor responsabilidad en Battle Creek. A.T. Jones declaró que “siempre estuvo en acción un secreto antagonismo” (Carta a C.E. Holmes, 12 mayo 1921).

Las cartas del secretario de la Asociación General, Dan T. Jones, ilustran cómo operaba esa actitud. Aun albergando profundos prejuicios en contra del mensaje y mensajeros de 1888, pocas semanas después de Minneapolis el Espíritu Santo lo impresionó con marcada evidencia de que A.T. Jones era el verdadero mensajero de Dios. Escribió a un amigo en estos términos:

“Hemos tenido aquí buenas reuniones... El hermano A.T. Jones ha tenido a su cargo la mayoría de las predicaciones. Me gustaría que hubiese podido oír algunos de sus sermones. Parece muy distinto a lo que hizo [sic] en Minneapolis. Algunos de sus sermones me parecen tan buenos como los mejores que jamás haya oído. Además son todos inéditos. Es original en su predicación, y en su práctica parece muy amable y siente profundamente todo cuanto dice. Mi estima hacia él ha aumentado considerablemente desde que he visto la otra faceta del hombre” (Carta a J.W. Watt, 1 enero 1889).

[Se pueden consultar las cartas de Dan T. Jones en Archives and Statistics, Record Group 25 de la Asociación General. Usado con autorización]

Pero Dan Jones resultó estar convencido en contra de su voluntad. Es increíble que dirigentes destacados puedan endurecer su corazón contra aquello que reconocen claramente como “credenciales” del Espíritu Santo. Es preciso que comprendamos cómo sucedió; de lo contrario corremos hoy grave peligro de repetir esa historia. Como dijo Lutero, todos estamos hechos de la misma materia.

Por alguna extraña razón Dan Jones permite un año después que su corazón se endurezca contra los mensajeros de 1888, mientras que durante ese mismo período la actitud de E. White viene a ser de creciente respaldo hacia ellos. Vemos aquí en acción un misterioso fermento en la mente humana. En calidad de oficial administrativo responsable, escribió a la dirección de la Asociación de Missouri a la que pertenecía, por sentir que debía comunicarles su [equivocado] juicio. Tenemos aquí un ejemplo de ese tipo de influencia operando en la sombra: el “secreto antagonismo” al que A.T. Jones se refirió:

“Creo que sería maravilloso tener un Instituto en Missouri; pero considero preferible un instituto con pocas pretensiones más bien que la organización de un gran evento y traer...  a los pastores A.T. Jones y E.J. Waggoner. Para decir verdad, no tengo gran confianza en algunas de sus maneras de presentar las cosas. Tratan de hacerlo todo a su modo, y no admiten que sus posiciones estén sujetas al más mínimo criticismo... De hecho, no prestan atención a ningún otro asunto, excepto aquellos en los que hay diferencias de opinión entre nuestros hermanos dirigentes. No creo que desee traer ese espíritu a la Asociación de Missouri” (Carta a N.W. Alee, 23 enero 1890. Original sin atributo de cursiva).

Probablemente los mensajeros de 1888 nunca supieron por qué su ministerio no fue bienvenido en Missouri.

Las cartas informativas de Dan Jones a G.I. Butler en relación con lo sucedido en Battle Creek, revelan ese “antagonismo” en acción. Alentaron a Butler en su oposición al mensaje:

“Me alegra de verdad que esté viendo las cosas de la forma en que lo hace, y que no se desanime e incline bajo la carga que parecen imponerle... He pensado a menudo en lo que me dijo el invierno pasado concerniente a que los colegas de California [Jones y Waggoner] estarían en el equipo editorial de la Review antes de dos años. Nada me extrañaría que se intentara algo así en estos largos meses. Pero estoy seguro de que eso suscitaría una fuerte oposición” (Carta, 28 agosto 1889).

La “fuerte oposición” que Dan Jones anticipaba entró en erupción como volcán en su propia alma durante el invierno siguiente, en 1890. Waggoner anunció un día en su clase bíblica que el siguiente lunes de mañana abordaría los dos pactos. Se lo había invitado oficialmente, incluso se lo había urgido a que dejara su trabajo en California y enseñara en Battle Creek. Obviamente supuso que estaba en libertad de presentar el evangelio tal como lo comprendía.

Pero cuando Dan Jones oyó las noticias relativas a los dos pactos no se pudo contener. Tomó inmediatamente medidas para frenar a Waggoner, buscando el apoyo de Uriah Smith e incluso de E. White. El incidente lo perturbó de tal manera que escribió sobre él en extensas cartas dirigidas a G.I. Butler, O.A. Olsen, J.D. Pegg, C.H. Jones, R.C. Porter, J.H. Morrison, E.W. Farnsworth, y R.A. Underwood. Sus cartas no pueden disimular la antipatía oficial existente hacia el mensaje y los mensajeros, al mismo tiempo que -por supuesto- haciendo profesión de aceptar la “doctrina de la justificación por la fe”.

Afortunadamente Dan Jones era un prolífico escritor de cartas, en las que proporciona valiosas pistas acerca de las actitudes de los dirigentes detrás de la escena. En su correspondencia manifiesta con vehemencia sus sentimientos íntimos. La persistente oposición de su corazón al mensaje suponía evidentemente una pesada carga para su conciencia, como la de Saulo al dar coces contra el aguijón. Respecto a esa confrontación con Waggoner, escribió así a Butler:

“En toda mi vida no me ha sucedido nada que me afectara de este modo. Todo ese asunto me ha perturbado de tal forma, que a duras penas he sabido cómo actuar o qué hacer... Cuando vi de qué trataban las lecciones [de la Escuela Sabática sobre los pactos, escritas por Waggoner] decidí inmediatamente que no podía enseñarlas, y después de volver a estudiar algo más la cuestión, decidí renunciar a mi cargo como maestro de Escuela Sabática... [ver Nota al final del capítulo]  
Me he preocupado y angustiado al respecto hasta el punto de agotarme más que en medio año de trabajo” (Carta, 13 febrero 1890).

¡Qué espectáculo: el secretario de la Asociación General “preocupado y angustiado” por lo que eran en realidad las directrices del Espíritu Santo en el comienzo de la lluvia tardía!

 

Una mirada entre bastidores al Battle Creek de antaño

Dan Jones prosigue con un retrato vívido de la administración en Battle Creek, hablando a Butler con toda franqueza sobre el plan oficial de ocultar a los estudiantes los auténticos hechos, y “dejar que el asunto pase lo más discretamente posible, sin atraer la atención de los alumnos al cambio producido más de lo necesario”. Sin duda un procedimiento astuto. Pero Waggoner malogró aquellos planes de Dan Jones al declarar abiertamente la verdad “exponiéndolo todo a la luz, y todo cuanto pude hacer fue decir que nos había parecido mejor pedirle al Dr. Waggoner que por el momento postergara la cuestión del pacto”.

E. White, W.C. White, Waggoner y A.T. Jones intervinieron ante los hermanos en Battle Creek para enderezar las cosas, con el resultado de que la verdad puso a Dan Jones, Uriah Smith y otros contra las cuerdas. Dan Jones fue sincero una vez más al referir aquel mal trago a sus amigos:

“Eso nos dejó a algunos de nosotros en una posición más bien embarazosa. Habíamos estado obrando sobre una base equivocada y se nos derrumbaron los apoyos. Nadie podía contradecir la palabra del Dr. Waggoner o de la hermana White” (Carta a Butler, 27 marzo 1890).

La humildad y sinceridad de Dan Jones resultan reconfortantes. Pero rayan en la ingenuidad, especialmente a la luz de la pura verdad que escapaba a su comprensión: que su antipatía se dirigía en realidad contra el don divino de la lluvia tardía y el comienzo de la luz del fuerte pregón. Se oponía inequívocamente a esa bendición enviada desde el Cielo, y no podía evitar manifestarlo. Es llamativa la forma en que la convicción chocó y sucumbió ante su voluntad, haciendo que persistiera en su postura.

El famoso sermón de E. White en Battle Creek del 16 de marzo de 1890 (Ms. 2, 1890), contiene la afirmación de que el mensaje “no fue recibido”, junto a docenas de alusiones relativas a la persistente incredulidad y rechazo de los dirigentes en Battle Creek desde el tiempo de Minneapolis. Escribiendo un día después, Dan Jones expresa su inquietud en estos términos:

“Me parece que la posición de ella es evidentemente la correcta, y el mismo principio es aplicable a otros asuntos con la misma fuerza con que se aplica a la cuestión del pacto, o a la ley en Gálatas... Yo estaba tan seguro como uno puede estarlo de que el Dr. Waggoner y otros estaban llevando adelante ciertos planes y propósitos, y de que había ciertos motivos detrás de aquellos planes y propósitos; pero ahora es evidente que estaba equivocado en ambas cosas. Es difícil comprender cómo pudo suceder así. Cada circunstancia parecía sumarse a la evidencia de que las cosas eran como yo suponía; y sin embargo demostraron ser falsas” (Carta a J.D. Pegg, 17 marzo 1890).

Escribiendo a Butler diez días después, su progreso es dudoso y sigue sin ser claro. Continúa albergando la misma opinión respecto del mensaje. Lo mismo que Uriah Smith, responsabiliza a Jones y Waggoner de aquel malentendido. Es incapaz de verlos en la misma luz en que los veía E. White: como los “mensajeros delegados” del Señor.

“Quizá hemos estado equivocados en algunas de nuestras opiniones... No veo ahora qué podemos hacer, excepto aceptar las explicaciones dadas y actuar en consecuencia... La hermana White... piensa que los informes que usted recibió procedentes de Minneapolis eran sobremanera exagerados, y que no se hizo una idea correcta de lo que allí sucedió. Si bien retengo la misma posición sobre la ley en Gálatas y la cuestión del pacto que siempre he mantenido, me alegro por haber despejado en mi mente las dudas respecto a los planes y motivos de algunos hermanos... Esperemos que en el futuro no propicien que sus planes y propósitos sean juzgados injustamente” (Carta, 27 marzo 1890).

Escribiendo a R.C. Porter unos días después, revela cómo él y Uriah Smith siguen sin estar verdaderamente reconciliados con los mensajeros de 1888 ni con E. White:

“El Pastor Smith... no puede entender por qué... la hermana White habló en cierta ocasión positivamente contra cierta cosa, tal como hizo con la ley en Gálatas al Pastor [J.H.] Waggoner varios años atrás, para dar a continuación un giro completo y prestar su apoyo a eso mismo al ser suscitado de una forma ligeramente diferente... Estoy tratando de pensar lo menos posible al respecto” (Carta, 1 abril 1890).

[Tanto Uriah Smith como los opositores contemporáneos de E. White se equivocan al atribuir a la profetisa un cambio significativo de posición respecto a la ley en Gálatas. E. White había urgido a J.H. Waggoner -no se trata de E.J. Waggoner, sino del padre de éste- a no hacer prominente su idea de que la ley en Gálatas es la ley moral; pero no parece haber evidencia de que ella le dijese a él lo que Smith creyó que le había dicho. Es indudable que J.H. Waggoner no captó las grandiosas y conmovedoras verdades de Gálatas con la claridad con que lo hizo después su hijo. E. White no pudo apoyar el mensaje de su padre como siendo “preciosísimo”. Uriah Smith se basó equivocadamente en una valoración parcial, para condenar la luz que el Señor envió con posterioridad mediante el hijo de J.H. Waggoner en 1888].

Dos semanas después Dan Jones sigue en la duda, y se refiere ahora con cierto desdén a lo que era en realidad la conducción del Señor en el comienzo de la lluvia tardía. Querría ver menguar a Jones y Waggoner, y asegura al Pastor Butler que tanto él como los hermanos persisten noblemente en la lucha contra ellos dos. Aquello que E. White y la historia han reconocido como “un preciosísimo mensaje”, para él pertenece aún a la categoría de “puntos de vista peculiares”, y confía en que nunca más se los vuelva a tolerar:

“En vista de la evidencia circunstancial que ha rodeado este asunto durante año y medio, sé que es algo difícil que lleguemos ahora a la conclusión de que todo transcurrió en Minneapolis según la más absoluta inocencia. Pero si el Dr. Waggoner declara que no tenía ningún plan cuando fue allí, el hermano Jones dice lo mismo, y la hermana White los respalda, ¿qué podemos hacer, excepto aceptarlo como un hecho?... Alguien podría pensar que fuimos un poco demasiado lejos, sintiéndonos después atrapados y finalmente engullidos. Pero no es así de ningún modo. Considero que vencimos en todos los puntos que sosteníamos. Creo que el otro bando se dio por satisfecho de que lo dejaran un poco en paz; y a mí me parecía bien que eso sucediera si es que aprendieron las lecciones que decidimos que debían aprender. Confío ahora en que el Dr. Waggoner será muy cauto en lanzar sus puntos de vista peculiares ante los demás, hasta no haber sido cuidadosamente examinados por los hermanos dirigentes; y creo que éstos serán mucho más cuidadosos que en el pasado en su análisis de esos puntos de vista peculiares” (Carta a Butler, 14 abril 1890).

Esos archivos confirman la veracidad de la observación hecha por A.V. Olson al respecto de que Jones y Waggoner eran persona non grata en la sede central de Battle Creek (op. cit, p. 115). Era tal la tensión, que es fácil entender cómo Waggoner terminó siendo enviado a Gran Bretaña a comienzos de 1892. Su carta manuscrita al presidente de la Asociación General del 15 de septiembre de 1891 pudo haber exacerbado la situación. Había sido elegido para formar parte del comité editorial, pero de alguna forma se había impedido su normal participación en aquella tarea. Su carta es respetuosa. No expresa queja personal alguna. Su preocupación tiene que ver con el bien de la causa:

“Quisiera preguntar sobre el libro del pastor [G.I.] Butler. Veo por el informe del comité editorial que se votó que Review & Herald lo publicara. De lo anterior deduzco que debe estar preparado para su publicación. Si es así, como miembro del comité editorial me gustaría leer el manuscrito. Hace aproximadamente un año, creo recordar, vi una lista de los capítulos que iban a componer el libro; y de ahí, juntamente con lo que conozco sobre la condición de las cosas en general, estoy seguro de que es más que probable que el libro tenga tanta necesidad de revisión como cualquier otro libro. Si se pone en circulación sin haber sido objeto de examen, excepto por un comité compuesto de tres personas, estoy seguro de que habrá insatisfacción... Es un derecho de todo miembro el examinar cualquier manuscrito que sea adecuadamente presentado ante el comité”.

[Archives and Statistics de la Asociación General, Record Group 11. Reproducción autorizada]

 

Uriah Smith defiende su rechazo al mensaje

La oposición de Uriah Smith al mensaje de 1888 era erudita, y en apariencia lógica y razonable. El 17 de febrero del 1890 escribió a E. White explicándole por qué no podía aceptarlo. Su sinceridad es incuestionable. Leer su carta de seis páginas es una experiencia de humildad debido a que parece tan convincente como para hacerle a uno exclamar: “De no ser por la gracia de Dios, podría estar en su misma situación”. Para nosotros no es hoy menos difícil confundir el inmenso don del Espíritu Santo con un desastre, de lo que resultó para él. Smith percibía la conducción del Señor como una gran “calamidad”. Presentamos resumidamente su argumentación:

“En mi opinión, después de la muerte del hermano White, la mayor calamidad que haya afectado a nuestra causa es la publicación de los artículos sobre el libro de Gálatas en Signs por parte del Dr. Waggoner...    
Si estuviese bajo juramento ante un tribunal de justicia me vería obligado a testificar que, según mi mejor conocimiento y convicción... usted dijo que el hermano [J.H. Waggoner] estaba errado [sobre la ley en Gálatas]. Desde entonces eso siempre me ha parecido consistente con las Escrituras. Y el hermano White estaba tan satisfecho con el asunto que –recuerde- retiró de la circulación el libro del hermano Waggoner... La posición que ahora sostiene el hermano [E.J.] Waggoner es acreedora exactamente de la misma objeción... Me parece contraria a las Escrituras, y también contraria a su comprensión anterior...    
Los hermanos de California [Jones y Waggoner]... casi arruinan la asamblea [de 1888], tal como temí que pasara. De no haberse introducido aquellas cuestiones perturbadoras, no veo razón por la que no hubiéramos podido tener allí una asamblea tan bendecida y agradable como la que nunca antes disfrutamos...           
[E.J.] Waggoner tomó su posición sobre Gálatas, la misma que usted había condenado en su padre. Y cuando usted apoyó aparentemente su posición... fue una gran sorpresa para muchos. Y cuando me preguntaron qué significaba eso, y qué explicación darle, realmente, hermana White, no sabía qué decir, y no lo sé todavía.
...cuando emergen puntos de vista y movimientos... que... socavarán irremediablemente su obra y harán que se tambalee la fe en el mensaje, no puedo evitar albergar algún sentimiento acerca del tema; y puede comprender que me parezca bien extraño que, debido a haber aventurado una palabra de precaución sobre algunos de esos puntos, se me presente públicamente como alguien que está dando palos de ciego, sin saber contra qué se opone. Creo que sé hasta cierto punto a qué me estoy oponiendo. Tal vez no conozca el pleno alcance de esa obra innovadora y desintegradora que se ha puesto en marcha, pero veo lo suficiente como para sentir cierta ansiedad. Creo que estoy presto a recibir luz en todo momento, procedente de cualquiera. Pero aquello que pretende ser luz, antes de que a mí me parezca luz debe demostrarse en armonía con las Escrituras, y estar basado en buenas y sólidas razones que resulten convincentes. Y cuando alguien presenta algo que he sabido y creído desde hace mucho tiempo, me es imposible llamar a eso nueva luz” (Carta de Uriah Smith, 17 febrero 1890).

¿Pudiera ser que haya hoy en la iglesia incontables “Uriah Smiths”, tan sinceros y razonables como él en su sincera oposición a la luz que en la providencia de Dios tiene aún que alumbrar toda la tierra con su gloria?

Leer las cartas de nuestros hermanos de Battle Creek de hace un siglo es una experiencia dolorosa. Pero nos puede despertar a la realidad de que algún día otros van a leer nuestras cartas. Y el Cielo discierne correctamente cuál es la verdadera actitud de nuestro corazón para con la obra de Dios.

La enemistad íntima y profunda contra el mensaje de la justicia de Cristo –que debiera haber llevado a la humildad-, hizo que buenos hermanos de antaño se dispusieran a esparcir rumores infundados e informes distorsionados. E. White comparaba frecuentemente la situación con la de los judíos que se oponían a Cristo. También ellos tenían de su parte una buena lógica y bien razonados argumentos. Creían encontrar en las Escrituras la evidencia que hacía imposible que se tratara del verdadero Mesías. ¿Había venido jamás algún profeta de Galilea? ¿Había creído en él alguno de los dirigentes de Jerusalén? (Juan 7:48-52). Y la personalidad de Jesús parecía contribuir también a que se confirmaran en su camino errado.

Hoy es ya demasiado tarde para que nuestros hermanos de hace un siglo profundicen lo suficiente en sus corazones como para arrepentirse por rechazar el derramamiento más significativo del Espíritu Santo desde Pentecostés.

Gracias a Dios, todavía no es demasiado tarde para que lo hagamos nosotros, especialmente con la ayuda que supone que podamos vernos en ellos.

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Nota: La posición de Waggoner a la que se opusieron Dan Jones, Uriah Smith y otros, está expresada en su libro The Glad Tidings (Pacific Press, ed. revisada, p. 71-104. En castellano Las buenas nuevas. Gálatas versículo a versículo). La posición de sus oponentes se encuentra en el Comentario bíblico adventista y en el Diccionario bíblico. E. White declaró que la posición de Waggoner era la correcta: “Anoche me fue mostrado que las evidencias relativas a los pactos eran claras y convincentes. Usted mismo [Smith], el hermano Dan Jones, el hermano Porter y otros están malgastando sin provecho sus capacidades de investigación a fin de mantener una posición sobre los pactos diferente a la que ha presentado el hermano Waggoner” (Car­ta 59, 1890; ver también Carta 30, 1890). Dan Jones refiere que Waggoner “acusaba a los dirigentes de la Asociación General –entre ellos Uriah Smith- de haber apoyado [implícitamente] la posición de [D.M.] Canright sobre los pactos”. Lógicamente, ellos lo negaban (Carta a Butler, 13 febrero 1890). Es triste constatar que Waggoner tenía razón. Más triste todavía es que después de un siglo, esa bellísima verdad rebosante de buenas nuevas acerca de los dos pactos siga pendiente de nuestra aceptación.
 

 

Capítulo 5

(índice)

El problema fundamental: cómo evaluar el mensaje de 1888

El error de asumir que ya “aceptamos” el mensaje de 1888 deriva de otro error aún mayor: no haber comprendido en qué consistió realmente el mensaje.

El punto de vista oficial de que fue aceptado conlleva la asunción de que dicho mensaje no era adventista en un sentido singular. Se evalúa el mensaje como siendo “la doctrina de la justicia por la fe”, es decir, la misma “doctrina” que durante siglos han creído los protestantes. El siguiente párrafo, escrito por un apreciado autor -vicepresidente de la Asociación General-, es típico de ese punto de vista ampliamente aceptado:

“Algunos se preguntarán en qué consistió esa enseñanza de la justicia por la fe que vino a ser el motor del gran reavivamiento adventista de 1888, tal como enseñaron y enfatizaron la Sra. White y otros: Se trataba de la misma doctrina que Lutero, Wesley, y muchos otros siervos de Dios habían estado enseñando” (L.H. Christian, The Fruitage of Spiritual Gifts, p. 239).

Pero sería escandalosamente humillante confesar que “rechazamos” “la misma doctrina que Lutero, Wesley, y muchos otros siervos de Dios habían estado enseñando”. Por lo tanto, estamos obligados a decir que la aceptamos en 1888 y posteriormente.

Si bien otro escritor autorizado admitió que el mensaje de 1888 era “el mensaje del tercer ángel en verdad”, tal como sostuvo E. White (Review & Herald, 1 abril 1890), lo hizo desde la confusión, pues insistió en que muchos dirigentes evangélicos no adventistas proclamaron también “el mismo énfasis... general”, habiendo obtenido su mensaje “de la misma Fuente”. Sin excepción alguna, todos esos libros tan recomendados en años recientes incluyen la implicación lógica de que la “verdad” del mensaje del tercer ángel no es otra cosa distinta a la enseñanza popular protestante. Ninguno de ellos toma la posición coherente de evaluar el mensaje de 1888 tal como hizo E. White, ni reconoce en él ningún elemento singularmente adventista. Obsérvese la insistencia de Froom:

“Había hombres fuera del movimiento adventista [que tenían] el mismo énfasis y preocupación general, e hicieron aparición en la misma época... El impulso provenía manifiestamente de la misma Fuente. Y en lo relativo al tiempo, la justicia por la fe se centró en el año 1888.     
Por ejemplo, el objetivo de las renombradas Asambleas Keswick en Gran Bretaña era 'promover la piedad práctica'... Se podría citar fácilmente una cincuentena de hombres en las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX... que dieron ese mismo énfasis general” (Froom, Movement of Destiny, p. 319-330. Original sin atributo de cursiva).

La conclusión es lógica e ineludible: debiéramos acudir a esas fuentes a fin de obtener la “doctrina”, y aprender cómo enseñar la justicia por la fe. Y eso es lo que hemos estado haciendo por décadas, a pesar de saber que esa visión de la justicia por la fe conduce al antinomianismo [desprecio a la ley].

Nada permite dudar que esos autores evangélicos fueran bondadosos, sinceros, y que vivieran a la altura de toda la luz a su alcance. Pero ¿estaban acaso proclamando “el mensaje del tercer ángel en verdad”, que es como identificó E. White el mensaje de 1888? El citado autor admite que si bien “no entendieron nuestro mensaje específico”, es decir: el sábado, el estado de los muertos y otras doctrinas “peculiares”, no obstante proclamaron “la misma... justicia por la fe” que el Señor nos dio en 1888. Sin embargo, en marcado contraste, E. White insiste en que el mensaje de 1888 contiene ingredientes espirituales singulares que se manifiestan en la “obediencia a todos los mandamientos de Dios” (Testimonios para los ministros, p. 92).

Esa posición que sostienen autoridades en nuestra iglesia, refuerza lógicamente la idea de que no hay nada de especial en el mensaje adventista del séptimo día, tal como sostienen nuestros oponentes. Eso alimenta su creencia de que en el adventismo todo es legalismo, excepción hecha de las “doctrinas” válidas del evangelio que hemos tomado prestadas del mundo protestante. La consecuencia necesaria es que carecemos de mandato para llamar al mundo cristiano al juicio y arrepentimiento.

¿Cómo debemos evaluar el mensaje de 1888? ¿Fue la “misma doctrina” que enseñaron los protestantes de la Reforma y los evangélicos del siglo XIX, tal como insisten nuestros autores? ¿O fue una comprensión distinta y única del “evangelio eterno” relacionada con nuestro mensaje especial del santuario? Nuestros escritores oficialmente autorizados ignoran unánimemente una relación tal con el santuario.

Lo anterior es crucial para nuestra idea de identidad como pueblo.

Si el mensaje de 1888 fue meramente la doctrina histórica protestante de la justicia por la fe, surgen serios problemas:

(1) Si E. White está en lo cierto al declarar repetidamente que resistimos y rechazamos el mensaje de 1888, eso obliga a concluir que la dirección de la iglesia adventista del séptimo día rechazó la “misma doctrina” que enseñaron Lutero y Wesley acerca de la justificación por la fe.

Dicho de otro modo: La pretensión de que el mensaje de 1888 fue la “misma doctrina” que “habían estado enseñando” Lutero, Wesley, etc, lógicamente significa que nuestros antepasados rechazaron en 1888 la posición histórica básica protestante. ¡Pero un rechazo como ese sería tan desastroso como el rechazo de Roma hacia Lutero, o como el rechazo de la iglesia de Inglaterra hacia Wesley! Se habría tratado de una caída espiritual profunda, equiparable a la de Babilonia.

Pero eso es impensable, pues supondría la desintegración de la iglesia. En consecuencia, nuestros autores se ven forzados a mantener la pretensión de haber aceptado el mensaje dado en 1888, y que este produjo un “gran... reavivamiento”.

(2) En segundo lugar, si es cierto que el mensaje de 1888 fue “la misma doctrina” de los reformadores, eso implica que “Lutero, Wesley y muchos otros siervos de Dios” de los siglos XVI al XIX, predicaron “el mensaje del tercer ángel en verdad". En consecuencia, la iglesia adventista no puede encontrar su identidad en el mensaje de los tres ángeles de Apocalipsis 14.

Hace algunos años, Louis R. Conradi, el responsable de la iglesia adventista en Europa, llevó esa idea oficial a su conclusión lógica, consistente en que Lutero predicó ya el mensaje del tercer ángel en el siglo XVI. Con el tiempo Conradi acabó abandonando la iglesia (él mismo había sido también en la asamblea de 1888 un opositor al mensaje). Hoy estamos perdiendo pastores, miembros maduros y jóvenes, por la misma razón básica: no ven nada singular ni atractivo en nuestro mensaje del evangelio, debido a que esas ideas sostenidas de forma oficial llevan a concluir que realmente no hay nada especial en nuestro mensaje.

¿Pudiera ser que nuestros historiadores oficiales hayan cortocircuitado el destino del movimiento adventista? Si es así, se ha hecho un gran daño, pues las ideas publicadas a partir de plumas autorizadas tienen gran impacto en la iglesia mundial.

 

1888: ¿Una mera “re-enfatización”?

Otra teoría muy aceptada pretende que el mensaje de 1888 representó una “re-enfatización” de lo que creyeron desde sus inicios los pioneros adventistas: algo así como la recuperación, en la doctrina y predicación, de un equilibrio homilético que se habría perdido temporalmente entre 1844 y 1888. Ese punto de vista goza de una aceptación muy generalizada. Unos pocos ejemplos bastarán para comprobarlo:

“Esa asamblea [de 1888]... demostró ser el inicio de una re-enfatización de esta verdad gloriosa, y llevó a un despertar espiritual entre nuestro pueblo” (M.E. Kern, Review & Herald, 3 agosto 1950).

“En los años ochenta el mayor acontecimiento en la experiencia del adventismo del séptimo día fue la recuperación -o reformulación y nueva toma de conciencia- de su fe en la doctrina básica del cristianismo: ‘Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo’” (A.W. Spalding, Captains of the Host, p. 583).

“Hubo quienes aceptaron el énfasis [de 1888] sobre la justicia por la fe. En el otro extremo había quienes pensaban que dicho énfasis amenazaba los 'antiguos hitos'...         
En los años noventa la reacción de la iglesia al nuevo énfasis sobre la justificación... fue diversa” (N.F. Pease, The Faith That Saves, p. 40 y 45; 1969).

Si esa teoría de la “re enfatización” o “énfasis” es correcta, son inevitables ciertas cuestiones:

(1) ¿Cómo es posible que dirigentes responsables resistieran, rechazaran e incluso ignoraran una re-enfatización de lo que ellos mismos creyeron y predicaron durante veinte, treinta o cuarenta años? Si esa asamblea de 1888 incluía una nueva generación de predicadores adventistas, ¿cómo pudieron rechazar una “verdad gloriosa” que sus antepasados inmediatos habían estado predicando?

(2) ¿Cómo defendernos de la acusación de que la iglesia adventista sufrió una caída moral comparable a la de Babilonia, si aceptamos la teoría de que los hermanos en 1888 rechazaron la re-enfatización de la verdad que creyeron al comienzo del movimiento adventista? Cuando uno está escalando y de repente se viene abajo, a eso le llamamos “caída”.

Deploramos los grupos disidentes y las críticas despiadadas de quienes alegan injustamente que la iglesia ha caído, tal como hizo Babilonia. No creemos eso. Pero en lógica, la versión oficial de nuestra historia relativa a 1888 admite inevitablemente ese desalentador punto de vista. Muchas mentes despiertas siguen su razonamiento hasta las últimas conclusiones, tal como hizo Conradi. Cuanto más profundizamos en las verdades de 1888, más evidente se hace que los grupos separatistas, el fanatismo, las apostasías y la tibia complacencia proliferan debido a nuestro continuo fracaso en reconocer esas realidades.

Este capítulo tiene por objeto demostrar que el mensaje de 1888 no fue una mera re-enfatización de las doctrinas de Lutero y Wesley, o de los adventistas pioneros. Tampoco fue una reedición de lo que Keswick y otros dirigentes protestantes populares de la época estaban enseñando como “doctrina de la justicia por la fe”. ¡Fue mucho más que eso! Se trató del “comienzo” de un concepto más maduro del “evangelio eterno” del que hubiera percibido con claridad cualquier generación previa. Fue el “comienzo” del derramamiento final del Espíritu Santo en la lluvia tardía. Fue el anuncio inicial del mensaje del cuarto ángel de Apocalipsis 18. Habría de ser una bendición sin precedentes desde Pentecostés (Fundamentals of Christian Education, 473; Review & Herald, 3 junio 1890).

Eso no significa pretender que los mensajeros de 1888 fueran mayores que Pablo, Lutero, Wesley o cualquier otro, ni que fueran más sabios o inteligentes que ellos. El mensaje que traían era simplemente “el mensaje del tercer ángel en verdad”: una comprensión de la justicia por la fe paralela y consistente con la doctrina de la purificación del santuario celestial, donde el Sumo Sacerdote ministra en el lugar santísimo en el día antitípico de la expiación, en el marco del “tiempo del fin” (Primeros Escritos, p. 55, 56, 250-254, 260 y 261). En 1844 Cristo inició esa última fase de su obra. Desde el lugar santísimo del santuario celestial ministra la auténtica justicia a quienes lo siguen por la fe. Por lo tanto, hay algo único en la justicia por la fe a la luz del día de la expiación, y el mensaje de 1888 así lo reconoce.

Si se le hubiera dado libre curso, si se lo hubiera aceptado de todo corazón y se hubiera dado un desarrollo teológico en correspondencia, el mensaje habría preparado a un pueblo para encontrar al Señor. Se habría llegado al estado de “una iglesia que no tuviese mancha ni arruga, ni cosa semejante; sino que fuese santa y sin mancha”, “sin mácula delante del trono de Dios” (Efe. 5:27; Apoc. 14:4 y 5). Era la intención de su divino Autor hacerlos madurar como “primicias para Dios y para el Cordero”. Si lo anterior no fuera cierto, quedaría en entredicho la credibilidad de todo el ministerio de E. White, y junto a él nuestra estima denominacional.

El innegable y evidente rechazo de ese mensaje no constituyó una caída moral o espiritual de la iglesia remanente que implicara un repudio a la teología protestante. Fue más bien una detención en su desarrollo espiritual previsto; una lamentable ceguera e incapacidad en reconocer la consumación escatológica del amor y del llamado del Señor.

El rechazo a ese mensaje eclipsó virtualmente la comprensión ética y práctica de la purificación del santuario celestial. Dejó solamente la cubierta exterior de su estructura doctrinal tal como la cronolo­gía de los 2300 años y el concepto mecánico del “juicio investigador” tal como lo habíamos venido predicando previamente a 1888. Nuestro propio retardo en comprender ha propiciado la burla de nuestros oponentes evangélicos, quienes denostan esa verdad singular adventista como siendo “vana, rancia y sin provecho”. Es por eso que tantos de entre nosotros, especialmente los jóvenes, encuentran irrelevante y aburrida la “doctrina” del santuario.

 

Lo que E. White vio en el mensaje de 1888

Tan pronto como E. White escuchó por vez primera el mensaje del Dr. Waggoner (justamente en Minneapolis), lo reconoció como “luz preciosa”, en armonía con lo que había estado “tratando de presentar” en los anteriores 45 años. Lejos de sentir celos, dio la bienvenida a los mensajeros y a su mensaje. Se trataba de un desarrollo ulterior en plena armonía con la luz preexistente, pero nunca antes predicado en esa claridad:

“Veo la belleza de la verdad en la presentación de la justicia de Cristo en relación con la ley, tal como el doctor la ha presentado ante nosotros. Muchos de vosotros decís que es luz y verdad. Sin embargo, nunca la habéis presentado anteriormente en esa luz...         
Lo presentado armoniza perfectamente con la luz que Dios ha tenido a bien darme en todos los años de mi experiencia. Si nuestros hermanos en el ministerio aceptasen la doctrina que ha sido presentada tan claramente... el pueblo resultaría nutrido con su ración de alimento en el tiempo oportuno” (Ms. 15, 1888; Olson, op. cit. p. 284 y 295).

Los propios hermanos comprendieron en Minneapolis que el mensaje era una revelación de nueva luz, más bien que una re-enfatización de lo que habían predicado anteriormente. Tal es la implicación de lo que sigue:

“Me preguntó un hermano si pensaba que había alguna nueva luz que debiéramos tener, o nuevas verdades... Respondo: ¿Debemos dejar de escudriñar las Escrituras porque tenemos la luz sobre la ley de Dios, y el testimonio de su Espíritu? No, hermanos” (Ms. 9, 1888; Olson, p. 292 y 293).

Así pues, el mensaje de 1888 era algo que los hermanos no habían comprendido con anterioridad. No habían apreciado la esencia y significado del mensaje del tercer ángel, sino sólo sus formas exteriores:

“Sólo unos pocos, de entre los que dicen creerlo, entienden el mensaje del tercer ángel; y sin embargo es el mensaje para este tiempo. Es verdad actual. Pero cuán pocos toman este mensaje en su verdadera significación, presentándolo al pueblo con el poder que lo caracteriza. Para muchos carece de fuerza. Mí guía dijo: ‘Queda aún mucha luz por brillar a partir de la ley de Dios y del evangelio de justicia. Este mensaje, entendido en su verdadero carácter y proclamado con el Espíritu, va a alumbrar la tierra con su gloria’” (Ms 15, 1888; Olson, p. 296).

“No se ha comprendido la importancia que tiene la obra peculiar del tercer ángel. Dios quería que sus hijos adelantasen mucho más de lo que han adelantado hasta hoy…  
No concuerda con la orden de Dios que nuestro pueblo haya sido privado de la luz, la verdad presente que necesita para este tiempo. No todos nuestros ministros que están dando el mensaje del tercer ángel comprenden realmente lo que constituye este mensaje” (Testimonies, vol. V, p 714 y 715; Joyas de los testimonios, vol. II, p. 321 y 322).

E. White no empleó ni una sola vez la palabra “re-enfatización” o “énfasis” en referencia al mensaje de 1888. Parecía claramente ser nueva luz que desafiaba las ideas mantenidas por los hermanos, de igual forma en que los judíos imaginaban que Cristo contradecía a Moisés, siendo que en realidad su mensaje era el cumplimiento de Moisés.

Obsérvese lo que sigue, cuyo contexto es el mensaje y la recepción del mismo:

“Pero vemos que el Dios del cielo a veces comisiona a los hombres a enseñar aquello que es considerado como contrario a las doctrinas establecidas. Debido a que los que una vez eran los depositarios de la verdad se manifestaron infieles a su sagrado cometido, el Señor escogió a otros que habrían de recibir los brillantes rayos del Sol de justicia, y que defenderían verdades que no estaban de acuerdo con las ideas de los dirigentes religiosos… 
Aun los adventistas del séptimo día están en peligro de cerrar sus ojos a la verdad tal como es en Jesús porque contradice algo que han dado por sentado como verdad pero que, según lo enseña el Espíritu Santo, no es verdad” (Testimonios para los ministros, p. 69-71; 30 mayo 1896).

Cierto principio demandaba en 1888 que se diera una revelación más amplia de “nueva luz”. Así lo declara E. White en una de las predicaciones que dio en Minneapolis:

“El Señor necesita a hombres que actúen... según el Espíritu Santo; que estén ciertamente recibiendo el fresco maná celestial. La palabra de Dios arroja luz sobre las mentes de los tales...   
Aquello que Dios da hoy a sus siervos para que lo proclamen, pudo no haber sido verdad actual veinte años atrás, pero es el mensaje de Dios para este tiempo” (Ms. 8a, 1888; Olson, p. 273 y 274).

E. White distinguió la clara diferencia entre el mensaje de la justicia por la fe tal como fue presentado en 1888, y el “mensaje del pasado” que el Señor envió previamente a esa fecha. Si bien no debía haber contradicción, tenía que haber un desarrollo adicional: “Queremos el mensaje pasado y el mensaje nuevo” (Review & Herald, 18 marzo 1890). (Pero en sus llamamientos no debe verse una licencia para el fanatismo o para la proclamación irresponsable de nuevas ideas).

En una serie de artículos de la Review escritos a principios de 1890, E. White presentó la verdad de la purificación del santuario en relación con el controvertido mensaje de la justicia por la fe dado en 1888. Una verdad complementaba a la otra. Había desesperada necesidad de una comprensión más profunda del evangelio eterno, en relación con el día de la expiación:

“Estamos en el día de la expiación, y debemos actuar en armonía con la obra de Cristo de purificar el santuario... Debemos presentar ahora ante la gente la obra que por la fe vemos realizar a nuestro gran Sumo Sacerdote en el santuario celestial” (Review & Herald, 21 enero 1890).

“La obra mediadora de Cristo, los grandes y santos misterios de la redención, no son estudiados ni comprendidos por el pueblo que pretende poseer mayor luz que cualquier otro en toda la tierra. Si Jesús estuviera personalmente en la tierra dirigiría a muchos que pretenden creer la verdad presente palabras como las que dirigió a los fariseos: 'Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios'...   
Hay verdades antiguas, y no obstante nuevas, pendientes aún de ser incorporadas a los tesoros de nuestro conocimiento. No comprendemos ni ejercemos la fe tal como debiéramos... No se nos llama a adorar y servir a Dios según los medios empleados en años pasados. Dios requiere ahora un servicio más elevado que nunca antes. Requiere el progreso en los dones celestiales. Nos ha llevado a una posición en la que necesitamos cosas superiores y mejores que nunca antes” (ibíd, 25 febrero 1890).

“Hemos estado oyendo su voz de una forma más definida, en el mensaje que ha avanzado en los últimos dos años... No hemos hecho más que captar un tenue destello de lo que es la fe” (ibíd., 11 marzo 1890).

Resulta evidente que:

1. El mensaje de 1888 era “luz” que los hermanos no habían comprendido ni “presentado anteriormente”.

2. Constituía nuestro “alimento en el tiempo oportuno”: de hoy, y para hoy; no el maná de ayer reacondicionado.

3. E. White escuchó por primera vez en Minneapolis el desarrollo doctrinal de lo que había estado “tratando de presentar” hasta entonces: los encantos incomparables de Cristo a la luz de su ministerio en el día de la expiación. Ningún otro labio humano lo había predicado.

4. E. White reconoció en E.J. Waggoner a un agente empleado por el Señor para dar a su pueblo y al mundo una revelación mayor de la verdad.

5. Nuestros pastores no habían comprendido la “verdad” del mensaje del tercer ángel porque no habían estando avanzando en su comprensión como se esperaba, cuarenta y cuatro años después de haber comenzado la purificación del santuario. En lugar de eso, lo que habían hecho es privar al pueblo de mayor luz.

6. Los hermanos de aquellos días entendieron el apoyo que E. White prestó a Waggoner y Jones como siendo una recomendación de la nueva luz que traían. No era un llamado a que volvieran a la comprensión original de las “doctrinas establecidas”. No podía tratarse en ningún caso de re-enfatizar la antigua forma de comprender las verdades. De haber sido así, ¿acaso no la habrían defendido valientemente los hermanos Butler, Smith y otros, en lugar de oponerse tal como hicieron?

7. Por lo tanto, lo que los hermanos rechazaron fue el llamado a que “se realizara un cambio decidido”. No rehusaron retroceder, sino avanzar. Optaron por quedarse quietos, cosa más bien difícil para un ejército en marcha.

 

1888: el comienzo de mayor luz

E. White se refirió frecuentemente a la certeza de que el Señor enviaría nueva luz, pero sólo cuando su pueblo estuviese dispuesto a recibirla. Ese trágico “sólo cuando”, es una necesidad, teniendo en cuenta que el nuevo vino debe guardarse en odres nuevos, y eso implica la crucifixión del yo (cf. Mat. 9:16 y 17):

“Si por la gracia de Cristo su pueblo viene a convertirse en odres nuevos, él los llenará con el vino nuevo. Dios dará luz adicional, se recuperarán antiguas verdades y se las incorporará al marco de la verdad; y los obreros triunfarán allí donde vayan. Como embajadores de Dios deben escudriñar las Escrituras en busca de las verdades que han estado ocultas bajo los escombros del error” (ibíd., 23 diciembre 1890).

“Queda una gran obra por hacer, y Dios ve que nuestros hermanos en la dirección tienen necesidad de mayor luz a fin de poder unirse armoniosamente con los mensajeros a quienes enviará para realizar la labor que él les asigna” (ibíd., 26 julio 1892).

¿Se puede cuestionar que el mensaje de 1888 constituyó el comienzo del mensaje del cuarto ángel, que une su voz a la del tercero? Ni The Fruitage of Spiritual Gifts (Christian), Captains of the Host  (Spalding),  Through Crisis to Victory (Olson), The Lonely Years (A.L. White), ni la reciente “Declaración” de los compiladores del Patrimonio White insertada en Mensajes selectos, vol. III, p. 177-184 hacen una sola alusión a ese hecho fundamental. Lo mismo sucede con el artículo de Adventist Heritage dedicado a la asamblea de 1888, en la edición de primavera del 1985. Nuestra Seventh Day Adventist Encyclopedia se refiere al mensaje de 1888 en varios artículos, pero en ninguna ocasión lo reconoce por lo que fue (p. 634, 635, 1086, 1201 y 1385).

Es sorprendente cómo se evade esa verdad vital. Recuerda la disposición de los judíos para reconocer a Jesús de Nazaret como a un gran rabino, pero siempre evitando reconocerlo como al Mesías. Pero la lógica y la coherencia hacen necesaria esa particular maniobra por parte de quienes insisten en que el mensaje de 1888 fue ya aceptado. Se ven obligados a ignorar virtualmente el hecho de que el mensaje fue el comienzo de la lluvia tardía y el fuerte pregón; de lo contrario habrían de explicar cómo es que una obra que iba a extenderse “como fuego en el rastrojo” se ha venido arrastrado por cerca de un siglo, siendo que podría haber alumbrado al mundo hace mucho tiempo, de ser cierto que “nuestros hermanos” lo aceptaron ya (Carta B2a, 1892; General Conference Bulletin 1893, p. 419).

Obsérvese cuán claramente vio E. White el mensaje de 1888, a la luz de Apocalipsis 18:

“Varios me han escrito preguntando si el mensaje de la justificación por la fe [de 1888] es el mensaje del tercer ángel, y he respondido: ‘Es el mensaje del tercer ángel en verdad’. El profeta declara: ‘Después de esto vi otro ángel que descendía del cielo con gran poder, y la tierra fue alumbrada con su gloria’” [Apoc. 18:1] (Review & Herald, 1 abril 1890).

“El fuerte pregón del tercer ángel ya ha comenzado en la revelación de la justicia de Cristo… Este es el comienzo de la luz del ángel cuya gloria llenará toda la tierra” (ibíd, 22 noviembre 1892; Mensajes selectos, vol. I, p. 425).

Si son los protestantes populares expertos en reavivamientos los que han de predicar ese mensaje colosal, entonces no tenemos razón de ser como pueblo.

 

Se extingue la luz del fuerte pregón

El Señor es misericordioso, paciente y presto a perdonar. Restaura lo que se perdió bajo condición de arrepentimiento. Pero no podemos permitirnos que la confusión anule la parábola que 1888 encierra.

Si los que se opusieron a la luz en Minneapolis se arrepintieron con posterioridad y fueron perdonados, ¿por qué aun así no se cumplió el propósito original del mensaje de 1888? Ciertamente no hubo reavivamiento ni reforma de calado y efecto comparables a lo que habría sucedido en caso de haberse aceptado la luz. El Señor no envió más luz, aparte de aquel significativo “comienzo”. Nos podemos preguntar por qué.

[No hay ninguna evidencia de que E. White ocupara la posición de Jones y Waggoner, convirtiendo en redundante la obra de éstos. Sin embargo, la idea que hoy prevalece es la de que el mensaje de Jones y Waggoner es redundante, puesto que E. White puso por escrito posteriormente a 1888 la luz que les fue comisionado dar a la iglesia y al mundo. La profetisa apoyó el mensaje de Jones y Waggoner debido a que consistía en lo que ella había “tratado de presentar”, es decir, “los encantos incomparables de Cristo”. Pero E. White nunca pretendió que el Señor le hubiera asignado a ella el cometido de proclamar el mensaje del fuerte pregón. La mayor parte de El Camino a Cristo fue escrito antes de 1888, aunque se compiló después. Pretender que no necesitamos el mensaje de 1888 debido a que disponemos de los escritos de E. White, contradice el propio mensaje de la profetisa].

El liderazgo responsable de la iglesia no manifestó en ningún momento, entre 1888 y 1901, el firme propósito de rectificar el trágico error de 1888. Persistieron por décadas la duda, la sospecha y la desconfianza hacia el mensaje y los mensajeros.

Siendo cierto que dicha tragedia ocurrió realmente, eso no obliga a concluir que el Señor retiró de su pueblo las bendiciones. Lo que se despreció y rechazó es la lluvia tardía, pero la lluvia temprana ha continuado descendiendo. Durante las décadas precedentes se han llevado al Señor un gran número de almas, incluyendo a cada uno que lea este libro. Ninguno de quienes tuvieron parte en la historia de 1888 vive hoy.

Dios no ha olvidado a su pueblo, pero nuestra actitud lo ató de manos, haciendo imposible que progresara el derramamiento de la lluvia tardía. No pudo ni quiso desplegar sus más valiosas perlas ante quienes se negarían a reverenciar su gracia sobreabundante. Por lo tanto, esos aguaceros de la lluvia tardía cesaron después que su derramamiento inicial fue persistentemente rechazado. No es imposible agraviar a Dios.

En un sermón que llamaba a la reflexión, E. White habló en Minneapolis en lenguaje casi encriptado acerca de cómo Elías fue alimentado por una viuda fuera de Israel, debido a que los israelitas, que tenían gran luz, no habían estado viviendo a la altura de ella. Afirmó que “eran el pueblo con el corazón más endurecido del mundo, los más difíciles de impresionar con la verdad”. El sirio Naamán fue purificado de su lepra, mientras los leprosos israelitas permanecieron contaminados. Cuando los habitantes de Nazaret se levantaron contra el Hijo de María, “algunos” estuvieron dispuestos a aceptarlo como el Mesías, pero fueron “presionados” por una influencia tendente a asfixiar su convicción. Son vívidas ilustraciones de nuestra historia de 1888.

“Pero la incredulidad hace aquí su aparición: ¿No es este el hijo de José?... ¿Qué hicieron en su locura? 'Se levantaron y lo echaron de la ciudad'. Deseo deciros aquí lo terrible que es cuando Dios concede luz, luz que impresiona vuestro corazón y espíritu... Bien, pues Dios retirará su Espíritu a menos que se acepte su verdad. Algunos en Nazaret aceptaron a Dios; ahí estaba el testimonio de que él era Dios; pero se vieron presionados por una influencia antagonista... que llevaría los corazones a la incredulidad” (Ms. 8, 1888; Olson, p. 263 y 264. Original sin atributo de cursiva).

La citada “influencia antagonista” es un hecho significativo en nuestra historia de 1888. E. White había advertido dos días antes que los pasos que se estaban dando hacia la incredulidad resultarían ser fatales para aquella generación en lo referente a la luz avanzada de la lluvia tardía:

“Estamos perdiendo la gran bendición que podría haber sido nuestra en esta asamblea [Minneapolis], debido a que no damos pasos de avance en la vida cristiana, tal como es el deber propuesto ante nosotros; y eso significará una pérdida eterna” (ibíd, Olson, p. 257).

“Pero la luz que ha de llenar toda la tierra con su gloria ha sido despreciada por algunos que pretenden creer la verdad presente… Sé solamente que algunos ya ahora han ido demasiado lejos para volver y para arrepentirse” (Testimonios para los ministros, p. 89 y 90; 1896).

“Si esperáis que venga la luz de manera que agrade a todos, esperaréis en vano. Si esperáis llamamientos más enérgicos o mejores oportunidades, se retirará la luz y seréis dejados en tinieblas” (Testimonies, vol. V, p. 720).

En referencia a una reunión de pastores y administradores tenida lugar en 1890, E. White presentó la patética imagen de Jesús siendo rechazado, que recuerda el episodio del Amado teniendo que retirarse ante el rechazo de su futura esposa, en Cantares 5:2: “Cristo llamó a la puerta para entrar, pero no hubo lugar para él, no se le abrió la puerta, y la luz de su gloria que tan cerca había estado, fue retirada” (Carta 73, 1890).

 

Confundiendo 1888 con la teología de la Reforma

Los celosos esfuerzos llevados a cabo durante décadas por despreciar el mensaje de 1888 negando que fuera “nueva luz”, han tenido por consecuencia que la atención resulte desviada del mensaje mismo hacia los conceptos protestantes populares no adventistas. Eso ha venido sucediendo por casi sesenta años, empezando en la década de 1920. Christ Our Righteousness, de A.G. Daniells, escrito en 1926, no percibió nada singular en el mensaje de 1888, sino que lo interpretó equivocadamente como estando “en perfecta armonía con la mejor enseñanza evangélica [no adventista]” (Pease, By Faith Alone, p. 189).

Esa larga tradición ha puesto sin duda los fundamentos para la incursión de actuales conceptos de justicia por la fe similares a los de los teólogos calvinistas de la Reforma. Si los no adventistas poseen la verdad sobre la justicia por la fe, tenemos necesariamente que importarla de ellos. Y en ese proceso, las verdades de 1888 han sido objeto de negligencia e incluso de oposición.

Lo que sigue es un típico ejemplo ilustrativo de esa posición ampliamente aceptada. Confunde gravemente los conceptos de la Reforma con el mensaje de 1888. Obsérvese este ejemplo del venerado fundamento sobre el que reposa la confusión monumental que ha caracterizado las últimas décadas:

“La justificación por la fe [de 1888] no era nueva luz. Hay quienes han sostenido la idea equivocada de que el mensaje de la justicia de Cristo era una verdad desconocida para el movimiento adventista hasta la asamblea de Minneapolis, pero de hecho nuestros pioneros la enseñaron desde el principio mismo de la iglesia adventista. Siendo yo un joven predicador, oía a nuestros veteranos, como J.G. Matteson y E.W. Farnsworth, declarar a menudo que la justificación por la fe no era una enseñanza nueva en nuestra iglesia” (Christian, The Fruitage of Spiritual Gifts, p. 225 y 226).

Triste decirlo, pero algunos de esos “veteranos” no fueron receptivos a la mayor luz de 1888. Esa insistencia en que el mensaje de 1888 no era nueva luz, fue la insignia popular de la oposición al mensaje en aquella época. Poco después de la asamblea de Minneapolis, R.F. Cottrell escribió un artículo para la Review en contra del mensaje de 1888, preguntando: “¿Dónde está el nuevo rumbo?” (Review & Herald, 22 abril 1890). W.H. Littlejohn atacó asimismo el mensaje en su artículo del 16 de enero de 1894, que llevaba por título: “La justificación por la fe no es una doctrina nueva”. Ambos fueron incapaces de reconocer lo que se desplegaba ante ellos: el comienzo de la lluvia tardía.

Algunos autores han citado declaraciones aisladas de E. White, distorsionándolas en su intento por respaldar esa misma tesis opuesta al mensaje, que consiste en negar que fuera nueva luz. Pero E. White no se contradijo en ese importante asunto. Examinemos las declaraciones propuestas en apoyo de la tesis de la “re-enfatización”. Son dignas de atenta consideración:

“Al pastor E.J. Waggoner se le otorgó el privilegio [en Minneapolis] de hablar con franqueza y presentar sus puntos de vista sobre la justificación por la fe y la justicia de Cristo en relación con la ley. No era nueva luz, sino antigua luz colocada en su debido lugar en el mensaje del tercer ángel... Para mí no era nueva luz, ya que la había recibido de una autoridad superior en los últimos cuarenta y cuatro años” (Ms. 24, 1888. Olson, p. 48).

“Los obreros en la causa de la verdad debieran presentar la justicia de Cristo, no como luz nueva, sino como preciosa luz que el pueblo perdió de vista por un tiempo” (Review & Herald, 20 marzo 1894; Olson, p. 49).

Esas declaraciones no niegan que el mensaje de 1888 constituyera en su conjunto la nueva luz de la lluvia tardía y el fuerte pregón. En su contexto, la declaración de Ms. 24 referente a 1888 fue escrita para refutar el prejuicio de hermanos que se oponían, despreciando el mensaje por parecerles meramente algo novedoso ingeniado por el hombre. Toda luz es eterna; ninguna luz es estrictamente “nueva”. Pero ciertamente era nueva para nuestros hermanos en 1888, y lo es hoy para nuestras congregaciones. Desde luego, ¡habría sido nueva para el mundo, si la hubiésemos proclamado!

Y sea lo que fuere la -nueva o antigua- luz de 1888, es obvio que nadie más la había predicado entre nosotros durante aquellos “últimos cuarenta y cuatro años” (Ms. 5, 1889; MS. 15, 1888; Olson, p. 295). En el manuscrito de 1889, E. White afirmó más adelante que el mensaje de 1888 en su totalidad demostraría realmente ser “nueva luz” si es que había de cumplirse la comisión evangélica en aquella generación:

“Se hicieron preguntas en esa ocasión: ‘Hermana White, ¿cree usted que el Señor tiene alguna nueva luz o una ampliación de la luz para su pueblo?’ Yo respondí: ‘Con toda seguridad. No solamente lo creo, sino que puedo hablar de esto con conocimiento de causa. Sé que hay una verdad preciosa que nos será revelada si somos el pueblo que ha de estar en pie en el día de la preparación de Dios’” (Mensajes selectos, vol. III, p. 197).

No es la misión del pueblo adventista inventar nuevas doctrinas, sino la de reparar brechas, restaurar caminos por los que transitar, descubrir las sendas antiguas. Un abordaje tal tenderá a deshacer los prejuicios, mientras que la presentación de la verdad como si fuera un invento novedoso despertará la oposición.

Pero lo anterior no equivale a negar que el mensaje de 1888 significó una mayor revelación para la iglesia. En su creciente convicción de que el mensaje era el cumplimiento de la profecía de Apocalipsis 18, E. White vio cómo armonizaba con el concepto singular de la purificación del santuario celestial. En eso consistió la esencia del mensaje.

Se trata de una verdad que el mundo protestante no ha comprendido nunca. ¿Podría deberse en parte a que jamás se la hemos presentado con claridad?

A los judíos ortodoxos que han estado orando por la venida de su esperado Mesías les resulta perturbador reconocer que vino ya hace mucho tiempo, pero fue rechazado por sus antepasados. No es menos perturbador para los adventistas que seguimos orando por el derramamiento de la lluvia tardía, el reconocer que la bendición vino ya hace un siglo, pero fue rechazada por nuestros antepasados.


 

Capítulo 6

(índice)

E. White, rechazada en 1888

Resulta casi increíble lo que dice E. White a propósito de la reacción suscitada contra el mensaje de 1888. ¿Pudiera ser que una incredulidad natural no reconocida se interponga como un velo ante nuestra vista y corazón? A los seres humanos parece resultarnos difícil creer el “testimonio de Jesús”. Nos gusta llamar “gloriosa victoria” a lo que fue una derrota. Presumimos de haber encontrado el rumbo, en el preciso momento y lugar en que lo perdimos.

Es imperioso que abandonemos las ideas confusas y que nos apliquemos en procura de la mayor exactitud posible. La reacción negativa hacia el mensaje de 1888 bloqueó varias avenidas de bendición celestial. Los habitantes del cielo reconocen ya cuál fue “nuestra” parte en esa historia:

 

1. Se insulta al Espíritu Santo

Eso puede parecernos una imposibilidad por diversas razones. Puede costarnos concebir al Espíritu Santo como una Persona a quien es posible insultar; como Alguien capaz de sentir y afectarse en consecuencia. Y puede costarnos aún más aceptar que pudieran hacer algo así adventistas del séptimo día, especialmente pastores y dirigentes de la Asociación General. Pero hemos de afrontar lo que tiene que decir la mensajera del Señor. El testimonio de Jesús no va a ocultar la realidad:

“Nuestra asamblea está a punto de acabar y... no ha habido apertura alguna que permita la entrada del Espíritu de Dios. Comentaba de qué sirve que nos reunamos aquí, y de qué sirve que vengan nuestros hermanos en el ministerio, si están aquí solamente para alejar del pueblo el Espíritu de Dios” (Ms. 9, 1888; Olson, p. 290 y 291).

“Sé que hubo una notable ceguera en las mentes de muchos [en Minneapolis], de modo que no discernieron dónde estaba el Espíritu de Dios ni en qué consistía la verdadera experiencia cristiana. Y era doloroso pensar que se trataba de los guardianes del rebaño de Dios...          
Nuestros hermanos que han ocupado puestos de responsabilidad en la obra y causa de Dios debieran haber estado tan íntimamente unidos a la Fuente de toda luz, como para no llamar tinieblas a la luz y luz a las tinieblas(Ms. 24, 1888. Original sin atributo de cursiva).

Los detalles de esa historia son claros y precisos. No hay pretexto para la confusión en nuestro pensamiento. La recepción del Espíritu Santo iba implícita en la recepción del mensaje mismo. Sería imposible recibir el don de la lluvia tardía del Espíritu Santo, sin recibir el mensaje mediante el cual se concedía el don. Y las buenas nuevas que hoy necesitamos comprender son el corolario de esa verdad: que es igualmente imposible recibir hoy el mensaje, sin recibir con él el don del Espíritu Santo. Si no hemos recibido el Espíritu Santo en el poder de la lluvia tardía y el fuerte pregón, eso es la evidencia inconfundible de no haber recibido el mensaje que el Señor nos envió.

A fin de comprender 1888 lo importante no es tanto la actitud negativa de unos pocos individuos -la llamada minoría inflexible- sino el espíritu “controlador”, el espíritu que “prevaleció” en la Asamblea de 1888 y posteriormente. Fue eso lo que tuvo un efecto determinante en aquella generación y en todas las subsiguientes. E. White fue categórica acerca de esa influencia “controladora”:

“Me reuní con los hermanos en el tabernáculo y sentí que era mi deber presentar un breve informe de la asamblea y de mi experiencia en Minneapolis; el camino que seguí y el por qué, así como declarar sin rodeos cuál fue el espíritu que prevaleció en aquel encuentro... Les hablé de la difícil situación en la que fui puesta, debiendo permanecer sola –por así decirlo- y viéndome en la obligación de reprobar el mal espíritu que fue un poder controlador en aquella reunión. La sospecha y los celos, las conjeturas maliciosas y la resistencia al Espíritu de Dios que los estaba llamando, guardaron paralelismo con la forma en que se trató a los reformadores. Fue así como la iglesia [Metodista] trató a la familia de mi padre y a ocho de nosotros...        
Afirmé que el camino que habían estado siguiendo en Minneapolis fue crueldad para con el Espíritu de Dios” (Ms. 30, 1889. Original sin atributo de cursivas).

“[a los hermanos que se oponían] en la asamblea [de Minneapolis] los movió otro espíritu, y no supieron que Dios había enviado a esos hombres jóvenes para llevarles un mensaje especial, al que trataron con ridículo y desprecio sin apercibirse de que las inteligencias celestiales los estaban observando... Sé que entonces se insultó al Espíritu de Dios” (Carta S24, 1892).

“Los pecados... yacen a la puerta de muchos... El Espíritu Santo ha sido insultado, y la luz ha sido rechazada” (Testimonios para los ministros, 393; 1896).

“Algunos* han tratado al Espíritu como a huésped indeseado, negándose a recibir el rico don, no queriendo reconocerlo, apartándose de él y condenándolo como fanatismo” (Testimonios para los ministros, 64; 1896, traducción revisada).

* [A propósito del término “algunos”: E. White nunca dijo que los “algunos” que se opusieron al mensaje fueran “pocos”, ni que quienes lo aceptaron fueran “muchos”. Sin excepción alguna conocida, los que rechazaron el mensaje fueron “muchos”, y “pocos” quienes lo aceptaron.]

La referencia a insultar al Espíritu Santo es más que una hipérbole casual. Esa tragedia nos afecta hoy tan ciertamente como afectan a los judíos de nuestros días los errores de sus antepasados.

El pecado que un individuo cometió en el pasado al insultar a otra persona, permanecerá como una carga sobre su conciencia afectando su carácter y personalidad. Eso puede prolongarse por décadas, mientras ambos vivan y no haya tenido lugar el arrepentimiento y la restitución.

De la misma forma, la conciencia del conjunto corporativo de la iglesia, nuestro carácter y personalidad denominacionales, la forma en que el Cielo nos ve, el espíritu que impregna nuestras iglesias, resultan afectados negativamente por ese episodio crucial de nuestra historia. No podemos escapar a nuestro entorno hereditario. Jeremías escribió que “el pecado de Judá está escrito... con punta de diamante... en la tabla de su corazón y en los cuernos de sus altares” (Jer. 17:1). Y se extiende de una generación a la siguiente (2:5, 9; 3:24 y 25; 14:20). Hasta tanto no se haya dado el arrepentimiento, estamos condenados a repetir los pecados de nuestros padres. Eso está en estrecha relación con el alejamiento del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es una Persona, no una mera influencia o un “algo” etéreo. Es posible ofenderlo. Ese importante concepto relativo a Dios en la Persona del Espíritu Santo, impregna las Escrituras hebreas. Los profetas representaron continuamente a Dios como al chasqueado y ofendido Amante del alma de Israel [Ver, por ejemplo, 1 Sam. 8:7; 12:6-12; Isa. 50:1; 54:5-17; 61:10; 63:9-14; Jer. 31:1-9; Eze. 16; Oseas, passim]. Se trata de un concepto único en Israel, pues ninguna religión pagana tenía una noción semejante relativa a una Personalidad divina “celosa”.

La misma verdad impregna el Nuevo Testamento, y aparece también destacada en los testimonios de E. White. Sin embargo, en general está ausente en las enseñanzas del catolicismo y protestantismo moderno. La apreciación plena de esa realidad pertenece a los que recibirán al Señor cuando venga por segunda vez, pues se los representa de forma corporativa como a la esposa, finalmente preparada para la estrecha unión matrimonial (Apoc. 19:7-9; la herejía “alfa” del panteísmo en los años 1900 atacaba esa verdad relativa a la personalidad del Espíritu Santo; la “omega” reeditará sin duda ese mismo error).

Ofendido e insultado, el Espíritu Santo tiene derecho a una retribución. ¿Cómo puede retribuir en consonancia con su carácter de amor? Su retribución será más dolorosa de sobrellevar que cualquier otra imaginable, pues seguirá siendo la voz de amor la que hable:

“Vendrán mensajes, y quienes han rechazado el mensaje enviado por Dios, oirán las declaraciones más chocantes... Herida e insultada, la Divinidad va a hablar proclamando los pecados que se han ocultado. Tal como sucedió con los sacerdotes y gobernantes, que llenos de terror e indignación buscaron refugio huyendo en la última escena de la purificación del templo, así ocurrirá en la obra para estos últimos días” (Special Testimonies, Serie A, nº 7, p. 54 y 55).

El contexto de la cita precedente es una discusión sobre la iglesia adventista del séptimo día.

 

(2) Jesucristo, despreciado e insultado

También esto nos resulta difícil de ver. La personalidad del Hijo de Dios está nuevamente en liza. ¿Tiene sentimientos como los tenemos nosotros, los humanos? ¿Es sensible a la ofensa? Lo sucedido en nuestra historia de 1888 es tan sorprendente que resultaría inconcebible de no haber sido claramente plasmado en los escritos de E. White, quien era poseedora del discernimiento inspirado.

El manso y humilde Jesús sigue escogiendo a mensajeros que son “solamente hombres”, cuya apariencia es “como raíz de tierra seca”. En su condescendencia se identificó con los mensajeros de 1888, y fue ofendido e insultado cuando se despreciaron las “credenciales del cielo” que les había dado:

“Había evidencias para que todos pudieran discernir a quiénes reconocía el Señor como sus siervos…
Estos hombres contra los cuales habéis hablado han sido como señales en el mundo, como testigos de Dios… 
Si rechazáis a los mensajeros delegados de Cristo, rechazáis a Cristo” (Testimonios para los ministros, p. 97; 1896. Traducción revisada).

“Acusar y criticar a los que Dios está empleando es acusar y criticar al Señor que los ha enviado…
Para muchos el clamor de su corazón ha sido: ‘No queremos que éste [Cristo] reine sobre nosotros’...
La verdadera religión, la única religión de la Biblia, que enseña el perdón sólo por los méritos de un Salvador crucificado y resucitado, que propugna la justicia por la fe en el Hijo de Dios, ha sido menospreciada, criticada, ridiculizada y rechazada” (Testimonios para los ministros, p. 466-468).

“El mensaje actual... procede de Dios; lleva las credenciales divinas, pues sus frutos son para santidad” (Review & Herald, 3 septiembre 1889).

“Este mensaje, tal como ha sido presentado [por Jones y Waggoner] debiera ir a toda iglesia que profese creer la verdad, conduciendo a nuestro pueblo a una posición más elevada... Queremos ver quién ha presentado al mundo las credenciales del cielo” (ibíd., 18 marzo 1890).

Pero incluso en tiempos recientes, el respetado historiador eclesiástico trata con desprecio al mensajero, cuando no al mensaje mismo:

“Al reexaminar la controversia percibimos que el problema se originó en rencores personales, mucho más que en creencias divergentes. El bando de Butler, Smith y Morrison creía en la teoría de la justificación por la fe... El bando de Waggoner y Jones creía en la realización de buenas obras; pero... se apoyaban casi exclusivamente en la fe como el factor clave en la salvación. Las mentes capaces de razonar con serenidad podían armonizar ambos puntos de vista, pero ninguno de los bandos estaba dispuesto a considerar al otro calmadamente” (Spalding, Captains of the Host, p. 599).

Habría sido más exacto afirmar que los mensajeros de 1888  “se apoyaban casi exclusivamente” en una “fe que obra por el amor”: precisamente tal como Pablo predicó (Gál. 5:6). Ese mensaje que llevaba las “credenciales divinas” no era un compromiso o mezcla de legalismo y evangelio. Waggoner y Jones proclamaron de la forma más enfática la justicia por la sola fe, pero era la fe que describe claramente el Nuevo Testamento, caracterizada por un poder motivador inherente que lleva a la verdadera obediencia a todos los mandamientos de Dios (Testimonios para los ministros, p. 92).

¿Es posible que los mensajeros de quienes se declaró estar representando al Señor, suscitaran “rencores” que obligaran al Cielo a abandonar avergonzadamente la escena? ¿Habría concedido el Señor “credenciales celestiales” a mensajeros incapaces de “razonar con serenidad”? Ciertamente E. White nunca habría podido reconocer “luz preciosa” en el “griterío” carente de santidad, o en la irrazonable “enseñanza extremista” que nuestro autor les atribuye (Spalding, op. cit., p. 593 y 601).

Detrás de la vergonzosa escena de Minneapolis, y también detrás de las confusas sombras proyectadas por nuestra actual incredulidad, se yergue la figura del que fue Roca de escándalo y Piedra de tropiezo en aquella fatídica asamblea. Nos enfrentamos cara a cara con la realidad:

“Hombres que profesan piedad han despreciado a Cristo en la persona de sus mensajeros. Como los judíos, rechazan el mensaje de Dios... Aquel no era el Cristo que los judíos estaban buscando. Así sucede hoy: las agencias enviadas por Dios no son lo que los hombres han estado buscando” (Fundamentals of Christian Education, p. 472; 1897).

“Cristo ha registrado todos los discursos duros, orgullosos y sarcásticos pronunciados contra sus siervos, como dirigidos contra sí mismo” (Review & Herald, 27 mayo 1890).

Siempre se ha comprendido mal al verdadero Cristo, quien ha sido tan rechazado como esperado. Pero el moderno Israel debe vencer por fin donde antes fracasó. Y eso va a ocurrir, pues estamos viviendo en el tiempo de la purificación del santuario celestial. Se trata de una obra especial propia del tiempo del fin, caracterizada por una victoria que en el pasado nunca se ha dado plenamente.

La carne y la sangre nunca nos van a revelar las verdaderas credenciales de la “raíz de tierra seca” que puede estar ante nosotros. La historia de 1888 nos enseña que los judíos de antaño habrán de hacernos sitio para que comparezcamos postrados de rodillas junto a ellos:

“Muchos dicen: 'Si hubiese vivido en los días de Cristo, nunca habría torcido sus palabras ni interpretado falsamente su instrucción. Nunca lo habría rechazado ni crucificado tal como hicieron los judíos'. Pero eso lo va a demostrar la forma en que tratáis hoy a su mensaje y mensajeros” (Review & Herald, 11 abril 1893).

La cuestión en 1888 no fue cuánto “énfasis” poner en la predicación de esa “doctrina”, en relación con el resto de nuestras doctrinas “peculiares”. La verdadera cuestión fue: “¿Qué pensáis del Cristo?” (Mat. 22:42). De poco sirve que intentemos establecer y predicar cuál hoy es nuestra “relación correcta con Cristo”, a menos que hagamos frente a esa realidad de 1888.

A fin de reforzar nuestra confianza de no estar en necesidad de arrepentimiento, hemos publicado tesis desde los seminarios “para indagar cuál es el lugar que ha ocupado la enseñanza de la justificación y justicia por la fe en los principios doctrinales” de nuestra iglesia. Se han presentado gráficos con recuentos de apariciones de las palabras “justicia”, “justificación”, “fe”, “salvación”, “Salvador” y “ley” en nuestros libritos de Escuela Sabática, “para demostrar que los adventistas del séptimo día no han disminuido su énfasis en la salvación mediante Cristo”. ¿Podrán acaso medir hoy las computadoras nuestra fidelidad, y demostrar así que el Testigo Fiel está equivocado? Si es que la mera verbalización fuera realmente el criterio, la del catolicismo romano debe ser la enseñanza más Cristocéntrica del mundo. Mientras el Hijo de Dios continua sufriendo, ¿debiéramos dedicar nuestros esfuerzos en probar suerte con diversos ensayos estadísticos a fin de ver cómo partir sus vestiduras, esa “doctrina o principio de la justicia por la fe, por comparación con los principios distintivos de la iglesia”? La justicia de Cristo es infinitamente más que una mera reiteración verbal.

En la era de 1888 rechazamos la mayor oportunidad escatológica de todos los siglos. Lo que despreciamos fue la reconciliación íntima del corazón con Cristo, ilustrada en la figura de la esposa y su esposo. Eso lo hemos sustituido por verbalización y fría doctrina.

Áridas predicaciones que se pierden en matices y diferencias entre justicia imputada e impartida, justificación y santificación, expiación y propiciación, han logrado que la “justicia por la fe” resulte repulsiva para muchos. El mismo problema prevaleció poco después de 1888. E. White se refirió a los esfuerzos de aquellos cuyos corazones se oponían al mensaje:

“Muchos cometen el error de tratar de definir minuciosamente las sutiles diferencias entre justificación y santificación. Muchas veces incluyen sus propias ideas y especulaciones en las definiciones de esos dos términos. ¿Por qué tratar de ser más minucioso que la Inspiración en la cuestión vital de la justicia por la fe? ¿Por qué tratar de desgranar cada pormenor, como si la salvación del alma dependiese de que todos tengan exactamente la misma comprensión de ese asunto?” (Diario, 27 febrero 1891).

¿Somos capaces de ver en Minneapolis el insulto al Cristo viviente y amoroso, más allá de una fría doctrina mal comprendida? Asfixiamos las convicciones mediante las cuales el Señor nos estaba atrayendo a sí, y despreciamos a Aquel que nos atraía con cuerdas de amor, llamando “fanatismo” a su ternura y devoción. Las lágrimas que comenzaron a fluir ante aquella misteriosa atracción producida al elevar la cruz, se trocaron en celosas arengas “contra el entusiasmo y el fanatismo” (Testimonios para los ministros, p, 80).

Jesús conoce nuestra naturaleza humana, pues él mismo la comparte aún. Es una Persona. Conoce también el respeto propio. En 1888 se acercó mucho a nosotros. “Ninguno de entre nosotros es capaz de imaginar lo que podría haber sido” en el maravilloso día que habría seguido si hubiésemos andado con él en la gloriosa luz procedente del Cielo. Frecuentemente hablamos de 1844 como nuestro “gran chasco”. Pero en 1888 tuvo lugar su gran chasco, proporcional a la inmensidad de su amor hacia nosotros. Despreciamos la intimidad de ese amor. ¿Nos habría de extrañar que no nos lo impusiera a la fuerza?

En el mismo Minneapolis se nos dijo:

“Nadie se permita cerrar la avenida por la que ha de fluir al pueblo la luz de la verdad. Tan pronto como se intente tal cosa, el Espíritu de Dios se retirará... Permitid que el amor de Cristo reine aquí en los corazones... Cuando venga el Espíritu de Dios, el amor tomará el lugar de la discordancia, puesto que Jesús es amor. Si su Espíritu fuese querido aquí, nuestra reunión sería como un manantial en el desierto” (Ms. 15, 1888; Olson, p. 300 y 301).

“No cabía hacerles más tiernos llamamientos ni darles mejores oportunidades a fin de que pudiesen hacer lo que debieron hacer en Minneapolis... Nadie sabe lo que puede estar en juego si somos negligentes ante el llamado del Espíritu de Dios. Llegará un tiempo en que estarán dispuestos a hacer cualquier cosa posible para disponer de una oportunidad de oír el llamado que rechazaron en Minneapolis... Jamás vendrán mejores oportunidades, no tendrán ningún sentir más profundo” (Carta 019, 1892).

El testimonio de E. White pone en acción nuestra fe una vez más. Pero necesitamos comprender la realidad. Los corazones humanos jugaron con el tierno amor de Aquel que dio su sangre por nosotros. Finalmente, en “muchos” de los dirigentes, dicho juego acabó por convertirse en lo que E. White no tuvo más remedio que llamar “odio”. Siete años después de Minneapolis, dijo a aquellos “muchos”:

“Le habéis dado al Señor la espalda, y no el rostro…   
El Espíritu de Dios se está apartando de muchos de entre su pueblo. Muchos han entrado en senderos oscuros y secretos, y algunos nunca volverán…    
No solamente han rehusado aceptar el mensaje, sino que han odiado la luz…   
Están afrentando al Espíritu Santo” (Testimonios para los ministros, p. 89-91; 1895).

El Cielo sintió “indignación” (Testimonios para los ministros, p. 76). Eso encierra un íntimo agravio personal que es único en la historia sagrada moderna, y quizá en toda la historia. Evoca los profundos lamentos de Jeremías y Oseas en el pasado. E. White declaró en Minneapolis: “Si solamente supieseis la forma en que Cristo ha considerado vuestra actitud religiosa en esta asamblea” (Ms. 8a, 1888; Olson, p. 281). Cuatro años después escribió: “Hay tristeza en el cielo por la ceguera espiritual de muchos de nuestros hermanos” (Review & Herald, 26 julio 1892). Hablando de quienes “resistieron al Espirito de Dios en Minneapolis”, afirmó:

“Todo el universo celestial fue testigo del trato vergonzoso que se dio a Jesucristo, representado por el Espíritu Santo. Si Cristo hubiese estado ante ellos, lo habrían tratado de forma similar a como lo hicieron los judíos” (Special Testimonies, Serie A, nº 6, p. 20).

“Las escenas ocurridas en aquel encuentro [en Minneapolis] hicieron que el Dios del cielo se avergonzara de llamar ‘hermanos suyos’ a quienes tomaron parte en ellas. El Vigilante celestial tomó nota de todo, y quedó escrito en el libro de las memorias de Dios” (Special Testimony to the Review and Herald Office, 1896, p. 16 y 17).

Es muy triste registrar palabras como esas, pero no podemos ser sinceros y a la vez negarnos a afrontar lo que implican. Lo que “el Vigilante celestial” escribió, debe estar también “escrito en el libro de [nuestras] memorias”. Podemos vernos en aquellos queridos hermanos de hace un siglo, pues tal es nuestra condición, excepto que la gracia de Dios nos salve de ello.

 

(3) Desprecio al ministerio de E. White

La actitud de nuestros dirigentes ante el apoyo que dio E. White al mensaje de 1888 fue similar a cómo trató el antiguo Israel y Judá a profetas como Elías o Jeremías. Obsérvense los comentarios directos de la profetisa poco después de la asamblea de Minneapolis:

“Desde que dejé la costa del Pacífico no he tenido tiempos nada fáciles. Nuestra primera reunión no se pareció a ningún otro encuentro de la Asociación General al que haya asistido... Se ignoró mi testimonio, y jamás en toda la experiencia de mi vida se me había tratado como en aquella reunión [de 1888]” (Carta 7, 9 diciembre 1888).

“Hermanos, me pedís que asista a vuestras reuniones campestres. Os he de decir llanamente que desde la Asamblea de la Asociación General de Minneapolis vuestra actitud hacia mí y mi obra -vuestra resistencia a la luz y a las advertencias que Dios ha dado por mi medio– ha hecho que mi labor sea cincuenta veces más tediosa de lo que habría sido de otro modo... Me parece que habéis puesto a un lado la Palabra del Señor como indigna de vuestra atención... Mi experiencia desde la asamblea de Minneapolis no ha sido nada reconfortante. Diariamente he pedido al Señor que me dé sabiduría, que no me hunda en el desánimo y que no tenga que descender a la sepultura con el corazón quebrantado, tal como le ocurrió a mi esposo” (Carta 1, 1890).

No se trataba de palabras fruto de un estrés emocional. E. White tenía buenas razones para sentir así:

“En la reunión del jueves por la mañana [en Ottawa, Kansas] referí algunas cosas relativas al encuentro de Minneapolis...    
Dios me dio alimento para el pueblo en el tiempo oportuno, pero rehusaron recibirlo debido a que no vino exactamente de la forma y manera en que querían que viniese. Los pastores Jones y Waggoner presentaron preciosa luz al pueblo, pero el prejuicio y la incredulidad, los celos y las conjeturas maliciosas cerraron las puertas de sus corazones, impidiendo la entrada de todo cuanto tuviera aquella procedencia... 
Sucedió lo mismo en la traición, juicio y crucifixión de Jesús; todo eso había pasado ante mí punto por punto, y el espíritu satánico tomó el control y se movió con poder sobre los corazones humanos que se habían entregado a las dudas, amargura, ira y odio. Todo eso prevaleció en aquel encuentro [Minneapolis]...  
Fui llevada a la casa en donde se alojaban nuestros hermanos, y abundaba la conversación y los sentimientos excitados, junto a algunos comentarios perspicaces y supuestamente agudos e ingeniosos. Se caricaturizaba y ridiculizaba a los siervos que el Señor envió, y se los presentaba bajo una luz ridícula. Me llegó el turno en sus comentarios, y la obra que Dios me había encomendado fue cualquier cosa menos halagadora. Se citaba mucho el nombre de Willie White, y se lo denunciaba y ridiculizaba, así como los nombres de los pastores Jones y Waggoner” (Carta 14, 1889. Original sin atributo de cursivas).

“Se sumaban a esa rebelión voces que me sorprendía oír... duras, atrevidas y resueltas en denunciar [a E. White]. Y de todos aquellos que se sentían tan libres y decididos en sus palabras crueles, ni uno sólo había venido a mí para saber si aquellos informes y suposiciones eran verdaderos... Después de oír todo aquello mi corazón se compungió en lo más profundo. Nunca había reflexionado sobre hasta qué punto podemos depositar la confianza en aquellos que dicen ser amigos, cuando el espíritu de Satanás halla morada en sus corazones. Pensé en la crisis futura, y por un breve momento me dominaron sentimientos que no puedo expresar en palabras... 'El hermano traicionará a muerte a su hermano'” (ídem).

No sería justo caracterizar como “emocional” la reacción de E. White, así como tampoco la de Jones y Waggoner; pero los tres eran seres humanos con corazones susceptibles a la afrenta. Los tres sintieron pena y dolor, así como los profetas de antaño. E. White lo percibió en particular como una premonición de la persecución final de los santos. De hecho, empleó el término “persecución” para describir la actitud de dirigentes hacia los mensajeros de 1888 (General Conference Bulletin 1893, p. 184).

Por otro lado, para los hermanos sinceros de aquella época resultaba chocante que E. White estuviera apoyando a dos jóvenes aparentemente deficientes, en contra del juicio sereno e imperturbable de casi todos los pastores y administradores de la clase dirigente. Ante la necesidad de “equilibrio”, ¿por qué apoyaba a los aparentemente desequilibrados? ¿Por qué estaba comparando la reacción de los hermanos contra el mensaje de Jones y Waggoner, con la reacción de los judíos contra Cristo?

Protagonizaban la oposición a 1888 pastores dedicados, sinceros, sacrificados y por demás laboriosos. Su preocupación por el progreso de la iglesia era genuina. Su principal temor consistía en que esa maravillosa visión de la justicia de Cristo llevara al fanatismo. Pero ese temor petrificó los corazones. Aparentemente hay una sola manera de entender esa misteriosa reacción. El estudio esmerado de las numerosas declaraciones de E. White indica que es a la revelación de la longitud, anchura, profundidad y altura del amor de Cristo (ágape) a lo que nuestros queridos y atareados hermanos estaban oponiéndose de forma instintiva. El amor revelado en la cruz “nos constriñe”, de modo que el creyente, de ahí en adelante, encuentra imposible seguir viviendo para sí mismo (2 Cor. 5:14 y 15). Lo cierto es que no fue bienvenido ese tipo de devoción por Cristo, esa mayor intimidad con él:

“Había evidencias para que todos pudieran discernir a quiénes reconocía el Señor como sus siervos. Pero hubo quienes despreciaron a los hombres y el mensaje que traían. Los criticaron duramente tratándolos como fanáticos, extremistas y maniáticos” (Testimonios para los ministros, p. 97; 1896).

“Esos hombres [que se oponían] han estado ocupando puestos de confianza y han estado modelando la obra a su propia semejanza, hasta el punto en que les fue posible...          
Han estado celosamente arengando contra el entusiasmo y el fanatismo…        
La fe que Dios ha encarecido a su pueblo que ejerza, es llamada fanatismo. Pero si hay algo sobre la tierra que debe inspirar a los hombres un celo santificado, es la verdad como es en Jesús... es Cristo, hecho para nosotros sabiduría, y justicia, y santificación y redención...   
Si hay algo en nuestro mundo que debe inspirar entusiasmo, es la cruz del Calvario” (ibíd., p. 80 y 81; 1895).

Se nos lleva así a los pies de la cruz de Cristo. Ahí está la misteriosa frontera continental en el adventismo, donde la fe y la incredulidad toman sus caminos divergentes. De entre todos los seres humanos, el ministro del evangelio o el administrador es quien afronta la tentación más insidiosa a ser indulgente con el amor al yo en su disfraz sutil. A menos que contemple esa maravillosa cruz y renuncie totalmente a su orgullo personal y profesional, se encontrará resistiendo de forma inconsciente el ágape allí revelado. En El progreso del peregrino, John Bunyan se refirió a la existencia de una senda que conduce al infierno, cuyo punto de partida es muy próximo a la entrada misma al cielo.

E. White no consideraba las presentaciones de Jones y Waggoner como siendo extremadas ni radicales. Al contrario, trataba de hacer reflexionar a los hermanos que las veían así. Declaraciones como la que sigue, publicadas insistentemente, han contribuido a que el mito perdure:

“La Sra. White [no] apoyaba las ideas propuestas por el pastor Waggoner con respecto a Gálatas... Parecía incluso tener el presentimiento de que los dos hombres que tanto destacaban en aquella época podrían desviarse con posterioridad, debido a las posiciones extremas que mantenían en ciertos puntos” (Christian, op. cit., p. 232).

Las observaciones que hizo E. White no iban dirigidas contra supuestas “posiciones extremas” que Waggoner hubiera tomado. Lejos de acusarlo de ser radical o extremista, la implicación de algún comentario de E. White es que algunos de sus puntos de vista eran inmaduros, que carecían de “perfección”. Según el plan de Dios, esa inmadurez debía ser superada mediante un cuidadoso “cavar en las minas de Dios en busca del preciado oro”. La luz que brilló en 1888 era sólo el “comienzo” de la luz que había de alumbrar toda la tierra con la gloria del Señor. Esa luz gloriosa comenzó a brillar mediante canales imperfectos, pero divinamente escogidos.

[Por cierto, si bien E. White no tomó en 1888 una postura decidida sobre “la ley en Gálatas”, hacia 1896 se aprestó a tomar posición: ¡Waggoner había tenido razón todo el tiempo! “El Espíritu Santo está hablando especialmente de la ley moral en este texto, mediante el apóstol” (Mensajes selectos, vol. I, p. 275)]

 

Se menosprecia la búsqueda de un precioso tesoro

No era el plan de Dios que fueran sólo uno o dos jóvenes quienes realizaran toda la excavación. Otras mentes más maduras debían sumarse al proceso, si estaban dispuestas a recibir “todo rayo de la luz que Dios envíe... aunque venga por medio del más humilde de sus siervos” (Ms. 15, 1888). El evangelio eterno debía desarrollarse en sus días en un todo maduro y completo, en condiciones de alumbrar la tierra con la gloria de la verdad.

De ser ese el propósito de Dios, es razonable que las posiciones tanto de Waggoner como de Jones no fuesen perfectas o maduras en ese estado inicial de desarrollo. Su cometido era especialmente estimular a sus hermanos a la búsqueda del tesoro eterno. Las mismas imperfecciones e inmadurez de sus puntos de vista debían haber suscitado la cooperación entusiasta de sus hermanos. Si aquellos dos jóvenes hubieran captado toda la luz en su perfección, ¿dónde quedaría el gozo de sus hermanos en el gratificante proceso del descubrimiento? Dios, en su infinita misericordia, los haría participantes de tal avance.

Fue ese privilegio lleno de gracia el que despreciaron los hermanos, atribuyendo a los precursores dedicados a la búsqueda de los ocultos filones de la verdad el carácter de “fanáticos” y “extremistas”. Sugerir que los mensajeros -aún en Minneapolis- fuesen inestables, en peligro de resultar “descarriados”, sosteniendo “puntos de vista extremos”, lanza una acusación injustificada sobre la propia E. White. ¿No habría hecho gala de una monumental ingenuidad al apoyar a aquellos jóvenes mensajeros, si eran tan indignos de confianza?

[Ver en el Apéndice el análisis de la acusación consistente en que Jones estaba enseñando el error de la “carne santa” y el perfeccionismo, pocos meses después del encuentro de 1888]

E. White arriesgó su reputación de forma casi temeraria al apoyar de forma entusiasta y persistente el mensaje que trajeron Jones y Waggoner. ¿Pudo el Señor escoger mensajeros tan inestables? ¿Les pudo confiar un mensaje tan potencialmente autodestructivo? ¿Es peligroso aceptar ser mensajero del Señor? ¡Podemos ciertamente esperar de la misericordia de Dios algo mejor que confiar a sus siervos mensajes autodestructivos!

Observemos brevemente cómo en varios encuentros de la Asociación General ha habido predicadores que han reconocido abiertamente que aquel espíritu contrario al mensaje de 1888 incluía el virtual desafío al ministerio de E. White:

“¿Qué fue lo que rechazaron los hermanos que en Minneapolis tomaron esa terrible posición? Rechazaron la lluvia tardía, el fuerte pregón del mensaje del tercer ángel.      
Hermanos, ¿no es terrible? Por supuesto, los hermanos no supieron que estaban haciendo eso, pero el Espíritu del Señor estuvo allí para mostrarles lo que estaban haciendo, ¿no es cierto? Pero cuando rechazaron el fuere pregón, “la enseñanza de justicia”, y entonces el Espíritu del Señor, mediante su profetisa, estuvo allí y nos dijo lo que estaban haciendo, entonces, ¿qué hicieron? Oh, sencillamente pusieron de lado a la profetisa, junto con lo otro” (A.T. Jones, General Conference Bulletin, 1893, p. 183. Original sin atributo de cursivas).

Nadie en la Asamblea le respondió, pues todos sabían que estaba diciendo la verdad. En el Concilio Anual de Rio de Janeiro en 1986, Robert W. Olson, de White Estate, también afirmó que en la asamblea de 1888 “se desafió públicamente” a E. White (Adventist Review, 30 octubre 1986). En 1889 la propia E. White declaró:

“El pastor Butler presentó ante mí el asunto en una carta, afirmando que mi actitud en esa asamblea [de 1888] casi quebrantó los corazones de algunos de nuestros hermanos ministeriales presentes en aquel encuentro…           
Puesto que algunos de mis hermanos me ven de la forma en que lo hacen: como si mi juicio no tuviera mayor valor que el de cualquier otro, o como alguien que no ha sido llamado a esta obra especial, y que estoy sujeta a la influencia de mi hijo Willie o de algunos otros, ¿por qué pedís a la hermana White que asista a vuestros encuentros campestres u otras reuniones especiales? No puedo ir. No podría haceros ningún bien, y significaría jugar con las sagradas responsabilidades que el Señor me ha encomendado… 
Cabe esperar que los incrédulos distorsionen estas palabras, que las malinterpreten. Eso no me sorprende. Pero que mis propios hermanos, conocedores como son de mi obra y misión, jueguen con el mensaje que el Señor me encomienda dar, agravia su Espíritu y me produce desánimo… 
Mis hermanos me han obstaculizado el camino” (Carta U-3, 1889).

Por supuesto, no todos los hermanos se opusieron a E. White de ese modo. Pero brillaba por su ausencia un apoyo decidido hacia ella. La humilde mensajera del Señor comprendió lo que estaba sucediendo en Minneapolis. Las abundantes bendiciones de la lluvia tardía propiciaron que la actitud de quienes habían sido hasta entonces sus amigos cambiase para mal:

“Dios no me ha llamado con el propósito de que atraviese la planicie para hablaros, y vosotros os paréis a cuestionar su mensaje y os preguntéis si la hermana White es la misma que venía siendo en los años precedentes…          
Entonces reconocisteis que la hermana White tenía razón. Pero de alguna forma eso ha cambiado ahora, y la hermana White es diferente. Justamente como la nación judía” (Ms. 9, 1888; Olson, p. 292). 

 

(4) Exilio de E. White en Australia

Era tal la determinación de quienes se oponían a E. White tras 1888, que la Asociación General la exilió virtualmente en Australia. Aun siendo cierto que el Señor hizo que su estancia en aquel continente revirtiera en el bien de su causa, nunca fue su voluntad que en aquel tiempo se enviara allá a E. White. Ella misma declaró que era la voluntad del Señor que el inspirado trío permaneciese reunido en América, peleando la buena batalla hasta obtener la victoria. Sus propios escritos indican que los hermanos dirigentes procuraban librarse tanto de E. White como de Waggoner.

Es bien sabido que E. White fue a Australia exclusivamente porque la Asociación General así lo decidió (¡un ejemplo encomiable de cooperación con la dirección de la iglesia, por parte de la mensajera del Señor!) En 1896 escribió con mucha franqueza al presidente de la Asociación General:

“Nuestra salida de América no vino del Señor. Él no reveló que fuese su voluntad que me ausentara de Battle Creek. El Señor no lo planeó, sino que permitió que obraseis según vuestras propias ideas. El Señor quería que W.C. White, su madre y sus obreros permanecieran en América. Se nos necesitaba en el centro de la obra, y si vuestra percepción espiritual hubiese discernido la verdadera situación, nunca habríais consentido en la decisión tomada. Pero el Señor lee el corazón de cada uno. Era tal el deseo de que nos fuéramos, que el Señor permitió que tal cosa ocurriera. Los que estaban hartos de los testimonios se pudieron librar de quienes los habían traído. Nuestra separación de Battle Creek fue para permitir que los hombres actuaran según su propia voluntad y caminos, que juzgaban superiores a los caminos del Señor.        
El resultado está ante vosotros. Si hubieseis permanecido en lo correcto no habríais tomado entonces aquella decisión. El Señor habría obrado en favor de Australia por otros medios, y en Battle Creek, el gran corazón de la obra, se habría mantenido una poderosa influencia.       
Habríamos permanecido allí hombro con hombro, creando una atmósfera saludable que se habría hecho sentir en todas nuestras asociaciones. No fue el Señor quien planeó aquello. No pude ver ni un rayo de luz en partir de América. Pero cuando el Señor me presentó esa cuestión tal cual era realmente, no abrí mis labios ante nadie porque sabía que nadie discerniría el asunto en su pleno significado. Muchos sintieron alivio cuando nos fuimos, aunque no sea especialmente su caso, y eso desagradó al Señor, pues él nos había colocado en los engranajes de la maquinaria en Battle Creek.     
Esta es la razón por la que le escribo. El pastor Olsen no tuvo la percepción, el valor ni la fuerza para llevar las responsabilidades, y tampoco hubo ningún otro dispuesto a cumplir la obra que el Señor quería que hiciéramos. Le escribo, pastor Olsen, manifestándole que era el deseo de Dios que permaneciésemos lado a lado con usted, para aconsejarle, instruirle, y para que actuáramos unidos...  
Usted no estaba discerniendo. Permitió que se alejara de usted la profunda experiencia y conocimiento provenientes de una fuente superior a la humana, y en ello se equivocaron y se pasaron por alto los caminos del Señor… No se vio la necesidad de seguir este consejo.      
Que en Battle Creek sintiesen que podían enviarnos en aquel momento, obedecía a designios humanos y no a los del Señor... El Señor quería que estuviésemos próximos a las casas publicadoras para tener fácil acceso a esas instituciones, a fin de que pudiéramos aconsejar... ¡Cuán terrible es tratar al Señor con hipocresía y negligencia, burlarse orgullosamente de su consejo debido a que la sabiduría del hombre parece tan superior!” (Carta a O.A. Olsen, 127, 1896).

Los que pretenden que los dirigentes de la iglesia aceptaron el mensaje de 1888, pueden interpretar los años que E. White pasó en Australia en términos de cooperación de la Asociación General con el Espíritu Santo. Es cierto que E. White tuvo la oportunidad de escribir cartas positivas a “casa”. Pero privar a Norteamérica de su ministerio personal en aquel momento crítico tuvo por resultado “en gran medida” la derrota del comienzo del mensaje del fuerte pregón.

E.J. Waggoner sufrió un exilio semejante al ser enviado a Inglaterra la primavera de 1892. Hay también evidencia de que no fue precisamente celo misionero lo que lo obligó a ir allí. E. White ya había partido; ahora habría de irse también el segundo miembro del trío especial. En la tesis doctoral de Gilbert M. Valentine sobre W.W. Prescott descubrimos lo siguiente:

“Según W.C. White, la Sra. White, que aparentemente conservaba aún recuerdos de las injusticias del período posterior a 1888, declaró que le había sido mostrado que ‘aunque algunos de los nuestros se alegraban por haberlo apartado [a E.J. Waggoner] de la obra en Battle Creek destinándolo a la obra en Inglaterra’, debía ser traído de vuelta 'para servir como profesor en el corazón de nuestra obra'” (W.C. White a A.G. Daniells, 30 mayo 1902” William Warren Prescott: Seventh-day Adventist Educator, vol. I, p. 289).

Un año antes de ir a Australia E. White abrió su corazón a J.S. Washburn, un joven pastor. Como Jeremías, escribió una carta casi desde la desesperación. Obsérvese la vívida descripción que hizo del clima prevaleciente en Battle Creek:

“Asisto a reuniones en las pequeñas iglesias, pero siento que no tengo fuerzas para servir con la iglesia que ha tenido mi testimonio de forma tan abundante. A quienes han tomado posición contra mi mensaje, sin hacer movimiento alguno para cambiar su postura de resistencia a pesar de todo lo que el Señor me ha encargado que diga en demostración del Espíritu y de poder, no tengo esperanza alguna de poder ayudarles con ninguna otra palabra que pudiera añadir. Han resistido los llamados del Espíritu de Dios. No albergo esperanza de que el Señor tenga en reserva algún poder capaz de quebrantar su resistencia; los dejo en manos de Dios, y a menos que el Señor me emplace inequívocamente a hablar en el tabernáculo [de Battle Creek], no voy a intentar decir nada hasta que aquellos que han tomado parte en obstaculizar mi camino lo despejen… no tengo fuerzas para contender con el espíritu, resistencia, dudas e incredulidad con que han blindado sus almas, de forma que no vean cuando viene el bien [Jer. 17:6]. Me siento mucho más libre hablando a incrédulos. Demuestran interés...     
Hablar a hombres en puestos de responsabilidad allí donde ha brillado gran luz, es lo más duro de este mundo. Se les ha enviado luz, pero han preferido las tinieblas…          
Puede estar seguro de que tengo un gran pesar en mi corazón… Aún está por ver cómo va a terminar esta obstinada incredulidad” (Carta W32, 1890).        

 

¿Tiene la década de 1890 un mensaje para tiempos futuros?

El ministerio de E. White en la iglesia adventista del séptimo día exhibe frecuentemente esa cualidad típica de Jeremías. El antiguo mensaje del profeta es verdad actual. Lo ocurrido en 1888 es como una parábola, y Dios va a probarnos de nuevo.

Debido a que los hechos de nuestra historia de 1888 han sido tan ampliamente malinterpretados, nuestra actitud contemporánea sigue estando aún caracterizada por una falta de aprecio hacia la obra de Jones y Waggoner. Parecemos seguir temiendo que su mensaje pudiera llevarnos al fanatismo. Seguimos presos de la falsa suposición de que desvió a los dos mensajeros, ocasionando que apostataran. Por tanto tiempo como sigamos pensando así, en caso de que el Señor envíe más perlas de verdad ante nosotros, lo único que podremos hacer es reaccionar ante ese mensaje como lo hizo la oposición en la era de 1888.

No es que estemos heredando hoy algún tipo de culpa genética de nuestros antepasados que rechazaron la gran oportunidad de los siglos: el comienzo de la lluvia tardía y el fuerte pregón; pero somos sus descendientes espirituales. Las Sagradas Escrituras no enseñan la transmisión genética del pecado de una generación a otra, se trate de pecado “original”, o de otro tipo. Pero existe otro modo no genético de transmisión del pecado: “El pecado entró en el mundo por un hombre”. “El pecado abundó” y “reinó para muerte”. “Todo el mundo quede bajo el juicio de Dios” (Rom. 5:12, 20 y 21; 3:19). La siguiente declaración arroja luz sobre esa misteriosa transmisión de pecado:

“La naturaleza humana se corrompió en su mismo origen. Y desde entonces el pecado ha continuado ya siempre su odiosa obra, extendiéndose de una mente a otra. Todo pecado cometido revive los ecos del pecado original...
La dependencia mutua es algo maravilloso. Se debiera estudiar cuidadosamente la influencia recíproca...
Cada generación sucesiva potencia alguna faceta de la maldad de la generación precedente, avanzando en el camino de la impenitencia y rebelión. Dios está observando, midiendo el templo y sus adoradores...     
Nadie vive para sí mismo. Consciente o inconscientemente está influenciando a otros para bien o para mal... ¿No es acaso tiempo de que un pueblo se levante en independencia moral, albergando al mismo tiempo un sentido de su dependencia de Dios?...
El Señor ha enviado a nuestro mundo un mensaje de advertencia: el mensaje de los tres ángeles. Todo el cielo está esperando oírnos vindicar la ley de Dios” (Review & Herald, 16 abril 1901).

Tenemos más luz que nuestros antepasados, lo que conlleva mayores responsabilidades. La profunda desafección hacia Cristo que hizo que se rechazara el mensaje de 1888 es hoy mucho más sutil, más sofisticada y soterrada hasta no resultar evidente para nuestra conciencia. Pero no es menos real. Sólo la iluminación del Espíritu Santo la hará manifiesta. Finalmente llegará para todos y cada uno el momento en que “se presentará la cruz y toda mente que fue cegada por la transgresión verá su verdadero significado. Ante la visión del Calvario con su Víctima misteriosa, los pecadores quedarán condenados” (El Deseado de todas las gentes, p. 40). ¿No sería una bendición si pudiéramos ver hoy esa cruz, antes que sea demasiado tarde?

El Espíritu Santo capacita al creyente sincero a fin de que pueda verse reflejado en los antiguos personajes de la Biblia. Puede igualmente capacitarnos para que nos veamos en nuestros antepasados de hace un siglo. No somos de forma innata mejores que ellos. El Espíritu Santo nos puede curar del tipo de ceguera que permite ver el mal solamente cuando es suficientemente remoto y distante en el pasado, mientras que fallamos en reconocerlo cuando se encuentra entre nosotros. La Palabra de Dios siempre ha sido fiel.

“Sin la iluminación del Espíritu de Dios no seremos capaces de discernir la verdad del error, y caeremos bajo las portentosas tentaciones y engaños que Satanás traerá al mundo.           
Nos acercamos al final de la controversia entre el Príncipe de la luz y el de las tinieblas, y los engaños del enemigo van a poner pronto a prueba qué tipo de fe es la que tenemos” (Review & Herald, 29 noviembre 1892).

 

Conclusión

El reconocimiento de que nuestros antepasados insultaron al verdadero Cristo y al verdadero Espíritu Santo no significa malas nuevas, y descubrir la realidad de nuestra oculta y arraigada resistencia al “testimonio de Jesús” es ciertamente una bendición. No podemos prepararnos para las pruebas que nos esperan en el futuro, excepto que afrontemos ahora la verdad de nuestro pasado y presente. La verdad es positiva, animadora y elevadora.

Las buenas nuevas consisten en que el Cielo ha estado todo el tiempo más dispuesto de lo que suponíamos a conceder el derramamiento final del Espíritu de Dios. Es solamente nuestra continua resistencia, a menudo inconsciente, la que ha impedido por más de un siglo el derramamiento del Don, por más que hayamos orado pidiéndolo.

Enfrentar la verdad de forma sincera ha de ser una experiencia gozosa. El progreso y la estabilidad de la iglesia organizada no pueden resultar sino bendecidos.


 

 

Capítulo 7

(índice)

Un examen más detenido de las confesiones
 

Las confesiones que hicieron después de 1888 los que se opusieron al mensaje están rodeadas de misterio. Llegó el tiempo de la lluvia tardía y el fuerte pregón, y retrocedimos ante nuestra gran oportunidad. También Israel llegó a los límites de la tierra prometida, para retroceder entonces.

El arrepentimiento profundo y genuino es una rara virtud. Pero a la luz del sacrificio de Cristo, no se trata de algo imposible. Por otra parte, hay cierto tipo de confesiones que son tan superficiales como la de Esaú o la del rey Saúl. Ambos reconocieron errores y ambos derramaron lágrimas, pero ninguno de ellos alcanzó el arrepentimiento que logra restaurar lo que se había perdido.

La historia de Israel en Cades-Barnea y lo que siguió, ilustran la experiencia de nuestro movimiento durante y después del encuentro de Minneapolis. Israel cometió un error y después se “arrepintió”, pero aquella generación nunca recuperó lo que había perdido.

El arrepentimiento y confesión hechos sin comprender la gravedad del pecado acarrean graves consecuencias:

“Los israelitas parecieron arrepentirse entonces sinceramente de su conducta pecaminosa; pero se entristecían por el resultado de su mal camino y no porque reconocieran su ingratitud y desobediencia… Dios probó la sumisión aparente de ellos, y vio que no era verdadera… pero sólo sintieron temor al darse cuenta de que habían cometido un error fatal, cuyas consecuencias iban a resultarles desastrosas. No habían cambiado en su corazón y sólo necesitaban una excusa para rebelarse otra vez…    
A pesar de que su confesión no procedía de un arrepentimiento verdadero, sirvió para vindicar la justicia con que Dios los había tratado.   
Aun hoy obra el Señor de una forma similar para glorificar su nombre e inducir a los hombres a reconocer su justicia… Y a pesar de que el espíritu que incitó a aquellas personas a seguir su impía conducta no ha cambiado radicalmente, hacen confesiones que vindican el honor de Dios, y justifican a aquellos que les reprendieron fielmente y a quienes resistieron y calumniaron” (Patriarcas y profetas, p. 412-414).

Una pluma inspirada indica que esa fue la naturaleza de las confesiones hechas después de 1888 por los dirigentes más influyentes que habían rechazado inicialmente el mensaje.

Pero las opiniones ampliamente publicadas en nuestros días sostienen que la mayoría de los hermanos que se opusieron en Minneapolis rectificaron su error, hicieron humildes y profundas confesiones, se arrepintieron cabalmente y a partir de entonces predicaron “con poder” el mensaje de 1888.

¿Qué dicen las evidencias?

(1) Las confesiones fueron virtualmente arrancadas por circunstancias abrumadoras e innegables. “Ante vosotros está la evidencia actual de que él está obrando, y tenéis ahora la obligación de creer”, dijo E. White en 1890 (Testimonios para los ministros, p. 466). La fe había sido sustituida casi totalmente por la vista.

(2) Hay evidencia de que los más preeminentes e influyentes de entre quienes hicieron confesión actuaron con posterioridad contrariamente a sus confesiones.

(3) Difícilmente puede hablarse de reconciliación franca, sincera, que llevara a una unión fraternal con A.T. Jones y E.J. Waggoner, o a la aceptación de su mensaje, ya que fue después de las confesiones cuando E. White fue exiliada a Australia y Wag­goner a Inglaterra. En fecha tan tardía como 1903, los pastores G.I. Butler y J.N. Loughborough, en la asamblea de la Asociación General, representaron de forma incorrecta la verdadera posición de Jones y Waggoner, ante las protestas verbales de estos últimos (ver capítulo 10).

(4) El asunto a debatir no es la salvación personal de las almas de los pastores que se opusieron. Pero no hay evidencia alguna de que se arrepintieran de haber sofocado el derramamiento del Espíritu Santo en la lluvia tardía, o de haber suprimido la luz del fuerte pregón manteniéndola “en gran medida” lejos del mundo y de la iglesia. Por lo tanto, consecuentemente a la rebelión de Minneapolis fue inevitable que la proclamación a nivel mundial del mensaje del fuerte pregón resultara pospuesta indefinidamente.

(5) Con excepción de W.W. Prescott, no hay evidencia de que ninguno de quienes hicieron confesión recuperara la esencia del mensaje de 1888 hasta el punto de ser capaz de proclamarlo (Saulo de Tarso se arrepintió tan completamente como para poder predicar ya siempre a partir de entonces el evangelio con poder). N. Pease afirma que al darse el cambio del siglo XIX al XX, ninguno de quienes inicialmente rechazaron el mensaje de 1888 estaba proclamándolo eficazmente:

“Durante los años noventa, el reavivamiento centrado en esa gran doctrina era fundamentalmente obra de las mismas tres personas: la Sra. White, E.J. Waggoner y A.T. Jones. Es cierto que ha­bía muchas voces en sintonía, pero hacia el 1900 no se destacaba ningún Elías en disposición de recoger el manto en caso de que les sucediera algo a los tres principales campeones de la doctrina” (By Faith Alone, p. 164).

El examen de los mensajes que los “confesos” publicaron después de sus confesiones, confirma la declaración precedente. El arrepentimiento verdadero habría dado como resultado una multitud de poderosos mensajeros dinamizados por el evangelio en la proclamación del “preciosísimo mensaje”, lo que habría reavivado profundamente la iglesia y alumbrado la tierra con su gloria (Apoc. 18:1). Pero el 5 de noviembre de 1892 E. White tuvo que reconocer que “ninguno” de los que originalmente rechazaron el mensaje había recuperado lo que perdió por su incredulidad precedente (Carta B2a, 1892). Esa declaración es posterior a la fecha de las confesiones más prominentes.

 

Evaluación actual de las confesiones posteriores a 1888

La frecuentemente citada declaración de un obrero veterano, provee la base para gran parte del malentendido actual sobre lo que aconteció después de Minneapolis.

“Temprano en la primavera de 1889 se empezó a oír que quienes habían tenido parte con la oposición en la asamblea comenzaban a ver la luz, y pronto hubo fervientes confesiones. En unos dos o tres años la mayoría de los dirigentes que rehusaron la luz en la asamblea, habían dado el paso al frente con claras confesiones” (C. McReynolds, “Experiences while at the G.C. in Minn. In 1888”, D File, 189, E.G. White Estate. Cf. N.F. Pease, op. cit., p. 142 y 143).

“Las confesiones anteriormente mencionadas, en algunos casos eran indudablemente el fruto de sobria reflexión, [hecha posible] una vez que las personas implicadas se hubieron alejado del escenario de la controversia” (Pease, op. cit., p. 144).

Otra declaración, en Captains of Host, apoya la teoría de que las confesiones revirtieron realmente la oposición de 1888:

“El cambio y el retorno a la unidad de la fe se produjeron de forma gradual. Los mensajes que  escribía [E. White] llevando el evangelio de justicia y buena voluntad en Cristo, tenían un poder tan cortante como curativo, y en general llevaron a la unidad a los hermanos que hasta entonces habían estado alejados” (Spalding, op. cit., p. 598 y 599).

La Seventh-day Adventist Encyclopedia presenta el mismo punto de vista:

“El malentendido, la oposición y la división oscurecen el registro de aquel encuentro [de 1888]. Sin embargo, muchos que se negaban en 1888 a aceptar ese nuevo énfasis, cambiaron después su punto de vista. Algunos persistieron en su oposición por un tiempo” (p. 1.086).

En The Fruitage of Spiritual Gifts no se hace mención alguna a las confesiones, puesto que el autor asume que en general el mensaje de 1888 fue bien recibido desde el inicio, en la propia asamblea de Minneapolis.

La posición que hoy predomina es -con diferencia- la de que “tenemos” el mensaje de 1888 como segura posesión, bien sea porque nuestros antepasados lo aceptaran inicialmente, o bien debido a sus posteriores confesiones y arrepentimiento. Por lo tanto, “hemos” estado proclamándolo con poder por décadas. Pero hemos de preguntarnos si acaso no es precisamente esa la mentalidad de “soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad”.

 

Serios problemas planteados por esa teoría

Si las confesiones de los que se opusieron en Minneapolis cambiaron realmente su actitud, de forma que pudieron proclamar el mensaje eficazmente a nuestro pueblo y al mundo, se plantean ciertas preguntas que demandan respuesta.

(1) ¿Dónde está la evidencia de que el mensaje y la luz de 1888 fueron recuperados y proclamados a nuestro pueblo de forma clara y poderosa por los mismos hermanos arrepentidos? ¿Dónde está la evidencia de que la oposición cesó, más bien que pasar a hacerse subterránea?

(2) ¿Por qué no se concluyó la “obra” poco tiempo después de haber tenido lugar las confesiones y arrepentimiento? La oposición en Minneapolis asfixió el fuerte pregón; lógicamente un arrepentimiento apropiado tendría que haberlo restaurado.

(3) ¿Cómo explicar las persistentes y numerosas declaraciones de E. White en época tan tardía como el año 1901, a propósito de que los dirigentes tergiversaban y se oponían continuamente al mensaje? Reproducimos una de ellas, en la que destaca la ausencia de reforma genuina que sigue siempre al arrepentimiento:

“Siento un interés especial en los movimientos y decisiones que se den en esta asamblea [1901] en relación con las cosas que debieron haberse hecho hace años, especialmente hace diez años cuando nos reunimos en asamblea… Los hermanos asintieron a la luz dada, pero… no se actuó de acuerdo con ella. Hubo asentimiento pero no se hizo ningún cambio especial que llevara a un estado de cosas que hiciera posible la revelación del poder de Dios entre su pueblo. Se ha hecho el mismo reconocimiento año tras año… Me maravilla que disfrutemos hoy de una prosperidad como la presente. Es debido a la gran misericordia de Dios, no debido a nuestra rectitud, sino a fin de que su nombre no sea deshonrado ante el mundo” (General Conference Bulletin 1901, p. 23. Original sin atributo de cursivas).

En una declaración de apoyo a la organización, y de esperanza de reforma, escrita una semana más tarde, mostró cuál era su auténtico anhelo: “Muchos que han estado más o menos fuera de la senda desde el encuentro de Minneapolis, serán traídos a la senda” (p. 205).

Uno de los mensajes proféticos más conmovedores de E. White es su testimonio: ‘Lo que pudo haber sido’ (5 enero 1903; Testimonies, vol. VIII, p. 104-106). El magnífico arrepentimiento que nuestros historiadores afirman que había tenido lugar, resulta ser sólo un sueño: “lo que pudo haber sido” y no fue.

 

El testimonio de nuestra historia

Es sabido que Uriah Smith fue uno de los mayores opositores al mensaje. Como redactor de la Review & Herald, y con su bien ganado prestigio como autor destacado, podía haber ejercido la más poderosa influencia en favor del mensaje. Sus razonamientos lógicos e incisivos estimulaban las mentes reflexivas. Ese hermano capaz y dedicado, manejaba la pluma más poderosa en Battle Creek, y podía haber contribuido a alumbrar la tierra con la gloria de la verdad llevada a su madurez. El Espíritu Santo podía haber empleado al autor de Thoughts on Daniel and the Revelation si su corazón y mente brillante se hubiesen aprestado a la feliz tarea.

Prefirió no hacerlo. Consideraba el mensaje meramente como una “doctrina” que se había exagerado, y mantenía que siempre la habíamos enseñado. Inmediatamente después de Minneapolis, él y W.W. Prescott trataron de silenciar a A.T. Jones en Battle Creek. E. White menciona el incidente:

“El Pastor Uriah Smith pensaba que era mejor que no se invitara a [A.T. Jones] a hablar, pues sostenía posiciones muy tajantes. Y se tomaron las medidas para excluirlo de la escuela [de Battle Creek]” (Ms. 16, 1889).

[Sólo la influencia de E. White aseguró a A.T. Jones el púlpito y el aula. W.W. Prescott se unió a Uriah Smith para negar el púlpito a Jones en Battle Creek].

Los esfuerzos por ayudar a Smith no hicieron más que aumentar su obstinación. Durante mucho tiempo no hubo “reflexiones sensatas” capaces de hacerle cambiar de opinión.

En marzo de 1890, E. White escribió en la Review:

“He procurado presentaros el mensaje tal como lo he comprendido, pero ¿por cuánto tiempo se mantendrán alejados los que están a la cabeza de la obra?...  
Durante casi dos años hemos estado instando al pueblo a que venga y acepte la luz y la verdad relativa a la justicia de Cristo, y no saben si venir y aferrarse a esa preciosa verdad o no hacerlo… Puedo hablar al oído, pero no al corazón. ¿No nos pondremos en pie y abandonaremos la incredulidad?” (Review & Herald, 18 marzo 1890).

Finalmente, después de estar en “la obligación de creer” (Testimonios para los ministros, p. 466), el pastor Smith iba sin a la deriva sin ancla, y estaba en peligro de perderse:

“El hermano Smith está entrampado por el enemigo y en su actual situación no puede dar a la trompeta un sonido certero… a pesar de ello… ocupa posiciones como instructor, para dejar su impronta y modelar las mentes de los estudiantes, siendo que es un hecho bien conocido que no está andando en la luz. No está obrando según la disposición divina. Está sembrando semillas de incredulidad que han de florecer y dar fruto que algunas almas van a cosechar… El pastor Smith no quiere recibir la luz que Dios ha proporcionado para corregirlo, y no tiene el espíritu para remediar mediante la confesión cualquier curso erróneo que haya seguido en el pasado… Se me ha mostrado que en su situación actual, Satanás ha dispuesto sus tentaciones para aplastar del todo su alma” (Carta a O.A. Olsen, 7 octubre 1890).

“Tengo gran pena en el corazón. Sé que Satanás está procurando dominar a las personas… Hombres como el pastor Smith van a endurecer sus corazones a menos que disciernan y se conviertan. Los hay que miran al pastor Smith, pensando que un hombre a quien le ha sido dada tanta luz sabrá discernir cuando venga el bien, y reconocerá la verdad. Pero se me ha mostrado que en el carácter del pastor Smith existe un orgullo y obstinación que jamás han sido puestos en plena sujeción al Espíritu de Dios. Su experiencia religiosa ha sido echada a perder una y otra vez por su determinación a no confesar sus errores, sino pasarlos por alto y olvidarlos. Los hombres pueden acariciar ese pecado hasta que deja de haber perdón para ellos” (Diario, 10 junio 1890, Battle Creek).

Estas solemnes palabras evidencian el amor cristiano que E. White tenía hacia U. Smith. A la luz de la eternidad es más codiciable la verdad que el autoengaño. En otras declaraciones podemos apreciar la gravedad que había alcanzado la situación:

“Los hombres en posiciones de responsabilidad han chasqueado a Jesús. Han rehusado preciosas bendiciones; han rehusado ser canales de luz… Rehúsan aceptar el conocimiento que recibirían de Dios, y de esa forma vienen a ser canales de tinieblas. Se contrista al Espíritu de Dios” (Ms. 13, 1889).

“Nuestros hombres jóvenes miran a los veteranos, que se mantienen inmóviles como un poste y se niegan a avanzar aceptando la nueva luz que se les traiga; se reirán y ridiculizarán como si lo que dicen y hacen esos hombres fuera intrascendente. ¿Quién lleva la carga [de culpa] de esa burla y desprecio?... Se han interpuesto ante la luz que Dios ha dado, a fin de evitar que llegue al pueblo que debía recibirla” (Ms. 9, 1890).

“El diablo ha estado obrando durante un año para enterrar totalmente esas ideas [el mensaje de 1888 de la justicia de Cristo]… ¿Por cuánto tiempo se van a mantener en contra de Dios los que están al timón de la obra? ¿Por cuánto tiempo van a sostenerlos los que están aquí, a fin de que continúen con ese proceder? Hermanos, apartaos del camino. Quitad vuestra mano del arca de Dios y dejad que venga el Espíritu de Dios y obre poderosamente” (ídem).

La influencia negativa del redactor de la Review se esparció a lo largo y a lo ancho. E. White lo tenía en gran medida por responsable:

“Usted [Uriah Smith] ha fortalecido las manos y las mentes de hombres como Larson, Porter, Dan Jones, Eldridge, Morrison y Nicola, y de muchos otros a través de ellos. Todos lo citan a usted, y el enemigo de toda justicia lo observa complacido… En el caso de que recuperara su fe, ¿cómo podría borrar las impresiones de incredulidad que ha sembrado en otras mentes? No se esfuerce tanto en realizar la misma obra que está haciendo Satanás. Dicha obra se efectuó en Minneapolis. Triunfó Satanás” (Carta 59, 1890).

Cuando E. White trató de ayudarlo, él respondió escribiéndole “una carta en la que acusaba al pastor Jones de demoler los pilares de nuestra fe” (Carta 73, 1890; ver Nota Adicional, capítulo cuatro). Finalmente, tras haber comenzado el nuevo año de 1891, confesó ante sus hermanos y pidió perdón a la Sra. White por su actitud equivocada. Eso fue bueno. Smith era un hombre sincero. Nuestra Seventh-Day Adventist Encyclopedia admite su oposición inicial al “nuevo énfasis sobre la justicia por la fe”, pero acredita su confesión como restaurando la “plena armonía” (p. 1.201). Desgraciadamente no sucedería así.

El pastor Smith había tenido previamente experiencias parecidas. En ocasiones su fe en la obra de E. White no fue muy sólida, y propagaba a otros su incredulidad. Sus cartas difícilmente pudieron ejercer otra influencia que no fuera llevar a D.M. Canright a cuestionar la inspiración de E. White (ver, por ejemplo, las cartas de Uriah Smith a Canright escritas el 22 de marzo, 6 de abril, 31 de julio, 7 de agosto y 2 de octubre de 1883). Un pequeño empujón bastaría para hacer que se hundiera alguien que a duras penas estaba logrando mantenerse a flote.

¿Fue genuino y duradero el arrepentimiento del pastor Smith de principios de 1891? Bien podía haberlo sido. Así lo deseaba el Señor. Dirigiéndose a la redacción de Review & Herald, E. White afirmó que “el Señor borrará las transgresiones de aquellos que desde aquel tiempo se han arrepentido con un arrepentimiento sincero”.

 

Algo se malogró

El gozo por las confesiones debe enmarcarse en la perspectiva de la historia subsecuente. Como ya hemos visto, E. White declaró más tarde que había existido una influencia en la redacción de la Review & Herald del tipo: “’Sí Señor, voy’, pero no fue” (Mat. 21:30). No está en cuestión la sinceridad y la bondad de los hermanos; queremos simplemente señalar la existencia de niveles profundos de incredulidad de los que no eran conscientes. “Los hermanos asintieron a la luz que Dios había dado, pero hubo quienes estaban relacionados con nuestras instituciones, especialmente la dirección de Review & Herald y la Asociación [General], que introdujeron elementos de incredulidad, de forma que no se actuó de acuerdo con la luz dada” (General Conference Bulletin 1901, p. 23. Original sin atributo de cursivas).

Después que Uriah Smith hubo confesado, E. White le animó a que viera las cosas en la luz correcta. La profetisa sabía que Smith no estaba dando a la trompeta un sonido certero en la Review. Más de un año tras su confesión, E. White le escribió en un tono de advertencia y consejo, afirmando claramente que había retornado a su anterior postura de oposición:

“Algunos de nuestros hermanos… están llenos de celos y malas sospechas, y están más que dispuestos a mostrar de qué modo están en desacuerdo con los pastores Jones o Waggoner. En la primera oportunidad se manifiesta el mismo espíritu que se manifestó en el pasado; pero eso no sucede por impulso del Espíritu de Dios…         
Si [los pastores Jones y Waggoner] fueran vencidos por la tentaciones del enemigo,… cuántos…  no entrarían en un engaño fatal debido a no estar bajo el control del Espíritu de Dios” (Carta S24, 1892. Original sin atributo de cursivas).

El pastor Smith parecía tener una percepción equivocada de la condición espiritual de la iglesia. Como en épocas anteriores (1882), continuaba “valorando demasiado favorablemente el tiempo actual” (cf. Testimonies for the Church, vol. V, p. 80). No podemos condenarlo por no gozar del discernimiento del don profético. Pero su optimismo irreal lo convierte en auténtico paradigma de Laodicea. Sus ingenuos lectores no podían entonces discernirlo; nosotros, un siglo después, podemos, toda vez que la historia ha dado la razón al Espíritu de profecía al que tan claramente se opuso U. Smith. En un artículo editorial del 14 de marzo de 1892 vemos un ejemplo de su inusitado optimismo:

“La causa ha progresado con creciente rapidez, especialmente en estos últimos años. La intención es llamar aquí la atención al maravilloso ímpetu alcanzado por la causa de la verdad presente. Está avanzando por todo lugar. Su avance es mayor cada día que pasa. Está creciendo con un poder imparable. Al ritmo en el que está actualmente progresando, pronto alcanzará su meta. Está acelerando los pasos hacia su triunfo final” (Uriah Smith, Review & Herald, 14 marzo 1892).

La mensajera del Señor no parecía tan complacida, pues era consciente de una grave detención de la obra en nuestras propias filas en el presente, así como del amenazante fantasma de un prolongado retraso en el futuro. La historia ha demostrado que el artículo editorial del pastor Smith fue un juicio superficial y errado. Así lo manifestó la propia E. White en aquel tiempo:

“La oposición en nuestras propias filas ha impuesto a los mensajeros del Señor una obra extenuante y probatoria, pues han debido enfrentar dificultades y obstáculos que jamás debieron existir… Son los elementos que operan entre nosotros los que han obstaculizado el mensaje…          
La influencia resultante de resistir la luz y la verdad en Minneapolis tendió a dejar sin efecto la luz que Dios había dado… 
La obra lleva años de retraso. ¿Qué cuenta se rendirá a Dios por retardar así la obra?” (General Conference Bulletin 1893, p. 419).

El descaminado redactor seguía vez tras vez una línea de pensamiento diametralmente opuesta a la verdad presente, una línea en oposición a la justicia de Cristo resonando en el comienzo del fuerte pregón. Su oposición era frecuentemente confrontada de forma dramática por artículos de E. White u otros, escritos como aparentes coincidencias. Hay que decir en su favor que Smith los publicaba. El control editorial era menos severo en aquellos días que en los nuestros. Pero su mentalidad estaba bien determinada.

En fecha tan tardía como 1892, tiempo después de la confesión del redactor, E. White le escribió así: “La posición que tomó al principio con respecto al mensaje y al mensajero le ha venido siendo un continuo lazo y una piedra de tropiezo... Aquella pérdida sigue siendo aún su pérdida” (Carta S24, 1892).

Lo encontramos escribiendo un editorial donde afirma que el mensaje presente no es el comienzo del fuerte pregón; que eso pertenece al futuro. Su punto de vista consistía en el determinismo soberano divino, virtualmente equivalente al del moderno calvinismo post-Reforma. Según eso, no podemos apresurar ni retardar la venida del Señor:

“¿Sería apropiado ahora para el pueblo de Dios fijar la mente en esas bendiciones y poder futuros, y desatendiendo el resto de cosas, hacer de eso el fin y objeto supremo de la búsqueda? ¿Debiéramos fijar la mente en lo que está por venir y razonar entonces: la iglesia debe tener tales y tales obras poderosas, ha de alcanzar una cierta condición, y concluir entonces que en detrimento de deberes más próximos debiera buscar de forma especial obtener ese poder y esos logros ahora? ¿Es esa la forma en que vamos a asegurar esas bendiciones?...       
Todos esos avances vendrán en el tiempo decidido por el Señor. Dios otorgará a su pueblo el poder necesario en el tiempo propicio… Traerá el fuerte pregón del mensaje… Dejemos que sea Aquel a quien pertenece la obra quien otorgue las bendiciones futuras, de la forma y en el tiempo que a él parezca bien” (U. Smith, Review & Herald, 14 mayo 1892).

Por toda apariencia el pastor Smith ignoraba que “el tiempo decidido por el Señor” ha sido y es siempre ahora, desde que el séptimo ángel comenzó a tocar la trompeta en 1844. “El tiempo no será más” (Apoc. 10:6). Sólo una semana después apareció un artículo de E. White rebatiendo el espíritu de ese confuso artículo editorial. También S.N. Haskell envió pronto un ferviente artículo opuesto al tono de “paz y seguridad” del escrito del redactor (26 julio, 1892). Y también el presidente Olsen quiso refutar al editor en las propias columnas de su revista:

“Hemos estado hablando por mucho tiempo del fuerte pregón del mensaje del tercer ángel… ¿Ha llegado el tiempo de que se oiga ese fuerte pregón?... Hermanos, ciertamente ha llegado el tiempo… No esperéis que venga en el futuro; no lo esperéis en algún otro lugar; daos cuenta de que está aquí, con lo que eso significa” (Review & Herald, 8 noviembre 1892).

En aquel tiempo conmovedor de excepcional oportunidad escatológica, el redactor de la Review seguía dedicado a sus recalcitrantes homilías consistentes en el examen y refutación de los argumentos en favor del domingo. Había algo de patético en aquella situación: en el tiempo mismo del fuerte pregón, U. Smith seguía apegado a un estilo polémico y apologético frente a la sutil oposición irreflexiva contra la verdad del sábado, algo que había tenido mucho mayor sentido treinta años atrás. Podemos imaginar a los ángeles implorando: “Sr. Laodicea, ¡despierte!”

A propósito de una ceguera tal en reconocer la obra de Dios, E. White escribió:

“Con demasiada frecuencia el dirigente ha estado vacilando y pareciendo decir: ‘No nos apresuremos demasiado. Puede haber un error. Debemos tener cuidado de no provocar una falsa alarma’. La misma vacilación e incertidumbre de su parte, clama: ‘Paz y seguridad’ (1 Tes. 5:3). ‘No os excitéis. No os alarméis. Se le da a esta cuestión de la Enmienda Religiosa más importancia de la que tiene. Esta agitación se apagará’. En esta forma se niega virtualmente el mensaje enviado por Dios; y la amonestación que estaba destinada a despertar la iglesia no realiza su obra. La trompeta del atalaya no emite un sonido claro, y el pueblo no se prepara para la batalla” (Testimonies, vol. V, p. 715 y 716).

Esa política editorial y ese tipo de mentalidad llevaron a un resultado inesperado. Una vez pasados los efectos emocionales de su confesión, U. Smith volvió a su anterior oposición y desentendida ceguera.

Finalmente, en diciembre, E. White se expresó en términos inequívocos:

“Hallándonos ante la crisis, no es el momento de albergar un corazón malvado de incredulidad que se aparta del Dios viviente…          
Entre los de doblado ánimo está la clase que se jacta de su gran precaución en recibir ‘nueva luz’, tal como ellos la llaman. Pero su fallo en recibir la luz se debe a su ceguera espiritual…   
Hay hombres en nuestra causa que podrían ser de gran utilidad con tal que aprendieran de Cristo, avanzando de mayor en mayor luz; pero por negarse a ello son decididamente un obstáculo” (Review & Herald, 6 diciembre 1892).

En el mismo número se puede leer una tibia admisión editorial de haber podido estar retardando la obra, aunque dista de ser categórica. Citamos la declaración porque su actitud de “dejar hacer” calvinista es extremadamente popular entre muchos adventistas en estos últimos años, quienes sostienen que el pueblo de Dios no puede, ni apresurar, ni retardar el retorno de Cristo:

“¿Cuán distinta habría podido ser la situación si todos hubieran obrado con mayor fervor y celeridad en la causa? –No lo podemos saber…
Pero por más que hayamos podido retrasar la obra, no está en nuestro poder el detener su progreso ni impedir su consumación final. La obra del Señor será realizada en los límites de tiempo que él ha establecido” (Id, 6 diciembre 1892).

En un artículo editorial en la Review del 10 de mayo, Smith discrepó abiertamente de E.J. Waggoner. Ese mismo año se enzarzó en abierta disputa con A.T. Jones respecto a la “imagen de la bestia”. Nuestro pueblo sintió esos conflictos. El hermano Foster, de la iglesia de Prahran (Australia), comunicó su perplejidad a E. White, quien narró así el incidente:

“[Foster] vio en la Review el artículo del hermano A.T. Jones sobre la imagen de la bestia, y luego el del pastor Smith presentando la posición contraria. Quedó perplejo y confundido. Había recibido gran luz y ánimo leyendo artículos de los hermanos Jones y Waggoner; pero aquí estaba uno de los obreros veteranos, uno que había escrito muchos de nuestros libros básicos, y a quien creíamos instruido por Dios, que parecía estar en conflicto con el hermano Jones. ¿Qué podía significar todo eso? ¿Estaba equivocado el hermano Jones? ¿Lo estaba el hermano Smith? ¿Quién tenía razón? Quedó confundido…     
Si antes de publicar el artículo del pastor Jones… el pastor Smith hubiera intercambiado impresiones con él, expresando claramente que sus puntos de vista diferían de los del hermano Jones, y que si se publicaba el artículo en la Review él mismo habría de presentar la posición opuesta, el asunto aparecería en una luz diferente a como lo hace ahora. Pero en este caso se siguió el mismo curso de acción que en Minneapolis. Los que se oponían a los hermanos Jones y Waggoner no manifestaron disposición a reunirse con ellos como hermanos… Pero esta lucha ciega continua… Sabemos que el hermano Jones ha estado dando el mensaje para este tiempo, alimento en el momento apropiado para el hambriento rebaño de Dios…        
La asamblea de Minneapolis fue la oportunidad de oro para que todos los presentes humillaran su corazón ante Dios y acogieran a Jesús como al gran Instructor; pero la postura que algunos tomaron en el encuentro ha significado su ruina. Desde entonces no han vuelto ya nunca más a ver con claridad, y no lo volverán a hacer, puesto que de forma persistente albergan el espíritu que allí prevaleció: un espíritu malvado, de crítica, denunciatorio… En el juicio se les preguntará: ‘¿Quién requirió de vosotros que os levantaseis contra el mensaje y los mensajeros que yo envié a mi pueblo?... Por qué impedisteis el camino con vuestro propio espíritu perverso? Y más tarde, cuando se acumuló una evidencia sobre otra, ¿por qué no humillasteis vuestros corazones ante Dios, arrepintiéndoos de vuestro rechazo al mensaje de misericordia que él os envió?’” (Carta, 9 junio 1893. Original sin atributo de cursivas).

En la misma carta, E. White nombra al expresidente de la Asociación General como estando en situación parecida a la del pastor Smith. La cuestión no es la salvación de sus almas -eso lo dejamos con Dios- sino la proclamación del mensaje del fuerte pregón:

“Si hombres como el pastor Smith, Van Horn y Butler deciden mantenerse aparte, no uniéndose con los elementos que Dios juzga esenciales para llevar adelante la obra en estos tiempos peligrosos, serán dejados atrás… Estos hermanos han tenido toda oportunidad para estar entre quienes se esfuerzan por la victoria; pero si rehúsan, la obra avanzará sin ellos… Si rechazan el mensaje… esos hermanos… habrán de hacer frente a una pérdida eterna; ya que aún si se arrepintieran y fueran finalmente salvos, no podrían jamás recuperar aquello que perdieron mediante su curso de acción equivocado” (Original sin atributo de cursivas).

 

Conclusión

Lo anterior no implica que la obra de toda una vida de esos queridos hermanos constituyera un fracaso. Pero emplearon su influencia para rechazar el comienzo de la lluvia tardía, y contribuyeron así a retardar por largos años la conclusión de la obra de Dios.

Su situación era difícil. Eran sinceros, bondadosos y amantes. Pero resultaron falsamente animados por las oleadas de reavivamiento superficial que ocasionalmente bañaron Battle Creek.

Incluso después de finales de siglo, el pastor Smith sostuvo enfáticamente que nunca había cambiado su opinión respecto a 1888. Fue un notable prototipo de los adventistas ultraconservadores e incrédulos de hoy en día.

Su comprensión de las profecías de Daniel y Apocalipsis, así como de otras doctrinas, armonizaba con la de los pioneros. La condición del mundo de sus días era un claro cumplimiento de la profecía. La obra de Dios podría haber sido entonces rápidamente concluida. Sus libros han traído miles de personas a la iglesia, y han contribuido a establecer el adventismo en todo el mundo. Si solamente hubiera aceptado el “comienzo” de la lluvia tardía, podría haber conocido el gozo de proclamar al mundo el glorioso fuerte pregón.

Confiado en comprender la justificación y la justicia por la fe, y de haber creído siempre en ella, ofreció su contribución después de 1888 en su principal trabajo sobre el tema: Looking Unto Jesus. Considerado entonces sin reservas por muchos de los opositores de 1888 como una obra maestra, salta a la vista que carece de “los más preciosos” elementos del mensaje de 1888.

Hay una confesión a la que A.T. Jones hizo mención al final de sus días:

“Hay que decir en descargo del hermano J.H. Morrison, que rompió todo vínculo con esa oposición, y se entregó en cuerpo, alma y espíritu a la verdad y bendición de la justicia por la fe, en una de las confesiones más nobles y elevadas que jamás haya oído” (Carta a C.E. Holmes, 12 mayo, 1921).

Más adelante en la misma carta, Jones afirma en referencia al resto, que su cambio de corazón “fue sólo aparente, nunca real, ya que todo el tiempo en el consejo de la Asociación General y entre otros, estuvo constantemente en acción un secreto antagonismo”.

No hay oposición más difícil de enfrentar, que aquella que se manifiesta de forma soterrada. Las confesiones habidas tras Minneapolis tuvieron por efecto sumergir el espíritu de incredulidad bajo la superficie visible.

Es así como hemos podido llegar a asumir en total sinceridad que somos ricos como pueblo, mediante nuestra “contribución” -en 1888- al adventismo, y de que nos hemos enriquecido en la comprensión de la justicia por la fe, de modo que todo cuanto necesitamos es más dinero, mejores estrategias y recursos tecnológicos para propagar la comprensión actual de nuestras creencias.

Son evidentes los síntomas de nuestra neurosis denominacional, y las causas yacen sepultadas en una profunda antipatía hacia la luz que en 1888 brilló sobre nuestro camino, reflejando la verdadera Luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo. Nuestra única solución es la expiación final, la reconciliación final con Cristo.

El principal propósito de este capítulo es mostrar cómo las confesiones posteriores a Minneapolis cortaron las “ramas”, pero dejando intactas las “raíces” de la incredulidad (cf. Testimonios para los ministros, p. 467). En el curso de la presente investigación surgió un propósito secundario. Es la consecuencia lógica del principal, pero lo supera ampliamente en importancia:

(1) En ciertos puntos clave, nuestras posiciones oficiales sobre la justicia por la fe son hoy idénticas a las de la oposición al mensaje de 1888. La enseñanza real del mensaje ocupa un lugar más que discreto en nuestras exposiciones actuales.

(2) De forma paralela con nuestras concepciones equivocadas del mensaje, se abre camino la posición inusitadamente optimista del “impulso” y “celeridad” con que la obra avanza supuestamente hoy, cuando en realidad dicha obra está siendo retardada por nuestra profunda incredulidad de corazón. Los informes estadísticos nos confunden.

(3) Nuestra confusión relativa a la justicia por la fe da lugar a una suerte de transgresión “continua” de principios que Dios confió a la iglesia remanente para la administración de nuestra obra médica, educacional, publicadora y evangelística. “En muchas formas ha habido una desviación del plan de Dios…  hemos estado progresando rápidamente en el camino de los gentiles, y no según el ejemplo de Jesucristo” (General Conference Bulletin 1893, Fundamentals of Christian Education, p. 221-230). Nuestra única esperanza radica en la misericordia y amor de Dios, y su esperanza requiere la sinceridad de las almas del que profesa ser su pueblo.

(4) La auténtica purificación del santuario celestial requiere una obra complementaria en nuestros corazones. Debe haber una purificación de las raíces ocultas, escondidas y subterráneas que nos separan de Cristo. Estamos más necesitados de una luz que exponga esta realidad y de una terapia espiritual apropiada, que de incrementar los recursos tecnológicos a fin de propagar nuestra “fe” actual.

Dicho de otro modo: el poder del que estamos necesitados consiste en luz, y la consecuencia natural de haberla obtenido será la consumación de la comisión evangélica. La comprensión veraz de la historia de 1888 propicia el diagnóstico, y la verdadera comprensión del evangelio de la cruz, la terapia.


 

Capítulo 8

(índice)

Un movimiento en crisis: La asamblea de la Asociación General de 1893 (I)
 

La asamblea de la Asociación General de 1893 sigue en importancia a la de 1888 en lo que respecta a determinar cómo se recibió el mensaje. La teoría de la aceptación requiere esta particular comprensión de la asamblea de 1893: “Fue realmente en la asamblea de la Asociación General de 1893 cuando pareció alcanzar su mayor éxito la luz sobre la justificación por la fe” (Christian, op. cit., p. 241).

A fin de comprender la naturaleza de ese “éxito” debemos examinar los informes escritos a propósito de dicha asamblea. De acuerdo con el perspicaz testimonio posterior de E. White, fue Satanás quien obtuvo finalmente el “éxito” (cf. Mensajes selectos, vol. I, p. 276). Aquella sesión señaló claramente la retirada del don celestial de la lluvia tardía. El desarrollo de la asamblea tiene profundo significado para quienes vivimos hoy.

Desde el principio del instituto y la asamblea, el mensaje de 1888 fue el tema principal. Unos meses antes aparecía en la Review (22 noviembre 1892) la hoy célebre declaración a propósito de que constituyó realmente el “comienzo” del fuerte pregón. Esa declaración cayó como una bomba. Varios de los predicadores pudieron hablar de pocas cosas más, aparte de ese asunto de importancia capital. Incluso algunos, en la distante Australia, supieron lo que estaba ocurriendo. A.T. Jones informó en estos términos:

“Recibí hace algún tiempo una carta del hermano Starr en Australia. Os leeré dos o tres frases que vienen al punto en este momento de nuestro estudio: ‘La hermana White afirma que hemos estado en el tiempo de la lluvia tardía desde el encuentro de Minneapolis’” (General Conference Bulletin 1893, p. 377).

¿Podemos imaginar la agitación que prevaleció? Es lógico que junto al tema de la recepción del mensaje de 1888 aflorara el bendito pensamiento del pronto regreso de Cristo. Desde el clamor de media noche de 1844 no se había visto un gozo tan solemne avivando los corazones de los creyentes:

“Agradezcamos al Señor por ocuparse todavía de nosotros para salvarnos de nuestros errores y peligros, para librarnos de caminos equivocados y para derramar sobre nosotros la lluvia tardía a fin de que seamos trasladados. Eso es lo que significa el mensaje para vosotros y para mí: traslación” (ibíd., 185).

Sabían que, en su misericordia, el Señor no retiraría la lluvia tardía hasta haberles dado una oportunidad razonable de responder. Eso requeriría al menos algunos años después de 1888. Las palabras siguientes, citadas en la asamblea, expresan el principio de equidad y paciencia divinas:

“Dios probará a los suyos. Jesús los soporta pacientemente, y no los vomita de su boca en un momento. Dijo el ángel: ‘Dios está pesando a su pueblo’. Si el mensaje hubiese sido de corta duración como muchos de nosotros suponíamos, no habría habido tiempo para desarrollar el carácter. Muchos actuaron por sentimientos, no por principios y fe, y este mensaje solemne y terrible los conmovió… Dios… les da tiempo para que pase la excitación; luego los prueba para ver si quieren obedecer el consejo del Testigo Fiel” (Testimonies for the Church vol. I, p. 186 y 187; General Conference Bulletin 1893, p. 179; Joyas de los Testimonios vol. I, p. 65).

 

Previendo un gran peligro

Diversos predicadores tuvieron el presentimiento de que la luz iba a ser retirada en caso de que no se actuara de acuerdo con ella. Considerar con liviandad el ofrecimiento celestial significaría perderlo. Pocos meses antes de la asamblea de 1893, E. White escribió:

“El pecado que se cometió en Minneapolis permanece en los libros de registro del cielo, anotado contra los nombres de quienes resistieron la luz, y permanecerá en el registro hasta que se haga plena confesión y los transgresores se humillen cabalmente ante Dios… Y cuando esas personas son probadas y llevadas de nuevo al mismo terreno, se revelará el mismo espíritu. Cuando el Señor los ha probado suficientemente, si no se someten a él, retirará su Espíritu Santo” (Carta O19, 1892).  

E. White había advertido en Minneapolis que la negligencia hacia la luz que entonces brillaba acabaría en tragedia. El problema no era meramente la salvación personal de individuos que habían rechazado el mensaje. El asunto escatológico de la lluvia tardía y el fuerte pregón gravitaba corporativamente sobre la iglesia:

“Quiero deciros aquí cuán terrible es, cuando Dios da luz y hace que impresione vuestro corazón y espíritu… Dios retirará su Espíritu a menos que se acepte su verdad” (Ms. 8, 1888, Olson, p. 264).

Era notable la expectación habida entre los hermanos reunidos en la asamblea de 1893. El encuentro parecía cargado de solemnidad. Se percibía con tonos sobrecogedores la necesidad de tomar una decisión crucial. De ella iba a depender el amanecer a una nueva mañana, o bien el retorno a las tinieblas de la noche. Si Satanás logra “que se comprometan del lado equivocado, ha trazado sus planes para llevarlos a través de un largo viaje”, declaró E. White al presidente Olsen (Carta O19, 1892). No es difícil imaginar la tensión que dominaba aquel encuentro:

“El solemne pensamiento que acude ahora a mi mente es que [Dios] se impacienta, y no nos va a esperar a vosotros y a mí por mucho más tiempo... No puedo alejar de mí la idea de que este es un tiempo por demás crítico para cada uno personalmente... Creo que ahora mismo estamos tomando decisiones que determinarán si vamos a avanzar en esta obra  mediante el fuerte pregón y seremos trasladados, o si vamos a ser engañados por los ardides de Satanás y dejados en tinieblas... Ese sentimiento me ha acompañado durante toda esta asamblea” (W.W. Prescott, General Conference Bulletin 1893, p. 386).

A.T. Jones reconoció la solemnidad sin precedentes por lo que en aquella reunión estaba en juego. Obsérvese cómo trascendía su comprensión al concepto determinista relativo a la supuesta voluntad soberana e irresistible de Dios (propio de la teología calvinista):

“En estos cuatro años [el Señor] ha estado procurando que recibamos la lluvia tardía: ¿cuánto tiempo más va a esperar?...         
Y lo cierto es que alguna cosa habremos de hacer… Tal es la temible situación en este encuentro; eso es lo que lo hace sobrecogedor. El peligro es que haya algunos aquí que se han opuesto a esto durante cuatro años, o quizá no por tanto tiempo, que… dejarán ahora de recibirlo tal como el Señor lo da, y serán dejados de lado. En este encuentro el Señor va a tomar una decisión; de hecho vamos a tomarla nosotros” (ibíd., p. 377. Original sin atributo de cursiva).

El presidente de la Asociación General, O.A. Olsen, sintió también que los delegados se hallaban en un momento crucial:

“La presencia de Dios está haciendo más y más solemne este lugar. Presiento que nadie entre nosotros ha estado jamás en una reunión como ésta. El Señor está ciertamente viniendo muy cerca de nosotros y está revelando en mayor profundidad cosas que hasta ahora no habíamos comprendido ni apreciado tan plenamente...   
Anoche tuve un sentimiento de gran solemnidad. El lugar se convirtió para mí en grandioso debido a la proximidad de Dios, a la vista del solemne testimonio que aquí se nos dio...     
Algunos pueden sentirse atribulados por la alusión hecha a Minneapolis. Sé que algunos se han sentido agraviados y afligidos debido a la referencia hecha a ese encuentro, y a la situación que se dio allí. Pero téngase presente que la única razón por la que alguien pudiera sentirse así es un espíritu insumiso por su parte... El propio hecho de que uno se sienta agraviado, delata al instante la semilla de la rebelión en el corazón” (ibíd., p. 188).

Entre 1888 y 1893 se escribieron otras declaraciones advirtiendo de que en caso de no recibir la luz, el resultado sería una desviación espuria hacia una luz falsa y hacia ideas apóstatas. Los delegados oyeron el siguiente mensaje de E. White:

“A menos que estéis alerta y preservéis vuestras vestiduras sin mancha del mundo, Satanás vendrá a ser vuestro capitán… Muchos rechazarán las palabras que el Señor envió, mientras que se recibirán como luz y verdad las palabras que los hombres puedan pronunciar. La sabiduría humana desviará de la negación del yo y de la consagración, e ingeniará muchas cosas tendentes a dejar sin efecto los mensajes de Dios. No podemos tener seguridad alguna dependiendo de los hombres que no están en estrecha relación con Dios. Aceptan las opiniones de los hombres, pero son incapaces de distinguir la voz del verdadero Pastor” (ibíd., p. 237).

Menos de un año tras el encuentro de Minneapolis, vino el mensaje:

“A menos que se traiga el poder divino a la experiencia del pueblo de Dios, las mentes se harán cautivas de teorías falsas e ideas erróneas. La experiencia de muchos quedará privada de Cristo y su justicia, y su fe carecerá de vida y poder” (Review & Herald, 3 septiembre 1889).

El fracaso en aceptar la luz que trajeron los mensajeros de Dios en Minneapolis iba a tener por resultado la aceptación de luz falsa traída por falsos mensajeros. E. White declaró:

“Algunas mentes no han desarraigado enteramente ideas falsas que tuvieron notable desarrollo en Minneapolis. Aquellos que no han hecho una obra cabal de arrepentimiento bajo la luz que Dios ha tenido a bien proporcionar desde aquel tiempo a su pueblo, no verán las cosas con claridad y se aprestarán a etiquetar de engaño los mensajes que Dios envía” (General Conference Bulletin 1893, p. 184).

“¿Qué ha de venir después? Esos mismos aceptarán mensajes que Dios no ha enviado, y vendrán así a convertirse en peligrosos para la causa de Dios, ya que establecen normas falsas” (To Brethren in Responsable Positions, ibíd., p. 182).

 

Lecciones de Israel “escritas para amonestarnos a nosotros”

El mensaje de 1888 fue sin duda maná celestial. Podemos aprender lecciones del simbolismo de antaño. Cuando Dios sirve ante nosotros un plato de comida, haremos bien en comerlo al punto, porque el alimento vital y nutritivo se descompone más rápidamente que el desvitalizado. Había peligro en dejar el maná de 1888 “para el otro día”, debido a su previsible descomposición:

“Jehová dijo a Moisés: -Mira, yo os haré llover pan del cielo. El pueblo saldrá y recogerá diariamente la porción de un día, para que yo lo pruebe si anda en mi ley, o no… 
Luego les dijo Moisés: -Ninguno deje nada de ello para mañana. Pero ellos no obedecieron a Moisés, sino que algunos dejaron algo para el otro día; pero crió gusanos, y apestaba” (Éx. 16:4, 19 y 20).

“Vivimos en tiempos de gran importancia para cada uno de nosotros. La luz brilla con rayos claros y firmes en torno de nosotros. Si esta luz es recibida en forma correcta y es apreciada, será una bendición para nosotros y para otros; pero si confiamos en nuestra propia sabiduría y fortaleza, o en la sabiduría y la fuerza de nuestros semejantes, se convertirá en un veneno” (Testimonios para los ministros, p. 385. Original sin atributo de cursivas).

La profetisa vislumbró ese formidable peligro ya en Minneapolis. Podemos apreciar aquí un indicio del trágico fracaso posterior del mensaje y los mensajeros:

“Los que no han estado hundiendo la pala más y más profundamente en la mina de la verdad, no apreciarán belleza en las cosas preciosas que se han presentado en esta asamblea. Una vez que la voluntad se dispuso en obstinada oposición a la luz dada, es difícil someterse, incluso bajo la evidencia convincente que se ha dado en esta asamblea [de 1888]…      
Si rehusamos caminar en la luz dada, se convierte en tinieblas para nosotros; y su oscuridad es proporcional a la luz y privilegios despreciados” (Ms. 8a, 1888; Olson, p. 279 y 280. Original sin atributo de cursivas).

Refiriéndose todavía al mensaje de 1888 y a los “mensajeros de Dios”, E. White afirmó que el enemigo de la obra de Dios se valdría de pastores y dirigentes no santificados. La mensajera del Señor sintió la realidad de ese mortífero conflicto espiritual:

“Ministros no santificados se están alistando en contra de Dios… Mientras profesan recibir a Jesús, abrazan a Barrabás, y por sus acciones dicen: ‘No a éste, sino a Barrabás’… Satanás se ha jactado de lo que él puede hacer… Dice: ‘Saldré y seré un espíritu mentiroso para engañar a los que pueda, para criticar, para condenar, para calumniar’. Albergue al engañador y al testigo falso una iglesia que ha tenido gran luz, gran evidencia, y esa iglesia desechará el mensaje que el Señor ha enviado y recibirá los más irrazonables asertos, falsas suposiciones y falsas teorías… 
Muchos ocuparán nuestros púlpitos sosteniendo en las manos la antorcha de la falsa profecía encendida por la infernal tea satánica. Si se albergan dudas e incredulidad, los ministros fieles serán retirados de entre aquellos que creen saber tanto” (Testimonios para los ministros, p. 409 y 410).

Pocos meses antes de la asamblea de 1893 vino este mensaje inequívoco:

“La iglesia primitiva fue engañada por el enemigo de Dios y del hombre, y se introdujo la apostasía entre las filas de quienes profesaban amar a Dios; y hoy, a menos que el pueblo de Dios despierte del sueño, las estratagemas de Satanás lo sorprenderán sin la debida preparación…    
Los días en que vivimos están cargados de significado y son por demás peligrosos…   
Sin la iluminación del Espíritu de Dios seremos incapaces de distinguir la verdad del error, y caeremos bajo las tentaciones y engaños magistrales que Satanás va a traer sobre el mundo” (Review & Herald, 22 noviembre 1892).

El enemigo emplearía su habilidad para “ensayar toda estratagema posible”, presentando el error disfrazado de verdad presente, de modo que fuéramos “incapaces de distinguir la verdad del error”. En la asamblea de 1893 los delegados iban a traspasar una fatal línea invisible. Pocos meses antes de la convención, la mensajera del Señor escribió desde su exilio en Australia en estos términos al presidente de la Asociación General:

“Quisiera suplicar a mis hermanos que se reunirán en la asamblea de la Asociación General, que presten oído al mensaje dirigido a Laodicea. Qué condición de ceguera es la suya. Este tema [el mensaje de 1888] os ha sido presentado una y otra vez; pero la insatisfacción con vuestra condición espiritual no ha sido lo suficientemente profunda y dolorosa como para obrar una reforma... Sobre nuestras iglesias pesa la culpabilidad del autoengaño. La vida religiosa de muchos es una mentira…         
Tengo profunda congoja de corazón por ver con qué facilidad se critica una palabra o acción de los pastores Jones o Waggoner… Dejad de acechar a vuestros hermanos con sospechas… Hay muchos en el ministerio que no tienen amor hacia Dios ni hacia sus semejantes. Están dormidos, y mientras duermen Satanás siembra su cizaña” (Carta O19, 1892).

Varios escritores han comparado la experiencia del antiguo Israel en Cades-Barnea, con nuestra historia de 1888. Pero no se ha reconocido que la asamblea de 1893 es el equivalente moderno al intento de Israel después de Cades-Barnea, de subir y poseer la “tierra prometida”. Israel se encontraba en el estado de falsa excitación y entusiasmo propios de un arrepentimiento superficial, y la reedición moderna de eso mismo se encuentra inconfundiblemente documentada en el propio Bulletin de 1893:

Caleb y Josué trajeron a Israel este mensaje:

“Si Jehová se agrada de nosotros, él nos llevará a esta tierra y nos la entregará; es una tierra que fluye leche y miel. Por tanto, no seáis rebeldes contra Jehová ni temáis el pueblo de esa tierra... Jehová está con nosotros... Entonces toda la multitud propuso apedrearlos” (Núm. 14:7-10; ver también Testimonies, vol. V, p. 383).

Más tarde, cuando fue evidente que el pueblo se había rebelado, el Señor se vio forzado a decretar un retorno al desierto: “Así conoceréis mi castigo” (vers. 34). Pero Israel suponía que su confesión superficial (“hemos pecado”, vers. 40), y su arrepentimiento superficial (“el pueblo se enlutó mucho”, vers. 39) habían revocado la sentencia divina, y que podían ahora conquistar a sus enemigos sin más demora.

En su entusiasmo interpretaron fuera de contexto el mensaje traído por los dos espías fieles: “Jehová está con nosotros: no los temáis”. El pueblo presuponía que eso seguía siendo cierto después de que su obstinada rebelión persistiera disimulada bajo un arrepentimiento superficial. Creyendo que el Señor seguía estando con ellos -y sin contrición- se dispusieron presuntuosamente a aquello que confiadamente pensaban que iba a ser su experiencia del “fuerte pregón” en la conquista de Canaán.

Moisés intentó disuadirlos, haciéndoles ver que el mensaje dado por Caleb y Josué antes de su rebelión ya había dejado de ser verdad presente: “No subáis, pues Jehová no está en medio de vosotros”, les dijo (vers. 42).

La acción de Israel terminó en el desastre. Efectivamente, el Señor no estaba con ellos en la conquista de Canaán. Pero no los iba a olvidar. Seguiría con ellos en un periplo cansino y agotador por el desierto, hasta que pereciese aquella generación de incrédulos. Y es así como tuvieron que retroceder.

El entusiasmo suscitado al final de la asamblea de la Asociación General de 1893 no significó el “mayor éxito” en el mensaje de la justicia de Cristo que muchos han supuesto, sino claramente una falsa excitación desprovista de verdadera contrición y arrepentimiento. Nuestra historia ha demostrado que fue un fracaso, pues no hubo fuerte pregón después de aquella reunión.

La iglesia adventista del séptimo día es ciertamente el Israel moderno, y el Señor ha estado con nosotros. No nos ha abandonado más de lo que abandonó a su pueblo en Cades-Barnea. Pero ha estado con nosotros como columna de nube de día y pilar de fuego de noche por décadas de cansino vagar por el desierto, y no en un programa de conquista de “Canaán” bajo el poder del “fuerte pregón”. Esa experiencia está todavía en el futuro para la iglesia remanente, debido a nuestra incredulidad en el pasado. El propósito de Dios resultó alterado.

Consideremos la evidencia documental.

 

Estudios de A.T. Jones

Los veinticuatro estudios de A.T. Jones sobre “El mensaje del tercer ángel” no contienen el más leve indicio que permita suponerlo una persona resentida, incisiva, combativa o falta de cristianismo.

Su estilo fue la sencillez misma, y su metodología la bondad fraternal en su pura esencia. Nunca se puso por encima de los demás, y hablaba siempre de “nuestros” fallos, de “nuestra” incredulidad, de “nuestra” necesidad del Señor, incluyéndose con frecuencia de forma específica por ser el más necesitado y desamparado.

Leemos sus sermones sin encontrar evidencia alguna para las acusaciones de nuestros historiadores, que lo presentan como siendo “escandaloso”, “ofrecía razón abundante para el resentimiento”, era “polémico… protagonista”, “crítico”, suscitaba “rencores” personales, era vanidoso o arrogante, hacía “declaraciones extremadas” o “pronunciamientos místicos”. Nuestros autores inventaron esas ideas, o en el mejor de los casos distorsionaron la verdad. Se ha publicado oficialmente falso testimonio respecto a un humilde siervo a quien el Señor identificó como “su mensajero”.

Sus sermones de 1893 están reproducidos literalmente en el Bulletin, aparentemente sin cambios u omisiones. La publicación de una reimpresión de esos veinticuatro sermones o una selección de los mismos, por parte de la Asociación General o institución adventista convencería hoy a muchos en nuestro pueblo de que allí se encuentra la más clara, sencilla y conmovedora enseñanza del “mensaje del tercer ángel en verdad” que hayamos oído por un siglo. En esas predicaciones es más que evidente la intervención del Espíritu Santo.

Jones demostró humildad en sus referencias a Minneapolis. Reconoció la necesidad de hablar de ello con franqueza, pero se hace difícil imaginar a alguien tratando el tema con mayor tacto, cortesía y amor de los que él manifestó.

El secretario de la Asociación General, Dan T. Jones, escribió sobre él a un amigo en estos términos: “Su predicación práctica expresa ternura, y siente profundamente todo cuanto dice” (Carta a J.W. Watt, 1 enero 1889). E. White dijo también en 1890 que se alegraba por su espíritu humilde: “El hermano Jones habló con mucha claridad, y a la vez con ternura” respecto del evento de 1888 (Carta 84, 1890).

Ahora ella se encontraba exiliada en Australia y Waggoner en Gran Bretaña; Jones estaba virtualmente solo cuando predicó así:

“Y llegamos ahora… al estudio de esa parte que nos concierne a vosotros y a mí de forma directa y personal… Para mí esta lección y la siguiente son las más sobrecogedoras de todas cuantas he dado hasta ahora. No las he escogido y las temo… pero… de nada sirve… que las tomemos a la ligera… con los ojos cerrados y sin reconocer cuál es nuestra situación…        
Para comenzar, no me supongáis separado o por encima de vosotros, hablándoos desde la altura y excluyéndome de cuanto pueda presentar. Estoy con vosotros en todas estas cosas. Tan ciertamente con vosotros y en tanta necesidad como cualquiera de vosotros o como cualquier otro sobre la tierra de disponerme a recibir lo que Dios tiene para darnos. Así pues, os ruego que no me pongáis aparte de vosotros en este asunto. Y si veis faltas que habéis cometido, yo veré faltas que he cometido, así que no me señaléis como si os estuviera juzgando o buscando faltas en vosotros… Lo que pretendo, hermanos, es buscar a Dios de todo corazón junto con vosotros (la congregación dijo “amén”) y desechar todo lo demás, de forma que Dios pueda darnos lo que tiene para nosotros” (General Conference Bulletin 1893, p. 164 y 165).

Sus enseñanzas eran claras, sin inclinación alguna al misticismo o al extremismo. Si hoy nos parecen de alguna forma fuera de lo común, es porque hemos venido empleado espadas desafiladas por tanto tiempo, que la manifiesta Palabra del Espíritu nos parece especialmente cortante.

Sus declaraciones con respecto a las obras fueron equilibradas. No fue sino hasta después de esa asamblea (9 de abril) cuando E. White juzgó necesario advertirle sobre potenciales declaraciones extremas relativas a la fe y las obras. Y es después de esa carta de advertencia cuando encontramos las más enfáticas declaraciones de apoyo a sus mensajes sobre la fe y las obras. Obsérvese su claridad y equilibrio en 1893:

“Repito nuevamente que aquel que cree más plenamente en Jesucristo, obrará en todo momento más plenamente por él.          
Tomemos ahora esta palabra, y eso será la mejor clausura que pueda hacer esta noche a todo lo dicho. ‘El camino a Cristo’, página 71 [79 en la edición original de 1892]: ‘El corazón que más plenamente descansa en Cristo es el más ardiente y activo en el trabajo para él”. Amén [la congregación asintió con otro “amén”]… No penséis que aquel que descansa plenamente en Jesucristo es física o espiritualmente un perezoso. Si manifiesta esa desidia en su vida es porque no está en absoluto reposando en Cristo, sino en su propio yo…          
Es la fe que os traerá el derramamiento de la lluvia tardía” (General Conference Bulletin 1893, p. 302).

Jones fue también claro en la relación entre la ley y el evangelio. Eso significa que entendía el verdadero arrepentimiento, en refrescante contraste con los fatales conceptos que son hoy tan populares. Es un trágico error pensar que las confesiones superficiales tiene por resultado la desaparición automática de todos nuestros pecados, y que convicciones de pecado más profundas no son obra del Espíritu Santo sino del diablo, debiendo por lo tanto rechazarlas. Obsérvese esta clara verdad:

“Cuando se os señala el pecado, decid: ‘Prefiero a Cristo que a eso’. Y expulsadlo (congregación: “amén”)… Por lo tanto… ¿por qué motivo habríamos de desanimarnos en razón de nuestros pecados? Eso mismo es lo que han hecho aquí algunos de los hermanos. Llegaron en libertad, pero el Espíritu de Dios trajo algo que nunca antes habían visto. El Espíritu de Dios avanzó en mayor profundidad que nunca antes, revelando cosas que no se habían apreciado con anterioridad; y entonces, en lugar de agradecer al Señor por ello y desechar todo el asunto malvado, y en lugar de agradecer al Señor por tener más de él que nunca antes, comenzaron a desanimarse… Y día tras día dejaron de obtener beneficio de las reuniones.        
Si el Señor ha traído al conocimiento pecados en los que nunca antes se había pensado, eso muestra solamente que está avanzando hasta la profundidad y alcanzará por fin el fondo; y cuando encuentra la última cosa sucia o impura, que no armoniza con su voluntad, trayéndola al conocimiento y haciendo que la veamos, si decimos: ‘Prefiero tener al Señor que a eso’, entonces la obra es completa y se puede imprimir el sello del Dios viviente en el carácter…  
¿Qué vais a preferir?, ¿la perfecta plenitud de Jesucristo?, ¿o menos que eso, con algunos de vuestros pecados encubiertos de forma que nunca sepáis de ellos?... Así pues, ha avanzado hasta los sitios más recónditos en los que nunca soñamos, debido a que no podemos comprender nuestros corazones… Permitidle avanzar, hermanos; permitidle que prosiga en su obra investigadora” (ibíd., p. 404).

Obsérvese la exposición clara de cómo Satanás controla la mente natural a menos que haya una crucifixión diaria del yo con Cristo. “El escándalo de la cruz” estaba allí. Bastará una breve muestra de una de las señaladas aplicaciones de A.T. Jones para comprender que hubo un mensaje genuino, un llamado a la unión con Cristo mediante la crucifixión del yo con él en la cruz:

“Tenemos aquí la palabra de que estas cosas existen entre nosotros: la ambición por el puesto, el celo por la posición, envidiar cierta situación. Esas cosas están entre nosotros. Ha llegado el momento de desecharlas… el momento de ver cuánto podemos descender hasta los pies de Cristo, y no cuán alto en la Asociación, en la estimación de los hombres o en el consejo de la Asociación General… Poco importa lo que cueste, nada tiene que quedar de ello” (ibíd., 166).

Unido a ese solemne llamado al arrepentimiento estaba la repetida seguridad de un gozo duradero y consistente en el Señor. No hubo ruidoso extremismo emocional, pero sí lágrimas de contrición. La que A.T. Jones presentó a la asamblea en 1893 fue una obra manifiesta y genuina del Espíritu Santo.

En nuestros 100 años de historia probablemente nunca se ha presentado en una asamblea de la Asociación General un mensaje tan bello, tan profundamente conducido por el Espíritu Santo bajo la protectora columna de fuego y nube que dirigía el avance hacia su cumplimiento escatológico.

Pero cuando la asamblea estaba por terminar hizo acto de presencia el fanatismo, y no fue A.T. Jones quien lo introdujo.


 

 

Capítulo 9

(índice)

Asamblea de la Asociación General de 1893 (II)

Una falsa justificación por la fe: sembrando la apostasía

 

El rechazo a la luz de 1888 despejó el camino a conceptos falsos disfrazados de “justicia por la fe”. Nada podía impedir que recibiéramos la falsificación, una vez rechazado el artículo genuino.

Antes de presentar la evidencia de tales conceptos erróneos, Jones recordó a la asamblea de 1893 el rechazo a la luz en Minneapolis y los cuatro años que siguieron. Después mostró cómo la mente entregada al yo se convierte en la mente de Satanás. Trazó su desarrollo desde el paganismo hasta las sutilezas del romanismo. Hay dos tipos de justificación por la fe: la verdadera, y su falsificación.

“Hemos visto que… cuando el cristianismo vino al mundo la mente carnal inventó una falsificación del mismo: revistió esa misma mente carnal con una forma de cristianismo, y a eso lo llamó justificación por la fe, siendo que se trataba de justificación por las obras: la misma mente carnal. En eso consiste el papado, el misterio de iniquidad” (General Conference Bulletin 1893, p. 342).

Expuso a continuación el desarrollo de la mente del yo en el espiritismo moderno, demostrando cómo ese engaño exaltaría el mismo amor al yo. Parecía incluso encerrar el embrión de una concepción del espiritismo a modo de falso Espíritu Santo, una idea avanzada para su tiempo aunque obvia en nuestros días de adoración carismática:

“Cuanto más nos acerquemos a la segunda venida del Salvador, tanto más plenamente el espiritismo hará profesión de Cristo… El propio Satanás… se presenta como Cristo y es recibido como tal. Así pues, el pueblo de Dios debiera estar tan familiarizado con el Salvador como para no recibir o aceptar profesión alguna del nombre de Cristo que no sea el artículo genuino” (loc. cit.).

Solamente sometiendo la mente del yo para que sea crucificada con Cristo, solamente permitiendo que la mente de Cristo more de forma permanente, puede la iglesia remanente reconocer un engaño tan colosal como sutil:

“Entonces, aunque citen las palabras de Cristo, todo es una falsificación. Sabéis que [El Conflicto de los siglos] nos dice que cuando el propio Satanás se presenta con las amables palabras que el Salvador pronunció, lo hará en un tono similar y será recibido por quienes no tienen la mente de Cristo. Hermanos, no hay salvación para nosotros, no hay seguridad, no hay remedio alguno a menos que tengamos la mente de Cristo” (ibíd., p. 343).

Que la mente del yo sea crucificada “con Cristo”, en nada menoscaba el respeto a uno mismo. Al contrario: lo fortalece mediante la unión con Cristo. En 1893 era ya evidente la existencia de un concepto erróneo sobre la justicia por la fe, tras haberse rechazado “en gran medida” el verdadero (Mensajes selectos, vol. I, p. 276). Se cumple en verdad el principio según el cual “los que han sido cegados por el enemigo en la medida que sea... estarán inclinados a aceptar la falsedad” (Special Testimonies Serie A, p. 41 y 42). Jones desenmascaró dicha falsedad:

“Yo mismo he oído a algunos de estos hermanos, tras la asamblea de Minneapolis, decir ‘amén’ a predicaciones, enseñanzas o aseveraciones completamente paganas, no habiendo sabido reconocer la justicia de Cristo. A algunos de entre quienes en aquel tiempo se opusieron tan abiertamente y votaron a mano alzada en contra de ella*,… desde aquel tiempo les he oído decir ‘amén’ a pronunciamientos tan abierta y decididamente papales como sólo la propia iglesia papal podría formular. Trataremos de ello en alguno de estos estudios, y dirigiré vuestra atención a la declaración de la iglesia católica, así como a su enseñanza sobre la justificación por la fe… Alguien exclamará: ‘Yo pensaba que creían en la justificación por las obras’. Efectivamente, creen en eso y sólo en eso, pero lo presentan bajo el título de justificación por la fe. Y no son los únicos en el mundo en proceder así” (General Conference Bulletin 1893, p. 244).

[* Ver capítulo 14 para lo relativo al voto tomado en la asamblea de la Asociación General de 1888 en rechazo al mensaje que trajeron Jones y Waggoner].         

“Tengo aquí un libro titulado: ‘Creencia católica’…       
A fin de que podáis tener ambas cosas una junto a otra: la verdad de la justificación por la fe, y su falsificación, leeré lo que dice el libro, y a continuación… El camino a Cristo… Quiero que veáis cuál es la idea católico-romana sobre la justificación por la fe, pues he debido hacerle frente al ser enunciada por profesos adventistas del séptimo día en los cuatro años precedentes… Esas… mismas expresiones que están en este libro católico, relativas a qué es la justificación por la fe y cómo se la obtiene, son las mismas que me han manifestado profesos adventistas del séptimo día…     
Eso es justificación por la fe. Lo otro, justificación por las obras. Esto es de Cristo, lo otro del diablo. La primera es la doctrina de Cristo sobre la justificación por la fe; la otra es la del diablo” (ibíd., p. 261 y 262).

Jones comprendió que la esencia del romanismo es la adoración al yo en la forma que sea. Toda enseñanza espuria sobre la justicia por la fe, aunque proceda de un adventista del séptimo día, si exalta la mente pecaminosa del yo, es en realidad un renuevo brotando del romanismo y del espiritismo:

“Eso es justicia por la fe; es fe que obra, gracias al Señor. No una fe que cree en algo alejado, que mantiene la verdad de Dios en el atrio exterior, para procurar por sus propios esfuerzos compensar la carencia. No, sino una fe que… obra por ella misma, que lleva en su seno un poder divino…*
Eso basta para mostrar que la doctrina papal sobre la justificación por la fe es la doctrina de Satanás; es simplemente la mente natural dependiendo del yo y obrando por uno mismo, auto-exaltándose, para cubrirlo todo con una profesión de creer… pero careciendo del poder de Dios” (ibíd., p. 265 y 266).

[* Eso evidencia que era correcta su teología respecto a la relación entre la fe y las obras. Jamás expresó una idea denigrando las obras, hasta donde permite apreciar el registro de sus predicaciones escritas]

Quedó expuesto un engaño todavía más sutil. The Christian's Secret of a Happy Life, de Hannah Withall Smith, era un libro inmensamente popular cuyo copyright databa de 1888. Presentaba un concepto sobre la justicia por la fe virtualmente desprovisto de la cruz, y por lo tanto de poder. Un concepto que nada sabía sobre el arrepentimiento o la contrición, sobre la expiación en la cruz, ni sobre un Salvador personal que está “cercano, a la mano”, tal como presenta el mensaje de 1888. La justicia por la fe de Hannah Withall Smith es, según la propia autora, una filosofía de “verdades que subyacen a cualquier teología... [y] que encajan en cualquier credo... Es esa religión absoluta la que mi libro quiere abordar” (Prefacio a la edición de 1888).

La citada autora cuáquera manifestó haber alimentado su lámpara en las enseñanzas de Fenelon, un místico católico romano de la corte de Luis XIV de Francia, que dedicó las energías de su vida en procura de convertir protestantes de regreso a Roma*. A ese tipo de fe desvitalizada de Smith se lo denominó “confianza en Cristo”. En ese concepto, una vez que ha tenido lugar la “sumisión”, el alma debe sentirse “salvada”, y cualquier advertencia contraria traída por convicción del Espíritu Santo debe ser instantáneamente rechazada mediante una repetida afirmación psicológica de que todo está bien.

[* Ver Enciclopedia Británica 1968, vol. IX, p. 169 y 170; The Christian’s Secret of a Happy Life, copyright de 1888, Fleming H. Revell, p. 80, 81 y 87. Mucho de lo que solemos presentar actualmente como siendo justificación por la fe deriva de los conceptos de Smith, y su libro se ha recomendado frecuentemente a nuestra juventud como siendo útil y confiable. Ampliamente publicado hasta nuestros días, se trata realmente de una falsificación de El Camino a Cristo y del mensaje de 1888].

Algunos de entre nuestro pueblo habían leído el libro de Smith y asumieron erróneamente que contenía la esencia de nuestro mensaje de 1888. Llegaron incluso a afirmar que Jones y Waggoner obtuvieron de allí su luz. Jones percibió el fatal peligro y lo enfrentó abiertamente:

“He visto eso mismo obrando de otra manera. Está ese libro al que muchos dan tanta importancia: ‘The Christian's Secret of a Happy Life’… Quisiera que cada uno de vosotros comprendáis que para el cristiano hay mucho más sobre el secreto de una vida feliz en la Biblia que en diez mil volúmenes de ese libro…  
Cierta vez oí decir… que yo había obtenido mi luz a partir de ese libro. Aquí está el Libro del que obtuve mi secreto para una vida cristiana feliz [sosteniendo en alto su Biblia] y sólo la obtuve de aquí. Y fue antes de haber visto siquiera el otro libro, o de saber de su existencia” (General Conference Bulletin 1893, p. 358 y 359).

Lo presentado hasta aquí evidencia que la teología de Jones respecto a la fe y las obras guardaba el correcto equilibrio. Hasta donde permiten documentar sus sermones registrados, jamás expresó una idea que denigrara las obras.

 

Estudios de W.W. Prescott

Prescott dio una serie de predicaciones sobre “El Espíritu Santo de la promesa”. Reconocía que en Minneapolis se había cometido una seria equivocación cuatro años antes. Había asistido a aquella asamblea prejuiciado en favor de Uriah Smith y Butler, y contra A.T. Jones y su mensaje. Después del encuentro de Minneapolis había tratado de impedir que Jones hablara en el Tabernáculo de Battle Creek. Más tarde confesó privadamente haber adoptado una posición equivocada, junto a la mayoría de los hermanos*. Sin embargo, en sus extensos estudios durante el encuentro de 1893 no hizo alusión alguna al hecho de haber estado del lado equivocado, ni a la necesidad de hacer una confesión.

[* Ver William Warren Prescott: Seventh Day Adventist Educator, disertación doctoral de Gilbert Murray Valentine, Universidad de Andrews 1892, p. 81, 82 y 143: “Parece que su reacción natural a las discusiones teológicas [de 1888] consistía en mantener una postura neutral, si bien sentía una fuerte inclinación hacia el bando de Uriah Smith y G.I. Butler, hacia quienes profesaba un sentimiento de lealtad y obligación. Resultó asimismo perturbado y prejuiciado por el estilo provocador y de alguna forma desmañado de Jones… y tomó parte en acciones encaminadas a evitar que A.T. Jones predicara en el Tabernáculo, así como a limitar su enseñanza en el Colegio a lo que previamente había venido enseñando la denominación].

Mientras que Jones expresó el principio de la culpa corporativa al referirse al mensaje que “allí rechazamos” (p. 165 y 183) aun siendo él uno de los mensajeros, Prescott –en contraste- actuó como alguien que hubiera estado siempre del lado correcto. Una confesión sincera y humilde de su parte habría hecho mucho por despejar el camino a la obra del Espíritu de Dios en el encuentro de 1893, pero no se dio tal cosa.

Lejos de eso, se identificó de forma destacada junto a Jones como alguien que compartía su especial comisión divina. Quizá Jones lo convidó ingenuamente a colaborar, pues sin duda debió sentirse solo en la defensa del mensaje de 1888, habida cuenta de que tanto E. White como Waggoner se encontraban exiliados al otro lado del océano.

Prescott predicaba cada noche antes que Jones. Cuando llegaba el turno a las predicaciones de Jones, Prescott se sentía en libertad de interrumpirlo para introducir ideas o citas, e incluso exhortaciones a la audiencia. Con ánimo menos moderado y reflexivo que Jones, requería de forma vehemente y con cierta severidad que los hermanos rectificaran.

Es doloroso observar cierta imperiosidad en las formas, e impaciencia en sus llamados. Esa sutil diferencia en el temperamento difícilmente tendría por efecto la cicatrización de heridas y alivio de fricciones. Su espíritu contrastaba marcadamente con el de Jones, cuyo sentido del arrepentimiento corporativo* lo capacitaba para compartir la culpa de quienes rechazaron el mensaje. Los sermones de Prescott no dan evidencia de una humildad comparable. Obsérvese cómo hizo presencia un espíritu jerárquico, ajeno al mensaje de 1888:

“El pensamiento solemne en mi mente consiste en que [Dios] se está impacientando, y no va a esperarnos mucho más a vosotros y a mí. Quiero que veáis esto claramente… Repito que estoy extremadamente ansioso respecto a esta situación… No dicto a nadie, pero es necesario hacer algo, ha de venirnos algo diferente a lo que hasta aquí nos ha venido en este encuentro, eso es seguro…
Ese es el motivo por el que [nosotros] os urgimos a que aceptéis la justicia, ya que el Espíritu estará ahí. ¿No lo veis?” (General Conference Bulletin 1893, p. 386 y 387).

[* Obsérvese que también Waggoner, desde el principio de su interés en la justicia por la fe, comprendió claramente el concepto de la culpabilidad y arrepentimiento corporativos. Cf. Su carta a M.C. Wilcox del 16 de mayo de 1916, donde hace referencia a su experiencia de introspección de 1882].

El hecho de que Prescott se presentara tan abiertamente como el colega especial de Jones, contribuyó a confundir las mentes de los delegados y la congregación en la errónea suposición de que ese era el espíritu del movimiento de reavivamiento de 1888:

“Nada hay que mi alma desee tanto como que descienda el bautismo del Espíritu sobre los servicios de adoración en este momento… Hemos de tener experiencias como la de quitar de nosotros ojos derechos o manos derechas. Todo el que desea esa experiencia se alista para sacrificar a Dios cualquier cosa, incluso la propia vida [murmullos de Amén]. Y debemos recordar que es más fácil decir Amén, que hacer lo que Dios requiere.     
…¿Cuál es, pues, ahora nuestro deber? Salir y dar el FUERTE pregón del mensaje al mundo
El Señor ha estado aguardando por largo tiempo para darnos su Espíritu. Está ahora mismo esperando impacientemente poder otorgárnoslo… 
Ha comenzado ahora una obra mayor que la de Pentecostés, y hay aquí quienes lo van a ver. Es aquí y ahora, que hemos de ser hechos idóneos para la obra” (ibíd., p. 38 y 39. Cursivas y mayúsculas como aparecen en el original).

Prescott no percibía el concepto sublime de 1888 referente a la motivación, consistente en que la verdadera fe que expone el Nuevo Testamento “obra por el amor”. El impacto de sus mensajes de 1893 retrocede a la motivación egocéntrica típica de las “obras”: ‘Hemos de hacer esto o aquello’. Amonestaba a la congregación con un espíritu casi frenético a fin de que hiciera algo, que actuara, que obrara (por más de un siglo hemos venido oyendo repetidamente eso mismo). En contraste, Jones emplazaba la congregación a que creyera algo: el evangelio, y le aseguraba que la verdadera fe produciría todas las obras y acciones que terminarían la obra de Dios.

Uno lee las predicaciones de Jones sin encontrar traza alguna de severidad o aspereza. Pero Prescott deja una impresión diferente:

“Afirmo que si alguna vez hubo una compañía necesitada, es ésta…      
Soy perfectamente consciente de estar hablando con gran llaneza… Si no hacemos de esto un motivo de ferviente oración, os digo simplemente que significa la muerte para vosotros y para mí…
De nada sirve continuar por este camino, y mi consejo consiste de la forma más solemne en que todo aquel que no pueda salir ahora imbuido de poder de lo alto sosteniendo esta luz del cielo, efectuando la obra que Dios tiene ahora por hacer, quédese en casa…  
Sé que esto es muy severo, pero os digo, hermanos, que algo tiene que sucedernos, algo nos ha de sobrecoger… 
La cuestión es: ¿Qué vamos a hacer con eso? ¿Qué vamos a hacer ahora y aquí vosotros y yo, en esta asamblea?... Vuelvo a decir: ¿Qué vamos a hacer con ello?” (ibíd., p. 67).

Los siervos de Dios marcharán bajo este mensaje con los rostros iluminados por un santo gozo y una santa consagración. Quiero ver a esos hermanos marchando de esa forma; quiero ver sus rostros iluminados como el de Esteban cuando estuvo en el concilio” (ibíd., p. 389).

Os digo ahora en total sinceridad que podríamos asimismo disponer nuestras mentes aquí y ahora, antes de dar un paso más, haciendo frente a la muerte y venciéndola… A menos que estemos ahí en este momento, y afirmemos que dejamos amigos, casas, y que nada nos separará del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro, sería preferible que nos detuviéramos ahora mismo” (ibíd., p. 241).

Esta desafortunada serie de declaraciones extremadas revela cómo comenzó a hacerse presente un espíritu imperioso, fanatizado, totalmente extraño al mensaje de 1888. Pero su empleo de la expresión “nosotros” dejaba la impresión equivocada.

Más tarde Prescott humilló su corazón en arrepentimiento por el fanatismo manifestado al finalizar la asamblea, y posteriormente a esa contrición -en 1895- presentó buenos mensajes en Australia. Pero esas presentaciones de 1893 trajeron confusión y obstaculizaron cualquier posibilidad de que el mensaje fuera aceptado con corazón contrito. A oponentes como Smith y Butler, evidentemente les faltó el tiempo para señalar ese fanatismo, exclamando: “Ya os lo había dicho…” (Hasta nuestros días, fanáticos y autoproclamados reformadores logran que muchos sinceros miembros de iglesia desarrollen prejuicios contra el mensaje de 1888. Dondequiera que el Señor obre, el enemigo procura introducir a fanáticos y autoproclamados “Elías” para causar confusión y descrédito). Tres días antes que comenzara esa reunión, E. White había advertido así en las páginas de Review & Herald:

“Satanás está ahora a la obra con todo su poder de insinuación y engaño… Cuando el enemigo ve que el Señor está bendiciendo a su pueblo y preparándolo para que discierna sus engaños, obrará con su poder magistral para traer el fanatismo de una parte, y el frío formalismo de otra… Velad sin cesar… [a fin de detectar] el primer paso de avance que Satanás pueda dar entre nosotros…
Nos acechan peligros de uno y otro lado… Algunos no harán un uso correcto de la doctrina de la justificación… llevando a falsos caminos” (Review & Herald, 24 enero 1893).

En sus sermones sobre el Espíritu Santo, Prescott predicaba una extraña doctrina desprovista del principio de la cruz, sin ideas definidas sobre el arrepentimiento, y lo hacía de forma confusa, incluso contradictoria. Su vehemencia tenía la apariencia de fervor. Por entonces él mismo estaba implicado en proyectos contrarios al Espíritu de profecía, aunque sin duda no era consciente de tal contradicción [Comparar General Conference Bulletin 1893, p. 279 y 459, con Fundamentals of Christian Education, p. 220-230].

Es lógico concluir que debió ser igualmente inconsciente de la diferencia entre su doctrina sobre la recepción del Espíritu Santo, y la verdad bíblica al respecto. Unos pocos ejemplos de esa confusión ilustrarán lo referido. Afortunadamente se ha vuelto a publicar el Bulletin de 1893, de modo que el lector interesado puede evaluar por sí mismo lo comentado:

“¿Qué es lo que debemos hacer?... Debemos comenzar a confesar nuestra pecaminosidad a Dios con humildad de espíritu, con profunda contrición ante Dios, siendo celosos en nuestro arrepentimiento. Es el único mensaje que puedo traer esta noche. Se trata precisamente de eso...”

Lo anterior suena bien y parece venir al punto. Pero el problema se hace evidente al continuar:

“Supongamos que decimos no tener absolutamente nada que confesar. Eso nada cambia en el asunto. Cuando el Señor nos envía la palabra de que somos pecaminosos, debemos decir que lo somos, podamos verlo o no. Esa debiera ser nuestra experiencia” (General Conference Bulletin 1893, p. 65).

En ningún lugar dicen las Escrituras que Dios espera una confesión de labios expresada en palabras que el corazón no siente. Eso está más cerca del islamismo que del auténtico cristianismo. “Quizá los labios expresen una pobreza de alma que no reconoce el corazón” (Palabras de vida del gran Maestro, p. 123). Jones percibía el peligro que esas ideas encerraban. Con el evidente propósito de responder a Prescott, Jones declaró posteriormente:

“Si el Señor quitara nuestros pecados sin que lo supiéramos, ¿qué bien nos haría eso? Sería simplemente convertirnos en máquinas. No es ese su propósito, por consiguiente quiere que vosotros y yo sepamos cuándo se quitan nuestros pecados, para saber así cuándo viene su justicia…        
Somos siempre instrumentos inteligentes… El Señor nos empleará siempre de acuerdo con nuestra propia elección vital” (General Conference Bulletin 1893, p. 404 y 405).

 

Intento de resolver la situación

Prescott no expresó oposición abierta hacia Jones, y parece claro que no hubo intención consciente de hacer tal cosa. Pero cabe preguntarse: ¿Había superado realmente su oposición inicial al mensaje de Jones? La evidencia en los cuantiosos mensajes de Prescott por aquel tiempo indica que difícilmente lo logró.

Ciertamente no había sido “quitado… el escándalo de la cruz” (Gál. 5:11). El Espíritu de Dios estaba trayendo convicción de pecado a muchos corazones, y Prescott procuraba encontrar alguna manera de recibir el Espíritu Santo que fuera aceptable para un corazón perturbado que rehuía la dolorosa convicción de pecado.

El pueblo sabía muy bien que la responsabilidad por el rechazo del comienzo de la lluvia tardía se cernía como una nube sobre la asamblea. El resultado neto de las presentaciones de Prescott fue la confusión, una perturbación en la atmósfera espiritual que llegó a afectar incluso a Jones.

Prescott estaba decididamente en contra del pecado, pero parecía no tener una idea definida de cuál era la raíz del pecado que perturbaba a la congregación. Su corazón se centraba en la verdad actual de la aceptación de la lluvia tardía y la proclamación del fuerte pregón; pero parecía escapar a su comprensión cómo abordar lo que por entonces impedía: la culpabilidad acumulada sobre ellos durante los cuatro años precedentes.

Parte de su perplejidad pudo haber sido el resultado de entender el problema real, pero temiendo exponerlo claramente debido a la presencia intimidante de los hermanos dirigentes dominados por el prejuicio. Hasta el mismo profeta Jeremías habría terminado “quebrantado” en caso de permitir que lo intimidaran los dirigentes de Judá (1:17). Cuando un predicador se siente forzado a dar rodeos a una cuestión, inevitablemente transmite confusión.

Por último, unos diez días antes que terminara la asamblea, Prescott comenzó a vislumbrar un nuevo método de recibir el Espíritu Santo que guardaba una gran semejanza con las ideas expresadas en The Christian's Secret of a Happy Life. Lo pertinente era simplemente un “acto de fe” según el cual uno asumía que ya poseía el don de ese derramamiento final del Espíritu Santo, pasando por alto el arrepentimiento debido al pecado de 1888. Parecía incluir cierto elemento de desazón:

“Me siento en libertad de decir que comienzo a sentirme seriamente ansioso en relación con nuestra obra actual… Desde hace unas cuatro semanas… hemos venido considerando lo que impedía el derramamiento del Espíritu de Dios… Desde entonces he percibido que existe casi una reacción a partir de ello, y esta obra parece avanzar entre nosotros con cierta celeridad. Me digo que no voy a sentirme satisfecho si esta asamblea termina sin un derramamiento del Espíritu Santo mayor que el que hayamos conocido hasta ahora…  
Estoy extremadamente ansioso respecto a esta situación, ya que el tiempo pasa y un día sucede rápidamente al otro… 
Nos ha de sobrevenir algo diferente a lo que nos ha venido hasta ahora en esta asamblea, eso es seguro…      
Sólo restan unos diez días para que concluya la asamblea” (General Conference Bulletin 1893, 384, 386 y 389).

Viene a continuación una argumentación dudosa e indefinida, que llevó a la audiencia a creer que podría recibir el don de la lluvia tardía del Espíritu Santo por el simple método de asumir y pretender haberlo recibido: ‘No debemos sentir que tenemos el poder del Espíritu Santo; debemos saber que lo tenemos’. Una admisión consciente como esa no incluiría el auténtico conocimiento de nosotros mismos, ni una conciencia de la profundidad de nuestro pecado, ya que eso podría resultar peligroso y causa de desánimo...

“Observo que muchos de los aquí presentes han pedido alguna vez al Señor que les permita verse de la forma en que él los ve; y pienso que es una petición que el Señor no ha considerado oportuno concedernos. No creo que debiéramos pedirle tal cosa. Podéis ver cuál es el efecto previsible si comenzara a mostrarnos a nosotros mismos: empezaríamos a preguntarnos si el Señor nos ama o no, y si puede o no salvarnos… no tenía idea sobre mi carácter. 
Bien, probablemente el Señor no ha comenzado a mostrarnos cómo somos, tal como él nos ve; doy por supuesto que no tenemos idea alguna o concepción al respecto de cómo somos a la vista de Dios” (ibíd., p. 445).

Se ignoró así la verdadera función de la ley, y eso confundió a la congregación. Significó eludir las frecuentes amonestaciones de E. White a enfrentar con sinceridad nuestra realidad interior.

El orador parafraseaba o repetía algunas ideas que Jones había presentado, pero les daba un giro sutil para sustentar su teoría según la cual el Consolador, en lugar de traer la sanadora convicción de pecado, lo que hacía era quitarla. Había que deshacer como fuera la nube que se cernía sobre la asamblea. La propuesta consistía ahora en asumir que Dios había perdonado el pecado que causó el problema, sin necesidad de arrepentimiento. Se trataba simplemente de afirmar que nuestros pecados habían sido quitados. Aparece en este punto una referencia inconfundible a Hannah Withall Smith:

“Repetid una y otra vez lo que él dice. Haciendo así no os podéis equivocar. Si no lo comprendéis y sois incapaces de ver luz en ello, insistid en afirmar lo que él dice” (ibíd., p. 447).

Quizá la mejor manera de exponer esa línea de pensamiento sea reproducir el siguiente párrafo de su predicación:

“[El Espíritu] nos convence ahora de la justicia de Dios en Cristo -de la justicia de Cristo. Y nos convence de que poseerla es algo maravillosamente deseable. Avanza afirmando que la podemos tener, para convencernos a continuación de que la poseemos, si lo seguimos…       
El propósito no es: ‘Voy a convencerte de que eres un pecador, y a continuación de que estás condenado’. No: la obra del Espíritu es convencernos de que tal condenación ha sido quitada” (ibíd., p. 448 y 449. Cursivas como aparecen en el original).

El problema, tal como él lo veía, no era la liberación personal del pecado, sino disipar la nube que estaba sobre la asamblea por causa de su rechazo a la lluvia tardía. Y el remedio propuesto para esa grave enfermedad no iba más allá de lo que representaría una venda o una aspirina para una seria enfermedad física.

De esa teoría sólo podía derivar la confusión. La trompeta no estaba emitiendo un sonido claro, y nunca se enfrentó franca y llanamente el pecado de Minneapolis. Se asumía que el sentimiento de culpa debía ser de origen satánico, por lo tanto se lo debía rechazar inmediatamente.

Se cumplió así este testimonio de 1890: “La parte superior fue cortada, pero nunca se desarraigaron sus raíces” (Testimonios para los ministros, p. 467). Si el corazón sintiera alguna convicción verdadera que revelara que las raíces seguían allí, se la debía repudiar por ser obra del diablo.

Tal sería el resultado lógico de la doctrina que enseñaba: (1) que bastaba una confesión verbal genérica de pecado inconsciente y no reconocido, sin necesidad de que los pecados fueran traídos a la conciencia; (2) que no se debía orar al Señor pidiendo el verdadero conocimiento de uno mismo; y (3) que la obra del Espíritu Santo no es traer convicción de pecado, sino precisamente eliminar dicha convicción –en directa oposición a la enseñanza de Cristo en Juan 16:8 y 9.

Aceptados los anteriores tres puntos, para toda mente reflexiva resultaría lógicamente inevitable aceptar un cuarto: que cualquier duda respecto a poseer el Espíritu Santo en el poder de la lluvia tardía sería equivalente a falta de fe en Dios. Se esperaba simplemente que uno asumiera que lo había recibido. Esa era la idea que ahora se intentaba abrir camino:

“Quiero sentir en mi experiencia que el Salvador está conmigo, tal como estuvo con sus discípulos… No quiero pensar en él como simplemente estando allí, sino como estando aquí. No es que quiera tenerlo, sino que lo tengo” (ibíd., p. 385).

Jones rechazó posteriormente tales propuestas:

“Por consiguiente, si alguien profesa creer en Jesús y profesa la justicia de Dios que viene al creyente en Jesús, ¿será esa profesión suficiente?... [Congregación: ‘No’]. Bien. ¿Cómo podéis saberlo? Quizá digáis: ‘Lo siento en mi corazón, y lo he venido sintiendo por años’. Pues bien, eso no es en absoluto evidencia, ya que ‘engañoso es el corazón más que todas las cosas’” (ibíd., p. 414).

Pero Prescott insistía en la idea que había desarrollado:

“Es aquí donde pretendo llegar: ¿Qué es lo que impide ahora [la lluvia tardía]? Lo que hemos de procurar es la justicia de Cristo… De alguna forma he estado pensando en ella así: Si dejáramos de cuestionarnos unos a otros… y nos sentáramos aquí con la sencillez de un niño… podríamos tenerla…       
Hermanos, ¿qué va a impedir que la aceptemos ahora de esa manera? Nada. Por lo tanto, alabemos al Señor y digamos: ahora la poseo” (ibíd., p. 388 y 389).

Y así fue como se desarrolló la doctrina popular que ha venido siendo predicada durante varias generaciones de adventistas desde 1893, según la cual recibimos la lluvia tardía simplemente asumiendo y pretendiendo que la poseemos, sin el conocimiento o arrepentimiento por haberla rechazado. El problema es que de ese modo nunca la hemos recibido.

 

Jones, confundido

Jones percibía el letargo que estaba insensibilizando los corazones, y no sabía qué hacer. Se había quedado prácticamente solo, excepción hecha de su autoproclamado colega, cuyos esfuerzos no hacían más que crear confusión y con toda probabilidad una predisposición desfavorable. Expresó así sus temores:

“Hermanos, estamos en una posición temible en esta asamblea. Es sencillamente sobrecogedor. Ya lo dije anteriormente, pero esta noche me doy más cuenta que cuando lo dije la primera vez. No puedo evitarlo, hermanos… Ni un alma entre nosotros ha soñado el temible destino que se cierne sobre los días que aquí están transcurriendo” (ibíd., p. 346).

En sus últimos dos o tres estudios encontramos a un Jones descolocado, citando en ocasiones a Prescott. Agotado y perplejo, parecía volverse hacia Prescott, haciéndose eco de sus ideas confusas.

Ambos fallaron en reconocer una realidad crucial: que la lluvia tardía tendría que ser retirada, y que el Israel moderno habría de volver a vagar por el desierto “muchos años más” (Evangelismo, p. 505). Ambos asumieron que nada podría impedir la conclusión de la obra de Dios en su generación, por lo tanto determinaron seguir adelante a pesar de la oposición y el rechazo. La idea de Prescott era esencialmente la del calvinismo popular: el reloj divino había sonado ya, y era imposible que la incredulidad de su pueblo alterara su voluntad soberana. Encontramos ahora a Jones repitiendo las demandas extremadas de Prescott:

“Repito que el mensaje que allí se nos dio es el que vosotros y yo hemos de llevar a partir de esta reunión. Y todo aquel que no pueda llevarlo con él tras este encuentro, haría mejor en no ir… Ese pastor sería preferible que no saliera de este lugar como pastor” (ibíd., p. 495).

Pronto se entregó a proposiciones poco sensatas, y a formular preguntas que habría sido mejor no hacer:

“¿Os ha dado [el Señor] la luz del conocimiento de su gloria? [Congregación: ‘Sí’] ¿Es así? [Congregación: ‘Sí’]… 
Entonces ese Espíritu ha venido a aquellos que pueden mirar al rostro de Jesucristo”.

Unos minutos después, “con permiso del orador, el profesor Prescott leyó lo siguiente: 'Levantad la vista por fe, y la luz de la gloria de Dios brillará sobre vosotros'”. Jones continuó así:

“Ahora, con la fuerza acumulada de cuatro años en acción, Dios lo presenta ante su pueblo. La propuesta es nuevamente: ‘Levántate, resplandece; que ha venido tu lumbre, y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti’ [Isa. 60:1]. ¿Quién lo va a hacer? ¿Quién? (Numerosas voces: ‘Yo’). ¡Muy bien! ¿Por cuánto tiempo lo vais a hacer? (Voces: ‘Por siempre’). ¿Lo vais a hacer constantemente? ¿Cuán a menudo vais a hacerlo? (Voces: ‘Por siempre’)…  
Siendo así, ‘Levántate, resplandece; que ha venido tu lumbre, y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti’” (ibíd., p. 496 y 497).

Si el fuerte pregón tenía que avanzar realmente con poder, necesariamente habrían de tener lugar grandes cambios en la iglesia. Encontramos ahora a Jones, con el apoyo de Prescott, haciendo profecías poco afortunadas que hasta el día de hoy no se han cumplido. Algún día se van a cumplir, pero no sucedió en aquella generación:

“He aquí la que considero la más bendita promesa que jamás se haya hecho a la iglesia adventista: ‘Nunca más vendrá a ti incircunciso ni inmundo’ [Isa. 52:1]. Gracias sean dadas al Señor por librarnos desde ahora de los inconversos, de los que fueron traídos a la iglesia para obrar su propia injusticia y para crear división en ella. Se terminaron las pruebas para la iglesia, gracias al Señor. Salieron los chismosos y perturbadores…        
‘Nunca más vendrá a ti incircunciso ni inmundo’…        
 En la iglesia adventista del séptimo día no hay lugar para los hipócritas. Si el corazón no es sincero, ese es el lugar más peligroso en que el que alguien pudiera encontrarse…        
Hermanos, éste es ahora el mensaje… y quien no pueda llevarlo no debiera ir. No vayáis… No vaya nadie sin la conciencia de esa presencia permanente, la del poder del Espíritu de Dios” (ibíd., 498 y 499).

Prescott predijo con entusiasmo la manifestación de los dones del Espíritu, extendiendo obviamente el don de profecía a otros más allá del auténtico agente que entonces se encontraba en Australia:

“Pero ahora, en la conclusión de la obra de Dios,… van a reaparecer los dones en la iglesia. Y no creo que sea el plan de Dios que esos dones hayan de estar confinados a uno sólo por aquí, y quizá otro por allá, o que sea un hecho inusual que algún don especial se manifieste en la iglesia… Dones de sanación; realización de milagros; profetizar; interpretación de lenguas: todas esas cosas se volverán a manifestar en la iglesia” (ibíd., p. 461).

¿Vinieron esos dones maravillosos? Después de aquella asamblea hubo cierto tipo de profecías, y tanto Prescott como Jones resultaron engañados por las desafortunadas pretensiones de una tal Anna Rice Phillips. Fue inevitable el fanatismo, dado que no tuvo lugar el fuerte pregón del mensaje del tercer ángel tras aquella asamblea de 1893.

Era tal el entusiasmo de Prescott, que predijo que algunos se levantarían ahora para resucitar literalmente a los muertos:

“Os quiero decir que hay personas en esta misma casa que pasarán por estas precisas experiencias; el ángel del Señor las sacará de la prisión para ir y proclamar el mensaje; sanarán a los enfermos y también resucitarán muertos. Eso sucederá con este mensaje… Hemos de creer esas cosas con la sencillez de un niño” (ibíd., p. 386).

El tiempo y la historia han demostrado la falsedad de tales predicciones, en todo caso con respecto al cuerpo de la iglesia. ¿Podría ser más verdadera la asunción de haber recibido la lluvia tardía del Espíritu Santo?

 

Predicciones de apostasía hechas por Prescott

Prescott no estaba muy seguro de su doctrina en aquella asamblea, e hizo una serie de extrañas pero significativas referencias a la posibilidad de resultar engañados por un falso Cristo:

“Digo ahora a quienes, habiendo estado en el ministerio y a los que habiendo presentado a Cristo ante la gente, son esta noche incapaces de distinguir entre la voz de Cristo y la del diablo: es tiempo para nosotros de que nos detengamos y aprendamos a reconocer la voz de Dios… Pero seguís preguntando: ‘¿Cómo conocer su voz?’ No os lo puedo decir…           
Con la misma seguridad, vosotros y yo resultaremos extraviados, a pesar de toda la luz que hayamos tenido en esta obra. El hecho es que a menos que tengamos el Espíritu de Dios con nosotros, vamos a cambiar de dirigente sin saberlo… Nos dispondremos en contra de esta obra, en contra del poder de Dios” (ibíd., p. 108).

Parecía no saber claramente la forma de distinguir la verdad del error, excepto por lo que él llamaba “el Espíritu”. Pero dejó sin resolver cómo distinguir entre “el Espíritu de verdad” y el “espíritu de error”:

“La promesa fue que enviaría al Espíritu de verdad; AL ESPÍRITU DE VERDAD…   
Va a soplar todo viento de doctrina. Se va a efectuar todo esfuerzo posible por introducir principios –no de forma abierta sino solapadamente, de una forma en que no lo vamos a reconocer por nuestra propia sabiduría… para engañar, si fuera posible… El esfuerzo consistirá en introducirlos como siendo la verdad, disfrazándolos con el manto de la verdad… y hacer que nos comprometamos con el error sin darnos cuenta” (ibíd., p. 459).

Hablando cierta vez de quienes entre nosotros “tienen los ojos cegados”, declaró: “¿Quién sabe si eso me implica a mí, o si no?” (p. 237). Finalmente dijo a la asamblea que el tema en liza era, o bien ser trasladados, o bien engañados por las estratagemas de Satanás:

“No puedo evitar la idea de que estamos en un tiempo por demás crítico para nosotros personalmente… Tengo la impresión de que ahora mismo estamos haciendo elecciones que van a determinar si seguiremos con esta obra en el fuerte pregón y seremos trasladados, o bien si resultaremos engañados por las estratagemas de Satanás y seremos dejados en las tinieblas de afuera” (ibíd., p. 386).

No fueron trasladados; de eso podemos estar seguros. ¿Resultaron, entonces, “engañados por las estratagemas de Satanás”?

La década que siguió a aquella asamblea fue sombría. Un incendio destruyó la sede de la iglesia en Battle Creek a modo de juicio divino. El panteísmo hizo estragos entre dirigentes destacados. Y han transcurrido más de diez décadas desde entonces sin que hayamos recibido la bendición llena de gracia que el Cielo quería otorgarnos en 1888.

 

Conclusión

La asamblea de la Asociación General de 1893 marcó el final de la era de 1888. El Señor retiró la lluvia tardía y el fuerte pregón. Así lo reconocieron los hermanos de aquel tiempo, y así lo demuestra la historia. La clausura de la asamblea de 1893 resultó enviciada por un entusiasmo equivocado, y Jones se descaminó.

Un mes después (el 9 de abril) E. White le escribió desde Australia advirtiéndole contra afirmaciones extremadas relativas a la fe y las obras. Eso no ocurrió durante la asamblea, ni quedó registrado en el Bulletin. E. White no había leído tales afirmaciones, sino que las oyó “en mi sueño”. Exiliando a E. White y a Waggoner, la oposición aseguró virtualmente el fracaso global del mensaje de 1888, resultando demasiado habilidosos y determinados los métodos del dragón, como para que Jones los enfrentase aisladamente con éxito [Véanse las declaraciones de E. White a propósito de que la continua oposición de Butler y Smith impusieron un peso sobre Jones que el Señor nunca planeó que cargara sobre sí].

Jones hizo lo mejor que supo. Había instado a los hermanos con fervor y humildad a que aceptaran la luz, en la seguridad de que Dios concedería la experiencia del fuerte pregón para gloria de su reino. Pero eso no iba a suceder, o mejor dicho, no podía suceder a menos que se arrepintieran de forma genuina por 1888, cosa que no hicieron.

Leemos asimismo acerca del inusitado entusiasmo de Caleb y Josué por conquistar Canaán, diciendo a Israel: “Jehová está con nosotros: no los temáis” (Núm. 14:9), siendo que la rebelión de Israel había hecho ya imposible que el Señor estuviese con ellos en aquel programa.

Poco antes que terminara la asamblea de 1893, E. White había advertido al presidente de la Asociación General respecto a la cuestión de Minneapolis:

“Si Satanás logra impresionar la mente y excitar las pasiones de quienes profesan creer la verdad… haciendo que se coloquen del lado equivocado, ha dispuesto sus planes para llevarlos a través de un largo viaje” (Carta O 19, 1892. Original sin atributo de cursivas).

Más tarde reconoció que había comenzado el “largo viaje”, ya que tuvieron que alterarse los planes de Dios:

“Tal vez tengamos que permanecer aquí en este mundo muchos años más debido a la insubordinación, como les sucedió a los hijos de Israel… Pero si hoy tan solo pudieran todos ver, confesar y arrepentirse de su propio curso de acción al apartarse de la verdad de Dios, y al seguir estrategias humanas, el Señor perdonaría” (Ms. 184, 1901; El evangelismo, p. 505).

Quienes asumen confiadamente que la asamblea de 1893 señaló “la mayor victoria” del mensaje de la justicia de Cristo, no pueden dar explicación alguna a la sinuosa desviación de esos “muchos años más” que ahora son ya más de un siglo. Es una forma más bien extraña de avanzar, para un fuerte pregón que tenía que propagarse “como fuego en el rastrojo”.

El hombre que lideró la confusión en 1893 tomó más tarde un rumbo misterioso. G.B. Starr escribió lo siguiente a A.G. Daniells:

“Usted sabe ciertamente que por alguna razón inexplicable el profesor Prescott nunca ha sido un dirigente confiable. En Inglaterra se desvió junto a Waggoner en muchos puntos, en la falsa profecía de Annie Phillips demostró falta de juicio… Escribió y enseñó panteísmo de forma tan decidida como lo hizo el doctor Kellogg, y con anterioridad a él. No son esos los pasos de un dirigente digno de confianza, de quien se espera que no yerre con esa persistencia y asiduidad” (Carta, 29 agosto 1919).

En las asambleas de la Asociación General de 1950 el recién elegido presidente empleó la misma doctrina enseñada por Prescott en 1893. Convenció a la vasta congregación en San Francisco de que podrían recibir el derramamiento final del Espíritu Santo en la lluvia tardía simplemente asumiendo y reivindicando que lo poseían. No era necesario arrepentimiento alguno por el rechazo al “comienzo” de la lluvia tardía; no había lección alguna de nuestra historia por aprender; ninguna necesidad de comprender aquel “preciosísimo mensaje” que el Señor nos envió (cf. Review & Herald, GC Report, 17 julio 1950, p. 113-117, sermón del sábado 15 de julio).

Con muy pocas excepciones, toda la congregación actuó como un rebaño siguiendo ciegamente a su pastor, que insistía en la misma doctrina que Prescott enseñó en 1893. Tampoco entonces hubo derramamiento de la lluvia tardía. Eso sucedía 37 años antes de escribirse la presente obra.

La mayoría de los dirigentes de 1950 han pasado ya al descanso, como sucedió con los de 1893. Es imperativo que nos preguntemos si acaso 1950 representó un progreso significativo con respecto a 1893. En deferencia hacia ellos hay que señalar que muy probablemente pocos, si es que alguno, de nuestros dirigentes de 1950 sabían lo que ocurrió en la asamblea de 1893. ¡Tenemos todo a temer del futuro, si olvidamos la manera en que el Señor nos ha conducido en el pasado!

Después de la asamblea de 1893, E. White se inquietó como nunca antes, declarando: “Vamos a cambiar de dirigentes sin apercibirnos de ello”. Su preocupación parecía ser que el enemigo operaría ahora dentro de la iglesia. Los nuevos Canrights realizarían a partir de entonces su obra “desde el interior”:

“El fanatismo se manifestará en nuestro propio seno. Vendrán engaños, y de tal naturaleza que engañarán, si es posible, a los escogidos. Si se dieran contradicciones notables y declaraciones falsas en estas manifestaciones, no se necesitarían las palabras de los labios del gran Maestro…
Únicamente el Espíritu Santo de Dios puede crear un entusiasmo sano” (Mensaje selectos, vol. II, p. 17; 1894).

El devenir de la asamblea de 1893 ilustra la posibilidad de que alguien predique sobre el Espíritu Santo sin entenderlo ni reconocerlo, e incluso resistiéndolo.

Sería bueno que todos nos preguntásemos en oración: “Señor: ¿soy yo?”


 

Capítulo 10

(índice)

Por qué se descaminaron Jones y Waggoner

Uno de los grandes misterios en la historia de la iglesia adventista es el fracaso tardío de A.T. Jones y E.J. Waggoner. Se suele asumir que fracasos como esos han de explicarse a partir de ciertas predisposiciones presentes en la persona desde el mismo inicio de su relación con la iglesia. Así lo expresó el apóstol Juan:

 

“Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros, porque si hubieran sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestara que no todos son de nosotros” (1 Juan 2:19).

 

Este principio parece aplicarse al caso de D.M. Canright. Espiritualmente hablando no era ya “de nosotros” desde mucho antes de dejarnos. Reprimía sus dudas ocultas expresando de vez en cuando confesiones abyectas, pero las dudas nunca fueron erradicadas. En Testimonies se narra la historia en detalle (vol. IV, p. 516 a 520, 571 a 573 y 621 a 628).

 

Hoy persiste una cuestión vital con respecto a Jones y Waggoner: ¿Eran cristianos genuinos en Minneapolis? ¿Cómo es posible que fueran fieles en aquella época y se extraviaran después? El libro The Fruitage of Spiritual Gifts expresa el punto de vista popular consistente en que Jones y Waggoner eran radicales, extremados, y que estaban en el error ya en Minneapolis, esperando solamente la oportunidad para descaminarse de forma más abierta en el futuro:

 

“[En el tiempo de la asamblea de Minneapolis] algunos eran muy partidarios de adoptar posiciones radicales, como si ser extremado fuera señal de fortaleza. La hermana White… pareció incluso tener el presentimiento de que los dos hombres que en aquel tiempo eran tan prominentes podían extraviarse posteriormente arrastrados por sus posiciones extremadas” (p. 232).

 

Sin embargo, declaraciones inspiradas confirman la corrección y fidelidad de los mensajeros en el tiempo de la asamblea de Minneapolis:

 

“En su gran misericordia el Señor envió un preciosísimo mensaje a su pueblo por medio de los pastores Waggoner y Jones… 
Dios dio a sus mensajeros precisamente lo que nuestro pueblo necesitaba” (Testimonios para los ministros, p. 91 y 95).

“Dios está presentando a mentes de hombres divinamente señalados preciosas gemas de verdad apropiadas para nuestro tiempo” (Ms 8a, 1888; Olson, p. 279).

 

“Dios ha enviado a esos hombres jóvenes para que lleven un mensaje especial” (Ms. S24, 1892).

 

¿Cómo se hubieran podido dedicar palabras como esas a hombres “radicales” o “extremados”?

 

El hecho de que Jones y Waggoner fallaran al final no significa que no fueran “de nosotros”. Pero su fracaso posterior suele interpretarse de forma irreflexiva arrojando una gran sombra sobre el mensaje que transmitieron en 1888, dejando la impresión de que fue el propio mensaje el que los hizo desviarse del camino.

 

Esa es la principal razón por la que algunos temen estudiar el mensaje. De esa forma queda sutilmente justificada hasta el día de hoy la oposición suscitada en Minneapolis, y se desprecian los mensajeros y el mensaje que el Cielo envió. Tal fue la idea peligrosa que E. White afirmó que se desarrollaría entre nosotros, en el caso de que los mensajeros perdieran posteriormente el rumbo.

 

 

Una misteriosa providencia

 

Enfrentamos aquí un problema singular. Hay dos cosas evidentes: (a) Existe una mente maestra del mal que se alegra por el rechazo aparentemente definitivo del mensaje. (b) De forma misteriosa, el propio Señor permite que esa tragedia sea una piedra de tropiezo para todo el que busque razones para rechazar la realidad del mensaje de la lluvia tardía.

 

La que sigue es una pregunta de difícil respuesta: ¿Por qué escogería Dios como mensajeros especiales a quienes más tarde se desviarían de la fe? ¿Por qué permitiría que se extraviaran los portadores de su mensaje, siendo que la apostasía de ellos contribuiría a afirmar la aguda oposición de la que sería objeto dicho mensaje? En esta desafiante historia hay algo profundamente significativo. Los pasos de Dios pueden ser misteriosos, pero eso no justifica nuestro descuido negligente en comprender su extraña providencia.

 

Suponer que el Señor cometió un error estratégico al escoger a Jones y Waggoner es impensable, pues él no está sujeto a error. Igualmente impensable es suponer que suscitara a hombres que lo alabaran en contra de la voluntad de ellos mismos, pues es evidente que ambos eran cristianos sinceros, llenos de celo y de mente humilde, cuando fueron usados por el Señor. Nunca “se lanzaron por lucro en el error de Balaam”, ni amaron “el premio de la maldad” (Judas 11; 2 Pedro 2:15). No es posible encontrar indicio alguno de falta de sinceridad en el ministerio de los mensajeros.

 

La evidencia inspirada sugiere respuestas diferentes a esas preguntas:

 

(1) Jones y Waggoner no fueron “desviados” por “posiciones extremas” sobre la justicia de Cristo, sino que fueron empujados fuera por la oposición persistente e irrazonable de los hermanos a quienes Dios dispuso que fueran destinatarios de la luz dada a los mensajeros.

 

(2) E. White reconoció la severidad de la oposición; contra ellos personalmente y contra su mensaje, y atribuyó “en gran medida” a los hermanos opositores la culpabilidad final por el posterior fracaso de los dos.

 

(3) El Señor permitió que tuviese lugar el triste episodio a modo de prueba para quienes se oponían, y los fracasos de los mensajeros de 1888 tuvieron por efecto confirmarnos en un estado de virtual incredulidad. Fue un ejemplo de lo que Pablo llama “poder engañoso”, que “Dios les envía” (permite) “para que crean en la mentira, a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia” (2 Tes. 2:11 y 12).

 

Se diría que el Señor es tan caballeroso como para hacerse a un lado del camino, propiciando así perchas en las que podamos colgar nuestras dudas, si es eso lo que buscamos. No es la voluntad de Dios que recibamos la lluvia tardía a menos que estemos plenamente comprometidos de corazón con él y su verdad. Su carácter “celoso” está aquí de alguna forma implicado. Quien esté presto a rechazar la bendición con el mínimo pretexto que sea, hallará amplia oportunidad para hacerlo. ¡Nadie se sienta obligado a hacer uso de esa apenada cortesía!

 

(4) El avance del juicio investigador hará necesario que la iglesia remanente, antes de su victoria final, llegue a apreciar la verdad del mensaje y su historia, y reconozca la obra de Jones y Waggoner de 1888 a 1896 en su auténtico valor: el “comienzo” de la lluvia tardía y el fuerte pregón.

 

 

Arraigo de la oposición

 

El carácter de la crítica que debieron enfrentar impuso a los mensajeros una carga mucho más difícil de sobrellevar que la derivada de la oposición más común.

 

“Sea cual sea el curso que siga el mensajero, resultará objetable para quienes se oponen a la verdad, y harán un mundo de todo defecto en los modales, costumbres o carácter de quien la defiende” (Review & Herald, 18 octubre 1892).

 

“Algunos de nuestros hermanos… llenos de celos y malas sospechas… están siempre dispuestos a mostrar cuánto difieren de los pastores Jones o Waggoner” (Carta S24, 1892).

 

Los dos hombres hablaban de forma decidida y enérgica. Las agudas percepciones de la verdad llevan frecuentemente a los que son “simplemente humanos” a expresarse de esa manera. Pero eso resultaba ofensivo para la naturaleza humana que estaba buscando una excusa para rechazar el mensaje:

 

“No se queje nadie de los siervos de Dios que han ido a ellos con un mensaje enviado del cielo. No sigáis buscando defectos en ellos, diciendo: ‘Son demasiado incisivos; hablan con demasiada energía’. Quizá estén hablando con mucha fuerza; ¿acaso no es necesario hacerlo?...          
Ministros, no deshonréis a vuestro Dios ni contristéis a su Espíritu Santo criticando los métodos y los procedimientos de los hombres que él eligió… Él ve el temperamento de los hombres que ha escogido. Sabe que sólo hombres fervientes, firmes, decididos, de carácter enérgico, comprenderán la importancia vital de esta obra, y pondrán tal firmeza y decisión en sus testimonios que quebrantarán las barreras de Satanás” (Testimonios para los ministros, p. 410-413).

 

El propio Señor revistió a sus mensajeros especiales con señas de autoridad, con “credenciales celestiales”. En su amor por Cristo y su mensaje especial habían perdido de vista su yo. Pero resultó ofendido aquel yo que en otros no había sido aún crucificado:

 

“De haber permitido que los rayos de luz que brillaron en Minneapolis ejercieran su poder de convicción en aquellos que tomaron posición en contra de la luz… habrían recibido las más ricas bendiciones, habrían chasqueado al enemigo y se habrían tenido como verdaderos hombres, fieles a sus convicciones. Habrían vivido una rica experiencia; pero el yo dijo: ‘No’. No quiso someterse y luchó por la supremacía” (Carta O 19, 1892).

 

Por lo tanto, el principio que subyace en ese rechazo a la verdad es el mismo que operó en el rechazo a Cristo por parte de los judíos. Caifás vio en Cristo a su rival. Se sintió personalmente celoso de él (Deseado de todas las gentes, p. 651). Entremezclada con esos celos hacia Aquel que parecía ser un simple ser humano, Caifás estaba expresando la enemistad del corazón natural contra Dios y su justicia. De igual forma, en Minneapolis, las personalidades de Jones y Waggoner vinieron a ser la piedra de tropiezo visible y consciente para el invisible e inconsciente rechazo hacia Cristo, la Palabra. Así lo evidencia lo que sigue:

 

“Hombres que profesan santidad han despreciado a Cristo en la persona de sus mensajeros. Como los judíos, rechazan el mensaje de Dios. Los judíos preguntaron con respecto a Cristo: ‘¿Quién es este? ¿No es el hijo de José?’ Él no era el Cristo que habían esperado los judíos. Las agencias que Dios envía hoy no son tampoco lo que los hombres han estado esperando” (Fundamentals of Christian Education, 472).

 

 

La carga personal que sobrellevaron Jones y Waggoner

 

Pocos han apreciado el efecto que la oposición debió ejercer inevitablemente sobre los jóvenes mensajeros. Ellos sabían que el mensaje de la justicia de Cristo provenía de Dios. Sabían que el Espíritu de Dios les había dado las riendas para salir valientemente en su defensa. Y no podían estar ciegos al hecho evidente de que la reacción a aquel mensaje por parte del liderazgo de la única y verdadera iglesia remanente que ha de triunfar por fin, consistió en el más determinado rechazo.

 

Sabían que el mensaje era el comienzo del fuerte pregón, y que había de propagarse como “fuego en el rastrojo”. Sabían que había llegado el tiempo para la conclusión de la obra, tiempo en el que inteligencias celestiales estaban observando con profundo interés el desarrollo del drama. Sabían también que estaban viviendo en el tiempo de la purificación del santuario, cuando, como nunca antes, la incredulidad y fracasos pasados de la vieja Jerusalén no debían repetirse. Nunca se había dado una crisis como aquella; nunca el cielo había concedido mayores evidencias en la vindicación de un mensaje especial.

 

Pero, para gran sorpresa de ambos, la historia nunca había registrado un fracaso humano más vergonzoso en aprovechar una oportunidad de origen celestial como la presente. Eso se dibujaba ante los jóvenes mensajeros como el final y más completo fracaso del pueblo de Dios en creer y entrar en el reposo del Señor. ¿Qué podía venir después?

 

En comparación, Lutero llevó una carga más ligera. Cuando Roma lo perseguía, todo cuanto tenía que hacer es leer las profecías de Daniel y Apocalipsis e identificar al papado como al cuerno pequeño y la bestia. Eso debió fortalecerlo hasta el punto de hacer que quemara la bula papal. Pero Jones y Waggoner no pudieron aplicar ese bálsamo a su corazón. La profecía no indicaba una octava iglesia sucediendo a Laodicea. La posibilidad de que el pueblo de Dios atrasara el programa divino por un siglo o más, superaba lo que ellos podían comprender.

 

Hay que decir en su favor que Jones y Waggoner nunca renunciaron a su fe en el Dios de Israel. No se hicieron infieles, agnósticos o ateos. Nunca renunciaron al sábado, ni a la completa devoción por Cristo que caracterizó toda su vida. En el clima eclesiástico actual habrían continuado siendo miembros en situación regular. Su pecado consistió en que perdieron la fe en el cuerpo de la iglesia, y en su liderazgo. No creyeron en el arrepentimiento denominacional. Llegaron a dudar de la naturaleza humana, lo que puede explicar la amargura que Jones desarrolló, y también los fracasos de su propia naturaleza humana. El enemigo nos va a presionar con severidad para que repitamos el fracaso de ellos. ¡Pero no tenemos por qué ceder!

 

Los arbustos azotados por vientos que rompen ocasionalmente la calma placentera del valle, harán bien en guardar silencio cuando los majestuosos robles de la cima resultan abatidos por la furia de la tempestad devastadora. Sea Dios quien hable, al declarar que ciertamente no hubo disculpa para los fallos de Jones y Waggoner, y seamos nosotros tardos para hablar, reconociendo que en gran medida fuimos los causantes de ese resultado.

 

C.S. Lewis nada sabía de nuestra experiencia de 1888, pero en su obra Reflections of the Psalms hizo un comentario esclarecedor:

 

“De igual forma en que el resultado de arrojar a un montón de desechos una cerilla encendida es que prenda el fuego… el resultado natural de defraudar a un hombre, menospreciarlo o tratarlo con desdén, es despertar el resentimiento; es decir, imponerle la tentación de convertirse en aquello que acabaron siendo los salmistas en sus pasajes de clamor por vindicación. El que es probado de ese modo, puede que venza la tentación, o que no lo haga… Si finalmente cae en ese pecado, en cierto sentido soy yo quien lo seduje o empujé. Fui yo el tentador” (p. 24).

 

E. White sintió agudamente el peso que debieron sobrellevar los mensajeros. En 1892 escribió al presidente de la Asociación General respecto de ellos en estos términos:

 

“Quisiera que todos pudieran ver que ese mismo espíritu que rehusó aceptar a Cristo, la luz que habría disipado las tinieblas morales, dista mucho de haberse extinguido en nuestro tiempo…         
Algunos pueden decir: ‘No aborrezco a mi hermano; no soy así de malo’. Pero cuán poco conocen sus propios corazones. Pueden pensar que tienen celo por Dios en sus sentimientos hacia su hermano cuando las ideas de éste parecen de alguna forma estar en conflicto con las suyas. Afloran entonces a la superficie sentimientos que nada tienen que ver con el amor… Es posible que esté en pie de guerra con sus hermanos o que no lo esté, y no obstante puede estar trayendo al pueblo un mensaje de Dios… 
[Creen que] es correcta la amargura de sentimientos hacia sus hermanos. ¿Soportará el mensajero del Señor la presión ejercida contra él? Si lo hace es porque el Señor hace que se tenga en su fortaleza, vindicando así la verdad que Dios le ha enviado…          
Si los mensajeros del Señor, después de haberse tenido valientemente por la verdad por un tiempo, caen bajo la tentación y deshonran a Aquel que les ha asignado su obra, ¿sería eso prueba de que el mensaje no es verdadero?... No… El pecado por parte del mensajero de Dios haría que Satanás se alegrase, y triunfarían quienes rechazaron al mensaje y al mensajero; pero eso de ninguna forma libraría de responsabilidad a los culpables de rechazar el mensaje de Dios…         
Tengo profunda pena de corazón porque he visto con qué rapidez se critica una palabra o acción de los pastores Jones o Waggoner. Qué facilidad tienen muchas mentes para dejar de ver todo el bien obrado por ellos en los años recientes, y para no apreciar evidencia alguna de que Dios está obrando mediante esos instrumentos. Están a la caza de algo que condenar, y su actitud hacia esos hermanos que están fervientemente implicados en el desempeño de una buena obra, revela la presencia en el corazón de sentimientos de enemistad y amargura” (Carta O19, 1892).

 

Por aquel tiempo E. White escribió una carta a Uriah Smith insinuando que los mensajeros podrían no tener la fortaleza suficiente para soportar la tensión y presiones ejercidas en su contra:

 

“Es muy posible que los pastores Jones y Waggoner puedan ser vencidos por las tentaciones del enemigo; pero si tal ocurriera, eso no demostraría que no tenían un mensaje de parte de Dios, o que la obra que han realizado no fuera más que una total equivocación. Si tal cosa sucediera, cuántos no tomarían esa posición y caerían en un engaño fatal debido a no estar bajo el control del Espíritu de Dios… Esa es precisamente la posición que muchos tomarían si cayera alguno de ellos, y oro para que estos hombres sobre los que Dios ha depositado la responsabilidad de una obra solemne sean capaces de dar un sonido certero a la trompeta y honren a Dios a cada paso, y que su camino brille más y más hasta el final del tiempo” (Carta S24, 1892. Original sin atributo de cursivas).

 

La información precedente arroja mucha luz sobre la tragedia de Jones y Waggoner:

 

(1) Sufrieron el odio inequívoco de sus hermanos, quienes estaban celosamente aplicados a la caza de “una palabra o acción” de su parte para condenarlos. La actitud de enemistad, amargura y sospecha se prolongó hasta 1892, fecha posterior a las confesiones.

 

(2) Los hermanos que se oponían pensaban sinceramente que su actitud era celo por Dios; sin embargo, era “ese mismo espíritu que rehusó aceptar a Cristo”.

 

(3) La oposición demostró ser una tentación abrumadora e irresistible para los jóvenes mensajeros.

 

(4) El trágico resultado confirmó a los hermanos que se oponían en su menosprecio al mensaje.

 

(5) El hecho de que los mensajeros extraviaran el camino fue un “triunfo” para los que se oponían, y aunque es triste decirlo, para Satanás. Ese acontecimiento, por lo tanto, se convirtió en evidencia probatoria de que los hermanos opositores no se habían arrepentido verdaderamente del pecado cometido en Minneapolis. Su “triunfo” resultaría ser su “engaño fatal”.

 

Así, el fracaso de los mensajeros tendería a confirmar en la impenitencia a los dirigentes, pastores, administradores y docentes adventistas. El fracaso final de los mensajeros es citado frecuentemente hasta el día de hoy como evidencia de que el mensaje de 1888 debe ser de algún modo peligroso. Ese era exactamente el propósito de Satanás al hacerlos caer, y cumple al pie de la letra la predicción de E. White.

 

(6) El éxito de las oraciones de E. White pidiendo que los dos mensajeros soportasen la prueba, dependería de la actitud que los hermanos oponentes tomasen a partir de 1892.

 

Pocos meses después E. White escribió a los delegados de la Asociación General reunidos en asamblea acerca de la verdadera causa del posible fallo de los mensajeros:

 

“No es la inspiración del cielo la que lo hace a uno receloso, dispuesto a acechar la oportunidad y a lanzarse ávidamente sobre ella para demostrar que los hermanos que difieren de nosotros en algunas interpretaciones de las Escrituras no son sanos en la fe. Hay peligro de que ese curso de acción produzca el mismo resultado objeto de la acusación; y en gran medida la culpabilidad recaerá sobre quienes están al acecho del mal… 
La oposición en nuestras propias filas ha impuesto a los mensajeros del Señor una tarea extenuante y probatoria para el alma, puesto que han debido hacer frente a dificultades y obstáculos que no tenían por qué haber existido… El amor y la confianza constituyen una fuerza moral que habría unido nuestras iglesias y asegurado armonía de acción; pero la frialdad y desconfianza han traído desunión, privándonos de nuestra fuerza” (Carta, 6 enero 1893; General Conference Bulletin 1893, p. 419-421).

 

Fue esa “tarea extenuante y probatoria para el alma”, esos recelos, ese ir “a la caza de algo que condenar”, esa “indiferencia de unos y oposición de otros”, haciendo un mundo de un átomo para probar que no “eran sanos en la fe”, lo que produjo “el mismo resultado” señalado: la caída de los dos. “Persecución” es la palabra apropiada, exacta e inspirada para definir aquella oposición:

 

“Debiéramos ser los últimos sobre la tierra en ceder en lo más mínimo al espíritu de persecución contra quienes están llevando el mensaje de Dios al mundo. Es el rasgo más terrible de falta de cristianismo que se ha manifestado entre nosotros desde el encuentro de Minneapolis” (General Conference Bulletin 1893, p. 184).

 

No obstante, el sufrimiento impuesto por aquella persecución no era excusa para que Jones y Waggoner extraviaran el camino.

 

 

El problema de A.T. Jones

 

Se cita con frecuencia una carta aislada que E. White escribió a Jones en 1893, como evidencia de que su mensaje era extremado. Sacada de su contexto, esa carta deja en algunas mentes la impresión de que su mensaje de justicia por la fe era desequilibrado. Pero hay que leer la carta en su contexto.

 

E. White nunca publicó aquella carta mientras vivió. Si hubiese pensado que el mensaje de Jones era extremado o desequilibrado, no habría dudado en publicarla en sus Testimonies.

 

Escribiendo desde la distante Australia, dice a Jones que había oído algo en su “sueño”. No lo había leído en ninguna publicación. Jones tenía la tendencia, cuando enfrentaba oposición persistente, a exagerar sus proposiciones, y la carta iba enfocada a cortar de raíz esa tendencia. Jones aceptó con humildad el consejo de E. White y sacó provecho de él. La carta afirma que sus puntos de vista sobre la justicia por la fe eran correctos, ya que declaró: “usted ve realmente esos temas tal como lo hago yo”, y se refirió a los puntos de vista de Jones como “nuestra posición”:

 

“En mi sueño, usted disertaba sobre el tema de la fe y la justicia imputada de Cristo por la fe. Repitió varias veces que las obras no significan nada, que no hay condiciones. El asunto fue presentado de tal forma que me di cuenta que las mentes serían confundidas y no recibirían la impresión correcta en cuanto a la fe y las obras, y decidí escribirle. Presentó este asunto demasiado fuertemente… Sé lo que usted quiere decir, pero deja una impresión equivocada en muchas mentes…
Usted ve realmente esos temas tal como lo hago yo, y sin embargo, debido a sus expresiones, hace que estos temas resulten confusos para las mentes…      
Esos asertos vigorosos en cuanto a las obras nunca fortalecen nuestra posición. Esas expresiones debilitan nuestra posición, pues hay muchos que lo considerarán a usted como extremista, y perderán las ricas lecciones que tiene para ellos precisamente sobre los temas que necesitan conocer… Con presentaciones o expresiones demasiado elaboradas, no coloque un guijarro en el que pueda tropezar un alma que es débil en la fe… Recuerde que hay algunos cuyos ojos están intensamente pendientes de usted, esperando que vaya demasiado lejos, que tropiece y caiga” (Carta 44, 9 abril 1893; Mensajes selectos, vol. I, p. 442-444. Traducción revisada).

 

La más exhaustiva búsqueda en los voluminosos escritos y predicaciones de Jones se ha demostrado incapaz de encontrar ni siquiera una sola ocasión en que hubiera declarado “que las obras no significan nada”, u otra expresión extrema semejante a las aludidas en aquel sueño. Sería de esperar encontrar alguna afirmación inadecuada sobre la fe y las obras en sus veinticuatro predicaciones dadas en la asamblea de 1893, clausurada justo antes de que E. White escribiera esa carta. Pero encontramos exactamente lo opuesto: afirmaciones enfáticas que expresan un equilibrio apropiado entre la fe y las obras, refiriéndose a estas últimas como siendo, no solamente necesarias, sino como el fruto natural e inevitable de la genuina fe en Cristo.

 

En la clausura de la asamblea de 1893, la influencia de Prescott desvió a Jones a la suposición fanática de que el fuerte pregón era algo imparable. Eso dejó el terreno abonado para el fanatismo de Anna Rice Phillips.

 

La carta de E. White llegó a tiempo para advertirlo, y Jones se comportó precavidamente. E. White dedicó las más entusiastas declaraciones de apoyo al ministerio de Jones después de aquella carta del 9 de abril de 1893, dado que él se arrepintió humildemente de su desliz temporal en aquel episodio de fanatismo.

 

[En una carta escrita a S.N. Haskell un año después, E. White afirma que ahora tenía más confianza en Jones de la que tuvo antes que errara apoyando a Anna Phillips. La carta declara que Jones es el mensajero escogido del Señor, amado de Dios, su embajador. Ese error no habría tenido lugar si Uriah Smith y G.I. Butler se hubieran unido a Jones y Waggoner como debían haber hecho. “Jones y Waggoner oyeron la voz del Señor y sus lectores reconocen en sus interpretaciones de la palabra de Dios cosas maravillosas procedentes de los oráculos vivientes que hacen que sus corazones se reanimen al escucharlas”; “han alimentado al pueblo con pan del cielo”; “el Señor tiene precisamente a los hombres que él quería”; “han llevado la obra adelante con fidelidad, y han sido los portavoces de Dios”; “conocen la voz de consejo y la han obedecido”; “han traído aguas del pozo de Belén”; “estos agentes escogidos por Dios se habrían gozado en asociarse con Smith y otros, incluido Butler; de haberse dado tal unión, hay errores que no habrían tenido lugar” (Carta H-27, 1894)].

 

 

Ningún pecado es excusable

 

Fue un pecado de impaciencia y falta de dominio propio el que puso fin al ministerio de Jones y Waggoner. Pero la experiencia de Moisés en las lindes de Canaán ilustra lo que sucedió a los mensajeros. El pecado de Moisés fue igualmente inexcusable, y tuvo que morir a causa de él: un pecado de impaciencia con Israel. Los acusó de ser “rebeldes” de forma acalorada e impaciente. Aunque lo dicho por Moisés era correcto, su espíritu no lo fue:

 

“Cuando se arrogó la responsabilidad de acusarlos, contristó al Espíritu de Dios y sólo le hizo daño al pueblo. Evidenció su falta de paciencia y de domino propio. Así dio al pueblo oportunidad de dudar de que sus procedimientos anteriores hubieran sido dirigidos por Dios, y de excusar sus propios pecados. Tanto Moisés como los hijos de Israel habían ofendido a Dios. Su conducta, dijeron ellos, había merecido desde un principio crítica y censura. Ahora habían encontrado el pretexto que deseaban para rechazar todas las reprensiones que Dios les había mandado por medio de su siervo” (Patriarcas y Profetas, p. 441).

 

Si Jones y Waggoner no hubieran manchado su reputación, futuras generaciones como la nuestra probablemente los habríamos tenido en una consideración casi idolátrica. “Muchos de los que no habían querido obedecer los consejos de Moisés mientras él estaba con ellos, hubieran estado en peligro de cometer idolatría con respecto a su cuerpo muerto, si hubieran sabido dónde estaba sepultado” (ibíd., p. 510). La verdad y la lógica de la posición de Jones y Waggoner eran tan abrumadoras que no mucho tiempo después de 1888 bastantes comenzaron a reconocerlo. Pero la lluvia tardía tuvo que ser postergada para una generación futura. Los mensajeros deben permanecer ahora secretamente “sepultados”. Es decir: había que evitar cualquier ocasión para la idolatría en aquellas generaciones todavía no nacidas que habrían de venir después. ¿Qué mejor método de “sepultura” cabría imaginar, si no es permitiendo que los mensajeros extraviaran tristemente el camino?

 

Se ha argüido que las numerosas veces que Jones y Waggoner predicaron después de 1888 son un indicativo de la aceptación oficial de su mensaje. Pero esa no es una deducción válida. Es necesario prestar atención a varios factores: (1) los miembros laicos y los pastores locales (favorables al mensaje) tenían mayor influencia en la elección de predicadores que en la actualidad; (2) fue necesaria la influencia de E. White exigiendo virtualmente que se les diera audiencia durante las sesiones de la Asociación General; (3) sus compromisos para predicar les imponían una pesada carga emocional, dado que muchos dirigentes eran contrarios a su mensaje. Tenemos un ejemplo en la actitud prevalente en la asamblea de 1893, tal como evidencia el Bulletin.

 

Por extraño que parezca, muchos que habían despreciado el mensaje de Jones y Waggoner mientras se mantenían fieles, los siguieron fervientemente cuando finalmente se desviaron de la fe. Eso no hizo más que empeorar las cosas. Un expresidente de la Asociación General escribió al propósito en 1912:

 

“El comienzo de la predicación del mensaje de la justificación por la fe en esta denominación provocó al enemigo, quien hizo un gran esfuerzo por detener su difusión. Cuando fracasó en eso, sustituyó su plan de oponerse por otro método que prometía mayor éxito. Ese nuevo plan debía ligar las mentes del pueblo a los instrumentos humanos llamados por el Señor para promulgar el mensaje, de forma que llegaran a ser considerados como los oráculos de Dios. De ese modo la fe de las personas vendría a estar centrada en ellos más bien que en Jesucristo, el autor del mensaje. El enemigo calculó que la adulación y alabanza del pueblo enorgullecería de tal modo a esos hombres, que llegarían a sentir que sus opiniones y juicio debían prevalecer en todo asunto relativo a las Escrituras, o al manejo de la obra de Dios en la tierra” (G.A. Irwin, Review & Herald,  4 julio 1912). [Obsérvese el fallo en reconocer el mensaje como el “comienzo” de la lluvia tardía y el fuerte pregón].

 

E. White insistió en que la causa primaria de la caída de los mensajeros fue la persecución impía que sufrieron. Eso los separó del amor y confianza de sus hermanos que tanto necesitaban. Los estragos causados por la adulación imprudente tuvieron un papel secundario.

 

Considerando la naturaleza del mensaje que llevaron, lo único que podía hacer esa doble circunstancia era perturbar sus facultades espirituales. Si hubieran podido recibir mayor luz, de forma que resistieran hasta producirse la victoria, podrían haber hecho frente al mundo en la fuerza que han de poseer quienes finalicen la obra de Dios en la tierra. Pero una vez que el mensaje fue rechazado, debían cesar la luz y el poder adicionales. A Waggoner se lo había exiliado en Inglaterra, y tanto él como Jones tuvieron que trabajar sin la ayuda de E. White. Conocieron solamente el “comienzo” de la luz del fuerte pregón, y eso, aun tratándose de corazones sinceros, no bastó para lograr su perfecta santificación (¡no basta para nosotros hoy!)

 

 

Buenas personas desviándose del camino

 

Nuestra historia ofrece evidencia adicional acerca de cómo “triunfarían quienes… rechazaron el mensaje y los mensajeros” (Carta O19, 1892). El presidente de la Asociación General en 1888 -G.I. Butler- fue uno de los principales en el rechazo inicial. Era una persona bondadosa. Tenía un varonil y enérgico don de liderazgo. Pero había de manejar una situación sin precedentes: ¡Ningún presidente se había encontrado con anterioridad frente al comienzo de la lluvia tardía y el fuerte pregón! E. White intentó ayudarle:

 

“Usted alude a su función de presidente de la Asociación General como si eso justificara su curso de acción… No tiene derecho a herir los sentimientos de sus hermanos. Se refiere a ellos en términos que no puedo aprobar… Llama niñatos a los hermanos Jones y Waggoner” (Carta 21, 1888).

 

Cuando su esposa enfermó, el pastor Butler se retiró -después de 1888- a una hacienda solitaria en Florida. Posteriormente confesó sus actitudes erradas y regresó a puestos de elevada responsabilidad. El Señor aceptó sus labores posteriores, tal como sucedió con Uriah Smith, pero ambos perdieron definitivamente la oportunidad áurea de participar en la lluvia tardía y el mensaje del fuerte pregón.

 

En el Bulletin de la Asociación General de 1903 se encuentra un ejemplo patético de la forma en que la oposición de Butler finalmente “obtuvo la supremacía” (expresión de A.T. Jones). Durante esa asamblea Jones y Waggoner formaban parte de una minoría que se sentía constreñida por su conciencia a oponerse a la revisión de la constitución de 1901. En su opinión, la revisión de 1903 era un paso atrás respecto a los principios de reforma de 1901. Si estaban o no en lo cierto, va más allá de lo que podemos hoy dilucidar, pero indudablemente mantenían su postura en total sinceridad. En el curso del debate hubo “voces” pidiendo que el pastor Butler se pronunciara.

 

En siete ocasiones se salió del tema para afirmar cómo amaba a los “queridos” hermanos Jones y Waggoner; sin embargo el Bulletin revela que representó falsamente la posición de ellos, incluso a pesar de sus protestas verbales. Y a continuación los sometió al público ridículo (p. 145-164).

Los mensajeros habían dicho en la Asamblea que “el pueblo de Dios debe estar sometido al Señor, y solamente a él. Hay un sólo Pastor, y tiene sólo un rebaño”, y que primariamente “la junta debe pertenecer a Jesucristo y servirle a él, dejando de controlar a los demás y permitiéndoles que prediquen el evangelio dado por Cristo”. El pastor Butler interpretó eso como una invitación a la abolición de toda organización, y comparó injustamente la posición de ellos con la de los fanáticos anarquistas contra quienes tuvieron que vérselas los pioneros:

 

“Estos queridos hermanos no saben las dificultades que teníamos antes de estar organizados…
Me parece que si algunas de estas cosas se llevan a cabo de la forma en que algunos de los buenos hermanos han dicho, eso conduciría finalmente, si se lo aplica en su plenitud, al mismo estado de desorganización que tuvimos al principio… No quiero ahora decir nada para herir los sentimientos del hermano Jones, pues lo amo entrañablemente” (General Conference Bulletin 1903, p. 146-163).

 

En la asamblea de 1901 E. White había advertido enfáticamente en contra del “poder controlador entre nosotros, ejercido para controlar esta o aquella rama de la obra” (General Conference Bulletin 1901, p. 25 y 26). Esa era la razón principal por la que había estado amonestando durante años a que se emprendiera una reforma y reorganización. La tendencia a someter a los obreros había sido un rasgo destacado en la presidencia precedente del pastor Butler, a quien E. White dirigió la carta que se encuentra en Testimonios para los ministros, p. 297-300. Ese espíritu fue especialmente prominente en los años 1886 a 1888. Hoy son bien conocidas las reprensiones que le hizo a él personalmente. En 1903 escribió: “No debe perpetuarse el poder controlador que se ha revelado con anterioridad en la Asociación General” (Testimonies, vol. VIII, p. 233). Sin embargo, el Pastor Butler contradijo públicamente esas declaraciones, negando incluso que pudiera existir algo parecido a “poder controlador” en la presidencia de la Asociación General:

 

“Perdonaréis a este, uno de los obreros veteranos que por tantos años ha servido en la obra, y que ha presidido por trece ejercicios la Asociación General, por decir que soy incapaz de ver cómo pudiera haber aquí algo de naturaleza controladora. No creo que sea el caso… Lo he ostentado por trece mandatos… Me sentiría profundamente compungido si creyera que hubiera podido haber aquí algún ejercicio de poder controlador… Aunque he desempeñado el cargo por trece años, hasta donde soy capaz de recordar jamás fui reprobado por algo similar” (General Conference Bulletin 1903, p. 163).

 

¡Gran facilidad, la que tenemos los humanos para olvidar!

 

Atrapado en aquel espíritu de disputa, el pastor J.N. Loughborough hizo un discurso secundando al pastor Butler. Se refirió también con desdén a las convicciones minoritarias de Waggoner y Jones.

 

En la postura que tomaron en 1903, Jones y Waggoner no se estaban oponiendo a los verdaderos principios de la organización, pero quizá tuvieron alguna premonición relativa al estado que finalmente alcanzaríamos a finales del siglo veinte, cuando resulta tan difícil para los miembros de comités permanecer fieles a Cristo en contra de la fuerte presión de grupo y de la perspectiva de verse marginados.

 

Pero la idea de que un comité deba primeramente y por encima de todo someterse a Cristo, y buscar celosamente la dirección del Señor recordando que todos somos hermanos, por alguna extraña razón despertaba el recelo en Butler y Loughborough. Este último afirmó:

 

“Dicen esos hermanos que no es su propósito demoler la organización. Bien: creo que no es ese su propósito, pero es mi parecer que finalmente se llega al punto en que no hay constitución ni orden alguno. ‘Finalmente’, dijeron en los primeros días, ‘todos somos hermanos. Si buscamos al Señor, él nos guiará’” (p. 164).

 

¿Les estaban clavando un cuchillo en la espalda? Jones y Waggoner tienen disculpa por pensar que así fue. Jones se levantó en aquel momento para hacer un llamamiento a los delegados, en tonos trágicos. Pudo significar una herida que jamás curaría:

 

“Quisiera hacer ahora una petición a los delegados y a todos quienes leen el ‘Bulletin’. Cuando se impriman estos discursos, leed por favor los del hermano Waggoner y [P.T.] Magan, y después el mío; leedlos con detenimiento, y si sois capaces de encontrar en alguno de ellos algo que vaya de alguna forma en detrimento de la organización, espero que lo marquéis y nos lo enviéis, de forma que podamos arrepentirnos por ello” (ídem.)

 

El desafío de Jones se tuvo entonces en pie, y perdura hasta hoy. Waggoner y él habían hecho un llamamiento a someterse a Cristo y al Espíritu Santo, en armonía con el mensaje de 1888. Se trataba de una sumisión que haría posible la dirección del Señor en la conclusión de su obra mundial. No se estaban oponiendo a la organización; lo que deseaban ver era que la organización se sometiera a Cristo, a fin de que pudiera cumplirse la comisión evangélica. Querían que se reconociera a Cristo como verdadera Cabeza de la iglesia, y que fuera él quien tomara las riendas de su organización.

 

Fueron mal comprendidos y representados. Butler tuvo la última palabra. “Triunfó”, según expresión de E. White. Por algún motivo, tanto él como Loughborough ignoraron las protestas de los mensajeros e ignoraron sus súplicas por imparcialidad. ¿Qué podría explicar que obraran de esa forma, si no es por la presencia de un resentimiento hacia ellos, latente durante quince largos años?

 

La humillante derrota de Jones y Waggoner en 1903 marcó probablemente el punto de partida de la amargura que finalmente desarrollarían. Los “queridos hermanos Jones y Waggoner” habrían sido más que humanos si no hubieran sentido que estaban recibiendo el súmmum del desprecio, tras quince años de oposición. ¿Podrían abstraerse a aquel dolor?

 

Su súplica por sumisión a Cristo por encima de cualquier sometimiento al control humano, estaba en armonía con los frecuentes llamamientos de E. White y con la propia Escritura, pero lógicamente sólo podía prosperar si el Espíritu Santo era acogido mayoritariamente entre nosotros.

 

La persistente actitud del corazón del pastor Butler queda ilustrada en una carta dirigida al Dr. Kellogg un año después. En ella deja claro que nunca se arrepintió de su ceguera de 1888. No podía evitar seguir culpabilizando a Waggoner por males que perturbaban la causa, y consideró la derrota de este como una bendición:

 

“Mantengo precisamente las mismas opiniones que siempre he sostenido desde que comencé a ser un estudiante de la Biblia… El último equipo que ha venido a la dirección después que dejé mi cargo [como presidente de Asociación General], de alguna forma ha remodelado las cosas. El pastor Waggoner fue un espíritu influyente en dichos cambios. Parece haberse transformado él mismo, de ser un predicador a convertirse en un doctor. Quizá es lo que le convenga a él y a sus asociados. Ojalá que le vaya bien en todo” (Carta, 9 septiembre 1904).

 

Uno se pregunta cómo una carta así pudo ayudar al Dr. Kellogg en aquel momento delicado que atravesaba.

 

Hay quien acusa a Jones de codiciar el puesto de presidente de la Asociación General. La acusación puede o no ser cierta. Los libros del cielo registran los motivos del corazón mejor de lo que podemos hacer en nuestra limitada comprensión de las sombras difuminadas del pasado. Sin duda su mejor juicio debió convencerlo de que no estaba dotado para la administración, o para dirigir Review & Herald. Sus “credenciales celestiales” le habían sido concedidas con un propósito diferente: el de ser un heraldo del evangelio del fuerte pregón para la iglesia y para el mundo. Eso era encargo sobrado y suficiente para la labor que un ser humano puede desempeñar. Cuando esa misión fracasó, Jones perdió la paciencia de los santos.

 

 

El espíritu de 1888 y la tragedia de Kellogg

 

E. White refiere que en la convención de Minneapolis el Dr. Kellogg estaba genuinamente convertido (General Conference Bulletin 1903, p. 86). Son abundantes sus declaraciones apoyando el carácter y sincera devoción de Kellogg. Reproducimos una de las últimas:

 

“Dios ha concedido al Dr. Kellogg el éxito que ha tenido… Dios no aprueba los esfuerzos realizados por algunos con el fin de dificultar hasta donde les sea posible la obra del Dr. Kellogg… Los que rechazan [la luz sobre la reforma pro-salud], rechazan a Dios. Uno tras otro de entre quienes se esperaba algo mejor, dijeron que todo venía del Dr. Kellogg y le hicieron la guerra. Eso tuvo una influencia nociva sobre el doctor, que cedió al resentimiento y la represalia” (General Conference Bulletin 1903, p. 86).

 

Una carta dirigida al pastor Butler, quien era presidente de la Asociación General en 1888, indica que la apostasía final de Kellogg fue también “en gran medida” nuestra responsabilidad. Desde luego, no era la voluntad de Dios:

 

“Algún día se verá que nuestros hermanos y hermanas no han sido inspirados por el Espíritu Santo en su trato hacia el Dr. Kellogg. Sé que vuestras opiniones sobre el doctor no son correctas. Dios no va a aprobar vuestra actitud hacia él… Podéis seguir un curso de acción que debilite de tal manera la confianza que él tiene en sus hermanos, que haga imposible que le resultéis de ayuda cuándo y dónde él la necesite…      
No conozco a ningún otro entre nosotros cualificado para desempeñar la obra que el Dr. Kellogg ha efectuado. Ha necesitado la simpatía y confianza de sus hermanos… Debieron haber seguido un curso de acción que ganara y mantuviera su confianza… Pero en lugar de eso ha habido un espíritu de sospecha y crítica.     
Si el doctor fracasa en cumplir su deber y en ser finalmente un vencedor, aquellos hermanos que fallaron por su falta de sabiduría y discernimiento al no ayudar allí donde su ayuda era necesaria, serán en gran medida responsables… 
Sus hermanos a veces perciben realmente que Dios está empleando al doctor para el desempeño de una obra para la que ningún otro es idóneo. Pero entonces reciben una cantidad abrumadora de informes negativos sobre él y quedan perplejos. Los aceptan parcialmente y concluyen que el Dr. Kellogg debe ser realmente hipócrita y falto de sinceridad… ¿Cómo debe sentirse el doctor, observado siempre con recelo?... ¿Habrá de continuar por siempre?... Cristo pagó el precio de la redención por su alma, y el diablo hará todo lo que pueda para arruinarla. Que ninguno de nosotros sea su ayudante en esa obra” (Carta B21, 1888).

Los que están en el corazón mismo de la obra han sido indulgentes con sus propios deseos de una forma en que han deshonrado a Dios… El Dr. Kellogg no recibió apoyo en la obra de la reforma pro-salud… Tuvo que asumir la obra que otros dejaron de hacer. Ha sido muy injusto el espíritu de crítica mostrado desde el principio hacia su obra, y la ha convertido en difícil… Es un hecho la lentitud de nuestros pastores en hacer avanzar la reforma pro-salud… Eso ha causado la pérdida de confianza en ellos por parte del Dr. Kellogg” (Ms. 13, 1901, Diary, enero 1898).

 

Se había rechazado el “maná” de 1888, y ahora comenzaba a manifestarse aquello en que se transformaba el antiguo maná dado a Israel, cuando no se lo comía fresco: se descomponía. Cuando un alimento es altamente nutritivo, se echa a perder más rápidamente que si fuera desvitalizado. Perdimos a tres grandes hombres, extraordinariamente dotados, que en su tiempo die­ron evidencia de haber sido verdaderamente ordenados por el Cielo. No fue una labor grata procesar el maná descompuesto, y la historia que siguió es por demás triste.

 

 

Conclusión

 

Las últimas palabras que el Dr. Waggoner escribió antes de su muerte repentina el 28 de mayo de 1916, se encuentran en una carta que escribió a M.C. Wilcox: “No cuestiono, sino que reconozco plenamente la bondad superior de los hermanos en la denominación. Sería desagradecido si no reconociese la luz que Dios me dio. Nunca he podido comprender por qué me la concedió a mí, excepto al considerar la base sobre la que él otorga sus dones: no de acuerdo a los méritos, sino a la necesidad”.

 

No nos corresponde especular acerca de si será finalmente salvo o no. Pero si los citados fueron sus últimos pensamientos y Dios en su infinita sabiduría y misericordia encontró la manera de salvarlo, ciertamente Waggoner se declarará indigno. ¿Acaso alguno de nosotros nos sentiremos de otro modo?

Una de las últimas cartas que tenemos de Jones antes de morir, revela un espíritu humilde de completa confianza en el mensaje adventista del séptimo día y en el ministerio de E. White (12 de mayo de 1921). La enfermera que lo atendió en Battle Creek en su lecho de muerte nos manifestó personalmente su certeza de que Jones murió como un auténtico cristiano.

 

La apropiada y autorizada reimpresión de sus mensajes escritos durante el tiempo en que fueron fieles, publicada en un espíritu de sincero apoyo, propiciaría para esta generación una visión refrescante del evangelio en su pureza. Y una vez reunidos los fragmentos restantes para que no se pierda nada, podríamos presentar nuestra petición confiadamente al trono de la gracia a fin de recibir el pan que necesitamos, el alimento adecuado para nuestra situación actual.

 

Tan ciertamente como hay un Dios viviente, esa oración no quedará sin respuesta.

 


 

Capítulo 11

(índice)

 

Las crisis Alfa y Omega

 

En los tempranos 1900 la iglesia adventista estuvo a punto de ser arrollada por una terrible crisis conocida como la herejía del panteísmo. E. White la describió como el “alfa” de “espíritus seductores y doctrinas de demonios”. ¿Pudo ese engaño “alfa” estar relacionado con el rechazo precedente a la luz de 1888?

 

En proporción directa con la falta de discernimiento y comprensión de la luz genuina, resulta acogida la falsificación de la misma, que no se reconoce ni comprende en su verdadera naturaleza. Después de 1888 se nos dijo que la apostasía interna sería de naturaleza insidiosa y sutil, y se difundiría con facilidad antes que se la pudiera discernir.

 

A lo largo de la historia ha permanecido como ley inalterable ese principio del engaño sobrevenido, una vez que se rechaza la luz. Jesús declaró a los dirigentes judíos: “Yo he venido en nombre de mi Padre y no me recibís; si otro viniera en su propio nombre, a ese recibiríais” (Juan 5:43). Necesitamos una comprensión veraz de la era que siguió a 1888, a fin de reconocer las “chispas” que sustituyeron a la luz verdadera.

 

En la era de 1888 el ministerio estaba compuesto por hombres bondadosos, consagrados, intensivamente dedicados, y sabedores de lo que significa soportar privaciones. Aunque profesando la verdad en toda sinceridad, se las arreglaron de alguna forma para ignorar o rechazar la realidad de ella. Lo sucedido constituye uno de los acontecimientos más sorprendentes en la historia de la obra de Dios.

 

Los hermanos eran sinceramente inconscientes de una actitud del corazón que se manifestó en una reacción no santificada contra la más gloriosa luz que jamás haya brillado sobre esta iglesia. Pero no eran peores de lo que somos nosotros por naturaleza. Somos un solo cuerpo con ellos.

 

En consecuencia, el pecado de rechazar aquella luz del fuerte pregón jamás puede ser verdaderamente vencido hasta que aquellos motivos no percibidos, igualmente presentes en nuestros corazones, afloren a nuestra conciencia. La purificación del santuario debe ciertamente incluir esa obra. Aquello que fracasamos en creer hace un siglo, debemos aprenderlo transitando el largo rodeo que nosotros mismos hicimos inevitable. Nuestra historia es el resultado de principios divinamente ordenados para llevarnos a la reconciliación con Cristo.

 

 

La crisis “alfa” de principios del siglo XIX como modelo

 

Aquello que sólo ganaría por amor, el Señor no lo va a procurar por la fuerza, ni quiere conseguirlo mediante el temor. Eso explica su gran paciencia con nuestra desviación. ¿Qué más podría hacer, excepto esperar que aborrezcamos nuestro proceder? Pero su paciente sabiduría vencerá finalmente, porque es la sabiduría del amor, una estrategia genuinamente divi­na. ¡Comprender la historia de 1888 significa poderosas buenas nuevas!

 

Tanto en 1844 como en 1888, el rechazo de la luz hizo inevitable que cayésemos en el engaño. Ese principio operó cuando ciertos pioneros adventistas rechazaron la luz adicional relativa a la verdad del santuario:

 

“Vi que una luz excesivamente brillante procedía del Padre hacia el Hijo, y desde el Hijo ondeaba sobre el pueblo que estaba delante del trono. Pero pocos recibían esta gran luz. Muchos salían de debajo de ella y la resistían inmediatamente; otros eran descuidados y no apreciaban la luz, y esta se alejaba de ellos…

Los que se levantaron con Jesús elevaban su fe hacia él en el lugar santísimo, y rogaban: ‘Padre mío, danos tu Espíritu’…

Me di vuelta para mirar la compañía que seguía postrada delante del trono y no sabía que Jesús la había dejado. Satanás parecía estar al lado del trono, procurando llevar adelante la obra de Dios. Vi a la compañía alzar las miradas hacia el trono, y orar: ‘Padre, danos tu Espíritu’. Satanás soplaba entonces sobre ella una influencia impía… El objeto de Satanás era mantenerla engañada, arrastrarla hacia atrás y seducir a los hijos de Dios” (Primeros escritos, p. 55 y 56).

Después de 1888 operó ese mismo elemento de engaño que se había dado tras el rechazo de la luz que el Cielo envió relativa al santuario. Refiriéndose a la crisis, E. White escribió en 1889: “Cuando el Señor tiene luz para su pueblo, no es de esperar que Satanás se quede tranquilo, sin hacer esfuerzos para impedirles que la reciban” (Joyas de los testimonios, vol. II, p. 317).

“Habrá muchos, como en los tiempos antiguos, que se aferrarán a la tradición y adorarán lo que no conocen…
Lo cierto es que ha habido entre nosotros un apartamiento del Dios vivo, una desviación hacia los hombres, y se pone la sabiduría humana en lugar de la divina.           
Dios despertará a sus hijos; si otros medios fracasan, se levantarán herejías entre ellos, que los zarandearán, separando el tamo del trigo” (ibíd., p. 312).

 

En la asamblea de Minneapolis se nos dijo que el fracaso en avanzar bajo la dirección de Cristo nos expondría a caer en manos de la dirección de Satanás sin que nos diéramos cuenta de ello:

 

“A menos que se acepte su verdad, Dios retirará su Espíritu…  
Ojalá pudierais ver y sentir que a menos que avancéis, estáis retrocediendo, y Satanás se ha dado cuenta de ello y ha sabido tomar ventaja de la mente humana… La batalla está aquí ante nosotros” (Ms. 8, 1888; Olson, p. 264 y 265).

 

Refiriéndose nuevamente a Minneapolis, E. White describió así la senda descendente:

 

“Dios ha dispuesto que en este tiempo se dé un ímpetu fresco y nuevo a su obra. Satanás lo ve y se determina a impedirlo… Aquello que es alimento para las iglesias se percibe como si fuera peligroso, no debiéndolo dar. Y se permite que esa pequeña diferencia en las ideas conmueva la fe, cause apostasía, quebrante la unidad y siembre la discordia, todo debido a que no saben contra lo que están luchando” (Ms. 13, 1889. Original sin atributo de cursivas).

 

El enemigo vio que la reacción de muchos contra la luz de 1888 le brindaba su mejor oportunidad para obtener una victoria decisiva:

 

“El enemigo de Dios y del hombre no quiere que se presente claramente esta verdad, puesto que sabe que si se la recibe plenamente resultará quebrantado su poder… [Cristo] nos advirtió a estar en guardia contra falsas doctrinas… Se nos presentarán muchas falsas doctrinas como siendo enseñanzas de la Biblia… Dios quiere que seamos sagaces… y que recordemos las advertencias que nos ha dado a fin de que en la crisis que se cierne ante nosotros no nos encontremos del lado del gran engañador” (Review & Herald, 3 septiembre 1889).

“Los que tienen gran luz y no han andado en ella, tendrán tinieblas correspondientes a la luz que han despreciado” (Testimonios para los ministros, p. 163).

 

Puesto que la luz que vino en 1888 era la verdad del mensaje del tercer ángel, era de esperar que el enemigo aprovechara la oportunidad para confundir nuestra comprensión de esa verdad:

 

“Satanás está ahora obrando con todo su poder de insidia y engaño para desviar a los hombres del mensaje del tercer ángel que ha de ser proclamado con gran poder… Obrará con poder magistral para traer el fanatismo de una parte y el frío formalismo de la otra, a fin de reunir una cosecha de almas. Es tiempo de que velemos sin cesar. Estad vigilantes, impedid que Satanás dé entre nosotros el más mínimo paso de avance…
Algunos no harán un uso correcto de la doctrina de la justificación por la fe” (Special Testimonies, series A, nº 1, p. 63 y 64, 1890).

“A menos que el poder divino sea traído a la experiencia del pueblo de Dios, las mentes resultarán cautivadas por teorías falsas e ideas erróneas” (Review & Herald, 3 septiembre 1889).

 

A.G. Daniells reconoció en 1926 que la advertencia era justificada, que se había cumplido aquella profecía:

 

“El pueblo de Dios falló de forma lamentable en traer el poder divino a su experiencia, y se ha evidenciado el resultado predicho… las mentes han sido tomadas cautivas por teorías falsas e ideas erróneas” (Christ Our Righteousness, p. 89).

 

E. White estaba preocupada. El tiempo del fuerte pregón es una ocasión de gozosa expectativa, pero también de peligro. La crisis posterior a 1888 señaló una nueva era, según ella misma expresó:

 

“De aquí en adelante tendremos un conflicto constante… Se me presentaron las siguientes palabras de las Escrituras: ‘Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos’ (Hech. 20:30). Esto se verá ciertamente entre el pueblo de Dios… habrá quienes… tomarán equivocadamente el error por luz y declararán que el error especioso es luz, tomarán equivocadamente los fantasmas por cosas reales, y las cosas reales por fantasmas… Caerán en engaños y errores que Satanás ha preparado como redes ocultas para enredar los pies de los que piensan que pueden andar guiados por su sabiduría humana sin la gracia esencial de Cristo… Aceptarán un error tras otro hasta que sus sentidos resulten pervertidos” (Ms. 16, 1890; El evangelismo, 431).

 

 Si bien es cierto que el enemigo procuró engañarnos antes de 1888, sus más persistentes ataques tuvieron lugar con posterioridad. Es sólo por haber rechazado previamente la luz, por lo que pudieron sobrevenirnos los engaños referidos bajo el epígrafe “alfa”:

 

“En el tiempo del fuerte pregón del tercer ángel estarán en peligro los que en alguna medida han resultado cegados por el enemigo y no se han recuperado plenamente de la trampa de Satanás, puesto que será difícil discernir la luz del cielo y estarán inclinados a aceptar la falsedad. Su experiencia errónea influirá en sus pensamientos, decisiones, proposiciones y consejos. Las evidencias que Dios ha dado no parecerán evidencias para quienes cegaron sus ojos eligiendo las tinieblas antes que la luz. Tras haber rechazado la luz, producirán teorías que ellos llamarán “luz”, pero Dios las llama chispas encendidas por ellos mismos, y serán las que dirijan sus pasos.   
Muchos rechazarán las palabras enviadas por el Señor, mientras que recibirán como luz y verdad las palabras que el hombre pueda hablar. Jesús afirma: ‘He venido en nombre de mi Padre y no me recibís; si otro viniera en su propio nombre, a ese recibiríais’ (Juan 5:43). La sabiduría humana apartará de la negación del yo, de la consagración, e inventará muchas cosas que tiendan a dejar sin efecto los mensajes de Dios. No podemos estar seguros confiando en hombres que no están estrechamente unidos con Dios. Los tales aceptarán las opiniones de los hombres, pero no pueden discernir la voz del verdadero Pastor, y su influencia servirá para extraviar a muchos” (Review & Herald, 13 diciembre 1892).

 

Tras la asamblea de 1893, E. White vio que nos amenazaban engaños sin precedente: “Parece haber desaparecido el discernimiento, y [muchos] carecen de poder para discernir entre la luz que Dios les envía y las tinieblas procedentes del enemigo de sus almas” (Review & Herald, 7 agosto 1894).

 

 

El peligro de impacientarse

 

En la era 1888 algunos deseaban avanzar con Cristo en el inmenso gozo espiritual de concluir la comisión evangélica. Pero el cuerpo de la iglesia (sus dirigentes especialmente) no estaba preparado. Contrariamente a lo que pretendería el predeterminismo calvinista, el Señor tuvo que alterar su propósito y permanecer con su pueblo. Si éste no le seguía, habría de ser él quien siguiera con ellos.

 

Eso constituyó una circunstancia probatoria para algunos de temperamento más entusiasta que la mayoría. Se los debió instar a “no precipitarse delante del Maestro”, sino a “seguir el camino que él abre” (Testimonios para los ministros, p. 228).  Tal como hizo Moisés con Israel después de Cades-Barnea, E. White permaneció hasta su muerte con la iglesia, a pesar de que ésta no siguiera la dirección del Señor.

 

 [Parece una fatalidad del destino que el líder destacado de la apostasía “alfa” fuera J.H. Kellogg, quien estaba genuinamente convertido en ocasión del encuentro de Minneapolis según palabras de E. White (General Conference Bulletin 1903, p. 86). W.W. Prescott, que durante un tiempo enseñó ciertos aspectos del mensaje, enseñó también panteísmo en los inicios de la crisis. Hasta el propio Waggoner erró en algunas de sus expresiones, dando a sus opositores ocasión de acusarle de ser panteísta a pesar de que E. White nunca le hizo un reproche a ese respecto. Algunos concluyen hoy equivocadamente que el mal del panteísmo está implícito en el mensaje de 1888.

Tratándose de expresar verdad vital, se impone la más estricta precisión, puesto que el camino del error y el de la verdad discurren cercanos. Eso se aplica especialmente al mensaje que constituyó el comienzo de la lluvia tardía y el fuerte pregón. Los conceptos de 1888 enfatizan cuán cercano a nosotros vino el Salvador en su encarnación y ministerio mediante el Espíritu Santo. La oposición determinada y persistente desconcertó a los mensajeros, distorsionando el compañerismo cristiano. Obligado innecesariamente a ponerse a la defensiva, y privado de la sana instrucción y corrección fraternales, Waggoner sobrepasó, tras años de fidelidad, la estrecha línea que separa la preciosa verdad del error].

 

El ejemplo de E. White permanece hasta el día de hoy como un consejo y ejemplo admirables. Los críticos seres humanos no tienen tanta paciencia como el Señor. No es el Señor, sino la iglesia, la responsable de la prolongada demora. ¿Por qué permite Dios que la apostasía irrumpa en su iglesia?

 

La historia de Israel arroja luz sobre la nuestra:

 

“Hasta en la iglesia misma ha permitido Dios que los hombres pongan a prueba su propia sabiduría en este asunto… Cuando en el pueblo hubo instructores infieles, el resultado fue la debilidad y la evidente decadencia de la fe del pueblo de Dios; pero Dios actuó purificando el campo, y levantó a quienes fueron probados y hallados fieles.  
En algunas ocasiones la apostasía hace incursión en las filas, cuando aquellos que debieron seguir los pasos de su Dirigente divino expulsan la piedad de sus corazones… Pero Dios envía al Consolador como reprensor del pecado, a fin de advertir a su pueblo de su apostasía y reprenderlo por su recaída” (Review & Herald, 15 diciembre 1891).

 

Pero hay buenas nuevas al final del largo rodeo. Llevará a la iglesia a una verdadera comprensión de su condición y a un arrepentimiento genuino en una experiencia que será la mayor de su género en toda la historia:

 

“La iglesia adventista del séptimo día debe ser pesada en la balanza del santuario… Si las bendiciones conferidas no la capacitaron para cumplir la obra que se le confió, se pronunciará contra ella la sentencia: ‘Hallada falta’…   
A menos que la iglesia contaminada por la apostasía se arrepienta y se convierta, comerá del fruto de sus propias obras hasta que se aborrezca a sí misma. Si resiste el mal y busca el bien; si busca a Dios con toda humildad… será sanada. Aparecerá en la sencillez y pureza que provienen de Dios, exenta de todo compromiso terrenal, demostrando que la verdad la ha hecho realmente libre. Entonces sus miembros serán verdaderamente elegidos de Dios para ser sus representantes.
Ha llegado la hora de hacer una reforma completa. Cuando principie, el espíritu de oración animará a cada creyente, y el espíritu de discordia y de revolución será desterrado de la iglesia… Todos estarán en armonía con el pensamiento del Espíritu” (Joyas de los testimonios, vol. III, p. 251 y 254. Original sin atributo de cursivas).

 

Disidentes fanatizados citan fragmentos de este pasaje, en la pretensión de demostrar que el Señor ha rechazado a la iglesia; pero muy al contrario: en su debido contexto, E. White está aquí prediciendo una experiencia de arrepentimiento denominacional.

 

 

“Toda la iglesia”

 

Algunas declaraciones inspiradas parecen afirmar que nunca se va a arrepentir “toda la iglesia”, ni va a cooperar con Cristo en su totalidad. Son citas favoritas de mentes separatistas. Pero otras declaraciones afirman lo contrario. ¿Acaso se contradice E. White?

 

El contexto resuelve la aparente contradicción: Antes que tenga lugar el “zarandeo”, no se va a reavivar “toda la iglesia”; después del zarandeo, “toda la iglesia” va a cerrar filas. Observemos ambos tipos de declaraciones:

 

“¿Esperamos ver que se reavive toda la iglesia? Ese tiempo nunca llegará.        
Hay personas en la iglesia que no están convertidas y que no se unirán a la oración ferviente y eficaz. Debemos hacer la obra individualmente” (Mensajes selectos, vol. I, p. 142. Escrito en 1887).

 

Tras haberse escrito lo anterior, el mensaje de 1888 trajo una visión y esperanza renovadas. Ahora E. White se expresó en términos más positivos. El nuevo mensaje le levantó el ánimo:

 

“Cuando sea derramada la lluvia tardía, la iglesia será revestida de poder para efectuar su obra; pero la iglesia como un todo nunca lo recibirá hasta que sus miembros hayan desechado toda envidia, toda mala sospecha y toda maledicencia” (Review & Herald, 6 octubre 1896. Original sin atributo de cursivas).

“Cuando la iglesia se despierte… los miembros tendrán afán por las almas de los que no conocen a Dios… Dios obrará mediante una iglesia consagrada y abnegada, y revelará su Espíritu en una forma visible y gloriosa… Cuando el pueblo de Dios reciba este Espíritu, irradiará poder” (Mensajes selectos, vol. I, p. 136 y 137. Escrito en 1898. Original sin atributo de cursivas).

“Cuando la iglesia haya dejado de merecer el reproche de indolencia y pereza, el Espíritu de Dios se manifestará misericordiosamente… La tierra será alumbrada con la gloria del Señor.
Los ángeles del cielo han esperado por mucho tiempo la colaboración de los agentes humanos –de los miembros de la iglesia- en la gran obra que debe hacerse” (Joyas de los testimonios, vol. III, p. 308. Original sin atributo de cursivas).

“En visiones de la noche pasó delante de mí un gran movimiento de reforma en el seno del pueblo de Dios… se manifestaba un espíritu de sincera conversión… El mundo parecía iluminado por la influencia divina… Sin embargo, algunos rehusaban convertirse… Esas personas avarientas se separaron de la compañía de los creyentes” (Joyas de los testimonios, vol. III, p. 345. Original sin atributo de cursivas).

“El Espíritu Santo debe animar e impregnar toda la iglesia, purificando los corazones y uniéndolos unos a otros… 
El propósito de Dios es glorificarse a sí mismo delante del mundo en su pueblo” (Joyas de los testimonios, vol. III, p. 289 y 190. Original sin atributo de cursivas).

 

Refiriéndose al tiempo del arrepentimiento y reforma, cuando sea recibida la lluvia tardía, la sierva del Señor predijo:

 

“El temor de Dios, el sentido de su bondad y su santidad, circulará por cada institución. Una atmósfera de amor y paz permeará cada departamento. Toda palabra que se diga, toda labor que se realice, tendrá una influencia que corresponda a la influencia del Cielo… Entonces la obra avanzará con solidez y fortaleza duplicadas… La tierra será iluminada con la gloria de Dios, y nuestra tarea será dar testimonio de la pronta venida, en poder y gloria, de nuestro Señor y Salvador” (El ministerio médico, p. 242. Escrito en 1902).

 

A fin de alcanzar esa meta será necesario que comprendamos nuestra propia historia. “No tenemos nada que temer por el futuro, excepto que olvidemos la manera en que el Señor nos ha conducido” (Testimonios para los ministros, p. 31). Los corazones sinceros lo verán y se alegrarán:

 

“Hemos de mantenernos cerca de nuestro gran Caudillo, o seremos confundidos y perderemos de vista la Providencia que preside sobre la iglesia, sobre el mundo y sobre cada individuo. Dios obrará en forma profundamente misteriosa. Podemos perder los rastros de Dios y seguir nuestro propio aturdimiento diciendo: ‘Tus juicios no son conocidos’; pero si el corazón es leal a Dios, todas las cosas serán aclaradas.         
Hay un día que pronto ha de amanecer sobre nosotros, cuando los misterios de Dios serán comprendidos y todos sus caminos vindicados” (Testimonios para los ministros, p. 432 y 433).

 

 

La herejía panteísta

 

El mensaje de 1888 había de resultar en un corazón contrito y enternecido, capaz de apreciar la cruz de Cristo. La justicia dependía de una fe como esa. Pero la arrogancia del orgulloso corazón humano se resistía en muchos a la humildad requerida. Obsérvese que ese orgullo autosuficiente fue el terreno donde pudo enraizar el engaño que siguió. De no haber existido ese orgullo infiel, hasta las más sutiles tentaciones de Satanás habrían resultado impotentes. No hay razón por la que hubiera de hacer incursión el engaño “alfa”, excepto por el orgullo que siguió a 1888:

 

“Vivimos en medio de los peligros de estos últimos días, cuando se oirán voces que dirán en todas partes: ‘He aquí el Cristo’, ‘He aquí la verdad’, mientras la preocupación de muchos consiste en desarraigar el fundamento de nuestra fe que nos ha hecho salir de las iglesias y del mundo para constituir un pueblo peculiar…  
La verdad para este tiempo es preciosa, pero aquellos cuyos corazones no han sido quebrantados al caer sobre la Roca que es Cristo Jesús, no verán ni comprenderán qué es la verdad. Aceptarán aquello que place a sus ideas y comenzarán a preparar otro fundamento diferente del que ya ha sido puesto. Halagarán su propia vanidad y estima pensando que son capaces de quitar las columnas de nuestra fe para reemplazarlas por pilares inventados por ellos” (Elmshaven Leaflets, The Church, nº 4; Ms. 28, 1890; Mensajes selectos, vol. II, p. 446-448).

 

En Minneapolis la oposición quería “permanecer en los antiguos hitos”. Nada habría podido agradar más al enemigo que ver a nuestro pueblo abandonando aquellos hitos.

 

Pero ante el fracaso de la artillería pesada, el enemigo tiene un ejército de termitas preparado para la acción. Las ideas erróneas acariciadas por largo tiempo, originadas en el padre de la apostasía, pueden minar sutilmente nuestra comprensión de la verdad. Esas termitas no quebrarán visiblemente los pilares de la verdad, pero pueden carcomer nuestra fe desde el interior, dejándonos sólo con una apariencia exterior del mensaje de los tres ángeles. No estaba fuera del alcance de la inteligencia satánica el intentar un ataque como ese después de 1888, y la incursión del panteísmo así lo demuestra:

 

“Los autosuficientes… profesarán estar obrando por Dios, pero en realidad estarán rindiendo servicio al príncipe de las tinieblas. No habiendo ungido los ojos con colirio celestial, su comprensión resultará enceguecida, e ignorarán las maquinaciones por demás engañosas del enemigo. Su visión resultará pervertida debido a su dependencia de la sabiduría humana, que para Dios es necedad” (Danger of Adopting Worldly Policy, p. 4; 1890).

 

Estaban ocurriendo cosas subrepticiamente, pudiéndose decir del prejuicio contra 1888 que “nunca se desarraigaron sus raíces, y todavía producen su fruto impío para emponzoñar el juicio, pervertir las percepciones y cegar el entendimiento... Cuando, mediante una confesión cabal, destruyáis la raíz de amargura, veréis luz en la luz de Dios” (Testimonios para los ministros, p. 467). Para la mayoría de los hermanos esa “confesión cabal” no llegó nunca. Cortar la parte superior y dejar las raíces intactas era exactamente lo que satisfaría al enemigo:

 

“La política mundana está tomando el lugar de la piedad y sabiduría verdaderas que proceden de lo alto, y Dios va a retirar su mano benefactora de la Asociación. ¿Le será retirada a este pueblo el arca del pacto? ¿Se van a introducir ídolos de contrabando? ¿Se incorporarán al santuario falsos principios y preceptos? ¿Se va a dar crédito al anticristo? ¿Se van a ignorar las verdaderas doctrinas y principios que Dios nos dio, y que han hecho de nosotros lo que somos?... A eso es a lo que el enemigo nos está directamente llevando por medio de hombres cegados y carentes de consagración” (Ms. 29, 1890).

 

En 1894 se nos advirtió con intensidad creciente, exponiendo de nuevo la sutil astucia satánica:

 

“Los ángeles de Satanás… originan aquello que algunos pretenderán que es luz adicional, que proclamarán como cosa nueva y maravillosa; aunque en algunos aspectos el mensaje sea verdadero, estará mezclado con invenciones humanas y enseñará como doctrinas mandamientos de hombres… Puede haber cosas que puedan ser consideradas como ciertas y que aparenten ser buenas, pero necesitan ser cuidadosamente consideradas con mucha oración, pues son engañosas maquinaciones del enemigo para conducir a las almas por una senda que corre tan cerca de la senda de la verdad que apenas podrá ser distinguida de la que conduce a la santidad y al cielo. Pero el ojo de la fe puede discernir que lleva una dirección divergente del camino recto, aun cuando sea en forma casi imperceptible. Al principio puede pensarse que es positivamente recta, pero después de un tiempo se ve que se aparta mucho de la senda segura que conduce a la santidad y al cielo” (Testimonios para los ministros, p. 229; 1894).

 

Todavía más incisiva si cabe, fue esta advertencia:

 

“Se va a manifestar entre nosotros el fanatismo. Vendrán engaños, y de un carácter tal que engañarán si fuese posible a los mismos escogidos. Si tales manifestaciones incluyeran inconsistencias flagrantes y declaraciones falsas, no serían necesarias las palabras [de advertencia] pronunciadas por el Gran Maestro…  
La razón por la que levanto la señal de peligro es porque mediante la iluminación del Espíritu Santo de Dios puedo ver aquello que mis hermanos no disciernen” (Carta 68, 1894).

 

“El camino de la presunción discurre muy próximo al de la fe… si no se hace una obra cabal, ferviente, sensata y sólida como una roca en el desarrollo de toda idea y principio… el resultado será la ruina de las almas” (Carta 6a, 1894).

 

Ese mismo año E. White escribió sobre la posibilidad de que nuestras escuelas resultaran atrapadas en las redes de las seducciones satánicas. Pero nuevamente se expresó en términos esperanzadores:

 

“Nuestras instituciones de enseñanza pueden tomar una deriva en conformidad con el mundo. Pueden seguir los pasos del mundo; pero son prisioneras de esperanza, y Dios las corregirá e iluminará, y las restaurará a su posición correcta de distinción del mundo” (Review & Herald, 9 enero 1894; Fundamentals of Christian Education, p. 290).

 

La tesis peculiar de la Ciencia Cristiana, popularizada ya en 1895 en Nueva Inglaterra, pudo haber arrastrado a algunos de nuestros educadores, sembrando la simiente de nuestra particular herejía panteísta de principios de siglo XIX. Desde luego, el panteísmo es totalmente ajeno al mensaje de los tres ángeles, así como al comienzo del mensaje del cuarto ángel. Es un elemento extraño que tuvo que ser importado:

 

“Algunos tienen en mayor estima la asociación con los hombres de saber, que la comunión con el Dios del cielo. Se da más valor a las aseveraciones de los sabios, que a la sabiduría superior revelada en la Palabra de Dios…    
Los hombres que el mundo presenta como admirables ejemplos de grandeza… revisten al hombre con honor y apelan a la perfección de su naturaleza. Pintan un cuadro idílico, pero todo es una ilusión… Quienes presentan una doctrina contraria a la Biblia están dirigidos por el gran apóstata… Con un dirigente como ese –un ángel expulsado del cielo-, los supuestamente grandes hombres de la tierra son capaces de elaborar teorías seductoras que fascinan las mentes de los hombres” (Youth Instructor, 7 febrero 1895; Fundamentals of Christian Education p. 331 y 332).

 

 

Una década oscura en nuestra historia

 

En la víspera de la crisis del panteísmo E. White percibió que se cernían ante nosotros acontecimientos portentosos:

 

“Se está tendiendo la mano en señal de comunión con los mismos que están trayendo teorías y sentimientos falsos, confundiendo las mentes del pueblo de Dios, embotando sus sensibilidades relativas a los principios rectos… La luz dada, llamando al arrepentimiento, se ha extinguido en las nubes de la incredulidad y oposición traídos por planes e invenciones humanas” (B-19 1/2, 1897).

 

Refiriéndose a la asamblea de la Asociación General de 1899, la Sra. S.M.I. Henry percibió también cierto peligro: “De igual forma en que lo más dulce, cuando se agria, se convierte en lo más repulsivo, volverse contra la mayor luz y verdad significa caer en la mayor oscuridad y maldad” (General Conference Bulletin, 1899, p. 174).

 

Aquella misma asamblea de 1899 conoció de primera mano un trágico ejemplo de engaño. Uno de nuestros honorables dirigentes, cuando regresaba de Europa para asistir a la asamblea en South Lancaster, hizo amistad durante su travesía en barco con un empresario que aparentaba ser un rico capitán de navío. El ingenioso empresario profesaba aceptar el “mensaje del tercer ángel”. El pastor lo invitó en toda sinceridad a asistir a la asamblea que pronto tendría lugar en South Lancaster. El “capitán Norman” consiguió hacer gran impacto entre los delegados y adventistas locales, entre quienes se incluía una joven a quien propuso matrimonio, que ella aceptó.

 

En la reunión se hizo un llamado ferviente a fin de que nuestros miembros se comprometieran a hacer donaciones para la causa de Dios. El Bulletin de 1899 registra 100 dólares como la donación máxima a la que alguien se comprometiera -siendo la mayoría de ellas muy inferiores a esa cifra- hasta que el “capitán Norman” “comprometió” 5.000 dólares, que en aquella época era una suma astronómica. Eso puso rápido fin a otras donaciones. ¿Por qué habría de sacrificarse nuestro pobre pueblo, siendo que el portentoso neoconverso prometía cincuenta veces más que el siguiente después de él? ¡Lo satisfecho que debía estar el Señor con su pueblo, como para bendecirlo tan maravillosamente mediante una adquisición como la del capitán Norman!

El “caballero” resultó ser un agente del diablo, en palabras de E. White *. Desapareció junto con el dinero que su flamante novia había ahorrado durante toda su vida. Pero los mismos que fueron engañados por aquel agente del diablo resultarían muy pronto igualmente confundidos por lo que E. White denominó “doctrinas de demonios” en la historia de la apostasía “alfa”.

 

* [El pastor S.A. Wellman nos refirió el incidente en el invierno de 1945-1950. Lo confirman los registros del Bulletin de 1899 bajo el encabezamiento “capitán Norman”. La joven que aceptó su propuesta perdió sus ahorros de toda una vida. Cincuenta años después del asunto del capitán Norman, ocurrió un incidente similar en la sede de Takoma Park cuando el “Dr. Legge”, un astuto delincuente, engañó a algunos dirigentes de la Asociación General con su aparente conversión, interpretada como la maravillosa bendición del Señor].

 

La última década del siglo XIX fue un período de tinieblas y confusión en la sede de nuestra obra. El notable progreso exterior estaba disfrazando la destitución espiritual. Mervyn Maxwell describe el contraste llamativo entre el mensaje de 1888 y la condición espiritual de la iglesia:

 

“La dirección de la obra, los miembros laicos, las instituciones, las asociaciones, los campos misioneros y la iglesia como un todo estaba en desesperada necesidad de realizar una reforma… [citando a E. White:] Se produjo ‘una asombrosa apostasía’ entre los hijos de Dios. La iglesia estaba ‘frígida’, y su primer amor se había congelado. Dirigentes de Battle Creek dieron la espalda al Señor; muchos miembros de la iglesia lo rechazaban como Maestro y, en cambio, escogieron a Baal. Presidentes de asociaciones se estaban portando como obispos medievales… Una ‘ceguera extraña’ aquejó al presidente de la Asociación General, de manera que hasta él estaba actuando en contra de la luz… ‘todo el Cielo está indignado’” (Dilo al mundo, p. 233).

 

¿Cuál era el verdadero origen del problema espiritual? Habían rechazado el comienzo de la lluvia tardía y del fuerte pregón. Habían desechado la mayor oportunidad escatológica jamás otorgada a un pueblo.


 

Capítulo 12

(índice)

La Apostasía del Panteísmo

En el cambio de siglo, ningún refrigerio de la lluvia tardía estaba preparando a un pueblo para el retorno de Cristo. En lugar de eso, nuestra iglesia se enfrentaba a una de las tragedias más graves que jamás conociera. Sólo la intervención personal de la humilde mensajera del Señor salvó el navío de naufragar, tal como había sucedido pocos años antes al Titanic.

 

El “iceberg” consistió en la sutil herejía del panteísmo, promovida por algunos de los dirigentes más respetados del adven­tismo, que fueron tan sordos a las advertencias del peligro que amenazaba, como lo había sido el capitán de la desafortunada embarcación construida en los astilleros de Cunard.

Cuando E. White llegó a temer que nadie hiciera nada para resolver la crisis provocada por las enseñanzas heréticas del Dr. Kellogg, tuvo un sueño inspirado:

 

“Navegaba un barco en medio de una densa neblina. De pronto el vigía exclamó: ‘¡Iceberg a la vista!’ Allí, como una elevada torre por encima del barco, estaba un gigantesco iceberg. Una voz autorizada exclamó: ‘¡Hazle frente!’ No hubo un momento de vacilación. Se demandaba acción instantánea. El maquinista dio marcha a todo vapor y el timonel dirigió el barco directamente contra el iceberg. Con un crujido golpeó el témpano. Hubo una terrible sacudida, y el iceberg se rompió en muchos pedazos que cayeron sobre la cubierta con un estruendo semejante al trueno. Los pasajeros fueron violentamente sacudidos por la fuerza de la colisión, pero no se perdieron vidas. El navío se dañó, pero no sin remedio. Rebotó por el contacto, temblando de proa a popa como una criatura viviente. Entonces siguió adelante en su camino” (Special Testimonies, Series B, nº 2, p. 55 y 56; también en Mensajes selectos, vol. I, p. 240).

 

El barco era la iglesia adventista, y la “voz autorizada” era el testimonio de Jesús. El barco sufrió daños que no eran irreparables. Tras la colisión abandonaron su puesto tres preciosos obreros en la causa de Dios, que eran especialmente queridos por E. White: Jones, Waggoner y el Dr. Kellogg.

 

Si el iceberg se hubiera avistado antes, el barco habría podido esquivarlo y la iglesia habría evitado la pérdida.

 

Hay en ese episodio varios aspectos que merecen atención especial:

 

(1) Muchos de nuestros pastores y médicos eran incapaces de discernir la naturaleza de la crisis panteísta que estallaba delante de sus ojos. Una densa neblina les impedía ver con claridad. Las ideas panteístas estaban por entonces a la orden del día, siendo de hecho el emblema de la teología progresista. Venían revestidas de una belleza hechizante. Aquellas ideas avanzadas eran objeto de amplia promoción, y pasaban virtualmente sin protesta o contestación. “El hecho de que aquellos a quienes creímos fundados en la fe hayan fallado en discernir la influencia especiosa y mortífera de esa ciencia del mal, debiera alarmarnos más que cualquier otra cosa” (ibíd., Series B, nº 7, p. 37).

 

(2) De no ser por su singular discernimiento, quizá ni la propia E. White habría podido reconocer el sutil error. No obstante, ella esperaba que sus hermanos y hermanas estuvieran también en íntimo contacto con el Espíritu Santo, de forma que fueran igualmente capaces de discernir:

 

“Este es un tiempo en el que Satanás ejerce su poder engañador, no sólo sobre las mentes de jóvenes e inexpertos, sino sobre las de hombres y mujeres entrados en años y de dilatada experiencia. Los hombres en posición de responsabilidad corren peligro de cambiar de dirigente” (ibíd., Series B, nº 2, p. 48; 1904).

 

“Oí una voz que decía: ‘¿Dónde están los atalayas que deberían estar en pie sobre las murallas de Sión?’ ¿Están durmiendo? Este fundamento fue construido por el Obrero Maestro y soportará la tormenta y la tempestad. ¿Permitirán que este hombre [Dr. Kellogg] presente doctrinas que nieguen la experiencia pasada del pueblo de Dios? Ha llegado el tiempo de actuar decididamente” (ibíd., p. 54; también en Mensajes selectos, vol. I, p. 238).     

 

De hecho, la historia hace recaer mayor culpa en la ceguera para reconocer el peligro, por parte de los centinelas en los muros de Sión, que en el descaminado doctor que enseñó la herejía. Somos muy rápidos condenándolo y nos alegramos por la liberación obrada por el Espíritu de profecía.* Pero la lección es preocupante: las advertencias dadas repetidamente desde 1888 fracasaron en despertar a la mayoría de nuestro pueblo.

 

* E. White quiso ayudar a Kellogg en la confianza de que tal cosa era posible. Lo había calificado como “el médico del Señor”, y dijo de él que había estado genuinamente convertido en el encuentro de Minneapolis (General Conference Bulletin, 1903, p. 86). Kellogg afirmó: “Me habría encantado beneficiarme de la crítica amistosa ejercida de forma en que hubiera podido entenderla, antes de publicar el libro [The Living Temple]” (Carta a W.C. White, 24 diciembre 1903). La oposición pastoral hacia el mensaje de 1888, tanto como hacia el mensaje de la reforma pro-salud, lo habían sumido en el desánimo (Carta EGW K-18, 1892; K-86a, 1893). Kellogg dijo, refiriéndose a su juventud: “Cuando comprendí los principios de la reforma pro-salud me parecieron tan bellos y consistentes que los acepté de inmediato. Después tuve una lucha tal contendiendo en favor de ellos, que llegué a no amar a nadie que no amara dichos principios. Algunos de los peores conflictos que ha conocido la obra de la reforma pro-salud han sido protagonizados por los pastores de nuestra Asociación. Fue una dura prueba para nuestros obreros en el sanatorio –quienes no habían probado la carne desde hacía mucho tiempo-, el ver a los pastores sentarse a nuestras mesas y pedir que les sirvieran pollo estofado o filete de vaca. Llegamos a temer la visita de parte de la Asociación… finalmente llegué a temer la visita de los pastores. Recelé de ellos, ya que no sabía si podía confiar en ellos o no… Ahora siento que puedo confiar en usted; confío plenamente” (General Conference Bulletin 1903, p. 83). Más tarde perdió una gran parte de aquella confianza. Los males paralelos de la continua indiferencia ministerial, tanto hacia la reforma pro-salud como hacia el mensaje de 1888, tienen mucho que ver con el extravío de Kellogg. El fermento espiritual aparecido en Battle Creek por la oposición hacia el mensaje, resultó ser un mal nutriente para el alma de Kellogg.

 

La facilidad con que muchos cayeron en engaños, especialmente la crisis panteísta, revela el arraigo de la incredulidad en la década que siguió a Minneapolis. Los que mantienen que hubo un arrepentimiento por la ceguera de 1888, encuentran difícil explicar la posterior ceguera del panteísmo.

 

(3) Por desgracia la experiencia probatoria del panteísmo podría no ser la última. Las repetidas advertencias relativas a la necesidad de aceptar el mensaje de 1888 debían haber capacitado a nuestros hermanos para pilotar el barco por ellos mismos de forma segura a través de las peligrosas aguas del panteísmo. Pero se hizo necesaria la intervención personal y urgente de E. White. De no haber sido así, el barco se habría ido a pique.

 

Por lo tanto, Satanás debe tener permiso para probarnos de nuevo, esta vez sin estar personalmente en vida el agente del Espíritu de profecía. Ha de ser la prueba final que demuestre si es que hemos alcanzado la madurez, o si, como niños, necesitamos aún el tutelaje personal de alguien que nos acompañe paso a paso. Es inevitable concluir que la crisis panteísta no fue más que el “alfa”, a la que debe suceder una “omega” en correspondencia. Ahora mismo puede estar más próxima de lo que pensamos:

 

“Nuestro pueblo necesita comprender cuáles son las razones de nuestra fe y nuestra experiencia pasada. ¡Cuán triste es que muchos de sus miembros coloquen una confianza ilimitada en hombres que presentan teorías que tienden a desarraigar nuestras experiencias del pasado y a eliminar los hitos antiguos! Aquellos que con tanta facilidad pueden ser conducidos por un espíritu falso demuestran que durante algún tiempo han estado siguiendo al capitán equivocado, y lo han hecho por tanto tiempo, que ya no disciernen que se están alejando de la fe o que ya no están edificando sobre un fundamento firme…    
Algunos de los sentimientos que ahora se expresan constituyen el alfa de las ideas más fanáticas que podrían presentarse. Algunos que ocupan cargos importantes en la obra de Dios están impartiendo enseñanzas similares a las que tuvimos que combatir después de 1844” (Southern Watchman, 5 abril 1904; también en Mensajes selectos, vol. II, p. 28 y 29).

Living Temple contiene el alfa de esas teorías. Sabía que la omega seguiría poco después, y temblé por nuestro pueblo” (Special Testimonies, Series B, nº 2, p. 53; también en Mensajes selectos, vol. I, p. 237).

“No os engañéis, muchos se apartarán de la fe prestando atención a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios. Tenemos ahora delante de nosotros el alfa de ese peligro. La omega será de una naturaleza asombrosísima” (Mensajes selectos, vol. I, p. 231; 1904).

“La omega seguirá y será recibida por los que no estén dispuestos a prestar atención a la amonestación que Dios ha dado” (ibíd., p. 200; Special Testimonies, Series B, nº 2, p. 50; 1904. También en Mensajes selectos, vol. I, p. 233).

 

Curiosamente no encontramos ninguna advertencia de E. White relativa a The Glad Tidings, de E.J. Waggoner. El 11 de abril de 1901 Waggoner negó expresamente albergar ideas panteístas (General Conference Bulletin 1901, p. 223). Su alegación resiste el escrutinio de la más refinada teología. Sus predicaciones en la asamblea de 1901 fueron fervientes y poderosas. Fue después de esa asamblea cuando E. White recomendó que se trajera a Waggoner para enseñar en Berrien Springs, para su propio beneficio y el de sus estudiantes. Él mismo estaba necesitado de una comunión más íntima con hermanos mejor capacitados que los que conociera en su virtual aislamiento de Inglaterra.

 

En la edición del 29 de enero de 1982 de la revista The Criterion (Universidad de Loma Linda), el Dr. Jack Provonsha afirma lo siguiente sobre Kellogg, cuyo panteísmo era mucho más pronunciado que el de Waggoner: “Técnicamente hablando, [Kellogg] no era panteísta”. Pero Kellogg estaba equivocado en su concepción de la naturaleza de Dios. E. White aparentemente simpatizaba con la motivación evangélica de Waggoner, lo que quizá hizo que se abstuviera de criticarlo. E. White discernió que el rumbo tomado por Kellogg iba a destruir el fundamento espiritual de la iglesia.

 

Esa crisis fue permitida para probar nuestra fe, y a modo de lección para una generación futura:

 

“Dios ha permitido la presentación de una combinación del bien y del mal en [el libro] The Living Temple a fin de hacer manifiesto el peligro que nos amenaza. El Señor ha permitido esa obra realizada tan ingeniosamente, a fin de que ocurrieran ciertas cosas, y para que se pudiera apreciar de lo que es capaz un hombre… Dios ha permitido la crisis actual para abrir los ojos de quienes desean conocer la verdad. Él quiere que su pueblo comprenda hasta dónde pueden llevar el engaño y maquinaciones del enemigo” (Special Testimonies, Series B, nº 7, p. 36).

 

Por lo tanto, la crisis provocada por “The Living Temple” no habría de señalar el fin de los esfuerzos de Satanás por engañar, esclavizar, confundir y trastornar al pueblo adventista. El peligro de la sutil apostasía interna sigue presente en nuestro medio más que nunca antes: “Hay algo que pronto va a hacerse evidente: la gran apostasía que se está desarrollando, aumentando y fortaleciendo, y que continuará así hasta que el Señor descienda del cielo con voz poderosa” (ibíd., p. 56 y 57).

 

 (4) Las presentaciones populares pretendiendo que el período que siguió a 1888 fue una gran victoria, anulan la lección ejemplar derivada de la apostasía de Kellogg. Aquello que Dios permitió que ocurriera “a fin de desvelar el peligro que nos amenaza”, y para que comprendiésemos “hasta dónde pueden llevar el engaño y maquinaciones del enemigo”, la sabiduría humana lo presenta como una victoria que evidencia el cuidado e indulgente aprobación de Dios. Al pretender que la “omega” fue un evento perteneciente al pasado lejano, queda sepultado el punto principal de la experiencia:

 

“Hay dos fases en el conflicto: primeramente los errores del panteísmo, y en segundo lugar la cuestión de la propiedad y el control. El Espíritu de profecía los denominó el alfa i la omega del asunto. El panteísmo -“doctrinas de demonios”- es la alfa, y de la omega se dijo que serían eventos ‘de una naturaleza asombrosísima’. 
Algunos han pretendido que omega se refiere a cierto problema o apostasía importantes en el futuro, y en ocasiones han hecho aplicaciones equivocadas a esta o aquella rama de la obra denominacional… En años pasados la comprensión de esos términos consistía en que alfa significaba los errores antes mencionados, y omega la disidencia y separación que sustrajo de nuestra iglesia su más antigua institución de salud, algo realmente asombrosísimo, que pocos podían imaginar. No obstante, a la larga fueron pocos los miembros que nos abandonaron” (L.H. Christian, The Fruitage of Spiritual Gifts, p. 292).

 

De ser cierto que la pérdida del sanatorio de Battle Creek constituyó la omega, podemos descansar en la seguridad de que las mayores pruebas y peligros para el movimiento adventista tuvieron ya lugar hace ochenta años. Puesto que Satanás agotó su repertorio de tentaciones seductoras en el pasado remoto, no hay mayor motivo por el que hubiéramos de prepararnos para algo especial en el futuro.

 

[Desde 1920 se han venido haciendo intentos de etiquetar esta o aquella nueva o falsa doctrina como siendo la “omega”. Algunos en nuestros días la han querido ver en el movimiento reformacionista de la “nueva teología”. Cada generación sucesiva ha debido hacer frente a una forma más sofisticada de engaño. Nadie puede decir con certeza si hemos visto ya la “Z”: lo último del alfabeto de engaños de Satanás; pero con toda probabilidad no debemos estar muy lejos de la X o de la Y].

 

 

La verdad sobre la “omega”

 

En una edición reciente de Spectrum (vol. 12,  nº 2) el  Dr. Robert Jonhston recupera la idea de Christian citando en su apoyo a D.E. Robinson. Sin embargo no encuentra soporte alguno para su punto de vista en los escritos de E. White. La profetisa jamás dio a entender en la década siguiente que la pérdida de la institución de Battle Creek constituyese la omega. Tampoco dijo nunca que se tratara de “eventos”. Johnston debilita su argumentación admitiendo que alfa y omega son “partes de un continuo simple y directo”. De ser así, la última ha de ser de naturaleza idéntica a la primera, por lo tanto no puede tratarse de “eventos”, sino de “doctrinas de demonios” sutilmente disfrazadas a modo de verdad.

 

La idea de que omega se refiera a un “evento” del pasado, parece contraria a las declaraciones de E. White:

 

(1) La profetisa afirmó que en esa experiencia “muchos se apartarán de la fe”. Pero el propio Christian declara que “fueron pocos los miembros que nos abandonaron” cuando perdimos el sanatorio de Battle Creek.

 

(2) E. White declaró que la omega sería un “peligro”, el final de un abecedario de herejías mortíferas y doctrinas de demonios. Perteneciendo al mismo alfabeto, debe tratarse igualmente de herejías y doctrinas inicuas, sólo que más perspicaces, sutiles y especiosas, en la medida en que omega es posterior a alfa. ¿Cómo podría cumplir esa profecía la pérdida material de una institución?

 

(3) Refiriéndose al tiempo en que aparecería la omega, E. White escribió: “temblé por nuestro pueblo”. Pero tras su pérdida, el gran sanatorio fue reconstruido en contra de la expresa desaprobación de E. White. ¿Por qué habría de temblar “por nuestro pueblo”, ante la perspectiva de perder aquello que se había venido a convertir en una trampa para ellos, y que nunca debiera haberse reconstruido a semejante gran escala?

 

(4) El simbolismo del alfabeto requiere un proceso de apostasía y confusión dentro de la iglesia. Los escritos de E. White identifican el alfa de forma inequívoca; la omega ha de ser necesariamente de la misma naturaleza:

 

Las que siguen son expresiones relativas al alfa, aparecidas de forma literal en Special Testimonies, Series B, nº 2 y 7:

 

“Apostasía, principios equivocados, ideas deslumbrantes, teorías y engaños que socavan los principios fundamentales de la fe, perversión de la verdad, interpretaciones fantasiosas y espiritistas de las Escrituras, engaño de la injusticia, semillas de disensión, incredulidad, infidelidad… sembradas por doquier, falacias insidiosas, sentimientos del enemigo, falsedad y fábulas agradables, infidelidad y escepticismo, una multitud de engaños, un yugo de manufactura humana, fábulas por arte compuestas, una mentira”.

 

El gran conflicto entre Cristo y Satanás prosigue todavía hoy. Hemos llegado ya al “futuro” predicho en esta declaración:

 

“En el futuro la verdad será falsificada por los preceptos de los hombres. Habrá teorías erróneas que se presentarán como doctrinas seguras. La falsa ciencia es uno de los instrumentos que Satanás utilizó en los atrios celestiales… 
No presentéis teorías ni pruebas que no tienen su fundamento en la Biblia… ‘Escrito está’, es la prueba que debemos hacer entender a todos” (Review & Herald, 21 enero 1904; El evangelismo, p. 436).

 

Para este tiempo el enemigo debe haber adquirido una sagacidad extraordinaria. Es inquietante constatar la sinceridad del Dr. Kellogg cuando declaró que creía estar enseñando lo mismo que E. White. Es por ello que muchos de nuestros hermanos resultaron sorprendidos:

 

“El sendero de la verdad se halla al lado y cercano al sendero del error, y ambas sendas pueden parecer ser una para las mentes que no son guiadas por el Espíritu Santo y que, por lo tanto, no están prestas a discernir la diferencia entre la verdad y el error…    
Declararon los que estaban a favor de darle [al libro The Living Temple] una amplia circulación: ‘Contiene las mismas opiniones que ha estado enseñando la hermana White’. Ese aserto me hirió directamente en el corazón. Me sentí quebrantada…      
Quizá haya en mis escritos muchas declaraciones que, tomadas aisladamente e interpretadas de acuerdo con el modo de pensar del autor de Living Temple, parecerían estar en armonía con las enseñanzas de ese libro. Esto puede dar un apoyo aparente al aserto de que las opiniones que hay en Living Temple están en armonía con mis escritos” (Special Testimonies, Series B, nº 2, p. 7, 52 y 53. Testimonies for the Church, vol. VIII, p. 255-261 contiene declaraciones que “parecerían estar en armonía…”. No hay allí panteísmo, pero podría parecer así al lector falto de discernimiento).

 

Sea cuando sea y como sea que aparezca la omega, muy probablemente pretenderá estar respaldada por el Espíritu de profecía, y es de esperar que muchas mentes de escaso discernimiento concuerden con esa pretensión. Es también posible que algunos dirigentes destacados e influyentes promuevan el engaño. La verdadera semejanza de carácter con Cristo hará que protesten quienes están unidos a él. Tener el yo crucificado con Cristo permite cierta santa osadía:

 

“Cuando los que ocupan puestos como dirigentes e instructores obran movidos por ideas y engaños espiritistas, ¿permaneceremos en silencio por temor a perjudicar su influencia, mientras las almas resultan engañadas?...     
¿Guardarán silencio los responsables de nuestras instituciones, permitiendo que se promulguen falacias insidiosas para ruina de las almas?” (ibíd., p. 9, 13 y 14).

 

E. White vio los peligros del tipo omega como una experiencia que se daría después de su muerte:

 

“Se me ha encargado decir a nuestro pueblo que algunos no se dan cuenta de que el diablo urde una maquinación tras otra, y las pone en acción de formas insospechadas para ellos. Las agencias de Satanás inventarán maneras de conseguir que los santos se conviertan en pecadores. Os digo que van a venir grandes cambios una vez que yo haya pasado al descanso. Ignoro el día de mi partida, pero quiero advertir a todos contra las maquinaciones del diablo… Debieran estar en guardia contra todo pecado concebible que Satanás trate de inmortalizar” (Carta, Elmshaven, 24 febrero 1915).

 

 

Conclusión

 

La auténtica verdad son siempre buenas nuevas. Según refieren los que solían oírla, E. White oraba en ocasiones así: “Señor, muéstrame lo peor de mi caso”. Esa es también para nosotros una oración saludable: “Señor, haznos ver la verdad de nuestra historia, la verdad de nuestra condición espiritual actual”. La verdad de nuestra historia pasada nos brinda esperanza incalculable y confianza para el futuro, con tal que la reconozcamos tal cual es.

La iglesia remanente, débil y defectuosa como es, sigue siendo el objeto supremo de la consideración del Señor. Al reconocer nuestra pecaminosidad, ponemos toda nuestra confianza en la misericordia y amor inmutables de Dios. El largo rodeo en el que hemos estado vagando durante años, ha de llevarnos -en su momento- al Cristo que rechazamos en la era de 1888. Lo encontraremos cuando nos aborrezcamos a nosotros mismos y nos arrepintamos. Ese proceso no va a estar contaminado por la auto-reivindicación.

 

Por otro lado, Dios confía en la sinceridad de nuestro corazón. Él mismo está sometido a juicio ante el universo, en nosotros. Ha hecho depender su trono de la sinceridad de su pueblo. En el Bulletin de la Asociación General de 1893 encontramos este refrescante llamado centrado en Cristo:

 

“’Ha de suceder algo grande y decisivo, y ha de suceder pronto. Cualquier demora comprometería el carácter de Dios y su trono’.
¿Pondremos en riesgo el honor del trono de Dios? Hermanos, por el Señor y por su trono, despejemos en camino” (A.T. Jones, citando a E. White. p. 73. A su vez, E. White tomó prestado ese pensamiento de The Great Teacher, escrito por John Harris en 1836).

 

¿Podría alumbrar toda la tierra con su gloria un fuerte pregón diferente del que nuestro arrepentimiento ha de hacer posible?

 


 

Capítulo 13

(índice)

 

Predicciones de E. White relativas a la adoración a Baal

 

En una serie de cuatro artículos, la edición de junio de 1986 de Adventist Review aborda con franqueza un gran problema: Demasiados jóvenes que crecieron en hogares y escuelas adventistas están abandonando la iglesia, y aparece un elemento nuevo: se están yendo a otras iglesias.

 

La serie “To Catch a Star” deplora el hecho obvio de que muchos jóvenes adventistas carecen de la perspectiva que motivó a la juventud “misionera voluntaria” de generaciones precedentes. “No es emocionante, no es positivo, carece de grandeza y es irrelevante para la vida”. Esas son las “carencias específicas” que nuestros jóvenes perciben en el adventismo de nuestros días.

 

Si la misión adventista del séptimo día viene definida por los tres ángeles de Apocalipsis 14, ¿podría ser cierto que no sea emocionante, positiva, que carezca de grandeza y que sea irrelevante para la vida? ¡No, a menos que hayamos malinterpretado la realidad! Pero por alguna extraña razón, eso es lo que ha parecido a muchos jóvenes.

 

El verdadero Dirigente de la iglesia adventista del séptimo día no es la Asociación General, ni tampoco una estructura jerárquica clerical. Es el propio Cristo. El mismo Cristo a quien vieron los pioneros en la década de 1840 como iniciando su ministerio en el lugar santísimo del santuario celestial. ¿Acaso no es Cristo suficientemente emocionante, positivo, grande y relevante en la vida, como para suscitar la más sincera devoción en la juventud de nuestros días? ¿O está esa perspectiva que tuvo nuestra juventud pionera tan irremediablemente perdida para la generación actual, como perdida está la de John y Charles Wesley para la juventud metodista de hoy?

 

Si la iglesia adventista se ha vuelto tan soporífera como la mayoría de nuestros jóvenes perciben, la razón no puede ser que su Dirigente sea aburrido. Según la perspectiva profética de E. White, la razón es que un falso Cristo ha usurpado el lugar del verdadero. La profetisa afirma que la adoración a Baal ha cautivado a muchos de nosotros tan ciertamente como lo hizo cuando sedujo al antiguo pueblo de Dios en los días de Elías y Jeremías. Hasta podría incluso existir semejanza en términos de proporción.

 

Eso no significa que la iglesia haya caído, tal como sucedió con “Babilonia”, ni que haya dejado de ser el objeto supremo del amante cuidado del Señor. Los disidentes y separatistas que descartan la iglesia por considerarla caída, no entienden la realidad de la adoración a Baal. La plena verdad constituye buenas nuevas, pues el reconocimiento de la realidad posibilita el arrepentimiento, la reforma y la reconciliación con Cristo, tal como sucedió en los días de Elías.

 

Israel, en su día, era todavía la nación escogida del Señor, y Judá lo fue igualmente en el tiempo de Jeremías. Según la profecía bíblica, el mensaje de Apocalipsis 14 sigue estando hoy confiado a la iglesia adventista del séptimo día. La verdad llana es que se impone un arrepentimiento y reforma genuinos, si es que esta iglesia ha de proclamar al mundo “el evangelio eterno” de modo que toda la tierra resulte alumbrada con su gloria. Y es posible una experiencia espiritual como esa.

 

De no ser así, a todo cuanto podemos aspirar es a debatirnos en busca de un pequeño hueco denominacional junto a los “bautistas, presbiterianos, luteranos, episcopales y católicos”, que lo mismo que otras iglesias -afirma la Review- están acogiendo a un número cada vez mayor de jóvenes que van abandonando el adventismo. Esa juventud exadventista percibe las “diferencias denominacionales… como de menor importancia que la creencia general en un Ser supremo”. Esa mentalidad anularía nuestra historia, retrayéndonos de nuevo al punto de partida de un mundo que jamás oyó acerca del mensaje adventista. En contraste, el escenario profético de Apocalipsis no contempla nada parecido a la extinción de ese pueblo singular que define en su capítulo 14, y ciertamente tampoco a la supresión de su mensaje especial.

 

 

La adoración a Baal, consecuencia de rechazar el mensaje de 1888

 

E. White tuvo pocos meses después de Minneapolis una de sus visiones más gráficas y escalofriantes: “Tenía la impresión de que grandes peligros estaban delante de nosotros en el corazón de la obra” (Testimonios para los ministros, p. 461-471).

 

Aparentemente nadie más compartía la carga que abrumaba su alma, pero el Señor la animó a que confiara en que él nunca abandonaría su iglesia. “Se presentaron ante mí cosas que no podía comprender, pero se me dio la seguridad de que el Señor no permitiría que sus hijos fueran rodeados de la niebla del escepticismo y la incredulidad mundanos, atados en manojos con el mundo” (p. 460).

 

¿Pudo, quizá, percibir de alguna forma cuántos de entre nuestros jóvenes se verían hoy atrapados por esa niebla, atados en manojos con el mundo, satisfechos con una mera creencia en “un Ser supremo” y careciendo de una comprensión clara de la obra del Sumo Sacerdote en el día cósmico de la expiación?

 

Muchos de nuestros jóvenes encuentran el adventismo aburrido y vacío, debido a que perdieron la visión del santuario que tuvieron los pioneros, así como el mensaje esperanzador de buenas nuevas dado en 1888. La visión que E. White tuvo en Salamanca relacionó ese vacío espiritual con el fracaso de 1888. Predijo que como consecuencia de aquella incredulidad nos afligiría una apostasía comparable a la del antiguo Israel:

 

“Los prejuicios y opiniones que prevalecieron en Minneapolis no han desaparecido de ninguna manera; las semillas que se sembraron allí en algunos corazones están listas para brotar y producir una cosecha semejante. La parte superior fue cortada, pero nunca se desarraigaron sus raíces, y todavía producen su fruto impío para emponzoñar el juicio, pervertir las percepciones y cegar el entendimiento con respecto al mensaje y los mensajeros… 
La infidelidad se ha estado infiltrando en nuestras filas, pues está de moda apartarse de Cristo y dar lugar al escepticismo. Para muchos, el clamor de su corazón ha sido: ‘No queremos que éste reine sobre nosotros’. Baal, Baal: eso han elegido. La religión de muchos entre nosotros será la del apóstata Israel, porque aman su propio camino y olvidan el camino del Señor. La verdadera religión, la única religión de la Biblia, que enseña el perdón sólo por los méritos de un Salvador crucificado y resucitado, que propugna la justicia por la fe en el Hijo de Dios, ha sido menospreciada, criticada, ridiculizada y rechazada… ¿Qué futuro nos aguarda si no llegamos a la unidad de la fe [de 1888]?” (Testimonios para los ministros, p. 467 y 468 –traducción revisada-).

 

Su pregunta tiene una respuesta directa e inevitable: Precisamente el futuro al que hemos llegado.

 

La experiencia posterior a 1888 traumatizó a E. White, quien previó casi con horror la fuerza con la que Satanás trataría de destruir la misión singular de este pueblo. Varios años después declaró:

 

“Todas las cosas pueden estar avanzando en medio de una prosperidad aparente; pero Satanás está siempre alerta y estudia y consulta con sus ángeles malos otra forma de ataque por la cual pueda tener éxito… El conflicto aumentará en intensidad y será cada vez más decidido. Una mente se opondrá a otra mente, unos planes a otros planes, los principios de origen celestial a los principios de Satanás. La verdad en sus diferentes aspectos estará en conflicto con el error en sus formas siempre cambiantes y crecientes mediante las que, si fuere posible, se engañará a los mismos escogidos…      
Ministros no santificados se están alistando en contra de Dios. Están alabando a Cristo y al dios de este mundo al mismo tiempo. Mientras profesan recibir a Jesús, abrazan a Barrabás, y por sus acciones dicen: ‘No a este, sino a Barrabás’… Albergue al engañador y al testigo falso una iglesia que ha tenido gran luz, gran evidencia, y esa iglesia desechará el mensaje que el Señor ha enviado y recibirá los más irrazonables asertos, falsas suposiciones y falsas teorías…           
Muchos ocuparán nuestros púlpitos sosteniendo en las manos la antorcha de la falsa profecía encendida por la infernal tea satánica…   
El conflicto crecerá en violencia. Satanás aparecerá en el campo de batalla y se hará pasar por el Cristo. Tergiversará, aplicará torcidamente y pervertirá todas las cosas que pueda para engañar, si fuera posible, aun a los escogidos” (Testimonios para los ministros, p. 407-411. Original sin atributo de cursivas).

 

 

¿En qué consiste la adoración a Baal?

 

¿Son esas predicciones de adoración a Baal una seria preocupación para nosotros hoy? ¿O fue sólo un problema temporal confinado a Battle Creek y al siglo XIX? Nuestra reacción natural a esa predicción inspirada, es decir: "¡Imposible! ¡Impensable! ¡Quizá seamos “miserables” y todo eso, pero no somos así de “pobres”, espiritualmente hablando! Pero lo cierto es que nuestra conciencia, silenciosa pero insistentemente, nos dice que algo va mal. Quizá finalmente todo tenga sentido. ¿Quién es Baal?

 

En el lenguaje del antiguo Israel, Baal era simplemente la palabra para referirse al señor o marido:

 

“Es significativo que en los tiempos patriarcales… el esposo es el señor, el ba’al de la esposa, la cual depende enteramente de él para su sustento, y sobre la cual tiene una autoridad no compartida con otros” (B.G. Sanders, Christianity after Freud, Geoffrey Bles Ltd., London, 1949, p. 88; cf. Oseas 2:16).

 

Baal, el dios de los cananeos, significa “el señor”, que es también la forma empleada frecuentemente para referirse al verdadero Dios de Israel, el SEÑOR, Jehová. El babilonio Adon, helenizado como Adonis, tiene el mismo significado. Es una palabra que comparte su origen con la voz hebraica Adonai, o “el Señor”. Así, cuando los profetas de Baal oraron en el monte Carmelo, clamaban: “¡Señor, Señor, óyenos!”, mientras que Elías preservaba una diferencia en su concepción de Dios (1 Reyes 18:26).

 

Se suele asumir que entre la apariencia de la verdadera religión de Israel y las religiones paganas contemporáneas había una diferencia muy evidente. Pero los eruditos afirman que se daban semejanzas sorprendentes: el sacrificio diario matutino y vespertino, el diezmo pagado a los sacerdotes, el ofrecimiento de animales sin mancha, la existencia de libros sagrados y salmos penitenciales, y muchos conceptos e ideas que eran copia del culto verdadero.

 

Los templos de Babilonia y Asiria tenían mucho en común con el templo de Salomón. Esas semejanzas hacían tropezar frecuentemente al pueblo de Israel, que resultaba seducido en diversas formas a la adoración apóstata. Para Israel era difícil percibir que estaba adorando a un falso dios, dado que el nombre era el mismo que empleaban comúnmente para referirse al Dios verdadero. El lenguaje y la terminología eran semejantes. Sólo un profeta inspirado, y quienes creían en él, podían discernir hasta qué punto eran diferentes los motivos y concepciones. La predicción de E. White suscita la temible posibilidad de que una apostasía como aquella haya infiltrado silenciosamente la iglesia moderna mientras dormíamos. De ser así, la situación es grave pero no desesperada. El arrepentimiento fue posible en tiempo de Elías, y lo es también en el nuestro.

 

La apostasía en los días de Elías se suele entender de modo equivocado como siendo un apartamiento burdo de la verdad, tan obvio y llamativo como para permitir juzgar a los israelitas de obtusos e inexcusables. Pero lo cierto es que la apostasía de Israel fue gradual e inconsciente, y tardó casi un siglo en asumir las proporciones que Elías debió enfrentar en su día. El profeta tuvo sin duda una mente muy penetrante para discernirla (ver Testimonies, vol. III, p. 273; Profetas y Reyes, p. 80, 97 y 100). Conviene aquí recordar que Elías fue trasladado y vive aún hoy. ¿Se sentiría como en casa entre nosotros, reconociendo a Jezabel y a sus profetas?

 

Puesto que Baal es un falso Cristo, es obvio que toda adoración al yo disfrazada de adoración a Cristo, y que evade el principio de la cruz, ha de ser en realidad adoración a Baal. Las raíces descienden hasta lo más hondo, y están frecuentemente ocultas a nuestro conocimiento.

 

El uso verbal del nombre de Cristo y similar terminología cristiana no son determinantes, en lo que respecta a la auténtica identidad de la verdad. El enemigo de Cristo se ha de “hacer pasar por Cristo”, es decir, ha de asumir su apariencia y suplantarlo mediante engaños extremadamente sutiles. Pero mucho antes de esa suplantación, vendrá su falsa representación. Frederick A. Voigt, un no adventista, reconoció una faceta de ese engaño supremo: “La ‘Ética Cristiana’ es el Anticristo del mundo occidental. Es la corrupción más insidiosa y formidable que jamás haya afligido a este mundo”.

 

Un pequeño ejemplo es el culto del amor a uno mismo. Mediante una sutil manipulación de las Escrituras se ha presentado como virtud el amor pecaminoso dedicado al yo. Durante los últimos quince años ha sido inculcado con insistencia a nuestros jóvenes a modo de supuesto deber cristiano. La orden divina de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos se distorsiona, convirtiéndola en una orden de amar al yo, cuando -bien al contrario- el Señor enseñó que la motivación de nuestro amor natural pecaminoso hacia el yo resulta redireccionada mediante la fe genuina hacia un amor por nuestro prójimo semejante al de Cristo.

 

El genuino respeto a uno mismo es ciertamente una virtud, pero su autenticidad se basa en la apreciación del amor abnegado de Cristo revelado en la cruz. La verdadera autoestima se fundamenta, por lo tanto, en la expiación de Cristo. Pero el amor del tipo “primero yo” es la antítesis de la devoción a Cristo y a su obra. Es comprensible que el enemigo promueva la adoración al yo, haciéndola pasar como enseñanza de Cristo. Lo que cuesta de entender es por qué debiera promoverlo el adventismo del séptimo día.

 

Sin duda alguna es la ignorancia o el desdén hacia las declaraciones de E. White relativas a la adoración a Baal lo que ha hecho posible que la filosofía de la Nueva Era haya sido tan ampliamente tolerada entre nosotros. Pero lo fundamental en nuestra actual confusión es haber aceptado a un falso Cristo en lugar del verdadero, como consecuencia de nuestra tragedia de 1888. Las raíces se extienden un siglo atrás.

 

Es de todos conocido el engaño final de Satanás, cuando personifique a Cristo imitando su segunda venida:

 

“El acto capital que coronará el gran drama del engaño será que el mismo Satanás se dará por el Cristo… como ser majestuoso, de un brillo deslumbrador… superará cuanto hayan visto los ojos de los mortales. El grito de triunfo repercutirá por los aires: ‘¡Cristo ha venido! ¡Cristo ha venido!’ El pueblo se postrará en adoración ante él, mientras levanta sus manos y pronuncia una bendición sobre ellos… Su voz es suave y apacible, pero a la vez llena de melodía… Es el engaño más poderoso y resulta casi irresistible” (El conflicto de los siglos, p. 682).

 

La visión de Salamanca dada en 1890 desentraña un misterio. A consecuencia de nuestra equivocada comprensión en 1888 relativa al verdadero Cristo, ese falso Cristo encontrará una forma de infiltrarse entre nosotros a través de falsas doctrinas y conceptos erróneos, antes que tenga lugar el paso final de la personificación física de Cristo. Es así como podrán cumplirse las palabras de E. White: “La religión de muchos entre nosotros será la del apóstata Israel” –la adoración a Baal. Allí donde el yo venga a ser el verdadero objeto de devoción, mientras que se hace profesión de adorar a Cristo, encontramos la adoración a Baal. Allí donde exista afán de escalar posiciones, allá donde la promoción, el prestigio y el poder sean las motivaciones reales del ministerio, tendremos a profetas de Baal.

 

Pero lo anterior no puede darse allí donde el verdadero mensaje de la justicia por la fe sea comprendido y creído. La adoración a Baal es el fruto de una clase de enseñanzas corruptas que hacen profesión de fe en Cristo, mientras que el yo no es crucificado con él:

 

“La época actual es tiempo de idolatría tan ciertamente como lo fue aquella en que vivió Elías. Tal vez no se vean santuarios materiales ni haya imágenes en que se detengan los ojos… Multitudes tienen un concepto erróneo de Dios y de sus atributos, y están tan ciertamente sirviendo a un dios falso como le servían los adoradores de Baal” (Profetas y reyes, p. 132).

 

“En esta época aparecerá el anticristo como si fuera el Cristo verdadero… Pero el verdadero director de toda esta rebelión es Satanás vestido como un ángel de luz. Los hombres serán engañados y lo exaltarán al lugar de Dios, y lo deificarán” (Testimonios para los ministros, p. 62).

 

“Personificará a Cristo; pero en un punto habrá una diferencia notable: Satanás apartará a la gente de la ley de Dios” (Review & Herald, 17 agosto 1897).

 

“Aunque presuman de estar sirviendo a Cristo, los que no están plenamente consagrados a Dios pueden ser inducidos a efectuar la obra de Satanás” (Testimonies, vol. V, p. 103).

 

La falsificación de la justicia por la fe resulta inevitable cuando la propia fe no se define en términos del nuevo pacto. La motivación popular basada en el temor o en la esperanza de recompensa, no constituye “la fe que obra por el amor (ágape)”. Así, la adoración a Baal encuentra un medio para introducirse mediante teorías tan populares como incorrectas relativas a la justicia por la fe.

 

 

Jeremías y la adoración a Baal

 

En tiempo de Jeremías Judá fue cediendo a la adoración a Baal de forma tan imperceptible para los sacerdotes y el propio pueblo, como lo había hecho Israel en los días de Elías. El libro de Jeremías es un auténtico manual acerca de cómo enfrentar la adoración a Baal.

 

(1) Puesto que se trataba de una apostasía inconsciente, los dirigentes y el pueblo intentaban negar su existencia:

 

“¿Cómo puedes decir: ‘No soy impura, nunca anduve tras los Baales’? Mira tu proceder en el valle, conoce lo que has hecho, dromedaria ligera que corre de un lado a otro…      
Con todo, tú dices: ‘’Soy inocente, de cierto su ira se apartó de mí’. Pero yo entraré en juicio contigo, porque dijiste: ‘No he pecado’” (Jer. 2:23 y 35).

 

“Y cuando anuncies a este pueblo todas estas palabras, te dirán: ‘¿Por qué el Señor pronunció contra nosotros todo este mal tan grande? ¿Qué maldad es la nuestra, o qué pecado es el nuestro, que cometimos contra el Señor, nuestro Dios?    
Entonces les dirás: Porque vuestros padres me dejaron –dice el Señor-, anduvieron en pos de otros dioses, los sirvieron y a ellos se postraron; y me dejaron a mí y no guardaron mi ley” (16:10 y 11).

 

“Cuantas son tus ciudades tantos fueron tus dioses, Judá…       
Conocí la conspiración de ellos contra mí; porque el Señor me la reveló, me mostró lo que estaban tramando” (11:13 y 18).

 

(2) En el templo de Jerusalén se combinaban la adoración apóstata y la verdadera adoración al Señor:

 

“Hurtáis matáis y adulteráis; juráis en falso, incensáis a Baal y andáis tras dioses extraños que no conocisteis. Después venís a mí en esta casa que lleva mi nombre, y decís: ‘Estamos seguros’. ¿Seguros para seguir en todas esas abominaciones?... los hijos de Judá… pusieron sus abominaciones en la casa que lleva mi nombre, y la mancillaron” (7:9, 10 y 30).

 

 (3) En la sede central de la nación los dirigentes religiosos fomentaban y propagaban aquella apostasía:

 

“’Tanto el profeta como el sacerdote son impíos. Aun en mi casa hallé su maldad’, dice el Señor…
En los profetas de Samaria he visto desatinos. Profetizaban en nombre de Baal, y hacían errar a mi pueblo Israel… 
De los profetas de Jerusalén se extendió la impiedad por todo el país…
…los profetas… procuran que mi pueblo olvide mi nombre, así como sus padres lo olvidaron por Baal” (23:11, 13, 15, 26 y 27).

 

Gracias a Dios por haber prometido enviar “al profeta Elías, antes que venga el grande y terrible día del Señor” (Mal. 4:5). ¡Lo necesitamos desesperadamente! (E. White da a entender que “Elías” es el mensaje que comenzó en 1888; ver Review & Herald del 18 de febrero de 1890). Al mismo tiempo debemos tener presente que el enemigo desea falsificar hasta la propia venida de “Elías”, y animará a cualquier “reformador” autoproclamado que se levante en su propia vanidad, a que se adentre en el terreno que hasta los propios ángeles temen pisar. “La palabra del Señor vino a Elías; él no buscó ser el mensajero del Señor” (Testimonies, vol. V, p. 299).

 

 

La caída de Babilonia, diferida

 

Privada de la comprensión del mensaje de 1888 y del conocimiento de su historia en relación con el día de la expiación en el santuario celestial, nuestra juventud es incapaz de ver cómo encaja la iglesia adventista en el plan de Dios para el mundo hoy. Resulta casi irresistible la tentación a ver el adventismo como otra opción religiosa más, como un estilo de vida no necesariamente más válido que el de cualquier otro grupo religioso respetable que reconozca a un “Ser supremo”.

 

Son incontables los laicos y pastores bondadosos y sinceros pertenecientes a iglesias populares guardadoras del domingo. Son felices, amantes, entregados, y tan dedicados a sus familias como nosotros a las nuestras. En algunos casos tienen mentalidad más misionera de la que hemos acabado por tener nosotros. Su éxito en hacer crecer la iglesia supera con creces el nuestro en muchos casos, y sus normas morales parecen ser tan elevadas como las nuestras. La pregunta del Señor: “¿Qué hacéis de más?” (Mat. 5:47), tienen derecho a hacérnosla a nosotros. Precisamente la pregunta embarazosa que muchos de nuestros jóvenes se están formulando.

 

Desde 1888, “en gran medida ha sido mantenida lejos del mundo” la luz plena del mensaje del tercer ángel en verdad (Mensajes selectos, vol. I, p. 276). Como resultado, el mundo está hoy en una relación dife­rente con Dios de lo que su plan preveía. Mientras “Elías” ha tenido que sufrir en el exilio, algunos “Abadías” han debido alimentar a los sinceros profetas del Señor “en cuevas” (1 Rey. 18:4), por así decirlo. La caída de Babilonia ha resultado de alguna forma amortiguada. Todavía no ha venido a ser lo que será cuando se proclame el fuerte pregón y lo rechace. Todavía no se ha hecho resonar con poder y claridad la voz de Apocalipsis 18:4: “¡Salid de ella, pueblo mío!”

 

El Señor señala claramente el problema: Aún no puede obrar por su iglesia remanente con el poder que él quisiera (ver Testimonies, vol. VI, p. 371). La expresión griega que emplea el Señor significa que le producimos náuseas, haciendo que se sienta a punto de vomitar (Apoc. 3:16 y 17).

 

[El idioma original no implica el propósito firme del Señor de desechar a Laodicea. La expresión griega empleada, mello se emesai, significa literalmente “estoy a punto de vomitarte”. La misma voz, mello, se emplea en Apocalipsis 10:4, donde la acción anticipada no se materializa finalmente. El mensaje dirigido a Laodicea afirma que podemos dejar de producir náuseas al Señor si nos arrepentimos (vers. 19). El término “Laodicea” no tiene un significado peyorativo. Significa “juicio o vindicación del pueblo”. El problema de Laodicea es su tibieza, no su identidad como última de las siete iglesias].

 

¿Sería exagerada la idea de que personas sinceras que caminan con Jesús puedan sentir también náuseas debido a la egocéntrica adoración a Baal prevaleciente en el moderno templo del Señor? ¿Cómo se siente Cristo ante el espíritu vanidoso, las predicaciones vacías, la adulación y lisonja rendidos a hombres y mujeres, la exageración y teatralidad ante los micrófonos, las bromas i chanzas y el patético legalismo egocéntrico? ¿Y cómo se sienten los que el Señor describe en Apocalipsis 18:4 como “mi pueblo”?

 

Es terrible pensar que la adoración a Baal haya podido infiltrar al Israel moderno tal como lo hiciera con el antiguo, pero la sierva del Señor insiste en que tal es el caso. Siendo que la naturaleza humana permanece invariable en el tiempo, nuestra tendencia ha sido la misma que la del antiguo pueblo del Señor: asimilar la mentalidad de quienes nos rodean. El rechazo al mensaje de 1888 estableció el patrón de tal asimilación por casi un siglo, comenzando en la asamblea de 1893 con la introducción de ideas falsas que pretendían ser la genuina justicia por la fe.

 

[Ver General Conference Bulletin de 1893, p. 358 y 359. Hannah Whitall Smith obtuvo las ideas básicas que presentó en su libro Christian’s Secret of a Happy Life de Fenelon, un místico católico-romano de la corte de Luis XIV que dedicó su vida entera a convertir protestantes a Roma. Su “justicia por la fe” es una falsificación sutil, lo mismo que la del teleevangelista católico Fulton Sheen y otros teleevangelistas católicos modernos. Su parecido con la genuina justicia por la fe es en ocasiones increíblemente sutil].

 

Eso fue sólo el comienzo. Vez tras vez nos hemos vuelto hacia las iglesias populares y su liderazgo, en busca de ideas e inspiración que percibimos como siendo el mismo mensaje, sin discernir las diferencias fundamentales. Ya en la década de 1890 tendíamos a confundir la justificación por la fe católico-romana como siendo la genuina (General Conference Bulletin 1893, p. 244, 261, 262, 265 y 266).

 

Poco después de la primera guerra mundial tomamos prestado de The Sunday School Times el entusiasmo de  la “vida victoriosa”. El libro de Froom Movement of Destiny llega incluso a presumir que el mensaje de 1888 era esencialmente lo mismo que estaba enseñando gran parte de los predicadores evangélicos (edición de 1971, p. 255-258, 319-321).

 

Eso no equivale a afirmar que todas esas ideas fueran malas, pero el concepto singular de la purificación del santuario estaba estrictamente ausente en todas ellas. Ese vacío ha sido una invitación a que la adoración a Baal haga incursión en el campamento.

 

 

El mensaje de 1888 y el Día de la expiación

 

Aunque la caída de Babilonia no sea todavía completa, ya han tenido lugar los estadios iniciales. Falta algo decididamente esencial en las doctrinas y experiencia de las iglesias que no comprenden la enseñanza bíblica sobre el Día antitípico de la expiación. Alejadas por varias generaciones de sus antecesores en la era de 1844, no se las puede tener por responsables de una verdad que desconocen, a menos que también ellos la rechacen. Pero aun sin ser responsables, resultan irremediablemente empobrecidos al no conocerla.

 

E. White describió en una de sus primeras comunicaciones cómo comenzó esa carencia. Recibió instrucción profética respecto a la causa básica de que el cristianismo moderno se haya alejado del “evangelio eterno” de Apocalipsis 14. En la visión que se le dio observó la transición del ministerio del Sumo Sacerdote celestial, del primer departamento al segundo. Multitudes de cristianos rechazaron el conocimiento de ese cambio de ministerio. Lo importante no es tanto la culpa o falta de ella por haber rechazado aquella luz en 1844, sino el terrible engaño que se introdujo al estar ausente una verdad vital concerniente a Cristo y a su obra en el momento actual, en el Día de la expiación final. La declaración que sigue tiene profundas implicaciones:

 

“No vi un solo rayo de luz pasar de Jesús a la multitud indiferente después que él se levantó, y esa multitud fue dejada en perfectas tinieblas… Los que se levantaron con Jesús elevaban su fe hacia él en el lugar santísimo, y rogaban: ‘Padre mío, danos tu Espíritu’. Entonces Jesús soplaba sobre ellos el Espíritu Santo. En ese aliento había luz, poder y mucho amor, gozo y paz.

Me di vuelta para mirar la compañía que seguía postrada delante del trono y no sabía que Jesús la había dejado. Satanás parecía estar al lado del trono, procurando llevar adelante la obra de Dios. Vi a la compañía alzar las miradas hacia el trono, y orar: ‘Padre, danos tu Espíritu’. Satanás soplaba entonces sobre ella una influencia impía; en ella había luz y mucho poder, pero nada de dulce amor, gozo ni paz” (Primeros escritos, p. 55 y 56)

“Por haber rechazado los dos mensajes anteriores, entenebrecieron de tal forma su entendimiento que no pueden ver luz alguna en el mensaje del tercer ángel, que muestra el camino que lleva al lugar santísimo. Vi que así como los judíos crucificaron a Cristo, las iglesias nominales han crucificado estos mensajes y por lo tanto no tienen conocimiento del camino que lleva al santísimo, ni pueden ser beneficiados por la intercesión que Jesús realiza allí. Como los judíos, que ofrecieron sus sacrificios inútiles, ofrecen ellos sus oraciones inútiles al departamento que Jesús abandonó; y Satanás, a quien agrada el engaño, asume un carácter religioso y atrae hacia sí la atención de esos cristianos profesos, obrando con su poder, sus señales y prodigios mentirosos… También viene como ángel de luz y difunde su influencia sobre la tierra por medio de falsas reformas. Las iglesias se alegran, y consideran que Dios está obrando en su favor de una forma maravillosa, cuando se trata de los efectos de otro poder” (ibíd., p. 260 y 261).

 

¿Es válida esa vislumbre profética? De ser así, tiene implicaciones de gran alcance. Explica el misterio de la confusión que observamos en el mundo cristiano hoy. Aunque los miembros de muchas de las iglesias que “no tienen conocimiento del camino que lleva al [lugar] santísimo, ni pueden ser beneficiados por la intercesión que Jesús realiza allí” puedan gozar de cierta prosperidad espiritual aparente, los hechos finales relacionados con el asunto de la marca de la bestia han de poner a prueba la devoción de cada uno por Cristo.

 

Hay miembros adventistas que abandonan la iglesia porque dicen encontrar “amor”, “calor humano” y “poder” espiritual en otras iglesias, no discerniendo la verdadera naturaleza del amor ágape de Cristo. Son así fácilmente engañados por un sentimentalismo superficial. ¿Es posible entender esa situación confusa, de no ser a la luz del conocimiento profético del Día de la expiación final?

 

¿Podría nuestra propia impotencia espiritual tener su origen en la pérdida de contacto con ese singular Sumo Sacerdote que entró en el segundo departamento del santuario celestial, al final de los 2300 años proféticos? ¡Su obra final es conmovedora, positiva, grandiosa, vitalmente conectada con la vida! ¿Hemos perdido quizá también la comprensión práctica de su obra, de modo que nuestra misión resulte “aburrida” en consecuencia?

 

Sopesemos las declaraciones precedentes de Primeros Escritos:

 

(1) En la era de 1844 una generación concreta de cristianos había rechazado la proclamación del mensaje del primer y segundo ángeles que el Espíritu apoyó, y muchos milleritas rechazaron el mensaje del tercer ángel (la inmensa mayoría de los cristianos, así como sus pastores, nada saben hoy sobre él).

(2) Evidentemente, Dios es justo. No puede tener por culpables a esos descendientes actuales de la generación que protagonizó el rechazo en 1844, a menos que hayan comprendido el mensaje suficientemente como para rechazarlo de modo inteligente. No hay razón para suponer que muchos de ellos no estén viviendo sinceramente a la altura de toda la luz que poseen, siendo por lo tanto aceptados por el Señor de forma individual.

 

(3) Sin embargo, la cuestión fundamental no es la mera salvación personal y la preparación para la muerte. Puesto que la profecía bíblica indica que la venida del Señor está próxima, la auténtica cuestión es la preparación para su venida y las pruebas finales que han de preceder. Y no debemos olvidar la motivación trascendente que consiste en la preocupación por el honor y vindicación del Salvador, de modo que el gran conflicto pueda terminar con su victoria.

 

Para que eso suceda en una comunidad de corazones y vidas humanas, ha de darse una clara comprensión de la verdad plena de la justicia por la fe. Y los miembros de las iglesias populares no pueden entender esa verdad por más sinceros que sean, pues “no tienen conocimiento del camino que lleva al [lugar] santísimo, ni pueden ser beneficiados por la intercesión que Jesús realiza allí”.

 

La genuina justificación por la fe no es simplemente una verdad, sino también la experiencia que la acompaña, ministrada por el Sumo Sacerdote celestial en su obra de expiación final. Siglos sucesivos de ignorancia de esa verdad no pueden resolver el problema. Es vital la necesidad del mensaje del tercer ángel en verdad. En ausencia de esa verdad, ningún cuerpo de creyentes puede estar preparado para la segunda venida de Cristo, al margen de cuál sea su filiación religiosa.

 

(4) E. White describe a Satanás como siendo un astuto falsificador. Pero solamente tiene éxito cuando “atrae hacia sí la atención de esos cristianos profesos” y los aleja de la obra singular y específica que Cristo realiza en el lugar santísimo. Según la declaración de Primeros Escritos, su método consiste en aparentar estar llevando adelante el mismo ministerio que Cristo desempeñó en el primer departamento, desde su ascensión hasta 1844. Su estrategia consiste en ocultar la existencia de un cambio en dicho ministerio.

 

El ministerio del Sumo Sacerdote tiene que cambiar, porque Cristo no puede ministrar indefinidamente su sangre en substitución para cubrir la perpetua comisión de pecados por parte de su pueblo. En el Día de la expiación ha de realizar algo que nunca se ha dado con anterioridad. Necesita tener un pueblo que venza “así como” él venció, un pueblo que -por la fe- “condenó el pecado en la carne”. Satanás necesita anular esa verdad y eclipsarla hasta donde le sea posible. Así, el engañador “atrae hacia sí” esas mentes, desviándolas del interés en la obra singular que el verdadero Sumo Sacerdote debe realizar.

 

Si ciertos fabricantes en Oriente pueden hacer falsificaciones de auténticos relojes suizos hasta el punto de engañar a compradores bien informados, ¿es difícil creer que Satanás haya podido perfeccionar por este tiempo una imitación magistral de Cristo y del verdadero mensaje del evangelio? Incluye “luz y mucho poder, pero nada de dulce amor [ágape], gozo ni paz”. Sin duda ha estudiado diligentemente la obra del verdadero Espíritu Santo, y ha refinado una suprema imitación para engañar, si es posible, a los propios escogidos. Tiene casi perfectamente preparada su falsificación de la justicia por la fe a fin de engañar. Por supuesto, carece de una comprensión de la obra de Cristo en el lugar santísimo, ese ingrediente vital del ágape, único que puede purificar el corazón humano de todo temor y motivación egoísta que perpetua el pecado.

 

(5) De acuerdo con E. White, multitudes de cristianos amables y sinceros van a sucumbir ante la terrible presión de grupo ejercida para restaurar la intolerancia religiosa de la Edad Media e imponer la marca de la bestia. Diversas formas de terrorismo pueden fácilmente “forzar” a que eso ocurra en una nación, el mundo, e iglesias entregadas al materialismo, la sensualidad y el espiritismo “espiritual”. E. White desenmascara ese siniestro fantasma del falso Cristo entregado a diseminar “su influencia sobre la tierra por medio de falsas reformas… los efectos de otro espíritu” (ibíd., p. 261).

 

(6) Hay trigo y cizaña creciendo juntos en “Babilonia”, como lo hay en la iglesia que profesa llevar el mensaje del tercer ángel. Pero es necesario que se resuelva ese estancamiento. La raza humana está en proceso de desintegración moral y espiritual. Nos enfrentamos a un potencial suicidio colectivo por el abuso de drogas, embriaguez, infidelidad, desintegración de la familia, violencia, polarización entre ricos y pobres, terrorismo, y la som­bra de la omnipresente catástrofe nuclear dibujándose en el horizonte.

 

La gran controversia entre Cristo y Satanás probablemente aparentará resolverse en una lucha por preservar la vida en este planeta. “La bestia” se presentará como la salvadora del mundo. Se va a promover su marca como único medio de impedir la destrucción de la raza humana. Las “falsas reformas” introducidas por el falso “sumo sacerdote” que pretende ministrar en el primer departamento del santuario celestial, serán el medio para consumar ese engaño colosal.

 

(7) Hay verdades inherentes al mensaje de 1888 de la justicia de Cristo que no puede comprender ninguna comunidad de cristianos que ignore el ministerio en dos departamentos del Sumo Sacerdote celestial. El “evangelio” que proclama el poder representado por el “cuerno pequeño” justifica virtualmente el pecado, y en consecuencia sustenta la rebelión de Satanás. Ese es el secreto del desprecio a la ley que caracteriza el mundo moderno a todos los niveles. Todas las iglesias, en todo lugar, necesitan desesperadamente que se les comunique el evangelio del triple mensaje angélico en verdad.

 

 

Necesidad del mensaje del tercer ángel en verdad

 

El mensaje del tercer ángel en verdad proclama a un Salvador que “condenó al pecado en la carne”, proveyendo la única refutación válida a las acusaciones de Satanás contra Dios. “Condenó” efectivamente al pecado, es decir: demostró que incluso en naturaleza humana el pecado es innecesario, y que de hecho está condenado a la extinción. Ralph Larson explica la relación íntima entre “la naturaleza de Cristo y su obra salvadora”, demostrando que no puede redimir aquello que no ha asumido (The Word Was Made Flesh, p. 277-283). El mensaje del tercer ángel presenta a un Salvador que fue en todo punto tentado como nosotros, pero sin pecado, y que puede en consecuencia salvar plenamente a los que por él se acercan a Dios (Heb. 7:25). Ese mensaje preparará a un pueblo para el re­greso del Señor.

 

Los que siguen a Cristo por la fe en su cambio de ministerio sumo sacerdotal, aprecian tres verdades claras y singulares:

 

(a) La perpetuidad de la ley de Dios, incluyendo el santo sábado. El verdadero “cumplimiento de la ley” es el ágape (Rom. 13:10), que produce obediencia gozosa y voluntaria mediante la expiación. Este es un aspecto singular de la justicia por la fe que únicamente el ministerio en el lugar santísimo puede ministrar.

 

(b) La no inmortalidad del alma. Sin comprender claramente la verdad sobre la naturaleza del hombre, resulta imposible apreciar lo que ocurrió en la cruz del Calvario. La verdadera motivación para la santidad en la vida queda así debilitada, y la justicia por la fe malograda.

 

(c) La purificación del santuario celestial constituye el ministerio final del Día de la expiación. Eso asegura la demostración plena de la justicia por la fe en los corazones y vidas de quienes creen en la verdad.

 

Esos tres “pilares” de la verdad sustentan a la iglesia adventista del séptimo día (CWE, p. 30 y 31). Contienen un mensaje abarcante capaz de preparar a un pueblo para el retorno de Cristo. Pero sin comprender el mensaje de 1888 es inevitable que se nos escape la verdad del mismo. Tan ciertamente como la noche sigue al día, se oscurece la confianza en el inminente retorno de Cristo que caracterizó a los pioneros. Perdimos la visión que ellos tuvieron, y en consecuencia su estrella se apagó.

 

 

La adoración a Baal nos roba el mensaje distintivo

 

No hay verdad que Satanás haya procurado falsificar más intensamente, que la del amor presentado en el Nuevo Testamento. El corazón humano ansía por él en todo lugar; pero “por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará” (Mat. 24:12)*. Se trata de ese amor genuino que solamente Cristo puede ministrar en su obra final de expiación, tal como vio E. White.

 

*      Eruditos evangélicos han escrito libros extraordinarios sobre el ágape. Agape and Eros, de Anders Nygren; Testaments of Love, de Leon Morris y The Love Affair, de Michael Harper son buenos ejemplos. Pero todos ellos sufren de una carencia notable, al no comprender que el amor que llevó a Cristo a la cruz es el tipo de amor dispuesto a sufrir el equivalente a la muerte segunda, tal como vemos claramente expuesto en El Deseado de todas las gentes, p. 700 y 701. En consecuencia, esos sinceros autores son incapaces de apreciar la verdadera “anchura, la longitud, la profundidad y la altura” del ágape “de Cristo, que excede a todo conocimiento” (Efe. 3:18 y 19). Ninguna comunidad cristiana que abrace la doctrina de la inmortalidad natural del alma puede apreciarlo, por sincera que sea. Su concepto de la fe resulta empequeñecido en la misma proporción en la que lo es su comprensión del ágape. Su idea sobre la justicia por la fe resulta inevitablemente comprometida.

 

Un falso Espíritu Santo ministrando una falsificación del amor, es lo que constituye la esencia del espiritismo. Esto es lo que está sucediendo ante nuestros ojos:

 

“Vi con qué rapidez este engaño [el espiritismo] se estaba difundiendo. Me fue mostrado un tren de coches de ferrocarril que iba con la rapidez del rayo. El ángel me invitó a mirar cuidadosamente. Fijé los ojos en el tren. Parecía que el mundo entero iba a bordo de él, y que no quedaba nadie sin subir. Dijo el ángel: ‘Se los está atando en gavillas listas para ser quemadas’. Luego me mostró al conductor, que parecía una persona de porte noble y hermoso aspecto, a quien todos los pasajeros admiraban y reverenciaban. Yo estaba perpleja y pregunté a mi ángel acompañante quién era. [¿Por qué tendría que hacer E. White esa pregunta, si fuera tan fácil reconocerlo?] Dijo: ‘Es Satanás. Es el conductor que asume la forma de un ángel de luz. Ha tomado cautivo al mundo. Se han entregado a poderosos engaños, para creer una mentira y ser condenados’” (Primeros escritos, p. 88).

 

“En esta época aparecerá el anticristo como si fuera el Cristo verdadero” (Testimonios para los ministros, p. 62).

 

“Pretenderá personificar a los ángeles de luz y a Jesucristo” (Carta 102, 1894).

 

 

El enemigo nunca habría tenido poder para debilitar la iglesia adventista, a menos que de algún modo le hubiéramos abierto la puerta para que encuentre allí su espacio. “Cuando el Señor tiene un canal genuino de luz, aparecen siempre múltiples falsificaciones. Satanás entrará ciertamente por toda puerta que se le deje abierta” (Carta 102, 1894).

 

Fue milagroso que surgiera un pueblo especial durante el último siglo, sostenido por esos tres pilares distintivos de verdades incorporadas al mensaje de los tres ángeles. De ningún modo era el plan de Dios que su obra resultara retardada o perjudicada. Pero debido a la incredulidad de 1888, la mensajera del Señor predijo en 1889 un terrible alejamiento de la verdad y pureza:

 

“A menos que el poder divino penetre en la experiencia del pueblo de Dios, las teorías e ideas falsas cautivarán las mentes; Cristo y su justicia se perderán de la experiencia de muchos, y su fe quedará sin poder ni vida” (Review & Herald, 3 septiembre 1889).

 

En la anterior declaración es interesante observar que:

 

(1) Cristo y su justicia no van a perderse verbalmente. Si cualquiera de nosotros lo repudiásemos de forma literal y explícita, eso tendría un impacto dramático que horrorizaría. El resultado predicho “a menos que…”, ha de tener lugar mientras “muchos” profesan creer en Cristo y su justicia.

 

(2) Cristo y su justicia no “se perderán de la experiencia de muchos” de forma consciente. Si así ocurriera, despertaríamos a nuestra necesidad, a nuestro estado de extrema frialdad. Llevaría a los corazones sinceros a confrontar su situación y pondría fin a la tibieza. Por el contrario, a Satanás le satisface mantenernos en una situación de “equilibrio” caracterizada por una temperatura tibia y constante. Las palabras, o la ausencia de ellas, pueden engañarnos. “Quizá los labios expresen una pobreza de alma que no reconoce el corazón” (Palabras de vida del gran Maestro, p. 123).

 

 (3) Es factible que Cristo y su justicia puedan perderse “de la experiencia de muchos” inconscientemente, gracias al misterioso desconocimiento que tenemos de nuestros propios corazones. Existe una enemistad natural contra Dios obrando bajo la superficie. “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jer. 17:9). Las neurosis obsesivas pueden desarrollarse a partir de causas ocultas a nuestro conocimiento.

 

Después de 1888, E. White señaló la posibilidad de que cambiásemos de dirigente sin darnos cuenta:

 

“En los últimos veinte años ha operado una influencia sutil carente de consagración, tendente a que los hombres miren a los hombres, se aten a ellos y descuiden a su Acompañante celestial. Muchos han dejado a Cristo” (Review & Herald, 18 febrero 1904).

 

“Los que tienen esa facilidad para ser dirigidos por un falso espíritu, demuestran haber estado siguiendo al capitán equivocado por un tiempo. Tanto tiempo, que no se dan cuenta de que están abandonando la fe” (Southern Watchman, 5 abril 1904).

 

 

Conclusión

 

Una apreciación sincera de la cruz de Cristo conduce siempre a la crucifixión del yo con él. Pero “la sabiduría humana desviará de la negación del yo, de la consagración, e inventará muchas cosas para dejar sin efecto los mensajes de Dios” (Review & Herald, 13 diciembre 1892).

 

Muchos en nuestro propio pueblo, los jóvenes especialmente, están confusos y desorientados por el letargo e impotencia espiritual que perciben hoy en la iglesia adventista del séptimo día. Y los problemas que suscitan los fanáticos, los disidentes desleales y los dirigentes separatistas dentro de la iglesia, pueden solamente ser comprendidos y resueltos a la luz de esa realidad.

 

La iglesia adventista del séptimo día no es Babilonia y Dios nunca previó que se convirtiera en ella, como tampoco el antiguo Israel de los días de Elías y Jeremías. La adoración a Baal era y es una dolencia que resulta extraña para el cuerpo, y que lo hace enfermar. Pero mediante el arrepentimiento y la reforma es posible la curación. La solución al problema no es la destrucción de la iglesia, sino su recuperación espiritual. Obsérvense estas alentadoras palabras:

 

“Dios está guiando a un pueblo… los reprenderá y los corregirá. El mensaje a los laodicenses se aplica a los adventistas que han tenido gran luz y no han andado en ella… El mensaje que afirma que la iglesia adventista del séptimo día es Babilonia, y que llama a la gente a salir de ella, no procede de ningún mensajero celestial, ni de ningún instrumento humano inspirado por el Espíritu de Dios…
Dios… tiene una obra que debe ser hecha por su iglesia. No debe decirse que sus miembros son Babilonia, sino que son la sal de la tierra y la luz del mundo… han de proclamar un mensaje vital en estos últimos días…    
Cómo se regocijaría Satanás si pudiera conseguir que se proclamase un mensaje según el cual el único pueblo a quien Dios ha hecho depositario de su ley sería aquel a quien se aplica ese mensaje [la caída de Babilonia]…
Aunque se amontonen las evidencias que indican que el mensaje a la iglesia de Laodicea se aplica a ellos… eso no eliminará a la iglesia” (Mensajes selectos, vol. II, p. 75-78).

 

Cuando el orgullo y el egocentrismo se disfrazan como siendo devoción a Cristo, ahí tenemos la adoración a Baal. Y ha afectado a todos los niveles del cuerpo de la iglesia. “Los que están interesados en asegurar la promoción y el buen nombre en el mundo, más bien que en mantener los principios rectos, traicionarán los legados sagrados” (Review & Herald, 31 enero 1892).

 

“La sinceridad y la política no operarán juntas en una misma mente. Con el tiempo, o bien se expulsará la política y reinarán supremas la verdad y la sinceridad; o bien, si se acaricia la política, se olvidará la sinceridad. Nunca están de acuerdo. No tienen nada en común. La una es profeta de Baal; la otra el verdadero profeta de Dios” (Testimonies, vol. V, p. 96).

 

¡Ojalá pudiéramos contemplar el rostro de nuestro verdadero Señor! Si pudiésemos mirar su faz, no veríamos la perpetua sonrisa de la indulgencia, como pretende Baal. Éste es un ídolo de sonrisa congelada. El rostro del verdadero Cristo refleja el malestar de la náusea: un divino quebranto del corazón por nuestra terrible tibieza, nuestro amor al yo, nuestra profesión de una devoción que en realidad no sentimos. Los párrafos siguientes contraponen la experiencia cristiana genuina, con la falsificación de la misma:

 

“Una verdadera comprensión del sacrificio e intercesión del querido Salvador quebrantará el corazón que se endureció en el pecado, y vendrán al alma el amor, el agradecimiento y la humildad. La entrega del corazón a Jesús convierte al rebelde en penitente… Tal es la verdadera religión de la Biblia; lo que no alcance a eso es un engaño” (Testimonies, vol. IV, p. 625).

 

“En el ministerio se ha impuesto un nuevo orden de cosas. Existe el deseo de copiar los procedimientos de otras iglesias, y la sencillez y la humildad casi son desconocidas… Algunos inician reuniones de reavivamiento, y en esta forma llevan mucha gente a la iglesia. Pero cuando pasa la agitación, ¿dónde están los convertidos? No se advierten el arrepentimiento y la confesión del pecado. Se ruega al pecador que crea en Cristo y lo acepte, independientemente de su vida pasada de pecado y rebelión. El corazón no es quebrantado. No hay contrición de espíritu. Los supuestos conversos no han caído sobre la Roca, Cristo Jesús” (Mensajes selectos, vol. II, p. 20).

 

¿Dónde está esa Roca, a fin que podamos caer sobre ella y el corazón resulte “quebrantado”? Las buenas nuevas son mejores de lo que Baal quiere que creamos. Caer sobre esa “Roca” no destruye la autoestima, ni disminuye en modo alguno la verdadera personalidad de cada uno. Cuando el amor pecaminoso del yo es crucificado con Cristo, nuestra personalidad experimenta una resurrección con él. Cristo nunca destruye a nadie; pero esa experiencia de tomar la cruz es la única manera en que el Sumo Sacerdote celestial nos puede restaurar, ahora y para la eternidad.

 


 

Capítulo 14

(índice)

 

De 1950 a 1971

 

Este manuscrito se preparó originalmente en 1950 para el comité de la Asociación General. Era un llamado a “alimentar el rebaño de Dios” con los elementos nutritivos del mensaje de 1888. Desde el tiempo de aquel mensaje la conciencia adventista ha tenido que afrontar la convicción de una extensa hambre espiritual. A pesar de los ambiciosos programas, actividades y promociones realizados cada año, la comisión evangélica dista mucho de haberse completado.

 

El 23 de noviembre, pocos días después de haber concluido la asamblea de 1888, E. White habló en la reunión del estado de Potterville, Michigan (A.L. White, The Lonely Years, p. 148). Review & Herald registra sus tres predicaciones. En la del 24 de noviembre se refirió en seis ocasiones a los judíos, comparándonos con nosotros:

 

“¿Qué haría el Salvador si viniera a nosotros, tal como vino a los judíos? Efectuaría una similar depuración de la escoria de la tradición y el ceremonialismo. A los judíos les perturbó profundamente que realizara esa obra… La ceguera de los fariseos ilustra cómo los que pretenden poseer gran luz y conocimiento pueden comprender mal y tergiversar la obra de Dios. Se han ocultado de la vista verdades gloriosas, y mediante el error y la superstición se las ha convertido en deslustradas y carentes de atractivo” (Review & Herald, 4 junio 1889).

 

En el artículo que se publicó el 11 de junio, una semana después, nos comparó de nuevo en cinco ocasiones con los judíos, y se refirió unas veinte veces a la incredulidad de los “hermanos en el ministerio” que le eran contemporáneos:

 

“Muchos se colocan en una posición similar a la de los judíos del tiempo de Jesús, y no quieren dar oído a la palabra de verdad debido a que sus mentes están llenas de prejuicio; pero quienes rehúsan la luz del cielo serán rechazados por Dios tal como lo fue su antiguo pueblo… ¿Por qué tendrían los pastores que despojar a la verdad de su poder ante el pueblo, debido a que ellos mismos carecen de vida espiritual y devoción al no estar conectados con Dios?... Os habéis apartado tanto de él, que a duras penas podéis oír su voz”

 

Hablando en el contexto de 1888 declaró nuevamente:

 

“Las vicisitudes de los hijos de Israel y su actitud justamente antes de la primera venida de Cristo me han sido presentadas vez tras vez para ilustrar la posición del pueblo de Dios en su experiencia antes de la segunda venida de Cristo; cómo el enemigo se valía de toda oportunidad para cegar las mentes de los siervos de Dios a fin de que no pudieran discernir la preciosa verdad” (ibíd., 18 febrero 1890).

 

“En toda línea que trazo a propósito de la condición del pueblo en los días de Cristo, y de la actitud que tuvieron hacia la Luz del mundo, veo peligro de que tomemos la misma posición… En el mundo habremos de enfrentarnos a toda forma de incredulidad, pero nuestras almas resultan heridas cuando la encontramos en quienes debieran ser líderes el pueblo [de Dios]” (ibíd., 4 marzo 1890).

 

En contraste con la práctica totalidad de sus contemporáneos, el discernimiento profético inspirado de E. White percibía que el impacto global de 1888 fue el equivalente a crucificar de nuevo a Cristo. Los judíos afirman que nunca crucificaron al Mesías, y a nosotros nos resulta difícil reconocer el alcance de lo que hicimos:

 

“Los que resistieron al Espíritu de Dios en Minneapolis estuvieron esperando una oportunidad para recorrer de nuevo el mismo camino, ya que se trataba del mismo espíritu…
Todo el universo celestial fue testigo del trato afrentoso que se dio a Jesucristo, representado por el Espíritu Santo. Si Cristo hubiera estado ante ellos, lo habrían tratado de forma similar a como lo hicieron los Judíos” (Serie A, n 6, p. 20, 16 enero 1896).

 

La confusión y la perplejidad son el único resultado posible de una declaración como esta que ha sido recientemente publicada: “En 1888, la dirección de la iglesia adventista dio un giro elevador en la sesión ministerial previa” (Ministry, noviembre 1984). La mensajera del Señor, hablando 14 años después de 1888, dijo lo opuesto: “Se me ha instruido al efecto de que la terrible experiencia en la asamblea de Minneapolis es uno de los capítulos más tristes en la historia de los creyentes en la verdad presente” (Carta 179, 1902). Esta fue su valoración inspirada: “Crueldad hacia el Espíritu Santo”, “trato vergonzoso a Jesucristo”, que “algún día será apreciado en su verdadera significación, con todo el peso del horror resultante” (General Conference Bulletin 1893, p. 184). Quizá se esté acercando ese “algún día”.

 

 La comparación que hizo E. White entre nosotros y los judíos no es gratuita. Afecta al corazón mismo del plan de la salvación. En nuestra “insubordinación” va implícita la negación de Juan 3:16, ya que significa resistir a Cristo. Cuando eso se reconozca, tendrá lugar el arrepentimiento correspondiente a la transgresión. El problema es que la transgresión no ha sido aún apreciada en su verdadera naturaleza. Aún no nos hemos visto tal como el Cielo nos ve.

 

En nuestros días  ha entrado en escena una nueva generación, y ningún miembro actual de la iglesia puede dar hoy testimonio de su experiencia personal por haber asistido a la asamblea de 1888. Todo cuanto podamos aprender sobre ella ha de proceder de escritos inspirados.

 

Desde 1950 se ha venido haciendo un esfuerzo concertado para publicar libros que presenten la idea de que 1888 constituyó una victoria para la iglesia. Así, varios libros autorizados sumando en total casi mil quinientas páginas tratan de establecer que el mensaje de 1888 fue aceptado. Dos de ellos recibieron el respaldo de presidentes de la Asociación General; un tercero lo escribió un vicepresidente. Su publicación demuestra el profundo interés que 1888 representa para la conciencia adventista del séptimo día.

 

El Espíritu Santo ha dirigido a la iglesia durante todos estos años, y la verdad acabará por conocerse y prevalecerá, triunfando sobre toda confusión. La solución a nuestros problemas no consiste en criticar a la dirección de la iglesia ni en debilitar su organización. Consiste en el arrepentimiento y la reconciliación con Cristo dentro de la organización de la iglesia. No podemos permitirnos negar o suprimir la verdad. Cuando esta sale a la luz y es comprendida y aceptada por corazones sinceros, vence al fanatismo, al legalismo y al espíritu de crítica del tipo “yo soy más santo que tu”. La verdad ha de llevar al humilde arrepentimiento que es según Cristo, y significará la curación definitiva.

Prestemos breve atención al desarrollo de los acontecimientos que siguieron:

 

 

1950

 

El manuscrito 1888 Re-examined, de 206 páginas, no llevaba el nombre de sus autores y tampoco incluía título ni fecha. Su propósito era simple: demostrar, a partir de fuentes inspiradas –más de 600 citas de E. White-, que en 1888 tomamos el camino equivocado; que la causa de Dios sufrió un revés importante y que el auténtico progreso de la causa requiere que aceptemos ese mensaje y lo proclamemos al mundo, así como que a la vista de nuestra historia y en respuesta al llamado de Cristo a Laodicea, lo apropiado es el arrepentimiento denominacional.

 

Nuestro llamado fue objeto del rechazo oficial más contundente: “No creemos que [un arrepentimiento denominacional] esté de acuerdo con el plan y propósito de Dios”. “No querrán imprimir sus puntos de vista más bien críticos, ni darles mayor circulación” (General Conference, Defense Literature Committee Letter, 4 diciembre 1951). La posición de la Asociación General consistía en que a la vista de nuestros bautismos, que eran numerosos hasta el punto de hacer “duplicar nuestra membresía” en los años 1950, amén de nuestra generalizada prosperidad denominacional e institucional, no era necesario ni apropiado el arrepentimiento denominacional.

 

Los autores del manuscrito no nos rebelaríamos contra la directiva de la Asociación General. Siempre hemos sostenido con firmeza el principio de la organización y orden en la iglesia. Pero no podíamos en conciencia retractarnos de nuestras convicciones básicas, que creíamos basadas en el testimonio inspirado de E. White. Así pues, encomendamos la cuestión a la siguiente autoridad superior: al propio Señor en el juicio investigador y a la “disposición de su providencia”, y nos reincorporamos a nuestros puestos de trabajo, prosiguiendo con nuestros deberes misioneros en África (Carta a los oficiales de la Asociación General, 5 febrero 1952).

 

Pero una de las copias del manuscrito que entregamos al comité de la Asociación General encontró de algún modo la forma de salir de las oficinas de la sede denominacional. Mientras los autores del manuscrito trabajábamos como misioneros en África, algunos laicos y pastores en América del Norte copiaban laboriosamente el manuscrito y lo reproducían. Sin que lo supiéramos, resultó ampliamente distribuido en varios continentes.

 

 

1952

 

Entre el 1 y el 13 de septiembre de 1952 tuvo lugar en la iglesia de Sligo (Maryland) una asamblea bíblica memorable. Los estudios allí presentados “representan el mejor pensar de hombres veraces, sinceros, fervientes, entregados y leales” dirigentes de la iglesia, según afirma D.E. Rebok en la introducción del informe en dos volúmenes, Our Firm Foundation (Review & Herald, 1953, vol. I, p. 13).

 

Hacia el final de la asamblea el presidente de la Asociación General reconoció el revés de 1888, e hizo una sorprendente declaración:

 

“La iglesia fracasó en gran medida en edificar sobre el fundamento puesto en la asamblea de la Asociación General de 1888. Mucho se ha perdido en consecuencia. Nuestro crecimiento espiritual se ha retardado en años. Hace ya tiempo que debíamos haber poseído la Tierra Prometida.
Pero aquí se ha repetido el mensaje de la justicia por la fe dado en la asamblea de 1888. La práctica totalidad de los oradores han enfatizado desde el primer día esa doctrina crucial, sin que hubiera un plan premeditado a tal efecto. Ha sido algo espontáneo por parte de los oradores. Sin duda el Espíritu Santo los ha impulsado a obrar así. Este tema ciertamente ha “absorbido a cualquier otro” en estas asambleas.
Y esta gran verdad se ha proclamado aquí, en esta asamblea bíblica de 1952, con mucho mayor poder del que lo fue en 1888, puesto que quienes han predicado aquí han gozado de mayor luz brillando en cientos de declaraciones de los escritos del Espíritu de profecía, de la que no disponían quienes predicaron entonces…
La cuestión ya no va a ser más: ‘¿Cuál fue la actitud de nuestros obreros y miembros hacia el mensaje de la justicia por la fe dado en 1888? ¿Qué hicieron con él?’ A partir de ahora, la gran cuestión ha de ser: ‘¿Qué hicimos con la luz sobre la justicia por la fe proclamada en la asamblea bíblica de 1952?’” (W.H. Branson, vol. II, p. 616 y 617).

 

En sus consideraciones finales volvió a recalcarlo: “Hermanos, destaquemos en todas nuestras reuniones con los obreros la gran importancia del mensaje que vino en 1888 a la asamblea de Minneapolis, el mensaje que todos los predicadores han repetido aquí en estas asambleas” (p. 737 y 738).

 

Aquellas asambleas tuvieron lugar hace ya unas cuantas décadas. Se afirmó que todos los predicadores estuvieron en plena armonía sobre “la doctrina de la justicia por la fe”, añadiendo que predicaron el mensaje más clara y poderosamente que los mensajeros de 1888 en el comienzo de la lluvia tardía y el fuerte pregón.

 

De ser cierto, se deduce lógicamente que los mensajes de 1952 fueron una manifestación “mucho mayor” de la lluvia tardía y el fuerte pregón de Apocalipsis 18, de lo que lo fue el mensaje de 1888. Además, los mensajes de 1952 fueron plenamente aceptados sin sufrir oposición, sea de forma oficial en la Asociación General o en la obra mundial.

 

Si lo que tan trágicamente faltó en 1888 fue tan abundantemente provisto en 1952, ¿no debiera la tierra haber sido alumbrada con la gloria del mensaje del fuerte pregón en aquella generación? Una aceptación semejante del mensaje de 1888 sesenta años antes –en Minneapolis- habría preparado a un pueblo para completar la comisión evangélica en aquella generación. ¿Vino la bendición en la generación de 1952?

 

Al estudiar detenidamente los dos volúmenes en que se publicó el informe, se hace patente un problema: Ni uno solo de los predicadores reflejó los motivos singulares y esenciales del mensaje de 1888. Los mensajes de Edward Heppenstall sobre los dos pactos estuvieron en refrescante armonía con la posición de 1888, y algunos otros predicadores no dijeron nada en contra. Y no hay duda alguna de que eran todos “hombres veraces, sinceros, fervientes, entregados y leales”, y todos ellos hicieron predicaciones positivas.

 

Pero el problema es que la mayoría, si no todos, evidenciaron estar sinceramente desinformados sobre el contenido real del mensaje de 1888. Ni uno solo de ellos dio evidencia de haber estudiado con esmero las fuentes originales de aquel “mensaje preciosísimo”, que por descontado se hallaban fuera de imprenta. Aparentemente nadie fue capaz de apreciar la clara diferencia entre el mensaje de 1888 y la doctrina protestante popular sobre la “justicia por la fe”.

 

Es dolorosamente evidente que los mensajeros de 1888 que E. White apoyó fueron persona non grata en aquella asamblea (ver, por ejemplo, vol. I, p. 256). Es como si algún plan preconcebido hubiese prohi­bido cualquier reconocimiento de los mensajeros de 1888 o del contenido de su singular mensaje. Siendo que los nutrientes esenciales estaban ausentes en gran medida de los mensajes dados en 1952, no podían ejercer el poder espiritual del mensaje de 1888 para reavivar y reformar.

 

De aquella asamblea derivó sin duda mucho bien. Pero la lluvia tardía y el fuerte pregón no tuvieron allí otro “comienzo”.

 

Mientras tanto continuaba la espontánea y amplia distribución de 1888 Re-examined. Alrededor de 1958, demandas relevantes dirigidas a la Asociación General por parte de miembros de iglesia en la obra mundial, suscitaron otra reacción.

 

 

1958

 

La Asociación General preparó entonces una nueva respuesta, y la puso a disposición de la iglesia en septiembre de 1958. Llevaba por título: A Further Appraisal of the Manuscript 1888 Re-examined”. Dicha respuesta se oponía enérgicamente al manuscrito. Esta fue su conclusión:

 

“Es evidente que los autores han demostrado considerable amateurismo, tanto en su investigación como en el trato dado a los hechos. A lo largo de todo el manuscrito hay un patrón repetitivo de empleo de citas fuera de su verdadero contexto*… La tesis de ‘1888 Re-examined’ es un serio descrédito para la ética literaria de sus autores… Haciéndose culpables de distorsionar los hechos y de aplicar incorrectamente declaraciones del Espíritu de profecía, los autores de ‘1888 Re-examined’ han producido un manuscrito que es perjudicial para la iglesia, menosprecia a sus dirigentes y a las personas desinformadas que pudieran llegar a leerlo” (p. 47-49).

 

* El informe del Defense Literature Committee había declarado más bien lo contrario: “El Manuscrito evidencia el mayor fervor, diligencia y meticuloso esfuerzo”.

 

Como es fácil suponer, cuando leímos A Further Appraisal quedamos profundamente consternados. ¿Sería cierto que éramos culpables de “emplear citas fuera de su verdadero contexto” y de “de distorsionar los hechos”, produciendo un “manuscrito que es perjudicial para la iglesia”? Eso nos llevó a orar fervientemente, a examinar nuestro corazón y a un estudio más profundo de las fuentes de E. White que habíamos empleado, así como a buscar otras nuevas.

 

Como resultado, en septiembre de 1958, estando aún de vacaciones en América, preparamos una respuesta de 70 páginas: An Answer to Further Appraisal”, que abordaba cada uno de los puntos en cuestión. No habiendo podido realizar una investigación en Ellen White Vault, logramos acceder a colecciones privadas de muchos documentos de E. White no publicados hasta entonces, existentes en bibliotecas de pastores jubilados que habían conocido personalmente a la profetisa. Nuestra respuesta (An Answer to Further Appraisal) incluía esa recién descubierta documentación en apoyo de nuestra tesis. El documento de la Asociación General A Further Appraisal fue retirado y dejó de estar disponible.*

 

* Un ejemplo de cómo A Further Appraisal defendía la teoría de la aceptación es su uso de una frase aislada de la Carta 40 de 1893: ‘Estuvimos en el campo de batalla por cerca de tres años, pero por aquel tiempo tuvieron lugar cambios decididos entre nuestro pueblo, y por la gracia de Dios ganamos victorias decididas’ (A Further Appraisal, p. 44). Pero en 1983 Ellen White Trustees publicó la carta completa, de forma que pudo conocerse su contexto (Release #996). La frase citada tiene lugar en una discusión relativa al consumo de queso. Trata acerca de cómo el Dr. Kellogg compró un lote entero de queso que fue puesto a la venta en el aparador de comestibles de una reunión campestre, y de cómo la reforma pro-salud ganó aceptación entre nuestro pueblo. El contexto no contiene nada relacionado con el mensaje de 1888, ni con su eventual aceptación.

 

 

1962

 

Hubo miembros de iglesia que continuaron por cuatro años planteando cuestiones importantes. A Further Appraisal afirmaba en 1958: “se consideró que el informe de hace siete años [del Defense Literature Committee, en 1951] había puesto punto final al asunto” (p. 3). Pero se diría que la providencia no había dispuesto que el interés por 1888 tuviera un punto final. El Espíritu Santo ha de mantenerlo vivo hasta que se de el arrepentimiento.

 

En 1962 N.F. Pease publicó un libro sobre 1888: By Faith Alone. El prefacio del presidente de la Asociación General declara:

 

“La asamblea de la Asociación General de 1888 y la discusión que en aquel encuentro tuvo lugar sobre la justificación por la fe ha merecido comentarios diversos por parte de diferentes personalidades, especialmente en los últimos meses. Incluso unos pocos han sugerido -de forma totalmente errónea- que la iglesia adventista del séptimo día se ha desviado por su fracaso en captar esa gran enseñanza fundamental cristiana. Este libro contiene una exposición fidedigna de lo sucedido” (p. vii).

 

El Dr. Pease es un competente y esmerado erudito, y la Asociación General apreció su obra. Pero su libro es problemático al no manifestar una comprensión equilibrada de la era de 1888:

 

(a) El libro olvida casi completamente reconocer el mensaje de 1888 por lo que fue: el “comienzo” de la lluvia tardía y el fuerte pregón: un mensaje enviado para preparar a un pueblo para la traslación.

 

(b) El mensaje de 1888 se presenta repetidamente como siendo meramente “la doctrina de la justificación por la fe”, o de “la justicia por la fe”, que son equiparadas con la enseñanza popular protestante. Llega a afirmar que los mensajeros de 1888 obtuvieron su mensaje de las iglesias protestantes populares de su día (p. 138 y 139). Pero los mensajeros fueron categóricos en su afirmación de que lo obtuvieron únicamente de la Biblia (cf. General Conference Bulletin 1893, p. 359). Buscamos en vano los elementos únicos constituyentes del mensaje de 1888 en los escritos contemporáneos de los teólogos del protestantismo popular.

 

(c) Eso suscita la siguiente cuestión: Si las iglesias protestantes de los años 1800 poseían la esencia de nuestro mensaje de 1888, ¿cómo podía este ser “el mensaje del tercer ángel en verdad”? ¿En qué radica la singularidad del evangelio adventista del séptimo día?

 

(d) Se afirma de la iglesia adventista que va haciéndose “más evangélica con el pasar de los años", y que ha experimentado un “énfasis creciente en la justificación por la fe en los últimos cuarenta años” (Pease, p. 227, 239 y 240). Permanece la pregunta: ¿De qué tipo de “justificación por la fe” se trata? ¿De protestantismo popular? ¿O del mensaje de 1888?

 

(e) El libro no destaca por su congruencia. Declara que logramos “preservar para la denominación el énfasis espiritual del movimiento de reavivamiento de aquella década [de 1890]”. Sin embargo, de forma extraña, “el reavivamiento de los años noventa se extinguió” (p. 164 y 177). La implicación es desalentadora. Esa postura es una negación implícita la profecía de Apocalipsis 18:1-4. Una vez que el liderazgo de la iglesia acepte verdaderamente el mensaje del fuerte pregón, es imposible que se extinga, ya que está proféticamente destinado a crecer hasta “alumbrar la tierra con su gloria”.

 

Constituye la escena más gloriosa en el futuro profético que aguarda al mundo. El hecho de que “se extinguió” “el reavivamiento” de los años 1890 es de por sí la evidencia más clara de que el liderazgo de la iglesia no aceptó verdaderamente el mensaje del fuerte pregón. Eso hay que tenerlo meridianamente claro. En caso contrario debemos aceptar la terrible perspectiva de que todo reavivamiento genuino estará igualmente condenado a “extinguirse” antes o después, incluso en el caso de que el mensaje se acepte. ¿Podrá Apocalipsis 18:1-4 cumplirse alguna vez?

 

Los miembros de iglesia continuaban planteando preguntas.

 

 

1966

 

A.V. Olson, vicepresidente de la Asociación General, escribió otro libro dedicado a 1888. Su inesperada muerte, el 5 de abril de 1963, había dejado su manuscrito “virtualmente concluido” en manos del consejo de White Estate. Se publicó su libro, de 320 páginas, bajo el título Through Crisis to Victory 1888-1901.

 

Sincero y ferviente por demás, el autor procuró rebatir nuevamente “conclusiones engañosas” relativas a 1888. En el prefacio avisa al lector de que “los trece años que pasaron entre Minneapolis -1888- y la asamblea de la Asociación General de 1901, fueron... un período sobre el que la Providencia podría pronunciar la palabra victoria” (p. 7). Pero una vez más surgen problemas de importancia:

 

(a) Aquellos trece años no se caracterizaron por la victoria, sino por la más destacada infidelidad en la administración de la sede central de la iglesia. Hubo demandas proféticas por reforma y reorganización, y finalmente juicios de parte del Señor, en los incendios devastadores del Sanatorio de Battle Creek y de Review & Herald Publishing Association. Eso ocurría justo después de la “victoria” de 1901. Las numerosas cartas que E. White escribió desde Australia durante ese período, no indican otra cosa que “años de paso”, si es que la espiritualidad y la fidelidad son importantes, y si el mensaje y la experiencia de 1888 son el criterio.

 

(b) El libro procura establecer una base legal para probar que el mensaje de 1888 no se “rechazó oficialmente”, puesto que los delegados no tomaron voto alguno para emprender “ninguna acción, de la clase que fuera” a fin de aceptarlo o rechazarlo (p. 36). Si bien es verdad que no hay registro “oficial” de un voto negativo en Minneapolis, lo cierto es que se tomó un voto, y el Bulletin de 1893 lo comenta. E. White también lo confirma.

 

Obsérvense algunas referencias definidas a la toma de un voto en contra del mensaje:

 

“¿Qué fue lo que rechazaron los hermanos en Minneapolis, en la temible posición que adoptaron? Rechazaron la lluvia tardía, el fuerte pregón del mensaje del tercer ángel” (p. 183).

 

“Algunos de ellos… se opusieron tan abiertamente en aquella ocasión [el encuentro de Minneapolis] y votaron en su contra a mano alzada” (p. 244).

 

“No hace ninguna diferencia que se imponga un credo de forma escrita, o que se pretenda imponer la idea de alguien mediante un voto en la Asociación General… Y aquí hay personas que recuerdan un momento –hace cuatro años- y un lugar –Minneapolis- en el que se hicieron tres esfuerzos directos para que se pusiera el cerrojo al mensaje del tercer ángel mediante un voto de la Asociación General. Pretendían que se reconociera como un hito aquello que alguien creía, para votar a continuación que nos mantuviéramos en los hitos, importando poco si uno sabe o no lo que son los hitos. Lo siguiente sería avanzar, acordando guardar los mandamientos de Dios así como una gran cantidad de otras cosas que iríamos a hacer. Y todo eso se presentaría como siendo justificación por la fe” (p. 256).

 

La propia E. White menciona un voto de rechazo, pero dicha referencia se ha suprimido en la reciente edición del Ms. 24, 1888, en Selected Messages, vol. III, p. 176. En su Ms. 15, 1888 (Olson, p. 294-302) se la ve muy preocupada con la maldad de los hermanos al forzar aquel voto.

 

En claro desafío a la historia, hay al menos seis modernas negaciones de que se tomara aquel voto: El ‘Marco histórico’ del libro Testimonios para los ministros, escrito por la Junta de Fideicomisarios de los Escritos de Elena G. de White, p. xxiv; Throu­gh Crisis to Victory, p. 36; Movement of Destiny, p. 233 y 370; The Lonely Years, p. 395 y 396 y The Faith that Saves, p. 41.

 

Es razonable preguntarse por qué, después de “tres esfuerzos directos” para obtener un voto de rechazo del que quedara constancia, no se logró. ¿Por qué no se registró? La respuesta es clara en el mismo Bulletin de 1893: E. White, sin que nadie la secundara, rehusó permitir que aquel voto se incluyera en las actas:

 

“¿No se nos dijo en aquel tiempo que el ángel del Señor declaró: ‘No deis ese paso. No comprendéis lo que eso implica?’ ‘No puedo dedicar tiempo a explicaros lo que está ahí encerrado, pero el ángel ha dicho: no lo hagáis’. El papado estaba allí implicado. Eso es lo que el Señor estaba tratando de decirnos y hacernos comprender… ¿Hay alguien en esta casa que estuviera allí en aquella ocasión, que no pueda ver ahora de qué se trataba?” (p. 265).

 

Por lo tanto, lo único que impidió que el voto que se tomó quedara registrado, es que E. White sabiamente lo evitó. Es claro que los delegados estaban procurando que se diera un voto tal de rechazo. La victoria del voto negativo debió ser abrumadora, ya que E. White declaró en Minneapolis que “en general, el espíritu y la influencia de los pastores que han venido a esta asamblea consiste en desechar la luz” (Carta B21, 1888); “nuestros hermanos en el ministerio... están aquí solamente para apartar fuera del pueblo el Espíritu de Dios” (Ms. 9, 1888, Olson. p. 291); y “en esta asamblea... la oposición, más bien que la investigación, está a la orden del día” (Ms. 15, 1888, Olson, p. 301). De haberse registrado un voto como ese, habría significado un virtual suicidio denominacional. ¡Gracias a Dios por salvarnos de nosotros mismos!

 

Pease reconoce la fuerza de aquella oposición virtualmente uniforme: “¡Se puede afirmar sin temor a errar que de no ser por el apoyo [de E. White], Waggoner y Jones no habrían tenido la menor oportunidad!” (The Faith That Saves, p. 41). Sin el apoyo directo de la profetisa a los mensajeros, la asamblea de la Asociación General habría votado de forma oficial condenando el mensaje.

 

(c) Olson minimiza la magnitud de la oposición en 1888 al referirse a escasamente “treinta y tres obreros... implicados de una u otra forma... No es correcto suponer que hubo una oposición coordinada y organizada” (p. 84). Estamos de nuevo ante un conflicto con lo que la mensajera inspirada afirmó en numerosas declaraciones. Por otra parte contradice los informes de testigos presenciales como C.C. McReynolds y R.T. Nash (ver capítulo 15).

 

(d) El libro concluye con un dilema penoso y desalentador. Es su percepción que los dirigentes y pastores son fieles, mientras que los laicos no lo son: “Los pastores y evangelistas adventistas han anunciado esa verdad vital desde púlpitos e instancias públicas con corazones encendidos por el amor de Cristo”. Pero “para muchos miembros de iglesia el mensaje de la justicia por la fe se ha convertido en una teoría árida... Han tratado la luz de forma negligente... Han fallado... Sus pobres almas están desnudas y destituidas... Pronto van a ser rechazados por su Señor” (p. 238 y 239). El fin lógico de esa tesis es el concepto católico-romano de una jerarquía fiel y una membresía infiel.

 

Pero es cierto lo contrario: cuando “el ángel de la iglesia” -su liderazgo- responda al llamamiento final de Cristo, sucederá esto: “Tu pueblo se te ofrecerá voluntariamente… en la hermosura de la santidad” (Salmo 110:3). Un pastorado fiel y una membresía infiel es una acusación, no sólo al pueblo de Dios del presente, sino al de toda la historia sagrada, y no ofrece ninguna esperanza de futuro que no sea un pueblo infiel resistiendo siempre a un cuerpo ministerial fiel. No fue, no es, y no será así.

 

 

1969

 

Norval F. Pease publicó al poco tiempo una continuación de By Faith Alone, que llevaba por título The Faith That Saves (1969). 1888 es de nuevo su principal preocupación. Aparecen más problemas:

 

(a) Evade nuevamente cualquier reconocimiento del significado escatológico del mensaje de 1888 como comienzo del fuerte pregón de Apocalipsis 18. En lugar de eso, el autor lo presenta como siendo “la herencia común de los grupos protestantes”, “luz antigua en su contexto apropiado”, un simple “nuevo énfasis en la justificación”, “el mismo evangelio eterno por el cual los cristianos se han salvado en cualquier época” (p. 25, 39, 45 y 54). Parece no haber reconocimiento alguno de una verdad singular que constituya el “mensaje del tercer ángel en verdad”, ninguna consideración de su relación especial con la purificación del santuario.

 

(b) Afirma nuevamente que “los delegados [de 1888] estaban divididos en un sentido triple”, insinuando con ello que la oposición no fue masiva. Rebatiendo a quienes pretenden “que la 'denominación' rechazó en 1888 la justicia por la fe” *, el autor se apoya en la suposición de que el hecho de no existir un voto registrado significa que “no se tomó ninguna medida oficial sobre el asunto”, y que “la mayor parte de quienes no vieron la luz en 1888, se arrepintieron de su ceguera y le dieron su apoyo de forma entusiasta” (p. 41). Pero no presenta evidencia alguna de dicho apoyo entusiasta.

 

* No queda claro de quiénes se trata. Los autores de 1888 Reexaminado nunca hemos sostenido que “la denominación” rechazara el comienzo de la lluvia tardía. Lo que hemos hecho es citar a E. White como evidencia de que el liderazgo la rechazó, y la mantuvo “en gran medida” alejada de la iglesia, de modo que “la denominación” nunca tuvo la oportunidad apropiada de aceptarla (cf. Mensajes selectos, vol. I, p. 276).

 

No podemos evitar volver a recordar la apesadumbrada carta de E. White a su sobrino, fechada el 5 de noviembre de 1892, bien posterior a las confesiones de los principales dirigentes, declarando que “ni uno” de los que rechazaron inicialmente, había “venido a la luz” ni discernido el mensaje (Carta B2a, 1892). Pease reconoce en otro lugar que al finalizar la década, ningún “Eliseo” estaba predicando el mensaje efectivamente, excepto Jones, Waggoner, y E. White (By Faith Alone, p. 164). Siendo así, ¿dónde estaba el apoyo del que supuestamente gozaban?

 

(c) Procurando rebatir nuestro ruego de que la iglesia “vuelva a publicar los escritos de Waggoner y Jones, de modo que podamos beneficiarnos de su enseñanza”, Pease declara que “no hay nada que dijeran Waggoner y Jones” que E. White no dijera “mejor... E. White fue capaz de presentar ese mismo evangelio eterno con una belleza y claridad que ninguno de sus contemporáneos pudo igualar” (p. 53).

 

Eso suscita una importante pregunta: ¿Por qué envió el Señor a los mensajeros de 1888, si eran incapaces de presentar adecuadamente el mensaje? ¿No habría sido más sabio escogiendo a E. White como agente para la lluvia tardía y heraldo del mensaje del fuerte pregón? La historia sagrada demuestra que el Señor escoge siempre a sus mensajeros por una razón.

 

E. White nunca consideró el mensaje de Waggoner y Jones como redundante o superfluo. Lo apoyó en cerca de 300 ocasiones en lenguaje entusiasta e inconfundible, y los respaldó sin ambages como siendo especialmente “escogidos”, “delegados”, poseedores de “credenciales” de parte del Señor para realizar una obra que no le había sido asignada a ella.*

 

* Algunos que dicen aceptar la “justicia por la fe” opinan que no necesitamos el “preciosísimo mensaje” que el Señor envió “a su pueblo por medio de los pastores Waggoner y Jones” debido a que disponemos de los escritos de E. White. Pero hay problemas en esa posición: (a) La iglesia poseía también sus escritos en 1888, e incluso más: gozaba de la presencia personal de la profetisa. (b) Ella misma describió sus escritos como la “luz menor” para llevar a la “luz mayor”: la Biblia. Por lo tanto, E. White no dijo nada sobre la justicia por la fe que no esté mejor dicho en la Biblia. (c) La consecuencia de ese razonamiento es que no necesitamos el Nuevo Testamento, puesto que tanto Jesús como Pablo fundaron su comprensión de la justicia por la fe sólo en el Antiguo Testamento, y nadie puede negar que lo comprendieron. (d) Cabría asimismo deducir que tampoco necesitamos los profetas mayores o menores, dado que Abraham “fue justificado por la fe” y vino a ser “padre de los creyentes” sin conocer revelación alguna posterior a Génesis 1-11.
Por supuesto, eso es absurdo. La única conclusión lógica a la que cabe llegar es que necesitamos toda la luz que el Señor juzgue oportuno proporcionarnos. E. White no pretendió jamás haber sido enviada para proclamar la lluvia tardía o el mensaje del fuerte pregón, pero los reconoció en las presentaciones de Jones y Waggoner. Es imposible aceptar sinceramente a E. White y no aceptar sus declaraciones de apoyo al mensaje de 1888 tal como lo proclamaron Jones y Waggoner en el período de tiempo en que hizo tales declaraciones.

 

Los libros de los mensajeros de 1888 están basados solamente en la Biblia (véase Christ and His Righteousness, The Gospel in Creation, The Glad Tidings, The Consecrated Way to Christian Perfection, que no incluyen declaraciones de E. White). El mensaje de Jones y Waggoner fue una espléndida demostración del poder inherente de la justicia por la fe en su pureza bíblica. Denigrarlo conlleva inevitablemente el desprecio al apoyo que le dio E. White.

 

(d) Pease concluye afirmando que los mensajes de la Asociación General de Milwaukee, en 1926, fueron más importantes que los de 1888. Los de 1926 serían la evidencia de que se había aceptado el mensaje de 1888:

 

“Tengo la firme convicción de que sería bueno enfatizar menos 1888 y más 1926. De hecho, la asamblea de la Asociación General en 1926 fue lo que 1888 pudo haber sido, de haberse dado una mayor unanimidad en el significado del evangelio.
Algunos han sugerido que la denominación debiera manifestarse públicamente en cierta forma específica, reconociendo las equivocaciones de 1888. No cabe evidencia más positiva de crecimiento y maduración espiritual que las predicaciones de 1926” (p. 59).

 

Pero en lógica, ese punto de vista sumergiría a la iglesia en la confusión. Obsérvese lo que implica: (1) Los mensajes de 1926 fueron más elevados y trascendentes que los de 1888; sin embargo, (2) a diferencia de 1888, la “mayor unanimidad en el significado del evangelio” en 1926 implica que no hubo oposición, tal como había ocurrido en 1888. (3) Han pasado muchos años desde 1926, pero E. White escribió que de haber sido aceptado el mensaje de 1888, la comisión evangélica se podía haber completado en pocos [dos] años (General Conference Bulletin 1893, p. 419). (4) Esa evaluación de 1926 nos dice, por lo tanto, que una “mayor unanimidad” y aceptación del mensaje no se traduce en la conclusión de la comisión evangélica. ¿Podría haber algo más desalentador?

 

El hecho es que la justicia por la fe enseñada en los mensajes de 1926, tal como están registrados en General Conference Bulletin de aquel año, no son las verdades esenciales del mensaje de 1888. Lo mismo volvió a suceder en 1952. Aquellos mensajes estaban inspirados por el entusiasmo de “la vida victoriosa” de Sunday School Times, así como otras doctrinas teológicas de destacados líderes protestantes de la época. Es por eso que ni la asamblea de 1926 ni la de 1952 podían traer ningún reavivamiento y reforma duraderos.

 

Prestemos ahora atención a los acontecimientos más significativos de un siglo entero de interés creciente relativo a 1888.

 


 

Capítulo 15

(índice)

De 1971 a 1987 y sucesivos

 

Hasta 1971 se habían publicado unas 700 páginas dedicadas a negar la necesidad de arrepentimiento denominacional por lo sucedido en 1888. En 1971 se publicaron otras 700 páginas en el libro Movement of Destiny, de L.E. Froom. A decir del autor, “en nuestra historia ningún otro volumen ha contado con un soporte tal amplio previamente a su publicación” (p. 8). En su primera edición se distribuyeron 1.500 ejemplares a modo de obsequio, destinado a los dirigentes de la iglesia en todo el mundo. La extraordinaria acogida lo convirtió obviamente en la voz más autorizada sobre 1888:

 

“Iniciado y encargado por el ex presidente de la Asociación General A.G. Daniells ya en 1930, a medida que la investigación avanzaba recibió la aprobación de cinco presidentes sucesivos de la Asociación General, así como de numerosos consultores… Lo revisaron de forma crítica unos sesenta de nuestros eruditos más capaces, especialistas en historia denominacional y teología adventista, expertos en Espíritu de profecía, instructores bíblicos, publicadores, evangelistas, científicos y médicos” (p. 8).

 

Es pues evidente que Movement of Destiny representa el pronunciamiento summum bonum sobre 1888 de parte de la Asociación General y de quienes ocupan puestos de responsabilidad en la denominación. El autor asegura a sus lectores estricta fidelidad al encargo hecho por A.G. Daniells,

 

“con énfasis especial en los acontecimientos de ‘1888’ y cuanto de ellos derivó. Urgió a que presentara los resultados en un informe abarcante: el tipo de informe que honrara a Dios y exaltara la verdad… completo y franco, bien documentado para el obrero diligente y estudioso en todo el mundo... Daniells me amonestó a que fuera ecuánime y fiel a los hechos, abarcante y de juicio imparcial, y a que presentara la escena en su totalidad de forma equilibrada… [así como que] evitara cualquier tipo de abordaje superficial… Era imperativo presentar un cuadro veraz y ajustado a la realidad. La verdad, insistió, jamás resulta honrada por el ensombrecimiento o la ocultación… Vaya hasta el fondo… informe con veracidad” (p. 17 y 18).

 

Otros “dirigentes veteranos” lo instaron

 

“a responder ciertas cuestiones inquietantes… Y por encima de todo a mantenerme fiel a los hechos, e inflexible en el compromiso con la plena verdad... a que llegara hasta el fondo de los hechos, a que reportara los hallazgos resultantes y a que fuera sincero y objetivo en mis presentaciones” (p. 22).

 

Movement of Destiny representa un trabajo ingente, escrito por el más prestigioso experto en historia de nuestra iglesia. Dios bendijo al autor de esa publicación con los mayores talentos. Sus destacados volúmenes sobre la historia de la interpretación profética y la condicionalidad son maravillosas contribuciones a la literatura del movimiento adventista. Sin embargo, según por lo menos uno de los que lo han revisado analíticamente, su última obra no constituye “historia confiable” (Seminary Studies, Andrews University, enero 1972, p. 121).

 

Presenta graves problemas:

 

(a) A pesar de que fue Daniells quien lo comisionó, Froom adopta en relación con la historia de 1888 la posición opuesta a la del libro de Daniells Christ Our Righteousness. Obsérvese el contraste en los dos extractos que siguen:

 

“La memorable asamblea de Minneapolis destaca como cima majestuosa, dominando sobre cualquier otra asamblea en singularidad e importancia. Fue un marcado punto de inflexión… introdujo una nueva era… por lo tanto, 1888 significó una nueva melodía y marcó el amanecer de un nuevo día… 1888 no constituyó una derrota, sino un giro hacia la victoria final… La batalla de 1888… se libró con esfuerzo, y se ganó la anhelada victoria” (Froom, p. 187 y 191).

 

“El mensaje nunca fue aceptado ni anunciado, ni le fue dado libre curso en su debida forma para traer sobre la iglesia las bendiciones sin límite que están contenidas en él… Tras esa oposición se revela el astuto plan de la mente maestra del mal, el enemigo de toda justicia… para neutralizar el mensaje… ¡Cuán terribles han de ser los resultados de su éxito en conseguirlo!” (Daniells, p. 47, 53 y 54).

 

 (b) Nadie ha sido capaz de comprobar una sola de las “declaraciones juradas” coleccionadas por Froom en supuesto apoyo de la aceptación del mensaje por parte de los dirigentes, pues hasta el día de hoy no están disponibles para su estudio. El autor asegura que fueron provistas por los “auténticos participantes en la asamblea de Minneapolis de 1888”, “relatos [que] han estado bajo custodia desde 1930”, “declaraciones firmadas, escritas en la primavera del año 1930” (p. 8, 237 y 238).

 

Pero en los dos capítulos dedicados a dichas “declaraciones” (p. 237-268) al lector no se le permite ver ni una sola de ellas. Y omite tres informes de “testigos presenciales” que están disponibles, y que contradicen su tesis. Así, sobre la base de la autoridad de testigos invisibles se nos asegura que los dirigentes de la iglesia aceptaron el mensaje de 1888, siendo que tres testigos presenciales visibles dicen lo contrario (los citaremos más adelante).

 

Las “declaraciones” fueron proporcionadas por “unos veintiséis hombres y mujeres capaces y representativos que fueron protagonistas reales, observadores o registradores durante la crucial asamblea de Minneapolis del ‘88’” (p. 239). Del número total citado, solamente 13 asistieron realmente, de modo que sólo cabe hablar de 13 “testigos presenciales”. Un recuento detallado indica que se hacen 64 referencias a esas 26 personas, y a sus cartas o entrevistas. Una de ellas se menciona en 14 ocasiones.

 

Pero es un misterio inescrutable el por qué el autor impide hablar a los testigos después de haber hecho manifestaciones tan impresionantes. Con una sola excepción, no cita frase alguna de las 64 referencias, provengan o no de testigos presenciales.

 

La razón demanda que se presenten los testimonios que sustentarían esa conclusión. Froom declara categóricamente, destacándolo en cursivas: “Esos testigos insistieron en que no hubo rechazo de la denominación en su conjunto, ni del liderazgo en su conjunto” (p. 256). Y se nos deja sin una sola frase de cualquiera de ellos en apoyo de tal declaración.

 

Ningún tribunal o jurado en el mundo libre aceptaría ese tipo de conclusión en ausencia de pruebas. Y cuando la supuesta prueba contradice de forma tan evidente el testimonio de E. White, los miembros de la iglesia adventista tienen todo el derecho a exigir que se les permita analizar lo que Froom llama pruebas.*

 

* El Dr. Froom nos escribió el 4 de diciembre de 1964 antes de publicar Movement of Destiny, pidiendo que nos retractáramos de las posiciones que habíamos tomado en 1888 Reexaminado. Se nos pidió que expresáramos “un repudio público y publicado… de ciertas conclusiones que han avanzado [nuestra afirmación de que el liderazgo rechazó el comienzo de la lluvia tardía y el fuerte pregón]… Dentro de poco tiempo se va imprimir el relato pleno y documentado de lo ocurrido en 1888, y a menos que modifiquen su presentación, van a encontrarse en una posición poco envidiable. El contraste va a resultar evidente”. El 16 de abril de 1965 nos escribió de nuevo: “En mi opinión debieran haber actuado enseguida y no haberse demorado… Su argumentación… desentona con respecto a todas las demás; está marcadamente sola, y entra en conflicto con el veredicto virtualmente unánime de nuestros eruditos… Manifiestan considerable temeridad al contradecir los hallazgos de todo ese grupo de hombres… No me siento obligado a compartir con ustedes ninguna otra evidencia ulterior… Su desafortunado alegato me hace pensar en la situación de Elías… quien estaba en marcado desacuerdo con los historiadores y expertos en Israel acerca de la situación. Él creía estar en lo correcto, y todos los demás equivocados. Era el único que se mantenía fiel, siendo difamado y perseguido en razón de sus reivindicaciones y conclusiones. Por lo tanto, Elías de hecho calumnió e infamó a Israel, y dio sobre él un informe engañoso y negativo. Dio falso testimonio, difamando a Israel y a sus dirigentes [¿Acab y Jezabel?]… Debieran cesar, retroceder y retractarse”. Froom afirmó estar hablando bajo la autoridad de la Asociación General, como pronto demostró el inusitado apoyo que recibió su libro de parte de la institución.             

Uno de nosotros le respondió así el 10 de mayo de 1965: “Una retractación basada en el miedo, en ausencia de evidencia inspirada alguna, difícilmente… podría ser la conducta correcta… El Señor jamás ha pedido a nadie algo así. De hecho, uno puede muy bien arruinar su alma al ceder a la presión del miedo y la ansiedad, retractándose con cobardía y sin pruebas que lo justifiquen, de aquello que ha sostenido en buena conciencia”. El 10 de noviembre del mismo año, el mismo autor escribió de nuevo al Dr. Froom: “He insistido en mi disposición a retractarme si me muestra evidencia clara en el Espíritu de profecía. Usted ha rehusado categóricamente mostrarme tal evidencia… Me parece extraño, a mí y a otros más, que me pida retractarme al mismo tiempo que me niega la evidencia que afirma poseer en materiales no publicados de E. White que harían necesaria tal retractación en sinceridad de conciencia… Es mi oración que en el desenlace de este asunto sea honrado el nombre [de Dios]”.     
Cuando se imprimió Movement of Destiny, la supuesta “evidencia” documental estaba completamente ausente.

 

Una de las 26 cartas a que hace referencia (p. 248) ha estado siempre en los archivos de White Estate. Esa carta de cinco páginas escrita por C.C. McReynolds (1853-1937), lleva por título: “Experiences While at the General Conference in Minneapolis, Minn. in 1888”. Está indexada como “D File 189” y termina con estas dos frases:

 

“Siento pesar por quienquiera no reconozca que en la asamblea de Minneapolis de 1888 hubo oposición y rechazo al mensaje que el Señor envió a su pueblo por entonces. No es todavía demasiado tarde para arrepentirse y recibir una gran bendición”.

 

Está también disponible el “Informe de testigos oculares de la asamblea de la Asociación de 1888” de R.T. Nash, que aporta igualmente evidencia en lenguaje inconfundible:

 

“El autor de este folleto, por entonces muy joven, estuvo presente en aquel encuentro [de 1888], y vio y oyó muchas de las varias cosas que se hicieron y dijeron en oposición al mensaje que se presentó entonces… Cuando Cristo se elevó como la única esperanza de la iglesia y de todo hombre, los oradores concertaron una oposición unida de parte de prácticamente todos los pastores veteranos. Trataron de detener esta enseñanza de los pastores Waggoner y Jones. Querían que cesara toda discusión acerca de ese tema”.

 

Ellen White Vault contiene asimismo un tercer informe procedente de un “testigo presencial”; el de A.T. Jones: “Durante todo el tiempo, por parte del comité de la Asociación General y de otros, hubo un secreto antagonismo continuamente en acción que… finalmente prevaleció en la denominación, dando lugar al espíritu y contención de Minneapolis, así como a la supremacía del hombre” (Carta a Claude Holmes, 12 mayo, 1921).

 

Ninguna de estas declaraciones de testigos presenciales encontró su sitio en Movement of Destiny. En su lugar, se asegura constantemente al lector de que hay “declaraciones juradas” invisibles que afirman lo contrario.

 

 

Un “testigo incomparable”

 

(c) Froom dedica dos capítulos a argumentar que el testimonio de E. White es de suprema importancia en la evaluación de 1888 (p. 443-464). Sus escritos, “particularmente desde 1888”, deberían resolver “para toda mente razonable” las cuestiones relativas a esa historia (p. 444).

 

Eso es de todo punto cierto. Pero en once páginas dedicadas al testimonio de E. White (443-453) no hay una sola cita de su pluma en apoyo de la tesis que Froom defiende.

 

(d) En el siguiente capítulo (p. 454-464) figura una lista de más de 200 entradas extraídas de los escritos de E. White entre 1888 y 1901, que según afirma Froom “configuran el núcleo central de este volumen” (p. 456). Pero al leer detenidamente los titulares correspondientes a un año tras otro, uno descubre con sorpresa que no tienen relación específica con titulares de artículos publicados, sino que son meros comentarios del autor, acordes con su tesis.

 

(e) Comenzando en la página 221 y extendiéndose en las siguientes 12 páginas, hay una colección de palabras y frases aisladas de E. White, nuevamente sin indicar su procedencia. Hay más de 100 palabras o frases fragmentadas y expresiones cortadas por la mitad, que dejan fuera porciones de significado vital, omitiendo información contextual que le daría un sentido bien distinto y anularía la teoría de la “victoria”. Numerosas interjecciones del autor rodean y asfixian palabras y frases de las predicaciones de E. White en Minneapolis, logrando que su auténtico mensaje resulte indescifrable.

 

(f) De los “centenares de valiosos documentos originales” que se afirma fueron recopilados por varios destacados colabo­radores, no figura ni uno solo de ellos en apoyo de la tesis. Y eso en un libro de 700 páginas.

 

(g) Aun si se dieran a conocer las “declaraciones juradas” (cosa que no ocurre), citar las  opiniones de hermanos sinceros que pensaron que se aceptó el mensaje de 1888, no prueba que tal haya sido el caso. Más de un siglo de historia demuestra que la lluvia tardía no fue aceptada, a pesar de las citadas pretensiones en contra. Froom y los otros autores colocan a observadores no inspirados por encima y en contradicción con el testimonio inspirado de alguien que ejerció el don de profecía. Ni siquiera mil testimonios no inspirados en favor de la “aceptación” pueden negar el testimonio inspirado de la mensajera del Señor.

 

(h) Como ya hiciera Olson en su libro, Froom exonera a los pastores y dirigentes en 1888 y años siguientes, culpabilizando a los laicos por retardar la terminación de la comisión evangélica: “El Espíritu Santo -deseoso, dispuesto y capaz- no pudo efectuar su obra asignada debido a la falta de disposición de la membresía” (p. 582). “Lo que queda ahora pendiente es la entrada de su pueblo en la plena provisión de Dios para la conclusión de su gran comisión” (p. 613).

 

Pero es cierto lo contrario: la aceptación del mensaje por parte de los dirigentes es precisamente lo que queda pendiente, puesto que fue el rechazo del mensaje del fuerte pregón por parte del liderazgo, tal como afirma E. White, la causa inicial del prolongado retardo (Mensajes selectos, vol. I, p. 276).

 

(i) Se dice al lector que E. White “se alegró por la creciente aceptación” del mensaje de 1888 (p. 605), y que “los años noventa estuvieron marcados por una sucesión de poderosos reavivamientos” y “logros extraordinarios” (p. 264). Observemos un ejemplo interesante del contraste entre lo que E. White dijo realmente, y cómo describió Froom el escenario del liderazgo de la Asociación General tras 1888.

 

Froom afirma correctamente que “en el Movimiento [adventista], el molde de los dirigentes tras 1888 vino lógicamente determinado en gran medida por el nombramiento del nuevo presidente de la Asociación General. Por lo tanto, debemos referirnos principalmente a él en procura de evidencia determinante”. Dicho de otro modo: la actitud del Pastor O.A. Olsen como presidente de la Asociación General es la que determinará “principalmente” la verdad relativa a si el liderazgo de la iglesia aceptó o rechazó el mensaje. Eso es verdad. Froom continúa en estos términos:

 

“El registro del liderazgo espiritual de [O.A.] Olsen es claro y leal… Olsen parecía sentir la importancia espiritual de los asuntos debatidos, y aportó un liderazgo calmado pero efectivo para solucionarlo…
Los años de la administración de Olsen conocieron un reavivamiento y reforma reales… un tiempo de despertar de la autosatisfacción laodicense… mediante la creciente aceptación del mensaje de la justicia por la fe…   
Por lo tanto, en honor a la verdad no cabe decir que Olsen rechazara o silenciara personalmente el mensaje de la justicia por la fe, ni que influyera, ayudara o se implicara de alguna forma en tal sentido…
Olsen, claramente, no rechazó el mensaje” (p. 354-358).

 

Froom no ofrece evidencia alguna de parte de E. White en apoyo de tales declaraciones. Se espera que el lector simplemente asuma que tales declaraciones enfáticas están de alguna forma respaldadas por la evidencia inspirada. Una evidencia tal es lo que está totalmente ausente en su libro, y eso es debido a que no existe tal evidencia en los escritos de E. White: algo que no percibieron los “sesenta de nuestros eruditos más capaces” que apoyaron Movement of Destiny.

 

 

Cómo vio E. White el liderazgo posterior a 1888

 

Consideremos ahora, en contraste, lo que dijo E. White retrospectivamente, ocho años después que el presi­dente Olsen ocupara el cargo de presidente:

 

“Me siento muy apenada por el hermano Olsen… No ha actuado de acuerdo con la luz dada. Es un caso misterioso… A pesar de la luz presentada ante él durante años con respecto a este tema, se ha aventurado a ir directamente en contra de la luz que el Señor le ha estado dando. Todo ello confunde su discernimiento espiritual y lo coloca en una posición como centinela infiel, en relación con el interés general, prosperidad y avance de la obra. Está siguiendo un curso de acción que va en detrimento de su discernimiento espiritual, y está haciendo que otras mentes vean las cosas en una luz pervertida. Ha dado inconfundible evidencia de no apreciar los testimonios que el Señor ha tenido a bien dar a su pueblo como dignos de respeto, o como teniendo el suficiente peso como para influir en su curso de acción” (Carta a A.O. Tait, 27 agosto, 1896).

 

Es alarmante la forma en que Froom contradice a E. White, especialmente en vista del apoyo oficial del que disfruta su libro. El contexto de E. White es claro e inconfundible:

 

“Estoy angustiada más allá de lo que puedo expresar con palabras. El pastor Olsen ha actuado sin duda como Aarón, en relación con esos hombres que han estado oponiéndose a la obra de Dios continuamente desde el encuentro de Minneapolis. No se han arrepentido de su curso de acción en resistir la luz y la evidencia…      
La enfermedad en el corazón de la obra envenena la sangre, de forma que se transmite a las instituciones que [los dirigentes de la Asociación General] visitan” (ibíd).

 

E. White no actuó a escondidas del pastor Olsen. Le había advertido por escrito con anterioridad en términos parecidos, el 26 de noviembre de 1894. El 31 de mayo de 1896 volvió a escribirle:

 

“Tengo comunicaciones escritas de hace uno y dos años, pero por su bien he sentido que debía retenerlas hasta que pueda estar junto a usted alguien capaz de distinguir claramente entre los principios bíblicos y los de manufactura humana, y que con agudo discernimiento pueda distinguir las imaginaciones humanas extrañamente pervertidas que han estado obrando por años, de las cosas de origen divino…  
Hermano Olsen, habla usted de mi regreso a América. Estuve tres años en Battle Creek como testigo de la verdad [1888-1891]. Mi regreso no beneficiaría a quienes rehusaron recibir el testimonio que Dios me dio para ellos y rechazaron las evidencias que acompañaban dichos testimonios…        
La asociación General ha perdido en gran medida su carácter sagrado, debido a que algunos relacionados con ella no han cambiado sus sentimientos en ningún particular desde la asamblea que tuvo lugar en Minneapolis…
Se me ha mostrado que el pueblo en general no sabe que el corazón de la obra está enfermando y corrompiéndose en Batlle Creek”. *

 

* Estos documentos fueron puestos en manos del Dr. Froom –con acuse de recibo- el 21 de febrero del 1965, antes de que publicara su libro. También fueron puestos en manos de los dirigentes de la Asociación General en 1973, antes de que volvieran a publicarlo. Un presidente de la Asociación General retiró su apoyo a la edición revisada.

 

E. White escribió posteriormente a I.H. Evans afirmando que su mayor pesar era haber confiado comunicaciones vitales al presidente Olsen, en lugar de enviar aquellos testimonios al campo de labor a fin de que las propias personas pudieran saber lo que estaba sucediendo en Battle Creek. El pastor Olsen había “rechazado” la confianza en él depositada, según se lee en la copia autenticada de la carta que guarda el archivo White Estate (Carta E51, 1897). En otra copia firmada de la misma carta, presente en una colección privada, E. White tachó la palabra “rechazado”, y en su lugar escribió de su propia letra: “descuidado”. ¿Cuál era la misteriosa razón de ese continuo rechazo / descuido oficial hacia el Espíritu Santo?

 

Recuérdese que fue el propio Froom quien señaló la elevada norma ética a seguir, según encargo de Daniells. Su libro había de ser “el tipo de informe que honrara a Dios y exaltara la verdad”. En sus propias palabras (p. 17):

 

“Deplorable práctica, la de manipular la historia: en ocasiones ha sido tergiversada con intencionalidad selectiva, usándola fuera de contexto o empleando las citas en procura de demostrar algo pretendido, intentando sustentar una suposición o teoría particular. Pero una práctica como esa no es ética ni honesta… En aras de la integridad, no debemos tener parte alguna en una manipulación tal de los episodios históricos. Los siervos del Dios de la verdad deben manejar siempre las citas, las pruebas y líneas argumentales de forma que honren a la Verdad y a su Autor” (p. 364 y 365).

 

Indiscutiblemente cierto. Nada se gana criticando la obra del Dr. Froom. Pero hay una lección que todos podemos aprender en contrición: Innumerables cristianos en las iglesias populares dependen indebidamente de ideas preconcebidas incapaces de resistir la prueba de la verdad. ¿Cómo podríamos  los adventistas del séptimo día ayudarles, a menos que nosotros mismos seamos fieles a la verdad, incluso al costo de sacrificar la reputación personal?

 

 

1972

 

El Dr. Froom emplazó a los autores de este manuscrito a que nos retractáramos públicamente de nuestra insistencia en que el liderazgo rechazó el mensaje de 1888. Su demanda estaba dirigida expresamente a nosotros (Seminary Studies, Andrews University, enero 1972, p. 121). Dice así:

 

“Los que han pronunciado una acusación tendenciosa, en primer lugar contra los dirigentes posteriores a 1888 -todos los cuales pasaron ya al descanso-, están hoy obligados a una confesión explícita ante la iglesia. Pero no sólo eso: están igualmente obligados ante aquellos que en la iglesia han resultado hoy confundidos y engañados por un alegato como ese. De hecho, constituye en última instancia una acusación de prevaricación hecha en contra de personas fallecidas. Es un asunto de la mayor gravedad (p. 358)”.

 

Los autores quedaron, pues, emplazados a responder a esa demanda oficial procedente de los eruditos adventistas más prominentes, que contaban con el apoyo específico de los dirigentes de la Asociación General. A finales de 1972 preparamos un documento titulado: “Una confesión explícita… obligada a la iglesia”. En él reiteramos nuestra convicción de que los hechos de nuestra historia constituyen un toque de trompeta que llama al arrepentimiento corporativo y denominacional. Entregamos personalmente copias de ese documento a dirigentes de la Asociación General, quienes instaron a que no fuese publicado, y convocaron una serie de comisiones especiales de análisis en Takoma Park, a fin de sopesar la evidencia. Esas reuniones tuvieron lugar durante un período de varios años. Los dirigentes y las comisiones consideraron la evidencia de E. White y resultaron impresionados por ella, pero insistieron de nuevo en que no se publicara Una confesión explícita… obligada a la iglesia. Tras haber silenciado nuestra respuesta, volvieron a publicar Movement of Destiny sin ninguna alteración en su tesis fundamental.

 

Ese renovado interés por la historia de 1888 propició que ocurrieran dos hechos significativos.

 

 

De 1973 a 1974

 

Los dos años siguientes a esas comisiones especiales, los Concilios Anuales hicieron varios llamamientos solemnes a la iglesia mundial. En ellos se instaba al reavivamiento, reforma y arrepentimiento. Evidenciaban un fervor y solemnidad inusuales. Sin embargo, hemos de reconocer en sinceridad que los resultados han sido decepcionantes.

 

Raramente el llamamiento de un comité ha tenido éxito en producir reavivamiento o reforma, sea en el cuerpo ministerial o entre los laicos, ya que las acciones administrativas difícilmente pueden efectuar la reconciliación con Cristo. No obstante, esos llamamientos del Concilio Anual incluían una interpretación seriamente errada de nuestra historia denominacional, que lógicamente malograba los fines buscados. El problema aparenta ser menor, pero es significativo. Citamos el llamamiento oficial de 1973:

 

“En los cuatro años siguientes al encuentro de la Asociación General de Minneapolis, el énfasis refrescante y motivador en la ‘justicia por la fe’ despertó a la iglesia adventista de tal manera, que E. White pudo declarar que el ‘fuerte pregón’ había comenzado!” [Original sin atributo de cursivas].

 

No hay aquí un mero error de semántica. E. White nunca dijo que el mensaje de 1888 “despertó a la iglesia adventista”. Precisamente declaró lo opuesto: “Satanás tuvo éxito en impedir que fluyera hacia nuestros hermanos, en gran medida, el poder especial del Espíritu Santo” (Mensajes selectos, vol. I, p. 276). Nunca se ha permitido que el mensaje despertara a la iglesia.

 

Pero el anterior no es el fallo lógico más grave en ese llamamiento. Fracasa en identificar correctamente en qué consistió el “fuerte pregón”. No mencionamos esto en un afán de buscar faltas en los esfuerzos que creemos fueron sinceros y fervientes, sino porque vivimos demasiado tarde en la historia como para cometer nuevamente el mismo error.

 

El “comienzo” del derramamiento de la lluvia tardía y del fuerte pregón NO FUE un reavivamiento subjetivo que supuestamente “despertó a la iglesia adventista”: Fue el propio mensaje objetivo. Hasta la propia declaración de E. White citada en el llamamiento lo afirma:

 

“El fuerte pregón del tercer ángel ya ha comenzado en la revelación de la justicia de Cristo, el Redentor que perdona los pecados. Este es el comienzo de la luz del ángel cuya gloria llenará toda la tierra” (Review & Herald, 22 noviembre 1892. Original sin atributo de cursivas).

Es fácil ver la importancia que tiene:

 

(a) Si el comienzo del fuerte pregón fue el despertar de la iglesia, su rápida extinción significa muy malas nuevas. La implicación es que un genuino reavivamiento resulta más difícil que la cura del cáncer, y que cuando se le permite obrar al Espíritu Santo (como se supone que sucedió en los años 1890), él mismo desiste y abandona el reavivamiento. ¿Por qué habría de fracasar en dar el fuerte pregón y terminar la comisión del Señor una iglesia despierta?

 

(b) Pero si se reconoce el “comienzo” del fuerte pregón por lo que realmente fue: el propio mensaje de 1888, entonces surge la esperanza inmediatamente, pues está a nuestro alcance recuperar y proclamar el mensaje objetivo tal como está registrado en las fuentes existentes. El poder del Espíritu Santo se manifiesta en “la verdad del evangelio” (Gál. 2:14; Rom. 1:16).

 

Los Concilios Anuales de 1973 a 1974 no hicieron nada práctico y eficaz para recuperar y promulgar el propio mensaje de 1888. En lugar de ello se aseguraron –inadvertidamente- de llenar el vacío resultante con una inyección de “reformacionismo” calvinista. El mensaje de 1888 nunca se ha  proclamado libre y claramente a la iglesia mundial con el soporte pleno de la Asociación General.

 

Lo segundo que cabe destacar entre 1973 y 1974, en relación con ese renovado interés por 1888, es consecuencia de la comprensión errada que acabamos de señalar. Reconociendo que la iglesia estaba necesitada de “justicia por la fe”, la Asociación General se reunió en la Asamblea de Palmdale en 1976. Allí, ciertos teólogos dominaron las discusiones y demandaron apoyo a sus puntos de vista calvinista-reformacionistas sobre la “justificación por la fe”.

 

Alegaban que sus puntos de vista eran un verdadero reavivamiento del contenido del mensaje de 1888, siendo que en realidad eran la estricta negación de cada uno de los elementos básicos de ese “preciosísimo mensaje”. Pero la preeminencia de esos teólogos en Australia y Norteamérica les dio una amplia influencia en toda la obra mundial. La ignorancia general de los puntos esenciales de 1888, sumada a su antipatía hacia el “legalismo”, crearon un vacío que ocuparían rápidamente esos conceptos “reformacionistas”.

 

El tiempo demostró muy pronto que esos puntos de vista eran incompatibles con la verdad adventista de la purificación del santuario. Si la Asociación General y nuestras instituciones publicadoras hubiesen apreciado el contenido singular del auténtico mensaje de 1888 y lo hubiesen publicado y sustentado fielmente, esos conceptos jamás habrían podido enraizar en Norteamérica, Europa, África, Extremo Oriente y Pacífico Sur. La lectura equivocada de la historia de la década posterior a 1890 dio como resultado una repetición de dicha historia, con consecuencias aún más trágicas. Es posible documentar la pérdida de cientos de pastores, y nadie sabe cuántos laicos y jóvenes.

 

Es posible descubrir la raíz en la que tuvo origen la incursión de esos conceptos calvinistas sobre la justicia por la fe: la insistencia por décadas de la Asociación General y White Estate, en que el mensaje de 1888 fue meramente una reenfatización de los puntos de vista protestantes populares. Nuestros teólogos en la década de los setenta estaban simplemente edificando sobre el fundamento que se les había venido proporcionando a partir de los años veinte.

 

 

1984

 

Una publicación más habría de abordar 1888: The Lonely Years, 1876-1891, que es la biografía de E. White escrita por Arthur L. White. La contribución del pastor White a la iglesia adventista es inestimable, y su valía está fuera de toda duda. En su prolongada y notable carrera ha sido un agente del Señor, fomentando la confianza de la iglesia mundial en el Espíritu de profecía. Como nieto de E. White, goza de una distinción singular como autoridad destacada en los escritos de ella, y cuenta con el reconocimiento general.

 

Tres capítulos de su volumen están dedicados a la historia de 1888. Pero primeramente “deben considerarse ciertos acontecimientos y circunstancias contextuales” (p. 394). Siguen a continuación 14 puntos, algunos de los cuales exploran los fundamentos de nuestra misión denominacional (p. 394-397). Destacamos brevemente algunos de los puntos -entre paréntesis- de esa sección del libro:

 

(1) “El asunto de la justicia por la fe... no fue más que una de las muchas cuestiones apremiantes que llamaron la atención de los delegados”. El punto (10) prosigue así: “Parece haberse dado un énfasis desproporcionado a la experiencia de la asamblea de la Asociación General en Minneapolis”.

 

No podemos por menos que preguntar: ¿Cuál es el verdadero significado escatológico del mensaje de 1888? ¿Acaso es posible exagerar la importancia del comienzo de la lluvia tardía y el fuerte pregón?

 

(4) “Si bien la labor de la asamblea... fue significativa y abarcante, los sentimientos y actitudes de los presentes resultaron amoldados por las discusiones teológicas”.

 

¿Hace falta señalar que eso es precisamente lo que dio significa­do a la sesión entonces, así como importancia permanente para la iglesia hoy? A menos que nuestras “discusiones teológicas” estén bien fundadas, nuestra administración burocrática no podrá resultar bendecida, y será incapaz de cumplir la comisión evangélica.

 

(6) “La información relativa a lo que sucedió en Minneapolis... se ha obtenido principalmente a partir de documentos de E.G. White y de declaraciones de memorias de unos pocos que estuvieron presentes”.

 

Nuestro actual dilema como pueblo radica en no dar la debida importancia a la perspectiva inspirada comunicada mediante el ministerio de la profetisa, sumada a un apego desproporcionado hacia las opiniones no inspiradas de otros.

 

(7) “No se tomó ninguna acción oficial con respecto a las cuestiones teológicas debatidas”.

 

Esa declaración, frecuentemente repetida, implicaría que no tuvo lugar ningún rechazo responsable. Como ya hemos documentado anteriormente, hubo una votación en contra “a mano alzada” (General Conference Bulletin 1893, p. 244 y 265) que no quedó registrada tras haber sido vetada por E. White.

 

Reproducimos íntegramente la siguiente declaración:

 

(8) “El concepto de que la Asociación General -y por lo tanto la denominación- rechazó el mensaje de la justicia por la fe en 1888, carece de fundamento y no se lanzó sino hasta cuarenta años después del encuentro de Minneapolis, y treinta después de la muerte de Ellen White. Los registros contemporáneos no sugieren un rechazo denominacional. No existe declaración alguna de E.G. White que afirme que así fuera. El concepto de un rechazo como ese ha sido avanzado por personas que no estuvieron presentes en Minneapolis, y contradice el testimonio de hombres responsables que estuvieron allí” (p. 396).

 

La evidencia objetiva indica que:

 

(a) La cuestión importante es la aceptación o rechazo de la lluvia tardía y el fuerte pregón, no de la “doctrina” protestante que profesaban creer quienes protagonizaron el rechazo en 1888.

 

(b) La propia E. White declaró en Minneapolis que el mensaje estaba siendo rechazado por “los pastores en general que han venido a esta asamblea”. Dijo de ellos que “han venido a este encuentro para descartar la luz”. “La oposición... está a la orden del día” (Carta B21, 1888; Mss. 9 y 15, 1888).

 

(c) El Bulletin de 1893 contiene una colección de declaraciones de “contemporáneos”, confesando que el mensaje había sido rechazado y que la dirección responsable de la iglesia seguía todavía resistiéndolo. Eso fue sólo cuatro años después. En la asamblea de 1893 nadie levantó su voz en protesta, por creer que el mensaje hubiera sido aceptado o lo estuviera siendo por entonces. El Bulletin de 1901 contiene declaraciones similares.

 

Pero eso no es todo. La última edición de Testimonios para los ministros trae un añadido que no constaba en ediciones anteriores: un “Marco histórico” y un “Apéndice” orientados a que el lector evada la clara convicción que sería inevitable a partir de la lectura del texto de E. White. “Estas notas ayudarán al lector a comprender correctamente la intención de la autora en los mensajes aquí presentados”.

 

Un ejemplo ilustrará la forma en que opera esa “ayuda”. En la página 468 se lee esta inequívoca declaración escrita por E. White en 1890: “Está de moda apartarse de Cristo… Para muchos, el clamor de su corazón ha sido: ‘No queremos que éste reine sobre nosotros’… La verdadera religión… que propugna la justicia por la fe en el Hijo de Dios, ha sido menospreciada, criticada, ridiculizada y rechazada”. Pero el Apéndice advierte al lector a ser cuidadoso. Aparentemente no debe creer sin más lo que dice el texto: “…Mientras algunos asumían esa actitud, otros recibían el mensaje y obtenían una gran bendición” (p. 531 y 532). Eso contradice llanamente muchas declaraciones en el texto.

 

Cosas como esas no pueden generar más que desánimo entre los miembros sinceros de la iglesia, quienes tienen todo el derecho a esperar honestidad literaria, ya que está ante sus ojos la evidencia de la contradicción, a la luz de las palabras de E. White en su contexto.

 

Hay otra negación de una declaración llana de E. White relativa a la historia de 1888: El 16 de marzo de 1890 afirmó: “Cristo… tiene una bendición para nosotros. La tenía en Minneapolis, y la tenía para nosotros en el tiempo de la Asociación General aquí [en 1889]. Pero no hubo recepción”. Esa declaración está disponible en Release nº 253, pero una nota a pie de página la contradice: “La redacción de esa frase es claramente deficiente, ya que aisladamente no armoniza con lo que sigue, así como con otras declaraciones de ella a propósito de la Asociación General de 1889”.

 

Lo cierto es que el documento en su integridad y contexto confirma claramente su declaración en los términos exactos en que está redactada. El contexto descarta más allá de toda duda una supuesta redacción deficiente. Siempre, los “algunos” que aceptaron fueron unos pocos de escasa influencia, mientras que los que lo rechazaron fueron los “muchos” e influyentes.

 

Pero la cuestión no termina ahí. En 1980 se publicó el tercer volumen de Mensajes selectos, incluyendo un capítulo de 32 páginas titulado: “Elena G. de White informa acerca del congreso de Minneapolis”. De nuevo se añaden siete páginas bajo el encabezado: “Una declaración que presenta el fondo histórico”. Se afirma que a pesar de haber habido “un trágico retroceso”, es posible documentar “un cambio gradual hacia lo mejor que ocurrió en los cinco o seis años después de Minneapolis” (p. 183). Sin embargo, la realidad es otra: los testimonios de reprobación más enérgicos de parte de E. White, debido a la incredulidad posterior a 1888, están fechados siete u ocho años después de Minneapolis. (La clara referencia de E. White a un “voto” negativo tomado en Minneapolis se ha omitido en el Ms. 24 de 1888 que forma el cuerpo principal del capítulo; cf. p. 199).

 

Se nos vuelve a recordar que todos debemos procurar la dirección del Señor en nuestra búsqueda de la verdad vital. 1888 parece presentar un problema único en la larga historia de las confrontaciones de Dios con su pueblo. Encierra una preciosa verdad que parece más esquiva que cualquier otra en la historia del pasado. De otra forma, ¿cómo es posible que eruditos y dirigentes con las más extraordinarias oportunidades para el conocimiento que hayan podido existir en cualquier época, fallen en reconocer la más obvia evidencia? El arrepentimiento es lo que nos incumbe a todos. Cada uno debiera preguntar: “¿Soy yo, Señor?” (Mat. 26:22).

 

Por cierto, quienes se sienten confundidos por las acusaciones de préstamo literario ocasional por parte de E. White, encontrarán en la verdadera historia de 1888 un argumento para disipar sus dudas. Su integridad y cualificación como agente del don de profecía quedan demostrados singularmente en su papel en aquel tiempo. Desprovista de cualquier tipo de soporte humano, marcó su inerrante camino en medio de las trampas teológicas inherentes a aquella difícil controversia. Es sorprendente su valor al permanecer sola en una asamblea de la Asociación General, en contra de “casi todos los pastores veteranos”.

 

Sus sermones improvisados fueron anotados y transcritos para nosotros hoy. ¿Quién, de no ser ella, habría podido predicar diez sermones sin un guión, en medio del rojo vivo emocional de aquella batalla teológica –habiendo quedado registradas cada una de sus palabras-, además de escribir un sinnúmero de cartas y temas de diario, y permanecer libre de toda crítica un siglo más tarde? No hay una sola palabra desafortunada en ninguno de sus escritos. Su apoyo entusiasta al mensaje, en contra de todo y de casi todos, está en milagrosa armonía con la más refinada y competente teología actual. Jamás aquella pequeña dama fue tan grande como en esa historia de 1888.

 

 

1888: un test para el tiempo del fin

 

¿Cómo podemos explicar los esfuerzos oficiales casi sobrehumanos, desde 1950, para contradecir la evidencia inspirada proporcionada por E. White relativa a 1888? ¿Podría deberse a que el enemigo del plan de la salvación tiene un especial interés en ocultar esa verdad significativa? ¿Pudiera ser que el conocimiento de esa verdad genuina tenga una influencia decisiva en nuestra relación personal y corporativa con Jesucristo, y que Satanás lo sepa?

Nuestro mal uso de las pruebas / evidencias es más serio que los reveses financieros. Si a nuestros enemigos se les ocurre investigar en esa historia, nos va a resultar muy embarazoso. Nuestra relación problemática con la verdad nos mantiene en una condición tibia y falta de arrepentimiento propia de Laodicea. La solución es simple: una fe sincera que incluye creer la verdad y reconocerla con franqueza y contrición. La hora es avanzada, pero gracias a Dios aún no es demasiado tarde para que reviva un espíritu de fidelidad.

 

Se nos ha dicho que el universo no caído está observando. Está en juego el honor del propio Señor. Sabemos que ha de llegar el día en que pueda decirse de nuestro pueblo que “en sus bocas no fue hallada mentira” (Apoc. 14:5).

 

Considerar la “justicia por la fe” meramente como la doctrina protestante, es haber perdido el rumbo. Sin embargo, ese ha sido el constante abordaje oficial de 1888. Obsérvese un ejemplo de ceguera espiritual en una cita de A.W. Spalding (Origin and History, vol. II, p. 281). Véase cómo contradice el corazón mismo del mensaje de 1888:

 

“La justificación por la fe, la verdad fundamental de la salvación mediante Cristo, es, entre todas las verdades, la más difícil de mantener en la experiencia del cristiano. Es fácil profesarla, pero difícil en su aplicación” (citada en The Lonely Years, p. 415).

 

Nadie que entienda el mensaje de 1888 podría albergar un pensamiento tal, pues contradice al Señor, quien aseguró: “Mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mat. 11:30). Si la declaración de Spalding es en alguna medida verdadera, tenemos un terrible problema: El mensaje de la “justificación por la fe... es el mensaje del tercer ángel en verdad” (Review & Herald, 1 abril 1890). Tendríamos, pues, la abrumadora tarea de proclamar al mundo “la más difícil de todas las verdades”, la más “difícil en su aplicación”. ¡Malas nuevas! Sin embargo, el mensaje del tercer ángel es antes que todo “el evangelio eterno”, buenas nuevas que son “poder de Dios para salvación” (Rom. 1:16).

 

Es esa comprensión distorsionada del mensaje de 1888 la que nos define como el “moderno antiguo Israel”.

 

 

“Para amonestarnos a nosotros”

 

Nuestra historia forma parte del gran registro sagrado de la lucha entre la verdad y el error, tanto como el cruce del Mar Rojo por parte de Israel, o el apedreamiento de Esteban protagonizado por sus descendientes muchos siglos después. Los hechos de nuestra historia del último siglo constituyen la causa primordial, y están ahora comenzando a manifestar su fruto en toda la iglesia mundial. La cuestión es: ¿Aceptaremos nuestra historia, o volveremos a apedrear a “Esteban”?

 

Tras un siglo de retraso, es tiempo de que veamos cómo peligra la causa de Dios. Contemplamos ya los primeros frutos del rechazo de 1888 en la crisis panteísta “alfa” de comienzos de la década de 1900. La “omega” no puede tardar. El “alfa” fue “recibido incluso por hombres que... tenían una dilatada experiencia en la verdad,... aquellos que creíamos firmes en la fe” (Special Testimonies, Serie B, nº 7, p. 37). “Seguirá la omega, y la aceptarán los que no están dispuestos a prestar atención a la advertencia que Dios ha dado” (nº 2, p. 50). El gran conflicto continúa y el dragón está airado contra la “mujer”. No va a escatimar esfuerzos para vencer.

 

En los días del “alfa” se nos advirtió que la verdad sería repudiada. Se escribirían libros de un nuevo orden. Se introduciría un sistema de filosofía intelectual. Se consideraría el sábado livianamente. Los dirigentes estarían de acuerdo en que es mejor la virtud que el vicio, pero pondrían su dependencia en el poder humano (cf. Serie B, nº 2, p. 54 y 55).

 

Vemos el cumplimiento de estas palabras:

 

“Si Jehová no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican” (Sal. 127:1). Dios nos dice: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos ni vuestros caminos mis caminos, dice Jehová" (Isa. 55:8). El comienzo de la lluvia tardía y del fuerte pregón no fue una estrategia publicitaria de manufactura humana; se trató de una exposición diáfana de las buenas nuevas, de un mensaje en sí mismo, algo que está al alcance de la experiencia de cualquier creyente por humilde que sea.

 

La experiencia de la expiación final está contenida en ese precioso mensaje de “buenas nuevas” que transforma el corazón. La sangre de Cristo ha de purificar de obras muertas nuestra conciencia (Heb. 9:14). El mensaje no tiene meramente por objeto la preparación de un pueblo para la muerte, sino para la traslación, y el poder es inherente al propio mensaje. Ninguna suma millonaria invertida en los últimos medios electrónicos de comunicación audiovisual conseguirá jamás alumbrar la tierra con la gloria de Dios, a menos que se aprecie y reciba humildemente y de forma plena la luz de ese cuarto ángel.

 

El método del Señor para hacer crecer la iglesia de forma sólida y duradera es la sencillez misma. Obsérvese cómo el verdadero mensaje de la justicia por la fe será la “luz” que efectúe la obra:

 

“Todos alcanzaremos la unidad de la fe y el conocimiento del Hijo de Dios; llegaremos a ser gente madura según la estatura de la plenitud de Cristo. Entonces ya no seremos niños llevados por las olas y mecidos por los vientos de las enseñanzas de hombres engañosos que arrastran a otros al error mediante las estratagemas que inventan. En lugar de eso, hablando la verdad en un espíritu de amor [agape], debemos crecer en todo sentido hacia Cristo, quien es la cabeza. Controladas por ella, cada una de las partes del cuerpo encajan entre sí, y todo el cuerpo mantiene su integridad mediante las articulaciones que posee. De esa forma, cuando cada una de las partes actúa como debe, el cuerpo entero crece y resulta edificado mediante el amor [agape]” (Efe. 4:13-16. Traducción personal de Today’s English Version).

 

Mientras tanto se comisiona a ángeles santos para que retengan los temibles vientos de la contienda que algún día no lejano van a soltarse. Están reteniendo las fuerzas para impedir la ruina que se avecina con el abuso de las drogas, el alcoholismo, la inmoralidad e infidelidad sexual, el crimen, el materialismo idólatra, la corrupción y las temibles pestilencias. La obra más importante en el mundo es la del ángel que sella a los siervos de Dios en preparación para la venida de Cristo (Apoc. 7:1-4). El poco tiempo de paz y prosperidad de que podamos aún disfrutar es tiempo prestado, que se nos concede solamente para la finalización de su obra. Y la estabilidad mundial depende de la fidelidad del pueblo de Dios a la verdad, a su mensaje y a su misión.

 

Al final del tiempo ha de suceder algo que nunca antes ha ocurrido. Se ha de revertir la derrota de milenios. Sólo así puede completarse la purificación del santuario. La profecía de Daniel declara que, efectivamente, el santuario “será purificado” (8:14). El Señor purificará su iglesia, permitiendo que proclame el último mensaje que alumbrará toda la tierra.

 

La obra de Dios puede terminarse en un período de tiempo increíblemente breve. Pero requerirá el arrepentimiento de los siglos y la comprensión de una verdad por la que no hemos sentido hambre y sed, en nuestro imaginado éxito y prosperidad. Requerirá resolver la confusión teológica y humillar los corazones. Requerirá el abandono de políticas mundanas, junto a sus estratagemas de manufactura humana. Traerá a los creyentes la unidad, la armonía auténtica y duradera. Se desvanecerá el “pluralismo” discordante. Desaparecerá toda especie de legalismo. El fanatismo se desacreditará a sí mismo, dejando de existir.

 

La última experiencia que aguarda a la iglesia es similar a la que Jesús experimentó en Getsemaní. Solamente los que son auténticamente suyos estarán dispuestos a someterse a ella, pero él ha apostado el honor de su trono sabiendo que triunfarán.

 

Pedro se negaba a aceptar la cruz antes de su conversión. Estando en esa situación negó a su Señor. En la actualidad, una negación semejante de Cristo es la ineludible consecuencia de la motivación centrada en el yo que se expresa continuamente en nuestra preocupación por “ir al cielo”. Fue el cielo lo que Cristo dejó -sin garantía alguna de regresar jamás- a fin de que el pecado y la muerte se pudieran erradicar del universo. La verdadera fe en él no se centra en la recompensa que esperamos recibir.

 

La séptima y última iglesia acapara ahora la escena. Seguramente estamos asistiendo hoy a los últimos momentos que le han sido asignados. No hay una octava.

 

Cuando su pueblo acepte de corazón toda la verdad que el Señor tiene para él, cumplirá un papel semejante al de Cristo cuando estuvo en esta tierra. “Sólo durante ese corto período de tres años pudo el mundo soportar la presencia de su Redentor” (El Deseado, p. 500).

 

Cuando el poder de Satanás sea quebrantado en el pueblo de Dios, el mundo incrédulo no será capaz de soportar su presencia por mucho tiempo. La iglesia va a demostrar la verdadera justicia por la fe, esa cercana intimidad con el Salvador del mundo que sigue aún ofreciendo mientras llama a nuestra puerta.

 

¿Por cuánto tiempo seguirá llamando?


 

 

Apéndice A

  (índice)

 

¿Enseñó A.T. Jones la herejía de la “carne santa”?

 

 

Algunos han acusado al mensaje de la justicia por la fe predicado por A.T. Jones, de llevar a la herejía de la “carne santa”. Se acusa al mensajero de enseñar esa falsa doctrina ya en los primeros meses tras la asamblea de 1888. He aquí un ejemplo, sin duda basado en documentos de la Asociación General:

 

“Hay evidentes y llamativos paralelismos entre la experiencia del pueblo de Dios alrededor de 1888 y nuestro tiempo. Por ejemplo, el Señor empleó a Waggoner y Jones en 1888; pero en fecha tan temprana como 1889 las predicaciones de Jones comenzaron a mostrar cierta deriva en la dirección del error de la ‘carne santa’” (Adventist Review, 6 agosto 1981).

 

La acusación merece el examen más atento. De ser cierta, toda mente lógica puede vislumbrar las consecuencias:

 

(1) En primer lugar significaría el descrédito del mensaje de 1888. Si su puede colocar a Jones o a Waggoner en la lista negra por su supuesta enseñanza herética o fanática durante la era de 1888, la iglesia sería por demás insensata dedicando seria atención a su mensaje. David P. McMahon y Desmond Ford han procurado desacreditar a Waggoner en ese sentido, a pesar de las continuas declaraciones de apoyo por parte de E. White. En sus Documents nº 32, Ford afirma que en 1892 Waggoner había dejado ya de ser adventista del séptimo día. McMahon, en su Ellet Joseph Waggoner: The Myth and the Man  (Verdict Publications, Fallbrook, CA, 1979), afirma que Waggoner se alejó de la posición protestante sobre la justificación por la fe pocas semanas después de la asamblea de 1888, enseñando a partir de entonces la posición católico-romana. El Dr. Leroy Moore, en el Apéndice B de su Theology in Crisis (1979), expuso la falsedad de tales acusaciones. Cualquiera que lea los escritos de Jones o Waggoner lo puede comprobar fácilmente por sí mismo.

 

(2) Si “en fecha tan temprana como 1889 las predicaciones de Jones comenzaron a mostrar cierta deriva en dirección al error de la ‘carne santa’”, E. White queda igualmente desacreditada por ingenuidad y fanatismo. Durante su larga y destacada carrera, nunca jamás apoyó explícitamente a alguien de forma tan entusiasta y repetida como lo hizo con el mensaje y labores de Jones, desde 1888 hasta 1896.

 

Si bien es cierto que Jones fue un ser humano tan sujeto a la debilidad como cualquiera de nosotros, E. White nunca lo habría apoyado de esa forma si hubiera albergado la más leve sospecha de que su enseñanza estaba derivando hacia un fanatismo tan horrendo como el que afligió a la Asociación de Indiana en el cambio de siglo. De nada valdría suponer que E. White apoyara a Jones debido a estar sinceramente engañada por él. E. White ejercía el don profético y afirmaba tener inspiración celestial. No hay forma de preservar su integridad profética si es que estuvo realmente equivocada respecto a Jones.

 

(3) El mensaje traído por los mensajeros de 1888 es el único que E. White identificó siempre como genuino comienzo del don del Espíritu Santo en la lluvia tardía y el fuerte pregón. Si derivó casi inmediatamente hacia el fanatismo de la “carne santa”, ¿qué confianza podemos tener en cualquier mensaje semejante que el Espíritu Santo pueda inspirar en el futuro? Podemos estar seguros de que Satanás intentará desanimar a la iglesia a fin de que no vuelva a recibir ninguna otra verdadera bendición espiritual enviada desde el cielo.

 

 

La prueba acusatoria contra Jones

 

La supuesta evidencia resulta encontrarse en comentarios atribuidos a A.T. Jones en sus predicaciones en la reunión campestre de Ottawa, Kansas, la primavera de 1889. El diario local Topeka Daily Capital informó sobre el encuentro y reprodujo notas acerca de los sermones, que no fueron registrados palabra por palabra, sino condensados en gran medida, y que estaban salpicadas por un gran número de errores tipográficos. Esa información incompleta lleva en ocasiones a un fraseo inconsistente. Es significativo ese recurso a un diario no adventista obviamente aquejado por un periodismo deficiente, a fin de encontrar algo para desacreditar al hombre de quien E. White dijo que tenía “credenciales celestiales” en un sentido único, y que nos trajo el “preciosísimo mensaje”. Y todo ese argumento se elabora un siglo más tarde, siendo que ni siquiera los más radicales opositores a Jones hicieron algo parecido en su generación.

 

Los comentarios supuestamente heréticos no revelan traza alguna de fanatismo del tipo “carne santa”, sino que afirman simplemente la posibilidad de vencer el pecado y alcanzar la perfección del carácter por medio de la fe. Estas son las declaraciones que registra el diario de Topeka, tal como allí aparecen:

 

“Es la obediencia de Cristo la que cuenta, y no la nuestra la que nos trae justicia. Bien, dejemos de procurar cumplir la voluntad de Dios en nuestra propia fuerza. Dejémoslo del todo. Desechadlo por siempre. Permitid que la obediencia de Cristo lo haga todo por vosotros y obtened la fuerza para tensar el arco, de forma que podáis alcanzar el blanco… 
La esperanza de la raza humana radica en el hecho de que la ley exige perfección, porque en el caso de que pudiera pasar por alto un pecado en la medida que fuese, nadie podría jamás estar libre del pecado, puesto que la ley no haría que se conociera ese pecado, impidiendo que fuera perdonado, única forma en la que el hombre puede ser salvo. Llegará el día en el que la ley habrá revelado el último pecado y permaneceremos perfectos ante él, y seremos salvos con salvación eterna… Por lo tanto, cada vez que se os da a conocer un pecado, significa una evidencia del amor de Dios por vosotros, puesto que el Salvador está presto a quitarlo” (14 mayo, 1889).

“Es sólo por la fe en Cristo por lo que podemos afirmar que somos cristianos. Es solamente siendo uno con él como podemos ser cristianos, y es sólo mediante Cristo en nosotros como guardamos los mandamientos, siendo por la fe en Cristo por lo que hacemos y decimos estas cosas. Cuando llegue el día en el que guardemos realmente los mandamientos de Dios, nunca moriremos, ya que guardar los mandamientos es justicia, y la justicia y la vida son inseparables, de forma que ‘aquí están los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús’, y ¿cuál es el resultado? Que ese pueblo será trasladado. Así pues, la vida y la observancia de los mandamientos van de la mano. Si morimos ahora, nos será imputada la justicia de Cristo y seremos resucitados, pero aquellos que vivan hasta el final y sean hechos libres de pecado antes de que él regrese, teniendo en ellos tanto de Cristo que “alcancen el blanco” continuamente y permanezcan intachables sin intercesor, puesto que Cristo abandona el santuario algún tiempo antes de regresar a la tierra” (18 mayo, 1889; el periódico atribuye este sermón a W.C. White. Deficiencias en la redacción tal como figuran en el informe).

 

Destacamos lo siguiente:

 

(a) Un estudio detenido muestra la total ausencia de "carne santa" en las predicaciones de Jones, según el registro de aquel diario. Las declaraciones que algunos interpretan como estando afectadas por esa “deriva” se refieren solamente al desarrollo del carácter por medio de la fe, en preparación para la segunda venida de Cristo.

 

(b) En ninguna ocasión, en los años siguientes a 1889, hay registro alguno en el que Jones haya hecho declaraciones que quepa interpretar como favoreciendo esa herejía. Si la hubiera enseñado en 1889, ciertamente habría vuelto a hacer aparición en algún momento posterior. Proclamar que Cristo “condenó al pecado en la carne”, como escribió Pablo, no es enseñar la “carne santa”.

 

(c) La declaración del 18 de mayo reproducida anteriormente es la que se ha considerado primariamente como evidencia de que A.T. Jones tomó esa fatal “deriva”. Pero el periódico que la registra no atribuye la predicación a Jones, sino a W.C. White. De cualquier modo, sea quien fuera quien la predicara, la enseñanza es verdadera y armoniza con el concepto adventista de la purificación del santuario.

 

(d) Tanto Jones como Waggoner rebatieron enérgicamente el fanatismo de la “carne santa” que floreció en el cambio de siglo. En Review and Herald de 18 de abril de 1899, Jones publicó un artículo demostrando la falacia de esa enseñanza. Desde el 11 de  diciembre de 1900 hasta el 29 de enero de 1901, publicó una serie de artículos que abundaban en la refutación de la herejía. R.S. Donnell, el líder del fanatismo de Indiana, publicó un artículo en Indiana Reporter oponiéndose a Jones, indicando que entendía que los artículos de Jones eran una refutación de su enseñanza. También Waggoner se opuso a la doctrina de la “carne santa” en sermones pronunciados en la asamblea de la Asociación General de 1901 (cf. General Conference Bulletin 1901, pp. 403-422. Agradecemos la colaboración de Jeff Reich en la investigación de ese material).

 

Nos encontramos, por lo tanto, ante otro ejemplo de continua oposición por más de un siglo al “preciosísimo mensaje” que el Cielo dispuso que recibiéramos como el “comienzo” de la lluvia tardía y fuerte pregón. Se trata de una misteriosa corriente subterránea de incredulidad, tal vez la más extraña y persistente que haya fluido a lo largo de los milenios en que Dios ha procurado ayudar a su pueblo. E. White dijo afligida: “Tengo una profunda pena en el corazón, porque he visto con qué rapidez se critica una palabra o acción de los pastores Jones o Waggoner” (Carta O19, 1892). En esta ocasión no se trata de “una palabra o acción”, sino de una pura imaginación.

 

 


 

Apéndice B

 (índice)

 

Ideas contrastadas sobre la justicia por la fe

 

 

Concepto popular

Concepto de 1888

1. Comienza con la necesidad del hombre por la seguridad eterna. La motivación está, pues, centrada en el yo. Nunca trasciende ese perímetro de inseguridad humana.

1. Comienza en la revelación del amor de Dios en la cruz. Obedece a una motivación más elevada: la fe, el aprecio y la gratitud. No es egocéntrica.

2. La fe se define como una mera “confianza”, en el sentido de la búsqueda de seguridad personal para evitar perderse. La fe se define en términos de solucionar la inseguridad personal.

2. La fe es un aprecio sincero del amor de Dios demostrado en su sacrificio, al margen de la esperanza de recompensa o de temor a perderse. Se sobrepone al egocentrismo y la tibieza.

3. Jesús enseñó que el amor a uno mismo es una virtud, una condición previa necesaria para poder amar a otros. Se confunde el amor al yo con la sana autoestima.

3. Jesús enseñó que cuando uno se convierte, ama a su prójimo de la forma en que antes de su conversión le resultaba natural amarse a sí mismo. Cuando el yo está crucificado con Cristo, encontramos en él la verdadera autoestima. La fe expulsa el amor al yo, cuya paternidad corresponde a Satanás.

4. El sacrificio de Cristo en la cruz es sólo una provisión condicional que no hace nada por el pecador hasta -y a menos que- éste tome la iniciativa de “aceptar a Cristo”. Prevalece así la idea de que si uno se salva es gracias a haber tomado la buena iniciativa, y si se pierde es Dios quien tomó la iniciativa de castigarlo.

4. El sacrificio de Cristo en la cruz es más que una “provisión” condicional. Ha hecho algo por “todo hombre”. La vida física de todo ser humano es la compra de la sangre de Cristo. La cruz del Calvario está estampada en cada pan. Así, su sacrificio ha justificado a “todo hombre” desde el punto de vista legal. Es a él a quien corresponde la amante iniciativa.

5. El evangelio son las “buenas nuevas” de lo que Dios va a hacer por ti, siempre que hagas primeramente tu parte. Dios espera hasta que tomas la iniciativa y das ese primer paso. La maquinaria celestial salvadora permanece inactiva hasta que el pecador pulsa el botón que la pone en acción.

5. El evangelio son las “buenas nuevas” de lo que Dios ha hecho y está haciendo ya por ti. Te ha estado atrayendo durante toda tu vida (Jer. 31:3; Juan 12:32). No lo resistas y serás salvo. El evangelio en su pureza, motiva a una respuesta duradera de fe sentida de corazón.

6. Dios te considera “fuera de su familia” hasta que aceptas a Cristo. De esa forma tu aceptación por parte de Dios depende de que hayas dado el primer paso. Una interpretación errónea de la Escritura lleva a esa conclusión.

6. Dios ya te ha aceptado en Cristo. Para él, aquel que nunca comprendió el evangelio es una oveja perdida, no un lobo; una moneda perdida, no basura; un hijo pródigo, no un forastero.

7. Dios torturará y destruirá a los perdidos en el lago de fuego. Se enfatiza su iniciativa vindicativa y punitiva.

7. Es el pecado el que paga su salario: la muerte. La muerte segunda pone misericordiosamente fin a la miseria de los perdidos. Hasta en el destino de estos se manifiesta el amor de Dios.

8. El perdón consiste en que Dios excusa el pecado, disculpándolo por ser inevitable (“somos humanos”). Muchos carecen de un concepto claro de la diferencia entre el perdón y el borramiento de los pecados.

8. El perdón quita realmente el pecado -pecado que Dios sigue aborreciendo y que jamás puede excusar. Quien ha sido perdonado, aborrecerá también el pecado. La “expiación final” trae el “borramiento de los pecados” en la purificación del santuario celestial.

9. Es difícil salvarse y fácil perderse. Puesto que pocos lograrán ir al cielo, seguir a Cristo debe ser difícil. Se pone el énfasis en las dificultades del camino.

9. Si uno comprende y aprecia el evangelio puro y verdadero como buenas nuevas, resulta fácil ser salvo, y difícil perderse. Su yugo es fácil, y su carga ligera.

10. Se debe presionar al pecador para que acepte a Cristo, normalmente recurriendo a motivaciones egocéntricas tales como la esperanza de recompensa o el temor al castigo. Como dicta el marketing: “¿En qué me puede beneficiar?”

10. Todo recurso a la compulsión, toda maniobra de marketing o motivación del temor revela una carencia de contenido evangélico en el mensaje. Cuando se presenta la verdad en amor, nada detendrá la respuesta de quien busca la verdad.

11. El creyente no resulta legalmente justificado hasta que “acepta a Cristo” y es obediente. Se malinterpretan los escritos de E. White.

11. Todos los hombres fueron legalmente justificados cuando Cristo murió por “todos”. El creyente resulta justificado por la fe cuando cree.

12. La justificación por la fe es el acto judicial “contable” mediante el cual Dios declara legalmente justo a quien es todavía inconverso, debido a que acepta a Cristo. Ese acto legal no se corresponde con cambio alguno en el corazón.

12. Cuando Dios “declara” justo a alguien, no puede mentir. La justificación por la fe va más allá de una mera declaración legal. Hace al creyente obediente a todos los mandamientos de Dios.

13. Uno puede estar justificado por la fe y seguir a Cristo con tibieza.

13. La fe madura pone fin a la tibieza y prepara para la traslación.

14. El objetivo supremo de nuestra vida es la salvación de nuestras propias almas, hacer lo que sea “necesario para nuestra salvación”.

14. El objetivo supremo de nuestra vida es el honor y vindicación de Cristo. Es él, y no nosotros, quien merece la recompensa.

15. Se define el pecado como transgresión de la ley, pero se lo comprende de forma superficial como el quebrantamiento de un código moral. Se pone el énfasis en los actos “conocidos” de pecado, sin prestar atención al concepto de pecado del que aún no se es consciente.

15. El pecado es más que la simple desobediencia a un código; es la negativa a apreciar el verdadero carácter de amor de Dios manifestado en la cruz. En el Día de la expiación, el Espíritu Santo va a revelar todos nuestros pecados desconocidos.

16. Nacido “bajo la ley”, en Gálatas 4:4, significa que Cristo estuvo bajo la ley ceremonial judía (Comentario bíblico adventista, vol. VI, p. 964).

16. Nacido “bajo la ley” significa bajo la ley moral. Cristo no estuvo “exento” de nuestra herencia genética; sin embargo, no pecó. Tenía que negar su propia voluntad a fin de cumplir la voluntad de su Padre. Se negó a sí mismo.

17. La naturaleza y carne de Cristo en la encarnación eran diferentes de las nuestras. Él estuvo “exento” de nuestra herencia genética, tomando solamente la naturaleza impecable de Adán tal como era antes de la caída (Questions on Doctrine, p. 383, y encabezado de p. 650).

17. Cristo “tomó” la naturaleza caída y pecaminosa del hombre después que Adán cayó en pecado; vino “en semejanza [no en diferencia] de carne de pecado”. No estuvo “exento” de nada. La razón por la que no pecó es porque eligió no pecar. Fue la encarnación del amor. Es tanto nuestro Sustituto como nuestro Ejemplo.

18. Cristo llevó nuestra culpabilidad sólo vicariamente.

18. Cristo llevó nuestra culpabilidad realmente. Se identificó verdaderamente con nosotros, y condenó al pecado “en la carne”, es decir, en nuestra carne.

19. Era “imposible”, “sin provecho” e “innecesario” que Cristo fuera tentado verdaderamente en todo como nosotros (Ministry Magazine, enero 1961).

19. Negar las tentaciones plenas de Cristo es negar su verdadera encarnación. A diferencia del Adán inmaculado, Cristo fue tentado también del interior, tal como lo somos nosotros, pero sin pecado. No hay pecador a quien no pueda socorrer.

20. Apartado así de nuestra herencia genética, Cristo era bueno de forma “natural”. Su propia voluntad era idéntica a la voluntad de su Padre. No hubo lucha interior. Por lo tanto, su justicia no pudo ser por la fe.

20. Cristo fue justo por la fe. Dijo: “no busco mi voluntad”. Durante toda su vida llevó la cruz, algo que el Adán impecable no tuvo que hacer. Cristo negó constantemente el yo.

21. Puesto que Cristo no tomó nuestra naturaleza caída y pecaminosa, nunca debió enfrentar ni vencer tentaciones sexuales.

21. La Escritura no nos da derecho a eximir a Cristo de ninguna tentación humana. Hebreos 4:15 es muy claro al respecto.

22. Por tanto tiempo como el hombre posea naturaleza pecaminosa, es inevitable que continúe pecando. El pueblo de Dios continuará pecando hasta el momento de la traslación. Lógicamente, eso requiere que Cristo nunca cese en su ministerio sumo sacerdotal como sustituto. Mantén tu póliza de seguro al corriente del pago (mediante tu “relación”), y todo riesgo quedará cubierto.

22. Mediante Cristo, el pecar continuamente resulta “condenado en a carne”. El pecado es innecesario a la luz del evangelio de Cristo. La justicia viene por la fe, pues ésta obra por el amor. Nuestra dificultad estriba en la ignorancia, o bien en la incredulidad respecto al evangelio. Cristo no puede venir por segunda vez, a menos que cese antes de ser nuestro sustituto.

23. Muchos en nuestro pueblo no tienen un concepto claro de la purificación del santuario celestial en su relación única con la justicia por la fe.

23. El mensaje de 1888 encierra una comprensión que ni Lutero, Calvino ni Wesley captaron jamás. Relaciona el evangelio con la purificación del santuario celestial.

24. Casi no hay predicaciones sobre la obra actual de Cristo purificando el santuario, en relación con la experiencia cristiana personal.

24. La verdadera justificación por la fe está ahora relacionada con la obra que Cristo realiza en el lugar santísimo (Primeros escritos, p. 254). Es una verdad única confiada a esta iglesia.

25. La “gracia barata” es el único resultado posible de la confusión relativa a la naturaleza de Cristo, el prejuicio contra la perfección del carácter cristiano, la ocultación de la cruz y el descuido de la verdad de la purificación del santuario.

25. La justicia por la fe impone una norma elevadísima: la del propio Cristo. Él es el Ejemplo que ministra plenamente esa gracia a los creyentes. Regresará cuando vea su carácter perfectamente reflejado en su pueblo. Eso tendrá lugar por la fe, no por las obras.

26. 1 Juan 2:1 nos dice que no pequemos, de la misma forma en que la compañía de seguros nos dice que no tengamos un accidente. Pero tarde o temprano vas a pecar; por lo tanto, asegúrate de estar “cubierto” por el Abogado, quien convencerá al Padre de que te excuse. Sólo podemos esperar la victoria referida a los pecados conocidos. Se acepta que hasta la venida de Cristo es inevitable nuestra participación en pecados desconocidos.

26. 1 Juan 2:1 nos dice que el propósito de su sacrificio en la cruz es que su pueblo deje de pecar; no que resulte excusada la perpetuación del pecado. Eso se efectúa al comprender el concepto de la culpabilidad corporativa: nuestra relación con “los pecados del mundo entero”. El Cielo ayudará a los creyentes a vencer “como” Cristo venció.

27. La salvación personal de uno mismo eclipsa cualquier otra consideración. El interés egocéntrico prevalente hace difícil imaginar un arrepentimiento por cualquier pecado que no sea el de uno mismo. No puede darse verdadera simpatía con Cristo, por tanto tiempo como la esperanza de recompensa o el temor al castigo sean la motivación dominante.

27. El arrepentimiento y bautismo de Cristo introducen un interés de orden superior: nos vemos como potencialmente culpables de “los pecados de todo el mundo”, de no ser por su gracia. La fe posibilita la identificación con Cristo en su obra final, comparable a la de la novia por su esposo. Un arrepentimiento corporativo como el de Cristo hace eso posible.

28. Mantener una “relación” con Cristo es un proceso arduo y difícil. Todo depende de lo fuerte que te tengas de la mano de Dios. “Mantén la velocidad”, o la fuerza de la gravedad hará que te estrelles contra el suelo. Se trata de un asunto de “hágalo usted mismo”.

28. Todo depende de tu fe en que Dios te está tomando de la mano. Lo que hace que parezca tan difícil la vida cristiana es el eclipse del evangelio de la justicia de Cristo. “El amor de Cristo nos constriñe”.

29. Las diferencias doctrinales en la iglesia son inevitables hasta que Cristo venga. Es imposible la unidad verdadera y completa.

29. La unidad perfecta es la norma para una iglesia en posesión de la verdadera fe. Por ejemplo: no hay necesidad alguna de ideas proféticas confusas y contrapuestas.

30. Podemos creer, ejemplificar y predicar la justicia por la fe durante muchas décadas (tal como hemos estado haciendo por más de un siglo), sin que culmine la obra de Dios.

30. Creer y enseñar claramente la justicia por la fe en relación con la purificación del santuario ha de catalizar la iglesia y el mundo en una sola generación y finalizar la comisión evangélica (lo que aún está pendiente de suceder).  

31. El tiempo de la segunda venida de Cristo está irrevocablemente predeterminado por la soberana voluntad de Dios, y su pueblo no puede apresurarlo ni demorarlo.

31. Cristo está deseoso de regresar, como lo está el esposo ante su boda. Vendrá en cuanto su esposa esté preparada. La demora es responsabilidad de ella.

32. La segunda venida de Cristo la desean sobre todo los ancianos, enfermos, pobres, o los que sufren. Nuestra necesidad es nuestra suprema preocupación. Queremos que venga para poder ir todos al hogar glorioso.

32. Las razones auténticas para procurar adelantar su venida son la simpatía por Cristo, el deseo de que él reciba su recompensa y sea vindicado, y el anhelo de que llegue a su fin la ago­nía del mundo. Esa nueva motivación viene producida por la fe verdadera.

33. Es más importante el consenso que la verdad. Si tus convicciones difieren de las de la mayoría, guárdatelas.

33. La verdadera fe infunde un valor que no teme a las mayorías ni al poder que puedan ejercer. Te permite llevar la cruz.

34. Los dos pactos se comprenden tal como presenta el Comentario bíblico adventista y el Diccionario bíblico adventista. Es la misma comprensión que defendieron quienes se opusieron desde el principio al mensaje de 1888.

34. El viejo pacto es la promesa de obedecer (carente de fe) que hizo el pueblo de Israel. Dicha promesa lleva a la “esclavitud” mediante “el conocimiento de [nuestras] promesas no cumplidas”. El nuevo pacto es la fe en la promesa que Dios nos hace a nosotros.

35. El mensaje de 1888 tuvo su origen en “los credos de las iglesias protestantes de su tiempo” (Pease, By Faith Alone, p. 138 y 139). No tenemos un evangelio distintivo.

35. El mensaje es singularmente distinto al de las iglesias populares. El “mensaje del tercer ángel en verdad” es bíblico: “Cristo, y este crucificado”.

36. Como pueblo, y especialmente como pastores, comprendemos correctamente la justicia por la fe. Lo que necesitamos son más obras. “Olvidemos 1888 y pongámonos a la obra con mayor empeño”.

36. Especialmente en ese respecto somos “desgraciados, miserables, pobres, ciegos y desnudos”. Ningún esquema de obras puede terminar la obra de Dios. “Esta es la obra de Dios, que creáis en aquel que él ha enviado”. ¡Necesitamos el mensaje de 1888 que él nos envió!

 


 

 

 

Apéndice C

(índice)

 

Rastreando el mito de la aceptación

 

 

La opinión tan popular de que el mensaje de 1888 fue aceptado hace un siglo, tiene su origen en personas fervientes, sinceras y bien intencionadas. Es encomiable su lealtad para con la iglesia y el liderazgo del pasado, así como su entusiasta espíritu de equipo.

 

No obstante, esa posición choca frontalmente con la historia, con numerosas declaraciones de E. White, y lo que es aún más grave, con el testimonio del Testigo Fiel y Verdadero que dio su sangre por esta iglesia. El mito de la aceptación insiste, incluso con un siglo de retraso, en que “soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad” en cuanto a aceptar y comprender la justicia por la fe. Pero el Señor afirma que somos “pobres”. El conflicto resultante es grave, ya que afecta a la condición espiritual y al honor de la iglesia mundial.

 

Dado que es tan claro el testimonio de E. White a propósito de que se rechazó “en gran medida” el comienzo de la lluvia tardía y el fuerte pregón, ¿cómo es posible que la inmensa mayoría de nuestros pastores, educadores y miembros en todo el mundo crea que los dirigentes lo aceptaron en aquella generación?

 

Parte del problema es una confusión persistente en las ideas, que se diría casi intencionada. Como pueblo aceptamos la “doctrina” popular protestante de la justicia por la fe, precisamente tal como las iglesias protestantes profesan creerla. En consecuencia nuestros apologistas insisten en que, ni en 1888 ni posteriormente rechazamos esa “doctrina”. Pero esa no es la verdad de nuestra historia. Nuestros hermanos rechazaron “en gran medida” el mensaje que era el comienzo de la lluvia tardía y el fuerte pregón. Ese hecho obvio explica la prolongada demora, y ninguna otra cosa puede explicarla.

 

¿Cuál es el origen de esa confusión y comprensión errónea tan extendida y persistente? Sin duda es el juicio humano de hombres bondadosos con mentalidad básicamente laodicense. Por naturaleza todos compartimos esa misma mentalidad. A cualquiera de nosotros nos resulta doloroso creer lo que dice el Testigo Fiel: que la verdad de nuestra historia demuestra nuestra condición de “desventurados y miserables”, siendo nuestra historia de 1888 una repetición de la historia del pueblo judío en el Calvario. Esa historia señala cuál es nuestra gran necesidad: el arrepentimiento denominacional.

 

Hemos de reprimir esa convicción molesta al costo que sea; si es necesario mediante afirmaciones de que “soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad”. De ahí el mito de la aceptación. Una de las fuentes primarias de ese mito goza de una credibilidad tan singular que parece imposible que alguien se atreva a cuestionarla.

 

En su libro The Lonely Years 1876-1891, Arthur L. White afirma que “el concepto de que la Asociación General -y por lo tanto la denominación- rechazó el mensaje de la justicia por la fe en 1888, carece de fundamento y no apareció hasta cuarenta años después de la asamblea de Minneapolis, y trece después de la muerte de Ellen White” (p. 396). El autor es nieto de E. White.

 

Hemos documentado ya la forma en que E. White y sus contemporáneos de 1893 hasta 1901 reconocieron claramente al rechazo al mensaje (ver capítulo cuatro de este libro).

 

“Cuarenta años después de la asamblea de Minneapolis” nos lleva alrededor del año 1928. Fue por ese tiempo cuando Taylor G. Bunch, de Pacific Union College, relacionó públicamente nuestra historia de 1888 con la de Israel en Cades-Barnea, cuando rechazaron el informe de Caleb y Josué.

 

W.C. White, hijo de E. White, protestó contra Bunch asegurando que en 1888 no había tenido lugar tal rechazo. Afirmaba haber estado presente en aquella asamblea y saber del tema. Nada tiene de extraño que transmitiese esa misma teoría de la aceptación a su hijo, Arthur L. White, quien ha servido por tantos años como secretario de Ellen G. White Estate, y bajo cuya supervisión y soporte se han escrito desde 1950 cerca de 1.500 páginas de libros relativos a 1888.

 

Tanto el hijo como el nieto de E. White han gozado de justificada estima en la iglesia adventista. Han sido totalmente sinceros en sus esfuerzos por educar a varias generaciones de nuestro pueblo en la convicción de que el mensaje de 1888 no fue rechazado. Profesamos el mayor respeto a ambos, en razón del puesto singular que han ocupado en nuestra historia. Pero al mismo tiempo hemos de reconocer que E. White ejerció un ministerio aún más singular: el de una mensajera inspirada del Señor, cuyo ministerio es expresión del testimonio de Jesús: el Espíritu de profecía. Su don profético la dotó de discernimiento capaz de penetrar bajo la superficie. Aunque mil testigos oculares con juicio no inspirado contradijesen la palabra de una profetisa inspirada, debemos confiar en esa palabra inspirada, ya que en ella va implícito un “así dice el Señor”. El testimonio de E. White es tan claro y directo como para ser inmediatamente comprensible para cualquiera. El futuro de esta iglesia depende de que se establezca sin ambigüedad ese respeto a la dirección profética.

 

Una declaración hecha por W.C. White en una predicación en Lincoln, Nebraska, el 25 de noviembre de 1905, da una idea de cómo obtuvo crédito oficial la teoría de la aceptación. En su predicación, el hijo de E. White estaba describiendo un inciden­te ocurrido una década antes en Avondale, Australia, estando W.W. Prescott de visita. De América había llegado cierta correspondencia, y él y Prescott estaban leyendo para E. White cartas de un dirigente de la Asociación General en la distante Battle Creek. Las cartas se referían a un supuesto gran progreso de la causa en América, y a las maravillosas victorias espirituales respecto a asuntos relacionados con 1888. W.C. White recuerda así el incidente:

 

“Durante años he sentido que era mi privilegio hacer todo lo posible para llamar la atención de mi madre a los aspectos más animadores de nuestra obra… Razonaba que, puesto que el Señor había elegido a mi madre como su mensajera para corregir los errores en la iglesia,… y dado que aquellas revelaciones apenaban su corazón casi hasta la muerte, no podía estar equivocado al recoger todas las palabras de ánimo y toda buena noticia que pudiera consolar su corazón, así como todo incidente que demostrara el poder de Cristo obrando en la iglesia. Eso pondría de relieve el lado más positivo de quienes estaban llevando pesadas responsabilidades en la obra del Señor; por lo tanto, me esforzaba por llamar su atención al aspecto positivo de las cosas… 
Pues bien; un día, mientras vivíamos en Cooranbong, New South Wales, recibimos cartas del presidente de la Asociación General llenas de informes animadores, hablándonos de las buenas reuniones campestres, y acerca de cómo algunos de los hombres de negocios que habían sido objeto de reproches en los Testimonios1 estaban visitando varios estados y predicando en las reuniones campestres, y que estaban obteniendo una nueva experiencia espiritual, siendo de gran ayuda en las reuniones…           
Nos alegramos [él y Prescott] mucho al leer aquellas cartas. No cabíamos de gozo, y nos unimos en alabanza al Señor por el informe positivo. Imaginad mi sorpresa cuando al siguiente día por la tarde mi madre me dijo que había estado escribiendo a esos hombres de quienes había recibido el informe positivo, y entonces me leyó la crítica más contundente, el más profundo reproche que jamás se dirigiera a ese grupo de hombres, por introducir planes y principios equivocados en su labor2. Eso fue para mí una gran lección” (Spalding-Magan Collection, p. 470).

 

1 Harmon Lindsay y A.R. Henry “a partir de la asamblea de Minneapolis se opusieron siempre a la obra del Señor” (E. White, Carta 27 agosto 1896).

2 Ejemplos de reproches como los citados se encuentran en Testimonios para los ministros, p. 63-77, y 89- 98.  

 

E. White dejó registro escrito de su congoja, arrojando luz sobre el incidente. No es en detrimento del respeto debido a la memoria de ellos que hacemos notar que ni W.C. White ni W.W. Prescott gozaban del más amplio discernimiento que imparte divinamente el don de profecía. El don no es hereditario. Es perfectamente natural que hicieran como habríamos hecho cualquiera de nosotros: creer sin más los informes positivos que traían aquellas cartas del presidente de la Asociación General. El espíritu que dominaba la iglesia era ya de por sí optimista, de congratulación por la percepción de progreso y victoria.

 

Pero la actitud del corazón de todo ser humano está por naturaleza en conflicto con “el testimonio de Jesús”, a menos que el Espíritu Santo lo ilumine de forma específica. Escribiendo al presidente de la Asociación General, E. White describe cómo se sintió cuando Prescott y su propio hijo trataron de asegurarle que eran ciertos aquellos informes optimistas procedentes de Battle Creek:

 

“Querido hermano Olsen:          
El pasado mes de octubre le envié una larga carta… Era muy pesada la carga que sentía en relación con usted y la obra en Battle Creek. Sentí que se lo estaba atando de pies y manos, a lo que usted se sometía dócilmente. Eso me perturbó tanto que expresé mis sentimientos al hermano Prescott en una conversación. Tanto él como W.C.W se esforzaron por disipar mis temores; lo presentaron todo en la luz más favorable posible. Pero sus palabras, en lugar de reconfortarme, me alarmaron. Si esos hombres son incapaces de ver la consecuencia de lo que está sucediendo, pensé, cuán desesperada la pretensión de hacerles ver en Battle Creek. El pensamiento se clavó como cuchillo en mi corazón. Me dije: no enviaré la comunicación escrita al hermano Olsen…
Durante unas dos semanas permanecí en la más debilidad más extrema. Estaba como una caña quebrada. No podía abandonar mi habitación ni conversar con el hermano y hermana Prescott. Creí no recuperarme… pero… gradualmente recobré las fuerzas” (Carta, 25 mayo 1896).

 

Dada la importancia de la lluvia tardía y el fuerte pregón, resulta imperativo que la iglesia y sus dirigentes depositen hoy una confianza plena en el testimonio inspirado del Espíritu de profecía. Cuando el juicio humano entra en conflicto con el testimonio inspirado, no importa de cuántos honores gocen los agentes humanos, el Espíritu de profecía ha de tener la preponderancia más absoluta.

 

Durante la mayor parte del siglo hemos sido, como pueblo, presa fácil de ese prevalente optimismo infundado. La trágica consecuencia colateral es una extensa desconfianza en el consejo del Testigo fiel y verdadero. ¿Acaso el pleno reconocimiento de la verdad no resultaría en grandes bendiciones espirituales? Correctamente comprendida, nuestra historia denominacional es un continuo cumplimiento de las palabras de Cristo en Apocalipsis 3:14-21, y un llamado al arrepentimiento apropiado.

 

Quien tiene dominio del pasado, lo tiene también del futuro. La consecuencia de interpretar equivocadamente la historia, es la tibieza y debilidad espiritual.


 

Apéndice D

(índice)

 

¿Qué futuro aguarda a la iglesia adventista?

 

Es cierto que la iglesia adventista ha retardado la proclamación al mundo del evangelio eterno en su pureza (El evangelismo, p. 503-505). Todos compartimos la responsabilidad por ese fracaso. Hay una implicación corporativa. E. White comparó frecuentemente nuestros fracasos con los del antiguo Israel, donde cada generación sucesiva compartía la culpabilidad de sus padres debido no sólo a que participaba de la misma naturaleza humana caída, sino que además ejercía la misma incredulidad (ver capítulo 4 de este libro). Hay numerosas evidencias de nuestras trágicas reincidencias, de nuestra desobediencia al Espíritu de profecía e incluso de nuestra apostasía. Nuestra historia del siglo pasado a partir de 1888 es por demás reveladora.

¿Significa eso que el Señor ha rechazado a esta iglesia o a sus dirigentes? O, en el caso de que no lo haya hecho en el pasado, ¿lo hará en el futuro? ¿Está la iglesia adventista abocada al fracaso?

 

Cuando los que deciden seguir a Cristo protestan contra lo que perciben como apostasía o acciones incorrectas en la iglesia y sufren bajo la oposición, ¿han de concluir que la situación es desesperada? ¿Deben retirar su apoyo y membresía de la iglesia?

 

En el libro Los hechos de los apóstoles, p. 10, leemos que las “almas fieles” han constituido siempre la iglesia verdadera. ¿Podría una nueva agrupación o federación libre constituida por “almas fieles” completar la comisión evangélica, y dejar atrás a la iglesia adventista organizada desintegrándose en la apostasía final?

 

Si comparamos la iglesia con un barco, ¿es su destino hundirse como el Titanic? ¿O va quizá a tomarla por asalto una tripulación amotinada? ¿Debieran las “almas fieles” abandonar el barco y arrojarse  por propia iniciativa a las frías aguas? ¿Pudiera ser que no haya en los días finales “barco” alguno, de forma que cada pasajero deba nadar individualmente aferrado a restos de la embarcación que naufragó? ¿O bien va a suceder que los pasajeros habrán venido a ser miembros de la tripulación, y bajo la dirección de Cristo como Capitán navegarán unidos hasta llegar al puerto?

 

E. White comparó la iglesia adventista a un “noble barco que lleva al pueblo de Dios” (Mensajes selectos, vol. II, p. 449; 1892), y afirmó que él lo conduciría “con seguridad hasta el puerto”. ¿Cuál es la iglesia verdadera? ¿Sigue la iglesia orga­nizada siendo el cumplimiento de la profecía de Apocalipsis 12, “el resto de la descendencia [de la mujer]… los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de la profecía”, tal como expresa el versículo 17? ¿O será quizá el verdadero “resto” más bien una suma de “almas fieles” no cohesionada, desorganizada y dispersa? Esas cuestiones conciernen a nuestra razón misma de existir como pueblo por más de 150 años.

 

Nadie inteligente se atreverá a defender que la simple filiación nominal en la iglesia organizada haya de garantizar a alguien su salvación personal. Ciertamente no es así, y no es esa la cuestión. La cuestión importante es si la pertenencia a la membresía de la iglesia y el apoyo a la misma son deberes válidos que el Señor requiere de las “almas fieles”. ¿Cuál es la “mente de Cristo” con respecto a la iglesia adventista del séptimo día? Si pudiéramos determinar la respuesta a esa pregunta, podríamos saber cuál debe ser nuestra “mente” al respecto.

 

Encontramos directrices útiles, tanto en las Escrituras como en numerosas declaraciones de E. White:

 

(1) Siempre ha sido el propósito de Dios que su pueblo en la tierra sea una “familia” visible, identificada de forma reconocible, organizada. Es así a fin de que puedan ser sus testigos, sus agentes ganadores de almas en el mundo. La “simiente” de Abraham fue el antiguo equivalente a la iglesia. El Señor dijo a Abraham: “Serán benditas en ti todas las familias de la tierra… A tu descendencia daré esta tierra”. “Estableceré un pacto contigo y con tu descendencia después de ti… Estableceré mi pacto con Isaac” (Gén. 12:3 y 7; 17:7 y 21).

 

(2) Dios nunca cambió ese pacto, y no puede cambiarlo. Durante todos los siglos de apostasías del antiguo Israel y Judá, el Señor permaneció fiel a su promesa. En los días de Elías, del apóstata rey Acab y de su impía esposa Jezabel, Israel siguió siendo Israel. En el peor momento de la historia de Judá, en los días de Jeremías, cuando el Señor lo entregó en cautiverio a Babilonia, era todavía el pueblo denominado del Señor. Nunca se convirtió en Babilonia, si bien estuvo cautivo en Babilonia. Sólo perdieron su lugar en la historia los que se negaron a regresar al final del cautiverio. El pacto alcanzaba aún a quienes retuvieron su identidad denominacional, y finalmente el Mesías vino mediante ellos.

 

(3) Lo anterior no significa que la descendencia física de Abraham convirtiera a cualquiera de ellos en un heredero del pacto. La promesa siempre consistió en que “en Isaac te será llamada descendencia”. “Los que tienen fe, estos son hijos de Abraham” (Rom. 9:7; Gál. 3:7). El verdadero Israel siempre estuvo constituido por los que tenían la fe de Abraham. Pero según el plan de Dios siempre habían de constituirse en un pueblo denominado, identificable, de forma que pudieran obrar eficazmente en la evangelización del mundo. Hasta la sierva de la esposa de Naamán en su esclavitud preservó esa relación leal, y ganó almas (2 Reyes 5).

 

(4) La iglesia cristiana primitiva apostólica no fue un apéndice o ramificación de Israel. Era el verdadero Israel. Era así, puesto que sus miembros tenían la fe de Abraham (Gál. 3:7-9 y 29). Desde el mismo principio, cuando Jesús llamó a los primeros discípulos, su iglesia fue un cuerpo organizado, una denominación (Los hechos de los apóstoles, p. 15 y 16; El Deseado, p. 18). Durante los años de su ministerio en esta tierra, la iglesia de Cristo estuvo organizada con él como Cabeza.

 

El Nuevo Testamento indica que en los tiempos apostólicos la iglesia también estuvo altamente organizada e identificada, con sus apóstoles, ancianos, evangelistas, maestros, diáconos, diaconisas y otros con diversos dones, operando todos ellos coordinadamente bajo la dirección del Espíritu Santo (1 Cor. 12:1-28; Efe. 4:8-16; 1 Tim. 3:1-15; Tito 1:5-11). Cuando Saulo de Tarso se convirtió, el Señor lo puso inmediatamente en comunión con su iglesia organizada (Hech. 9:10-19; Los hechos de los apóstoles, p. 99, 100 y 132). Eran ciertamente “almas fieles” las que constituían la iglesia primitiva, pero esta no estaba de modo alguno desorganizada. Hay innumerables ejemplos de su estructura definida. Sólo distorsionando el contexto de la declaración de Los hechos de los apóstoles, p. 10 referente a las “almas fieles”, se ha podido sugerir la implicación de que la iglesia, para ser verdadera, no deba estar organizada.

 

(5) El registro bíblico de los cuidados de Dios hacia “la mujer… para que volara… al desierto... por un tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo” indica que aquella perseguida iglesia continuó siguiendo durante la Edad Media el patrón neotestamentario de organización y disciplina (El conflicto, 67, 68 y 72-75). Aunque variando en los detalles precisos de sus métodos de organización, los verdaderos creyentes siempre actuaron como un cuerpo.

 

(6) En los días tempranos del adventismo del séptimo día se debatió ampliamente la forma de organizarse, no faltando partidarios fanáticos de la anarquía que se rebelaban contra la necesaria disciplina en el cuerpo de la iglesia (Testimonios para los ministros, p. 26-29). El Espíritu Santo puso su claro sello de aprobación sobre la necesidad de que existiera un orden. Nuestros pioneros vieron el cumplimiento de Apocalipsis 12:17 y 14:12 en la iglesia adventista del séptimo día como denominación organizada. La vieron como divinamente señalada para proclamar el mensaje al mundo con eficacia, y para preparar un pueblo para la venida del Señor (Fundamentals of Christian Education, p. 254; Testimonies, vol. I, p. 271 y 413; vol. III, p. 501).

Todo movimiento que el Espíritu Santo dirija será organizado y disciplinado, “pues Dios no es Dios de confusión” (1 Cor. 14:33). El establecimiento de la iglesia mundial adventista en el seno de tantas culturas diferentes desde hace más de un siglo, es claramente obra del Espíritu Santo. No existe ningún otro movimiento de alcance mundial, o cuerpo de creyentes que pueda identificarse, ni siquiera remotamente, como el cumplimiento de Apocalipsis 14:6-12. E. White jamás dudó de nuestra identificación histórica (ver, por ejemplo, Testimonies, vol. IX, p. 19; vol. I, p. 186 y 187; Mensajes selectos, vol. I, p. 107-109; Comentario bíblico adventista, vol. VII, p. 970-973).

 

Contamos con un cuerpo ya establecido, soberbiamente moldeado por el Señor para cumplir la tarea de proclamar el “evangelio eterno”. Ningún movimiento independiente o derivado puede desarrollarse suficientemente en el período de una vida, como para venir a ser un instrumento eficaz con potencialidad para ganar almas. A los verdaderos adventistas del séptimo día les preocupa más la honra y vindicación de Cristo que su propia recompensa personal. Piensan primariamente en términos de cumplir la comisión evangélica del Señor para el mundo, más bien que en su propia seguridad. La experiencia de ser crucificados con Cristo tomó en ellos el lugar del amor a uno mismo. Están “bajo la gracia”, lo que significa una nueva motivación impuesta por la apreciación del sacrificio de Cristo, en contraste con estar “bajo la ley”, que fue su anterior motivación centrada en el yo.

 

Se enfrentan a la misma prueba a la que se enfrentó Moisés. Cuando Dios le propuso abandonar a su pueblo organizado, para hacerlo prosperar como dirigente de los que serían sus sucesores separados, Moisés prefirió que su nombre fuera borrado del libro de la vida antes que ver la honra de Dios comprometida de ese modo (Éxodo 32). El “zarandeo” separará del pueblo de Dios en los últimos días a todos aquellos cuya motivación más profunda sea su propia seguridad.

 

(7) Una motivación del tipo “bajo la ley”, caracterizada por la preocupación centrada en uno mismo, tiene como consecuencia el fracaso en apreciar la justicia por la fe. Eso ha envenenado la aplicación de nuestros principios de organización eclesiástica. James y E. White instaron al reconocimiento de Cristo como verdadero Dirigente de la iglesia:

 

“Nunca, durante su ministerio público, dio Cristo a entender que se debiera designar como dirigente a cualquiera de sus discípulos… Y no hay evidencia alguna de que los apóstoles de Cristo designaran a uno de ellos por encima de los demás como dirigente… Por consiguiente, Cristo es el dirigente de su pueblo en todas las edades… Él dirigirá a su pueblo, si este así lo quiere” (James White, Review & Herald, 1 diciembre 1874).

 

“No era el plan de Dios que en la iglesia cristiana existiera ningún sistema de organización que relevara a Cristo de la dirección.          
El pastor que busca dirección en cualquier comité de la Asociación, se está retirando de las manos de Cristo. Dios preserve entre nosotros una organización y forma de disciplina eclesiástica como la original” (ibíd., 4 enero 1881).

 

Pero reconocer a Cristo como Cabeza de la iglesia, como quien dirige su organización, requiere que se le someta el corazón, lo que resulta imposible si no se comprende claramente el evangelio de la justicia por la fe. La motivación del tipo “bajo la ley” suplanta a la motivación del tipo “bajo la gracia”, con el consiguiente sufrimiento de dirigentes y laicos. Se ejerce un “poder controlador”, y pastores y laicos aprenden a buscar dirección en hombres falibles, siguiendo sus dictados y alabándolos. La profesa devoción por Cristo esconde una motivación de amor al yo promovida por una forma sutil de adoración a Baal (la práctica común entre los empleados de la Asociación de referirse a su presidente como “el jefe”, es un ejemplo de violación directa del consejo de Cristo en Mateo 20:25-28). La motivación del tipo “bajo la ley” puede impregnar la iglesia tan profundamente, que para muchos miembros sinceros resulta inconcebible cualquier otro tipo efectivo de liderazgo” (Testimonios para los ministros, p. 359-364).

 

(8) Nuestra historia relativa a 1888 encierra una importante verdad que nos permite entender cuál es la mente de Cristo para con la iglesia adventista. A pesar de décadas de tibieza, el Señor envió el “comienzo” de la lluvia tardía mediante delegados reunidos en una asamblea de la Asociación General. El Señor honró a este pueblo con la “revelación de la justicia de Cristo” en aquel “mensaje preciosísimo” destinado a alumbrar la tierra con su gloria.

 

(9) La reorganización de 1901 tenía el propósito de fomentar el reavivamiento y la reforma, así como un retorno a la dirección de Cristo obrando mediante los que creían en su palabra: “Todos sois hermanos”. Pero no tuvo lugar el esperado reavivamiento espiritual. Fue sólo un sueño: “lo que podría haber sido”. No se revirtió el patrón de incredulidad de 1888 (Testimonies, vol. VIII; p. 104-106; Carta al juez Jesse Arthur, 15 enero 1903).

Algunos vieron la asamblea de la Asociación General de 1903 como un paso atrás. En el capítulo 10 de este libro hemos analizado ya la actitud de Jones y Waggoner hacia la revisada constitución que allí se instituyó. Unos pocos se unieron a ellos en sus convicciones:

 

“Cualquiera que haya leído alguna vez estas historias [Neander, Mosheim] es inevitable que llegue a la conclusión de que los principios contenidos en la constitución propuesta [de 1903]… son los mismos principios, y presentados justamente de la misma forma en que regían cientos de años atrás, cuando se estableció el papado… En el momento en que los votéis, estaréis votando que volvamos allí donde estábamos hace dos años, y anteriormente” (P.T. Magan, General Conference Bulletin 1903, p. 150).

 

“Hermanos, lo que procede es que regresemos allí donde estábamos hace dos años en materia de reorganización, que la asumamos y la pongamos en práctica dándole una justa oportunidad, puesto que quienes ocuparon puestos de responsabilidad han reconocido que no la llevaron a la práctica por no creer que tal cosa fuera posible. Yo creo que sí lo es” (E.A. Sutherland, ibíd., p. 168 y 169).

 

(10) Si es que creyó que la revisión de 1903 era una equivocación, E. White no se opuso públicamente a ella, aun cuando algunas de sus declaraciones posteriores puedan ser interpretadas como expresando desaprobación. No obstante, el hecho importante es que E. White no retiró su apoyo a la iglesia organizada después de 1903, sino que permaneció fiel y leal hasta su muerte en 1915. Eso a pesar de estar profundamente chasqueada con los resultados espirituales de la asamblea de 1901 (Testimonies, vol. VIII; p. 104-106; Carta al juez Jesse Arthur, 15 enero 1903). El Señor continuó honrando esta iglesia con el ministerio de su mensajera a lo largo de todos aquellos años.

 

La solución a nuestro problema no consiste en destruir o cambiar el sistema de procedimientos de nuestra ordenación eclesiástica, sino en buscar el arrepentimiento y la reconciliación con Cristo dentro de ella. Todo será inútil, a menos que se ponga el hacha a la raíz del árbol. Las posibles debilidades o errores en la organización no serán difíciles de corregir una vez que el Espíritu Santo logre llevarnos al arrepentimiento.

 

(11) Literalmente millones de personas pueden testificar de que la única agencia que los ha llevado al conocimiento del evangelio eterno de Apocalipsis 14 es la iglesia adventista del séptimo día, a pesar de sus defectos. La mejor esperanza para la exitosa proclamación final del último mensaje al mundo, es una iglesia adventista arrepentida que no solamente proclama el mensaje en perfecta claridad, sino que demuestra su validez práctica más allá de toda duda. Tal fue la convicción de E. White. Incluso en medio de la incredulidad reinante en la era de 1888, mantuvo su esperanza de reforma:

 

“Dios encabeza la obra y él pondrá en orden todas las cosas. Si hay que realizar ajustes en la plana directiva de la obra, Dios se ocupará de eso y enderezará todo lo que esté torcido. Tengamos fe en que Dios conducirá con seguridad hasta el puerto el noble barco que lleva al pueblo de Dios” (Mensajes selectos, vol. II, p. 449; 1892).

 

“Aunque hay males en la iglesia, y los habrá hasta el fin del mundo, la iglesia ha de ser en estos postreros días luz para un mundo que está contaminado y corrompido por el pecado. La iglesia, debilitada y deficiente, que necesita ser reprendida, amonestada y aconsejada, es el único objeto de esta tierra al cual Cristo concede su consideración suprema…        
Tengan todos cuidado de no hacer declaraciones contra el único pueblo que está cumpliendo la descripción que se da del pueblo remanente que guarda los mandamientos de Dios, tiene la fe de Jesús, y exalta la norma de la justicia en estos postreros días” (Testimonios para los ministros, p, 49 y 58; 1893).

 

“Cuando alguien se está apartando del cuerpo organizado del pueblo que guarda los mandamientos de Dios, cuando comienza a pesar la iglesia en sus balanzas humanas y a pronunciar juicios contra ella, podéis saber que Dios no lo está dirigiendo” (Mensajes selectos, vol. III, p. 19).

 

“La victoria acompañará al mensaje del tercer ángel. Así como el Capitán de la hueste del Señor derribó los muros de Jericó, el pueblo que guarda los mandamientos del Señor triunfará y todos los elementos opositores serán derrotados” (Testimonios para los ministros, p. 410; 1898).

 

“Jamás en toda mi vida me había sentido tan atónita como ahora, debido al giro que han tomado las cosas en esta reunión [la asamblea de 1901]. No se trata de nuestra obra. Dios lo ha dispuesto… Quiero que cada uno de vosotros lo recuerde; quiero que recordéis también que Dios ha dicho que él sanará las heridas de su pueblo (General Conference Bulletin 1901, p. 463 y 464).

 

Sea que en 1901 o en algún tiempo posterior curaran o no aquellas “heridas”, podemos cobrar ánimo en la seguridad de que el Señor las “sanará”. Pasados ya 1901 y 1903, E. White hizo algunas de sus declaraciones más contundentes identificando esta iglesia organizada como la verdadera, y dando seguridad de su triunfo final en el ministerio, cuando el arrepentimiento impere en el cuerpo de la iglesia:

 

“No podemos ahora abandonar el fundamento que Dios ha establecido. No podemos entrar ahora en una nueva organización, pues eso significaría apostatar de la verdad” (Ms 129, 1905).

 

“Se me ha instruido que diga a los adventistas de todo el mundo que Dios nos ha llamado como un pueblo que ha de constituir un tesoro especial para él. Él ha dispuesto que su iglesia en la tierra permanezca perfectamente unida en el Espíritu y el consejo del Señor de los ejércitos hasta el fin del tiempo” (Mensajes selectos, vol. II, p. 458; 1908).

 

“El temor a Dios, el sentido de su bondad y su santidad, circulará por cada institución. Una atmósfera de amor y paz permeará cada departamento. Toda palabra que se diga, toda labor que se realice, tendrá una influencia que corresponda a la influencia del cielo…   
Entonces la obra avanzará con solidez y fortaleza duplicadas. Se impartirá una nueva eficiencia a los obreros de toda rama [de la obra]… La tierra será iluminada con la gloria de Dios, y nuestra tarea será dar testimonio de la pronta venida, en poder y gloria, de nuestro Señor y Salvador” (El ministerio médico, p. 242).

 

“Me siento animada y bendecida sabiendo que el Dios de Israel continua guiando a su pueblo, y que va a seguir con él hasta el final” (Comentarios a la asamblea de la Asociación General de 1913; LS 437 y 438).

 

E. White se refirió claramente al “pueblo de Dios” como “esta denominación”. Pocas semanas antes de la muerte de su madre, W.C. White escribió lo siguiente:

 

“Hablé [a Lida Scott] sobre cómo percibía mi madre la experiencia de la iglesia remanente, y acerca de su seguridad en que Dios no permitiría que esta denominación apostatara tan plenamente como para que hubiera de sucederle otra iglesia” (Carta, 23 mayo 1915).

 

El hospital es un lugar donde los enfermos pueden recibir tratamiento médico orientado a la restauración de su salud. La vida del paciente tiene importancia suprema. La iglesia llamada a ser esposa de Cristo, está enferma y en necesidad de restauración. Ser leales a Cristo implica también la fidelidad a su futura esposa: se trata de una cooperación estrecha que es necesaria para su curación.

 

Tras haber servido como misioneros en África hemos comprobado cómo opera en el corazón humano la lealtad a Cristo, o la falta de ella. Algunos empleados cristianos “asalariados” demuestran inconscientemente su verdadero espíritu al referirse a la iglesia en términos de “vosotros” o “ellos”. No podrían revelar un menor interés por su honra o prosperidad. Pero los verdaderos creyentes en Cristo manifiestan una unidad corporativa con la iglesia, y se refieren de forma instintiva a ella en términos de “nosotros”. Les preocupa más el honor de la iglesia como representante de Cristo, que su propia recompensa personal.

 

(12) ¿Qué significa que las promesas de Dios sean condicionales? ¿Debiéramos tomar la actitud de esperar y ver, reteniendo nuestra lealtad y apoyo hasta estar seguros de que la iglesia ha cumplido con las condiciones? La siguiente declaración señala cuáles son las condiciones:

 

“Distamos mucho de ser lo que seríamos si nuestra vida cristiana hubiese estado en armonía con la luz y las ocasiones que se nos depararon… Si hubiésemos andado en la luz que se nos dio… nuestra senda se habría visto cada vez más iluminada…       
La iglesia adventista del séptimo día debe ser pesada en la balanza del santuario. Será juzgada conforme a las ventajas que haya recibido. Si su experiencia espiritual no corresponde a los privilegios que el sacrificio de Cristo le tiene asegurados; si las bendiciones concedidas no la capacitaron para cumplir la obra que se le confió, se pronunciará contra ella la sentencia: ‘Hallada falta’” (Joyas de los testimonios, vol. III, p. 251).

 

No fueron menos condicionales todas las promesas que Dios había hecho al antiguo Israel. Fue “hallada falta” generación tras generación, pereciendo en el fracaso. Se repitió una y otra vez la historia de Cades-Barnea, cuando una generación entera -con excepción de dos personas- tuvo que perecer en el desierto. No obstante, el Dios guardador del pacto permaneció fiel a Israel aun cuando este le fue desleal. Lo intentó siempre otra vez con cada nueva generación. Nunca dispuso que otro pueblo tomase el lugar de la “simiente de Abraham”.

 

Que el antiguo Israel fallara tantas veces, tal como ha hecho la iglesia en tiempos modernos, no significa necesariamente que la secuencia de recaída y apostasía haya de continuar indefinidamente. Los fracasos del pueblo de Dios como cuerpo han significado siempre la contaminación del santuario celestial, y Satanás ha tenido la ocasión de atribuir a Dios la responsabilidad del fracaso de su pueblo.

 

El fundamento de la iglesia adventista es la creencia en las buenas nuevas de Daniel 8:14: “entonces… el santuario será purificado”. “Entonces” esa constante nube de fracaso que ha flotado sobre el Israel de Dios será disipada y el nombre de Dios será reivindicado en la medida en que su pueblo demuestre que su plan de salvación triunfa. El sacrificio de Cristo será “entonces” reivindicado. La actitud dubitativa que cuestiona así: “Supongamos que la iglesia fracase y que no cumpla las condiciones”, es equivalente a esta otra: “Supongamos que el santuario no sea purificado”. El honor de Dios requiere que así sea, ¡y así será!

 

Esa es la cuestión final en el gran conflicto. Tenemos el privilegio de alistarnos en absoluta lealtad a Cristo y a su futura esposa.

 

El testimonio citado con anterioridad lleva por título: “¿Seremos hallados faltos?” Hacia el final del capítulo, E. White respondió a su propia pregunta en estos términos:

 

“Cuando la purificación se efectúe en nuestras filas, no permaneceremos más tiempo ociosos...
A menos que la iglesia contaminada por la apostasía se arrepienta y se convierta, comerá del fruto de sus propias obras hasta que se aborrezca a sí misma. Si resiste el mal y busca el bien; si busca a Dios con toda humildad y responde a su vocación celestial en Jesucristo; si permanece sobre la plataforma de la verdad eterna, y si por fe realiza los planes que han sido trazados a su respecto, será sanada. Aparecerá en la sencillez y pureza que provienen de Dios, exenta de todo compromiso terrenal, demostrando que la verdad la ha hecho realmente libre. Entonces sus miembros serán verdaderamente elegidos de Dios para ser sus representantes.

Ha llegado la hora de hacer una reforma completa. Cuando principie, el espíritu de oración animará a cada creyente, y el espíritu de discordia y de revolución será desterrado de la iglesia… No habrá confusión, porque todos estarán en armonía con el pensamiento del Espíritu… Todos pronunciarán de una manera inteligente la oración que Cristo les ha enseñado: ‘Venga tu reino. Sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra’ (Mat. 6:10)” (ibíd., p. 254 y 255).

 

 Nuestro deber ahora es quitar los obstáculos que en la iglesia han impedido que se produzca “una reforma completa”, y aprender a elevar la oración del Señor.

 


 

Apéndice E

(índice)

 

Breve análisis de las publicaciones entre 1987 y 1988

 

En la providencia de Dios, el año 1988 fue designado como el del centenario conmemorativo de la asamblea de la Asociación General que tuvo lugar en Minneapolis. Lo que hasta entonces había sido un asunto casi totalmente desconocido -o bien prohibido-, vino a ser ahora un tema habitual de conversación a nivel mundial. Gracias a Dios por ese renovado interés. Hay muchos en nuestro pueblo que no se darán por satisfechos hasta no haber descubierto la plena verdad.

 

Desde la primera impresión de este libro, en agosto de 1987, han visto la luz diversas publicaciones significativas formando parte de la “celebración” del centenario de 1988:

 

(1) The Ellen G. White 1888 Materials (Ellen G. White Estate, 1987). Es digno de todo elogio que los Fideicomisarios del patrimonio White hayan publicado esa vasta colección de 1.812 páginas en su contexto. Es evidente su intención de no retener nada significativo. E. White tiene permiso por fin para hablar sin impedimento sobre esas cuestiones. De haberse publicado décadas atrás, hoy podría estar resuelta gran parte de la confusión relativa a 1888. Puesto que el Espíritu Santo ha confirmado siempre el “testimonio” de E. White, esa publicación debe significar en la providencia del Señor un paso de gigante hacia el reavivamiento y reforma finales.

 

La lectura de esos documentos produce una satisfacción comparable a la que deja una comida nutritiva. Uno no queda con dudas recurrentes ni con interrogantes insatisfechos respecto a lo que podría estar oculto bajo las sombras, ya que dichas sombras desaparecen.

 

Se expone claramente la verdad de que el liderazgo de esta iglesia rechazó “en gran medida” el comienzo de la lluvia tardía y fuerte pregón, mientras hacía profesión expresa de aceptar la “justicia por la fe”. Queda claro además que las “confesiones” posteriores a Minneapolis no revirtieron de modo alguno la tragedia. Y las declaraciones de apoyo ilimitado al contenido doctrinal del mensaje por parte de E. White, resultan ser más numerosas y enfáticas de lo que aparentemente nadie haya percibido con anterioridad. Es posible encontrar en esas 1.812 pá­ginas declaraciones de ese tipo, en número cercano al millar.

 

Leer esos documentos en su pureza, fotocopiados a menudo de originales en imperfecta dactilografía, con enmiendas de la propia pluma de E. White, es una experiencia sobrecogedora. ¿Cómo pudo aquella pequeña gran dama mantenerse virtualmente sola, enfrentada a casi todo el liderazgo de esta iglesia, escribiendo esa ingente cantidad de correspondencia sin expresar en el calor de la controversia ni una sola frase que resulte embarazosa un siglo después? La mensajera del Señor emerge como gigante en la escena de 1888, vindicada tanto en sus posicionamientos como en el espíritu que demostró. Nada que hayan publicado los Fideicomisarios de E. White con anterioridad la acredita de la forma en que lo hace esa imaginativa efusión de fervor brotado del corazón.

 

E. White no expresó nunca una palabra de crítica hacia la teología que predicaron Jones y Waggoner sobre la justicia por la fe, desde 1888 hasta 1895 y 1896. Quienes denigran el mensaje de 1888 en el centenario, se basan exclusivamente en una frase que parece contener una expresión crítica, pero es posible que la estén sacando de su contexto, e incluso que la citen de forma incorrecta. En esa frase aislada, registrada estenográficamente en 1888, declara: “Algunas interpretaciones de la Escritura hechas por el Dr. Waggoner yo no las veo correctas" (Ms 15, 1888).

 

El estenógrafo pudo no haber recogido el énfasis que E. White le dio a ese “yo”, pero en su con­texto inmediato está claro que no encontró falta en el contenido doctrinal del mensajero. Al contrario, quiso poner de manifiesto que estaba dispuesta a renunciar a sus opiniones personales a fin de recibir mayor luz por medio de Waggoner: “Quiero tener una mente humilde y disponerme a recibir instrucción como lo hace un niño. Ha placido al Señor proporcionarme gran luz; sin embargo sé que él guía a otras mentes y les abre los misterios de su Palabra, y quiero recibir cada rayo de luz que Dios me envíe, aunque venga del más humilde de sus siervos [una obvia referencia a Waggoner]… Algunas interpretaciones de la Escritura hechas por el Dr. Waggoner yo no las veo correctas. Pero… veo la belleza de la verdad en la presentación de la justicia de Cristo en relación con la ley, tal como el doctor ha expuesto ante nosotros… Lo presentado armoniza perfectamente con la luz que al Señor ha placido darme durante todos los años de mi experiencia. Si nuestros hermanos en el ministerio aceptaran la doctrina que ha sido presentada con tanta claridad… sus prejuicios no tendrían un poder controlador… Elevemos la plegaria de David: ‘Abre mis ojos’” (Ms 15, 1888. Original sin atributo de cursivas).

 

Durante toda una década E. White no expresó otra cosa que no fuera el reconocimiento consistente, frecuentemente entusiasta, de que el Espíritu Santo estaba apoyando el mensaje doctrinal de Waggoner y Jones, mientras la oposición irrazonable que sufrían los aislaba y a veces les provocaba al uso de expresiones desafortunadas, de igual forma en que el antiguo Israel provocó a Moisés a hablar y actuar apresuradamente. La famosa carta que escribió a Jones el 9 de abril de 1893 elogia inequívocamente su teología, a la vez que lo previene contra el recurso a expresiones extremadas para defenderla.

 

Aunque los mensajeros de 1888 eran humanos como lo somos todos, no hay el menor vestigio por parte de E. White de que en aquellos años tempranos manifestaran una falta de espíritu cristiano respecto a sus hermanos; ninguna evidencia de que la rudeza o el espíritu abrasivo por su parte proporcionara justa causa a sus hermanos para oponérseles de aquel modo. Esos cuatro volúmenes parecen dejar claro que las críticas contra Jones y Waggoner publicadas en el centenario perpetúan la incredulidad de 1888. Eso resulta sorprendente tras un siglo de historia adventista. No menos que el continuo rechazo a Cristo y sus apóstoles de parte de los judíos por dos mil años.

 

Pero la “exposición” de la verdad “alumbra” (Sal. 119:130). Con la publicación de esos cuatro volúmenes hemos recuperado por fin el buen rumbo, y a partir de ahí podemos esperar que el Señor obre. El erudito lo pensará ahora dos veces antes de publicar interpretaciones incorrectas del testimonio de E. White sobre 1888, pues hasta el laico más humilde puede consultar por sí mismo las fuentes originales.

 

(2) Manuscripts and Memories of Minneapolis 1888 (Pacific Press, 1988). Esa colección complementaria de 591 páginas consiste en diversos documentos escritos por otros personajes contemporáneos de Jones y Waggoner. Revelan cómo muchos de los hermanos dejaron un registro de ceguera espiritual y resistencia al Espíritu Santo en un tiempo de oportunidad escatológica sin precedentes. Eran todos hombres esforzados y diligentes, con­sagrados a la causa de la iglesia, y hacían profesión de creer el evangelio; pero al mismo tiempo, con pocas excepciones, demostraron una insensibilidad hacia la actual dirección y enseñanza del Espíritu Santo según “la verdad del evangelio”. Y los más prominentes de entre ellos habían dispuesto sus corazones en decidida oposición hacia E. White.

 

Es significativo que según esos documentos, ninguno de los que confesaron haberse opuesto al mensaje de 1888 aduce como excusa que la personalidad de Jones o Waggoner lo motivara al rechazo. Teniendo en cuenta la facilidad que tiene la naturaleza humana para auto-justificarse, de haber existido cualquier debilidad en la personalidad los mensajeros, habría sido ávidamente explotada por sus oponentes.

 

Dos hermanos que criticaron la personalidad que Jones tenía en 1888, esperaron 42 años para hacerlo, pero uno de ellos (W.C. White), en una declaración de cálida recomendación hecha en 1889, contradecía extrañamente su posterior testimonio despectivo escrito en 1930. En 1931 A.T. Robinson recuerda los comentarios incisivos de Jones a Uriah Smith en Minneapolis a propósito de los “diez cuernos”, pero por aquel tiempo parece que el episodio no impresionó a E. White lo suficiente como para mencionarlo en sus diarios o en sus exhaustivos informes sobre Minneapolis. Tampoco lo recogió ninguno de los demás autores en sus colecciones respectivas.

 

Ese incidente aislado tuvo aparentemente un impacto menor en 1888, ante la evidencia del firme e inequívoco apoyo del Espíritu Santo. O bien el paso del tiempo sobreimpuso la imagen del Jones de después del 1903 en las memorias tempranas de Robinson, o bien el espíritu de Jones en aquel comentario no era como había supuesto Robinson.1

 

1 [J.S. Washburn nos habló sobre ese incidente en 1950, pero su contexto es también muy favorable a Jones, como demuestra el hecho de poseer “credenciales del cielo” por aquel tiempo (ver transcrito de la entrevista del 4 de junio del 1950, publicada en 1888 Message Study Committee Neswletter, 2934 Sherbrook Drive, Uniontown, Ohio, 1988)]

 

Resulta patético leer hoy esa vasta correspondencia de los dirigentes de la iglesia, comprobando cómo manejaban los asuntos de la forma acostumbrada como si nada pasara, en un tiempo en que hoy sabemos que fue de oportunidad escatológica sin precedentes.

 

(3) From 1888 to Apostasy - The Case of A.T. Jones, George R. Knight (Review & Herald, 1987). Ese volumen especial de la serie "Centenario de 1888" es un esfuerzo transparente por desacreditar tanto a Jones como al mensaje que el Señor le dio para esta iglesia. El libro reconoce abiertamente que el mensaje fue rechazado en Minneapolis y posteriormente, lo que constituye un paso hacia la realidad; pero presenta un cuadro confuso al presentar un Dios poco sabio, que eligió mal a su mensajero y a su ingenua profetisa, erróneamente entusiasmada por el mensaje y por el mensajero.

Sacando provecho de todo posible defecto –real o imaginario– en la personalidad y ministerio de Jones, e imputándole a menudo motivos perversos de forma gratuita, el autor lo presenta como un hombre de “lengua descuidada y expresión ruda”, que empleaba “lenguaje sensacionalista”, con “actitudes pomposas”, “confiado de sí mismo”, “egoísta”, un hombre que “nunca dominó el arte de… la cortesía cristiana”, que tenía “una personalidad abrasiva y engreída”. Desde su mismo bautismo en Walla Walla, el joven Jones es estigmatizado con ese “persistente problema del extremismo”.

 

¿Por qué elegiría el Señor a un hombre así?

 

El libro rechaza el mensaje del evangelio que Jones presentó, por contener “mezcla de error”. La implicación es clara: es peligroso aceptarlo. Se culpabiliza específicamente a Jones por la grave responsabilidad de apadrinar la herejía panteísta, así como la de la “carne santa”, aparecidas hacia final de siglo.

 

Muchos lectores que no tienen posibilidad de comprobar las fuentes originales concluirán, a la luz de eso, que nada de lo que la quijotesca figura de Jones dijese es hoy digno de seria consideración. Tal parece ser la tesis del libro.

 

Pero si uno investiga lo que escribió por aquel tiempo E. White sobre el carácter y el mensaje de Jones, surge un problema: La profetisa lo describe como quien “lleva la palabra del Señor”, como siendo “el mensajero delegado de Cristo”, un “hombre a quien Dios ha comisionado…         [con] la demostración del Espíritu Santo”, un “siervo escogido… a quien Dios está empleando”. Jones es uno de los dos únicos pastores adventistas en la historia, de quienes E. White haya declarado que “tenían credenciales del cielo”.2 ¿No resulta extraño que se publique y promocione en nuestra celebración del centenario de 1888 una representación tan envilecida de Jones? ¿Es natural que las naciones o las iglesias denigren a las figuras objeto de la celebración, en los centenarios que pretenden conmemorarlas?

 

2 [Para consultar las citas de Knight y de E. White, ver A.T. Jones: The Man and the Message (1888 Message Study Committee, 2934 Sherbrook Drive, Uniontown, Ohio, 1988)].

 

Knight se adhiere al concepto erróneo de que el mensaje de 1888 se perdió. Pero las entusiastas declaraciones de apoyo de E. White hacia el mensaje de Jones y su forma de presentarlo continuaron durante casi una década después de 1888, indicando que “el mensaje” es mucho más que las supuestamente perdidas presentaciones de Minneapolis. Años después dijo, expresándose en tiempo verbal presente: “El mensaje dado por A.T. Jones… es un mensaje de Dios a la iglesia de Laodicea”. “Dios [lo] ha sostenido… [le] ha dado luz preciosa” (Carta S24, 1892; Carta 51a, 1895).

 

Durante esa década E. White se expresó de forma entusiasta, incluso en referencia a la personalidad y forma de predicar de Jones, en contradicción con la citada acusación de lenguaje torpe y abrasivo: “presentó [el mensaje] con belleza y hermosura”, “con luz, gracia y poder”. Oyéndole, nuestro pueblo “vio la verdad, la bondad, la gracia y el amor de Dios como nunca antes las habían visto”. E. White consideró “un privilegio estar a su lado [de Jones] y dar mi testimonio junto al mensaje para este tiempo” (Review & Herald, 27 mayo 1890; 12 febrero 1889; 18 marzo 1890; Carta, 9 enero 1893). Es realmente difícil armonizar esas palabras con la “engreída” y “abrasiva” personalidad que nuestros escritores del centenario le atribuyen. ¿No se habría sentido E. White consternada estando al “lado” de un hombre como el que describe Knight?

 

Pero el libro no fundamenta el descrédito a Jones en la imaginación de nuestros contemporáneos. Hay ciertamente fuentes históricas que son críticas hacia el mensajero. A.T. Jones tuvo en su día enemigos que lo tacharon de “fanático, extremista, y maniático”, que “criticaron y despreciaron, y hasta se detuvieron a ridiculizar a los mensajeros mediante los cuales el Señor ha traído poder” (Testimonios para los ministros, p. 97; The Ellen G. White 1888 Materials, p. 904). Pero se trataba de opositores incrédulos que estaban resistiendo la dirección del Espíritu Santo. ¿Por qué se les concede más crédito que a la propia E. White?

 

Las manifestaciones de apoyo del Señor hacia Jones son dignas de la más seria consideración, ya que E. White afirmó que “acusar y criticar a los que Dios está empleando, es acusar y criticar al Señor que los ha enviado”. A los que se oponen “se les preguntará en el juicio: ‘¿Quién requirió esto de vuestra mano, que os levantaseis contra el mensaje y los mensajeros que yo envié a mi pueblo con luz, con gracia y con poder?’” (Testimonios para los ministros, p. 466; Carta, 9 enero 1893, reproducida en The Ellen G. White 1888 Materials, p. 1126).

 

La acusación de que Jones apadrinó virtualmente el fanatismo de la “carne santa” descansa literalmente en una palabra que él empleó en un artículo editorial de 1898, y que resulta ser una citación directa del apóstol Pablo. El contexto de ese artículo del 22 de noviembre es la reforma pro-salud, para nada relacionada con la carne santa. De igual forma, la acusación de que Jones creyó o predicó el panteísmo, se basa exclusivamente en las asunciones o prejuicios de terceros. No se presenta ni una sola frase procedente de Jones, que evidencie que creyó o enseñó tal cosa.

 

Ese puede parecer un detalle sin importancia, pero la integridad del “preciosísimo mensaje” que el Señor envió a su pueblo es el verdadero asunto en tela de juicio. Si ese mensaje induce al panteísmo a quienes creen en él, E. White debió estar tremendamente equivocada, porque entonces el mensaje habría sido peligrosísimo, no “preciosísimo”. Pero en el caso de Jones no le condujo al panteísmo, demostrando así que no fue ese el factor que llevó a Waggoner a aquel error. Lo que condujo al problema del panteísmo (en realidad pan-enteísmo) fue el clima de rechazo de su mensaje de 1888; no la aceptación del mismo.

 

Pero Knight justifica su acusación proponiendo una nueva definición de panteísmo. La auténtica definición es la de un “Dios” impersonal presente en la hierba, en los árboles, etc. En contraste, para Knight la peligrosa fuente del panteísmo es el concepto de 1888 de un Dios personal en estrecha comunión con nosotros, relacionando la experiencia de la justificación por la fe en el corazón del creyente con “la doctrina del santuario celestial y su purificación”. “El concepto del poder de Cristo morando [en el creyente]… inherente al mensaje de 1888… cuando se lo lleva demasiado lejos… atraviesa fácilmente la barrera del panteísmo”, según su libro.

 

Pero esa definición gratuita del panteísmo lleva a problemas insuperables, ya que lógicamente implica que el autor de Hebreos también era panteísta, lo mismo que E. White. Tampoco se libra el propio Jesús, quien llevó muy “lejos” el “concepto” al asegurar a sus seguidores que el Espíritu Santo, su vicario, no solamente estaría “con vosotros para siempre” (Juan 14:16), sino que “será en vosotros” (vers. 17). Y es que probar demasiado equivale a no probar nada.

 

Hay en verdad evidencia de que Jones se volvió rudo y abrasivo en un período de su vida. Dejó de aferrarse a la gracia de la mansedumbre y se entregó a la amarga crítica de sus antiguos hermanos. Pero tal cosa sucedió más de una década después de Minneapolis. Hay “dos” Jones: (a) el “siervo de Dios”, desde 1888 a 1903, que en general honró su cometido y justificó sus “credenciales del cielo”, si bien revelando en ocasiones debilidades humanas; y (b) el Jones de después de 1903, quien extravió trágicamente su camino. Los que modernamente se oponen a Jones, confunden a los dos. Los años realmente álgidos fueron los comprendidos entre 1888 y 1893, ya que la oposición se había empedernido de tal forma en aquel período, que nuestro subsiguiente largo vagar por el desierto se hizo inevitable tras 1893. El registro de Jones durante esos años tempranos es inconfundible.

 

La literatura del centenario no presta atención a un ingrediente fundamental olvidado en la fascinante historia: Durante esos años tempranos caracterizados por su fidelidad, Jones padeció grave “persecución” “anticristiana”, por tomar prestadas las palabras de E. White (General Conference Bulletin 1893, p. 184). El impacto acumulativo de esa persecución acabó por desintegrar y trastornar sus facultades espirituales. El Señor no pudo equivocarse al elegirlo a él para aquel singular papel de ser heraldo del  “comienzo” del mensaje del fuerte pregón. Tampoco se equivocó E. White al darle apoyo. El fracaso tardío de Jones fue consecuencia “en gran medida” de nuestro severo rechazo al mensaje. Eso lo comparó E. White en repetidas ocasiones con el espíritu de los antiguos judíos al rechazar a Cristo.

 

El fracaso de Jones tiene, pues, algo que ver con lo que E. White calificó de insulto al Espíritu Santo por parte de nuestros hermanos. Cuando comenzó a venir el Espíritu Santo en forma de la bendición de la lluvia tardía y fue “insultado”, debió retirarse. La bendición de la lluvia tardía tuvo que retirarse en el momento en el que era más desesperadamente necesaria. Pero el tiempo no se puede parar. La historia continuó y se desarrollaron toda clase de males. Así fue quedando conformada nuestra historia denominacional.

 

Knight insiste en que E. White no estaba preocupada por los aspectos doctrinales o teológicos del mensaje de Jones o Waggoner. Pero los propios escritos de ella demuestran un profundo interés por esos aspectos. Knight urge a la iglesia a “empezar a vivir la solícita vida cristiana, ahora”, pero sin prestar atención al “preciosísimo mensaje” enviado por el Señor, que es lo único que puede hacer realidad una reforma tal. De esa manera, su posición revierte el avance del reloj de la reforma y desvirtúa cien años de historia.

 

En tiempos anteriores a Minneapolis E. White urgió frecuentemente a la iglesia a que empezara a “vivir la solícita vida cristiana, ahora”. Pero se lamentó de que sus exhortaciones habían resultado poco eficaces. Se alegró sobremanera cuando llegó el mensaje de Jones y Waggoner, ya que comprendió que habría de transformar los imperativos adventistas en gozosas habilitaciones. La posición de Knight significa la reiteración del rechazo de 1888 en adhesión a los imperativos legalistas populares, mientras denigra las capacitaciones evangélicas implícitas en el mensaje de 1888 que Dios envió.

 

 (4) La “Edición del centenario” de Adventist Review del 7 de enero de 1988 pretende honrar el mensaje de 1888, mientras que en realidad lo desprecia al afirmar que “el mensaje de Jones y Waggoner contenía mezcla de error”. Equivale a decir: ¡Huyamos de su mensaje! Es significativo que en toda esa colección de publicaciones no se permite a los mensajeros decir ni una sola palabra, declarándolos virtualmente persona non grata de forma aún más contundente que el editor de la Review de hace un siglo. Los puntos esenciales característicos del mensaje no hallan cabida en esa edición. En contraste, Lutero, Paul Tournier, y hasta Uriah Smith, el más destacado antagonista al mensaje, tienen permiso para hablar.

 

(5) Ministry, International Journal for Clergy, febrero de 1988, edición especial dedicada a la justicia por la fe. Presentamos en cursivas nuestro breve resumen de los puntos principales presentados por los diversos autores. Escribimos a continuación nuestros comentarios (párrafos desplazados a la derecha) sin intención de crítica ni de buscar faltas. Consideramos una bendición que se haya publicado esta revista, pues ha llevado a muchas mentes investigadoras al estudio de esos temas. Añadimos esos comentarios teniendo siempre presente la brevedad del tiempo, mientras el Señor comisiona a los cuatro ángeles a que retengan los cuatro vientos todavía por un poco más de tiempo:

 

(a) “La Asamblea de 1888 estuvo señalada por la abierta rebelión contra E. White por parte de gran número de nuestros pastores. En cierto momento E. White llegó a preguntarse si Dios no tendría que suscitar otro movimiento; sin embargo se restauró su confianza en que Dios dirigía a su iglesia. La mayoría de los delegados, ‘los pastores en general’, ‘casi todos’, se opusieron al comienzo del glorioso mensaje del fuerte pregón” (cf. p. 4 y 6).

 

Este primer artículo significa un cambio radical de postura, tras décadas de insistencia en el punto de vista opuesto por parte del liderazgo (consistente en que casi todos los delegados de 1888 aceptaron el mensaje). Es reconfortante que se reconozca ahora la verdad de la historia de 1888, y el Señor, en su momento, puede añadir a eso sus bendiciones. Coincidimos de todo corazón en la confianza que expresa el artículo de que la verdad triunfará por fin, y de que la iglesia responderá a la dirección del Señor. El conocimiento de la verdad de nuestra historia ha de preparar a la iglesia para el arrepentimiento y reconciliación con el Espíritu Santo.

 

(b) “No sabemos realmente en qué consistió el mensaje de 1888, ya que en Minneapolis no se registraron taquigráficamente las presentaciones de Jones y Wag­goner. Hemos de confiar en las predicaciones y escritos de Ellen White, y en lo que asumen los autores modernos que fue el mensaje” (cf. p. 15 y 16, 23-33).

 

El mensaje de Jones y Waggoner no se reduce a las presentaciones supuestamente perdidas de Minneapolis. Las declaraciones de apoyo de E. White a las predicaciones de los mensajeros continuaron hasta 1896 e incluso después. Por ejemplo, su famosa declaración referida al mensaje como siendo “preciosísimo” no menciona Minneapolis ni 1888, sino que está fechada en 1896. (L.E. Froom declaró que la viuda de Waggoner le manifestó haber registrado taquigráficamente las presentaciones de su marido en 1888, y que aquel fue el material que adaptó y expandió para sus artículos editoriales de 1889 en Signs, su libro Christ and His Righteousness de 1890, y The Glad Tidings).

 

E. White escribió libros maravillosos, tales como El camino a Cristo y El Deseado de todas las gentes. Pero la profetisa nunca dio a entender algo parecido a que sus escritos dejasen obsoleto el mensaje de Jones y Waggoner. Tampoco sugirió jamás que sus libros presentasen el mensaje de la lluvia tardía o el fuerte pregón, como afirmó en relación con el mensaje de 1888. Se han distribuido millones de ejemplares de El camino a Cristo sin que se haya derramado todavía la lluvia tardía. ¿Por qué? Otro milenio de recepción de la lluvia temprana no va a producir la maduración del grano para la cosecha, ya que es esencial la lluvia tardía. ¿Es sabio depreciar el mensaje que E. White declaró que marcó su comienzo?

 

(c) “El mensaje de la justicia por la fe, tal como lo presentaron Jones y Waggoner, contenía error. Condujo a las herejías de la “carne santa” y al panteísmo. E. White criticó el mensaje que predicaron y lo encontró defectuoso” (cf. p. 13 y 61).

 

Los que acusan al mensaje de contener error, lo hacen basándose en esta frase excepcional y aislada de E. White: “Algunas interpretaciones de la Escritura hechas por el Dr. Waggoner yo no las veo correctas” (Ms. 15, 1888). Aislar esa frase de su contexto y darle ese significado equivale a hacer que la profetisa contradiga literalmente cientos de otras declaraciones suyas que expresan el apoyo más categórico que cabe imaginar. Sólo una metodología defectuosa puede interpretar esa frase como una crítica a la teología de Waggoner, habida cuenta de que en la misma página E. White sigue escribiendo: “Lo presentado armoniza perfectamente con la luz que al Señor ha placido darme”. Unos días después añadió: “Cuando… oí por vez primera los puntos de vista del pastor E.J. Waggoner… declaré que estaba oyendo pronunciar preciosas verdades a las que podía responder de todo corazón”. “Cada fibra de mi corazón decía Amén” (Ms. 24, 1888; Ms. 5, 1889). Poniendo el “yo” en cursivas, como bien pudo haber hecho E. White en aquella frase del Ms. 15 de 1888, desaparece toda contradicción. Lo que está afirmando es su pronta disposición a abandonar opiniones personales preconcebidas, en favor de una mayor luz.

 

La prueba definitiva del mensaje singular de Jones y Waggoner es el testimonio de las Escrituras. Y también aquí es sólida la evidencia.

 

(d) “Entre 1888 y 1896, la culpa del rechazo de los dirigentes al mensaje recae en buena parte sobre Jones y Waggoner, quienes por aquel tiempo eran básicamente personas sin convertir, ‘orgullosos, tercos’. Al presentar su mensaje de justicia por la fe, manifestaron un espíritu carente de santidad” (cf. p. 11, 13 y 61).

 

Ninguna evidencia de parte de E. White sustenta esas oscuras acusaciones. Tampoco encontramos evidencia alguna en la recientemente publicada correspondencia de sus contemporáneos entre 1888 y 1896. Es difícil entender cómo el Señor habría podido escoger dos mensajeros para una obra especial en 1888, de haber sido cierto que en aquel tiempo eran personas faltas de conversión, rudos, odiosos, arrogantes, orgullosos, tercos, malhumorados o ásperos.3

 

3 [En una carta escrita a Jones mucho tiempo después de haber “apostatado”, E. White dijo que “todavía no se había convertido cabalmente” (19 noviembre 1911). Si el “todavía” se refería al tiempo en que el Señor lo sostuvo en sus labores, se nos plantea un serio problema con las declaraciones de apoyo de E. White y con su experiencia de obvia contrición en aquel tiempo. La expresión “todavía no”, se refiere con toda probabilidad al tiempo en que E. White le estaba haciendo llamados en el período posterior a 1900, cuando Jones se descaminó, perdiendo por tanto su conversión].

 

(e) “Diversos autores sugieren que la experiencia y la gracia personal son más importantes que la verdad. Otros lo contradicen, afirmando que la experiencia genuina no puede darse sin comprender la verdadera doctrina. Pero el énfasis de este número de Ministry consiste en que no necesitamos la doctrina ni las enseñanzas teológicas del propio mensaje de 1888, y que prestarle seria atención demuestra una mente obstinada” (cf. p. 16 y 61).

 

La justicia por la fe expuesta en la Biblia afirma que el “evangelio… es poder de Dios para salvación” (Rom. 1:16). Consiste en una “verdad del evangelio” cuya doctrina es antagonista con la falsedad de cualquier “otro evangelio” (Gál. 2:5 y 14; 1:8 y 9). “La verdad os hará libres” (Juan 8:32). Incluso si se lo introduce en pequeñas dosis, el error doctrinal corrompe y anula el evangelio. En la hora de la prueba final será imposible tener la “experiencia” correcta estando desprovistos de la plena verdad del evangelio, que comunica el conocimiento salvador que le es intrínseco.

 

 (f) “No hay diferencia entre la ‘fe de la traslación’ y la ‘fe de la resurrección’. Los que permanezcan en pie en el tiempo de angustia final no vencerán ni reflejarán el carácter de Cristo de forma más significativa que los que han vivido en tiempos precedentes” (cf. p. 42).

 

Ese enunciado parece contradecir esto: “Los que vivan en la tierra cuando cese la intercesión de Cristo en el santuario celestial deberán estar de pie en la presencia del Dios santo sin mediador… debe llevarse a cabo una obra especial de purificación, de liberación del pecado, entre el pueblo de Dios en la tierra” (El conflicto de los siglos, p. 478). “En aquel tiempo de tribulación, cada alma deberá sostenerse por sí sola ante Dios… Ahora, mientras que nuestro gran Sumo Sacerdote está haciendo propiciación por nosotros, debemos tratar de llegar a la perfección en Cristo. Nuestro Salvador no pudo ser inducido a ceder a la tentación ni siquiera en pensamiento… Cristo guardó los mandamientos de su Padre y no hubo en él ningún pecado de que Satanás pudiese sacar ventaja. Esta es la condición en que deben encontrarse los que han de poder subsistir en el tiempo de angustia” (Id., p. 680 y 681). Desde los inicios del movimiento adventista nuestro pueblo ha reconocido la naturaleza singular de la fe madura que ha de caracterizar a quienes estén preparados para recibir a Cristo cuando regrese. Si eso no estuviese claramente sustentado en numerosas declaraciones bíblicas y del Espíritu de profecía, se debería repudiar tal como recomienda Ministry. Pero el soporte inspirado es inequívoco y consistente.

 

(g) “Lo que decimos es menos importante que la forma en que lo decimos. En otras palabras: parece menos importante la verdadera doctrina que una personalidad agradable" (cf. p. 61).

 

Llevada a su conclusión lógica, esa posición podría significar la recepción de la marca de la bestia en lugar del sello de Dios, con tal que el proponente despliegue un espíritu más agradable y complaciente. “Muchas personas cultas y de modales afables… son brillantes instrumentos de Satanás” (El conflicto de los siglos, p. 563). El Nuevo Testamento enseña que si bien la verdad tal como es en Jesús hará siempre al creyente semejante a Cristo en espíritu, lo llevará igualmente a contender eficazmente por la verdad en un sentido santificado; y los mensajeros de 1888 lo demostraron de forma notable.

 

(h) “La apostasía de Jones y Waggoner es una advertencia a no confiar en su mensaje. Dicho de otro modo: no puede ser ‘preciosísimo’ si les condujo a la caída” (cf. p. 13 y 61).

 

Eso no armoniza con las diversas declaraciones de E. White a propósito de que el fracaso o apostasía de los mensajeros no invalidaría de modo alguno el mensaje que trajeron. Lo que manifiesta el enunciado es indicativo de haber caído en un “engaño fatal” (Carta S24, 1892).

 

(i) “Ser un reformador es una mala idea por el peligro que encierra. Generalmente se tiene en baja estima a los reformadores” (cf. p. 62).

 

Ser un “reformador” fanático y autoproclamado es indiscutiblemente peligroso, pero cooperar con el Espíritu Santo en la obra de reforma no puede ser peligroso. La iglesia necesita desesperadamente un reavivamiento y reforma genuinos, y hay peligro en esperar que sea otra generación quien la efectúe.

 

(j) “La teología y predicación adventistas son hoy más Cristocéntricas que antes de 1888. Eso es indicativo de un saludable progreso espiritual desde 1888” (cf. p. 62).

 

Eso puede muy bien ser cierto, pero haremos bien en depender del juicio de Cristo, más bien que del nuestro. ¿Ya no es aplicable su mensaje de Apocalipsis 3:14-17? Los elementos esenciales del mensaje de 1888 siguen siendo objeto de oposición e incluso silenciamiento cien años después, y abundan la mundanalidad y la tibieza. Tal no sería el caso si se estuviera proclamando con claridad el evangelio en su pureza, ya que es “poder de Dios para salvación”. Un análisis cuidadoso de las motivaciones puede revelar la existencia de mucho más legalismo implícito en nuestra enseñanza, del que hubiéramos llegado a sospechar.

 

(k) “El mensaje de 1888 fue bien aceptado en la década siguiente a Minneapolis, y el nuevo presidente de la Asociación General, O.A. Olsen (no A.V. Olson) lo apoyó 'de forma entusiasta'” (cf. p. 62).

 

Eso resulta completamente refutado por los testimonios de E. White de 1896, que presentan a Olsen actuando “como Aarón”, sometiéndose en su debilidad a la influencia dominante de manifiestos opositores al mensaje. Ver las claras declaraciones de E. White al propósito, reproducidas en el capítulo 15.

 

(l) “La oración de Daniel en el capítulo 9 no expresa arrepentimiento corporativo sino intercesión. Tampoco apoya la idea de que una generación pueda arrepentirse por los pecados de otra precedente.

 

La revista confunde el concepto de arrepentimiento corporativo, asumiendo que significa una acción formal por parte de la Asociación General reunida en asamblea, reconociendo el error de hace un siglo y lamentándolo de forma 'oficial' mediante un voto” (cf. p. 34-36; 7 y 8).

Pero hay algo más que demanda estudio: La realidad de la culpabilidad que el mundo entero comparte por el asesinato del Hijo de Dios (Testimonios para los ministros, p. 38; El Deseado, p. 694; Rom. 3:19). ¿Son sólo los judíos y romanos de antaño quienes debieran arrepentirse por ese pecado? El Calvario resume la culpabilidad corporativa del mundo: culpabilidad por pecados que podemos no haber cometido personalmente, pero que cometeríamos de no ser por la gracia de Dios, debido a nuestra natural enemistad humana contra él (Rom. 8:7). Todo ser humano comparte esa culpa, a menos que se arrepienta específicamente de ella. La revista Ministry ha de tener también en cuenta la experiencia de Cristo al arrepentirse corporativamente en favor del mundo, como demuestra su bautismo (En los lugares celestiales, p. 252; Review & Herald, 21 enero 1873; General Conference Bulletin 1901, p. 36). El arrepentimiento corporativo bíblico es personal: es el arrepentimiento individual por los pecados de otros, como si fuesen los nuestros, reconociendo que habríamos caído igualmente en ellos de no haberlo evitado la gracia de Cristo. Todos necesitamos al 100% la justicia imputada de Cristo. La confusión en reconocer la verdadera profundidad del arrepentimiento corporativo frustra el mensaje de la justicia de Cristo, permitiendo la pretensión de no necesitar la plenitud de su justicia imputada.

 

No sabemos de ningún pastor o teólogo responsable que haya sido tan ingenuo como para pedir un voto formal en la asamblea de la Asociación General, o siquiera en una comisión, como método de corregir el error de 1888. “Confesión corporativa” ha sido siempre un término inapropiado que confunde la idea. “Arrepentimiento corporativo” es lo apropiado a un pecado corporativo, y gracias a Dios ha sido recientemente reconocido como digno de serio estudio.

 

(m) “Dios ha predeterminado el momento de la segunda venida de Cristo. De ese modo, para evitar una ‘imagen distorsionada’ debemos descartar declaraciones inspiradas que dicen que la hemos retardado por nuestra incredulidad, o que podemos apresurarla mediante el arrepentimiento y la fe verdadera. Se acepta que Cristo ha retardado su venida, pero lógicamente es ‘malvado’ sugerir que nosotros la hemos retardado” (cf. p. 41-45).

 

Eso es lo opuesto a lo que Cristo declara en su parábola. Esa tesis se “basa” en dos declaraciones aisladas de E. White: una realmente mal citada, y ambas aplicadas equivocadamente. Si bien es cierto que se ha demorado el retorno de Cristo, no es él quien lo ha retardado, sino nosotros:

 

(i) “Como las estrellas en la vasta órbita de su derrotero señalado, los propósitos de Dios no conocen premura ni demora” (El Deseado, p. 23). E. White se está refiriendo aquí a la primera venida de Cristo, no a su segunda venida. Obsérvese el contexto: “Fue determinada en el concilio celestial la hora en que Cristo había de venir; y cuando el gran reloj del tiempo marcó aquella hora, Jesús nació en Belén”. El autor presupone que, puesto que hubo un tiempo predeterminado para la primera venida de nuestro Señor, debe suceder lo mismo para la segunda. Pero el momento de la primera venida lo señalaban las profecías de tiempo de Daniel, mientras que el segundo cae en una categoría diferente: “En los días de la voz del séptimo ángel, cuando él comience a tocar la trompeta”, “el tiempo no sería más” (Apoc. 10:7 y 6). Dicho de otro modo: a partir de 1844 no hay más tiempo predeterminado.

 

(ii) “La demora aparente no lo es en realidad, pues en el tiempo señalado vendrá nuestro Señor” (Car­ta 38, 1888). El autor del artículo cita esto posteriormente de forma errada, como siendo “su 'tiempo señalado'", pero el propio Señor explica en qué consiste el “tiempo señalado” (no predeterminado): “Cuando el fruto está maduro, en seguida se mete la hoz, porque la siega ha llegado”. “¡Mete tu hoz y siega, porque la hora de segar ha llegado, pues la mies de la tierra está madura!” (Mar. 4:29; Apoc. 14:15). El autor del artículo no hace referencia alguna a esos dos pasajes bíblicos clave, sino que pretende que E. White virtualmente los contradiga. Más adelante comenta que “E. White dijo efectivamente que Cristo había retardado su venida”, pero lo hace forzándola a emplear el lenguaje del siervo infiel de la parábola. En realidad somos nosotros quienes la hemos retardado.

 

Esa tesis significa la introducción de un elemento de calvinismo en el pensamiento adventista, despreciando la realidad del evento de 1888 en relación con el tiempo de la segunda venida. El conocimiento infinito del Padre no incluye un solo hilo de predeterminismo calvinista (de igual forma en que su perfecto conocimiento de antemano sobre quién se va a salvar o perder finalmente, no determina la salvación o la perdición de cada uno).

 

 “Cuando el carácter de Cristo sea perfectamente reproducido en su pueblo, entonces vendrá él para reclamarlos como suyos. Todo cristiano tiene la oportunidad no sólo de esperar, sino de apresurar la venida de nuestro Señor Jesucristo” (Palabras de vida del gran Maestro, p. 47).

 

“Mediante la proclamación del Evangelio al mundo, está a nuestro alcance apresurar la venida de nuestro Señor. No sólo hemos de esperar la venida del día de Dios, sino apresurarla. Si la iglesia de Cristo hubiese hecho su obra como el Señor le ordenaba, todo el mundo habría sido ya amonestado, y el Señor Jesús habría venido a nuestra tierra con poder y grande gloria” (El Deseado, p. 587 y 588; ver también El evangelismo, p. 503-505).

 

 (n) “Se recomienda ‘The Dynamics of Salvation’ por ser una exposición de la justicia por la fe tan completa y efectiva, que virtualmente hace innecesaria la publicación del propio mensaje de 1888. Hay aquí evidencia de que el liderazgo entiende, cree y predica el mensaje. El prefacio deplora el hecho de que algunos acusen hoy a la dirección de la iglesia por sostener posiciones sobre la justicia por la fe similares a las de quienes se opusieron al mensaje de 1888 hace un siglo” (cf. p. 22-28).

 

(i) Es evidente que eso se ha convertido en una cuestión sensible y con considerable carga emocional. Es cierto que los autores de este libro hemos mantenido durante años que la “justicia por la fe” que es hoy popular entre nosotros, es en gran medida una combinación de la propia de las iglesias guardadoras del domingo, junto con la enseñanza de los que hace un siglo se oponían al mensaje de 1888.

 

(ii) Confesamos interpretar nuestro prolongado vagar por el desierto durante un siglo, así como la tibieza de la iglesia a escala mundial, como evidencia indicadora de haber rechazado el mensaje de 1888 y de haber privado de él a nuestro pueblo. No es nuestra intención mantener posturas antagónicas con nuestros hermanos; que­remos simplemente ser sinceros en declarar nuestras convicciones tal como demanda la conciencia, y queremos hacerlo en un espíritu cristiano de amor y lealtad.

 

(iii) Esa cuestión tiene una importancia vital; creemos que la iglesia mundial debiera considerarla con franqueza. Si nuestra posición es errónea, la iglesia mundial debe rechazarla decididamente. Si estamos en lo correcto, nada podría ser más importante para ponerse del lado de la verdad. Necesitamos analizar con sinceridad el mensaje de 1888 en sus escritos originales, comparándolos con nuestras presentaciones contemporáneas del evangelio. Es posible analizar las motivaciones de las posturas pre­dominantes de la iglesia en las publicaciones denominacionales. Descubriremos que los mensajeros de 1888 dieron un avance a la comprensión doctrinal y práctica, que va más allá del calvinismo y el arminianismo, superando ampliamente a ambos. Esa fue la razón para el entusiasmo de E. White por el mensaje durante una década, un mensaje que recupera la plenitud de las verdades del evangelio con mayor claridad que lo hicieron los reformadores del siglo XVI o que nuestros exégetas de hoy día, y que ha de alumbrar la tierra con la gloria del Señor.

 

(iv) Lo que ese documento busca reivindicar, recuerda la pretensión del presidente de la Asociación General de 1952 en la Conferencia Bíblica de Sligo. Su alegación consistió en que el mensaje presentado allí superaba al mensaje de 1888. Es vano el intento de Ministry por reivindicar que nuestros eruditos han logrado hoy una hazaña similar (superar el mensaje de 1888), y es igualmente vano que tratemos de demostrar que no lo han hecho. Permítase a la iglesia mundial considerar la evidencia objetiva comparando los dos, uno al lado del otro [el mensaje de 1888 en sus escritos originales, y nuestras presentaciones actuales del evangelio].

 

(v) Estos son algunos de los conceptos singulares de 1888: la justificación legal y la eficacia de la justicia por la fe; las gloriosas buenas nuevas que derivan de la comprensión de los dos pactos; el portentoso poder de Cristo para salvar del pecado continuado; su proximidad al tomar nuestra naturaleza humana pecaminosa; la iniciativa del Espíritu Santo en salvar a los perdidos; la iniciativa del buen Pastor en buscar sus ovejas perdidas; la posibilidad de vencer todo pecado tal como Cristo venció en nuestro favor; la certeza de una generación final que refleje la perfección del carácter de Cristo; la relación práctica de la purificación del santuario celestial con la purificación de los corazones humanos; la motivación centrada en el honor de Cristo, que trasciende el afán egocéntrico de recompensa o de escapar al castigo; la realidad de que son los perdidos quienes toman la iniciativa de perderse, y la verdad de que el sacrificio de Cristo realizó mucho más que disponer una mera provisión que no hace nada a menos que hagamos primeramente alguna cosa: Cristo dio su sangre por el mundo, por lo tanto el mundo le debe su vida presente. El mensaje de 1888 exploró las profundidades de la expiación de una manera en que la iglesia y el mundo están todavía en necesidad de comprender y apreciar.

 

Con excepción de unos pocos extractos cortos de Waggoner citados por uno de los autores, a ninguno de los mensajeros de 1888 que E. White apoyó se le permite hablar en Ministry. Esa revista de 64 páginas pretende estar dedicada a 1888, sin embargo el lector no puede encontrar en ella el menor indicio del auténtico mensaje, tal como “en su gran misericordia el Señor envió a su pueblo por medio de los pastores Waggoner y Jones” (Testimonios para los ministros, p. 91). La razón es sin duda que los redactores saben que cada uno de los elementos singulares de ese mensaje es hoy causa de controversia, de modo que el propio mensaje de 1888 se ha convertido en nuestros días en la piedra de tropiezo y la roca de ofensa para la iglesia adventista, lo mismo que vino a ser Cristo para los judíos de antaño.

 

(6) La Adventist Review del 7 de enero de 1988 recomienda en su página 21 el libro Perfect in Christ (Helmut Ott, Review & Herald, 1987), que se centra “en dos temas de la asamblea de 1888: la obra que Cristo desempeña actualmente para asegurar la salvación de quienes lo aceptan, y la perfectamente suficiente justicia de Cristo, imputada a los hombres mediante la fe”.

 

Pero la tesis básica del libro está en directa contradicción con el mensaje de la justicia de Cristo de 1888. El autor manipuló tan hábilmente las Escrituras y las declaraciones de E. White, que los redactores de la Review asumieron que el manuscrito enseñaba una justicia por la fe válida.

 

La idea básica consiste en que nuestro poderoso Salvador es en realidad tan débil, que nunca llega a capacitar a los “creyentes para desarrollar una justicia perfecta, o para alcanzar la plenitud espiritual”, como tampoco para demostrar su justicia “en el registro personal de sus vidas”. El pecado continuado y la injusticia en la vida práctica, resultan convenientemente cubiertos por la sustitución legal de la perfecta justicia de Cris­to. El autor exagera y distorsiona la posición auténtica, para poder ridiculizarla a continuación despectivamente: Los “creyentes” “de hecho, no logran” “la perfecta justicia… en el registro personal de sus vidas”.

 

Pero lo realmente decisivo no es si los creyentes van a lograr un carácter semejante al de Cristo, sino si mediante la fe en él van a demostrar ese carácter “en el registro personal de sus vidas”. Las Escrituras declaran de toda forma posible que sí lo van a hacer.

 

El libro pierde de vista el concepto de 1888 de la justificación por la fe: La declaración legal de justificación resultante del sacrificio de Cristo se aplica a “todos los hombres”, “al mundo” (Rom. 5:18; 2 Cor. 5:19; 1 Juan 2:2; Juan 1:29, etc.), pero aquellos que responden a las buenas nuevas, los que creen, experimentan la justificación por la fe, y son hechos así verdaderamente obedientes a todos los mandamientos de Dios. El instrumento que opera ese milagro es “la fe que obra por el amor”. De esa forma, el pueblo de Dios demostrará “en el registro personal de sus vidas” una obediencia genuina.

White Estate publicó a principios del año 1988 un “Análisis” del libro de Ott, concluyendo que es incomprensible que ese libro se hubiera podido imprimir en una casa publicadora adventista. El análisis demuestra que el libro “deja sin efecto el testimonio del Espíritu de Dios” tal como lo presentan los escritos de E. White, y que los argumentos empleados están caracterizados por la misma tergiversación e interpretación fraudulenta que hace Desmond Ford de los escritos de E. White (20 enero 1988).

 

(7) Grace on Trial, de Robert J. Wieland, es el manuscrito de un libro solicitado en 1987 por el equipo editorial de Pacific Press, con la intención de ponerlo en circulación para las reuniones campestres de 1988. Fue debidamente sometido al consejo editorial, de acuerdo con los protocolos habituales en la denominación. Tras examinar el manuscrito, los editores votaron su publicación y pusieron en marcha el proceso de producción. Cuando dicho proceso se encontraba en sus etapas iniciales, la Asociación General intervino y los forzó a rechazarlo.

 

Si Pacific Press lo hubiera publicado, se habría tratado del primer libro de la serie del centenario que permitiera a los mensajeros de 1888 presentar el mensaje en sus propias palabras.

 

(8) What Every Adventist Should Know about 1888 (Arnold V. Wallenkampf, Review & Herald, 1988) es un hito en nuestra historia denominacional. Es una versión expandida de cuatro artículos no publicados que el Dr. Wallenkampf escribió en 1979. El libro contradice de forma contundente la tesis de “soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad” característica de las principales obras publicadas con respaldo oficial sobre 1888 en los pasados cuarenta años.

 

El autor deja sobradamente claro que “la mayoría de pastores en la asamblea [de 1888]” resistieron y rechazaron el precioso mensaje, y que la resistencia continuó “con el paso de los años”. El autor declara que el nuestro ha venido siendo un “estado de rebelión contra Dios”. Los dirigentes adventistas “trataron cruelmente” al Espíritu Santo, con “palabras duras... dirigidas contra el propio Cristo”. Nuestra verdadera historia es una “psicosis de grupo”, una “traición y crucifixión de Jesús” que “deja anonadada la imaginación”. Estamos en necesidad de aprender a “no seguir ciegamente a los dirigentes”. “Si la mayoría de los delegados en la asamblea de Minneapolis no hubiesen seguido a sus dirigentes en el rechazo al mensaje de 1888, Ellen White no habría dejado implícito que en aquella asamblea Cristo fue crucificado de forma figurada”.

 

Wallenkampf señala que el arrepentimiento de los opositores más influyentes al mensaje “no fue de todo corazón, ni completo”. En la década que siguió a Minneapolis “se fue consolidando de forma casi imperceptible una oleada silenciosa de oposición”. “Hacia 1899, la justicia de la iglesia había llegado a resultar nauseabunda para nuestro Salvador". El exilio de E. White a Australia estaba relacionado con la incredulidad de 1888: “El malestar de ciertos dirigentes influyentes hacia ella y sus mensajes, fue en gran medida el caldo de cultivo donde se fraguó el plan para llevarla a Australia en 1891”. La situación no mejoró gran cosa tras 1901: “Por toda apariencia, en el período comprendido entre los años 1902 y 1904 la iglesia corría serio peligro de caer de nuevo en el mismo estado previo a la asamblea de Minneapolis”. E. White no creía “antes de su muerte en 1915 que la mayoría de los adventistas del séptimo día hubiera aceptado el mensaje de 1888 como una experiencia personal”. En 1926 A.G. Daniels (ex presidente de la Asociación General) “creía que la iglesia adventista seguía todavía en espera de la experiencia que Dios había deseado otorgar en Minneapolis”.

 

Según Wallenkampf, nuestra pretensión de que el rechazo inicial vino a convertirse después en “aceptación entusiasta” ha sido la causante de la trágica incredulidad que existe hoy. “Si no presentamos una exposición veraz de la historia de la asamblea de la Asociación General de 1888 y lo que siguió después, estamos perpetuando como denominación el pecado cometido en Minneapolis en 1888. Actuando así, nos unimos a nuestros antepasados espirituales y virtualmente crucificamos de nuevo a Cristo en la persona del Espíritu Santo”.

 

Por fin se expresa con franqueza un dirigente de la Asociación General: “Corresponde a nosotros como pueblo el confesar que por largos años hemos venido intentando encubrir el virtual rechazo al mensaje de 1888… Dios quiere que todos sus seguidores sean honestos y sinceros”. “Nuestra responsabilidad actual es decir la verdad sobre la asamblea de Minneapolis en 1888 y lo que vino en consecuencia. No hay virtud alguna en pretender que todo ha estado bien, siendo que tal no es el caso”.

 

Son sus palabras, no las nuestras, y decimos ¡Amén!

 

¡Ojalá que en su gran misericordia el Espíritu Santo nos capacite a todos en este año del centenario para ser sinceros! Él puede otorgar reavivamiento, reforma y arrepentimiento si simplemente aceptamos la plena verdad, y dejamos de reprimirla o negarla. Eso traerá reconciliación con Cristo y curará nuestras luchas internas. 100 años es ciertamente tiempo suficiente para afrontar la realidad del llamado al arrepentimiento que hace Cristo al “ángel de la iglesia en Laodicea”. (Wallenkampf reconoce que ese “ángel” es el liderazgo de la iglesia adventista del séptimo día, y que nuestra negación durante décadas ha producido tibieza y letargo en la iglesia a escala mundial). Ahora es evidente que Cristo ha estado esperando por demasiado tiempo. No podrá soportar sus nauseas por siempre.

 

Se está dando un progreso definido en el año del centenario de 1988. El que se centre la atención denominacional en 1888, su historia y su mensaje, incluso mediante información equivocada, puede ser bendecido por el Señor haciendo que despierten muchas mentes. La juventud confundida por el adventismo contemporáneo se sentirá especialmente atraída por ese interés renovado. Y el Espíritu Santo permite incluso la publicación de falsedades, a fin de que sean superadas por delineaciones más precisas y profundas de la verdad. (Wallenkampf se opone a la idea del arrepentimiento corporativo, pero da sincera evidencia de no comprenderlo. La ridiculización ampliamente difundida en 1988 sobre la necesidad de un arrepentimiento corporativo y denominacional no va a ser obstáculo para que el Espíritu Santo despierte a muchas mentes nobles, llevándolas a ponderar más profundamente el llamado de Cristo en Apocalipsis 3:19. Sería lamentable que dirigentes adventistas se dedicaran a acumular desprecio sobre el llamado del Testigo fiel).

 

Confiemos en que esta generación llegue a reconocer nuestra verdadera necesidad espiritual como pueblo, y experimente hambre y sed de la justicia (por la fe) que el Señor intentó darnos en su gran misericordia. El arrepentimiento no podemos producirlo nosotros mismos, y aún menos forzarlo mediante la publicación de evidencia documental abrumadora. Sigue siendo el precioso don de Dios.

 

Confiamos y oramos para que en su gracia lo otorgue a esta generación.

 


 

Tapa posterior

 

La modesta reunión de delegados en la asamblea de 1888 de la Asociación General Adventista en Minneapolis se ha convertido en el punto crucial de interés para la iglesia mundial. La Asociación General está afrontando cuestiones trascendentales relativas a 1888, como por ejemplo:

Este libro aborda esas y otras cuestiones vitales. Escrito originalmente como un documento confidencial destinado a la Asociación General, se ha actualizado y publicado posteriormente en respuesta a numerosas peticiones procedentes de todo el mundo. E. White tiene por fin la ocasión de expresarse libre y llanamente en declaraciones nunca antes publicadas, sobre temas de importancia capital en relación con 1888. El contenido de esas declaraciones era desconocido para la mayoría de sus contemporáneos, y será para muchos una sorpresa en la presente generación.

Donald K. Short y Robert J. Wieland son pastores ordenados, sumando entre los dos casi 100 años de servicio a la iglesia adventista, de los cuales, 62 lo fueron como misioneros en África. La publicación de este libro fue iniciada por la comisión de estudio del mensaje de 1888, compuesta por laicos y pastores deseosos de revivir aquel “preciosísimo mensaje”.

 

 (índice)

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(Traducción al castellano: noviembre 2012, www.libros1888.com)